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miércoles, 14 de mayo de 2025

El Día del Maestro

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Esta semana se celebra el Día del Maestro.

Si existe alguna profesión superior a todas, es la profesión de maestro.

El maestro tiene en sus manos la posibilidad de construir o destruir futuros, de castrar o de potenciar la mente de sus alumnos, de ser el eslabón que lleva de su mano los relevos de la civilización a través de la cultura.

Sin embargo, el maestro debe ser humilde, paciente, curioso y, sobre todo, comprometido y responsable.

Gratitud eterna a mi madre, doña Bertha, que antes que mamá fue maestra, a mis profesores de primaria, bachillerato, pregrado, posgrados y compañeros de trabajo y de diferentes actividades empresariales y sociales a través de mi vida profesional.

Al Colegio de San José de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, a EAFIT y a la Universidad de Antioquia, mis lugares de aprendizaje, así como a la Corporación Universitaria Remington y a la Corporación Universitaria Lasallista por haberme dado la posibilidad de haber ejercido como su rector.

Miro hacia atrás mis 45 años como docente, con pretensión de maestro, y no veo si no la posibilidad de agradecer infinitamente a aquellos que han participado conmigo en esta maratón de vocación y de vida.

A todas las universidades que me han acogido, pero sobre todo al mi gran maestro y amigo el doctor Juan Alberto Restrepo Maldonado quien me dio la posibilidad de hacer mis primeros pinos como su monitor en el área de Métodos Cuantitativos con la Materia de Programación Lineal por allá en el año 1978.

Igualmente, al doctor Carlos Londoño, jefe del Departamento de Administración de EAFIT quien me dio la posibilidad de dar mi primer curso de pregrado, Procesos Administrativos en el período 81-1.

A los miles de alumnos que han compartido conmigo la experiencia de aprender, de discutir, de generar acuerdos y desacuerdos y sobre todo por su tolerancia, su respeto, su amor.

A mis cientos de compañeros de trabajo de quienes en algunos casos he logrado aprender mucho y compartir experiencias.

¡Qué enorme satisfacción que se vayan convirtiendo en hombres y mujeres buenos, en profesionales idóneos y responsables y en ciudadanos de bien!

¡Qué gran satisfacción al verlos destacarse en diferentes actividades de la vida!

Recuerdo con cierta nostalgia el proceso de evolución de los medios o ayudas educativas empleadas durante este tiempo: las horas lengua, el tablero y la tiza, los tableros con marcadores secos, el papelógrafo, los acetatos, el Power Point, entre otras ayudas como los mimeógrafos y las fotocopias, y más recientemente el Smart TV con acceso a Internet, la presencialidad remota, los tutores virtuales y el Chat GPT desde la Inteligencia artificial (IA) y los profesores virtuales -avatares- como ZOE.

Muchos me han preguntado---- ¿Y a usted por qué le gusta tanto dar clase? Mi respuesta ha sido y será la siguiente: algunos dicen que dan clase para mantenerse actualizados, con lo cual no estoy de acuerdo, pues todos los profesionales de todas las profesiones debemos mantenernos actualizados. Quien esgrima esto como argumento para ser docente, pues es un profesor mediocre para mí. Yo doy clase para “robar juventud” y para poder mantenerme vigente, para confrontar y compartir ideas y experiencias. Quien vive entre los jóvenes se mantiene mentalmente joven y aun físicamente fresco.

¿Y usted qué entrega como legado? Fuera de entregar experiencias, vivencias y conocimientos previamente adquiridos, así como análisis de situaciones del entorno, de manera profesionalmente responsable, mi mayor preocupación es poder ayudar a rescatar y reconocer nuestras raíces y poder entregarle alas a los alumnos para que vuelen con prudencia, pero sin temor, inculcando siempre la capacidad de dudar y de ser tolerantes respetando las diferencias.

Hay que tener una mente abierta para entender y comprender que nada es eterno en el mundo, que todo es mutable y cambiante.

Si uno no sabe quién es y dónde está, difícilmente podrá adquirir conciencia geográfica e histórica, que es el fundamento para la construcción de sociedades tolerantes y una ciudadanía planetaria.

Ahora bien, rescatando la Mayéutica Socrática y retomando a Rilke, “Educar es amar las preguntas”.

Por eso no nos debemos engolosinar con teorías, paradigmas, dogmas y posturas absolutas, pues todas ellas frenan y/o sesgan el maravilloso viaje de adquirir y construir conocimiento y potencian la intolerancia y el egoísmo, sabiendo de antemano que todas son revisables y obviamente temporales.

Por último, reivindico el hecho de que el núcleo fundante de la educación es el hogar, la familia, con un padre y una madre que fuera de amor y cuidados deben dar ejemplo.

De igual manera, es fundamental una adecuada y democrática educación primaria o básica como le dicen ahora. Si esta educación no es igual para todos los niños en cualquier parte del país, estaremos construyendo, de entrada, una sociedad inequitativa, injusta y desigual. Si las bases no quedan fuertes y sólidas, lo que se construya y apoye posteriormente a partir de ellas, incuestionablemente se vendrá al piso.

¡Loor a los maestros y gratitud eterna!

viernes, 16 de agosto de 2024

De cara al porvenir: la puntualidad

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Si algún atributo es digno de resaltar entre las relaciones humanas es el de la puntualidad. Sin puntualidad, el principio del respeto no existe ni existirá, ya que toca directamente con el recurso más valioso y escaso que tenemos: el tiempo.

No existe excusa para el incumplido. Si se define una hora de encuentro o de inicio de cualquier tipo de actividad, pues se debe calcular con la debida anticipación la distancia, la movilidad y el tiempo para llegar, de modo que lleguemos al sitio de encuentro con un poco de holgura, tengamos un espacio para reposar y esperar que se inicie el compromiso pactado.

No importa el cargo que se ocupe: puede ser el papa, el presidente, el primer ministro, el general, el premio nobel, el artista y de ahí para abajo en términos de jerarquía todos los humanos del común. Nadie tiene derecho a hacerle perder tiempo irrecuperable al otro.

Quien así lo haga pues simplemente es una persona mal educada y punto, sin explicaciones ni excusas que sean valederas.

Por allá en los comienzos de siglo, estando en la Cámara de Comercio, si el evento estaba programado para las 7:00 a. m. la tarjeta de invitación señalaba las 6:59 a. m. y a esa hora iniciábamos, falte quien faltare, independiente de su importancia, posición o cargo.

