viernes, 26 de noviembre de 2021

Tortuoso camino

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Cinco años celebra el acuerdo de paz. Más de cuatro tomó firmarlo. Una década dilatarlo. Por lo menos 30 anhelarlo.

Belisario Betancur fue el primer mandatario que recurrente y formalmente, en su discurso, habló de la paz y de la necesidad de alcanzarla. Romántico y poeta soñador, suspiraba con el asunto, después de ser testigo de primera mano del desangre bipartidista y de los albores de la guerrilla. Banderas blancas y palomas resultaron ser icónicos símbolos que se fueron desgastando con el paso de los años, por los escasos resultados y por la falta de voluntad política para lograrla por parte de quienes tenían en sus manos hacerlo.

No ha sido fácil, no todo ha sido fracaso, pero es un hecho que, desde entonces, hemos recorrido un tortuoso camino hacia la paz. Hubo evidencias relativamente tempranas de que era posible. Sobresale lo logrado con el M-19, un grupo que siempre rompió el molde de la guerrilla convencional, comunista e influenciada ideológicamente por las líneas de Moscú o Pekín. Sin embargo, la paz ha tenido siempre enemigos y detractores, unos ocultos y soterrados, otros abiertamente manifiestos. Pareciera que la paz no es un unánime objetivo y eso resulta desconcertante.

Personalmente estoy convencido de que hay un grupo importante para quien la guerra, o conflicto armado, o como quieran llamarlo, es un negocio lucrativo. Al fin y al cabo, la venta de armamento a nivel global es rentable como toda industria que se respete. Tendrá, pues, que alimentar destrucción y muerte en cualquier latitud mundial, paradójicamente, para poder sobrevivir. Divide y reinarás es su consigna porque, como dice otro adagio: en río revuelo, ganancia de pescadores.

Para otros, no puede haber paz si no hay vindicación. La monstruosa guerra ha generado miles de víctimas en todos los bandos. Sabido es que muchas familias han padecido en carne propia la tragedia de perder miembros de uno y otro lado. El dolor es enorme y las heridas están abiertas. No es fácil eso de perdón y olvido. La memoria se mantiene viva y por eso la repetición es una amenaza constante.

Pero también el asunto es de justicia y equidad. En tanto no existan, la paz no será posible. Respecto de la justicia, duele en el alma la impunidad. Todo tipo de desgracias acontecen y no pasa nada. Sin Dios ni ley los delincuentes, vulgares y los de alto coturno, se pasean orondos y retadores, fortalecidos frente a un sistema penal debilitado, sin dientes ni recursos, cada vez son más descarados y agresivos. Respecto de la equidad, es vergonzoso saber que nuestro país es de los más inequitativos del mundo por la distribución de su riqueza: unos pocos tienen mucho y la gran mayoría poco o nada. Si eso que está de moda llamar capitalismo consciente se hubiera puesto en práctica antes, los ricos tendrían más riqueza, pero habría poca pobreza y una mayoritaria clase media con sus necesidades básicas satisfechas. Otro sería el cuento.

Hace casi 40 años el presidente de la Comisión de la Verdad, Francisco de Roux, escribió un texto magistral sobre los vacíos de la paz, un escrito ágil y asequible para comprender que, en tan complejo panorama colombiano, unas cuantas y acertadas decisiones hubiesen marcado un rumbo diferente y agrego yo, muchas vidas se habrían salvado y seríamos un país próspero y con mejores estándares en todo.

