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viernes, 16 de diciembre de 2022

Las cosas por su nombre

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Lo dejo claro de entrada: soy respetuoso de la diversidad, de aceptarnos como diferentes, de la tolerancia… El ser católico precisamente significa eso: universal, plural, abierto, para todos, incluyente. Y eso vale para raza, lengua, género, religión, opción sexual, condición económica, ideología política. Soy así y pido que así lo seamos todos. Es la condición básica, elemental, para poder convivir como seres humanos y soñar que un mundo mejor es posible.

Por eso me sentí desconcertado, por no decir abrumado y descompuesto, con una solicitud que algunos dizque están haciendo y es pedir que los próximos días no se llamen Navidad, expresión que los ofende, sino alegres festividades. No. Qué pena, pero no. Navidad es Navidad y así debe llamarse, gústenos o no. Es una fiesta del cristianismo que celebra el nacimiento de su Dios hecho hombre y punto. Es como si yo me sintiera ofendido por el Ramadán Islámico y dijera que ahora debe llamarse jornadas de adelgazamiento y que me ofende que las llamen Ramadán. O si les dijera a los judíos que su jornada penitencial del Yom kippur me ofende y que deben cambiarle el nombre por día del amor. No. ¿Por qué tengo que irrespetar a otros para que se acomoden las cosas a mis caprichosos gustos? No señores, las cosas deben llamarse por su nombre.

Qué tal que cambiáramos el nombre del 7 de agosto, día de nuestra independencia nacional y que recuerda la batalla de Boyacá por el día de la cabalgata boyacense, porque hay unos que se ofenden con ese nombre. Absurdo. Como ridículo sería que el 11 de noviembre que celebra la liberación de la sufrida Cartagena de quienes fueron sus tiranos opresores, porque algunos les ofende esa memoria, tuviésemos que cambiarla por la fiesta del desfile de balleneras. No, no y no.

Los sinvergüenzas quieren quedarse con la fiesta, vacacionando a costa de la memoria de todo un pueblo, con la forma, pero sin el fondo. La significación de tamañas celebraciones quieren alterarla cambiando significante y significado. Ya la Semana Santa es pachanga santa, el puente más largo del año, vacaciones o receso intersemestral que se disfruta a costa de una memoria, pero que desde el punto de vista religioso ya no le dice nada a muchos. Simplemente son vacaciones. Si tanto los ofende, si no les dice nada, entonces suprímanse del calendario esos días y que sean días normales laborales, porque ya no habría motivo para celebrar. Eso sí que sería lo justo.

Cuando Pepita celebra su cumpleaños el 14 de abril o Juanito el suyo el 18 de septiembre, eso a mí no me dice nada y no tengo motivos para celebrar y hacer fiesta, pero para ellos sí y quieren hacerlo. Entonces, los respeto y que sean felices en su día, pero no tengo ninguna autoridad moral para prohibirles que lo hagan, que lo celebren con los suyos y que sean felices. Mucho menos tengo razones para sentirme ofendido porque ellos celebran. Hay que vivir y dejar vivir. Lo que faltaba es que unos cuantos vergajos que se escudan con el remoquete de defensores de la libertad y la pluralidad nos quieran obligar ahora a ser como ellos. ¡Ni más faltaba!

Si no les gusta que Navidad se llame Navidad, es su problema.  No se ofendan. Hagan sus oficios, trabajen, hagan lo que quieran, pero déjennos a los cristianos celebrar en la fe la fiesta del Dios con nosotros. Como yo no tengo por qué estar ofendido con Pepita y Juanito cuando ellos quieren celebrar sus cumpleaños, o con mis hermanos judíos o árabes cuando quieran ellos celebrar sus fiestas. Se les respeta y punto. Las cosas por su nombre. No se diga más.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Porque sí y porque no

