José Leonardo Rincón, S. J.
Guardaré
gratitud por siempre, por todo el amor que he recibido a lo largo de mi
existencia y particularmente en estos días una vez ha pasado la pascua de mi
madre Blanca Cecilia.
Gratitud
con Dios porque me regaló una madre que me reveló en persona lo que era su
rostro misericordioso. Por auténtica ósmosis asimilé la fe, los principios y
los valores. No hubo cátedras, no hubo discursos, menos cantaletas, sólo
testimonio vivo. Para complementar su existencial sabiduría me prodigó los
mejores educadores laicos y religiosos. Con los Ballesteros, los Valencia y los
Sastres, con La Salle y Loyola, no pudo ponerme en mejores manos.
Gratitud
con todos mis tíos y primos. Me acogieron con afecto, me enseñaron a trabajar
en diferentes y nobles labores, fueron también en vacaciones los hermanos que
no tuve. Cuando poco a poco fueron faltando, el vacío que dejaron en ella fue
enorme. No pasaron en vano.
Gratitud
con mi amada Compañía de Jesús. Los días más felices de mi realización personal
fueron cuando fui aceptado en sus filas, me ordenaron presbítero y recibí la
profesión solemne. La Compañía ha sido otra madre maravillosa que no ha
escatimado conmigo lo mejor de sí misma: me ha formado, me ha confiado desde muy
pronto misiones delicadas, me ha respaldado, me ha sostenido. Con mi mamá no ha
podido ser más comprensiva y exquisita.
En
estos días en los que se amalgaman paradójicos sentimientos: la alegre y muy
feliz certeza de que mi madre está con Dios y su amada Virgen María y la humana
sensación de vacío y tristeza por no poderla tener a mi lado, un tsunami de
amigas y amigos, prestantes y humildes, provenientes de tantos lugares, me
hacen sentir que no estoy solo. No han sido los pésames de protocolo social, han
sido genuinas muestras de ternura y amor que me han conmovido hasta el extremo.
Eso es lo que me ha hecho llorar con lágrimas que mezclan la tristeza de su
ausencia y la alegría de ese cariño sincero que me han hecho sentir. Las
palabras escritas y pronunciadas desde el corazón, las flores que quieren
quedarse para siempre, las oraciones y eucaristías que confortan el alma, la
masiva presencia física y también virtual con ocasión de las exequias con sus
cenizas, los silencios que no se atreven a musitar palabras pero que lo dicen
todo, los monitoreos periódicos de algunos para saber cómo voy, la preciosa
eucaristía que mis amigos de Pasto bellamente organizaron, las velitas cuyas
llamas al arder expanden luz y calor, las mariposas que nacen, la invitación a
un café o el obsequio de un dulce, en fin, con tantas muestras de amor no puedo
menos que tener gratitud.
Se
los digo de corazón: guardaré con todos ustedes gratitud por siempre. “Solo
se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”, las
palabras siempre se quedan cortas y resultan insuficientes. Gracias, gracias,
gracias. Solo el buen Dios les recompensará con creces tanta bondad, tanto
amor. Los llevo en mi ser y nunca olvidaré lo que hicieron por mi mamá, en vida
regalándole tantos momentos felices y ahora, para que tenga vida eterna y resucitada,
goce de la presencia de ese Dios que amó y de esa Santísima Virgen que la
protegió hasta el final y para siempre. ¡Amén!
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