martes, 3 de noviembre de 2026

El oro en Colombia bajo el control de grupos al margen de la ley

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

Colombia registra una producción oficial de oro que oscila entre las 55 y 70 toneladas anuales, consolidándose como uno de los productores clave de este metal en Sudamérica. La producción de oro en Colombia no está controlada por una sola entidad, sino que se divide entre grandes empresas privadas bajo regulación estatal y actores de la minería informal o ilegal.

Se calcula que los mineros informales y las redes criminales controlan entre el 70 % y el 80 % del oro extraído en Colombia. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y la inteligencia militar coinciden en que la gran mayoría de la minería de oro de aluvión se realiza sin títulos mineros ni licencias ambientales vigentes. La línea que separa a un minero informal de los grupos armados ilegales es difusa. La Asociación Colombiana de Minería (ACM) e informes de la OEA han señalado que gran parte del oro exportado por el país se origina o se blanquea mediante canales informales y de contrabando.

Toda la cadena de extracción ilícita de oro en Colombia genera ingresos anuales que rondan los 8.414 millones de dólares. Esto ha superado en varias regiones a las rentas del narcotráfico. La mayoría de los mineros informales son trabajadores artesanales o miembros de las comunidades locales. No obstante, los grupos criminales (como el Clan del Golfo, el ELN y las disidencias de las FARC) se quedan con una parte del oro a través de extorsión directa ("vacunas"), mediante cobros forzosos de aproximadamente el 10 % de la producción a los pequeños mineros para permitirles operar la maquinaria minera.

El blanqueo o legalización de oro ilegal para su exportación es un proceso mediante el cual organizaciones criminales o mineros informales transforman un metal obtenido de forma ilícita en un producto aparentemente legítimo, que cumple con las normas del comercio internacional.

De acuerdo con investigaciones judiciales y reportes de organismos internacionales como la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y la OCDE, este fraude se realiza principalmente a través de las siguientes etapas y mecanismos: 1. Falsificación del origen (Identidades y empresas fachadas); 2. Comercializadoras Internacionales; 3. Modificación física del metal y 4. Sobrefacturación y fraude documental en la exportación.

En columnas anteriores, publicadas en este mismo medio, ya nos hemos referido a la destrucción que está causando la minería ilegal del oro a ecosistemas sensibles del país.

El auge en los precios internacionales ha hecho del oro un negocio muy lucrativo. El 30 /10/2026 el precio de la onza troy del oro se cotizaba en USD 4.011. Según las proyecciones a largo plazo, durante los próximos 5 años el precio del oro oscilará en un rango entre USD 3.872 y USD 4.459. Durante los próximos 10 años, el metal precioso se cotizará entre USD 3.872 y USD 4.670, y para el año 2050 el precio del oro podría alcanzar USD 5.219 la onza troy.

En mayo pasado la Agencia Nacional de Minería (ANM) anunció oficialmente el lanzamiento y la entrada en operación de la Plataforma de Trazabilidad de Minerales (PTM). Esta herramienta tecnológica ha sido diseñada con el objetivo de fortalecer los mecanismos de control, legalidad y transparencia dentro de la cadena minera del país. La plataforma permite realizar un seguimiento detallado a los minerales desde su punto de origen hasta su comercialización final. La PTM es una herramienta que valida en tiempo real si el oro que se vende proviene de un título minero vigente, de un minero de subsistencia registrado o de un comercializador autorizado.

De acuerdo con la información oficial, la PTM representa un avance significativo en la transformación digital del sector minero colombiano, ya que facilita el registro, validación y seguimiento de las transacciones en toda la cadena. El sistema opera bajo el concepto central de “Trazabilidad de Minerales: la ruta legal del subsuelo a la comercialización”, integrando información estratégica de diversos sistemas institucionales para combatir la ilegalidad.

Sin embargo, mientras el Estado no retome el control del territorio en las zonas afectadas por el conflicto, la PTM por sí sola no detiene la minería ilegal controlada por los grupos criminales. Ya vimos como el camuflaje permite el blanqueo que facilita a organizaciones criminales y mineros informales la legalización del oro ilegal.

Recuperar el control del territorio en las regiones afectadas por la minería ilegal del oro no solo es un acto de soberanía nacional, sino una fuente de ingresos para el Gobierno Nacional y los gobiernos locales (regalías e impuestos).