La paz seguirá su tortuoso camino hasta que dejemos de ser tan mezquinos solipsistas que solo pensamos en nuestro confort particular, así los otros estén en la olla, y, hasta que efectivamente y con hechos demostremos que ese cacareado amor por la patria se traduce en transformaciones sociales profundas. Es claro que solo los acuerdos firmados no eran suficientes y que por más fallas que pudieran tener eran el inicio de una nueva etapa, pero primó más el afán de retaliación, del “ojo por ojo y diente por diente”, así quedemos todos ciegos y muecos. Entre tanto, otros nos están sacando provecho. Así las cosas, hago un llamado a los tuertos que quedan para que tengan un tris de sensatez y cordura a ver si logramos salvarnos y vivir en paz.


jueves, 25 de noviembre de 2021

Vigía: de Rittenhouse a Cali

Coronel John Marulanda
Por John Marulanda*

El caso Rittenhouse en Estados Unidos es emblemático de lo que está sucediendo, no solamente allá, sino en Latinoamérica. Una guerra no declarada, en las calles y contra el establecimiento, contra la cultura occidental de familia, religión, propiedad privada, empresarismo, libertades y tolerancia. Un sometimiento de la ciudadanía pacífica a la violencia de unos pocos armados.

Marxistas leninistas en Estados Unidos

Kyle Rittenhouse formaba parte de un grupo de seguridad vecinal, activado a raíz del vandalismo que siguió a la muerte de George Floyd a manos de un policía blanco en mayo de 2020. Las protestas convocadas por Black Lives Matter (BLM), cuyas fundadoras y cabecillas (Garza, Cullors y Tometi) se declaran marxistas leninistas, seguidoras de Assata Shakur, una terrorista ex Pantera Negra asilada política en Cuba, en donde también están protegidos los cabecillas del ELN, todos con circular roja de la Interpol. Una turba atacó y derribó a Kyle, quien, haciendo uso de la segunda enmienda, portaba un arma larga. Desde el piso, abrió fuego y mató a dos de sus agresores: uno había pasado 14 años en prisión en el 2002, por abuso sexual contra menores, y el otro también había cumplido condena por violencia intrafamiliar y escándalo público en 2012. Un tercer agresor resultó herido y admitió que había apuntado su arma contra Rittenhouse, antes que este disparara.

Muchos políticos norteamericanos calificaron al joven de supremacista blanco (presidente Biden), hombre violento y peligroso (Di Blassio, alcalde de NY, que admira al Che Guevara) y la prensa demócrata pintó el caso como un incidente racista, a pesar de que ambos muertos eran blancos.

Pero un jurado sensato, entendió que Rittenhouse empleó el derecho universal a la legítima defensa y lo declaró inocente de los cargos de homicidio.

Recientemente, también en Colombia, un médico en legítima defensa mató a tres asaltantes en un puente peatonal en Bogotá. El hecho sucedió en enero y en julio de este año, un juez falló a favor del galeno. La opinión pública que en más de un 70% no cree la justicia neogranadina, que está abrumada por la inseguridad y que mira con desconfianza que hasta las armas traumáticas sean restringidas, tiene como referencia fresca este caso.

… Y en Latinoamérica

Colombia es el único país del mundo en donde no un joven civil como Rittenhouse, sino un soldado de la República, en cumplimiento de una orden de operaciones, uniformado, equipado y con un arma constitucional en sus manos, permitió que un indígena borracho y amenazante le colocara un machete en el cuello y entregara al azar su derecho a la legítima defensa. Entonces, los indígenas caucanos envalentonados avanzaron el pasado abril sobre Cali y la destruyeron. Consecuencias de un ejercicio de autoridad claudicante. Ahora planean volver a la misma ciudad, ante unas autoridades conciliadoras y convencidas de que los lobos son vegetarianos. Dudo mucho que esta nueva protesta indígena se realice en paz. Si así sucede, gran logro. Pero la experiencia nos dice que estos deseos pasan casi siempre como ingenuidad o inexperiencia.

La ley del machete, es la que parece estar imperando en las protestas “pacificas” colombianas, con un claro propósito de desestabilización preelectoral.

