En esta nueva entrega de Sucesos de la Semana, Antonio Montoya H. analiza los principales hechos noticiosos: los resultados electorales en Brasil e Israel, la crisis política y de seguridad en Haití, la tragedia ferroviaria en España, el regreso de María Corina Machado a Venezuela y el proyecto de rescate fiscal en Colombia. También aborda los operativos de seguridad del Gobierno, la necesidad de fortalecer la presencia del Estado en los territorios y la decisión judicial sobre Miguel Andrés Quintero Calle, investigado por presuntas irregularidades en contratos públicos. Lo(a) invitamos a ver este análisis y conocer sus reflexiones en El Pensamiento al Aire.
martes, 3 de noviembre de 2026
Editorial: Sucesos de la Semana No. 169
El oro en Colombia bajo el control de grupos al margen de la ley
José Hilario López Agudelo
Colombia registra
una producción oficial de oro que oscila entre las 55 y 70 toneladas anuales,
consolidándose como uno de los productores clave de este metal en Sudamérica.
La producción de oro en Colombia no está controlada por una sola entidad, sino
que se divide entre grandes empresas privadas bajo regulación estatal y actores
de la minería informal o ilegal.
Se
calcula que los mineros informales y las redes criminales controlan entre el 70 %
y el 80 % del oro extraído en Colombia. La Oficina de las Naciones Unidas
contra la Droga y el Delito (UNODC) y la inteligencia militar coinciden en que
la gran mayoría de la minería de oro de aluvión se realiza sin títulos mineros
ni licencias ambientales vigentes. La línea que separa a un minero informal de
los grupos armados ilegales es difusa. La Asociación Colombiana de Minería
(ACM) e informes de la OEA han señalado que gran parte del oro exportado por el
país se origina o se blanquea mediante canales informales y de contrabando.
Toda
la cadena de extracción ilícita de oro en Colombia genera ingresos anuales que
rondan los 8.414 millones de dólares. Esto ha superado en varias regiones a las
rentas del narcotráfico. La mayoría de los mineros informales son trabajadores
artesanales o miembros de las comunidades locales. No obstante, los grupos
criminales (como el Clan del Golfo, el ELN y las disidencias de las FARC) se
quedan con una parte del oro a través de extorsión directa
("vacunas"), mediante cobros forzosos de aproximadamente el 10 %
de la producción a los pequeños mineros para permitirles operar la maquinaria
minera.
El
blanqueo o legalización de oro ilegal para su exportación es un proceso
mediante el cual organizaciones criminales o mineros informales transforman un
metal obtenido de forma ilícita en un producto aparentemente legítimo, que
cumple con las normas del comercio internacional.
De
acuerdo con investigaciones judiciales y reportes de organismos internacionales
como la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)
y la OCDE, este fraude se realiza principalmente a través de las siguientes
etapas y mecanismos: 1. Falsificación del origen (Identidades y empresas
fachadas); 2. Comercializadoras Internacionales; 3. Modificación física del
metal y 4. Sobrefacturación y fraude documental en la exportación.
En
columnas anteriores, publicadas en este mismo medio, ya nos hemos referido a la
destrucción que está causando la minería ilegal del oro a ecosistemas sensibles
del país.
El
auge en los precios internacionales ha hecho del oro un negocio muy lucrativo.
El 30 /10/2026 el precio de la onza troy del oro se cotizaba en USD 4.011.
Según las proyecciones a largo plazo, durante los próximos 5 años el precio del
oro oscilará en un rango entre USD 3.872 y USD 4.459. Durante los próximos 10
años, el metal precioso se cotizará entre USD 3.872 y USD 4.670, y para el año
2050 el precio del oro podría alcanzar USD 5.219 la onza troy.
En
mayo pasado la Agencia Nacional de Minería (ANM) anunció oficialmente el
lanzamiento y la entrada en operación de la Plataforma de Trazabilidad de
Minerales (PTM). Esta herramienta tecnológica ha sido diseñada con el objetivo
de fortalecer los mecanismos de control, legalidad y transparencia dentro de la
cadena minera del país. La plataforma permite realizar un seguimiento detallado
a los minerales desde su punto de origen hasta su comercialización final. La
PTM es una herramienta que valida en tiempo real si el oro que se vende
proviene de un título minero vigente, de un minero de subsistencia registrado o
de un comercializador autorizado.
