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viernes, 16 de diciembre de 2022

Las cosas por su nombre

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Lo dejo claro de entrada: soy respetuoso de la diversidad, de aceptarnos como diferentes, de la tolerancia… El ser católico precisamente significa eso: universal, plural, abierto, para todos, incluyente. Y eso vale para raza, lengua, género, religión, opción sexual, condición económica, ideología política. Soy así y pido que así lo seamos todos. Es la condición básica, elemental, para poder convivir como seres humanos y soñar que un mundo mejor es posible.

Por eso me sentí desconcertado, por no decir abrumado y descompuesto, con una solicitud que algunos dizque están haciendo y es pedir que los próximos días no se llamen Navidad, expresión que los ofende, sino alegres festividades. No. Qué pena, pero no. Navidad es Navidad y así debe llamarse, gústenos o no. Es una fiesta del cristianismo que celebra el nacimiento de su Dios hecho hombre y punto. Es como si yo me sintiera ofendido por el Ramadán Islámico y dijera que ahora debe llamarse jornadas de adelgazamiento y que me ofende que las llamen Ramadán. O si les dijera a los judíos que su jornada penitencial del Yom kippur me ofende y que deben cambiarle el nombre por día del amor. No. ¿Por qué tengo que irrespetar a otros para que se acomoden las cosas a mis caprichosos gustos? No señores, las cosas deben llamarse por su nombre.

Qué tal que cambiáramos el nombre del 7 de agosto, día de nuestra independencia nacional y que recuerda la batalla de Boyacá por el día de la cabalgata boyacense, porque hay unos que se ofenden con ese nombre. Absurdo. Como ridículo sería que el 11 de noviembre que celebra la liberación de la sufrida Cartagena de quienes fueron sus tiranos opresores, porque algunos les ofende esa memoria, tuviésemos que cambiarla por la fiesta del desfile de balleneras. No, no y no.

Los sinvergüenzas quieren quedarse con la fiesta, vacacionando a costa de la memoria de todo un pueblo, con la forma, pero sin el fondo. La significación de tamañas celebraciones quieren alterarla cambiando significante y significado. Ya la Semana Santa es pachanga santa, el puente más largo del año, vacaciones o receso intersemestral que se disfruta a costa de una memoria, pero que desde el punto de vista religioso ya no le dice nada a muchos. Simplemente son vacaciones. Si tanto los ofende, si no les dice nada, entonces suprímanse del calendario esos días y que sean días normales laborales, porque ya no habría motivo para celebrar. Eso sí que sería lo justo.

Cuando Pepita celebra su cumpleaños el 14 de abril o Juanito el suyo el 18 de septiembre, eso a mí no me dice nada y no tengo motivos para celebrar y hacer fiesta, pero para ellos sí y quieren hacerlo. Entonces, los respeto y que sean felices en su día, pero no tengo ninguna autoridad moral para prohibirles que lo hagan, que lo celebren con los suyos y que sean felices. Mucho menos tengo razones para sentirme ofendido porque ellos celebran. Hay que vivir y dejar vivir. Lo que faltaba es que unos cuantos vergajos que se escudan con el remoquete de defensores de la libertad y la pluralidad nos quieran obligar ahora a ser como ellos. ¡Ni más faltaba!

Si no les gusta que Navidad se llame Navidad, es su problema.  No se ofendan. Hagan sus oficios, trabajen, hagan lo que quieran, pero déjennos a los cristianos celebrar en la fe la fiesta del Dios con nosotros. Como yo no tengo por qué estar ofendido con Pepita y Juanito cuando ellos quieren celebrar sus cumpleaños, o con mis hermanos judíos o árabes cuando quieran ellos celebrar sus fiestas. Se les respeta y punto. Las cosas por su nombre. No se diga más.

martes, 4 de octubre de 2022

De cara al porvenir: cada uno se entretiene como puede

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

No puedo ocultar mi entretenimiento interior al observar las posturas de cada observador desde su propia tribuna e interés cuando reacciona ante ciertos acontecimientos, obviamente originados en decisiones, posturas y comportamientos de algunos personajes e instituciones.

