José Leonardo Rincón, S. J.
Otro
motivo para visitar Barcelona era conocer la Basílica de la Sagrada Familia, esa
monumental obra concebida por Antonio Gaudí, que lleva más de un siglo
construyéndose y a la que le faltan, según los expertos, otros 10 años de
trabajos.
La
presencia de León XIV en la inauguración de la Torre de Jesucristo el pasado 10
de junio, coincidió con el centenario de la muerte del arquitecto y máximo
exponente del modernismo catalán, conocido también como el “arquitecto de Dios”,
un hombre fuera de serie no solo por su creatividad sino por su manera de ser y
proceder. Tan significativa fue su vida que se encuentra en proceso de
beatificación. En efecto, Gaudí a pesar de su reconocimiento, vivió
austeramente, tanto, que cuando en un trágico accidente un tranvía lo atropelló
y fue llevado al hospital, no lo reconocieron pensando que era un pordiosero.
En
mis visitas a iglesias en Europa es tanto el derroche de arte que he visto y
admirado estéticamente que debo confesar que siento cierto “hastío”. Una comida
exquisita se consume con gusto en pequeñas dosis, pero cuando le sirven a uno
cantidades exorbitantes, por más rico y fino el manjar, uno se harta. Eso he
sentido y ustedes me entienden el tono nada peyorativo de mi afirmación. En un
mundo teocéntrico nada se escatimó para rendirle honor y gloria a Dios,
edificios, torres, muros, columnas, cuadros, esculturas, frisos, artesonados,
tallas, pinturas, grabados, dibujos, murales, vitrales, música, todo,
absolutamente todo, es exuberante, bello, majestuoso, de un exquisito gusto
estético. Con razón Antonio Banderas en su saludo al Papa, haciendo justicia,
afirmó que la Iglesia ha sido la principal productora de arte en la historia de
la humanidad.
Entonces,
imaginaba yo, que después de esos tiempos dorados el hombre no volvería a
producir algo similar. Me equivoqué. Gaudí lo ha logrado con creces. Y no lo
digo por lo que se puede ver por fuera que ya es bastante fastuoso, cargado de
formas, símbolos y colores, sino también por la experiencia que se vive desde
dentro y que resulta majestuosa. Todo su diseño interior es novedoso y todo
tiene su sentido. No es caprichoso, no es ostentoso, es sobrio y a la vez
elegante. De la mano de los expertos valdrá la pena algún día enterarme a fondo
de ese conjunto de significados, significantes y significaciones para tratar de
comprehender la teología que encierra. Hay que ir en un día soleado como el que
me tocó para gozar desde dentro sus vitrales de colores iluminando todos al
tiempo y que conjugados ellos lo hacen sentir a uno en otra dimensión, en otro
mundo.
En
su homilia, el Papa aludió a la Iglesia como templo que se va construyendo día
a día, cuya piedra angular es Cristo y nosotros piedras vivas; un proyecto que
se va realizando, una obra inconclusa, lo que no ha de entenderse como defecto
sino tarea permanente; templo del Espíritu Santo; no casa que le hacemos a
Dios, sino una casa que Dios nos ofrece para acogernos en su corazón. La torre
de Jesucristo, ahora la más alta del mundo, invita a “alzar la mirada” (lema de
la visita) para reconocer en el Señor esa luz de su amor que brilla en las
tinieblas y se convierte para todos en faro y guía. Antonio Gaudí, logra en
esta obra de arte, ofrecernos un mensaje evangelizador fuera de serie.
¡Extraordinario!
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