De
acuerdo con la información oficial, la PTM representa un avance significativo
en la transformación digital del sector minero colombiano, ya que facilita el
registro, validación y seguimiento de las transacciones en toda la cadena. El
sistema opera bajo el concepto central de “Trazabilidad de Minerales: la ruta
legal del subsuelo a la comercialización”, integrando información estratégica
de diversos sistemas institucionales para combatir la ilegalidad.
Sin
embargo, mientras el Estado no retome el control del territorio en las zonas
afectadas por el conflicto, la PTM por sí sola no detiene la minería ilegal
controlada por los grupos criminales. Ya vimos como el camuflaje permite
el blanqueo que facilita a organizaciones criminales y mineros informales la
legalización del oro ilegal.
Recuperar
el control del territorio en las regiones afectadas por la minería ilegal del
oro no solo es un acto de soberanía nacional, sino una fuente de ingresos para
el Gobierno Nacional y los gobiernos locales (regalías e impuestos).
Bajo la tiranía de la subversión de los valores
Luis Alfonso García Carmona
Observábamos
recientemente cómo una de las principales arterias de Bogotá, la Avenida Séptima,
era bloqueada por un grupo de manifestantes. ¿Acaso demandaban la acción del
Estado para solucionar una urgente necesidad de la comunidad o reclamaban el
restablecimiento de un servicio público de carácter esencial? Por supuesto que
no. Se trataba de estudiantes que, bajo la dirección de sus maestros,
rechazaban el desmonte de objetos exhibidos en el Museo Nacional como homenaje
a un guerrillero del M-19, responsable de masacres, homicidios, secuestros y
otros delitos que enriquecen su prolífico prontuario. Bajo la tiranía de la
subversión instaurada por el pasado régimen, la apología del delito,
establecida como un delito por la ley penal, es ahora un valor que identifica a
una nueva clase de enemigos de la Patria y de sus héroes, ignorantes de lo que
significó la historia de nuestra independencia, y esclavos de las ajenas
ideologías que nos pretenden subyugar.
La mayoría de los
colombianos entendemos el ejercicio del poder como la oportunidad para servir a
toda la sociedad, no para utilizar los bienes y privilegios de la autoridad en
beneficio propio, o de sus cómplices, o para imponer foráneas ideologías mediante
el abuso del poder.
Pero en el cuatrienio
anterior vimos cómo se actuó bajo lo que Nietzche llamó la “transvaloración
de los valores”, esto es, el cambio radical en el significado de la moral.
Las funestas consecuencias de esta degradación de los principios la estamos
viviendo ahora: los ciudadanos y los jóvenes que tomarán la responsabilidad de
decidir la suerte del país carecen de valores. La corrupción, otrora castigada
con el juicio de la sociedad, ahora es mirada como algo normal; ya ni la
administración de justicia se molesta en resolver con prontitud y objetividad
el cúmulo de escándalos que a diario se conocen. Sin ningún respeto por la
verdad se ofrecieron en la pasada administración beneficios judiciales a
confesos criminales a cambio de su participación para enlodar la reputación de quienes
se oponían a las ambiciones electoreras de los gobernantes de turno… ¿Es esta
la nueva moral que nos quieren imponer?
Mucho se está haciendo
desde el gobierno actual de los “Defensores de la Patria” para
desenredar los conflictos que nos legó la gestión de la izquierda radical,
devolver el orden al territorio nacional, rescatar al país de la bancarrota
fiscal, reconstruir los daños ocasionados por el dantesco sismo que nos
desestabilizó e impulsar la inversión económica en medio de la quiebra general.
Merece un reconocimiento nacional la tarea que en tan solo dos meses y medio ha
cumplido el presidente De la Espriella y su brillante equipo.
No obstante, debemos
ser conscientes de que los fanáticos de la extrema izquierda, que no han
mostrado ningún límite moral para, en su tarea de degradación moral del
país, continuar utilizando todas las formas de lucha, lícitas e ilícitas,
para cumplir su cometido.
Nos corresponde a
nosotros los patriotas, a quienes nos duele Colombia, reflexionar sobre nuestro
papel en esta lucha por la defensa de nuestros principios, de los valores
fundacionales de la República, amenazados ahora por una hidra de varias
cabezas: wokismo, progresismo, comunismo, y toda clase de tendencias
encaminadas a fraccionar la unidad nacional en favor de extrañas ideologías.