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

En un chat de amigos recibí este mensaje mexicano de autor desconocido. Me pareció tan cercano a nuestra realidad que he querido transcribirlo suprimiendo el paso a paso de la hora y media en que acontece toda esta aventura, cambiando las siglas para homologarlas con las nuestras y dándole una ilación en su redacción:

Como nevó anoche, decidí hacer un muñeco de nieve. A los 10 minutos una vecina feminista pasó y muy airadamente me reclamó por qué no hice una mujer de nieve, así que para ser justos hice una mujer de nieve. Sin embargo, mi vecina nuevamente se quejó de los pechos voluminosos de la mujer de nieve, diciendo que había hecho el muñeco con una mirada masculina y lujuriosa y que “mi engendro” no representaba a todas las mujeres del mundo que no quieren que las valoren por sus senos. Además, que la escoba que le puse debía ser removida, porque representaba a las mujeres en un papel doméstico. La pareja gay que vivía cerca, por su parte, armó un lío diciendo que debería haber hecho dos hombres de nieve. También el vecino hombre trans... mujer... preguntó por qué no hice solo una persona de nieve, con partes “destacables”.

Me llamaron racista porque la pareja de nieve es blanca. El musulmán de la casa de en frente exigía que la mujer de nieve fuera “totalmente cubierta”, y de inmediato. Los veganos, al final de la calle, se quejaban de la nariz de zanahoria, alegando que las vegetales son comida y no para decorar los muñecos de nieve.

El epidemiólogo que pasaba me reclamó a gritos por qué mi muñeco no tenía tapabocas y me llamó “irresponsable”. Por su parte el representante de derechos humanos llegó y me amenazó con interponer una demanda “ejemplar”.

Otro vecino reclamó por el color azul de la bufanda de mi muñeco, diciendo que yo cometía un delito electoral por promover un partido político. Se me acusó de haber recibido millones de dólares para “atacar a la estabilidad del país”. Manifestantes de extrema izquierda, ofendidos por todo, marcharon por la calle exigiendo que me arresten.

Apareció el equipo de reportaje del noticiero de televisión. Me preguntó si sabía la diferencia entre los hombres de nieve y las mujeres de nieve. Yo respondí: “bolas de nieve′′, y ahora me llaman “sexista”. Aparecí en las noticias como sospechoso de terrorismo, racismo, homofobia, sexismo, machismo, xenofobia, transfobia, “neoliberal”, y delitos contra la salud. Me preguntaron quiénes eran mis cómplices.

La policía llegó diciendo que alguien había sido ofendido. Mis hijos fueron llevados al ICBF, para su “custodia”. La Fiscalía impartió “orden de captura” en mi contra y tuve que salir a escondidas del país.

Al mediodía los muñecos se derretían, pero el lío ya se había armado. Esto es en lo que nos hemos convertido en este país con esa imbecilidad de querer ser “políticamente correctos” y donde, dentro de poco, dar nuestra opinión sobre el tema que sea, podrá ofender a alguien, porque sí y porque no. ¿Cómo la ven?

viernes, 3 de septiembre de 2021

Mejor en equipo

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

A todos, sin excepción, Dios nos dio dones, talentos, cualidades, virtudes, fortalezas, plus propios, a veces excepcionales, otras únicos, siempre cosas buenas. En ese sentido, nadie en este mundo debería sentirse acomplejado o sentirse menos que otros. Desde hace rato lo aprendí de mis maestros: nadie es más que nadie, nadie es menos que nadie, nacemos iguales así seamos bien distintos. Por eso también, uno de mis textos bíblicos favoritos es el apólogo de origen alejandrino que San Pablo reflexiona en su primera carta a los Corintios y que conocemos como el simil del cuerpo, que bien emplea para referirse a la unidad en la diversidad de la Iglesia y que se constituye en una joya del sentido corporativo para cualquier grupo humano u organización.