Bajo la tiranía de la subversión de los valores

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Observábamos recientemente cómo una de las principales arterias de Bogotá, la Avenida Séptima, era bloqueada por un grupo de manifestantes. ¿Acaso demandaban la acción del Estado para solucionar una urgente necesidad de la comunidad o reclamaban el restablecimiento de un servicio público de carácter esencial? Por supuesto que no. Se trataba de estudiantes que, bajo la dirección de sus maestros, rechazaban el desmonte de objetos exhibidos en el Museo Nacional como homenaje a un guerrillero del M-19, responsable de masacres, homicidios, secuestros y otros delitos que enriquecen su prolífico prontuario. Bajo la tiranía de la subversión instaurada por el pasado régimen, la apología del delito, establecida como un delito por la ley penal, es ahora un valor que identifica a una nueva clase de enemigos de la Patria y de sus héroes, ignorantes de lo que significó la historia de nuestra independencia, y esclavos de las ajenas ideologías que nos pretenden subyugar.

La mayoría de los colombianos entendemos el ejercicio del poder como la oportunidad para servir a toda la sociedad, no para utilizar los bienes y privilegios de la autoridad en beneficio propio, o de sus cómplices, o para imponer foráneas ideologías mediante el abuso del poder.

Pero en el cuatrienio anterior vimos cómo se actuó bajo lo que Nietzche llamó la “transvaloración de los valores”, esto es, el cambio radical en el significado de la moral. Las funestas consecuencias de esta degradación de los principios la estamos viviendo ahora: los ciudadanos y los jóvenes que tomarán la responsabilidad de decidir la suerte del país carecen de valores. La corrupción, otrora castigada con el juicio de la sociedad, ahora es mirada como algo normal; ya ni la administración de justicia se molesta en resolver con prontitud y objetividad el cúmulo de escándalos que a diario se conocen. Sin ningún respeto por la verdad se ofrecieron en la pasada administración beneficios judiciales a confesos criminales a cambio de su participación para enlodar la reputación de quienes se oponían a las ambiciones electoreras de los gobernantes de turno… ¿Es esta la nueva moral que nos quieren imponer?

Mucho se está haciendo desde el gobierno actual de los “Defensores de la Patria” para desenredar los conflictos que nos legó la gestión de la izquierda radical, devolver el orden al territorio nacional, rescatar al país de la bancarrota fiscal, reconstruir los daños ocasionados por el dantesco sismo que nos desestabilizó e impulsar la inversión económica en medio de la quiebra general. Merece un reconocimiento nacional la tarea que en tan solo dos meses y medio ha cumplido el presidente De la Espriella y su brillante equipo.

No obstante, debemos ser conscientes de que los fanáticos de la extrema izquierda, que no han mostrado ningún límite moral para, en su tarea de degradación moral del país, continuar utilizando todas las formas de lucha, lícitas e ilícitas, para cumplir su cometido.

Nos corresponde a nosotros los patriotas, a quienes nos duele Colombia, reflexionar sobre nuestro papel en esta lucha por la defensa de nuestros principios, de los valores fundacionales de la República, amenazados ahora por una hidra de varias cabezas: wokismo, progresismo, comunismo, y toda clase de tendencias encaminadas a fraccionar la unidad nacional en favor de extrañas ideologías.

Como acertadamente escribe Jorge Valenzuela, en Mindshop, Knowledge Society: “La causa final debe tener la intención de alcanzar la excelencia, dejar de guiarnos por acciones secundarias que persiguen deseos externos, sencillos y vacíos. Buscar el eudaimonia[1] y terminar con la idea de que nuestras condiciones materiales determinan o controlan nuestro estado de bienestar. De lo contrario, estaría reluciendo la superficialidad, la vanidad, la frágil forma de vida que hemos elegido vivir”.


[1] El florecimiento humano

viernes, 30 de octubre de 2026

El hijo pródigo y el regreso a los valores

Rafael Uribe Uribe
Rafael Uribe Uribe

No todas las parábolas conservan una vigencia como la del hijo pródigo. El hijo menor reclama anticipadamente la herencia, abandona la casa paterna y parte convencido de que la libertad consiste en vivir sin restricciones. Quiere independencia sin normas, consejos ni responsabilidades y cree haberla encontrado, pero termina descubriendo que toda libertad tiene consecuencias.

No es difícil encontrar paralelos con nuestro tiempo: insistimos en los derechos, pero se eluden los deberes; reivindicamos la libertad, pero se eluden los límites éticos necesarios para ejercerla.

El resultado es evidente: la corrupción se justifica como astucia; la mentira se disfraza de estrategia; los principios se acomodan a las conveniencias y deja de importar si son correctos cuando resultan útiles.