Como acertadamente escribe Jorge Valenzuela, en Mindshop, Knowledge Society: “La causa final debe tener la intención de alcanzar la excelencia, dejar de guiarnos por acciones secundarias que persiguen deseos externos, sencillos y vacíos. Buscar el eudaimonia[1] y terminar con la idea de que nuestras condiciones materiales determinan o controlan nuestro estado de bienestar. De lo contrario, estaría reluciendo la superficialidad, la vanidad, la frágil forma de vida que hemos elegido vivir”.
[1] El
florecimiento humano
viernes, 30 de octubre de 2026
El hijo pródigo y el regreso a los valores
Rafael Uribe Uribe
No todas las parábolas conservan una vigencia
como la del hijo pródigo. El hijo menor reclama anticipadamente la herencia,
abandona la casa paterna y parte convencido de que la libertad consiste en
vivir sin restricciones. Quiere independencia sin normas, consejos ni
responsabilidades y cree haberla encontrado, pero termina descubriendo que toda
libertad tiene consecuencias.
No es difícil encontrar paralelos con nuestro
tiempo: insistimos en los derechos, pero se eluden los deberes; reivindicamos
la libertad, pero se eluden los límites éticos necesarios para ejercerla.
El resultado es evidente: la corrupción se
justifica como astucia; la mentira se disfraza de estrategia; los principios se
acomodan a las conveniencias y deja de importar si son correctos cuando
resultan útiles.
Por eso la crisis no se explica desde la
economía o la política. Detrás de las dificultades existe algo más profundo: la
pérdida de referentes morales y desaparecen los acuerdos sobre la verdad y el
bien común.
La parábola propone una reflexión que
trasciende la fe. El hijo pródigo toca fondo cuando comprende que se ha alejado
de lo que daba sentido a su vida y decide regresar. Ese retorno no es una
derrota, es un acto de lucidez. Reconocer el error exige más valentía que
persistir en este y esa es la enseñanza más profunda del relato evangélico.
Las naciones, al igual que las personas,
pueden equivocarse de camino, pero también pueden rectificar. Ninguna sociedad
está condenada a permanecer indefinidamente en la crisis si conserva la
capacidad de examinar, corregir y recuperar los valores que hicieron posible la
convivencia.
La fuerza de esta parábola radica en que no
termina con el fracaso del hijo, sino con su reconciliación. En tiempos
marcados por la polarización, el desencanto y la desconfianza, conviene
recordar su mensaje: siempre existe la posibilidad de regresar a los principios
perdidos, porque no consiste en avanzar, sino en hacerlo correctamente y, la
decisión más sabia, es encontrar el camino de regreso.
Esta es la razón por la cual queremos
felicitar al gobierno de Abelardo de la Espriella que, en menos de noventa días
y pese a las enormes dificultades heredadas, está contribuyendo a que Colombia
retome al camino correcto.
El Rincón de Dios
“Volver
a Dios no es una derrota, es la oportunidad de comenzar de nuevo. El abrazo del
padre al hijo prodigo nos recuerda que nuestros errores no agotan su
misericordia: reconocerlos y dar el primer paso de regreso abre un camino de
reconciliación”.
Anónimo
jueves, 29 de octubre de 2026
Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a los perros
Fredy Angarita
Las noticias están cada vez más desalentadoras. La tolerancia parece disminuir, los asesinatos de mujeres y personas LGBTIQ+, los de líderes sociales siguen ocupando los titulares, el secuestro vuelve a aparecer en la actualidad, los grupos armados utilizan drones para atacar y las decisiones sobre la explotación minera reabren discusiones sobre el territorio y sus consecuencias. A esto se suman los enfrentamientos en redes sociales, la corrupción entre quienes gobiernan y la falta de respeto por quienes piensan diferente.
La lista podría continuar. Basta con revisar los titulares
de los periódicos para encontrar nuevas razones de preocupación. Cada día
aparece una noticia que nos enfrenta a alguna de nuestras contradicciones, como
si nos estuviéramos acostumbrando a vivir entre la indignación de la mañana y
el olvido de la tarde.
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Sin embargo, al caminar por el centro de Medellín en las
primeras horas del día, me encontré con una imagen que parecía sacada de un
cuadro. Al detenerme a observarla, recordé una frase que había escuchado varias
veces y que hoy quiero compartir: «Plus je connais les hommes, mieux j’aime
les chiens». En español: «Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a
los perros».