Así como el cuerpo, compuesto de miembros, órganos y sistemas bien diferenciados, análogamente así somos nosotros en la sociedad. Aunque esencialmente iguales en dignidad y derechos, evidenciamos una pluralidad ineludible que pone de manifiesto que somos funcionalmente bien diversos y que lejos de ser eso un problema, limitación o lastre, en realidad y precisamente se constituye en nuestra mayor riqueza, nuestra mayor fortaleza. Pretender que todos pensemos y actuemos de la misma manera, cual clones seriados, es un error de tajo, una estrategia equívoca. Si algo nos ha hecho daño es querernos uniformar a todos, sin tolerar la diferencia, aborreciendo al que es distinto en razón de su raza, lengua, religión, opción política, condición social, género sexual, formación intelectual, etcétera.

Una sociedad evolucionada no reprime sino potencia esa realidad. Todos los regímenes, cooptados por las grandes ideologías, han demostrado su fracaso. Que no nos vengan con refritos recalentados a echarnos el cuento de que un Mao, un Stalin o un Lenin son maravillosos, o que un Hitler, Mussolini o Franco son fascinantes, o que el neoliberal capitalismo salvaje que vivimos en todas sus expresiones es la fantasía. Ya hace casi un siglo, el filósofo francés Enmanuel Mounier, en su “Manifiesto al servicio del personalismo”, denunciaba a los tres por atropellar la persona, por avasallar el ser humano, por oprimir y explotar por igual, cada uno a su manera, con discursos, métodos y tácticas diferentes, pero obteniendo los mismos resultados. No entiendo por qué esto tan elemental y básico no lo vivimos. Debe ser precisamente por eso, porque somos tan distintos que hay algunos que quieren alinearnos a la brava. Y no. En los mejores tiempos de la Guerra Fría entre poderes hegemónicos, surgió el movimiento de países no-alineados, no alienados, para colocar su acento en otras causas.

Entonces, cual equipo, estamos no solo para saber convivir pacífica y respetuosamente, sino también para complementarnos y enriquecernos unos a otros, para ser una fuerza que sume y multiplique, no que reste y divida. Cada uno tiene un lugar único, necesario e irreemplazable que no puede ser ignorado o no tenido en cuenta. En equipo, que no cada uno por su lado, nos va mejor, iremos más rápido, volaremos más alto, llegaremos más lejos. Lo hemos visto: cuando trabajamos en equipo, obtenemos mejores resultados, todos ganamos.

Las actuales circunstancias de nuestro país no dan para que perpetuemos la intolerancia y los radicalismos extremos. Estamos hartos y aburridos de polarizaciones dañinas. Hay que buscar juntos algo distinto, nuevo, diferente. Algo que le dé oxígeno y aire fresco y limpio a este enrarecido y pútrido ambiente, maloliente por lo corrupto. Creo en que un país mejor todavía es posible y eso se hace mejor en equipo.

lunes, 26 de julio de 2021

Mantengamos la democracia

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.*

Cualquier sistema de gobierno se soporta en valores, principios y normas jurídicas que le permiten funcionar, desarrollarse y construir una comunidad con identidad propia. La democracia es una de esas formas de gobernar, se nutre de lo anteriormente expuesto, y se mantendrá en el tiempo siempre y cuando sus ciudadanos compartan los valores y los principios que le dieron origen, por ello, la misma democracia labra su propia caída y llega a su destrucción, si no logra mantener en alto los ideales que enarbolan su bandera. Así evidenciamos con nuestros propios ojos cómo las democracias caen una a una en las garras de las dictaduras mentirosas y falsas de la izquierda.

Para lograr que un proceso democrático se consolide en el tiempo, debe regirse por principios estrictos, que ya son conocidos por todos pero que lamentablemente no se practican y por ello vamos en barrena. Vale recordar: honestidad, solidaridad, responsabilidad, pluralismo, libertad, justicia social, tolerancia, igualdad, respeto, bien común, legalidad, participación ciudadana, respeto por la vida, por el derecho del otro, respeto por la propiedad privada, límites a sus propias libertades, y otros más que hacen parte del ideal democrático.

