Mostrando las entradas con la etiqueta Castro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Castro. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de junio de 2021

País de intolerantes

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

Cuando hablamos de tolerancia suponemos dos cualidades: respeto y aceptación. Respeto por la diferencia y aceptación de la misma. Y eso es precisamente lo que nos ha faltado desde hace rato en este país, porque quien piense distinto y así lo manifieste, automáticamente se convierte, si no en enemigo, como mínimo en adversario y amenaza.

Ha ido cobrando fuerza eso que se denomina la cultura del odio, que autores como Mario Mendoza describen muy bien. Es el rechazo a lo extraño, lo diferente, y que desde temprana edad nos ha ido infectando el alma. Si en fútbol usted es hincha de Millonarios, visceralmente es adversario de Santafé, Nacional o América. ¿Cuántos apuñalados y cuántos muertos de lado y lado por llevar la camiseta del otro equipo? Incluso, en un mismo equipo, ¿cómo así que las barras de una ciudad no aceptan los que vienen de otra?

En las conversaciones y hasta en el humor cotidiano, vemos desprecio y rechazo por quienes provienen de grupos étnicos o raciales distintos: negros e indígenas, por ejemplo, son objeto de burlas, ridiculizaciones y posturas adversas. Los consideramos seres inferiores, perezosos, sucios e ignorantes. Esos inaceptables prejuicios y esas actitudes excluyentes ya causaron 60 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que otras fueron las víctimas, pero el equívoco punto de partida fue el mismo.

Ha menguado mucho en lo religioso, pero igualmente no han faltado las descalificaciones agresivas entre protestantes y católicos. Descarriados aquellos, intransigentes estos, desubicados todos, aseguran servir al verdadero y único Señor a quien no ven y no respetan ni aceptan a su prójimo a quien sí ven.

En diferentes ámbitos LGBTI, es proverbial el maltrato y la exclusión: por la edad, el color de la piel, la apariencia física, atractivo, rol sexual, tamaño de los genitales, etcétera.

Y ¿qué decir del ámbito de lo político?: hace años, por ser liberales o conservadores, los campos y ciudades se tiñeron de sangre por el solo hecho de pertenecer a uno u otro partido. Actualmente es si usted es de derecha o izquierda, y muchas veces ni siquiera eso, sino porque el macartismo es tal que si se defienden los derechos humanos, se apoya un movimiento social o se critica el establecimiento, automáticamente se es de izquierda, y si usted defiende el orden, promueve ciertos valores éticos o religiosos, inmediatamente es puesto a la derecha. ¡Por Dios!

Cuando se es minoría o cuando se tiene la certeza de ser excluido, se reclama respeto, aceptación, tolerancia. Lo paradójico, por no decir tragicómico es que cuando las relaciones asimétricas se invierten, quienes asumen el liderazgo y el poder se vuelven tan excluyentes y crueles como aquellos que criticaron. ¿Fue mejor Castro que Batista? ¿Ortega que Somoza? ¿Chávez que Pérez? La historia parece demostrarnos que no.

Somos plurales, diversos, diferentes. Eso no es malo, ni es tara, problema u obstáculo. Ese variopinto es riqueza, cúmulo de dones, talentos o carismas. Son enfoques, perspectivas o posiciones que se ayudan y complementan. Si habláramos menos y escucháramos más, con atención y respeto, con apertura y grandeza de espíritu, esto sería otro cuento, otra la historia, porque la cosa no es simplemente blanca o negra sino multicolor y así como un pájaro o un avión necesitan dos alas para volar, también la cabeza necesita de los pies y la razón del corazón para que las cosas funcionen. ¡Elemental, mi querido Watson!

jueves, 14 de noviembre de 2019

Vigía: malos gobiernos y nuevos uniformes


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
Cansada de un evismo que, a pesar de mostrar logros económicos significativos, se erigió mesiánico y tramposo en las urnas, la ciudadanía boliviana revalidó su NO a la reelección con prolongadas protestas callejeras, violencia y vandalismo. Inesperadamente, la policía se unió a las manifestaciones contra del caudillo y entonces el estamento castrense, sin personalismos —no veo ningún general o coronel boliviano encabezando un “gobierno de transición"— le “sugirió” al presidente constitucional dejar el poder. Es entendible. Serían ellos, los militares, la última instancia a la que recurriría el gobierno para restablecer el orden y saldrían probablemente a disparar, para lo cual han sido equipados y entrenados. Después, serían abandonados a su suerte por los mandatarios que les dieron la orden y cargarían con toda la responsabilidad como masacradores y asesinos.

Recordemos el caso del Palacio de Justicia en 1985 en Bogotá. Ese fatal juego lo conocen muy bien las nuevas generaciones de militares que no son tan tontos para caer en la misma trampa de irresponsables élites políticas. Sin embargo, los mandos actuales entienden el gran descontento que muestran las encuestas con las llamadas democracias, urgidas de seguridad y orden como prerrequisitos ineludibles para cualquier proyecto de progreso y desarrollo. Comprendiendo el sentimiento popular y sin ambicionar ni el poder, ni el protagonismo de sus generaciones anteriores y a contrapelo de los discursos políticos de uno y otro espectro, finalmente en sus sables reside el rumbo de los países latinoamericanos aceptando su papel estabilizador ante la incapacidad e ineficiencia políticas. Por otra parte, son también los fusiles los que sostienen contra viento y marea a dictaduras como las de Maduro, Ortega, Castro, y sus respectivas bandas.

Lo de Bolivia es ejemplarizante. El viejo modelo golpista latinoamericano está virando a una nueva función de los militares y a una nueva dimensión de la policía. México parece derivar en la misma dirección. Chile y Ecuador tienen las opciones abiertas.

En Colombia, como abrebocas al paro nacional del 21 de noviembre, un senador, impúdicamente y con torcida retórica, utilizó un bombardeo legal, legítimo y bajo los parámetros del DIH, para vender la imagen de una “masacre de niños” por cuenta de las fuerzas militares. El parlamentario abonó a la desinstitucionalización del país, recabando el negativo de los militares en las encuestas, sin mencionar el positivo, que ronda el 70%, convirtiéndolos desde hace más de una década en la institución de mayor confiabilidad en Colombia.