El uso de la fuerza letal es válido por parte de militares y policías, ante una grave e inminente amenaza contra su vida. Las condiciones de proporcionalidad, discriminación, advertencia, etcétera, no impiden que una agresión con un machete, dirigida a la humanidad de un uniformado, pueda ser repelida por uno o varios disparos. Un proyecto de seguridad ciudadana, radicado por el gobierno de Duque, urge ante cifras de homicidios al alza (+18.3%) y de lesiones personales subiendo (+18.7%). En lo relacionado con la legítima defensa, el proyecto establece presunciones legales que favorecen a las víctimas.

Cota: la eventual decisión del gobierno demócrata norteamericano de excluir a las Narcofarc de la lista de organizaciones terroristas, a pesar de sus estrechos vínculos con Hezbolá en Venezuela, demuestra el desinterés de Washington por las dinámicas regionales. Pero la injerencia cubana y venezolana a través de las FARC, el ELN, Hezbolá, Rusia, China e Irán en las turbulencias preelectorales colombianas, es una amenaza directa a la seguridad de US. Tanto como el caso Rittenhouse.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Ante el Gulag colombiano

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

En la literatura del siglo xx ocupa un importantísimo lugar la novela, si así puede llamarse “El Archipiélago Gulag”, de Alexandr Solzhenitsyn, un inmenso documental sobre las infinitas facetas criminales y carcelarias que sirvieron de fundamento al Imperio Soviético.

No han faltado en la historia la crueldad y el terror, la guerra y la dominación, pero esas situaciones siempre fueron consideradas como abusos criminales, mientras en el sistema marxista-leninista devinieron el propio fundamento del Estado, porque la revolución divinizada, fuente del derecho, solo puede realizarse a través de la creciente y deliberada violencia que requiere sustentarla.

Una cosa es aceptar y practicar la violencia, y otra es reconocerla frente a la humanidad. Mientras más violento, represivo, cruel y sanguinario, más intenso el esfuerzo publicitario para presentar un régimen de terror como el abanderado único de la paz, la justicia social y la benevolencia. Hay que recordar las imágenes que se difundieron para pregonar la bondad de Lenin —el ideólogo del terror—, y de sus más aventajados seguidores, el “padrecito Stalin” y “el Gran Timonel” Mao Tse-tung, para no detenernos en los Kim, los jemeres rojos y Fidel.

Ahora bien, a partir de la Revolución Rusa, una propaganda tan falaz como exitosa afectó, a partir de la educación y los medios, a centenares de millones en Occidente, que llegaron a creer en el paraíso que el comunismo ofrecía, después de la derrota del nazismo, dictadura igualmente atroz. A partir de 1945, la propaganda decidió que la historia se divide entre lo negro y aterrador, el fascismo, y lo blanco y refulgente, el socialismo.

Afortunadamente los abismos del horror comunista no pudieron ocultarse definitivamente, a medida que investigaciones históricas, económicas y políticas demostraron que el comunismo solo produce barbarie, opresión y hambre. Las juventudes europeas, a partir de los años 70-80, fueron abriendo los ojos. Buena parte de este descubrimiento se debe a obras tan descriptivas como las de George Orwell, “La granja de los animales”, y “1984”; “El cero y el infinito”, de Arthur Koestler; “La noche quedó atrás”, de Jan Valtin, “La hora 25”, de Virgil Georghiu y “El doctor Zhivago”, de Boris Pasternak, entre muchas que revelaron los aspectos más aterradores del comunismo en los desventurados países que lo padecían. Pero ninguna fue tan contundente como “El Archipiélago Gulag”, narración sobre ese inhumano sistema, tan extensa como detallada.

Después de la aparición en Occidente de la obra de este gran escritor ruso, ignorar esa denuncia constituye mala fe.

El lector excusará este proemio, porque en Colombia el avance de la propaganda comunista entre la juventud indoctrinada en las universidades ha creado un clima cultural predominantemente marxista, muy parecido al que sufrió la juventud europea, como hemos visto atrás, porque  en nuestro país se viene montando una narración maniquea, donde las luces las exhibe la izquierda, mientras los demás son “fascistas”, corruptos, asesinos y “de extrema derecha”, que tienen a su servicio, para reprimir y asesinar al pueblo, a las fuerzas armadas.