Quisiera que cada uno de nosotros hiciera un autoanálisis a estas descripciones que acabó de hacer, y casi que podría concluir que en el momento en que concluyan la evaluación, llegaríamos a la misma conclusión, somos laxos, y no cumplimos con ninguno, no tenemos disciplina, ni respeto por la norma, somos un país lleno de leyes por todos lados y no acatamos ninguna, y por ende, vamos para el estanco como borregos sin reaccionar, y quienes nos deberían dar ejemplo  no lo dan y ellos son el sustento de la democracia las tres ramas del poder, ejecutivo, legislativo y judicial.

La justicia. La verdadera, seria y justa, como su nombre lo indica, no la que hoy aplican los jueces de la república, la de sus propias razones, porque cada uno hace lo que quiera en sus fallos, se emiten no con base en el ordenamiento jurídico, sino en su propia interpretación, no se respeta la norma, ni la jurisprudencia y menos la doctrina. Además, se entrometen en el ámbito de las otras ramas del poder y lo pruebo con un hecho sucedido el viernes anterior cuando el Consejo de Estado, suspendió el decreto del ejecutivo, sobre la asistencia militar en las zonas del país que se requiera su presencia. Esto hace pensar que estamos en manos de la rama judicial que se excede en sus funciones y administra el país, lo cual no se entiende y menos cuando se está impidiendo la protección y convivencia ciudadana, dejando a las ciudades al arbitrio de los vándalos, los desestabilizadores comunistas e izquierdistas, esos son pues los defensores de la juridicidad y del orden. Risa me da.

Otro ejemplo, es el que ha venido sucediendo con las revocatorias del mandato a los alcaldes de Colombia, que es torpedeada por todos los medios y los jueces aceptan tutelas y las fallan en contra de la realidad jurídica y probatoria, y se tiene que llegar a instancias superiores como tuvo que ocurrir en Medellín, donde el abogado Julio Enrique González Villa, apeló una decisión de un juez y el tribunal administrativo, en una decisión ponderada, revocó esa primera decisión que dilató el proceso. Y así, sucesivamente, observamos que los jueces paralizan desarrollos viales, con decisiones absurdas que después los superiores revocan, lo cual indica claramente que están actuando con criterios políticos y no jurídicos. Por supuesto que podría extenderme y poner ejemplos de decisiones judiciales que afectan a los ciudadanos a lo largo y ancho del país.

La legislativa. Qué pena decirlo, está integrada por asesinos, violadores, secuestradores y terroristas, por un lado, que obtuvieron su curul con un acuerdo de paz espurio; por otros que no dan ejemplo, atacan la democracia en su propio seno, incitan al odio y a la violencia, como Gustavo Bolívar y Petro, que han mantenido en paros al país en los dos últimos años generando con ello pobreza y malestar social; por otros que sí están preparados, formados académicamente, que participan en los debates, tanto en plenaria como en comisiones, y que, aunque tienen ideas contrarias, las debaten con altura y respeto. Y por último otros muchos que pasan por allí sin mancharla ni romperla, son inexistentes, calientan sillas y no aportan nada. Todos ellos, no han sido capaces de cumplirle al pueblo colombiano y realizar la reforma que tanto se pide: disminuir el número de senadores y representantes, poner control a los salarios, pagar por sesiones como en épocas anteriores, y, además, evitar la perpetuidad en el cargo. Por lo tanto, se puede concluir que allí, en el Congreso, no contamos con un verdadero soporte y aporte a la construcción de una democracia activa, renovadora y eficaz.

Ejecutivo. Puede tener la mejor de las intenciones, pero le toca luchar muy solo contra las adversidades que le ha correspondido asumir: pandemia, que además del inagotable problema de salud y muerte, llevo al país a la crisis económica, a los paros y a la desestabilización promovida por grupos de izquierda que pone en juego la democracia.

