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viernes, 8 de mayo de 2026

Terminar etapas, cerrar ciclos

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Así vivamos muchos años, a la hora de la verdad la vida es corta, por eso nos han enseñado que hay que vivirla a plenitud disfrutando cada instante. El famoso “¡carpe diem!” que tantas veces he mencionado aquí.

Esa vida, si se puede decir de esta manera, está dividida por etapas: la niñez, la adolescencia, la juventud… cuando hablamos a nivel etareo, o por épocas: de formación, laboral, jubilación… Todo tiene un comienzo y tiene un fin. Cada una de esas etapas también tiene sus propios momentos, fragmentos de tiempo, ciclos. Como alguna vez me lo dijo Alba Liliana, una amiga, psicóloga ella, esos ciclos hay que abrirlos, pero también hay que cerrarlos bien. O como nos lo dijera tantas veces el maestro Julio Jiménez, a propósito del arte de orar: hay que saber comenzar y saber terminar. Las cosas hay que hacerlas, saberlas hacer y hacerlas bien. Nada más satisfactorio que concluir una misión con alegría, con la frente en alto y con la satisfacción del deber cumplido.

A propósito, por estos días, siento que están concluyendo dos ciclos muy importantes en mi vida: la pascua de mi madre cerró el ciclo de su vida física y abrió el de su incursión en la vida eterna, dos planos existenciales cualitativamente valiosos ambos, también muy diferentes pues cambia nuestra manera de relacionarnos sin que se pierda la esencia. Y en estas dos últimas semanas he estado realizando el empalme en el que ha sido mi trabajo estos ocho años y cuatro meses como administrador provincial. Tiempo laboral, tiempo de servicio, tareas retadoras en múltiples frentes, problemas por resolver todos los días, por suerte rodeado de un muy buen equipo.

Coincidieron cronológicamente los dos. Y ya sabemos que los tiempos de Dios son perfectos. Él sabe cómo hace sus cosas y en qué momento las presenta. Así lo he sentido y vivido como hombre de fe. Viene ahora un breve receso para el descanso, necesaria ocasión para rehacerse, poner al día asuntos pendientes, reencaucharse espiritualmente, ordenar la casa interior… y en medio de la expectativa por lo que pueda venir, ponerse en las manos de Dios, disponerse con apertura y generosidad frente a la nueva misión, con sus nuevos retos.

Me siento bendecido en esta coyuntura. Muy rodeado, arropado, apoyado, querido, por muchos. Alguien me lo dijo con afecto y firmeza: se cosecha de lo que se ha sembrado. Entonces me sereno y acepto que he querido hacer las cosas honestamente buscando lo mejor para todos, con sincero afecto, tratando de hacerlas con la excelencia que inspira nuestro magis ignaciano. “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Solo hay gratitud humilde. Lo que Dios quiera. Siempre será lo mejor y más conveniente no solo para uno sino para todos. Esa convicción vuelve a tranquilizarme. Estamos en las manos de Dios, ese es nuestro consuelo y también nuestra esperanza.

lunes, 4 de mayo de 2026

Hace un mes que no te veo...

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Gracioso. Al recordar que fue hace un mes, amanecí tarareando la canción de Los Corraleros del Majagual…

“Hace un mes que no te miro
hace un mes que no te abrazo
hace un mes que no te miro
hace un mes que no te abrazo
hace un mes que no suspiro
apretado entre tus brazos
hace un mes que no suspiro
apretado entre tus brazos
hace un mes, hace un mes
hace un mes, hace un mes que no te abrazo
hace un mes, hace un mes
hace un mes que no estoy entre tus brazos.”

A todo el mundo le digo que simultáneamente siento con certeza la alegría de saberte feliz en el cielo y a la par la dolorosa realidad de tu vacío físico. Y he comprobado que es verdad que tu presencia se ha hecho evidente de otro modo tan sutil como efectivo, porque una cantidad de asuntos que estaban pendientes se han venido resolviendo felizmente. Entonces te imagino en tu nuevo rol de tramitadora celestial, ayudando a desempantanar casos estancados. ¡También en el cielo se acumulan PQRS!

Mi rutina efectivamente cambió, pero me he sabido adaptar rápidamente. Como tengo tanto por hacer eso ha ayudado a “distraerme” de modo que no ha habido tiempo para estar triste. Recuerdo, además, que me lo decías: “en el corazón triste el diablo asiste”.

Siento también que ha coincidido tu partida, cierre de un ciclo existencial de mi vida, con el cierre del ciclo misional de estos ocho años y cuatro meses como administrador de nuestra provincia. Será entonces tiempo oportuno para hacer un alto en el camino, descansar un poco, ordenar mis cosas y prepararme para una nueva etapa. ¿Cuál? No lo sé aún. Los tiempos de Dios son perfectos y Él sabe cómo hace sus cosas. Estoy en sus manos y eso me hace sentir en paz.

Si, hace un mes que no te veo, pero hace un mes que siento que, a través de muchos, me arropas, me cuidas, me sigues dando tu amor y tus cariños. Lo dije el domingo pasado a propósito del día del buen pastor: inédita experiencia esa de sentir que las ovejas son las que están cuidando al pastor, las cuidadoras del cuidador. Ha sido hermoso. Las orquídeas sobre mi escritorio estarán juntas ahora adornando los corredores de mi comunidad. Las dos mariposas al nacer han quedado libres en nuestro jardín, los bonsai y las coloridas flores ocupan lugares importantes. He cumplido la promesa del rosario diario con la misma modesta camándula que decidieras usar a diario.

¿Y tú? ¿Ya terminaste tu inducción? Al son de tu nueva choco aventura, ¿ya adelantaste cuaderno con todos los que echabas de menos y querías volver a ver?

¡Te abrazo a la distancia y recibo tu abrazo siempre alegre y festivo!

lunes, 23 de febrero de 2026

Todavía hay esperanza

José Leonardo Rincón S. J.
José Leonardo Rincón S. J.

Solo fueron unas pocas horas en Medellín. Tan pocas que no hubo tiempo para reportarme con mis amigos y tener la ocasión de saludarlos personal o al menos telefónicamente. Algunos me regañarán por esto, pero su comprensivo corazón los hará entender que este silencio no es por falta de afecto sino de tiempo.