Definitivamente el fervor hacia las personas nace por afinidad sanguínea, afinidad conceptual, afinidad de cosmovisiones, afinidad de interés, afinidad de contrincantes o contradictores, o simplemente por llevar la contraria.

¿Quién tendrá la razón? Pues como es apenas obvio, todos y nadie, teniendo preeminencia y visibilidad inmediata quienes están ejerciendo el poder en un momento espacio temporal y tienen mayores posibilidades de expresarse.

Que el presidente Belisario Betancur hace varios decenios pronunció un discurso poético en la ONU fue digno de admiración por algunos y de crítica de otros, por no tratar con firmeza los temas que le interesaban a Colombia, como el de la extradición y el narcotráfico en ese momento (y aún hoy).

Que el presidente Petro habla claro sobre el tema de las drogas en la ONU y compara su perjuicio para la salud humana con los efectos del uso intensivo del carbón y del petróleo (en los ámbitos de humanidad y de especie), es considerado como valiente y acertado por algunos e ignorante y hasta incitador al delito por otros.

La mojigatería, la subjetividad, el fariseísmo, la falsedad, el acomodo, el cinismo, la obsecuencia, el lambetazo, la ignorancia y la desinformación son adjetivos descalificativos en este caso y reflejan la imagen que proyectan algunos y algunas con sus estúpidos comentarios.

Hablando de los llamados partidos políticos y movimientos políticos existentes, la argumentación de que él promovió paros, pues yo promuevo paros, que a él le gusta el chocolate, pues a mí me gusta la vainilla, que él criticaba, ahora yo critico, que él opinaba, ahora yo opino, que él no apoyaba proyectos de ley, pues ahora yo no apoyo proyectos de ley… y así sucesivamente, evidencia con creces lo que es nuestra zarzuela tragicómica nacional, por la falta de educación política, por la falta de una verdadera ciudadanía y por no haber sabido ni haber tenido la voluntad de implementar un verdadero y pantalonudo sistema de gobierno - oposición para que todo el mundo piense lo que quiera, actúe como quiera y diga lo que quiera pero sin estar pegado a los beneficios de la “teta presupuestal”, lo cual evidencia incoherencia, falta de sindéresis, doble moral, falta de seriedad, irresponsabilidad y hasta inmadurez y mala educación.

Como dice el refrán, “nadie es monedita de oro para todo el mundo” y quien asume posturas y para peor, toma decisiones, pues entra en discusión con relación a cómo otros ven la vida de manera diferente o quienes ven afectados sus intereses abiertos u ocultos.

Como sostiene Maquiavelo, “No hay nada más difícil de emprender que tratar de cambiar el orden de cosas, pues se tendrá como enemigos gratuitos a aquellos quienes se benefician con el orden actual, y como defensores tibios a quienes no tienen nada que perder”.

Por su parte para Rosseau “La revolución solo puede ser liderada por ingenuos, soñadores, poetas o tontos, ya que los listos son realistas, beneficiados directos del sistema actual y no tienen interés en cambiarlo”.

También Russeau sostiene que “No conozco mayor enemigo del hombre que el que es amigo de todo el mundo”.

De todas maneras, reconozcamos nuestra enorme capacidad de crear memes y chistes. Alguien dirá que esta capacidad de expresarnos es uno de los verdaderos atributos de nuestra multiculturalidad, lo cual puede que sea válido, ya que al menos actúa como un sedante (para no emplear la palabra o el sustantivo droga y así no lastimar tantos oídos vírgenes que han aparecido últimamente) para mantenernos alejados de la realidad, o el mantener una coexistencia semiconsciente o semiinconsciente con ella.

Sigamos sonriendo y riéndonos por un lado y encegueciéndonos y envenenándonos por el otro, lo cual en conjunción resultará en una monumental intolerancia e imbecilidad.

Cuando se llega a conclusiones con respecto a que muchos desajustes tienen su origen en el ámbito o en la dimensión cultural, el trabajo al cual nos enfrentamos es de extraordinarias proporciones y nos obliga a que sea un esfuerzo entre todos y no un reto a asumir de manera individual.