Como ven no está fácil prosperar con tantas dificultades que afrontar; la única forma es contando con personas preparadas, luchadoras, que enfrente sin miedo a los que desean destruir el sistema democrático, líderes que se unten de pueblo, que salgan a defender cuerpo a cuerpo la estabilidad de la nación, que hagan comprender a la juventud que han sido engañados miserablemente por quienes los han educado, que trastocaron sus principios y valores, y los llevan a enfrentar el único sistema que les puede dar prosperidad; que sean hombres con mística, que muevan las masas al norte del desarrollo, al crecimiento, a la solidaridad, disciplina y orden.

Le sugiero al Gobierno, que contando con las pocas normas constitucionales que se pueden utilizar, estudien, acepten y promuevan la discusión para fomentar las autonomías regionales como forma de darle mayor desarrollo al país, eso sí manteniendo la soberanía, las relaciones internacionales, y algunos impuestos nacionales, pero, de lograrse darle vía a las regiones, la democracia se fortalecería sin duda alguna y tendríamos más bienestar y desarrollo.

En conclusión, puedo expresar con contundencia que la democracia debe subsistir, trabajemos para ello, creemos empleo, demos seguridad y fortalezcamos la disciplina y el orden, con seguridad pasaremos este tramo de pesimismo y miedo por el que atravesamos.

Viva la democracia, la libertad y el orden.

viernes, 25 de junio de 2021

Política, religión, fútbol

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

Se ha vuelto una costumbre colectiva vetar tres temas si se quiere vivir en paz: no hablar de política, no hablar de religión, no hablar de equipos de fútbol. Se da por descontado que estos asuntos suscitan tantas pasiones que evidenciar los mutuos desacuerdos al respecto sólo genera discusiones interminables y acaloradas, enemistades de por vida, violencia verbal que desemboca en violencia física e, incluso, guerras y muerte. En realidad, no hay ganadores, todos pierden.

Me parece que esta constatación, más que evidenciar un fenómeno humano, en realidad pone al descubierto la inmadurez humana, entendida esta como la incapacidad de ser tolerantes o la contumaz renuencia a respetar la contundente realidad de que todos somos muy diferentes y de aceptarnos como tales. Lo hemos visto estos días, otra vez, en el candente y desconcertante mundo de la política criolla, en la agresividad verbal contra miembros de la iglesia católica y en la violencia y muerte que se dio después de la final del fútbol colombiano.

Ante esa realidad uno tiene varias opciones: entrar en el juego de las polarizaciones; adoptar la posición del avestruz y no querer hablar del asunto; negar la evidencia y decir que esto no es cierto y que esa realidad no existe o, lo que sería sensato: quitarle el tabú al cuento y maduramente dialogar sobre estos asuntos sin necesidad de precipitar nuestra extinción.

El tema político es ineludible para un ciudadano serio, de conciencia crítica bien formada y que quiere un mejor futuro para su país. Es un asunto personal, pero tiene implicaciones sociales y no puede depender de tradiciones familiares. Menos aún podría mutilarle a uno la posibilidad de disentir obligándolo a ser llevado de la nariguera por una cuestión que llaman “disciplina de partido”. En cabezas de un partido no entiendo el transfuguismo de los que le baten cola al poder de turno, pero tampoco entendería, repito, el no poder renunciar, en un determinado momento, a un partido que está desdibujado, no tiene norte claro o va en contravía de principios y valores en los que uno cree.

En religión, a lo largo de la historia hemos visto las barbaridades que se han cometido en nombre de Dios, o de Alá, o de cómo quieran llamarlo. Creer que los demás son infieles, anatemas o blasfemos sencillamente porque no profesan el propio credo, en realidad ha sido una estupidez manifiesta, propia de mentalidades atrofiadas y sin un horizonte humano y espiritual amplio. Fundamentalismos, integrísimos y conservadurismos solo le han hecho gran daño a muchos y han generado resentimientos, resquemores, odios viscerales y posturas irreconciliables.