Contra la anterior situación de derrota cultural y política, los gobiernos no han reaccionado hasta ahora. Al contrario, la tolerancia ha sido la costumbre, hasta llegar a la entrega de la justicia, a la Asonal Judicial; de la educción, a la Fecode; de los medios, a los mamertos; y en el Legislativo se han escriturado unas dos docenas de curules a los perores criminales de lesa humanidad. Y como si esto fuera poco, el futuro de las fuerzas militares depende de la JEP, uno de los tentáculos de la hidra de las “altas cortes”, que usurpan todos los poderes públicos.

En medio del desolador panorama anterior, debemos celebrar la tardía pero ejemplar respuesta de las fuerzas militares, que acaban de entregar a la JEP una denuncia de más de 9000 páginas, con el inventario detallado de las atrocidades de la guerrilla contra los niños, los campesinos, los secuestrados, los militares, los policías, y acerca de los campos anegados en petróleo, los mutilados por minas, el auge de los narcocultivos y miles más de crímenes.

Sin embargo, no basta con entregar ese estudio a la JEP, organismo al servicio de la subversión donde ni siquiera lo van a abrir. Hay que resumirlo en un tomo accesible al lector común, divulgarlo a través de los medios masivos con igual intensidad a la que recibió la lucha contra el covid (porque perder la libertad es peor que la muerte), hay que llevarlo a la academia, y así sucesivamente, para que el pueblo conozca el futuro que nos espera, si las elecciones las gana el candidato de las FARC, del narcotráfico, del castrochavismo y del Foro de Sao Paulo.

Hoy, no basta con una breve reseña de esa denuncia, para olvidarla luego, como tantas otras. Ese esfuerzo no puede convertirse en otro documento histórico inocuo.

***

El candidato de marras dice que es cosa de Uribe lo que la congresista norteamericana María Elvira Salazar dice de él (“ladrón, marxista y terrorista”). En vez de amenazar y vociferar, ojalá ese individuo fuera capaz de refutarla. En Colombia, en cambio, ¡es el “doctor” y el “honorable senador” por aquí y por allá, una y otra vez!

martes, 23 de noviembre de 2021

De cara al porvenir: no ha faltado el sirirí

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

El sirirí es un ave caracterizada por su mal humor y su territorialidad, pero en nuestra cultura se le relaciona con la insistencia excesiva o, en otras palabras, por ser atormentador y cansón.

En este artículo no se hará referencia a la fauna política, repleta de estas aves, sino a nuestro deporte bandera, el ciclismo, en el que hemos estado desde hace casi cuatro décadas en la élite mundial ganando, incluso, las tres grandes vueltas, pero en el que se hubieran podido tener más triunfos si, a lo largo del tiempo, no hubiera existido un sirirí.

En los años sesenta nuestro máximo ídolo ciclístico y mejor deportista del siglo XX, Cochise, intentó varias veces obtener el título mundial en su especialidad de pista, los cuatro mil metros persecución individual y… allí encontramos al primer sirirí: el suizo Xaver Kurmann. Por fortuna en 1971 en una carrera memorable Cochise obtuvo un merecido triunfo frente al también suizo Josef Fuchs.

En los años ochenta del siglo pasado llegó el primer desembarco masivo de ciclistas colombianos a Europa. Sin mucha técnica, sin ningún sentido de la estrategia, pero con mucho coraje y condiciones innatas, empezaron a disputar carreras del circuito aficionado, como el Tour del Avenir. Llegaron Alfonso Flórez y Patrocinio Jiménez, entre otros, y encontraron su sirirí. El soviético Serguéi Sujoruchenkov, más conocido como Suko, privó a los escarabajos de muchos triunfos en etapas de montaña y de títulos en vueltas. Sin embargo, el inolvidable Alfonso Flórez Ortiz, el Petit Diable, en el año 1980 logró un apoteósico triunfo en el Tour del Avenir venciendo al sirirí.