Lo más simple es decir que eso se cura o se remedia a partir de la educación, lo cual puede ser cierto, siempre y cuando, de manera preliminar, establezcamos como sociedad, de manera obligatoria las siguientes premisas: 1. Qué tipo de ciudadano queremos tener y 2. A qué nos vamos a dedicar en términos económicos como sociedad. Sin tener esto claro, hablar de una buena educación o de una educación apropiada y pertinente es una verdadera quimera.

Para que la respuesta sea contundente, recurramos de nuevo a Rousseau que sentencia: “Un buen padre vale por cien maestros”… ¿De cuál calidad son los padres que hoy educan a sus hijos?

martes, 22 de febrero de 2022

De cara al porvenir: nosotros los humanos

Pedro Juan González Carvajal

Por Pedro Juan González Carvajal*

Nosotros los humanos, los reyes de la creación, somos una especie particular, con rasgos y comportamientos de alto nivel que fácilmente podemos acompañar con posturas irracionales y a veces rastreras.

Una especie como los otros seres vivos, compuesta por una mezcla particular de carbono, nitrógeno, hidrógeno, oxígeno, fósforo y calcio, creamos y destruimos dioses, y no contentos con ello, llevamos la soberbia a su máxima expresión hasta considerarnos sus criaturas preferidas.

Descendientes de los neardenthales, los erectus, los rudolfonsis y los sapiens, nosotros, los sapiens sapiens, somos los únicos seres vivos que llevamos la depredación a su máxima expresión, muchas veces no sabiendo cuidar y respetar a los críos de los propios humanos, y mucho menos cuidando el entorno en el cual vivimos y del cual vivimos y que hoy estamos a punto de llevar al colapso.

Violentos por naturaleza, y la historia así lo demuestra, pues hemos vivido en medio de diferentes tipos de conflictos y de guerras, nos gusta competir por todo y después de triunfar, imponer nuestras condiciones por absurdas que puedan parecer.

Somos seres sociales, que nos gusta convivir y coexistir con otros y somos capaces de organizarnos con figuras que evolucionan como la familia, la tribu, la nación, y alrededor de condiciones como la raza, la religión, la humanidad, la naturaleza y el planeta.

Dominados por las furias interiores y exteriores, cuando somos conscientes de ellas y somos capaces de aplacarlas o de extirparlas, damos rastros innegables de civilización y de cordura.

Egoístas por naturaleza, creamos nuestros propios universos, llenos de situaciones comunes que consideramos exclusivas y que nos permiten sobrevivir de generación en generación. Nada más común y corriente que tener un hijo, pero nada más promocionado y disfrutado como gran suceso. Que el sexo, que el primer diente, que el primer paso, que la primera palabra, que el colegio, que la enfermedad, que el trasegar por la vida, cada uno lo maneja de manera íntima como si fuera cosa excepcional, reconociendo, a medias, que para todos los casos es más o menos lo mismo.

Cualquiera puede ser papá, cualquiera puede ser mamá, cualquiera puede ser hijo o hija y así todas las relaciones posibles. Una cosa son las funciones biológicas y fisiológicas comunes a cada especie y otra la forma como se comportan ante cada una. Se es madre biológica o se es madre formadora o criadora, y ojalá ambas funciones de manera concurrente.

Lo mismo sucede con todos los ciclos cronológicos hasta llegar a la muerte. Que el grado en cualquier área de conocimiento es lo máximo, que el primer trabajo y jefe son excepcionales, que la pareja elegida es única, y así sucesivamente, nos vamos yendo, considerándonos únicos e irrepetibles, lo cual puede ser relativamente cierto. Una cara tiene unos pocos componentes, y no existen dos caras iguales. Tenemos cientos de miles de neuronas, y esto posibilita el que todos pensemos y razonemos distinto.

Muchas de nuestras relaciones son impuestas: no escogemos al papá o a la mamá o a los hermanos. Pero sí tenemos la posibilidad de seleccionar a nuestra pareja o a nuestros amigos.

En medio de una época de cambios como la que estamos viviendo y de los diferentes tipos de turbulencias que esto suscita, es bueno rescatar a Bertolt Brecht cuando dice: “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”.

“Conócete a ti mismo” y de ahí en adelante, pues vamos viendo, como sugeriría nuestro amigo Sócrates.