Hoy por hoy el manejo de agendas electrónicas y de herramientas compartidas donde se invita o vincula a personas a distintas reuniones, partiendo de los espacios libres que se encuentran, se convierte en otro tipo de exigencia que debe ser debidamente atendida.

Para los anglosajones el término o’clock significa hora en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos.

Igualmente, este cumplimiento debería ser aplicado para la duración preestablecida de las reuniones, cuyo temario debe ser conocido de antemano y además respetado, sin que se incluyan de manera desordenada temas de último momento y cuya conducción debe hacerla un moderador avezado de modo que la agenda y el tiempo asignado se puedan cumplir y desarrollar sin tropiezos. El no alcanzar este objetivo es una muestra de desorden y de improvisación.

En algunas universidades del exterior se cierra la puerta del salón de clase a la hora de inicio señalada y quien llega tarde, pues se perdió la clase, con apelación a los infiernos. Igual ocurre con algunos teatros importantes de talla mundial.

Hoy la educación virtual también tiene horarios estrictos de cierre para el cumplimiento de los compromisos académicos.

Así mismo, si se tiene un compromiso en otra ciudad, lo ideal es viajar el día anterior para evitar molestias y posibles incumplimientos.

Quien llega tarde introduce el desorden mientras saluda y se acomoda generando distracción e incomodidad a los presentes y al expositor.

No podemos tampoco servir de cómplices o de idiotas útiles con el incumplido. Muchas veces, irrespetando a los cumplidos se invierte o se consume un tiempo y se desatrasa a quien llega tarde a una reunión mientras los demás pagan caro su cumplimiento.

A ratos puede sonar o parecer simpático o gracioso el incumplimiento del otro, lo cual simplemente es un ejemplo de tolerancia o de complacencia con el mal educado que nos hace perder nuestro tiempo.

Los impuntuales son personas con un sesgo cognitivo, que hacen juicios ilusorios, incorrectos del tiempo y sus recursos.

Los impuntuales usualmente son personas desorganizadas y generalmente pertenecen a uno de estos perfiles:

Indulgente: el incumplido tiene poco autocontrol.

Rebelde: el incumplido llega tarde para desafiar a la autoridad y las reglas.

Evasor: el incumplido da más prioridad a sus propias necesidades que llegar a tiempo.

A los incumplidos se les aplican sinónimos como: tardío, a destiempo, atrasado, tardado, retrasado y demorado, entre otros varios.

A la acepción de incumplido refiriéndose no a lo temporal, si no a los compromisos, se asocian: desobedecer, quebrantar, infringir, transgredir, violar, vulnerar, contravenir, desacatar, faltar y eludir entre otros muchos.

Sin embargo, el incumplimiento del tiempo y de los compromisos, muchas veces van de la mano.

Si no puede asistir a un compromiso por fuerza mayor o sabe que no llegará o no lo hará a tiempo, al menos trate de informar con anticipación para no perjudicar a los otros, de modo que obren en consecuencia, sin su presencia.

Qué falta nos hacen los cursos de urbanidad y de civismo que decidimos echar a un lado hace algunos años. Sin embargo, a las cabezas de las organizaciones les corresponde liderar con el ejemplo, esta es una condición de respeto, de buena educación y de buenas maneras.

Usted es su principal promotor y es el embajador o representante de las organizaciones para las cuales trabaja.

En ambos casos, la puntualidad es un sello de calidad, de seriedad y de valía que no se puede perder y menos negociar.

Recordemos finalmente que la puntualidad es uno de los principales elementos en el proceso continuado de construcción de confianza.

NOTA: El más patético de los impuntuales es quien dice que va a ir y nunca llega.

viernes, 9 de agosto de 2024

¿Hablar o callar?

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.

He ahí el dilema. Se nos ha dicho desde pequeños que “el que mucho habla mucho yerra” o que “coma callado”, pero también que “el que calla otorga”. A la par, “el silencio es más elocuente que las palabras” y por otro lado: “hable ahora o calle para siempre”. Al fin qué: ¿hablo o me callo? Son frases encontradas de la sabiduría popular que nos invitan a situarnos en posturas opuestas. ¿Es mejor hablar o es mejor callar?

Sin duda alguna habrá que discernirse en cada momento qué es lo mejor y más conveniente. No siempre, no de modo taxativo, uno deberá adoptar tal o cual posición. La prudencia que hace verdaderos sabios nos indicará lo que es lo más conveniente.

Pueden darse situaciones donde hablar resulte imprudente e inconveniente, por ejemplo, cuando se nos cuenta algo en privado y en confianza y el otro resulta infidente y revela eso secreto y desconocido. Es ahí dónde se acuerda uno de ese pasaje bíblico donde radicalmente se nos dice que “no hay nada oculto que no llegue a saberse”. A veces, esos “secretos” son realidades que todos conocen y saben, pero nadie se atrevió a evidenciar. A veces, resultan actos realmente reprochables que pueden hacer mucho daño y dejar por el suelo el valor de la confianza.

También se han dado y se dan situaciones donde callar resulte cuestionable y reprochable, por ejemplo, cuando se va a cometer una injusticia condenando un inocente, sabiendo realmente quién es el culpable, y no se dice. El precio que se paga es alto porque hay inequidad y a la vez impunidad. Que justos paguen por pecadores siempre nos duele a todos.

Personalmente, he sido más amigo de hablar que de callar. Poder “ex–presarse”, es decir, dejar de ser presos, es sano, es liberador. Hay “tacos” que llevamos dentro y nos ahogan. Una olla de presión, que no tiene válvula de escape, estalla y hace daño. La gente a veces, calla y calla y calla, aguanta y aguanta, se reprime hasta la opresión, y cuando estalla, estalla feo. Eso que llamamos el “estallido social”, por ejemplo, fue la expresión violenta frente a muchas situaciones injustas que fueron reprimidas u oprimidas por mucho tiempo.

Para mí es mejor hablar cuando se debe hablar. Poner las cartas sobre la mesa, decir lo que se piensa, saberlo hacer en el momento oportuno, con el tono adecuado, a la persona correcta, resulta saludable. Drenar, sacar lo que lleva adentro, libera, cura, sana. Frenar, guardarse las cosas, comer callado, puede ser contraproducente. Sentimientos guardados son resentimientos, repetía mi finado amigo Julio Jiménez.