Por eso la crisis no se explica desde la economía o la política. Detrás de las dificultades existe algo más profundo: la pérdida de referentes morales y desaparecen los acuerdos sobre la verdad y el bien común.

La parábola propone una reflexión que trasciende la fe. El hijo pródigo toca fondo cuando comprende que se ha alejado de lo que daba sentido a su vida y decide regresar. Ese retorno no es una derrota, es un acto de lucidez. Reconocer el error exige más valentía que persistir en este y esa es la enseñanza más profunda del relato evangélico.

Las naciones, al igual que las personas, pueden equivocarse de camino, pero también pueden rectificar. Ninguna sociedad está condenada a permanecer indefinidamente en la crisis si conserva la capacidad de examinar, corregir y recuperar los valores que hicieron posible la convivencia.

La fuerza de esta parábola radica en que no termina con el fracaso del hijo, sino con su reconciliación. En tiempos marcados por la polarización, el desencanto y la desconfianza, conviene recordar su mensaje: siempre existe la posibilidad de regresar a los principios perdidos, porque no consiste en avanzar, sino en hacerlo correctamente y, la decisión más sabia, es encontrar el camino de regreso.

Esta es la razón por la cual queremos felicitar al gobierno de Abelardo de la Espriella que, en menos de noventa días y pese a las enormes dificultades heredadas, está contribuyendo a que Colombia retome al camino correcto.

El Rincón de Dios

“Volver a Dios no es una derrota, es la oportunidad de comenzar de nuevo. El abrazo del padre al hijo prodigo nos recuerda que nuestros errores no agotan su misericordia: reconocerlos y dar el primer paso de regreso abre un camino de reconciliación”.

Anónimo

jueves, 29 de octubre de 2026

Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a los perros

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Las noticias están cada vez más desalentadoras. La tolerancia parece disminuir, los asesinatos de mujeres y personas LGBTIQ+, los de líderes sociales siguen ocupando los titulares, el secuestro vuelve a aparecer en la actualidad, los grupos armados utilizan drones para atacar y las decisiones sobre la explotación minera reabren discusiones sobre el territorio y sus consecuencias. A esto se suman los enfrentamientos en redes sociales, la corrupción entre quienes gobiernan y la falta de respeto por quienes piensan diferente.

La lista podría continuar. Basta con revisar los titulares de los periódicos para encontrar nuevas razones de preocupación. Cada día aparece una noticia que nos enfrenta a alguna de nuestras contradicciones, como si nos estuviéramos acostumbrando a vivir entre la indignación de la mañana y el olvido de la tarde.

Sin embargo, al caminar por el centro de Medellín en las primeras horas del día, me encontré con una imagen que parecía sacada de un cuadro. Al detenerme a observarla, recordé una frase que había escuchado varias veces y que hoy quiero compartir: «Plus je connais les hommes, mieux j’aime les chiens». En español: «Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a los perros».

Una versión de esta frase apareció publicada el 13 de noviembre de 1822 en la revista francesa Tablettes Historiques et Littéraires, atribuida a una mujer cuyo nombre no fue identificado. Se trata del registro histórico más antiguo localizado, aunque eso no significa que sea necesariamente el origen de la expresión.[1]

La fotografía que acompaña esta crónica ayuda a entender por qué, después de tantos años, la frase sigue encontrando eco en nosotros.

A las 5:07 de la mañana, la ciudad todavía no termina de sacudirse la noche. La luz de la calle cae sobre el concreto y dibuja una franja blanca alrededor del lugar donde duerme un hombre mayor. No sé si el brillo que aparece en la imagen es producto del alumbrado público o del reflejo sobre el suelo. Lo cierto es que la luz hace más visible una escena que, a esa hora, podría pasar inadvertida para cualquiera que camine apurado.

Un perro de pelaje claro descansa sobre el pecho del hombre. Una de sus patas delanteras reposa sobre la mano de su compañero. Ambos parecen haber encontrado, en medio del concreto, una forma de atravesar la madrugada. No conozco sus nombres ni se las circunstancias que los llevaron hasta allí. Tampoco necesitamos inventar una historia para reconocer lo que transmite la imagen: la cercanía de dos cuerpos que comparten el mismo refugio.

Al verla, la frase cobra una fuerza especial. Pienso en la lealtad de los perros, en su manera de acompañarnos, en aquellos que nos escuchan sin exigir explicaciones y nos esperan incluso cuando hemos tardado más de la cuenta. Pienso también en las personas que encuentran en ellos una compañía difícil de explicar con palabras.