No quiero todavía darme por vencido y no quiero pensar que el proyecto humano es un proyecto fracasado.

 

martes, 8 de febrero de 2022

De cara al porvenir: ¿De qué nos sirve?

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

Para la Iglesia Católica, existen 7 pecados capitales, a saber: gula, avaricia, envidia, lujuria, pereza, soberbia e ira. Aun cuando es un buen inventario, considero que dentro de esta categoría debería incluirse un octavo pecado: la omisión, es decir, tener la capacidad y la posibilidad de hacer y no hacer nada.

Colombia, nuestro país, tradicionalmente mal querido y mal manejado, ha sido dotado por la providencia de una serie de atributos y recursos que ya los quisieran todos los demás países del mundo.

Sin embargo, difícilmente se conocen estos atributos y recursos, y obviamente, al no conocerlos, pues no se pueden ni valorar, ni querer, ni respetar, ni defender.

Veamos algunos ejemplos a modo de interrogantes:

¿Para qué nos sirve la extraordinaria y estratégica ubicación geográfica que tenemos?

¿Para qué nos sirve tener una presencia bioceánica con acceso a 3 mares?

¿Para qué nos sirve tener acceso a una órbita geoestacionaria?

¿Para qué nos sirve tener la posibilidad de interconectar los dos océanos?

¿Para qué nos sirve tener una de las mayores biodiversidades del mundo?

¿Para que nos sirve tener una de las más prolijas diversidades culturales del planeta?

¿Para qué nos sirve ser una de las principales potencias en recursos hídricos?

¿Para qué nos sirve poseer la única cordillera intertropical del planeta?

¿Para qué nos sirve tener disponibles todos los pisos térmicos durante todo el año?

¿Para qué nos sirve poseer gran variedad de recursos mineros?

¿Para qué nos sirve tener casi 900.000 Km2 de mar?

¿Para qué nos sirve tener uno de los 3 canales navegables –La Mona– que unen a América con Europa y África?

¿Para qué nos sirve cumplir con la propiedad definida por el Derecho Internacional como Teoría de la Defrontación y que nos genera copropiedad sobre La Antártida?

¿Para qué nos sirve la posesión de nódulos marinos o nódulos polimetálicos sobre el Pacífico?

¿Para qué nos sirve poseer lugares geográficos que generan los llamados Puntos Triples o lugares donde coinciden más de dos fronteras?

¿Para qué nos sirve cumplir con las condiciones para tener Puntas de Crecimiento, o sea, espacios de nuestro país que se adentran en la imagen territorial de otros países?

¿Para qué nos sirve poseer más de dos docenas de Patrimonios Mundiales de acuerdo con la Unesco?

¿Para qué nos sirve tener uno de los dos principales escenarios del planeta –La Guajira– con mayor radiación solar?

¿Para qué nos sirve tener la mayor extensión de páramos –fábricas de agua– del planeta?

¿Para qué nos sirve… ser colombianos?

NOTA: Hemos sido testigos mudos e impávidos de un gran prodigio: el actual gobierno, con haberle enviado una carta a la FAO, considera haber acabado con el hambre en Colombia… ¿Cuánto es qué falta?

viernes, 5 de noviembre de 2021

Porque sí y porque no

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

En un chat de amigos recibí este mensaje mexicano de autor desconocido. Me pareció tan cercano a nuestra realidad que he querido transcribirlo suprimiendo el paso a paso de la hora y media en que acontece toda esta aventura, cambiando las siglas para homologarlas con las nuestras y dándole una ilación en su redacción:

Como nevó anoche, decidí hacer un muñeco de nieve. A los 10 minutos una vecina feminista pasó y muy airadamente me reclamó por qué no hice una mujer de nieve, así que para ser justos hice una mujer de nieve. Sin embargo, mi vecina nuevamente se quejó de los pechos voluminosos de la mujer de nieve, diciendo que había hecho el muñeco con una mirada masculina y lujuriosa y que “mi engendro” no representaba a todas las mujeres del mundo que no quieren que las valoren por sus senos. Además, que la escoba que le puse debía ser removida, porque representaba a las mujeres en un papel doméstico. La pareja gay que vivía cerca, por su parte, armó un lío diciendo que debería haber hecho dos hombres de nieve. También el vecino hombre trans... mujer... preguntó por qué no hice solo una persona de nieve, con partes “destacables”.