Finalmente, en el fútbol, como en la política y la religión, pareciera que optar por un equipo, una camiseta de color, unas barras con sus himnos y consignas y unas cuantas estrellas que hay que ganar, se convierten en asunto de vida o muerte. Personalmente soy hincha de fútbol y recuerdo aterrado de cuando un día me puse el uniforme completo con chaqueta y gorra, orgulloso de mi divisa deportiva y alguien me gritó antes de salir a la calle: “¡quítese eso si no quiere que en la calle le peguen una puñalada!” Increíble, inaceptable, abominable. ¿Cómo así qué hay un muerto y muchos heridos entre hinchas de Millonarios al término de la última final?, ¿cómo así que las barras bogotanas de Nacional no aceptan las barras que vienen de Medellín? ¡Oye! Esto es de locura, es decir, esto ya es enfermizo y no sé si patológico.

Me imagino a los extraterrestres mirándonos y diciéndose entre ellos: esperemos un poquito más que ya casi esa raza humana, que paró de evolucionar, está a punto de extinguirse a sí misma, sola ella.

viernes, 3 de enero de 2020

¿Quién dijo que éramos perfectos?


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
La fuerte reacción que tuvo Francisco con la mujer que lo tiró del brazo, en la noche del 31 de diciembre, mientras saludaba a la multitud en la Plaza de San Pedro, se hizo viral en las redes sociales y dio ocasión para múltiples comentarios, muchos de ellos negativos.

El Papa, por su afán de estar físicamente cercano a la gente, corre el riesgo de ser agredido. Le pasó a Juan Pablo II en el atentado de mayo de 1981, le pasó a Benedicto XVI cuando en plena entrada procesional un hombre se abalanzó sobre él y ahora a Francisco con una mujer que, en su emocionado afán de saludar a tan singular personaje, lo agarra fuertemente para no dejarlo ir en el preciso momento en que hace el gesto de dirigirse al otro lado de la muchedumbre. El problema fue el brusco movimiento que hace tambalear al Pontífice y mostrar en su rostro el fuerte dolor que le produjo. La mujer lo sigue agarrando con fuerza y él reacciona muy disgustado dándole dos palmadas con su otra mano para que lo suelte. Al retirarse se le ve visiblemente descompuesto.

Los comentarios que he leído van desde la imprudencia suya al acercarse tanto a la gente, la pasividad de los guardas que lo acompañan que no han estado en actitud preventiva, la crítica a la mujer por atrevida con una persona que ya pasa de 83 años y sufre de varios quebrantos de salud, hasta los que condenan enérgicamente a Francisco y se escandalizan porque dizque tan buen hombre, tan tierno, tan pacífico, haya reaccionado violentamente con esta persona y aprovechan la ocasión para drenar su veneno anticlerical para exponer nuevamente todos los pecados eclesiales y abjurar de la fe.

Francisco, a la mañana siguiente, ha pedido públicamente perdón por su gesto de impaciencia. Parece que a muchos no suficiente.

Personalmente, creo yo, el Papa se expone demasiado. Pero no va a cambiar. A su guardia de seguridad les ha pedido no interponerse a su afán de saludar de mano a los creyentes, alzar niños en sus brazos, besar enfermos, tomarse selfies, beber un mate, bromear… Lo de la noche del 31 fue un suceso aislado e infeliz que ha sido explotando mediáticamente. El amplio horizonte de miles de gestos hermosos se empaña por el punto negro de su humana reacción absolutamente espontánea. A ver ¿quién dijo que el Papa era perfecto?