Los dolores de cabeza, las migrañas, espasmos musculares, gastritis, úlceras y cánceres, qué son sino somatizaciones de venenos acumulados. Cuando se hablan las cosas, la gente se siente libre, liviana, duerme en paz, tiene la conciencia tranquila. Algunos callan por miedo o temores infundados, otros por orgullo y soberbia porque creen que si lo hacen se rebajan o caen de su pedestal.

Si habláramos más, si dialogáramos con sinceridad y respeto, muchas amistades no habrían terminado, muchos noviazgos o relaciones de pareja continuarían, muchos conflictos se habrían superado en breve tiempo, los prejuicios se superarían, los fantasmas desaparecerían, tendríamos más claridad y transparencia, estaríamos más cercanos a la paz. Hay que dar el paso. ¿Quién se anima?

viernes, 16 de diciembre de 2022

Las cosas por su nombre

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Lo dejo claro de entrada: soy respetuoso de la diversidad, de aceptarnos como diferentes, de la tolerancia… El ser católico precisamente significa eso: universal, plural, abierto, para todos, incluyente. Y eso vale para raza, lengua, género, religión, opción sexual, condición económica, ideología política. Soy así y pido que así lo seamos todos. Es la condición básica, elemental, para poder convivir como seres humanos y soñar que un mundo mejor es posible.

Por eso me sentí desconcertado, por no decir abrumado y descompuesto, con una solicitud que algunos dizque están haciendo y es pedir que los próximos días no se llamen Navidad, expresión que los ofende, sino alegres festividades. No. Qué pena, pero no. Navidad es Navidad y así debe llamarse, gústenos o no. Es una fiesta del cristianismo que celebra el nacimiento de su Dios hecho hombre y punto. Es como si yo me sintiera ofendido por el Ramadán Islámico y dijera que ahora debe llamarse jornadas de adelgazamiento y que me ofende que las llamen Ramadán. O si les dijera a los judíos que su jornada penitencial del Yom kippur me ofende y que deben cambiarle el nombre por día del amor. No. ¿Por qué tengo que irrespetar a otros para que se acomoden las cosas a mis caprichosos gustos? No señores, las cosas deben llamarse por su nombre.

Qué tal que cambiáramos el nombre del 7 de agosto, día de nuestra independencia nacional y que recuerda la batalla de Boyacá por el día de la cabalgata boyacense, porque hay unos que se ofenden con ese nombre. Absurdo. Como ridículo sería que el 11 de noviembre que celebra la liberación de la sufrida Cartagena de quienes fueron sus tiranos opresores, porque algunos les ofende esa memoria, tuviésemos que cambiarla por la fiesta del desfile de balleneras. No, no y no.

Los sinvergüenzas quieren quedarse con la fiesta, vacacionando a costa de la memoria de todo un pueblo, con la forma, pero sin el fondo. La significación de tamañas celebraciones quieren alterarla cambiando significante y significado. Ya la Semana Santa es pachanga santa, el puente más largo del año, vacaciones o receso intersemestral que se disfruta a costa de una memoria, pero que desde el punto de vista religioso ya no le dice nada a muchos. Simplemente son vacaciones. Si tanto los ofende, si no les dice nada, entonces suprímanse del calendario esos días y que sean días normales laborales, porque ya no habría motivo para celebrar. Eso sí que sería lo justo.

Cuando Pepita celebra su cumpleaños el 14 de abril o Juanito el suyo el 18 de septiembre, eso a mí no me dice nada y no tengo motivos para celebrar y hacer fiesta, pero para ellos sí y quieren hacerlo. Entonces, los respeto y que sean felices en su día, pero no tengo ninguna autoridad moral para prohibirles que lo hagan, que lo celebren con los suyos y que sean felices. Mucho menos tengo razones para sentirme ofendido porque ellos celebran. Hay que vivir y dejar vivir. Lo que faltaba es que unos cuantos vergajos que se escudan con el remoquete de defensores de la libertad y la pluralidad nos quieran obligar ahora a ser como ellos. ¡Ni más faltaba!

Si no les gusta que Navidad se llame Navidad, es su problema.  No se ofendan. Hagan sus oficios, trabajen, hagan lo que quieran, pero déjennos a los cristianos celebrar en la fe la fiesta del Dios con nosotros. Como yo no tengo por qué estar ofendido con Pepita y Juanito cuando ellos quieren celebrar sus cumpleaños, o con mis hermanos judíos o árabes cuando quieran ellos celebrar sus fiestas. Se les respeta y punto. Las cosas por su nombre. No se diga más.

viernes, 28 de octubre de 2022

Sobre la puntualidad

Por José Leonardo Rincón, S. J.*

“Cuando a uno le interesa algo, es puntual. Puntualidad es sinónimo de interés”. Esta era la sentencia lapidaria con la que mi inolvidable amigo Julio Jiménez nos motivaba en las actividades que orientaba, de manera que, llegado el momento de la cita, el evento iniciaba a la hora en punto. Así se hicieron famosas entre nosotros la “hora javeriana”, la “hora ignaciana”, para aludir que era a la hora exacta. Y no faltaba quien jocosamente preguntaba para distinguir: “¿hora colombiana u hora javeriana?”

El tema de hoy va a que si algo nos caracteriza en nuestra idiosincrasia es ser impuntuales. Y es que hay frases como: “más puntual que novia fea” que parecieran estimularla y con las cuales se rididiculiza ser exactos. No extraña entonces que, efectivamente, novia que se respete se haga esperar. Y uno de cura o de feligrés ya sabe que de afán no puede estar si hay boda de por medio.

Se sabe de antaño que la hora judicial tenía la flexibilidad de 60 minutos y que ser puntuales es una virtud exótica. Sin embargo, hay citas para las que corremos, un partido de fútbol, un cine, un concierto. Y no nos interesa madrugar a hacer fila y esperar lo que sea necesario. ¿Por qué ahí sí funciona? Simple. Porque nos interesa. Tenía razón entonces mi finado amigo.