Debido a mi cargo hago “la avanzada” a la visita canónica que tendrá nuestro provincial en unos cuantos días. El formato previsto cobra distinto sabor cada vez porque las personas y también las situaciones cambian. Vine de visita a la comunidad jesuita del Colegio San Ignacio, breve pero fructífera. Aproveché para ir a nuestro Noviciado que después de 53 años deja de estar en Colombia y ahora se ubica en Quito. Solo quedan aquí cuatro muchachos muy valiosos que para julio estarán en Bogotá. Los otros 10 ya están en su nueva locación. Esta sede nuestra actual cuenta con una planta física preciosa enclavada en el camino al barrio Robledo y con el encanto de estar en medio de la ciudad y simultáneamente como si estuviera en el campo. Nos hemos preguntado qué hacer con ese inmueble, pero sobre todo cuál ha de ser nuestra presencia en Antioquia en el inmediato futuro.

De vuelta al colegio donde fui rector por seis años, en cuestión de horas tuve varios impactos emocionales al recorrer sus instalaciones, muchas de las cuales, que recuerde 42, fueron modificadas en aquellos años inolvidables. El reencuentro con educadores de aquel tiempo que siguen desgastando su vida en la noble tarea de educar resulta inspirador: definitivamente sin educación no tenemos futuro. Uno de ellos con un cáncer avanzado sigue firme en su misión: “la actitud es la clave y esto es lo que me da vida” me asegura. No lo dudo.

Un compañero jesuita que me acompaña me señala en la pista atlética a un muchacho que está en undécimo y que se prepara para ir a nuestros juegos Intercolegiados en Cali. Es un joven muy serio y disciplinado, señala. Cuando concluye su ejercicio me le acerco para felicitarlo diciéndole que me han hablado muy bien de él y que le deseo suerte en su competencia. “Exageran”, me responde. Yo le insisto: pues me dicen que es cierto, no son flores. Y me remata mirando al cielo: “eso es gracias a Dios!” ¡plop!

Tan nostálgico como emocionante paseo concluye con broche de oro: la grata sorpresa de encontrarme a unos primos que tienen allí sus dos nietos en cuarto y quinto de primaria, ella está en la banda musical, él en la selección de fútbol. Bellos y radiantes los abrazo mientras nos tomamos una foto para el recuerdo. ¡Es verdad que el panorama global y local es aciago y complejo, pero con jóvenes generaciones así, la verdad, todavía hay esperanza!

viernes, 19 de diciembre de 2025

Tiempo de alegría y reflexión

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Es imperativo reconocer que vivimos un tiempo trastornado por la agitación política, la criminalidad desbordada, la ausencia de una correcta dirección del Estado, el temor por el recrudecimiento del terrorismo y el inequitativo trato a las personas más vulnerables.

No es extraño, entonces, que gran parte de la población se hunda en una profunda indiferencia por los asuntos relacionados con la política y opte por enclaustrarse en sus propias necesidades y anhelos, en despreocuparse de la suerte de los demás y en vivir apartada de los intereses colectivos.

La llegada de la Navidad es una óptima oportunidad para hacer un alto en este desdichado camino, para celebrar con sana alegría el advenimiento del Señor Jesucristo, nuestro Padre y Creador, hecho hombre para compartir las flaquezas y sufrimientos de todos los seres humanos.

Es el acontecimiento más trascendental en la historia de la humanidad, aunque lo queramos convertir en una francachela para rendir culto al consumismo, a los excesos en la búsqueda de toda clase de placeres mundanos y al olvido de la verdadera razón de la celebración.

La invasión de culturas extrañas, acompañada de un modernismo sin gracia y sin fundamento cultural, nos ha llevado a cambiar nuestras tradiciones cristianas (la Novena de Aguinaldos, el pesebre de Belén, la adoración a la Sagrada Familia, los villancicos, las reuniones familiares acompañadas de nuestra gastronomía criolla) por inventos que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia ni nuestras creencias  (el Santa Claus, los abetos, los renos, el árbol con luces, el consumo exagerado de alcohol, etc.)

Pasado el efímero efecto de este frenesí, queda el vacío, la resaca y el regreso a nuestra triste realidad. ¿Por qué no reflexionar con calma sobre la búsqueda de la verdadera alegría y el cumplimiento de nuestra misión como hijos de Dios en nuestro paso por el mundo terrenal?

Máxima guía en esta reflexión debería ser la frase del apóstol Pablo: “Estén alegres en el Señor”. Solo así sentiremos una profunda alegría que nacerá en nuestros corazones y se proyectará a nuestros seres queridos y al prójimo en general. Es tiempo de examinar nuestras vidas, reconciliarnos con el Señor si nos hemos apartado de su palabra, y preguntarnos cómo podemos aportar algo en la solución de los desastres que agobian a nuestra patria.

La indiferencia por los intereses de nuestros coterráneos no puede enmarcar nuestro paso por el mundo. El mandato de “Amaos los unos a los otros” no es una simple sugerencia, es de obligatorio cumplimiento para todos los hijos de Dios. No nos refugiemos en la excusa de que estamos hastiados de la política para no participar en ella. Si nosotros no lo hacemos, los representantes del mal, sí lo harán. Por eso su voto valdrá más que el nuestro.

En la satisfacción del deber cumplido y en el seguimiento del mandato divino del amor al prójimo encontraremos la más profunda y duradera alegría, la que no se encuentra en la banalidad del placer material. No lo dudes.

Esta reflexión es hoy, más que nunca, trascendental para la suerte futura del país, enfrentado a la más terrible amenaza de toda su historia. Quienes tenemos la fortuna de haber recibido las enseñanzas evangélicas tenemos una inmensa responsabilidad: salvar al país, defender la patria de sus peores enemigos, emprender la reconstrucción nacional para reimplantar los principios cristianos y valores democráticos pisoteados por el régimen actual.

viernes, 2 de mayo de 2025

Más allá del cónclave, los retos

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Dentro de ocho días, muy seguramente, estaremos saludando al nuevo Papa. ¿Quién podrá ser? Esa es la ansiedad nerviosa, en algunos morbosa. Que si Parolín, que si Tagle, que si Zuppi, que si europeo, que si del tercer mundo, que si joven, que si viejo, que si progresista, que si tradicionalista..., encuentro humanamente razonables estas cábalas sobre los "papabiles". Sin embargo, tengo que confesarlo también, con toda libertad y verdad, creo en el Espíritu Santo, creo en la fuerza poderosa de la oración, creo que Jesús tuvo razón cuando le dijo a Pedro que "las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella", refiriéndose a su Iglesia. Es decir, también me asalta la expectativa y la curiosidad porque sobre los Cardenales recae una tremenda responsabilidad que va más allá de los personales intereses o posturas ideológicas. Es una decisión históricamente trascendental donde se juega el presente y futuro de la Iglesia y también del mundo.

