Al consultar los sinónimos de la palabra hazaña
en el Diccionario de la Lengua Española aparecen términos como proeza,
heroicidad, gesta, hito, logro, conquista, superación, triunfo, victoria,
alcance, realización, valentía, audacia y aventura. Catorce palabras
para intentar explicar algo que, algunas veces, resulta difícil de nombrar.
No sé cuánto utilizamos algunas de ellas en
nuestra vida cotidiana. Tal vez hablamos de triunfo con más facilidad que de
proeza. Decimos logro cuando queremos resumir años de trabajo, hablamos de
victoria cuando alguien llega primero. Pero hay historias en las que una sola
palabra parece quedarse corta.
Después de la Feria de las Flores de 2026, que
este año celebró su edición número 69, me quedé pensando precisamente en la
palabra hazaña.
El ganador absoluto del Desfile de Silleteros
de este año fue John Jairo Grajales Gómez, padre de una compañera de
trabajo y una persona que he tenido la fortuna de conocer.
Este texto es un homenaje porque lo que hizo no
quiero contarlo solamente como una victoria. Quiero contarlo como una de esas
historias en las que la palabra hazaña empieza a tener sentido.
Para entenderlo hay que regresar un poco en el
tiempo.
La historia de los silleteros se remonta a
muchos años atrás, cuando campesinos e indígenas utilizaban estructuras de
madera, conocidas como silletas, para transportar niños, familiares, víveres,
encomiendas y, en algunos casos, personas que necesitaban ser trasladadas por
motivos de salud. En Santa Elena, uno de los primeros registros relacionados
con el uso de la silleta para transportar flores hacia Medellín corresponde a Braulio
Ochoa, quien tenía una finca en la vereda El Llano y realizó esta actividad
en 1925. Después aparecerían otros apellidos que terminarían ligados para
siempre a esta tradición: Grajales, Soto, Jurado y muchos más.[1]
No son solamente apellidos. Son familias, son
generaciones, son personas que aprendieron que una flor no comienza el día del
desfile. Comienza muchos meses antes.
En el primer Desfile de Silleteros participaron
entre 40 y 50 silleteros. Se realizó el 1 de mayo de 1957, desde entonces se ha
mantenido y actualmente es uno de los símbolos culturales más reconocidos de
Medellín.
Es una tradición que parece sencilla cuando uno
la observa desde la calle, pero detrás de esa imagen existe algo que el espectador
muchas veces no alcanza a ver. Tierra, semillas, lluvia, meses de espera y una
cantidad de trabajo que no cabe en las pocas horas que dura el desfile.
Cuando hablo con John Jairo, esa parte
invisible comienza a aparecer.
Lleva más de 40 años cultivando y
aproximadamente 15 años dedicados al cultivo de flor tradicional. Ese
amor por la tierra me cuenta, lo aprendió desde siempre, acompañando a su
padre, quien también se dedicó a esta labor. Para él, la Feria de las Flores no
termina cuando termina el desfile. En realidad, vuelve a comenzar.
Desde diciembre prepara nuevamente la tierra,
hace semilleros y planea cada siembra. Lo que empieza tendrá que esperar
aproximadamente ocho meses para convertirse en flores que puedan llegar a
Medellín.
Es prácticamente un año de trabajo para unos
cuantos días. Y ahí aparece una de las primeras cosas que hacen diferente esta
historia.
John Jairo no siembra sabiendo exactamente
cuándo tendrá la flor, la naturaleza no tiene calendario, una flor puede
adelantarse, puede retrasarse, puede dañarse, puede no salir. También puede
llegar demasiado pronto o demasiado tarde para el desfile. Y cuando eso ocurre,
no existe un botón para reiniciar el proceso. Hay que volver a sembrar, volver
a esperar, volver a confiar.
Quizá por eso una de las frases que más me
llamó la atención cuando hablamos fue precisamente esa: sembrar sin tener la
certeza de que la flor estará lista el día que se necesita.
Suena sencillo decirlo. Pero imaginemos hacerlo
durante meses, cuidar una planta sin saber si llegará a tiempo, esperar, volver
a esperar. Y después cargar sobre los hombros el resultado de todo ese trabajo.
John Jairo utilizó aproximadamente 80
variedades de flores en su silleta. ¡Ochenta! Detrás de cada una había una
historia diferente, algunas necesitan aprender a convivir con el tiempo, como los
gladiolos, tulipanes, azucenas, clavelinas y agapantos que requieren cuidados
especiales para conseguir que estén en el punto adecuado.
Otras necesitan todavía más paciencia. El botón
de oro, la rosa amarilla, la pomarrosa, el tul de novia, las pascuas y algunas
clavellinas pueden tardar alrededor de siete meses en florecer. Siete meses,
para que alguien pueda verla durante unos minutos.