Llegar tarde porque nos cogió la noche, siempre encuentra excusas: había mucho tráfico, hubo un accidente, cualquier cosa para excusar que no calculamos bien el tiempo y no salimos oportunamente. Nuestro tiempo es valioso, el de los demás no importa. Las aerolíneas fingen ser puntuales llamando abordo, pero una vez adentro del avión, los pasajeros tienen que soportar tiempos interminables. Me pasó en estos días: en el vuelo de ida, 50 minutos en pista esperando y en el vuelo de regreso, dos horas en sala. Las explicaciones resultan ridículas porque las versiones de los funcionarios no coinciden: mal tiempo, congestión de tráfico aéreo, cambio de tripulación a última hora, falla técnica…, lo que sea, mentiras e irrespeto por doquier.

Ya es proverbial la impuntualidad del jefe de Estado. No es cuento, no es calumnia, no es oposición. Uno sabe que hay asuntos muy importantes de por medio, pero hacer esperar más de una hora no tiene ninguna presentación. Que pasó una vez, vaya y venga, pero que sea costumbre, habla muy mal del equipo que maneja la agenda y del funcionario por no tenerla bajo control. Es cierto que es muy importante el personaje, pero también es cierto que hay que dar ejemplo y marcar pauta.

Personalmente me encanta la puntualidad. Es sinónimo de interés y de respeto, como ya se dijo. Nada mejor que comenzar una reunión a tiempo y concluirla, igualmente, a la hora convenida. Todos tenemos labores que realizar, otros compromisos qué atender, personas esperando en la oficina o en la casa. La puntualidad en otras culturas es un valor: el tren sale a las 10:38 y a esa hora sale. El autobús pasa a las 5:57 y a esa hora pasa. El concierto comienza a las 9:00 y a esa hora comienza. En eso se diferencian bastante latinos de anglosajones. Me quedo con estos. Macondo es maravilloso, pero podemos hacerlo todavía mejor.

martes, 6 de septiembre de 2022

De cara al porvenir: bajezas humanas

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

A pesar de los grandes esfuerzos que se hacen en la mayoría de las organizaciones por mantener un clima laboral respetuoso y amable, desarrollando procesos que muchas veces llegan a ser puntos importantes dentro de los protocolos internos, también es muy común que las comunicaciones informales, el no respeto de los canales de comunicación formalmente establecidos, los chismes, “radio pasillo”, sigan teniendo plena vigencia cuando ya superamos la primera quinta parte de este siglo xxi.

La falta de carácter, la bajeza de personalidad, la inseguridad, la cobardía, la deslealtad, la falta de respeto por sí mismo y por los demás, las actitudes y las posturas rastreras, son típicas de seres insignificantes que se escudan tras el anonimato para, en teoría, denunciar, divulgar o expresar su inconformidad, no de manera abierta y transparente, sino de una manera retrechera y turbia.

En las organizaciones en general se abren espacios como los buzones de quejas, sugerencias y reclamos para facilitar que la gente se aproxime y de manera privada, empleando un mecanismo formal, exprese sus comentarios. En otras, las puertas de la comunicación y del intercambio de ideas están permanentemente abiertas y dispuestas a escuchar, en un ejercicio dinámico de mejoramiento continuo.

Otra cosa es aquel individuo que dirige comunicaciones a destinatarios específicos para entregar algún mensaje sin atreverse a dar la cara, tratando con sus supuestas denuncias, de informar acerca de un pretendido secreto a voces, de posturas sumisas que no encuentran espacios de expresión y lo que tratan en el fondo es desestabilizar y motivar la duda, sembrar la cizaña, usualmente tratando de asumir el papel de víctima y de vocero de otras personas que no le han otorgado dicha representación.

Recientes sofisticaciones tecnológicas ponen al servicio de este tipo de personas y en el mismo plano a las llamadas “fake news” y a los “memes” acomodados y con el objetivo de ridiculizar o atacar a personas e instituciones.

Al anónimo no se le debe dar importancia y mucho menos trascendencia, puesto que no existe, pero no deja de ser desmotivante y desconsoladora su ocurrencia o su uso en organizaciones que hacen ingentes esfuerzos por definir, rescatar y proteger, una forma deseable de comportamiento, una cultura organizacional.

Pero bueno, en el mundo estamos y hay de todo como en botica.

Una invitación sincera a construir lazos de confianza que faciliten la comunicación a todos los niveles, para garantizar la calidad del clima laboral y el mejoramiento de las dinámicas comunicacionales tanto internas como externas.

Pasando a otro tema, se habla de la crisis de valores y muchas veces la denuncia de su desaparición va por un lado y las acciones reales van por otra. Un asunto importante tiene que ver con el respeto al cumplimiento de la palabra empeñada, del acuerdo suscrito, del pacto firmado, del simple estrechón de manos como símbolo de que se ha llegado a una situación en la cual las partes están de acuerdo. El 09 de marzo de 1990, en Caloto, Cauca, fue firmado el Acuerdo de Paz con el M-19. Posteriormente sería refrendado en la Casa Presidencial por el entonces presidente Virgilio Barco y el comandante Carlos Pizarro Leongómez, quien fuera posteriormente vilmente asesinado.

Este acuerdo ha sido calificado por expertos nacionales e internacionales como un completo éxito y en él la sociedad colombiana representada legal y legítimamente por su Gobierno, abrió el espacio para la reincorporación plena a la vida civil de los integrantes de este movimiento, algunos de los cuales han ocupado altos cargos de elección popular con excelentes resultados.

Que este hecho de trascendental importancia histórica nacional, del cual las partes han sido respetuosas, no sea olvidado a la ligera y que en aras de la simple “buena educación” sepamos respetar la palabra empeñada y la firma registrada y tratemos con respeto a quienes han cumplido a cabalidad con dicho acuerdo.

viernes, 29 de julio de 2022

Auto réplica

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Agradezco a mis pacientes lectores su tiempo con mis escritos y, sobre todo, su actitud respetuosa y crítica cuando lo han juzgado oportuno.

Respecto de lo que escribí hace 8 días, creo que todos estamos de acuerdo que la ordinariez no va con nosotros, que hay que respetar a las personas no solo por el cargo que tienen sino también, y principalmente, por su dignidad como seres humanos. El respeto es un valor apreciable y nos lo merecemos, repito. Pero es verdad también que el respeto se gana, no por el simple hecho de tener el poder o porque se tiene el uso o el abuso de la fuerza, sino por ascendiente natural y porque se gana, insisto.