Quien resulte elegido tendrá sobre sus hombros una muy delicada responsabilidad y es asumir los retos de un papado que, lejos de ser una figura de imperio medieval, es guía y referente espiritual para la humanidad entera. Francisco dejó la vara alta y no la puso fácil. Los retos son enormes y complejos. La Iglesia es madre misericordiosa, no madrastra regañona. Debe estar en salida, no encerrada en sacristías. Los pobres, los excluidos y descartados, los marginados de las periferias requieren atención preferente. Acogedora e incluyente, debe ser tienda de campaña en medio de un mundo en guerra, la casa de todos, todos, todos. Sus pastores deben oler a oveja, no ser funcionarios carreristas y cortesanos. El camino no es el de la jerarquía piramidal y burocrática sino el de la sinodalidad. El mundo es nuestra casa y hay que cuidarlo, todos somos hermanos y debemos respetarnos.

Con un panorama complejo y cargado de incertidumbres, la brújula debe estar bien puesta. No hay reversa, no hay marcha atrás. No creo que la gente anhele un modelo anterior. Se requiere un sumo pontífice sonriente, alegre, cercano, de lenguaje asequible, comprensivo y a la vez firme, flexible, pero sin negociar lo no negociable.

En una semana el mundo católico vuelve a la normalidad, pero con la decisión que el cónclave haya tomado se habrá definido el rumbo de la eclesial embarcación. Mi acto de fe es, pues, este: creo en el Espíritu Santo y estoy seguro de que no se equivoca. Amén.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Flores de loto

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.

Desde pequeño me gustó saber que las flores de loto, exóticos símbolos de pureza, emergían de las aguas de los estanques, no siempre caracterizados por su limpieza, es decir, bellas flores que nacidas en entornos difíciles muestran lo más hermoso de sí mismas.

Pues las flores de loto inspiran hoy mi escrito porque me hacen evocar tantos cientos, miles de niños y jóvenes de nuestro país y, sin exagerar, del mundo entero, que proviniendo de contextos complejos marcados por el abandono estatal, muchas veces sin contar con una familia, sin escuela, en condiciones precarias de todo tipo: falta de vivienda, comida escasa, violencia en todas sus gamas, evangelización básica, entre otras muchas adversidades y, sin embargo, de en medio de ese lodazal social, emergen cual flores de loto, limpias, puras, cargadas de todo tipo de cualidades bellas que contrastan radicalmente con ese ethos en el que vivieron. ¡Sorprendente!

¿Podría salir algo bueno de Nazaret? ¿De esta caótica Colombia nuestra, donde todo anda patas arriba, podríamos esperar un mejor futuro? Y sí. Yo creo que sí. Son auténticos milagros de la vida que no hacen sino confirmar que el Espíritu Santo no solo existe, sino que actúa y lo hace de modos maravillosos, derrochando sus inapreciables dones por doquier, suscitando inteligencias prodigiosas, artistas natos, líderes auténticos, creativos emprendedores, deportistas consagrados, genios talentosos, gente bella, fuera de serie.

Cuando a ratos nos ataca el pesimismo, cuando solo falta decir, apague y vámonos, aparecen estos lotos radiantes y majestuosos que nos hacen revivir la esperanza y elevar una plegaria agradecida al Señor y dueño de esta creación por seguir actuando y dando vida buena.

lunes, 21 de octubre de 2024

En Colombia la lucha es entre el bien y el mal

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Venimos con insistencia proponiendo a nuestros compatriotas dos reflexiones:

a. Que la lucha que se avecina para el cambio en la dirigencia del Estado no es simplemente una sustitución de personas sino una verdadera batalla cultural. Se trata de definir si queremos perpetuar un régimen tiránico, corrupto, protector de la criminalidad y enemigo de la propiedad privada y de la empresa privada, o nos decidiremos por recuperar la vigencia de nuestras tradiciones culturales, los principios democráticos, los valores cristianos y la transparencia en la gestión pública.

b. Que para alcanzar el cambio que la mayoría de los colombianos anhelamos, debemos partir de la unidad alrededor de la solución de los principales problemas que agobian al país.

Somos conscientes de que son muchos y de gran calado las desgracias que nos agobian, como lo hemos podido constatar diariamente en los últimos dos años bajo el yugo de este Gobierno mentiroso, torpe y malintencionado. Pero, en gracia a la brevedad, nos vemos obligados a reducir a 10 los problemas que requieren solución, lo que sería el comienzo del renacimiento para nuestra amada Colombia y para la esperanza de los asociados.

1.- Descomposición moral de la sociedad. Es la raíz de todos nuestros problemas. País donde no se respete la moral, las buenas costumbres, la religión, no es un país viable. Tenemos que exigir la ética a todo aquél que cumpla funciones públicas por nombramiento o por elección.

2.- Inseguridad para las personas, las empresas y sus bienes. No se puede gobernar para proteger la cocaína, el terrorismo, el vandalismo, las bandas delincuenciales, ni permitir la tolerancia al crimen por parte de la administración de justicia.

3.- Corrupción y despilfarro de recursos públicos. Se ha exacerbado esta plaga a niveles insostenibles para cualquier Estado. Hay que tomar acciones de fondo, mediante drásticas reformas en nombramientos y elecciones para cargos públicos, que garanticen que solo lleguen a la administración pública personas honestas, idóneas y con un perfil ajustado a las funciones que van a desempeñar.

4.- Recesión económica. Se requiere otorgar seguridad física y jurídica a la actividad privada, crear incentivos para la producción y el empleo, favorecer las exportaciones, construir infraestructura que apoye el crecimiento agrícola e industrial, y estimular el aumento de la formalidad en el empleo.

5.- Pobreza y desigualdad. Tanto el sector público como el privado se deben empeñar en un gran plan para derrotar la pobreza extrema y moderar la desigualdad, no mediante subsidios sino a través de múltiples oportunidades para que los más necesitados accedan a un ingreso digno y suficiente.