Me llamaron racista porque la pareja de nieve es blanca. El musulmán de la casa de en frente exigía que la mujer de nieve fuera “totalmente cubierta”, y de inmediato. Los veganos, al final de la calle, se quejaban de la nariz de zanahoria, alegando que las vegetales son comida y no para decorar los muñecos de nieve.

El epidemiólogo que pasaba me reclamó a gritos por qué mi muñeco no tenía tapabocas y me llamó “irresponsable”. Por su parte el representante de derechos humanos llegó y me amenazó con interponer una demanda “ejemplar”.

Otro vecino reclamó por el color azul de la bufanda de mi muñeco, diciendo que yo cometía un delito electoral por promover un partido político. Se me acusó de haber recibido millones de dólares para “atacar a la estabilidad del país”. Manifestantes de extrema izquierda, ofendidos por todo, marcharon por la calle exigiendo que me arresten.

Apareció el equipo de reportaje del noticiero de televisión. Me preguntó si sabía la diferencia entre los hombres de nieve y las mujeres de nieve. Yo respondí: “bolas de nieve′′, y ahora me llaman “sexista”. Aparecí en las noticias como sospechoso de terrorismo, racismo, homofobia, sexismo, machismo, xenofobia, transfobia, “neoliberal”, y delitos contra la salud. Me preguntaron quiénes eran mis cómplices.

La policía llegó diciendo que alguien había sido ofendido. Mis hijos fueron llevados al ICBF, para su “custodia”. La Fiscalía impartió “orden de captura” en mi contra y tuve que salir a escondidas del país.

Al mediodía los muñecos se derretían, pero el lío ya se había armado. Esto es en lo que nos hemos convertido en este país con esa imbecilidad de querer ser “políticamente correctos” y donde, dentro de poco, dar nuestra opinión sobre el tema que sea, podrá ofender a alguien, porque sí y porque no. ¿Cómo la ven?

viernes, 25 de junio de 2021

Política, religión, fútbol

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

Se ha vuelto una costumbre colectiva vetar tres temas si se quiere vivir en paz: no hablar de política, no hablar de religión, no hablar de equipos de fútbol. Se da por descontado que estos asuntos suscitan tantas pasiones que evidenciar los mutuos desacuerdos al respecto sólo genera discusiones interminables y acaloradas, enemistades de por vida, violencia verbal que desemboca en violencia física e, incluso, guerras y muerte. En realidad, no hay ganadores, todos pierden.

Me parece que esta constatación, más que evidenciar un fenómeno humano, en realidad pone al descubierto la inmadurez humana, entendida esta como la incapacidad de ser tolerantes o la contumaz renuencia a respetar la contundente realidad de que todos somos muy diferentes y de aceptarnos como tales. Lo hemos visto estos días, otra vez, en el candente y desconcertante mundo de la política criolla, en la agresividad verbal contra miembros de la iglesia católica y en la violencia y muerte que se dio después de la final del fútbol colombiano.

Ante esa realidad uno tiene varias opciones: entrar en el juego de las polarizaciones; adoptar la posición del avestruz y no querer hablar del asunto; negar la evidencia y decir que esto no es cierto y que esa realidad no existe o, lo que sería sensato: quitarle el tabú al cuento y maduramente dialogar sobre estos asuntos sin necesidad de precipitar nuestra extinción.

El tema político es ineludible para un ciudadano serio, de conciencia crítica bien formada y que quiere un mejor futuro para su país. Es un asunto personal, pero tiene implicaciones sociales y no puede depender de tradiciones familiares. Menos aún podría mutilarle a uno la posibilidad de disentir obligándolo a ser llevado de la nariguera por una cuestión que llaman “disciplina de partido”. En cabezas de un partido no entiendo el transfuguismo de los que le baten cola al poder de turno, pero tampoco entendería, repito, el no poder renunciar, en un determinado momento, a un partido que está desdibujado, no tiene norte claro o va en contravía de principios y valores en los que uno cree.

