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viernes, 16 de diciembre de 2022

Las cosas por su nombre

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Lo dejo claro de entrada: soy respetuoso de la diversidad, de aceptarnos como diferentes, de la tolerancia… El ser católico precisamente significa eso: universal, plural, abierto, para todos, incluyente. Y eso vale para raza, lengua, género, religión, opción sexual, condición económica, ideología política. Soy así y pido que así lo seamos todos. Es la condición básica, elemental, para poder convivir como seres humanos y soñar que un mundo mejor es posible.

Por eso me sentí desconcertado, por no decir abrumado y descompuesto, con una solicitud que algunos dizque están haciendo y es pedir que los próximos días no se llamen Navidad, expresión que los ofende, sino alegres festividades. No. Qué pena, pero no. Navidad es Navidad y así debe llamarse, gústenos o no. Es una fiesta del cristianismo que celebra el nacimiento de su Dios hecho hombre y punto. Es como si yo me sintiera ofendido por el Ramadán Islámico y dijera que ahora debe llamarse jornadas de adelgazamiento y que me ofende que las llamen Ramadán. O si les dijera a los judíos que su jornada penitencial del Yom kippur me ofende y que deben cambiarle el nombre por día del amor. No. ¿Por qué tengo que irrespetar a otros para que se acomoden las cosas a mis caprichosos gustos? No señores, las cosas deben llamarse por su nombre.

Qué tal que cambiáramos el nombre del 7 de agosto, día de nuestra independencia nacional y que recuerda la batalla de Boyacá por el día de la cabalgata boyacense, porque hay unos que se ofenden con ese nombre. Absurdo. Como ridículo sería que el 11 de noviembre que celebra la liberación de la sufrida Cartagena de quienes fueron sus tiranos opresores, porque algunos les ofende esa memoria, tuviésemos que cambiarla por la fiesta del desfile de balleneras. No, no y no.

Los sinvergüenzas quieren quedarse con la fiesta, vacacionando a costa de la memoria de todo un pueblo, con la forma, pero sin el fondo. La significación de tamañas celebraciones quieren alterarla cambiando significante y significado. Ya la Semana Santa es pachanga santa, el puente más largo del año, vacaciones o receso intersemestral que se disfruta a costa de una memoria, pero que desde el punto de vista religioso ya no le dice nada a muchos. Simplemente son vacaciones. Si tanto los ofende, si no les dice nada, entonces suprímanse del calendario esos días y que sean días normales laborales, porque ya no habría motivo para celebrar. Eso sí que sería lo justo.

Cuando Pepita celebra su cumpleaños el 14 de abril o Juanito el suyo el 18 de septiembre, eso a mí no me dice nada y no tengo motivos para celebrar y hacer fiesta, pero para ellos sí y quieren hacerlo. Entonces, los respeto y que sean felices en su día, pero no tengo ninguna autoridad moral para prohibirles que lo hagan, que lo celebren con los suyos y que sean felices. Mucho menos tengo razones para sentirme ofendido porque ellos celebran. Hay que vivir y dejar vivir. Lo que faltaba es que unos cuantos vergajos que se escudan con el remoquete de defensores de la libertad y la pluralidad nos quieran obligar ahora a ser como ellos. ¡Ni más faltaba!

Si no les gusta que Navidad se llame Navidad, es su problema.  No se ofendan. Hagan sus oficios, trabajen, hagan lo que quieran, pero déjennos a los cristianos celebrar en la fe la fiesta del Dios con nosotros. Como yo no tengo por qué estar ofendido con Pepita y Juanito cuando ellos quieren celebrar sus cumpleaños, o con mis hermanos judíos o árabes cuando quieran ellos celebrar sus fiestas. Se les respeta y punto. Las cosas por su nombre. No se diga más.

martes, 23 de febrero de 2021

De cara al porvenir: sacralización

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

Convengamos que una sociedad como la nuestra, que aún no se ha podido configurar como nación y que torpemente ha desviado el camino oportuno hacia la modernidad, difícilmente podrá convertirse en sociedad política, no podrá llegar a formular y a tener acuerdos sobre lo fundamental y caerá en la tentación de configurar un falso imperio de las leyes, que en nuestro caso, se convierten en depositarias de la esperanza de que por el solo hecho de haber sido expedidas, se han de cumplir, lo cual, ante los resultados históricos, resulta ser una falacia. Las leyes se respetan, pero no se cumplen.