6.- Educación obsoleta y sin valores. En lugar del adoctrinamiento en teorías materialistas y contrarias a la verdad científica que ahora se imparten con dinero de los contribuyentes, hay que educar a la niñez y juventud en valores que los conviertan en buenos ciudadanos, con preparación en conocimientos tecnológicos e idiomas, que impulsen su crecimiento profesional en el mundo moderno.

7.- Amenazas de la izquierda internacional. Colombia es uno de los objetivos prioritarios de instituciones criminales como el Foro de Sao Paulo que pretenden debilitarla e infiltrar sus nocivas ideas para convertirla en otra esclava de las dictaduras comunistas. La defensa de nuestra soberanía exige que tengamos un plan de respuesta a semejante invasión cultural y política.

8.- Destrucción del sistema de salud. Con la complicidad de congresistas que dicen pertenecer a partidos de oposición, el régimen ha logrado aprobar en el Congreso el desmoronamiento de nuestro sistema a de salud, uno de los mejores del continente, para entregar su manejo a la clase política que ya en el pasado había dejado en bancarrota nuestro sistema de seguridad social. Es un tema que amerita ser revertido de inmediato pues así lo espera el pueblo colombiano.

9.- Reingeniería del Estado. Tenemos un aparato estatal paquidérmico, ineficiente, costoso y con afán intervencionista para impedir el desarrollo y crecimiento del país a un ritmo normal que garantice el bienestar de los asociados. Hay que hacer una reforma a fondo para reducir su tamaño, eliminar los factores que favorecen la corrupción, agilizar la marcha de la justicia y corregir las inveteradas fallas del Congreso.

10.- Impunidad y tolerancia con el delito. Contamos con una pésima administración de justicia, con tribunales como la JEP al servicio de la guerrilla, y unas Cortes sin ninguna credibilidad por escándalos como el “Cartel de la toga” o el prevaricato para avalar el espurio acuerdo de La Habana. Es una justicia infiltrada por el régimen y por el adoctrinamiento comunista en las universidades. Hay que hacer un recambio generalizado tanto en su estructura, como en la ley penal y en el régimen carcelario.

La unión de los colombianos de bien, los buenos, con una base programática de este tenor nos traerá no solamente el apoyo generalizado de las masas trabajadoras y honradas, sino que, además, encenderá esa llama de esperanza   que necesitamos para desterrar a los malos de la gestión del Estado, donde les ha ido tan mal.

viernes, 22 de marzo de 2024

Vívela a plenitud

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

¿Cuántas semanas santas has vivido en tu vida?, ¿cuántas de ellas las has vivido plena y conscientemente? Pues hoy te invito a hacerlo. Vale la pena. Es verdad que para muchos este tiempo de receso en los estudios y en el ámbito laboral puede asociarse a vacaciones y paseo. En realidad, su intención original es otra: un tiempo fuerte, culmen de la cuaresma para, en tónica de reflexión espiritual, hacer memoria de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, eso que también se ha denominado el misterio pascual.

Claro que resulta legítimo tener unos días de merecido descanso, pero necesario es también cultivar nuestra dimensión espiritual. Le dedicamos mucho tiempo al cuidado de nuestra formación intelectual, nuestras relaciones afectivas, el cuerpo mismo, lo estético, lo social y político, eso está bien, pero ¿y nuestra vida interior qué?

Contemplar el desenlace de la vida de Jesús de Nazaret resulta ser un itinerario provechosamente aleccionador para cualquier ser humano. Un hombre de extracción humilde y que se rodeó siempre de gente sencilla, que pasó haciendo el bien como la historia lo recuerda, que pedagógicamente hablaba clara y directamente con autoridad, seguido y amado hasta querer convertirlo en ícono político revolucionario, también resulta controvertido y odiado a punto de terminar siendo asesinado.

Reconocido y aplaudido, con un éxito evidente y un alto rating de popularidad, no sucumbe a la tentación del poder. Eso resulta decepcionante. No era lo que se esperaba y necesitaba. Y esos mismos que vitoreaban el Domingo de Ramos el culmen de su gloria, el viernes, enardecidos, vociferan su crucifixión. Interesante lección para ver cuán efímero es el cuarto de hora del éxito y cuán camaleónico es el populacho manipulado.

La cena con su grupo de amigos del alma, feliz ocasión para proclamar el mandamiento del amor como el más importante de cuanta normativa existe y el servicio como la expresión obvia de ese mandato, desemboca en codiciosa traición, en anunciada negación, en miedosa huida. El protagonista de la historia siente angustia y pavor. Su mentor eterno, silencioso, calla. Sentimiento profundo de soledad y abandono, de misión fracasada y estéril.

Sin embargo, la conciencia lúcida lo había advertido oportunamente: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto. Paradoja existencial profunda: morir para vivir, caer para levantarse, fracasar para triunfar. Misterio incomprensible, camino que no se quisiera repetir. Ineludible senda que hay que transitar. El revés se vuelve logro. La muerte se transforma en vida eterna. Es Pascua, es paso.

Las liturgias de estos días, exuberantes en textos y ritos, en palabras y símbolos, nos invitan a mirar con madurez nuestra propia vida a la luz de la fe y a comprender mejor nuestra personal historia de salvación. Te invito a que esta Semana Santa sea diferente. Te invito a vivirla a plenitud. ¡Vale la pena!

viernes, 14 de abril de 2023

Reconciliación

Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Me han preguntado sobre cómo me fue en la Semana Santa y obviamente por mi condición no puedo decir que estuve de vacaciones, paseando, sino que combiné mi trabajo de oficina, que tenía muchas cosas pendientes, con la posibilidad de colaborar en el templo que tenemos contiguo a donde vivo.

Y lo mejor de esta religiosa semana no fue ni las iglesias llenas, ni las ceremonias bonitas, ni las prédicas conmovedoras, ni monumentos creativos, sino que después de estos tiempos largos de pandemia y de estrictas medidas de aislamiento, pude sentarme a ofrecer el sacramento de la reconciliación, ese mismo que llamábamos de la penitencia y luego de la confesión.