Al mismo tiempo, escucho a quienes dicen que los jóvenes de ahora ya no quieren tener hijos, sino perros; que prefieren llamarse padres perrunos y compartir con sus animales un afecto que antes imaginaban reservado a la familia. No sé si esa afirmación describe realmente a toda una generación. Lo que sí me llama la atención es el contraste: mientras discutimos sobre el lugar que deben ocupar los animales en nuestras vidas, muchos seguimos preguntándonos cómo hemos llegado a tratarnos de ciertas maneras entre nosotros.

Quizá no se trate de elegir entre querer a un perro o querer a una persona. La pregunta es otra: ¿qué estamos buscando en esos compañeros de cuatro patas que a veces nos cuesta encontrar en nuestras relaciones humanas?

Las historias de algunos perros han convertido esa pregunta en algo difícil de ignorar. Hachikō[2] esperó durante años a un hombre que nunca volvió. Togo atravesó el hielo para llevar medicamentos a quienes los necesitaban.[3] Swansea Jack se lanzó al agua para rescatar a personas en peligro. Cada historia tiene sus propias circunstancias, pero todas nos recuerdan que los vínculos entre humanos y animales pueden estar hechos de una entrega que supera la comodidad y, en ocasiones, pone en riesgo la propia vida.

Y entonces uno mira alrededor y se pregunta en qué momento nos acostumbramos a pasar de largo. A ver a alguien caído y sacar el teléfono antes que la mano. A prometer compañía mientras todo marcha bien, a hablar de lealtad con la misma boca con la que traicionamos, a medir el valor de una persona por lo que puede ofrecernos.

Quizá por eso conmueven tanto las historias de los perros. No porque sean incapaces de equivocarse ni porque los seres humanos hayamos perdido toda bondad, sino porque su manera de acompañarnos nos enfrenta a nuestras propias contradicciones.

Hay perros que esperan a sus muertos. Personas que abandonan a sus vivos. Animales que se lanzan al agua por alguien en peligro y seres humanos que calculan si vale la pena detenerse. No se trata de condenar a toda la humanidad ni de idealizar a los animales, sino de reconocer que la lealtad, la compasión y el cuidado no siempre aparecen donde esperamos encontrarlos.

No sé si la humanidad va de mal en peor. La historia está llena de crueldad, pero también de personas que han dedicado su vida a cuidar a otras, defender a quienes no tienen voz y ayudar sin esperar nada a cambio. Sería injusto olvidar a quienes todavía hacen el bien en medio de tanta noticia desalentadora.

Lo que sí sé es que, a veces, basta con mirar a un perro echado en una acera, compartiendo el frío con alguien que tampoco tiene mucho, para entender que la nobleza no siempre necesita palabras. Y que, mientras nosotros seguimos discutiendo qué significa ser una buena persona, ellos, sin escribir tratados ni pronunciar discursos, saben quedarse.

Quizá no sea que los perros sean mejores que nosotros. Quizá sea que, después de tantas palabras, todavía nos conmueve encontrar un ser vivo que demuestra su cariño quedándose.

Esta historia está dedicada a cada uno de nuestros amigos peludos, a los que nos esperan detrás de una puerta, a los que nos acompañan en silencio y a los que convierten cualquier rincón de la casa en el mejor lugar del mundo, simplemente porque estamos allí.

Y sí, lo confieso, después de mirar esa fotografía y pensar en todo lo que pasa a nuestro alrededor, la verdad es que quiero más a mi perro.

Gracias, Lincon, por recordarme que, a veces, la mejor compañía no necesita decir una sola palabra.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Conversatorio con Daniel Carvalho


En esta primera entrega de un nuevo conversatorio de El Pensamiento al Aire, Antonio Montoya H. dialoga con el excongresista Daniel Carvalho Mejía sobre su trayectoria política, sus principales logros en Medellín y los desafíos de la ciudad en materia de movilidad sostenible, cultura, medioambiente y servicios públicos. Te invitamos a ver esta charla y conocer sus reflexiones sobre el presente y el futuro de Medellín.

¡Cuando los paracos son mejores que los gobernantes!

José Alvear Sanín
José Alvear Sanín

Antes de la construcción de los sewers de Londres, por Bazalgette, y de los égouts de París, por Belgrand, por las avenidas y calles de todas las ciudades discurría en paralelo el albañal inmundo, impregnando todo el ambiente, día y noche, de nauseabundos olores, mientras proliferaban terribles plagas.