Ahora que nuestro Papa Francisco anda por Canadá caigo en cuenta de que nuestro Pontífice, viejo y cojo, ha ido a poner la cara y pedir perdón porque la Iglesia de la que es su líder máximo, en franco abuso de su autoridad, irrespetó por muchos años la población indígena y decenas de sus representantes atropellaron de diversas maneras estas etnias originarias. Una vergüenza inocultable que debe ser reparada y nunca repetida. Agradezco a Dios por Francisco, por tener coraje y cojones, además de humildad, para no eludir la responsabilidad frente a tan dolorosa página de la historia.

Así las cosas, volviendo sobre lo que pasó en el recinto del Congreso, reprochable en sus formas, sin embargo, tiene objetivamente, entre otras, las siguientes razones que explican lo sucedido:

Quienes hace cuatro años se quedaron esperando que el presidente escuchara su réplica, ahora procedieron de la misma manera.

Quienes posesionaron al presidente actual denigraron del gobierno Santos con un discurso que con retrovisor puesto dio pena ajena y nos hizo sonrojar ante todo el mundo por su odio recalcitrante y bajeza, expuestos en el día y lugar equivocados.

Quienes por años han sido vulnerados, ignorados, avasallados, oprimidos, violentados, desaparecidos, asesinados, esta vez levantaron su voz, una voz que en estos años fue ignorada.

Quienes soñaron con la paz y creyeron que la habían alcanzado, espantados vieron cómo quisieron hacerla trizas, con un discurso externo que cacareaba apoyo, pero internamente mostrando otra cosa.

Quienes marcharon por días enteros buscando una cita con el jefe de Estado, fueron ignorados por días por su presidente y tuvieron que regresar a sus cabildos sin lograrla. Se sintieron maltratados.

Quienes salieron a protestar a las calles porque el injusto sistema económico los iba a asfixiar con una nueva reforma tributaria, nunca fueron convocados a la concertación y el diálogo y encontraron en marchas y revueltas su única salida. Si las cosas se salieron de madre fue porque no le dieron importancia a una protesta social que la requería.

Quienes vieron asesinar a sus líderes sociales día tras día, mes tras mes, y nunca escucharon siquiera una palabra empática y comprensiva, y sienten que sus muertes quedaron impunes.

Quienes trabajan por la paz, los derechos humanos y la búsqueda de la verdad, pero son estigmatizados de comunistas, guerrilleros disfrazados de civil y son señalados para convertirlos en objetivos militares.

Quienes oímos un balance de gestión con cifras y datos engañosos que no corresponden completamente a la realidad.

Quienes uniformados desfilaron esa mañana del 20 de julio frente a las principales autoridades civiles y unos comandantes suyos dedicados a charlar, tomarse fotos, darles la espalda y dejar la tarima vacía sin haber concluido el acto.

El que pida respeto que respete. Y eso es lo que nos va a tocar hacer si queremos que esto cambie. Alguien tiene que tomar la iniciativa, alguien tiene que dar el primer paso, alguien tiene que poner la cara, alguien tiene que parar esta andanada de grosería en las redes sociales y por los medios, insultando, calumniando, incitando a violencias de todo tipo: política, de género, religiosa, intrafamiliar… Será la única manera de que evolucionemos como sociedad civil y maduremos como personas en nuestra capacidad de relacionarnos con los demás.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Ciudadano

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.*

No es cualquiera. Recurriendo a la definición de la Real Academia Española, debemos entender que ciudadano es “una persona considerada como miembro activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometido a su vez a sus leyes”. Esto conlleva a que la sociedad comprenda que vivir en un país, tener cédula de ciudadanía, tener derechos y obligaciones no es cualquier cosa, y si no miremos alrededor del mundo y encontramos que por causa de las guerras civiles, las dictaduras y los abusos de los gobernantes se ven miles y miles de personas desplazadas, inmigrantes sin pasaportes, sin identidad, deambulando por territorios vecinos como ánimas en pena, sufriendo, subsistiendo y sin arraigo, sin empleo y dependiendo de la caridad. Esos eran ciudadanos de un país, con derechos y obligaciones, y cayeron en la desgracia social por causa de unos ilusionistas mentirosos y populistas que prometieron el oro y el moro y solo salieron ganando ellos y su banda de criminales aliados.

En Colombia, desde el nefasto día en que se retiraron del pensum académico de los colegios las clases de ética, urbanidad, historia y geografía, iniciamos el camino de la decadencia social. Ninguno o casi ninguno de nuestros jóvenes sabe dónde está parado, no se ubica en el mundo, no conoce nuestra historia y menos la de otras regiones; caímos en la inmediatez de las redes sociales, que no educan, ni forman en valores, ni enriquecen con orden a quienes están pegados de ellas.

Preguntémosle a cualquier persona qué entiende por ciudadano y casi les puedo garantizar que no tienen precisión de su significado, ni cercano están.

Aunque escribo esto con tristeza y desazón, quiero pensar que aún es tiempo de corregir estos problemas, que volvamos al arraigo, al conocimiento y al sentido de pertenencia que representa un verdadero ciudadano.

Propongo varios temas específicos que nos podrán ayudar a que el término ciudadano, resurja de las cenizas y se convierta en un verdadero sentido de la nacionalidad, a saber:

a.    La familia, como el núcleo principal de nuestro diario vivir. Entender el papel del padre y la madre, las responsabilidades en el hogar y fuera de ella como familia, es decir como parte de un grupo activo por el que hay que responder, apoyar y superar las adversidades, es pues un sentimiento de solidaridad hermandad y liderazgo.

b.    Los valores, aquellos que nos permitirán soportar el dolor, nos darán la fuerza para actuar respetando al otro, y tendremos presente que la lealtad, el respeto, el amor y el trabajo nos darán la posibilidad de ser mejores y superar las dificultades.

c.    El trabajo, si respetamos el trabajo que tenemos, aprovechando las oportunidades laborales que se dan por la formación y la educación las empresas sobrevivirán, mantendrán el ingreso de muchos ciudadanos y las nuevas generaciones tendrán opciones de vida.

d.    El orden y la disciplina, sin estos dos, no existirá la posibilidad de que un país, una ciudad o un grupo humano prospere. Si diariamente no actuamos ordenadamente, hacemos que las leyes se cumplan, que los contratos se respeten, que la palabra se honre, que se dignifique al semejante y se le dé valor a la vida, el camino estará perdido, serán más las dificultades y tropiezos que el éxito.