Al menos donde yo estuve, no tuve las largas filas de los viejos tiempos en que estaba cinco horas seguidas en un confesionario. Esta vez fueron solo dos horas, con menos gente, pero que sentí que, cualitativamente hablando, no eran asuntos de trámite para un buen ejercicio de lavandería de conciencias, sino que eran diálogos profundos, en encuentros emotivos de las personas consigo mismas y con Dios, en el que apenas yo era un instrumento, literalmente mediador. Experiencia realmente maravillosa.

Sin duda alguna, este sacramento no es fácil ni para la gente, ni para uno como sacerdote. Muchos lo cuestionan de fondo: “¿por qué tengo yo que contarle mis pecados a otra persona que puede ser tanto o más pecadora que yo?”, “no he vuelto porque uno va a buscar paz y sale regañado” … no les falta razón. Y lo que hacen algunos es que cambian el cura por un psicólogo, terapeuta o psiquiatra, para poder hacer lo mismo, desahogarse, descargarse humana y emocionalmente hablando. Luego el que acude a un presbítero de la Iglesia, le asiste un componente que no se les puede pedir a todos: fe. Fe en Dios, fe en sí mismo, fe en una Iglesia efectivamente tan divina y santa como humana y pecadora.

Por eso fue tan grata la experiencia, porque fue un ejercicio totalmente libre, donde fueron quienes quisieron hacerlo. Porque no fue un recitar monótono de las mismas e infantiles fallas de siempre: “digo mentiras, digo groserías, no le hago caso a mis papás…”, sino que supuso una reflexión previa, una conciencia profunda de finitud y labilidad, un arrepentimiento sincero, un propósito de mejora, una esperanza grande en la ayuda de Dios, una sensación de paz profunda, un sentirse acogidos misericordiosamente por un Padre que no es juez implacable, vengador justiciero, sino ese amor típico de Dios que se inclina para levantar al caído, reponer al enfermo, consolar al triste y abatido, animar al mejoramiento continuo y a una mejor calidad de vida.

Nada más bello que ver llegar un rostro demacrado, apenado, confuso, algunos en lágrimas y al final ver salir rostros alegres, liberados, optimistas, saneados, agradecidos. Ese mismo rostro de Dios alegre porque ha vuelto el hijo necio, se ha recuperado la oveja perdida, se ha encontrado el talento extraviado. Sin duda alguna, la reconciliación es el sacramento del amor y la misericordia, y es verdad que es uno como cura quien sale más reconfortado espiritualmente al ser testigo del actuar del amor de Dios en las personas, ser instrumento en sus manos para facilitarlo y sentirse llamado también a ser mejor ministro de su Iglesia. Todo un don, una Gracia de Dios.

viernes, 16 de diciembre de 2022

Las cosas por su nombre

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Lo dejo claro de entrada: soy respetuoso de la diversidad, de aceptarnos como diferentes, de la tolerancia… El ser católico precisamente significa eso: universal, plural, abierto, para todos, incluyente. Y eso vale para raza, lengua, género, religión, opción sexual, condición económica, ideología política. Soy así y pido que así lo seamos todos. Es la condición básica, elemental, para poder convivir como seres humanos y soñar que un mundo mejor es posible.

Por eso me sentí desconcertado, por no decir abrumado y descompuesto, con una solicitud que algunos dizque están haciendo y es pedir que los próximos días no se llamen Navidad, expresión que los ofende, sino alegres festividades. No. Qué pena, pero no. Navidad es Navidad y así debe llamarse, gústenos o no. Es una fiesta del cristianismo que celebra el nacimiento de su Dios hecho hombre y punto. Es como si yo me sintiera ofendido por el Ramadán Islámico y dijera que ahora debe llamarse jornadas de adelgazamiento y que me ofende que las llamen Ramadán. O si les dijera a los judíos que su jornada penitencial del Yom kippur me ofende y que deben cambiarle el nombre por día del amor. No. ¿Por qué tengo que irrespetar a otros para que se acomoden las cosas a mis caprichosos gustos? No señores, las cosas deben llamarse por su nombre.

Qué tal que cambiáramos el nombre del 7 de agosto, día de nuestra independencia nacional y que recuerda la batalla de Boyacá por el día de la cabalgata boyacense, porque hay unos que se ofenden con ese nombre. Absurdo. Como ridículo sería que el 11 de noviembre que celebra la liberación de la sufrida Cartagena de quienes fueron sus tiranos opresores, porque algunos les ofende esa memoria, tuviésemos que cambiarla por la fiesta del desfile de balleneras. No, no y no.

Los sinvergüenzas quieren quedarse con la fiesta, vacacionando a costa de la memoria de todo un pueblo, con la forma, pero sin el fondo. La significación de tamañas celebraciones quieren alterarla cambiando significante y significado. Ya la Semana Santa es pachanga santa, el puente más largo del año, vacaciones o receso intersemestral que se disfruta a costa de una memoria, pero que desde el punto de vista religioso ya no le dice nada a muchos. Simplemente son vacaciones. Si tanto los ofende, si no les dice nada, entonces suprímanse del calendario esos días y que sean días normales laborales, porque ya no habría motivo para celebrar. Eso sí que sería lo justo.

Cuando Pepita celebra su cumpleaños el 14 de abril o Juanito el suyo el 18 de septiembre, eso a mí no me dice nada y no tengo motivos para celebrar y hacer fiesta, pero para ellos sí y quieren hacerlo. Entonces, los respeto y que sean felices en su día, pero no tengo ninguna autoridad moral para prohibirles que lo hagan, que lo celebren con los suyos y que sean felices. Mucho menos tengo razones para sentirme ofendido porque ellos celebran. Hay que vivir y dejar vivir. Lo que faltaba es que unos cuantos vergajos que se escudan con el remoquete de defensores de la libertad y la pluralidad nos quieran obligar ahora a ser como ellos. ¡Ni más faltaba!