En religión, a lo largo de la historia hemos visto las barbaridades que se han cometido en nombre de Dios, o de Alá, o de cómo quieran llamarlo. Creer que los demás son infieles, anatemas o blasfemos sencillamente porque no profesan el propio credo, en realidad ha sido una estupidez manifiesta, propia de mentalidades atrofiadas y sin un horizonte humano y espiritual amplio. Fundamentalismos, integrísimos y conservadurismos solo le han hecho gran daño a muchos y han generado resentimientos, resquemores, odios viscerales y posturas irreconciliables.

Finalmente, en el fútbol, como en la política y la religión, pareciera que optar por un equipo, una camiseta de color, unas barras con sus himnos y consignas y unas cuantas estrellas que hay que ganar, se convierten en asunto de vida o muerte. Personalmente soy hincha de fútbol y recuerdo aterrado de cuando un día me puse el uniforme completo con chaqueta y gorra, orgulloso de mi divisa deportiva y alguien me gritó antes de salir a la calle: “¡quítese eso si no quiere que en la calle le peguen una puñalada!” Increíble, inaceptable, abominable. ¿Cómo así qué hay un muerto y muchos heridos entre hinchas de Millonarios al término de la última final?, ¿cómo así que las barras bogotanas de Nacional no aceptan las barras que vienen de Medellín? ¡Oye! Esto es de locura, es decir, esto ya es enfermizo y no sé si patológico.

Me imagino a los extraterrestres mirándonos y diciéndose entre ellos: esperemos un poquito más que ya casi esa raza humana, que paró de evolucionar, está a punto de extinguirse a sí misma, sola ella.

viernes, 11 de junio de 2021

País de intolerantes

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

Cuando hablamos de tolerancia suponemos dos cualidades: respeto y aceptación. Respeto por la diferencia y aceptación de la misma. Y eso es precisamente lo que nos ha faltado desde hace rato en este país, porque quien piense distinto y así lo manifieste, automáticamente se convierte, si no en enemigo, como mínimo en adversario y amenaza.

Ha ido cobrando fuerza eso que se denomina la cultura del odio, que autores como Mario Mendoza describen muy bien. Es el rechazo a lo extraño, lo diferente, y que desde temprana edad nos ha ido infectando el alma. Si en fútbol usted es hincha de Millonarios, visceralmente es adversario de Santafé, Nacional o América. ¿Cuántos apuñalados y cuántos muertos de lado y lado por llevar la camiseta del otro equipo? Incluso, en un mismo equipo, ¿cómo así que las barras de una ciudad no aceptan los que vienen de otra?

En las conversaciones y hasta en el humor cotidiano, vemos desprecio y rechazo por quienes provienen de grupos étnicos o raciales distintos: negros e indígenas, por ejemplo, son objeto de burlas, ridiculizaciones y posturas adversas. Los consideramos seres inferiores, perezosos, sucios e ignorantes. Esos inaceptables prejuicios y esas actitudes excluyentes ya causaron 60 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que otras fueron las víctimas, pero el equívoco punto de partida fue el mismo.

Ha menguado mucho en lo religioso, pero igualmente no han faltado las descalificaciones agresivas entre protestantes y católicos. Descarriados aquellos, intransigentes estos, desubicados todos, aseguran servir al verdadero y único Señor a quien no ven y no respetan ni aceptan a su prójimo a quien sí ven.

En diferentes ámbitos LGBTI, es proverbial el maltrato y la exclusión: por la edad, el color de la piel, la apariencia física, atractivo, rol sexual, tamaño de los genitales, etcétera.

Y ¿qué decir del ámbito de lo político?: hace años, por ser liberales o conservadores, los campos y ciudades se tiñeron de sangre por el solo hecho de pertenecer a uno u otro partido. Actualmente es si usted es de derecha o izquierda, y muchas veces ni siquiera eso, sino porque el macartismo es tal que si se defienden los derechos humanos, se apoya un movimiento social o se critica el establecimiento, automáticamente se es de izquierda, y si usted defiende el orden, promueve ciertos valores éticos o religiosos, inmediatamente es puesto a la derecha. ¡Por Dios!