Eso es lo que muchas veces no vemos cuando
miramos una silleta. No vemos los siete meses, vemos la flor; no vemos la
espera, vemos el color; no vemos la incertidumbre, vemos el resultado. Y quizá
ahí comienza realmente la historia de la hazaña.
John Jairo ya había conseguido el título de Ganador
Absoluto en 2017, en 2026 volvió a hacerlo. Dos años separados por casi una
década, dos veces alcanzando el primer lugar, dos veces viendo cómo el trabajo
de meses termina convertido en reconocimiento.
Según los registros disponibles, la distinción
de Ganador Absoluto, que reúne a los mejores de las diferentes
categorías, no se entregó de manera completamente uniforme durante todas las
ediciones del desfile, su registro como galardón unificado se encuentra
documentado de manera más sistemática en los años recientes.
En esos registros aparecen, entre otros, Juan
Ernesto Ortiz Grajales, ganador en 2019 y 2024, y ahora John Jairo
Grajales Gómez, ganador en 2017 y 2026.
Pero hay una diferencia entre conocer una
estadística y conocer la historia que existe detrás de ella. Quiero decir que
John Jairo ganó dos veces toma apenas una línea, contar lo que tuvo que hacer
para conseguirlo necesita mucho más.
Su silleta de 2026 no fue una repetición de la
de 2017. Esta vez quiso asumir otro reto. En 2017 había trabajado con
ramilletes más pequeños y una selección diferente de flores, para 2026 decidió
trabajar con ramos mucho más grandes, quiso que los colores vivos fueran
protagonistas, que cada flor pudiera resaltar por sí misma, jugó con las texturas,
con las formas, con los tamaños, buscó más movimiento, más volumen, más fuerza
visual.
Y mientras me cuenta todo esto, comienzo a
entender que la silleta no es solamente una composición de flores. También es
una forma de contar quién es el silletero, es su manera de dialogar con la
tierra, de mostrar lo que aprendió, de arriesgarse, de intentar algo diferente y,
finalmente, de poner sobre sus hombros el resultado.
Quizá por eso me cuesta llamarlo simplemente
ganador, un ganador es quien obtiene una victoria. Pero una hazaña necesita
algo más. Necesita tiempo, necesita dificultad, necesita perseverancia,
necesita la posibilidad real de no conseguirlo.
Y John Jairo tuvo todas esas cosas. Tuvo que
esperar meses para saber si las flores estarían listas, tuvo que enfrentarse a
un clima que no entiende de calendarios, tuvo que cuidar cerca de 80
variedades, tuvo que volver a intentarlo y tuvo que confiar nuevamente en la
tierra. Cuando finalmente llegó el desfile, todo aquello que había comenzado
muchos meses atrás apareció frente a Medellín convertido en una silleta. El
público vio flores.
Yo, después de conocer un poco de la historia
que había detrás, empecé a ver otra cosa. Vi al niño que acompañaba a su padre,
vi los más de 40 años cultivando, vi las madrugadas, vi la tierra preparada
desde diciembre, vi las flores que podían no llegar a tiempo, vi los siete
meses de espera de algunas de ellas, vi las 80 variedades. Vi el 2017 y vi el
2026.
Tal vez una palabra no pueda cargar todo lo que
significa. Quizá por eso necesitamos catorce sinónimos para intentar
explicarla. Después de conocer la historia de John Jairo Grajales Gómez, creo
que ninguna alcanza. Porque una hazaña no está solamente en el momento en que
alguien gana. Está en todo lo que hizo cuando todavía nadie sabía si iba a
ganar: en la tierra preparada con meses de anticipación, en la semilla que
todavía no era flor, en la flor que podía no llegar, en la espera, en la
incertidumbre del clima, en las manos que cultivan, en el padre que enseñó y en
las generaciones que mantienen un apellido unido a una tradición.
Por eso, aquella silleta que a primera vista
parece cargada solamente de flores, en realidad lleva mucho más. Lleva
diciembre y la tierra preparada, las semillas, los meses de espera, las cerca
de 80 variedades, las manos que cultivaron cada una de ellas y los más de 40
años que John Jairo lleva aprendiendo de la tierra. Lleva también la memoria de
su padre, la historia de varias generaciones de silleteros y una tradición que,
cada año, vuelve a ponerse sobre los hombros de alguien.
Y este año carga algo más.
Por segunda vez, después de 2017, sobre los
hombros de John Jairo Grajales Gómez se vuelve a posar una palabra que parece
demasiado pequeña para contar todo lo que hay detrás: hazaña.
Muchas felicitaciones,
don John Jairo. Que sigan las flores. Y, sobre todo, que
sigan las hazañas.
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