María Cristina Isaza M.
Una tesis que da otra mirada, desde lo holístico, para entender por qué
algunos países prosperan y otros se sabotean.
En semana santa de 2025 y enero del 2026, escribí bajo la
idea de que Colombia es una nación herida, que debe aprender lecciones para
sanar y que su historia particular hace que tengamos un clima emocional
colectivo que hay que cuidar. Llegué a la conclusión de que este enfoque se
queda corto, pues la lectura que hago de Colombia se puede aplicar a muchas
otras naciones con historias de trauma, polarización y relatos de fracaso
perpetuo. Países con recursos, talento dormido, riqueza geográfica, pero que
parecen condenados a estancarse.
De hecho, todas las naciones tienen una “autoestima” al
igual que una “autoconfianza”. Estas son claves para su desarrollo y la
superación de desafíos, pues retos a mejorar tienen todas; ya que no se trata
solo de progreso económico, también de progreso social y cultural
Así que me pregunté
¿Qué hace que una nación crea en sí misma o desconfíe de su
propio potencial?
De ahí nace la autoestima de las naciones. Teniendo
a Colombia como inspiración y laboratorio vivo de esta reflexión, pero
reconociendo que la tesis es más amplia y no aplica a un solo lugar geográfico.
LA TESIS
Las naciones, al igual que las personas, tienen autoestima
y autoconfianza; y esto ayuda a definir su destino.
Por practicidad englobo dentro del concepto autoestima
colectiva (nuestra autovaloración, el amor por lo propio) a la autoconfianza
colectiva (la confianza en nuestra capacidad de acción). Ambas dimensiones
se entrelazan y lo que busco explicar en la práctica es que una nación con una autoestima
colectiva sana se valora lo suficiente y tiene niveles de confianza, que le
permiten construir y determinar un mejor futuro. El círculo virtuoso ocurre
cuando ambas se activan y están alineadas: ¡valemos y podemos! Desde ahí se
construyen naciones.
Colombia, en este momento, tiene déficit en las dos. Y no
es la única.
LO QUE NO SE MIDE, PERO SE SIENTE
Estamos acostumbrados a analizar los países desde variables
externas: crecimiento económico, instituciones, política pública, recursos.
Todo eso importa, pero no explica todo: hay países con enormes recursos que no
despegan. Y países sin grandes ventajas que logran prosperar.
¿Qué hay en el medio? Algo que no se mide fácilmente, pero
que se siente en el ambiente: la forma en que una sociedad se percibe a sí
misma.
La psicología lleva décadas estudiando lo que le ocurre a
un individuo con baja autoestima: toma peores decisiones, no pone límites, se
sabotea justo cuando está a punto de avanzar, elige lo que confirma su baja
opinión de sí mismo. La autoestima es la base desde la que una persona actúa en
el mundo. Ahora traslade ese mecanismo a una sociedad entera.
Cuando un colectivo comparte creencias negativas sobre sí
mismo, como: “somos un país sin remedio”, “el vivo vive del bobo”, “esto es
Colombia”; esas creencias no se quedan en el lenguaje. Se convierten en
comportamientos, en votos a proyectos populistas, en tolerancia a la
corrupción, en fuga de talento, en resignación, en falta de cultura ciudadana y
del cuidado, en incapacidad de construir consensos comunes favorables y
proyectos que duren más de un período de gobierno.
A eso le llamo autoestima colectiva: el conjunto de
creencias, emociones y narrativas que una sociedad sostiene sobre sí misma, y
que determinan, en gran medida, lo que esa sociedad es capaz de hacer, elegir y
construir No es un concepto abstracto. Es medible en sus efectos: en los índices
de confianza interpersonal, en los niveles de desesperanza, en la disposición a
emprender, en lo que una sociedad celebra y en lo que castiga. En pocas
palabras, es un estado emocional compartido que se refleja, entre otros, en las
acciones y frases cotidianas de una comunidad.
¿DE DÓNDE PROVIENE ESTA TESIS?
Llevo más de 5 años analizando el panorama político y
social, observando que los países se mueven por ideas y por emociones
colectivas que se reflejan en patrones de voto, comportamiento y desarrollo. Si
las sociedades se narran desde el fracaso, actúan desde el fracaso.
De ahí la importancia de la mentalidad y de cómo los
individuos de una nación la entienden y se ven así mismos.
La psicología social lo ha estudiado hace décadas (la
escala de Luhtanen y Crocker mide exactamente cómo las personas evalúan su
pertenencia grupal). La psicología junguiana habla del inconsciente colectivo y
los arquetipos que operan en naciones enteras. La epigenética muestra como los
traumas históricos se transmiten intergeneracionalmente, dejando marcas en la
“memoria corporal” de un pueblo. La escala de conciencia de David R. Hawkins
aplica niveles vibratorios a campos colectivos: sociedades en culpa, miedo o
resentimiento vibran bajo y se manipulan fácilmente; sociedades en valor,
decisión o aceptación vibran alto y crean.
La realidad cotidiana lo confirma: Castigamos el brillo,
sospechamos del éxito ajeno, externalizamos la responsabilidad. Eso no es
casualidad. Es el síntoma de una autoestima colectiva golpeada y debilitada.
LA INVITACIÓN
Colombia es una paradoja: somos un pueblo cálido, amable,
creativo, con una energía vital que enamora. Esa calidez, “buena vibra”, “don de gentes”; además de la biodiversidad
única, la creatividad infinita, el talento; coexiste con una narrativa
dominante que nos mantiene en niveles bajos: “platanal”, “200 años de olvido”,
“injusticia social”, “país de oligarcas y racistas”, “Colombia es muy bonita,
pero la llenaron de colombianos”, “culpa de los españoles y los gringos”. No se
pretende negar que hay retos, que hay corrupción, desigualdad, pero sí que
hablemos de estos retos sobre data real. Colombia ha logrado grandes avances
durante su historia y el continuar por una buena senda depende de un trabajo
que nos implica a todos. Tenemos el alma para prosperar, pero una narrativa que
nos frena. Debemos recordarnos y celebrar todo lo bueno que tenemos. Lo que
para nosotros puede ser normal (la amabilidad), realmente es un gran activo que
no es tan común en el mundo.
Somos un pueblo de alta vibración latente, pero vibramos
bajo cuando nos narramos y entendemos desde las heridas.
Así que la invitación hoy es a que reconozcamos estas
cualidades tan especiales que nos distinguen como pueblo, las potenciemos y
“saquemos pecho”, para comenzar a elevar nuestra frecuencia colectiva. ¡Brillemos!