Todo esto para buscar que entendamos que equivocamos el camino, que en el hogar no hay orden, ni disciplina; cada uno de los miembros de la familia tira por su lado, no existe una comunión de intereses y eso lleva a que los jóvenes caigan fácilmente en las garras de los astutos y hábiles promeseros, que no creen en la familia, el orden, la tradición y el respeto por los demás; ellos acabarán con el país y se reirán de los que los apoyaron; no cumplirán ni darán nada a cambio, es el resultado de la falta de identidad, por no saber que tienen, perderán todo.

Los ciudadanos, los que acatan la ley y creen en el orden, están llevados, son violentados, no los dejan trabajar, ni disfrutar en un restaurante, ni caminar con tranquilidad, ni asistir a tiempo al trabajo, en fin, ellos que soportan la economía, la salud y la prosperidad de un pueblo, son hoy los marginados porque las autoridades no existen, son alcahuetas, irresponsables y corrompidas.

Tenemos que dar el brinco, responder con solidaridad, liderar nuevas estrategias encaminadas a recuperar la tranquilidad ciudadana, invocando primero a las administraciones municipales y a la justicia. Solo lo lograremos actuando con severidad, unidos en defensa de la institucionalidad y la democracia.

Démosle fuerza y sentido a la palabra ciudadano.

lunes, 2 de agosto de 2021

Se habla mucho, se acierta poco

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.*

Todos, en algún momento de la vida, hablamos más de la cuenta, y cometemos errores de los cuales podemos arrepentirnos. Por ello, lo mejor es la prudencia en cada comentario que hacemos, no atacando al otro, ni descalificándolo, o juzgando sin necesidad, de ahí que se diga que la prudencia hace verdaderos sabios.

Pero las redes sociales han incrementado las salidas desfasadas de las personas, opiniones terribles, sin fundamento, agresivas, groseras que hacen ver lo peor y lo que pretenden demostrar del otro, genera, al contrario, una mala opinión de la persona que emite el comentario.

En días recientes leí en las redes un comentario de una señora que ejerce un cargo público y es secretaria de Cultura de un municipio del Atlántico. No digo su nombre ni el municipio donde presta el servicio, para no estigmatizarla, pero ella se dará cuenta la ofensa que disparó, del daño que hizo, y el dolor que género. En mi opinión excedió con su lenguaje el respeto por los demás y atacó de forma inusual al gremio de los músicos que representan a un grupo importante y valioso del país. Son ellos los que nos alegran la vida con sus letras, interpretaciones y ejecuciones, que nutren la cultura artística de Colombia, que dan la vida por el ritmo que representan y que, además, han sido, tal vez, el grupo humano que más ha sufrido por causa de la pandemia, al no poder estar en eventos, conciertos o pequeñas presentaciones, afectándose de una manera notoria su economía familiar.

Es, además, más grave que quien emitió esa opinión ejerza el cargo de secretaria de Cultura, agravante a su conducta porque no es una persona extraña a las expresiones artísticas, por el contrario, los representa, los debe proteger generando opciones de mejoramiento de las condiciones de vida y no a través de las redes descalificándolos y casi que expresando una amenaza soterrada contra ellos. Es lamentable que profesionales, personas que tienen familias y amigos se expresen así de los demás. En Colombia, no se puede permitir que las redes sirvan para expresar opiniones irreverentes y ofensivas que dañan a las personas, que afectan su dignidad y su honor.

La expresión textual que emitió la funcionaria pública dice así: “Estoy pensando que otra vida seguramente fui asesina serial de músicos y por eso he tenido tantos problemas con esos bichos en esta vida”.

Es terrible que se expresen así de las personas que trabajan dignamente por tener una buena calidad de vida, su actividad no debe generar violencia verbal y casi que con seguridad ella misma canta y baila la música de ellos.

Sería magnifico que la funcionaria de esta historia se disculpara, públicamente en la misma forma en que agredió al gremio de la música; sería lo más prudente, por lo menos reconocer el error y así aminorar el impacto negativo que generó en la mente de muchas personas, que convirtieron viral esa opinión.

Estoy convencido de que ella, es buena persona, que simplemente utilizando las redes se excedió, no calculó las consecuencias de su frase y quiso hacer algún tipo de chiste de mal gusto. Si fuera lo contrario, es decir, si quiso de frente ofender, no merece ser funcionaria pública, ni menos secretaria de Cultura.

Lo que debemos procurar, y esto sí es un mensaje para quienes contraten personas para un determinado cargo, es que cumplan con los requisitos para desempeñar la función, y que tengan sensibilidad y tacto para tratar a los demás. Es pues un mensaje de vida. Respeto por los demás y por ello, en este caso, dignificamos al músico y le damos valor a la música.

lunes, 26 de julio de 2021

Mantengamos la democracia

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.*

Cualquier sistema de gobierno se soporta en valores, principios y normas jurídicas que le permiten funcionar, desarrollarse y construir una comunidad con identidad propia. La democracia es una de esas formas de gobernar, se nutre de lo anteriormente expuesto, y se mantendrá en el tiempo siempre y cuando sus ciudadanos compartan los valores y los principios que le dieron origen, por ello, la misma democracia labra su propia caída y llega a su destrucción, si no logra mantener en alto los ideales que enarbolan su bandera. Así evidenciamos con nuestros propios ojos cómo las democracias caen una a una en las garras de las dictaduras mentirosas y falsas de la izquierda.

Para lograr que un proceso democrático se consolide en el tiempo, debe regirse por principios estrictos, que ya son conocidos por todos pero que lamentablemente no se practican y por ello vamos en barrena. Vale recordar: honestidad, solidaridad, responsabilidad, pluralismo, libertad, justicia social, tolerancia, igualdad, respeto, bien común, legalidad, participación ciudadana, respeto por la vida, por el derecho del otro, respeto por la propiedad privada, límites a sus propias libertades, y otros más que hacen parte del ideal democrático.

Quisiera que cada uno de nosotros hiciera un autoanálisis a estas descripciones que acabó de hacer, y casi que podría concluir que en el momento en que concluyan la evaluación, llegaríamos a la misma conclusión, somos laxos, y no cumplimos con ninguno, no tenemos disciplina, ni respeto por la norma, somos un país lleno de leyes por todos lados y no acatamos ninguna, y por ende, vamos para el estanco como borregos sin reaccionar, y quienes nos deberían dar ejemplo  no lo dan y ellos son el sustento de la democracia las tres ramas del poder, ejecutivo, legislativo y judicial.