Si no les gusta que Navidad se llame Navidad, es su problema.  No se ofendan. Hagan sus oficios, trabajen, hagan lo que quieran, pero déjennos a los cristianos celebrar en la fe la fiesta del Dios con nosotros. Como yo no tengo por qué estar ofendido con Pepita y Juanito cuando ellos quieren celebrar sus cumpleaños, o con mis hermanos judíos o árabes cuando quieran ellos celebrar sus fiestas. Se les respeta y punto. Las cosas por su nombre. No se diga más.

viernes, 5 de agosto de 2022

Soledad

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Vivo en el barrio La Soledad, un sector de la capital que, según cuentan, se llamó de esta manera porque en la Bogotá de comienzos del siglo pasado era un lugar aislado y poco habitado. Cuando los jesuitas decidieron comprar una franja de tierra para construir allí su curia provincial, con la ayuda del vecindario erigieron una capilla que pusieron bajo el auspicio de Nuestra Señora, Nuestra Señora de La Soledad. Por cierto, con una imagen sui-generis, inédita, si se quiere, pues no es la tradicional imagen de la dolorosa, sentada, vestida de negro y llorosa, sino de pies, en actitud orante, con las manos sobre su pecho, la cabeza inclinada y un rostro compungido pero sereno.

He oído decir que no hay dolor más grande para un padre o madre de familia que perder un hijo y que es un sufrimiento que difícilmente se supera. Lo normal es que los hijos entierren a sus padres, no al revés. De modo que las imágenes marianas a las que he aludido expresan esa trágica realidad que en nuestro país es paisaje. En el conflicto armado que hemos vivido por décadas, miles de madres han tenido que sepultar a sus hijos o nunca más volver a saber de ellos porque desaparecieron para siempre. Traumática e irreparable pena. Se debe sentir una soledad total así los padres estén rodeados de muchas personas. No es una soledad física, es una soledad del corazón.

Hay soledades de soledades. Soledades de aislamiento voluntario, soledades por exclusión o rechazo en un grupo humano, soledades por incomprensión, soledades por ausencia de compañía y las soledades efectivas cuando paulatinamente, poco a poco, uno se va quedando efectivamente solo en la vida porque se le mueren los papás, se le mueren los hermanos, se le mueren los familiares y seres más queridos y el círculo de relaciones humanas más estrechas se extingue. Debe ser un sentimiento de orfandad y de abandono únicos. Ya no hay con quien hablar, con quién desahogarse, a quien visitar, por quien preocuparse de modo especial. Esto le sucede a las personas longevas que sobreviven al resto. Y, repito, aunque tengan compañía física de otros, se sienten totalmente solos. No es cuestión de cantidad de gente, es ausencia cualificada de relaciones de afecto, esto es, de ese sentimiento único que generaban esos seres y que nada ni nadie pueden llenar.

¡Qué dura es la soledad! Sólo Dios podría consolar tan desolador momento y llenar ese humano vacío. No es fácil. Se dice sin más, mirando desde la barrera, pero solo se entiende cuando se vive. Cuando solidariamente, silenciosamente, se acompaña a quien está afligido en el alma. No hay mucho que decir. No hay consejo que valga. No hay remedio halo u homeopático que sirva. Es una profunda experiencia interior, inenarrable, indescriptible, para muchos incomprensible. Ahí sí que la oración de la doctora Teresa cobra todo su sentido: “Nada te turbe, nada te espante. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. ¡Amén!

viernes, 25 de marzo de 2022

Y la Iglesia, ¡ahí!

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Nuestra Iglesia, entiéndase no solo la institución sino principalmente ese pueblo de Dios que la conforma, ha dado de qué hablar desde su origen. Ayer y hoy es motivo de glorias y también de vergüenzas, de aciertos y errores. Mas sumando y restando siempre está ahí, como se dice, en la jugada de los momentos cruciales de nuestra historia.

Estos tiempos no son la excepción. Tenemos en Francisco un Papa que ha sabido ganarse la admiración y el respeto de los grandes y también del pueblo sencillo. Su liderazgo es indiscutible, así muchos en la propia casa no lo entiendan por esa libertad de espíritu y apertura a los desafíos de un mundo cambiante que le son característicos. El hecho es que de cara al actual conflicto ruso-ucraniano todos los días ha expresado su inconformidad por la guerra absurda y con el envío de dos de sus cardenales quiso manifestar su cercanía a las víctimas de la guerra que no han dejado de ser acompañados por sacerdotes y religiosos que decidieron estar ahí y no salir del país.

Francisco de Roux, presidiendo la Comisión de la Verdad, está precisamente ahí por ser un hombre de paz y un referente ético, sin embargo, ha sido blanco de ataques desde diversos sectores lo que hace prever que el informe que en su momento se presente no le va a gustar a nadie porque, claro, en este país de mentiras la verdad es dura, la verdad duele, cáigale a quien le caiga. Los unos esperan que culpabilicen a los otros y resulta que todos llevan del bulto porque unos y otros le han hecho mucho daño a nuestro país.

Lo ocurrido en la Catedral el pasado domingo solo lo entiendo como un acto de provocación. Los extremos se culpan de ser los autores intelectuales, pero el tiro les salió por la culata porque el comunicado del arzobispado no pudo ser más sensato. Desde la cuestionable decisión de la Corte sobre el aborto, están toreando a la Iglesia para que tome partido sectarista. Y creo que no lo van a lograr, así no falten curas politiqueros que abiertamente y para desconcierto de sus feligreses arenguen para un lado o para otro.

Pero no todo es color de rosa. Los escándalos de pedofilia han enlodado el excelente apostolado realizado por otros muchos, muchos más, que de forma generosa y comprometida han dado lo mejor de sí mismos al servicio de la gente. Sorprende y duele que sean tantos y que den de qué hablar, y sobre todo generalizar, como si esa patología fuese inherente a la vocación sacerdotal. ¡Qué daño han hecho!

Con todo, la Iglesia, nuestra Iglesia, santa y pecadora, seguirá estando ahí, en sus templos y parroquias, en universidades, colegios, hospitales y geriátricos, asistiendo búsquedas espirituales, acogiendo migrantes y desplazados, ofreciendo luces desde centros de pensamiento e investigación, atendiendo las urgencias de los más necesitados a través de bancos de alimentos y obras de asistencia social, acompañando todas las edades y condiciones sociales. Es decir, ejerciendo su carácter católico: para toda raza, lengua, credo, orientación sexual, opción política y condición social. Y la Iglesia, siempre estará ahí.

lunes, 10 de agosto de 2020

Fe

 Por Antonio Montoya H.*

Antonio Montoya H.

