José Leonardo Rincón, S. J.
Puede sonar manido, quizás demasiado obvio, pero por olvidarlo o por no
ser suficientemente incisivos al hacerlo estamos como estamos. Sin exagerar.
Hoy es el día del educador: ¡felicitaciones a quienes ejercen tan noble
vocación! Doy por descontado que si decidimos ser educadores no fue porque no
había otro empleo, o porque no nos alcanzó el resultado de las pruebas de
Estado para estudiar algo más rentable.
Ser maestro, que va mucho más allá de ser instructor, docente o profesor,
implica el propósito de educar con pasión nuevas generaciones, formar hombres y
mujeres que sean artífices constructores de una nueva sociedad. No nos podemos
sustraer de tan tamaña responsabilidad. Claro, siempre existe el riesgo de
indoctrinar movidos por ideologías y sesgos políticos. No gratuitamente quienes
por turno ostentan el poder asumen el manejo de la escuela para mantener su
establecimiento y una vez instalados en él sostener el status quo.
Un buen educador de ninguna manera podría prestarse para ser títere del
poder político. Volverse un tonto útil, renunciar a su conciencia crítica y a
la capacidad objetiva de tomar distancia sería intolerable. En cambio, buscar
siempre la verdad, propiciar el diálogo constructivo, la convivencia en medio
de la diversidad, el respeto a la diferencia y la formación integral de la
persona ayudaría en mucho a esa búsqueda de una nueva sociedad. Descontada por
supuesto la mediocridad que nos agobia, trabajar por la excelencia académica
ayudaría también a reposicionar la escuela.
El educador desde la escuela es el
mejor socio de la familia para formar esas personas que le han confiado. Mi
experiencia positiva ha sido esa y los resultados son evidentes. Me sorprende
encontrar colegas que preferirían que no existieran los padres de familia por considerárseles
incómodos obstáculos, permisivos alcahuetas al extremo que no aceptan que se
corrija a sus hijos; maltratadores que miran con desdén, como si fueran sus
sirvientes, a quienes quieren colaborar en la formación de sus vástagos. Así no
pueden ser las cosas. ¡Están trastocados los valores!
Con ocasión de esta celebración, mi invitación
y mi llamado es a darle a la educación la importancia que se merece. No basta
una asignación presupuestal amplia en el erario. Ha sido importante buscar
mejorar las condiciones laborales de los educadores, también se ha invertido en
el cuidado de la infraestructura física de escuelas y colegios. Ahora hay que
cuidar la calidad y la excelencia de la educación pública en aras de elevar los
resultados, no tanto para subir en los rankings de la OCDE, sino porque en una
educación de calidad radica el futuro del país y no podemos seguir apoltronados
en un rango medio bajo. Podrá seguir sonando a lugar común, pero conservo la
esperanza de días mejores para todos porque nos hemos tomado la educación en
serio y valoramos a los educadores como los artífices protagonistas de ese
cambio.
Felicitaciones educadores por hacer
realidad ese sueño.
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