La justicia. La verdadera, seria y justa, como su nombre lo indica, no la que hoy aplican los jueces de la república, la de sus propias razones, porque cada uno hace lo que quiera en sus fallos, se emiten no con base en el ordenamiento jurídico, sino en su propia interpretación, no se respeta la norma, ni la jurisprudencia y menos la doctrina. Además, se entrometen en el ámbito de las otras ramas del poder y lo pruebo con un hecho sucedido el viernes anterior cuando el Consejo de Estado, suspendió el decreto del ejecutivo, sobre la asistencia militar en las zonas del país que se requiera su presencia. Esto hace pensar que estamos en manos de la rama judicial que se excede en sus funciones y administra el país, lo cual no se entiende y menos cuando se está impidiendo la protección y convivencia ciudadana, dejando a las ciudades al arbitrio de los vándalos, los desestabilizadores comunistas e izquierdistas, esos son pues los defensores de la juridicidad y del orden. Risa me da.

Otro ejemplo, es el que ha venido sucediendo con las revocatorias del mandato a los alcaldes de Colombia, que es torpedeada por todos los medios y los jueces aceptan tutelas y las fallan en contra de la realidad jurídica y probatoria, y se tiene que llegar a instancias superiores como tuvo que ocurrir en Medellín, donde el abogado Julio Enrique González Villa, apeló una decisión de un juez y el tribunal administrativo, en una decisión ponderada, revocó esa primera decisión que dilató el proceso. Y así, sucesivamente, observamos que los jueces paralizan desarrollos viales, con decisiones absurdas que después los superiores revocan, lo cual indica claramente que están actuando con criterios políticos y no jurídicos. Por supuesto que podría extenderme y poner ejemplos de decisiones judiciales que afectan a los ciudadanos a lo largo y ancho del país.

La legislativa. Qué pena decirlo, está integrada por asesinos, violadores, secuestradores y terroristas, por un lado, que obtuvieron su curul con un acuerdo de paz espurio; por otros que no dan ejemplo, atacan la democracia en su propio seno, incitan al odio y a la violencia, como Gustavo Bolívar y Petro, que han mantenido en paros al país en los dos últimos años generando con ello pobreza y malestar social; por otros que sí están preparados, formados académicamente, que participan en los debates, tanto en plenaria como en comisiones, y que, aunque tienen ideas contrarias, las debaten con altura y respeto. Y por último otros muchos que pasan por allí sin mancharla ni romperla, son inexistentes, calientan sillas y no aportan nada. Todos ellos, no han sido capaces de cumplirle al pueblo colombiano y realizar la reforma que tanto se pide: disminuir el número de senadores y representantes, poner control a los salarios, pagar por sesiones como en épocas anteriores, y, además, evitar la perpetuidad en el cargo. Por lo tanto, se puede concluir que allí, en el Congreso, no contamos con un verdadero soporte y aporte a la construcción de una democracia activa, renovadora y eficaz.

Ejecutivo. Puede tener la mejor de las intenciones, pero le toca luchar muy solo contra las adversidades que le ha correspondido asumir: pandemia, que además del inagotable problema de salud y muerte, llevo al país a la crisis económica, a los paros y a la desestabilización promovida por grupos de izquierda que pone en juego la democracia.

Como ven no está fácil prosperar con tantas dificultades que afrontar; la única forma es contando con personas preparadas, luchadoras, que enfrente sin miedo a los que desean destruir el sistema democrático, líderes que se unten de pueblo, que salgan a defender cuerpo a cuerpo la estabilidad de la nación, que hagan comprender a la juventud que han sido engañados miserablemente por quienes los han educado, que trastocaron sus principios y valores, y los llevan a enfrentar el único sistema que les puede dar prosperidad; que sean hombres con mística, que muevan las masas al norte del desarrollo, al crecimiento, a la solidaridad, disciplina y orden.

Le sugiero al Gobierno, que contando con las pocas normas constitucionales que se pueden utilizar, estudien, acepten y promuevan la discusión para fomentar las autonomías regionales como forma de darle mayor desarrollo al país, eso sí manteniendo la soberanía, las relaciones internacionales, y algunos impuestos nacionales, pero, de lograrse darle vía a las regiones, la democracia se fortalecería sin duda alguna y tendríamos más bienestar y desarrollo.

En conclusión, puedo expresar con contundencia que la democracia debe subsistir, trabajemos para ello, creemos empleo, demos seguridad y fortalezcamos la disciplina y el orden, con seguridad pasaremos este tramo de pesimismo y miedo por el que atravesamos.

Viva la democracia, la libertad y el orden.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Institucionalidad

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

Alguna vez, en esta columna, les cité un artículo de Álvaro Sanjinés Orejuela que invitaba a hacerle reingeniería a los colombianos. Creo que ese texto debe tener más de 20 años, pero mantiene una vigencia extraordinaria. No voy a repasarlo en su totalidad, pero sí voy a hacer memoria, comentando algunas de sus sabias reflexiones, a propósito de los debates que nos ocupan como país por estos días.

1. Las instituciones

Cuando uno habla de la Presidencia, las cortes, el Congreso, los órganos de control (las ías), los gremios, la banca, las empresas públicas, la Iglesia, las fuerzas militares y de policía, los partidos políticos, etcétera, tiene en su mente, de modo general, bastante abstracto y etéreo, eso que llamamos “instituciones”. En realidad, unas entidades fuertes, consolidadas, respetables, creíbles, que están al servicio de la sociedad.

2. Las instituciones son reflejo de los líderes que a ellas acceden

Pero su buen nombre o su mala fama no lo obtuvieron gratuitamente. Que generen confianza o suspicacias no es azar. Si lo tienen es por el tipo de personas que las lideran y conforman. Cuando tenemos al frente de ellas auténticos líderes, nos generan seguridad, esperanza, tranquilidad. Cuando su proceder es desacertado y equívoco es porque hemos sentido que nos abusan, roban, mienten, son ineficientes, se convierten en plataformas de mezquinos y egoístas intereses, no del bien común.

