Lunes, diez de la noche.
La avenida La Playa está más silenciosa de lo habitual, tal
vez porque el fin de semana quedó atrás y Medellín volvió a la rutina. Ya no
está el mismo flujo de personas ni el bullicio de las tardes, solo quedan
algunos caminantes apresurados, un vendedor que recoge sus cosas, el ruido
lejano de un bus y el viento moviendo las hojas de los árboles.
Mientras camino, pienso que no soy el único que observa la
ciudad, hay otros que llevan décadas haciéndolo, no llegan tarde, no se
marchan, no desvían la mirada.
Han visto amaneceres, lluvias torrenciales, desfiles,
protestas, enamorados, comerciantes, músicos, habitantes de calle, estudiantes
y turistas. Han contemplado una Medellín que cambia de rostro con cada
generación, mientras ellos permanecen inmóviles.
Son los próceres, artistas y dirigentes antioqueños
convertidos en bronce. Monumentos frente a los que miles de personas pasan
todos los días sin detenerse a preguntar quiénes fueron.
José Félix de Restrepo continúa vigilando una ciudad donde
todavía hablamos de libertad.
José Manuel Restrepo sigue contemplando cómo Medellín
escribe, cada día, una nueva página de su historia.
María Martínez de Nisser continúa desafiando al tiempo con
la misma serenidad con la que desafió una guerra.
Carlos E. Restrepo observa una ciudad que casi ha olvidado
a quienes dedicaron su vida a fortalecer lo público.
Pedro Justo Berrío, el hombre que soñó escuelas y caminos,
contempla ahora avenidas llenas de motocicletas, edificios y pantallas que,
muchas veces, parecen más importantes que las personas.
Mariano Ospina Rodríguez sigue viendo una Medellín que
nunca deja de transformarse.
A veces imagino que, cuando cae la noche y el ruido
disminuye, comienzan una conversación silenciosa entre ellos.
¿Me gustaría preguntarle a Pedro Justo Berrío quién cree
que es hoy el hombre más justo de Medellín?, a Débora Arango quisiera
preguntarle cuántos artistas ha visto entrar y salir de Bellas Artes?, ¿habrá
encontrado entre ellos a alguien dispuesto a incomodar a la sociedad con la
misma valentía con la que ella lo hizo?. Quizá cada monumento guarda una
pregunta distinta para la Medellín de hoy. No están allí únicamente para
recordarnos el pasado, también están para medir el presente.
Esta noche alguien parecía observar la ciudad desde el
mismo lugar que ellos. No llevaba uniforme, ni traje, ni una placa con su
nombre.
Sentado y recostado sobre el pedestal de uno de los
monumentos, las piernas recogidas, la cabeza apoyada sobre una mano, una
botella de gaseosa a sus pies… que creo saber que contiene.
No sé en qué pensaba, quizá no pensaba en nada, quizá
simplemente descansaba después de caminar toda la ciudad.
Mientras lo observaba, imaginé que, por primera vez en
mucho tiempo, aquellos próceres dejaron de mirar el tránsito, los edificios y
las luces. Lo miraban a él.
Qué pensaría José Félix de Restrepo, quien dedicó buena
parte de su vida a defender la libertad, al ver que todavía existen hombres
cuya mayor preocupación es encontrar dónde pasar la noche.
Qué respondería Pedro Justo Berrío, que impulsó escuelas y
caminos, al descubrir que algunos ciudadanos siguen buscando un lugar donde
descansar sin ser expulsados.
Qué escribiría José Manuel Restrepo si tuviera que
registrar esta escena para la historia de Antioquia.
Y qué anotaría María Martínez de Nisser en su diario si, en
lugar de describir una batalla del siglo XIX, tuviera que contar la batalla
silenciosa de quienes sobreviven en las calles de Medellín.
Tal vez ese sea el verdadero sentido de los monumentos, no
conservar intacta la memoria de quienes representan. Sino obligarnos, aunque
sea por un instante, a levantar la cabeza y preguntarnos qué pensarían ellos de
la ciudad en la que nos hemos convertido.
Porque la avenida la Playa no solo conserva esculturas,
conserva testigos y una ciudad no se mide únicamente por los nombres que decide
grabar en el bronce, también se mide por aquellos cuyos nombres nunca llegarán
a escribirse sobre él.
Esta noche el único monumento vivo era él.

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