Una versión de esta frase apareció publicada el 13 de
noviembre de 1822 en la revista francesa Tablettes Historiques et
Littéraires, atribuida a una mujer cuyo nombre no fue identificado. Se
trata del registro histórico más antiguo localizado, aunque eso no significa
que sea necesariamente el origen de la expresión.[1]
La fotografía que acompaña esta crónica ayuda a entender
por qué, después de tantos años, la frase sigue encontrando eco en nosotros.
A las 5:07 de la mañana, la ciudad todavía no termina de
sacudirse la noche. La luz de la calle cae sobre el concreto y dibuja una
franja blanca alrededor del lugar donde duerme un hombre mayor. No sé si el
brillo que aparece en la imagen es producto del alumbrado público o del reflejo
sobre el suelo. Lo cierto es que la luz hace más visible una escena que, a esa
hora, podría pasar inadvertida para cualquiera que camine apurado.
Un perro de pelaje claro descansa sobre el pecho del
hombre. Una de sus patas delanteras reposa sobre la mano de su compañero. Ambos
parecen haber encontrado, en medio del concreto, una forma de atravesar la
madrugada. No conozco sus nombres ni se las circunstancias que los llevaron
hasta allí. Tampoco necesitamos inventar una historia para reconocer lo que
transmite la imagen: la cercanía de dos cuerpos que comparten el mismo refugio.
Al verla, la frase cobra una fuerza especial. Pienso en la
lealtad de los perros, en su manera de acompañarnos, en aquellos que nos
escuchan sin exigir explicaciones y nos esperan incluso cuando hemos tardado
más de la cuenta. Pienso también en las personas que encuentran en ellos una
compañía difícil de explicar con palabras.
Al mismo tiempo, escucho a quienes dicen que los jóvenes de
ahora ya no quieren tener hijos, sino perros; que prefieren llamarse padres
perrunos y compartir con sus animales un afecto que antes imaginaban reservado
a la familia. No sé si esa afirmación describe realmente a toda una generación.
Lo que sí me llama la atención es el contraste: mientras discutimos sobre el
lugar que deben ocupar los animales en nuestras vidas, muchos seguimos
preguntándonos cómo hemos llegado a tratarnos de ciertas maneras entre
nosotros.
Quizá no se trate de elegir entre querer a un perro o
querer a una persona. La pregunta es otra: ¿qué estamos buscando en esos
compañeros de cuatro patas que a veces nos cuesta encontrar en nuestras
relaciones humanas?
Las historias de algunos perros han convertido esa pregunta
en algo difícil de ignorar. Hachikō[2] esperó durante años a un
hombre que nunca volvió. Togo atravesó el hielo para llevar medicamentos a
quienes los necesitaban.[3] Swansea Jack se lanzó al
agua para rescatar a personas en peligro. Cada historia tiene sus propias
circunstancias, pero todas nos recuerdan que los vínculos entre humanos y
animales pueden estar hechos de una entrega que supera la comodidad y, en
ocasiones, pone en riesgo la propia vida.
Y entonces uno mira alrededor y se pregunta en qué momento
nos acostumbramos a pasar de largo. A ver a alguien caído y sacar el teléfono
antes que la mano. A prometer compañía mientras todo marcha bien, a hablar de
lealtad con la misma boca con la que traicionamos, a medir el valor de una
persona por lo que puede ofrecernos.
Quizá por eso conmueven tanto las historias de los perros.
No porque sean incapaces de equivocarse ni porque los seres humanos hayamos
perdido toda bondad, sino porque su manera de acompañarnos nos enfrenta a
nuestras propias contradicciones.
Hay perros que esperan a sus muertos. Personas que
abandonan a sus vivos. Animales que se lanzan al agua por alguien en peligro y
seres humanos que calculan si vale la pena detenerse. No se trata de condenar a
toda la humanidad ni de idealizar a los animales, sino de reconocer que la
lealtad, la compasión y el cuidado no siempre aparecen donde esperamos
encontrarlos.
No sé si la humanidad va de mal en peor. La historia está
llena de crueldad, pero también de personas que han dedicado su vida a cuidar a
otras, defender a quienes no tienen voz y ayudar sin esperar nada a cambio.
Sería injusto olvidar a quienes todavía hacen el bien en medio de tanta noticia
desalentadora.