3. Las instituciones requieren transformarse

Para lograrlo deben volver a la razón y sentido para los cuales fueron creadas, es decir, los principios y valores esenciales que las sustentan. Las instituciones son maquinarias pesadas y complejas operadas no por robots, sino por seres humanos. Y no podrán ser distintas ni mejores en tanto a ellas accedan las personas equivocadas. Para transformarlas no bastan leyes, ni decretos, ni elocuentes discursos, es necesario que las lideren y en ellas laboren personas transformadas que procedan en consonancia con sus propósitos fundamentales.

4. La institucionalidad se respeta

La historia pasada y reciente nos muestra con evidencias contundentes que cuando no se respeta la institucionalidad, la autoridad se fragmenta, se diluye y se pierde. La democracia entra en alerta roja y se avecina la dictadura. Su modus operandi es igual tanto en los regímenes de izquierdas como de derechas. El poder se convierte en la máxima obsesión y para lograrlo, controlando todo, todo vale como recurso y medio. A esa situación se llega por no contar con instituciones sólidas y moral y éticamente creíbles.

Con todo respeto, pero cuando la Presidencia desacata la corte, la policía abusa de su fuerza, el ejército viola los derechos humanos, el Congreso está desacreditado, la banca se lucra con la miseria, los órganos de control son corruptos, la Iglesia encubre el abuso de menores, las empresas públicas escudadas en gobiernos corporativos permiten billonarios desfalcos, los gremios solo buscan lucrar sus particulares intereses, los partidos políticos son camarillas de camaleones oportunistas que engañan para obtener poder y olvidarse de sus electores… la cosa se pone color de hormiga. Ahí, las instituciones están en crisis, no tienen ascendiente, ni convocatoria, ni credibilidad. Por eso barren y trapean con ellas.

Podrán replicarme. Estás exagerando, las generalizaciones son injustas, no son todos, son unas cuantas “manzanas podridas”, “los buenos somos más”. Excúsenme, les diré, quizás sea cierto, pero no veo los líderes corajudos, tesoneros y valientes que tengan las agallas para reconocer las equivocaciones y emprender el cambio. Sus calzones están húmedos por el susto porque temen perder amigos, disminuir su popularidad. Son políticamente correctos.

Insisto con Sanjinés: se requiere una reingeniería de nosotros como ciudadanos colombianos, una profunda transformación como seres humanos en los valores que nos movilizan. En tanto eso no se dé y se haga desde la educación en la familia y la escuela nos vendrán tiempos peores. Hemos cosechado vientos, no nos extrañe entonces recoger tempestades. Soy un iluso irredento que cree que todavía estamos a tiempo, que todavía es posible un cambio de las instituciones y de las personas que a ellas acceden.

domingo, 27 de octubre de 2019

La confianza y la felicidad


Por Santiago Cossio*

Santiago Cossio
El pueblo está acostumbrado a pedir soluciones para sus principales carencias:  salud, educación, seguridad y empleo son problemas de nunca acabar. Hace décadas que en época de elecciones llegan los políticos a prometer las mismas soluciones y nada que resolvemos nuestros problemas colectivos. Posiblemente estamos buscando soluciones donde no es.

Proponer e innovar en políticas públicas ya de por sí es algo arriesgado y complejo. Quién pensaría que un Metrocable a una montaña podía ser una solución al transporte público. Así mismo deben existir soluciones impensadas que solo los científicos sociales y visionarios innovadores pueden ver. La felicidad es una propuesta innovadora que debe ser tenida en cuenta.

La inseguridad ha azotado al país y todos los días se ven ejemplos de atraso cultural. En investigaciones sociales se encuentra que la violencia nace de la infelicidad. Esa violencia termina generando atraso económico y social dándole rueda al círculo vicioso de la pobreza. (Pobreza que genera más violencia, violencia que genera más pobreza). Para salir de este gran problema de violencia que ha sumido al país en el atraso al desarrollo, debemos pensar en que la felicidad sería una gran solución. La felicidad es el camino que todos debemos elegir.

Las manifestaciones artísticas son educación para la felicidad. El humor, la danza, la música, el teatro etcétera, cuando se hacen con responsabilidad cultural se convierten en herramientas de educación social para la felicidad.

La confianza es construcción de tejido social, desde la interpersonal hasta la confianza en el gobierno público. La desconfianza ha sido uno de los generadores de disturbios e indisciplina social aumentando las marchas y protestas que llevan a más atraso económico y social. En el sector privado la desconfianza y falta de identidad en nuestros productos y empresas ha llevado al aumento de importaciones, falta de demanda agregada y al consecuente desempleo.

La confianza interpersonal es hoy una necesidad, donde el ego ha bloqueado el progreso. Si vemos las empresas que cotizan en la bolsa de valores de Colombia son sociedades anónimas con cantidades de accionistas que buscan además de un dividendo individual, la sostenibilidad para el progreso colectivo. Debemos fomentar nuevamente la conformación de sociedades, empresas B y el cooperativismo.

Hablando de otras soluciones en políticas públicas tenemos que para el problema de la educación puede ser más de investigación, formación de formadores y contenidos de la educación, que de infraestructura. La clave de la salud, podría estar en la prevención, nutrición y el deporte. Para el empleo, más que empleos temporales, debemos buscar soluciones estructurales. La inseguridad se debe atacar con cultura, empleo, confianza, educación y felicidad.

La justicia no se hace con castigos o multas. Se hace con educación en leyes y en valores sociales y culturales. Los valores humanos que se están proponiendo como la confianza y la felicidad son tema de debate, Pero debemos abrirnos a explorar estas propuestas sociales y apoyarlas. Otros valores como el respeto, la identidad y la responsabilidad deben ser tenidos en cuenta para la educación y formación social del ser humano.

En ninguna facultad de economía enseñan que el mayor determinante del desarrollo económico es el comportamiento individual y social. De nada sirve tener petróleo, tierras, agua, oro, o esmeraldas si no sabemos vivir y convivir de manera individual y colectiva.

Hoy de nuestra educación superior salen buenos profesionales, pero personas con una escasa formación humanística lo que agrava el comportamiento social generando falta de ética, moral, cívica y urbanidad, desconfianza e infelicidad; todo esto trayendo más atraso.

Valores culturales como la confianza, la felicidad, la identidad, el respeto y la responsabilidad son el camino que la sociedad debe conocer, reconocer y apoyar como innovación en las políticas públicas. Creo que el camino real del progreso, está en el desarrollo económico, la confianza y la felicidad.