Fredy Angarita
“Más allá del mar”
La historia nos enseña que los cementerios
comenzaron a trasladarse a las afueras de los pueblos para evitar enfermedades
y problemas de salud pública. Esto no ocurrió únicamente en Medellín. También
sucedió con el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis, en el Viejo San
Juan, Puerto Rico.
Mientras investigaba sobre este lugar, encontré
una definición que me gustó más que cualquier dato histórico. La dio Rafael
Rodríguez, capellán y director de Servicios Pastorales de la Universidad del
Sagrado Corazón de Santurce:
"La localización del cementerio muestra la
creencia en Puerto Rico en la separación entre la vida y la muerte. El Gobierno
de España decidió construir el cementerio fuera de las murallas y de cara al
Océano Atlántico para simbolizar el viaje del espíritu al cruzar al más
allá."
Al ingresar a este lugar se entiende
perfectamente lo que quiso decir.
El blanco domina el paisaje. Pero no es el
blanco de las nubes. Es el blanco del mármol con el que fueron construidos los
mausoleos. Al fondo aparece un horizonte donde el azul del mar se encuentra con
el cielo. La mayoría de las tumbas parecen mirar hacia ese infinito.
Si la idea del más allá pudiera contemplarse
todos los días, probablemente se vería así.
Es un lugar encantador. Mágico.
Llegué allí para rendir un pequeño homenaje a
mi cantante favorito, un gusto heredado de mi padre: Daniel Santos. También
quería visitar a uno de los hombres que más he admirado por su manera de
escribir: Catalino Curet Alonso, más conocido como "Tite" Curet
Alonso.
Pensé que difícilmente podrían haber encontrado
un mejor lugar para descansar.
Mientras observaba sus tumbas, tuve la
sensación de que seguían mirando el horizonte. Como si todavía estuvieran
atentos a algo que nosotros no alcanzamos a comprender. Los sentí eternos. Por
momentos, incluso, me pareció escucharlos.
Frente a la tumba de Daniel Santos comenzaron a
aparecer en mi memoria muchas de las canciones que han acompañado distintas
etapas de mi vida: “Fichas negras”, “Toma jabón pa que lave”, “Despedida”,
“Perdón”, “Obsesión”, “El sofá”, y, por supuesto, “En
el juego de la vida”.
Con Tite Curet Alonso ocurre algo parecido.
Existen mitos que afirman que compuso más de dos mil canciones. Sus biógrafos y
coleccionistas consideran que fueron menos, aunque igualmente superó el millar
de composiciones.
Más allá de la cifra exacta, pocas personas han
dejado una huella tan profunda en la historia de la salsa.
Tal vez su nombre no sea tan conocido para
todos. Pero basta mencionar algunas de sus obras para comprender la dimensión
de su legado: “Periódico de ayer” (Héctor Lavoe), “Anacaona” (Cheo Feliciano), “Plantación
adentro” (Willie Colón y Rubén Blades), “La cura” (Frankie Ruiz), “Juan Albañil”
(Cheo Feliciano), “Temes” (Vitín Avilés), “Las caras lindas” (Ismael Rivera) y “Juanito
Alimaña” (Héctor Lavoe).
Cuando salí del cementerio, Daniel Santos y
Tite Curet seguían mirando el horizonte. Yo, en cambio, me fui pensando en algo
distinto.
Hay hombres que heredan fortunas, hay hombres
que heredan apellidos y hay otros que heredan canciones. Mi padre me dejó a
Daniel Santos, Tite Curet me dejó palabras.
Ambos me enseñaron que algunas voces envejecen,
algunos cuerpos desaparecen y algunos cementerios se llenan de silencio. Pero
una buena canción siempre encuentra la manera de seguir respirando.
Gracias, maestros.
Por semejante repertorio.
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