Son días difíciles los que se viven en el mundo por la pandemia, que origina muerte, desesperanza y crisis económica, que, además, en algunos lugares se incrementa por la violencia, por explosiones terribles que destruyen ciudades, por partidismos, racismo y miles de focos de violencia generados por la actividad humana. Para mí es inconcebible que en un planeta minúsculo se genere tanta violencia y muerte sin razón diferente a la del odio y a la destrucción por seres humanos que no tienen ningún valor para construir y por ello la maldad es la forma de trascender; pobre beneficio a la humanidad.

Colombia, nuestro país, sufre de todos los males anteriores, pero, tiene uno adicional y es el de la división casi que a niveles iguales porque el 52% del país tiene una idea de lo que debe ser Colombia y el otro 48% quiere una Colombia similar a la de otros países de la región, es decir, Venezuela o Nicaragua, en donde los sistemas comunistas, obtuvieron el país y estos se acabaron. Allá quieren llevarnos, sin compasión alguna, recorriendo los mismos caminos y similares estrategias.

Yo recurro a la fe, palabra que tiene muchas definiciones desde el punto de vista religioso, por ejemplo, la que indica que “es creer en la palabra de Dios y en la doctrina de la iglesia”. También la fe que “ve lo invisible, cree en lo increíble y recibe lo imposible”. O “es la creencia y esperanza personal en la existencia de un ser superior, que generalmente implica el seguimiento de un conjunto de principios religiosos, de normas de comportamiento social e individual y una determinada actitud vital”. Pero para mí, la fe “es la que nos hace vencer el temor que nos produce ver tantos acontecimientos negativos que suceden a diario en el mundo”, esa fuerza espiritual, que nos debe hacer volver al origen al entendimiento de la humanidad, a recuperar el camino, a trabajar con aquellas personas que desean con la fuerza de su corazón tener un país incluyente en el que las diferencias sociales se reduzcan, que las muertes sean solo las naturales, que el trabajo sea lo habitual y no la excepción como hoy, que las violaciones, asesinatos de mujeres, y que la violencia intrafamiliar sean solo un recuerdo negativo de nuestra historia, pero para ello debemos fortalecer nuestro interior, pensar no solo en nuestro propio bienestar, sino en el de todos los que hacemos parte de este territorio.

Una idea común, un proyecto común, para lograrlo requerimos que las fuerzas que hacen parte de nuestro sistema democrático den muestras de altura, que bajen las pasiones y no se dejen confundir por la izquierda recalcitrante, que divide para buscar su objetivo, el poder a toda costa y luego terminar con el sistema, empobreciendo más a los pobres y llevando al cierre al sector empresarial y afectando a toda la sociedad.

Debemos pensar en un gran acuerdo nacional, del que hagan parte los partidos, los independientes con un objetivo único de trabajo, definiendo 10 puntos sobre los cuales todos a una nos dediquemos a trabajarlos, para lograr despertar la mente de nuestra gente, haciéndolos compartir, luchar y vibrar por cada logro. La fe en este proyecto nos permitirá avanzar en la construcción de un gran país.

Como en todo, no se debe quedar uno en la teoría, por lo tanto, inicio proponiendo algunos cambios, que ya se han discutido en muchos escenarios y no han prosperado, No estoy inventando nada, simplemente los propongo porque me parece que pueden unir: (1.) Legislativo unicameral con limitación de salario. (2.) Justicia reformada y que en los nombramientos de magistrados no intervenga la rama legislativa, ni el ejecutivo. (3.) No a la reelección indefinida en el congreso. (4.) Mantener el sistema de gobierno y oposición. (5.) Descentralización. (6.) Fortalecimiento del agro, con grandes centros de acopio para favorecer al campesino. (7.) Salario mínimo diferencial para técnicos, tecnólogos y profesionales. (8.) Fortalecimiento de los municipios en salud, vivienda, trabajo y educación para motivar el regreso al campo. (9.) Seguridad total en las ciudades. (10.) lucha coordinada y constante contra la subversión y bandas criminales. Y (10.) fortalecimiento del sistema de seguridad social integral, motivando a la formalidad en el trabajo. Hay tenemos diez puntos, pueden ser otros o más, pero si nos esmeramos en tener una inclusión laboral y social iremos por buen camino.

Por ello, para finalizar, creo que la fe que tengo y la que podamos juntar toda la sociedad es la que nos puede dar la certeza de que recibiremos algo que aún no tenemos, abriendo la mente ante la adversidad y derrotando al enemigo con unidad y entereza.

viernes, 31 de julio de 2020

Lo que amo en San Ignacio de Loyola

José Leonardo Rincón, S. J.* 

José Leonardo Rincón Contreras

Hoy celebramos los jesuitas la fiesta de nuestro fundador y quiero contarles los rasgos que admiro en su personalidad:

De grandes aspiraciones y deseos, en principio movido por la vanagloria y el honor del mundo, porque no se contentaba con poco, insatisfecho, adverso a la mediocridad… convierte esos ardientes deseos en propósito de la Compañía de Jesús: la mayor gloria de Dios, esto es, el magis, el más, como una senda de mejoramiento continuo, en una dinámica constante del superlativo  el bien más universal, el mayor servicio, siempre más, siempre mejor… de modo que como dice el apóstol Pablo “cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios”. Pero simultáneamente es el hombre del minus, de la modestia, de los grados de humildad, del no aspirar a títulos y cargos, del no permitir a la Compañía campañas por el poder... El Jesús que seguimos es pobre, humilde y en cruz.

Desde su dolorosa convalecencia en Loyola se convierte en pionero de la psicología espiritual con eso que llamará Ejercicios Espirituales para ordenar la vida, un taller existencial para encontrar el principio y fundamento de la propia existencia, es decir, el sentido de la misma, ser feliz, salvar el alma. Para quienes deambulan perdidos y sin norte, aquí está la brújula. 

De la razón, la meditación y los argumentos, lo es también y sobre todo del corazón, la contemplación y los afectos. Pero ojo, hay afectos desordenados, engañosos distractores que nos venden felicidades falsas. Hay que ordenarlos. No es que sean malos, es que no sabemos utilizarlos tanto-cuanto. La vida hay que vivirla a plenitud cada instante de nuestra vida (carpe diem) pues: “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”. Como dice Plinio el Joven: “Non multa, sed multum”. 

De fe evolucionada y madura, la Trinidad inspira su carisma. Cristo, Camino, Verdad y Vida, es el centro y referente de nuestra existencia. Con la taxativa convicción paulina de que nada puede separarnos del amor de Cristo, Aquel que en todo nos conforta, podremos decir: no somos nosotros quienes vivimos, es Cristo que vive en nosotros. Hay que ser “alter Christus”. María, compañera de ese camino, será la intercesora para ponernos con el Hijo. 

