jueves, 5 de marzo de 2026

Cómo perpetuar a Petro en el poder

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Según la reciente encuesta de Invamer, la favorabilidad de Petro se elevó al 49,1 % mientras descendió su desfavorabilidad al 46,1 %. Quiere ello decir que Colombia se volvió petrista o que, la mayoría de los encuestados, que representan la opinión de la población, están de acuerdo con la gestión de la extrema izquierda en el poder. La tan “criticada paz total” parece ser la solución indicada para los problemas de inseguridad; las reformas al sistema de salud están garantizando los servicios asistenciales con eficiencia y prontitud; vivimos un florecimiento económico pues no se ha perjudicado el sector privado, ni las finanzas del Estado, ni ha aumentado el costo de vida con el aumento del salario mínimo a niveles nunca vistos. El que piense lo contrario seguramente no ha leído la encuesta o no ha comprendido sus conclusiones.

Este promisorio futuro que se desprende de la favorabilidad de la gestión se intensificará con la probable elección de su sucesor, el candidato de las FARC, Iván Cepeda, que entra también dentro de las predicciones de Invamer.

Nos toca, en consecuencia, garantizar la perpetuidad del régimen petrista, en cabeza de su sucesor, quien ha manifestado que su programa de gobierno consiste en continuar y profundizar las reformas de su socio Petro. ¿Cómo podemos perpetuar el mandato de Petro en las próximas décadas? De tres maneras:

a. Votando en elecciones de Congreso por el Pacto Histórico y en las Presidenciales por el sucesor de Petro, Iván Cepeda:

b. Votando las consultas partidistas que distraen los votos y evitan que tome más fuerza la candidatura de Abelardo de la Espriella, único que podría evitar la llegada de Cepeda al poder; y,

c. Abstenerse de votar en las elecciones, quedarse en casa, salir de paseo, no preocuparse por la política, y permitir que sí lo hagan los partidarios de Cepeda, quienes votarán por nosotros.

Cualquiera de estas conductas garantizará que se perpetúe el régimen petrista para que sigamos viviendo sabroso y respondiendo a las encuestas afirmativamente sobre la favorabilidad del régimen comunista de Cepeda.

La república del estanque

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Este 8 de marzo son las elecciones legislativas y algunas consultas. La invitación es a que hagas uso del derecho al voto. No importa tu partido político ni tu preferencia: solo hazlo.

Por este motivo les quiero compartir una palabra, algo larga, cuyo origen se remonta a un relato de la antigua Grecia, tradicionalmente atribuido a Homero, aunque estudios modernos lo consideran una obra anónima. Batracomiomaquia (Βατραχομυομαχία) significa literalmente “la batalla de las ranas y los ratones” (de batrachos = rana, mys = ratón, maché = batalla).[1]

No toda guerra comienza con una bala, algunas empiezan con un malentendido.

En la antigua Batracomiomaquia, una rana invita a un ratón a cruzar el agua sobre su lomo. Aparece una serpiente, la rana se sumerge por instinto. El ratón muere ahogado, lo que pudo ser un accidente se convierte en traición. Lo que fue miedo se interpreta como perfidia. Y el estanque se transforma en campo de batalla.

Nada más humano.

Colombia no es un estanque, pero a veces se comporta como uno. Aquí también sabemos convertir el sobresalto en agravio histórico. Una frase mal dicha se vuelve ofensa estructural. Una reforma torpe se lee como conspiración. Un error político se narra como acto deliberado de destrucción nacional, no discutimos hechos: discutimos relatos.

En el poema, los ratones se reúnen en asamblea. Pronuncian discursos inflamados, Invocan el honor. Las ranas hacen lo mismo. Cada bando se siente víctima legítima, cada cual eleva su versión a categoría de epopeya. La escena es ridícula: cáscaras de nuez como cascos, espinas como lanzas. Pero el tono es solemne, casi sagrado, como si se tratara de una nueva Ilíada.

Y ahí está la ironía.

Porque el problema no es el conflicto. El problema es el tono.

En Colombia hemos aprendido a hablar en modo épico. Todo es definitivo, todo es histórico, todo es el fin o la salvación de la patria. La política ya no se ejerce como administración imperfecta de lo posible, sino como cruzada moral contra el enemigo.

Y cuando el adversario se convierte en enemigo, el diálogo se vuelve traición.

En la Batracomiomaquia, los dioses observan desde lejos. Solo intervienen cuando el combate se desborda. En nuestra realidad, esos “dioses” adoptan otras formas: la economía global, los mercados, las decisiones judiciales, la presión internacional, la opinión pública que cambia de humor como el clima de montaña. Mientras aquí nos declaramos guerras simbólicas, fuerzas más grandes deciden silenciosamente el desenlace.