De igual manera, reconozcamos que tenemos una de las constituciones políticas más extensas del mundo, llena de buenas intenciones, otorgando derechos a diestra y siniestra, sin tener la capacidad real de cumplir con sus mandatos e implementar lo acordado y mucho peor, sin tener la capacidad de instrumentarla.

Sobrevivientes a unos procesos de conquista y de colonia pasados por las armas y promotores de la iniquidad, de nuestra cultura primigenia no queda casi nada, ya que nos obligaron a trasplantar la cultura europea, tanto en lo que toca a lo latino como a lo anglosajón, irrespetando y exterminando nuestras raíces.

Una sociedad que desconoce la diversidad, ‒por no llamarla multiculturalidad‒, que no posee una cultura propia, que no ha sido capaz de organizarse y de plantear unos objetivos nacionales que nos aglutinen e incapaz de cumplir y hacer cumplir la Constitución Política, pues claramente está sentenciada, si no al fracaso, sí a una perenne mediocridad.

Para colmo de males, esta es una sociedad donde el concepto de confianza se desconoce tanto entre individuos como entre ciudadanos e instituciones. Sin confianza, una sociedad no es viable y el bienestar de una nación, al igual que la capacidad de su economía para crecer y competir, depende del nivel de confianza inherente en la sociedad, tal como lo sostiene Fukuyama.

Un país con las anteriores características, que a su vez es mal educado y poco civilizado, que no ha logrado adquirir conciencia geográfica e histórica, fácilmente cae en la tentación de tomar como “verdades eternas” a posturas, personas o entidades ante las cuales no tenemos como contra argumentar, ante la carencia de posturas propias, lo cual configura un adecuado caldo de cultivo para la aparición periódica de diferentes expresiones caudillistas.

Dice el diccionario que sacralizar es atribuir o conferir un carácter sagrado a lo que no lo tiene y no tiene por qué tenerlo.

Es por eso que, tendemos a mitificar, a sobredimensionar, a sobreestimar, a idealizar y a tomar como posturas divinas, a aquellas ideas, posiciones, costumbres o cosmovisiones foráneas y de algunos pocos representantes de los grupos de poder al interior de la República.

Por más bonito y lógico que suene, los códigos de buen gobierno no están por encima de la ley. La OCDE es una organización de países con poder, que no necesariamente han logrado que sus buenas prácticas fortalezcan la democracia y el bienestar de sus ciudadanos. Los países poderosos tienen sus realidades y sus lógicas, que no necesariamente son las nuestras. La dictadura de la búsqueda de consensos hace perder la opinión individual, diluye las responsabilidades y atenta contra el sentido democrático. Las calificadoras de riesgo emiten opiniones, pero no poseen la verdad eterna. La meritocracia suena lógica, pero no necesariamente es lo que se requiere. El imperio de la ley (o la leguleyada), puede llevar a una especie de legalidad fraudulenta, en el sentido de que la ilegalidad o la legalidad son el resultado de una correlación de fuerzas, en pleno ejercicio del poder. La visibilidad de un político, de un periodista, de un empresario, no necesariamente lleva asociado el hecho de que tengan la razón.

Mientras más mitos y sacralizaciones conservemos y peor aún, promovamos, más evidente será nuestra falta de educación, nuestra dependencia innata y nuestra estupidez.

Estamos en la era de la razón: es bueno entonces que la apliquemos y que la ejerzamos. De otra manera, el circo o la zarzuela en la que se ha convertido nuestro trasegar cronológico, solo servirá para beneficiar a aquellos pocos que, con sus aciertos financieros, económicos, políticos o empresariales, han logrado construir una burbuja donde creemos estar en la modernidad y no lo estamos, creemos ser importantes y no lo somos, creemos ser reconocidos y no lo somos, creemos estar desarrollados y no lo estamos, creemos ser felices y no sabemos que es la felicidad.

Que la indolencia y la mediocridad, no nos traguen vivos.

¿Ahí les dejo “este trompo en l’uña”