Fredy Angarita
Las
pocas imágenes que guardábamos a las miles que olvidamos
Algunos de quienes leen este artículo quizá
recuerden aquellas visitas a familiares o amigos en las que, tarde o temprano,
aparecía un álbum de fotografías. Era casi un ritual.
Alguien sacaba el álbum y comenzaba a pasar las
páginas. Las fotografías iban apareciendo una tras otra, algunas en blanco y
negro, otras con esos colores particulares de las primeras cámaras a color. Y
aunque ya las hubiéramos visto muchas veces, volvíamos a mirarlas.
Siempre había alguna pregunta o exclamación: ¿Y
este quién es?, ¿dónde fue tomada esa foto?, ¡mire cómo ha crecido!, ¿ese sí es
usted?, ¿y qué pasó con él?
Una fotografía podía convertirse entonces en
una conversación familiar, no solamente mostraba un rostro; abría una historia.
Ayer, 19 de agosto, cuando se celebró el Día
Mundial de la Fotografía, vale la pena preguntarnos qué ha pasado con esa
relación que teníamos con las fotografías.
La fecha recuerda un momento fundamental para
la historia de la imagen. El 19 de agosto de 1839, en París, se anunció
públicamente el proceso del daguerrotipo, desarrollado por el francés
Louis-Jacques-Mandé Daguerre. El invento permitía fijar una imagen mediante un
proceso químico y abrió una nueva posibilidad: conservar visualmente aquello
que hasta entonces podía permanecer solamente en la memoria, en un dibujo o en
un relato.
Es difícil imaginar que Daguerre pudiera
calcular lo que estaba poniendo en movimiento. Porque la fotografía no
solamente cambió la manera de mirar, cambió también la manera de recordar. Al
principio, hacer una fotografía no era algo cotidiano. Era un acontecimiento.
Los primeros procedimientos eran lentos y exigían largos tiempos de exposición.
En algunos de los primeros retratos, la persona debía permanecer inmóvil
durante varios minutos para que su imagen pudiera quedar registrada.
Después llegaron nuevas cámaras, nuevos
procesos, el rollo fotográfico y, con ellos, una nueva costumbre: había que
pensar antes de disparar, no existían cientos de oportunidades. Había una,
quizá dos, después había que esperar.
No sabíamos inmediatamente si habíamos salido
bien, si alguien había cerrado los ojos, si la fotografía estaba movida o si el
encuadre había quedado mal, Había que llevar el rollo a revelar y esperar para
descubrir qué habíamos conseguido capturar.
Tal vez por eso aquellas fotografías tenían
otro valor, tal vez por eso era tan importante mostrar el álbum familiar. No había
miles de fotografías almacenadas, Había unas pocas. Cada una tenía una razón
para estar allí.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. Casi todos
llevamos una cámara en el bolsillo. Podemos fotografiar una comida, una calle,
un paisaje, una mascota, un amigo, un familiar o a nosotros mismos. Podemos
hacer diez fotografías del mismo momento y escoger una, podemos hacer veinte selfis
hasta encontrar el que nos gusta.
Y descartamos: una quedó con los ojos cerrados,
otra no tiene el ángulo que queríamos, en otra no nos gusta cómo salimos, esta
quedó torcida, la que sigue no tiene suficiente resolución, aquella está
borrosa. Esta sí. Y seguimos adelante.
El teléfono inteligente nos permitió algo que
durante mucho tiempo parecía imposible: fotografiar sin miedo a gastar el rollo.
Quizá esa facilidad también cambió nuestra relación con las imágenes.
Antes teníamos pocas fotografías y las
mirábamos muchas veces. Ahora tenemos miles y, posiblemente, muchas de ellas no
volveremos a mirarlas.
Hay fotografías que permanecen durante años en
la memoria de un teléfono sin que nadie vuelva a abrirlas; tenemos álbumes
digitales que pueden contener cientos o miles de imágenes, pero ya no
necesariamente tenemos el hábito de recorrerlos como recorríamos aquel viejo
álbum familiar.
Quizá la paradoja de la fotografía
contemporánea sea esa: nunca habíamos tenido tantas imágenes y, al mismo
tiempo, quizá nunca habíamos mirado tan pocas con detenimiento. Antes una
fotografía podía reunir a una familia alrededor de una mesa, hoy una fotografía
puede perderse entre cientos de imágenes tomadas durante el mismo día.
Pero hay algo que no ha cambiado; seguimos
fotografiando porque queremos conservar algo, un rostro. un lugar, una persona
que apreciamos, un momento que no queremos que desaparezca.
La fotografía continúa haciendo lo mismo que
hizo desde sus primeros días: detener, aunque sea por un instante, aquello que
inevitablemente se va.
Por eso, en el Día Mundial de la Fotografía,
quizá valga la pena hacer algo diferente. No tomar otra fotografía, sino volver
a mirar algunas de las que ya tienen. Buscar aquella carpeta olvidada, abrir el
álbum familiar. Preguntar quién aparece en esa fotografía antigua, recordar
dónde fue tomada, volver a escuchar las historias que nacieron alrededor de una
imagen.
Porque quizá una buena fotografía no sea
solamente la que quedó bien. Quizá sea aquella que, muchos años después, todavía tiene algo que preguntamos.

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