La batalla termina en un día. Pero el absurdo permanece.

Tal vez la enseñanza más incómoda del poema no es que las ranas o los ratones sean ridículos. Es que lo toman demasiado en serio. ¿Será ese nuestro espejo?

No porque la política colombiana sea trivial —no lo es—, sino porque la sobredimensionamos narrativamente hasta que cualquier diferencia se vuelve abismo. Elevamos el desacuerdo a tragedia nacional, hacemos de cada estanque una Troya imaginaria.

Mientras tanto, la vida cotidiana sigue: la gente trabaja, ama, sobrevive, improvisa. El país real no siempre coincide con el país épico que gritamos.

Tal vez necesitamos bajar el volumen

aceptar que no toda retirada es traición,

que no todo error es conspiración

y que no todo opositor es enemigo.

La épica tiene algo embriagador: nos hace sentir protagonistas de la historia. Pero también nos vuelve incapaces de convivir.

A veces la verdadera valentía política no consiste en ganar la batalla, sino en negarse a convertir cada diferencia en guerra.

Porque cuando croamos demasiado fuerte o roemos en la sombra con sospecha permanente, el estanque se enturbia. Y en aguas turbias, nadie cruza al otro lado.

Conversatorio con Marco Antonio Velilla Moreno


Antonio Montoya H.
En el conversatorio de la semana de El Pensamiento al Aire, el invitado es el jurista colombiano Marco Antonio Velilla Moreno, candidato al Senado de la República, quien nos comparte sobre sus logros profesionales y su visión de lo que se puede hacer por el país desde el Congreso. No dejes de verlo.

Cuenta con una amplia trayectoria en el ámbito del derecho público y económico. Es abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana y realizó estudios de posgrado en Francia, entre ellos una maestría en Derecho Civil en la Universidad París II y una maestría en Derecho Económico en la Universidad de Orléans. En el campo profesional se desempeñó como magistrado del Consejo de Estado durante ocho años, donde participó en decisiones relacionadas con servicios públicos, competencia económica, propiedad industrial y protección de los consumidores. También ha sido asesor de entidades públicas y privadas, de la Presidencia de la República y de la Superintendencia de Industria y Comercio, además de ejercer la docencia universitaria. Velilla ha participado en procesos para altos cargos del Estado, entre ellos la terna para la elección de Fiscal General de la Nación, y ha desarrollado una labor académica y de investigación en temas jurídicos y regulatorios. Su trayectoria combina experiencia en la función pública, el ejercicio del derecho y la actividad académica.

Colombia no es una país comunista

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Lo que no haga uno mismo, nadie lo hace por uno. Evitemos que los criminales sigan en el poder. Aprendí de mi padre que ser inteligente es: “ser capaz de aprender de los errores de los demás sin tenerlos que cometer uno mismo”. Llegó el momento en que todos los colombianos que queremos vivir en un país libre votemos por Colombia sin caer en el error que cometió Venezuela hace 31 años cuando decidió experimentar con un modelo comunista.

Votar a conciencia es una obligación con la patria y con uno mismo. Y por eso todos debemos participar en la batalla digital contra el establecimiento de una dictadura comunista disfrazada de democracia constitucional, invitando a nuestros contactos a votar bien.

Colombia no es comunista, pero está gobernada por el populismo comunista revolucionario y destructor aliado del narcoterrorismo que está en el poder desde 2022, y por militantes del brazo civil de la ideología operativa de las organizaciones criminales para quienes las leyes existentes son ilegítimas y su ejercicio del poder sobrepasa la legalidad.

Colombia cae al abismo del SSXXI a manos de un gobierno genocida que destruyó el sistema de salud, que tiene quebrantada la separación de poderes, que se roba el erario y los ahorros de los colombianos para crear “la falsa ilusión de un mayor ingreso real” en los estratos 3, 2 y 1 que es donde están más del 70 % de los votos, utilizando todo el aparato propagandístico del Estado autocrático que ignora la ley de garantías y con nuestros impuestos paga la pauta en sus propios medios y en los privados, y financia toda la primera línea digital de Bolívar que paga todo tipo de impulsores o mercenarios digitales.

El 85 % del potencial electoral no cree ni confía en los políticos ni en los partidos debido a los altos niveles corrupción del gobierno actual, y a la incertidumbre electoral se suma el terror que ejercen las organizaciones criminales en las vías, las fronteras y en 2/3 del territorio nacional.

La clase política en su gran mayoría nos ha defraudado y solo nos queda como en el caso del referendo a los falsos acuerdos de paz del 2016. Que sea la voluntad popular la que de forma orgánica salga en defensa de Colombia y vote contra la dictadura de un gobierno populista opresor que ha llevado el Estado a su peor versión en toda la historia y no merece continuar.