Y llega la era del profesionalismo y se asume el reto de correr contra los monstruos del ciclismo mundial. Era la época gloriosa de Bernard Hinault y allí llegaron Herrera, Parra, Pacho Rodríguez y otros grandes corredores, a terciar en las grandes vueltas y cuando se retira Hinault aparece un sirirí: Laurent Fignon. Y cuando no está Fignon y parece que, por fin, se podrá coronar una gran vuelta, aparece el vaquero Greg Lemond de Estados Unidos, un país al que en el espectro ciclístico no se le tenía en cuenta para nada, y ganó tres veces el tour de Francia. Pero, bueno, aún en esta época un colombiano, Lucho Herrera, ganó por primera vez la vuelta a España.

Pasó el tiempo, hubo cierto bajón en la participación en grandes vueltas, solo algunos ciclistas colombianos, entre ellos Santiago Botero, se destacaron y hay un lapso dominado por una figura excluyente, un monstruo con pies de barro: Lance Armstrong con sus siete tours. Y llega una nueva camada colombiana encabezada por Nairo Quintana. En su primer Tour de Francia es segundo en la general, ganador de la camiseta blanca y de la emblemática camiseta de la montaña y parecía que inevitablemente vendría una cadena de triunfos en grandes vueltas y en parte lo logró con un Giro de Italia y una Vuelta a España, pero en el Tour de Francia... apareció un nuevo sirirí: Christopher Froom y allí fueron otro segundo lugar y uno tercero para Nairo y un segundo lugar para Rigo Urán.

Cuando coincide la decaída de Froom por una grave lesión con la aparición del nuevo fenómeno, el joven Egan Bernal, quien gana el primer Tour de Francia para Colombia y un Giro de Italia, aparecen de la nada y de un país sin mayores antecedentes ciclísticos dos nuevos sirirís: los eslovenos  Primoz Roglic, ya veterano, y sobre todo Tadej Pogacar quien a sus veintitrés años se presenta como el sirirí al que tendrá que enfrentar Egan Bernal y los ciclistas colombianos en general si quieren volver a ganar una gran vuelta y, en especial, el Tour de Francia.

Pero también podemos verlo desde la otra orilla y, con seguridad, Egan, Nairo, Rigo, López, Higuita y otros más de los que en Colombia se producen de manera silvestre, seguirán siendo los sirirís para los corredores europeos y obtendrán nuevos triunfos en las grandes vueltas.

¡Que viva el ciclismo!

lunes, 22 de noviembre de 2021

Aspirantes a la Presidencia

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.*

En Colombia nos movemos al vaivén de los acontecimientos diarios, no trabajamos la planeación, ni menos lo hacemos por objetivos; la opinión cambia de un lado a otro de acuerdo con el comportamiento, opinión, o manifestaciones de los políticos, quienes no tienen planes de trabajo, no quieren pertenecer a los partidos tradicionales, y quieren ser ellos, sin exclusión alguna, los salvadores de la nación, creyendo que, con sus propias ideas, permitirán el avance y desarrollo de Colombia.

Están equivocados de principio a fin. Ninguno, ni el más inteligente, avezado e intelectual o el más ignorante de todos, que son varios, lograran dar unidad a Colombia si no existe un propósito común. Si no, díganme ustedes si alguien que llegue a la Presidencia de la República podrá gobernar con independencia si una mayoría no lo acompaña en el Congreso y así lograr sacar avante los proyectos y promesas que efectúa en la contienda electoral.

