José Leonardo Rincón, S. J.
En
mis compañeros jesuitas observo aquello de que cuando nacieron rompieron el
molde, es decir, no hay dos iguales: únicos, genuinos, auténticos, geniales.
El
turno de hoy le corresponde a Javier Giraldo Moreno, pequeño de estatura, pero
un gigante moral. Reservado, discreto, nada amigo de protagonismos, investigador
juicioso, riguroso, objetivo. Con una salud maravillosa, no era de deportes y GYM,
pero sí caminante andariego por los campos y ciudades colombianas. Vegano en su
alimentación, desde joven, nunca consumió proteínas de origen animal. Disciplinado,
su jornada de trabajo iniciaba a las 3:30 de la mañana. A las 6, como un
relojito, bajaba a desayunar alguna fruta, algún café. Haciéndolo el pasado
lunes, intempestivamente cayó al suelo, no sabemos si por un síncope o por lo
que llamamos ACV. El fuerte golpe sumado a estar anticoagulado por su reciente
operación de corazón abierto generó la hemorragia que dañó en pocas horas su
cerebro.
Lo
conocí a finales de los 80 cuando realizando tareas propias de la Comisión
Intercongregacional Justicia y Paz, visitaba nuestro colegio en Bucaramanga.
Hacía yo mi etapa de magisterio y mi misión era coordinar la oficina de Fe y
Justicia que lideraba la implementación del FAS, bello programa de formación y
acción social de nuestra red de colegios. Conversábamos sobre los duros
momentos que vivía nuestro país, el asesinato de cuatro candidatos presidenciales,
la violencia guerrillera ahora combatida por los grupos paramilitares, la
incursión del narcotráfico permeando a todos y corrompiendo por doquier. Complejo
panorama que facilitaba la violacion de los derechos humanos. Desde entonces
aprendí que, técnicamente hablando, la violacion de esos derechos solo lo
podían cometer los infractores al interior del establecimiento, es decir,
funcionarios públicos que por obligación les correspondía estrictamente
protegerlos. De modo que un ladrón cuando roba no atenta contra el derecho a la
propiedad, simplemente es un delincuente. Y cuando algún civil mata otro, no
violó el derecho a la vida, llanamente es un asesino que debe pagar su crimen. Pero
si esas acciones las comete una persona al servicio del Estado, que a su vez
sirve a la ciudadanía, la falta es más grave precisamente porque atenta contra
aquello que es su misión.
A
Javier, desde temprana edad, le afectaba profundamente el dolor de nuestras
gentes. Tantas viudas, tantos huérfanos, absolutamente abandonados, a la
deriva, sin protección, en la miseria, sin nadie que pudiera ser su voz,
padeciendo los efectos de la impunidad, buscando a sus seres queridos
desaparecidos, asesinados, mutilados, heridos por la guerra cruel. Hace poco me
contaba el caso de una señora que buscó a su hijo desaparecido por 30 años y no
descansó literalmente hasta encontrar sus restos dispersos en el monte por los
asesinos. Murió pocos días después.
Su
causa muchos la malinterpretaron, la juzgaron duramente, injustamente. Él
simplemente seguía adelante. Sabía que su vida podía correr riesgo, como cuando
tuvo que salir del país, obligado por sus superiores, más nunca dejó de
trabajar para la causa. Era un rebelde con causa porque nunca dio el brazo a torcer
cuando tenía la certeza de querer hallar la verdad, de que los crímenes de lesa
humanidad no quedarán impunes. Sencillo, humilde, de bajo perfil, rechazó
premios y condecoraciones.
En
estos días se han escrito bellas crónicas sobre su obra y cómo impactó tantas
vidas, en personas y organizaciones. Hay un sentimiento de orfandad. Se ha ido
la voz de los sin voz, el incansable defensor de los derechos humanos, el amigo
de los más débiles y sufridos de nuestro pueblo. Mas él ha recibido la corona
de gloria y ahora descansa en paz al lado de su Señor, el mismo al que sirvió
sus 82 años, porque tuvo hambre, estaba preso, estaba desnudo, estaba enfermo y
Javier lo reconoció en todos ellos, por eso entra al gozo de su Señor. ¡Gracias
Javier!
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