No somos un país comunista. Somos gente libre y verraca y por eso, a pesar de los violentos hemos sido por más de 220 años una democracia, con defectos, pero fiel a los valores fundacionales de libertad y orden que hoy tenemos que defender.

Al país laborioso solo le queda unirse como nación y salir a votar contra quienes han venido sentando todas las bases para implantar un modelo opresor neo - narco - comunista. Aún estamos a tiempo, tenemos la obligación de votar y luego exigirle a los elegidos.

Tenemos de aquí a las presidenciales para que los colombianos luchemos por nuestros celulares motivando amigos, conocidos y familiares a votar bien, a apoyar a quienes defienden la democracia y son oposición al gobierno de Petro, Cepeda, las FARC-EP y el ELN, a quienes están en contra del mísero progresismo que trae bajo la ruana la puñalada trapera de la subversión conquistando el poder para condenar a toda la nación al mismo empobrecimiento de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Colombia se merece que le demos la oportunidad de seguir siendo un país libre. Habla con tu gente diles que voten bien, que no se dejen engañar más, que escuchen a Uribe, el gran colombiano que ha sido siempre consistente con su lucha por una mejor Colombia y por solucionarle los problemas a la gente y darle al país un mejor nivel de vida, una economía dinámica y creciente y una seguridad tangible.

Entre todos podemos conservar la libertad con el voto de apoyo a las propuestas de Uribe el 8 de marzo y el voto por la libertad de nuestras familias en las elecciones presidenciales.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Editorial: sucesos de la semana No. 137


En su nuevo editorial para El Pensamiento al Aire, Antonio Montoya H., reseña los siguientes hechos: las guerras de Ucrania y Rusia, entre Estados Unidos, Israel e Irán, la de Afganistán y Pakistán, el cambio de Gobierno en Venezuela, Cuba y la presión americana para derrocar a sus líderes, cuestionan la estabilidad del mundo; el conflicto arancelario entre Colombia y Ecuador; la muerte del narcotraficante Mencho; la alarma por el rebrote de sarampión en México; los decretos de Petro sobre la declaración de emergencia en Colombia por las afectaciones invernales; la crisis en la salud que reorganiza las operaciones territoriales del las EPS, y al final comenta las consultas y elecciones al Congreso de Colombia. No dejes de verlo.

viernes, 27 de febrero de 2026

Continuismo o viabilidad del Estado

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Francamente no alcanzamos a entender cómo a estas alturas existan colombianos que piensen en votar por el continuismo del régimen actual o que, por lo menos, lo estén facilitando a través de la estigmatización del único aspirante a la Presidencia con la fuerza necesaria para derrotar esta destructiva tendencia que nos tiene al borde del colapso, el “tigre” Abelardo de la Espriella.

No voy a reiterar lo que todos los colombianos conocemos: El país se está desmoronando en todos los frentes, mientras algunos siguen jugando alegremente a ser candidatos, a sabiendas de que ni los votos ni el tiempo les van a alcanzar para materializar sus fantasías.

Lo que más nos preocupa es que, por nuestra imprevisión, condenemos a nuestro país a seguir subyugado por la tiranía comunista que ha deteriorado moral y materialmente a nuestra sociedad y pretende atornillarse en el poder por las próximas décadas.

Veamos, a título de ejemplo, lo que ha sucedido con las inundaciones que han dejado en la más absoluta pobreza a miles de familias. ¿Cuál fue la respuesta de este régimen de los camaradas? Culpar del desastre a todo el mundo menos a su imprevisión. Que fueron los oligarcas, los dueños de Hidroituango, etcétera; a los alcaldes de los municipios de Córdoba que pidieron ser oídos, no los atendió y los dejó sentados en el suelo esperándolo; en cambio, aprovechó la excusa de la catástrofe para solicitar una nueva emergencia económica para atender a los damnificados. Se le olvidó que sus propios ministros se robaron los fondos de la Unidad de Riesgos para comprar la conciencia de varios congresistas; que se ha gastado dos veces más de lo que cuesta la atención del desastre en la vinculación de nóminas paralelas para hacer política en favor de Iván Cepeda, su heredero; tampoco cuenta qué ha hecho con los costosos incrementos de la deuda pública cuya destinación es un misterio. En una palabra, es mayor el desastre económico que está causando que el daño que dejó la turbulencia de las aguas.

Sin tocar para nada el resto de las estupideces que a diario comete esta régimen de la corrupción y de la mentira, el pésimo manejo del desastre natural es suficiente para ser pesimista sobre la viabilidad del Estado bajo el candidato que promete continuar las políticas del actual.