Hoy casi sesenta (60) candidatos están en el ruedo buscando ya sea por firmas, avales o partidos acceder a la contienda electoral. Cuánto dinero no se está moviendo entorno de ellos, porque conseguir las firmas requeridas vale dinero, y mucho, seiscientas mil firmas requieren una movilidad de personas en cada región del país para conseguirlas, una tarea no inferior a los mil doscientos millones de pesos ($1.200.000.oo), sino es más; entonces multipliquen por los que están recurriendo a ellas y son miles de millones de pesos los que se están invirtiendo en una aventura electoral, que al final tendrá, en la segunda vuelta, dos candidatos, y por ello la pregunta es ¿quién los financia, por qué y para qué?

Esa es la pregunta que nos hacemos la gente del común, los ciudadanos de a pie… qué sentido tendrá ser presidente de Colombia, por cuanto esa posición a la que se llega ya está vendida y pone en riesgo ese triunfo a la economía, la seguridad jurídica y al desarrollo del país, al tener comprometida la gestión por deber favores y dinero.

Por ende, la primera propuesta que les efectúo en el día de hoy es que las campañas presidenciales sean financiadas por el Estado, que no se admita ni un solo dinero privado, ni de empresas y menos de personas naturales; que trabajen al momento de cierre de inscripciones con dineros estatales, que no sean excesivos, que tengan el mismo acceso en tiempo a la radio, televisión y prensa, que no se vote el dinero, que no se comprometa el futuro del país con financiadores privados, sean personas naturales o jurídicas, que son las que impiden el desarrollo armónico del país.

Sabemos todos que de estos candidatos que están en la mira pública, llegarán a la primera vuelta electoral un máximo de diez (10), unos serán los que se acuerden por la Alianza Verde; otros, los de la experiencia, los de la esperanza, Centro Democrático, liberales, conservadores, los de Petro (el solo) y alguna otra facción que se me olvida en este escrito. De todos ellos llegarán a la segunda vuelta únicamente dos… entonces vuelvo y pregunto, los otros ¿qué harán para pagar las obligaciones económicas que les quedan luego de ser aspirantes, o será que ese solo hecho les genera rendimientos económicos? Vaya pregunta y la respuesta no sé quién nos la puede dar. Lo que sí les puedo decir es que el fenómeno de la corrupción es lo que más afecta la credibilidad ciudadana, nadie cae preso, nadie reintegra dineros o poco es lo que se logra, y por ello no podemos permitir que sean ellos los que financien las campañas.

Me decían en una tertulia el día de ayer que Colombia es modelo de democracia comparada con Nicaragua, Venezuela y otros países suramericanos, países en los que meten a la cárcel a los aspirantes despejando el camino para la reelección a quien gobierna. La respuesta que yo les di y reitero hoy es que eso de allá no es democracia, es una dictadura absurda, un remedo, un abuso de poder y que por ende no es posible ni viable comparar esos países con ninguno otro. Que debemos es derrocarlos y convocar a elecciones libres, que permitan prosperar esas economías y dar mejores condiciones de vida a los ciudadanos de esos países.

Digo y me reafirmo, que cuando un país tiene 60 o más candidatos presidenciales no conlleva eso a afirmar que es una democracia legitima, diría yo que es una democracia endeudada, sujeta a los que están detrás del poder, al acecho, esperando la retribución de los servicios ofrecidos a través de dadivas y auxilios; ellos son los verdaderos corruptos que acaban con las arcas públicas enriqueciendo a unos y empobreciendo a la mayoría.

En conclusión, puedo afirmar que la proliferación de candidatos no es una muestra de democracia, que lo que es cierto es que la ausencia de partidos serios, con ideología y principios conlleva al caos de nuestro país. Por consiguiente, invito a los ciudadanos a que nos pellizquemos, pensemos en una verdadera democracia con responsabilidad y que obtengamos gobiernos que sí crean en la democracia, no la utilicen y no obtengan beneficios para ellos; será la única forma de que las libertades y opiniones prosperen en Colombia.

Nunca es tarde para obtener un mejor país.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Y, ¿quién defiende nuestra soberanía nacional?

