Fredy Angarita
De las caucherías del Amazonas a las calles del
centro de Medellín: una mirada a quienes producen la riqueza y a quienes se
quedan con ella.

Hay libros que uno no debería leer en el
colegio. O, por lo menos, no de la manera en que solemos leerlos: con una fecha
de entrega, un cuestionario por resolver y la obligación de recordar nombres,
personajes y acontecimientos para aprobar un examen. La vorágine, de
José Eustasio Rivera, es uno de ellos.
No porque sea una lectura imposible para un
estudiante, sino porque hay obras que necesitan algo más que los ojos puestos
sobre sus páginas. Necesitan tiempo, experiencias y una conciencia que quizá
todavía estamos formando. A veces uno termina un libro en el colegio sin
comprender que acaba de leer algo que la vida le hará entender muchos años
después.
Gracias, años, por llevarme de nuevo a José.
Esta vez no estaba buscando respuestas para una evaluación ni intentando
demostrar que había leído un clásico de la literatura colombiana. Estaba
leyendo a conciencia. Y entonces descubrí esa manera suya de describir lo que
siempre hemos visto, pero que apenas alcanzamos a nombrar con palabras simples:
hermoso, lindo, espectacular. Rivera encontraba expresiones para aquello que
nosotros sentimos, pero no sabemos cómo decir.
Uno se toma unos minutos —o unos años— más, lee
y descubre que alguien ya había encontrado las palabras. Desde entonces amo los
amaneceres, aunque todavía no consiga encontrar en ellos el coágulo de rubí
ni la pincelada violenta con la que José describía el paisaje.
Pero hay algo que me dejó aquella lectura: la
sospecha de que la vorágine no se quedó entre los árboles del Amazonas ni
terminó cuando el caucho dejó de ser ese tesoro que enriquecía a unos mientras
condenaba a otros. La explotación cambió de formas, los escenarios se
transformaron y, aunque las herramientas sean distintas, algunas desigualdades
siguen pareciéndose demasiado.
Me pregunto quiénes serían hoy los explotadores
del caucho. ¿Dónde están nuestros terratenientes? ¿Quiénes acumulan la riqueza
que producen las manos de quienes apenas consiguen llevar algo a casa? ¿Cuántas
personas siguen trabajando para construir una prosperidad que difícilmente
podrán disfrutar?
No necesito viajar hasta el Putumayo y Guainía,
para encontrar preguntas parecidas. Basta con caminar por el centro de
Medellín.
Allí están los vendedores que empujan sus
carretillas durante horas, los recicladores que arrastran el peso de lo que
otros desechan, los trabajadores que levantan edificios donde probablemente
nunca vivirán y quienes madrugan para vender un tinto, una fruta o cualquier
cosa que les permita sobrevivir un día más. Son rostros y oficios que hacen
parte del movimiento de la ciudad, aunque pocas veces ocupen un lugar en las
conversaciones sobre progreso y desarrollo.
Cada uno tiene una jornada que comienza antes
de que muchos abran los ojos. Hay quienes organizan su mercancía, quienes
recorren varias cuadras buscando compradores y quienes cargan sobre sus hombros
el esfuerzo de una ciudad que parece funcionar gracias a trabajos que casi
nunca mira de frente.
La selva tiene otros sonidos. Ya no siempre se
escucha el machete contra el árbol ni el ruido de las caucherías. Ahora se
escucha el pregón de quien ofrece su mercancía, el pito de los buses, las
ruedas de una carretilla y el murmullo de una ciudad que nunca termina de
despertar. Cambió el paisaje, pero todavía hay personas cuyo esfuerzo sostiene
la riqueza de otros.
No pretendo decir que las historias de las
caucherías y las de quienes trabajan hoy en las calles sean iguales. Cada época
tiene sus propias formas de violencia, explotación y desigualdad. Pero la
lectura de Rivera me dejó una pregunta que sigue apareciendo mientras camino:
¿quién se beneficia realmente del trabajo de quienes apenas consiguen
sobrevivir con lo que producen?
Tal vez por eso vuelvo a mirar el centro de
Medellín. Porque detrás de cada edificio hay manos que lo levantaron; detrás de
cada mercancía, alguien que la transportó; detrás de cada calle que parece
funcionar por sí sola, hay personas que madrugan, cargan, venden, limpian y
trabajan mientras los demás seguimos nuestro camino.
Tal vez la pregunta no sea si seguimos viviendo
en una vorágine, sino cuántas personas continúan atrapadas en ella mientras los
demás aprendemos a llamar progreso a lo que vemos desde la ventana.
Y quizá leer a José Eustasio Rivera tantos años
después sirva precisamente para eso, para entender que algunos paisajes
cambian, pero que las preguntas sobre la dignidad, el trabajo y la riqueza
siguen esperando una respuesta.

https://www.renovacionterritorio.gov.co/central-pdet/subregiones/putumayo
"¿No
crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos
nosotros mismo? ¿No sería mejor regresar?"

.jpg)
.jpg)
.jpg)