Repasando la historia nos encontramos que los sumerios, hace la bicoca de 6000 años, se asentaron a la orilla de los caudalosos ríos Tigris y Eufrates, en Mesopotamia.  Allí fundaron las primeras ciudades de las que se tiene noticia, entre ellas, Uruk y Ur. Para subsistir aprendieron a cultivar la tierra y trabajaron arduamente para aprovechar lo único que abundaba, el agua, construyendo sistemas de riego que les permitieron controlar los caudales e irrigar vastas extensiones de tierra para la producción agrícola.

No hace falta ser ingeniero para intuir que a lo largo de estos 6000 años algo ha avanzado la ciencia, la tecnología, las matemáticas, la ingeniería hidráulica, el manejo climático, que nos permita prevenir o, al menos, morigerar los efectos de las crecidas de los ríos, canalizar la fuerza de las aguas, dominarlas para que, en lugar de causar daños, se conviertan en el motor de un gran polo de desarrollo agropecuario en todo el Caribe colombiano.

Puede decirse que es un sueño. Tenemos derecho a soñar en un futuro de bienestar, de manejo transparente del Estado y de alcanzar un nivel de desarrollo acorde con nuestra privilegiada ubicación y la abundancia de nuestros recursos naturales.

Todo ello es posible. Pero debemos empezar por tomar racionales decisiones al votar para Congreso y presidente. Ni un solo voto por los corruptos y mediocres que nos metieron en este pozo de horror. Miremos con esperanza al futuro con quienes tienen el coraje, el valor y la decisión de cambiar el torcido rumbo que emprendimos hace 10 años con el robo del plebiscito y la validación del espurio Acuerdo de La Habana. ¡Firmes con la Patria!

Entre mascotas y therians

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Creo que la primera decisión importante que tomé en mí vida fue la de no tener mascotas. Dura conclusión para un niño de tan solo 7 años. De hecho, los animales me fascinan, sobre todo cuando aún son pequeñitos, cualquiera fuese su especie, particularmente gatos y perros. La cuestión traumática resultó ser la obligada separación porque no teníamos manera de cuidarlos o, peor aún, la trágica muerte que producía un luto casi igual al de un ser humano muy querido. Tanto dolor y lágrimas no eran deseables y por eso la decisión.

Lo que nunca imaginé con el correr de los años fue que las mascotas llegasen a cobrar tal importancia en la vida de la gente que hoy día las prefieren a tener hijos. Claro, criar un hijo, un ser humano, es bien de pa’arriba, bien exigente, riesgoso, costoso, demandante… en cambio un animalito lo es menos, son cariñosos, nobles, poco necios, son nobles, leales y tiernos. No dicen mentiras, no hay que vestirlos con ropa de marca, no van a universidades costosas.

Pero el culmen de lo que faltaba por verse es que algunos humanos ahora pretendan identificarse psicológica y espiritualmente con uno de esos animales, más aún, que se sientan efectivamente que son animales sin serlo, que se pongan máscaras y colas, se disfracen y quieran comportarse como tales porque, según ellos, en realidad lo son. ¿Juego?, ¿protesta?

Ya en nuestro lenguaje cotidiano, aludimos a animales, bien como apodo, como expresión afectuosa (gato, oso) o para resaltar características particulares: pollo (joven), perro (mujeriego), zorro (astuto), toro (fuerte), vaca (gordo), víbora (venenoso, sinuoso), tigre (hábil)… en fin, también puede ser para estigmatizante ridiculizacion y burla: loro, lagarto, sapo.

De la ciencia ficción me acordé de la serie “V la batalla final”, la historia de unos reptiles disfrazados de humanos que nos tenían sometidos. Y circula en redes el cuento de que camuflados entre nosotros por ahí andan los “reptilianos” que bien podrían evidenciar que no son cuento sino real invasión extraterrestre.

Entonces, pongámonos de acuerdo: humanos que quieren ser animales, animales que quieren ser humanos. ¿No están contentos con su naturaleza? Los primeros añoran el afecto, el cariño, el tiempo y la dedicación que ciertos humanos prodigan a los animales dándoles un estatus y unas comodidades y bienestar que no tendrían cono humanos. Los segundos, reales bestias (eso traduce therian), añoran la inteligencia y el señorío que la especie humana ha logrado de evolución. Unos quieren degradarse involucionando, otros quieren progresar evolucionando.

Me parece leer detrás de todo este fenómeno un llamado de atención y un cuestionamiento a poner las cosas en su sitio. Perdón, a ponerNOS en el sitio correcto de la historia. Como coloquialmente se dice: cada loro en su estaca. Si nacimos humanos, seamos humanos, comportémonos como humanos y engrandezcamos y dignifiquemos nuestra condición humana. Es cuestión de identidad, más exactamente, de dignidad.