Luis Alfonso García Carmona
Por. Luis Alfonso García Carmona

Olvidamos los colombianos los grandes temas que afectan al país para dedicarnos a las estériles discusiones puntuales sobre los personajes, sus intrascendentes discusiones, o, simplemente, para dar rienda suelta a nuestros pasionales odios o afectos en materia política.

Hablemos, por ejemplo, de la soberanía nacional. El concepto de soberanía es, desde la época de Jean Bodin, el poder absoluto y perpetuo de una república; y soberano es quien tiene el poder de decisión, de dar leyes sin recibirlas de otro, es decir, aquel que no está sujeto a leyes escritas, pero sí a la ley divina o natural.

Nuestra carta política lo consagró en su artículo 3º. “La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público. El pueblo la ejerce en forma directa o por medio de sus representantes, en los términos que la Constitución establece”.

Es, ni más ni menos, que el fundamento de la existencia de Colombia como país independiente y, como tal, debemos preservarlo por encima de otras consideraciones.

Sin embargo, no ha sido así en la última década, lo cual, ha contribuido en forma determinante en la crisis política que ahora nos golpea.

El pueblo, depositario por mandato de la Constitución del poder soberano, rechazó en el plebiscito de 2016 la negociación adelantada por el presidente Santos y la guerrilla de las FARC. No obstante lo anterior, una mayoría del Congreso se abrogó la facultad de ratificar el acuerdo que el pueblo soberano había rechazado y una Corte Constitucional prevaricadora avaló semejante engendro jurídico, con la complicidad de la izquierda nacional e internacional.

Luego, mediante un procedimiento no contemplado en nuestra normatividad, el fast track, se incorporaron normas espurias a nuestra carta política, como la que dio origen a la llamada Justicia Especial para la Paz (JEP). Nuevamente se violentó nuestra soberanía al permitir que un grupo de extranjeros (curiosamente de ideología marxista-leninista) designaran los magistrados de este exótico tribunal y que expertos juristas extranjeros intervengan en sus procesos (Art. 7º. A. L. 01 de 2017). Desde la época colonial los colombianos no habíamos sido juzgados por extranjeros.

Un Estado soberano no permite la injerencia de otros países o de organizaciones internaciones en sus asuntos internos.

Después de la sesgada actuación de los comisionados de Naciones Unidas permitiendo toda clase de engaños al Estado colombiano en la desmovilización de guerrilleros y en la entrega de armamento, esta organización se ha dedicado a exigir estricto cumplimiento de los acuerdos a una de las partes (el Gobierno) obviando el incumplimiento de la otra (la guerrilla). Como premio, el presidente Duque le prorrogó los contratos de asesoría a los delegados de esa “cueva de mamertos” en que se ha convertido la ONU. De otro lado, la CIDH de la OEA se convierte en altoparlante de los movimientos subversivos declarando que ha habido violación de derechos humanos por parte de la fuerza pública en la toma guerrillera de las ciudades colombianas, sin mencionar para nada los crímenes de lesa humanidad cometidos por los vándalos alentados por los movimientos de izquierda.

Sobra mencionar, porque es de todos conocida, la abierta intervención de la dictadura cubana impulsando la subversión en nuestro territorio desde hace varias décadas. No hace mucho asiló a los autores del genocidio cometido contra alumnos de la Escuela de Policía y se niega sistemáticamente a extraditarlos pasando por encima de la debilidad de nuestro gobierno en materia de defensa de la soberanía.

Para rematar, nos informan de un acuerdo celebrado por el presidente Duque con la Corte Penal Internacional, según el cual el Gobierno se compromete a blindar hacia el futuro a la JEP, a cambio de que la CPI cierre unos procesos iniciados contra nuestro país. Se hipoteca nuestra capacidad de dictar nuevas normas para modificar esa fábrica de impunidad, entregando de paso nuestra soberanía a este organismo.

