Fredy Angarita
Mientras uno
recuerda, otros están construyendo.
Desde que bajé
por primera vez al centro para comenzar mi primer trabajo, conocí –o mejor
dicho, vi– lo que entonces muchos llamaban el Parque del Periodista.
Había iniciado
labores en La Fundación Médico Preventiva que había comprado su sede en La
Playa. Por esos días, comencé a recorrer unas calles que todavía no sabía qué
tan importante iban a hacer para mi vida.
En aquella
época, cuando alguien hablaba del Parque del Periodista, casi siempre lo
relacionaba con la rumba nocturna de Medellín. Era territorio de metaleros,
punkeros, músicos, estudiantes y personajes que parecían pertenecer a una
ciudad diferente a la que funcionaba durante el día. Tenía mala fama.
Se hablaba de violencia, de peleas, de alcohol y de todo aquello que suele acompañar los lugares donde la noche parece tener sus propias reglas. Durante los años que trabajé entre las sedes de La Playa, Perú y Caracas, muchas de mis noches terminaron allí.
Entonces
todavía no sabía por qué se llamaba Parque del Periodista, mucho menos sabía
que también le decían El Guanábano. Ese nombre lo entendí después,
cuando descubrí que venía de un árbol y, posteriormente, de un bar que
terminaría siendo parte fundamental de la historia reciente del lugar.
Hoy, varios
años después y luego de algunos tragos compartidos en el parque, compartiendo
con muy buenas personas, quise regresar a su historia. No solamente a la que yo
conocí, buscando la que estaba allí mucho antes de que yo llegara.
Para quienes no
viven en Medellín, el Parque del Periodista está en el centro de la ciudad, en
la comuna 10, La Candelaria. Se encuentra sobre la carrera 43, Girardot, entre
las calles 53, Maracaibo, y 54, Caracas.
Después de
leer, consultar y preguntar a varias personas, me encontré con una historia
mucho más interesante que la que yo conocía.
Antes del
parque
Una fuente
histórica[1] que registró la
transformación urbana del centro de Medellín señala que por este sector pasaba
el antiguo camino de Guarne, el lugar llegó incluso a conocerse como barrio
Guarne. Es decir, el sitio no nació como parque.
Antes de
convertirse en punto de encuentro de periodistas, músicos, estudiantes y
noctámbulos, fue un espacio de viviendas, solares, caminos y casas construidas
con las técnicas de la época.
En 1952,
el municipio realizó la rectificación de la carrera Girardot. Para hacerlo tuvo
que comprar algunos terrenos y demoler antiguas construcciones de tapia.
Después de las demoliciones quedó un espacio abierto que con el tiempo comenzó
a funcionar como zona verde.
Pero quedó algo
particularmente importante: un árbol, un guanábano. Quizá por eso
resulta curioso que muchos años después ese nombre terminara identificando
también la vida nocturna del lugar.
Durante los
años sesenta, el espacio todavía no tenía las características formales para ser
considerado el parque que conocemos hoy. En 1966 se instaló allí una
placa conmemorativa relacionada con los combatientes de la Revolución
Húngara de 1956, entonces comenzó a conocerse como Plazoleta de Hungría.[2]
Cinco años
después, en 1971, un grupo de periodistas de Medellín promovió la
instalación de un busto dedicado a Manuel del Socorro Rodríguez, el
cubano considerado uno de los pioneros del periodismo colombiano. Y allí empezó
otra historia, la del Parque del Periodista.
El nombre que
nació como homenaje al periodismo, la gente terminó haciendo algo que suele
hacer con los lugares de la ciudad: lo bautizó nuevamente…
El
Periodista se volvió otra cosa
Comenzó a
convertirse en un punto de encuentro de la bohemia, la contracultura y la vida
nocturna del centro de Medellín. El nombre oficial hablaba de
periodistas, la vida cotidiana hablaba de otra cosa. Hablaba de
personas.