Lo digo como sacerdote y le consta a mis amigos y a la gente con la que pastoralmente me encuentro y les digo: somos seres humanos, sentimos como todos, nos reímos, lloramos, sufrimos, nos alegramos, también nos da rabia, tenemos tentaciones, nos equivocamos, caemos, fallamos. ¿Quién dijo que éramos perfectos? La gente nos pone en un pedestal demasiado alto, nos considera seres espirituales, casi perfectos y no. La verdad es que seguimos siendo humanos. Ni el mismísimo Jesucristo se escapó de esta realidad al asumir nuestra condición humana. También el Hijo de Dios se le perdió a sus papás, les respondió de manera desconcertante, se puso energúmeno en el templo, peleó con los fariseos… Lo digo no para justificarnos, sino para que entendamos dos cosas con absoluta claridad: primera, somos humanos y podemos fallar. Segunda, no seamos tan crueles e injustos olvidando la mayoría de las acciones buenas para condenar por un acto aislado y desafortunado.

¡Un feliz 2020 para todos!

martes, 22 de octubre de 2019

De cara al porvenir: datos para pensar


Por Pedro Juan González Carvajal*

Pedro Juan González Carvajal
Sostienen quienes trabajan bajo el rigor científico e intelectual, que lo que no se mide no existe, hablando obviamente de las actividades humanas.

Recientemente unos estudiosos de la demografía han revelado que solamente el 10% de la población del planeta vive entre montañas, entre los cuales estamos obviamente nosotros los antioqueños. Y eso no quiere decir que seamos unos seres extraños, unos marcianos, pero sí hay que reconocer que se tienen algunas particularidades: conservadores, tradicionalistas, familiares, desconfiados, arriesgados, jugadores, trabajadores, entre otras varias singularidades que a simple vista podrían entenderse como contradictorias.

El hecho es que en Antioquia existe la multiculturalidad y eso hace que en este departamento tengamos varias “Antioquias” al interior, lo cual potencia, y a su vez dificulta la comunicación, la interrelación y el ejercicio pleno de la tolerancia.

Una cosa es el antioqueño andino, el montañero, otra cosa es el antioqueño de mar, el costeño, y otra cosa es el antioqueño que vive en las riberas de los ríos, el chilapo; una cosa es el antioqueño que desarrolla la actividad minera, otra cosa el antioqueño que trabaja en la agricultura, otra cosa el antioqueño que se dedica a los negocios, y otra cosa el antioqueño que se dedica a la ganadería.

Por sus particularidades étnicas y socio culturales, no podemos tener una comprensión homogénea del antioqueño mestizo, del antioqueño indígena, del antioqueño afrodescendiente, del antioqueño blanco y del antioqueño mulato.

Otro dato de interés es que un estudio reciente revela que solo el 3% de los colombianos hemos leído los Acuerdos de Paz, lo cual implica que las discusiones que se presentan hoy en día alrededor del tema están enmarcadas, sesgadas y signadas por la desinformación, la ignorancia o el desconocimiento profundo de aquello a lo cual se critica o apoya.

Esta evidencia deja por el suelo nuestros procesos educativos, y en el subsuelo, nuestro desconocido concepto de ciudadanía.

Ante este desinterés, propio de una cultura indolente, si es que así se pudiera denominar a este adefesio social, es imposible pensar en una relación de respeto civilizado entre los habitantes de Colombia, cuya coexistencia y convivencia está hoy marcada por la intolerancia.

No importa de dónde provengan las balas, los muertos colombianos son muertos nuestros, muertos que son hijos de una misma Patria y muertos que se convierten en una pesada carga de vergüenza que debemos arrastrar entre todos, ante un planeta que ya sinceramente no sabe, ni cómo mirarnos, ni cómo tratarnos.

Soldados, reinsertados, líderes sociales, indígenas, periodistas, sindicalistas, campesinos, estudiantes, policías, jueces, políticos, ciudadanos del común, todos y entre otros tantos, sin excepción, tienen el sagrado derecho a ver respetadas y preservadas sus vidas y a tener un Estado que se las pueda garantizar. De no ser así, pues ya va siendo la hora de pensar en cambiar de Estado.