Nada puede imaginarse peor, en el orden físico, que el colapso de los alcantarillados, situación extrema que en el orden moral se está dando en Colombia con el destape de la cloaca de Petro, con la diferencia de que nada hay más conveniente, hoy, que la revelación del poder adquirido por los bajos fondos que controlaban el Estado, la política y la economía.

Después de la cuidadosa construcción mental y jurídica de un alcantarillado oficial para la disposición de los desechos de la diaria corrupción, y de la trasgresión sistemática del derecho penal, la colosal abundancia de porquería rompió los diques, y las aguas negras de la letrina oficial invadieron el torrente de la vida nacional.

No hay duda de que las denuncias del Libro de la Verdad, seguidas por las de Angie Rodríguez, Eva Ferrer, Melquisedec Torres, Carlos Ríos y otros muchos, no serán las únicas, porque ya no hay dependencia del gobierno que pueda seguir conteniendo su chorro represado de pus.

Todo lo anterior hace casi irrespirable el aire, y por eso, algunos, asqueados, preferirían que esas voces fueran acalladas, para retornar a la tranquila resignación en la que el país pudo vivir durante el inmundo cuatrienio, pero el destape de los hechos infamantes de la banda presidencial es necesario para iniciar la depuración que debe arrancar con la salida de la fiscal de bolsillo, cómplice y encubridora, que hasta ahora, con su silencio y engavetando los procesos, ha impedido el esclarecimiento de los hechos y el castigo de los responsables.

Ante las irrecusables denuncias, las respuestas vagas, lacrimógenas y acomodaticias de Petro, de la Verónica —que no tenía para la carne ni para las matrículas escolares—, de la Sarabia y de un chulo travesti, que intentan desmentir lo inocultable, son recibidas por la opinión pública con risas, o con indignación ante tanto cinismo.

La revelación de los acontecimientos que rodearon el fracasado “pacto de Valledupar” indica claramente algo increíble, que los paracos eran mejores que el gobernante.

Agrego que la fiscal, el procurador, el contralor, los numerosos magistrados, jueces y congresistas, comunicadores, empresarios, y hasta jerarcas de la Iglesia, fueron cómplices, por acción o por omisión, de un gobierno cuya historia horripilante superó ampliamente, desde la primera semana, todo lo imaginable en materia de corrupción, depravación y destrucción de un país.

Yo hoy no entiendo a los críticos del presidente Abelardo

Andrés de Bedout Jaramillo
Andrés de Bedout Jaramillo

Flaco y traicionero servicio le están prestando a Colombia quienes critican con lupa rastrera y malintencionada al presidente Abelardo.

Yo, como colombiano, agradezco a Abelardo por haber derrotado al desastroso comunismo petro-cepedista, desconocedor, en compañía de todos sus irresponsables e indignos cómplices, de todas las atrocidades que cometieron contra nuestra nación.

Hoy, más que nunca, todos los colombianos que tengamos algún sentimiento de amor por nuestro país estamos en la obligación de respaldar y ayudar a quien logró derrotar a tan nefastos y diabólicos personajes.

La mala leche de los críticos injustos y malagradecidos los hace ver como cómplices y alcahuetes de todos los desastrosos hechos conocidos y por conocerse, que tienen al país al borde del punto de no retorno.

Pero tenemos a Nuestro Señor Jesucristo a nuestro favor, protegiéndonos e iluminándonos para evitar que los idiotas útiles sigan empujando al país por el despeñadero por el que nos tiraron los comunistas petro-cepedistas.

No nos vamos a dejar. Creemos que el milagro de la patria se está dando, es el camino que elegimos la mayoría de los colombianos. No vamos a ser tan pendejos como para perderle tiempo a los críticos inútiles de hoy.

Yo estuve antes de primera vuelta escéptico frente a Abelardo. Poco a poco me fui convenciendo de que era la única alternativa para sacar a los diablos de nuestro país y por eso terminé votando por él. Y siquiera ganó. Y creo que está haciendo bien la tarea: trabaja duro, explica claro, actúa rápido, está conectado con las regiones, está gobernando para todos los colombianos, le duele el país, es responsable, da buen ejemplo, cree en la familia y, lo más importante, cree en Dios y respeta sus preceptos.

Siento mucha tristeza viendo amigos equivocados, creyendo que criticando al que nos salvó van a obtener réditos políticos. Con el corazón y el cariño que les tengo, les pido que no se sigan equivocando, que reflexionen y aterricen. Ahora lo importante es sacar al país del atolladero, con lo que tenemos.

Dios mío, ilumínalos por favor.