Sus visitantes:
periodistas, escritores, estudiantes, músicos, artistas, fotógrafos, cineastas,
poetas, vendedores, habitantes de calle, trabajadores nocturnos y personas que
simplemente buscaban una mesa, una cerveza y alguien con quien conversar.
Algunos lugares
de una ciudad no se construyen solamente con ladrillos, se construyen con
conversaciones, con noches, con personas que regresan, con quienes llegan por
primera vez y con quienes terminan convirtiéndose en parte de su paisaje.
El Guanábano
fue fundamental en esa transformación. El bar abrió sus puertas el 17 de
abril de 1990 y terminó convirtiéndose en uno de los lugares asociados a la
identidad nocturna del parque. Alrededor de ese espacio se fueron consolidando
establecimientos y encuentros relacionados con la literatura, la poesía, el
cine, la música, el periodismo, el arte, los estudiantes y los movimientos
contraculturales.
Por eso, cuando
alguien habla del Parque del Periodista, es difícil separarlo de la noche, pero
también sería injusto reducirlo a ella, el parque tiene otra memoria, una
memoria mucho más dolorosa…
El parque
también recuerda
Allí se
encuentra el monumento Los Niños de Villatina, relacionado con la
masacre de Villatina.[3] Entonces el lugar cambia
nuevamente.
Ya no es
solamente cerveza, no son solamente bares, no son solamente jóvenes sentados
conversando hasta la madrugada. Aparecen otras palabras: memoria, violencia,
víctimas, reparación, resistencia.
Eso es lo que
más me gusta de algunos lugares de Medellín, se niegan a tener una sola
historia.
El Parque del
Periodista puede ser una esquina de rumba para quien llega de noche. Puede ser
un lugar de encuentro para un estudiante, puede ser una mesa para un escritor,
puede ser el recuerdo de una vieja conversación, puede ser el lugar donde
alguien tomó su primera cerveza y, también, puede ser un espacio que recuerda a
quienes no tuvieron la oportunidad de llegar a viejos. Quizá por eso hoy lo
miro diferente.
Cuando llegué
por primera vez al centro, yo veía un parque asociado a la noche, a los
metaleros, a los punkeros, a la cerveza y a una Medellín que muchos preferían
no mirar demasiado. Ahora, después de conocer parte de su historia, entiendo
que estaba mirando solamente una de sus capas. Los lugares también envejecen y
mientras envejecen, acumulan historias.
El Parque del
Periodista tiene las de quienes hicieron del lugar un punto de encuentro, las
de quienes encontraron allí una forma de expresarse y las de quienes
simplemente pasaron una noche conversando. También aparecen y desaparecen sus
árboles, sus monumentos, sus bares y sus recuerdos. Y tiene algo que ninguna
placa puede explicar completamente: la gente que decidió quedarse.
Quizá esa sea
la verdadera historia del Parque del Periodista. No la de cómo nació, ni
siquiera la de cómo terminó llamándose así, sino la de cómo una ciudad fue
llegando poco a poco a una misma esquina y decidió convertirla en punto de
encuentro.
También llegué
allí alguna vez, primero por trabajo, después por la noche, y hoy, muchos años
más tarde, regreso por una razón diferente: para descubrir que aquel parque que
yo creía conocer apenas estaba empezando a contarme su historia, hoy, 25 años
después de sentarme por primera vez en este lugar, vuelvo a mirar el parque con
otros ojos…
Ya no veo
solamente el lugar de la rumba, de los tragos, de los músicos, de los
estudiantes o de quienes alguna vez llegamos buscando una noche diferente. Veo
personas que, sin saberlo, están construyendo la historia que algún día alguien
contará sobre este lugar. Los lugares también cambian. Cambian sus nombres, sus
habitantes, sus noches y sus historias.
Y quizá eso sea
lo más bonito: que mientras uno cree que está sentado recordando su pasado,
alrededor hay otros construyendo su futuro.
Hace 25 años me senté aquí por primera vez. Hoy entiendo que el parque no ha dejado de escribir su historia. Simplemente, cada generación llega con una página nueva.

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