Ya es hora de contar con un Gobierno con el carácter requerido para defender nuestra soberanía, cuya conquista representó muchas vidas y mucha sangre derramada. Al parecer, no es un tema que interese a nuestros gobernantes ni a los candidatos a la Presidencia. Entonces, ¿quién podrá defendernos?

viernes, 19 de noviembre de 2021

Caos capitalino

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

La diatriba no es contra la alcaldesa, porque manejar un monstruo de ciudad como esta no es ni será fácil para quien aspire a ganarse tamaño dolor de cabeza. Un solo funcionario, por más bueno que sea, nunca podrá hacer mayor cosa si no es de la mano de la cooperación ciudadana.

Bogotá, como capital del país, es y debe ser una ciudad abierta a todos. No es el pueblo de los rolos, es la capital de la República, es el centro de la nación entera. Esa es su fortaleza, pero también es su mayor debilidad: ser de todos y ser de nadie. Porque aquí todo el mundo se siente con derechos, pero pocos quieren cumplir con sus deberes y así no debe ser.

He vivido y conocido bastante otras ciudades y la gente quiere lo suyo. Lo siente como propio, lo cuida y lo defiende. Bucaramanga y Pasto, por ejemplo, son vivideros muy agradables. Cali era el modelo de ciudad cívica y desde hace algún tiempo comenzó a dejar de serlo, particularmente después del paro es un auténtico caos. Medellín, otro ejemplo, a pesar de su desbordante crecimiento en un valle que ya no aguanta más edificios (el 75% vive en propiedad horizontal) y cuyas estrechas vías no soportan un vehículo más es, sin embargo, todavía, una ciudad con alto nivel de civismo. Ejemplar la cultura Metro: la limpieza y organización de sus estaciones, los vagones impecables, el celo que hay en todos por cuidar este bien común. Hay cultura ciudadana, hay sentido cívico.

Ad portas de entrar en los 60 y debe ser por eso, porque me voy volviendo viejo, no dejo de lamentar que hayan suprimido en el currículo escolar las clases de urbanidad y cívica, comportamiento y salud, educación moral y religiosa y que esté en crisis la de ética y valores. No nos digamos mentiras, ni seamos políticamente correctos, una población maleducada como la que hoy tenemos es germen de muchos males sociales.

La experiencia que yo tengo a diario es que aquí la gente hace lo que se le da la gana. La agresividad de quienes conducen un vehículo es su nota característica pues impera la ley del más fuerte. Así los otros se perjudiquen, se trata de imponerse y hacer sentir su fuerza y poderío. Motociclistas, ciclistas y peatones, literalmente, se lanzan a los carros en actitud retadora y hasta grosera. Se atraviesan, cierran el paso, invaden el carril de velocidad para imponer su ritmo lento, nadie quiere ceder el paso al otro y si pone las direccionales pidiendo cambio de carril más rápido aceleran la marcha para impedirlo. La malla vial da grima y evidencia lo chambones que han sido muchos de los contratistas que la han “arreglado”. Por haber querido desestimular el uso del vehículo con un restrictivo pico y placa, lograron duplicar las ventas de automóviles para tener en casa la otra placa y poder movilizarse.

La inseguridad aumenta y la delincuencia rampante se pasea oronda. El 77 % de los capturados en flagrancia quedan en libertad para seguir haciendo de las suyas. Se sabe que estamos en un país de impunidad, donde desde el ladrón de barrio y el de cuello blanco, hagan lo que hagan, no les pasa nada y, si les pasa, al poco tiempo quedan libres para disfrutar lo robado y seguir cometiendo fechorías.

Desde hace muchos años, no tengo noción de que el pueblo capitalino asegure haber tenido un buen alcalde, todos son juzgados duramente y hay descontento, pero la fiebre no está en las sábanas, tenemos un pueblo inculto y carente de mínimos modales, agresivo y violento, sin sentido de pertenencia y de lo cívico, que exige todo y no aporta nada. Y vamos a estar peor si no hacemos algo pronto para cambiar este panorama. El caos capitalino es evidente.