Cuando muchos afirman, Cristo sí, Iglesia no, Ignacio ama a la Iglesia como madre, Esposa de Cristo, liderada por el Romano Pontífice. Es verdad que en aquel tiempo como ahora resulte quizás decepcionante, es “casta meretrix”… pero la actitud no es de huida, como Lutero que abandona la barca cuando parece zozobrar, sino realizando el cambio desde dentro. Será el adalid del movimiento de contra-reforma eclesial. 

Es un místico con los pies bien puestos en la tierra. Es verdad que llora emocionado porque las flores le hablan muy duro, pero no por ello evade los problemas del mundo que lo conectan con la realidad: hay atender las urgentes realidades cotidianas y por eso se relaciona con Papas, reyes y todo tipo de autoridades y personajes, hombres y mujeres de toda clase y condición. 

La espiritualidad que promueve es la del contemplativo en la acción y en la acción contemplativo, en simultánea, sin momentos diversos y estancos, sin esquizofrenias. La vida espiritual es inseparable de la material. Evita esquizofrenias. De discernimiento espiritual para buscar y hallar a Dios en todas las cosas y en todas las cosas en Él y poner en práctica la voluntad de Dios en la vida. Tiene claro que el discernimiento no es para escoger entre el bien y mal, sino entre lo bueno, lo mejor. Es el hombre del examen, la revisión y la evaluación permanente. Lo que no se evalúa no mejora.  Se podrá dispensar de la oración, pero jamás del examen. El control de calidad es sistemático y permanente. 

Su mentalidad es abierta, muy moderna para el contexto medieval, rompe paradigmas intocables: el hábito, el rezo del coro, el sistema capitular, la vida encerrada para santificarse solos. Profundamente libre y disponible, siempre en movimiento, le resulta inconcebible estancarse, apoltronarse, instalarse en zonas de confort. Hay que discurrir por el mundo porque el mundo es nuestra casa y se queda pequeño frente a todas las posibilidades que ofrece para realizar allí la misión. Visionario de futuro, siempre en búsqueda, siempre en camino, así mismo se define como el peregrino, siempre en movimiento. De amplia flexibilidad nos invitará a adaptarnos a los tiempos, los lugares y las personas. 

A nivel organizacional concibe la Compañía como un cuerpo apostólico para la misión, donde la pluralidad y la diversidad son característicos, pero donde la “unión de los ánimos” impide la fragmentación. La “cura personalis”, eso que hoy llaman coaching, es la herramienta para acompañar. 

En el “En todo amar y servir”, todo un condensado de vida. Como diría Tagore: “Dormí y soñé que la vida era felicidad, desperté y vi que la vida era servicio, serví y descubrí que en el servicio está la felicidad”. Es un servicio para todos, sin distingos, estemos donde estemos y trabajemos con quien trabajemos. Sin embargo, los débiles y los pobres, los excluidos y vulnerables, siempre estarán en la mira, porque fueron los preferidos del Señor. 

Así las cosas, con ocasión de la fiesta de San Ignacio, les pedimos orar mucho por nosotros y por nuestras vocaciones. Lo necesitamos. El Papa Francisco, jesuita como los más de 250 que trabajamos en Colombia o los 19 mil en el mundo, vive pidiendo: ¡recen por mí! Por supuesto, les prometemos también orar por ustedes y por los suyos y más en estos tiempos difíciles que afrontamos. Así, en comunión de oraciones, compartiremos de lo que somos y tenemos y de esta manera, solidariamente, podremos juntos, cada día, trabajar para lograr el milagro de transformar este mundo, construyéndolo como un mundo más justo y más humano, un mundo que encuentre en la alegría del Evangelio el sentido profundo de su existencia. Lo haremos como si todo dependiese de nosotros, pero con la certeza de que eso depende del Señor. Todo, para la mayor gloria de Dios.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Creer en Dios


Por Andrés de Bedout Jaramillo*

Andrés de Bedout Jaramillo
Hoy 25 de diciembre de 2019, es el día preciso para revisar nuestra relación con Dios, con nuestras familias, con nuestros amigos y con todos nuestros semejantes.

Consultados los científicos y pensadores sobre la creación, en su gran mayoría coinciden en la existencia de un ser absolutamente superior, un solo Dios verdadero, que con toda perfección creó cielo y tierra, rematando con la creación a su imagen y semejanza, de nosotros los humanos, para que nos sirviéramos de su creación.

Y nos hemos servido tanto que ya nos hemos hecho daño individualmente y hemos afectado la tierra, porque abusamos de todo al no comportarnos en la forma como Jesucristo nos enseñó y consta en la Santa Biblia.

Afortunadamente Dios nunca nos abandona, siempre está para nosotros, así nosotros no estemos para Él, porque equivocadamente preferimos, confundidos, los mal llamados placeres de la vida, que en última instancia nos causan sufrimiento, dolor, arrepentimiento, cuando los verdaderos placeres de la vida son realmente los que nos causan paz, tranquilidad y fuerzas para seguir adelante.

Creemos que lo mejor es lo que nos causa bienestares o alegrías transitorias, los vicios, el dinero, el sexo, cuando lo verdaderamente importante es lo que nos causa bienestares y satisfacciones permanentes, vida sana, mente sana, cuerpo sano, solidaridad, paz, tranquilidad y fuerza para afrontar las dificultades.

Definitivamente las malas influencias, las malas tentaciones, si no somos capaces de vencerlas, solo nos traen problemas, dolor, insatisfacción y lo peor, rabia con nosotros mismos y con nuestros semejantes.

Aprovechemos la celebración del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo para retomar el sendero de una vida nueva, sana, al servicio de nuestras familias, de nuestros amigos, de nuestros semejantes; reafirmemos nuestro agradecimiento con Dios nuestro creador, reafirmemos con nuestro comportamiento, que nunca nos separaremos de él, que sus enseñanzas, por difícil que sea, serán nuestro código de comportamiento y los resultados serán de bienestar verdadero, individual y colectivo.

Para todos(as) mis lectores y sus familias, una feliz y verdadera Navidad, para un feliz y verdadero 2020.