Cuando se es minoría o cuando se tiene la certeza de ser excluido, se reclama respeto, aceptación, tolerancia. Lo paradójico, por no decir tragicómico es que cuando las relaciones asimétricas se invierten, quienes asumen el liderazgo y el poder se vuelven tan excluyentes y crueles como aquellos que criticaron. ¿Fue mejor Castro que Batista? ¿Ortega que Somoza? ¿Chávez que Pérez? La historia parece demostrarnos que no.

Somos plurales, diversos, diferentes. Eso no es malo, ni es tara, problema u obstáculo. Ese variopinto es riqueza, cúmulo de dones, talentos o carismas. Son enfoques, perspectivas o posiciones que se ayudan y complementan. Si habláramos menos y escucháramos más, con atención y respeto, con apertura y grandeza de espíritu, esto sería otro cuento, otra la historia, porque la cosa no es simplemente blanca o negra sino multicolor y así como un pájaro o un avión necesitan dos alas para volar, también la cabeza necesita de los pies y la razón del corazón para que las cosas funcionen. ¡Elemental, mi querido Watson!

martes, 22 de octubre de 2019

De cara al porvenir: datos para pensar


Por Pedro Juan González Carvajal*

Pedro Juan González Carvajal
Sostienen quienes trabajan bajo el rigor científico e intelectual, que lo que no se mide no existe, hablando obviamente de las actividades humanas.

Recientemente unos estudiosos de la demografía han revelado que solamente el 10% de la población del planeta vive entre montañas, entre los cuales estamos obviamente nosotros los antioqueños. Y eso no quiere decir que seamos unos seres extraños, unos marcianos, pero sí hay que reconocer que se tienen algunas particularidades: conservadores, tradicionalistas, familiares, desconfiados, arriesgados, jugadores, trabajadores, entre otras varias singularidades que a simple vista podrían entenderse como contradictorias.

El hecho es que en Antioquia existe la multiculturalidad y eso hace que en este departamento tengamos varias “Antioquias” al interior, lo cual potencia, y a su vez dificulta la comunicación, la interrelación y el ejercicio pleno de la tolerancia.

Una cosa es el antioqueño andino, el montañero, otra cosa es el antioqueño de mar, el costeño, y otra cosa es el antioqueño que vive en las riberas de los ríos, el chilapo; una cosa es el antioqueño que desarrolla la actividad minera, otra cosa el antioqueño que trabaja en la agricultura, otra cosa el antioqueño que se dedica a los negocios, y otra cosa el antioqueño que se dedica a la ganadería.

Por sus particularidades étnicas y socio culturales, no podemos tener una comprensión homogénea del antioqueño mestizo, del antioqueño indígena, del antioqueño afrodescendiente, del antioqueño blanco y del antioqueño mulato.

Otro dato de interés es que un estudio reciente revela que solo el 3% de los colombianos hemos leído los Acuerdos de Paz, lo cual implica que las discusiones que se presentan hoy en día alrededor del tema están enmarcadas, sesgadas y signadas por la desinformación, la ignorancia o el desconocimiento profundo de aquello a lo cual se critica o apoya.

Esta evidencia deja por el suelo nuestros procesos educativos, y en el subsuelo, nuestro desconocido concepto de ciudadanía.

Ante este desinterés, propio de una cultura indolente, si es que así se pudiera denominar a este adefesio social, es imposible pensar en una relación de respeto civilizado entre los habitantes de Colombia, cuya coexistencia y convivencia está hoy marcada por la intolerancia.

No importa de dónde provengan las balas, los muertos colombianos son muertos nuestros, muertos que son hijos de una misma Patria y muertos que se convierten en una pesada carga de vergüenza que debemos arrastrar entre todos, ante un planeta que ya sinceramente no sabe, ni cómo mirarnos, ni cómo tratarnos.

Soldados, reinsertados, líderes sociales, indígenas, periodistas, sindicalistas, campesinos, estudiantes, policías, jueces, políticos, ciudadanos del común, todos y entre otros tantos, sin excepción, tienen el sagrado derecho a ver respetadas y preservadas sus vidas y a tener un Estado que se las pueda garantizar. De no ser así, pues ya va siendo la hora de pensar en cambiar de Estado.