Lo que sí sé es que, a veces, basta con mirar a un perro
echado en una acera, compartiendo el frío con alguien que tampoco tiene mucho,
para entender que la nobleza no siempre necesita palabras. Y que, mientras
nosotros seguimos discutiendo qué significa ser una buena persona, ellos, sin
escribir tratados ni pronunciar discursos, saben quedarse.
Quizá no sea que los perros sean mejores que nosotros.
Quizá sea que, después de tantas palabras, todavía nos conmueve encontrar un
ser vivo que demuestra su cariño quedándose.
Esta historia está dedicada a cada uno de nuestros amigos
peludos, a los que nos esperan detrás de una puerta, a los que nos acompañan en
silencio y a los que convierten cualquier rincón de la casa en el mejor lugar
del mundo, simplemente porque estamos allí.
Y sí, lo confieso, después de mirar esa fotografía y pensar
en todo lo que pasa a nuestro alrededor, la verdad es que quiero más a mi
perro.
Gracias, Lincon, por recordarme que, a veces, la mejor compañía no necesita decir una sola palabra.
miércoles, 28 de octubre de 2026
Conversatorio con Daniel Carvalho
En esta primera entrega de un nuevo conversatorio de El Pensamiento al Aire, Antonio Montoya H. dialoga con el excongresista Daniel Carvalho Mejía sobre su trayectoria política, sus principales logros en Medellín y los desafíos de la ciudad en materia de movilidad sostenible, cultura, medioambiente y servicios públicos. Te invitamos a ver esta charla y conocer sus reflexiones sobre el presente y el futuro de Medellín.
¡Cuando los paracos son mejores que los gobernantes!
José Alvear Sanín
Antes de la construcción de los sewers de
Londres, por Bazalgette, y de los égouts de París, por Belgrand, por las
avenidas y calles de todas las ciudades discurría en paralelo el albañal
inmundo, impregnando todo el ambiente, día y noche, de nauseabundos olores,
mientras proliferaban terribles plagas.
Nada puede imaginarse peor, en el orden físico,
que el colapso de los alcantarillados, situación extrema que en el orden moral
se está dando en Colombia con el destape de la cloaca de Petro, con la
diferencia de que nada hay más conveniente, hoy, que la revelación del poder
adquirido por los bajos fondos que controlaban el Estado, la política y la
economía.
Después de la cuidadosa construcción mental y
jurídica de un alcantarillado oficial para la disposición de los desechos de la
diaria corrupción, y de la trasgresión sistemática del derecho penal, la
colosal abundancia de porquería rompió los diques, y las aguas negras de la
letrina oficial invadieron el torrente de la vida nacional.
No hay duda de que las denuncias del Libro
de la Verdad, seguidas por las de Angie Rodríguez, Eva Ferrer, Melquisedec
Torres, Carlos Ríos y otros muchos, no serán las únicas, porque ya no hay
dependencia del gobierno que pueda seguir conteniendo su chorro represado de
pus.
Todo lo anterior hace casi irrespirable el
aire, y por eso, algunos, asqueados, preferirían que esas voces fueran
acalladas, para retornar a la tranquila resignación en la que el país pudo
vivir durante el inmundo cuatrienio, pero el destape de los hechos infamantes
de la banda presidencial es necesario para iniciar la depuración que debe
arrancar con la salida de la fiscal de bolsillo, cómplice y encubridora, que
hasta ahora, con su silencio y engavetando los procesos, ha impedido el
esclarecimiento de los hechos y el castigo de los responsables.
Ante las irrecusables denuncias, las respuestas
vagas, lacrimógenas y acomodaticias de Petro, de la Verónica —que no tenía para
la carne ni para las matrículas escolares—, de la Sarabia y de un chulo
travesti, que intentan desmentir lo inocultable, son recibidas por la opinión
pública con risas, o con indignación ante tanto cinismo.
La revelación de los acontecimientos que
rodearon el fracasado “pacto de Valledupar” indica claramente algo increíble,
que los paracos eran mejores que el gobernante.
Agrego que la fiscal, el procurador, el
contralor, los numerosos magistrados, jueces y congresistas, comunicadores,
empresarios, y hasta jerarcas de la Iglesia, fueron cómplices, por acción o por
omisión, de un gobierno cuya historia horripilante superó ampliamente, desde la
primera semana, todo lo imaginable en materia de corrupción, depravación y
destrucción de un país.





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