Mostrando las entradas con la etiqueta Subsidios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Subsidios. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de julio de 2025

Crisis en los colegios privados

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Diferentes medios de comunicación han registrado esta semana la dramática situación que atraviesan muchos colegios privados. Recordarán ustedes que hace unos meses se hablaba del cierre de centenares de colegios en todo el país. Pues bien, la curva descendente está ahora más pronunciada que nunca debido a los nuevos factores que entraron en escena.

La crisis comienza a hacerse evidente a mediados de los años 90 cuando se clasificaron los centros educativos en tres grupos: libertad regulada, libertad vigilada y régimen de control. Los primeros, gracias a su perfil y proyecto educativo institucional podrían tener incrementos más altos en sus matrículas y pensiones, pero con tope previamente definido por el ministerio. A los segundos, con algunas prebendas se le autorizaba un determinado incremento, en tanto los del régimen de control efectivamente estaban totalmente limitados. Como quien dice que los que tenían mayores posibilidades tuvieron más oportunidades y los que no las tenían nunca pudieron aspirar a mejorarlas. Eso los puso contra las cuerdas y muchos fueron cerrando sus puertas por ser totalmente inviables.

Por su parte, comenzó a darse una recuperación de la calidad en la educación pública tanto con el mejoramiento de su infraestructura como en la ampliación de cobertura y su gratuidad, lo que hizo atractiva la oferta para las clases sociales más desfavorecidas o de clase media venidas a menos por las sucesivas crisis económicas que hemos vivido.

Pero simultáneamente comenzaba a darse un fenómeno que afectaría a ambos sectores: la tasa de natalidad comenzó a descender vertiginosamente. El DANE daba cuenta de cómo las familias colombianas dejaron de ser numerosas a tener uno o no tener hijos. Eso se reflejó en la caída de la matrícula y fue notorio el efecto porque, aunque había capacidad instalada, la realidad fue que quedó subutilizada y ociosa.

A diferencia de la educación pública que es sostenida 100 % por el Estado con los impuestos de los colombianos, la privada no goza de prebendas ni subsidios. Debe pagar todos los costos fijos anuales: los impositivos como predial, IVA, ICA, a las transacciones bancarias, servicios públicos, los de sostenimiento y mantenimiento, los de ineludible cumplimiento que son las asfixiantes nóminas con su carga prestacional del 51 % adicional al salario base y que sobrepasan el 65 o 70 % del presupuesto anual, sin incluir los costos asociados a la calidad y la innovación.

No es todo. La educación privada, además de afrontar estos retos, se enfrenta a una mala práctica que aún hoy no ha encontrado solución: las familias, amparadas en el derecho a la educación se refugian en él para propiciar la mal llamada "cultura de no pago" que hace que las carteras morosas sean de decenas y cientos de millones prácticamente irrecuperables porque por tutelar ese derecho, desampara al colegio que no puede recuperar esos dineros.

A este panorama se suma la justa sentencia de la Corte Constitucional que reza que "a trabajo igual, salario igual" pero que en la práctica es desigual en las condiciones dadas porque el Estado que es el que decreta anualmente los incrementos salariales y en el escalafón, da a sus oficiales educadores porcentajes adicionales que un colegio privado no puede asumir, generando una absurda e injusta brecha que afecta obviamente a los trabajadores. Esa es una de las noticias de esta semana, el Gobierno concertó un incremento adicional del 3 % para los próximos tres años y advierte que los colegios privados deben hacer lo propio.

Muchos piensan que la educación privada es un lucrativo negocio. La verdad es que sí ha habido mercaderes de la educación que así lo han convertido para vergüenza del gremio, pero no es la suerte de la mayoría. Soy de los que cree que la educación pública debería ser de excelente calidad. No lo es actualmente, al menos en la educación inicial, básica y media. En los resultados de las pruebas de Estado son los colegios privados los que en mayoría abrumadora sobresalen. Apenas unos cuantos públicos sacan la cara.

Pareciera el gobierno querer desaparecer la educación privada, estrategia errónea que atenta contra la libertad de enseñanza, pues de ninguna manera podría ser monopolio del Estado. Eso solo se da en los regímenes dictatoriales de derecha o de izquierda porque saben que es la manera como se garantiza su perpetuidad, indoctrinando sus ideologías a la niñez y la juventud, volviéndolas borregos alienados que no piensan críticamente. Y la pluralidad y el derecho a la divergencia y al pensar diferente se sepultan. Equívoco también sería concluir que la educación privada es para los ricos y la pública para los pobres. Falso. Los padres de familia deberían gozar el derecho de escoger la educación que quieren para sus hijos. Y el Estado que sostenemos todos con nuestra tributación, debería subsidiar a unos y a otros. Ahí habría igualdad en el derecho a la educación.

Finalmente, no tenemos ley estatutaria de la educación. Quiso hacerse al antojo de los intereses de turno y así no puede ser. Debe construirse de manera concertada y participativa. En tanto eso ocurre, todos perdemos. Y eso es lo que muchos quieren, porque en tanto más embrutecidos estemos, más fácilmente podrán manipularnos. Y esto vale para todas las ideologías. Es la verdad, gústenos o no.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Necesitamos mucha austeridad en el gasto público

Andrés de Bedout Jaramillo
Por Andrés de Bedout Jaramillo

Hace muchos años los salarios de los empleados públicos, tanto de libre nombramiento y remoción, como de carrera administrativa, de los trabajadores oficiales y de los miembros de los cuerpos colegiados, Senado, Cámara, asambleas y concejos, se consideraban muy bajos frente a los salarios del sector privado y a las responsabilidades que implicaba el sector público oficial.

Hoy, los sueldos y honorarios que se pagan en el sector público son mejores que los que se pagan en el sector privado, lo que lo hace muy atractivo, inclusive sin tener en cuenta los beneficios adicionales de carros oficiales con conductor, alimentación, gastos de representación, tiquetes aéreos, viáticos, etcétera, que tienen muchísimos funcionarios altos del Estado.

Las cuantías a que tienen derecho congresistas, diputados y concejales, para contratar sus equipos de trabajo sin muchos requisitos, son ya exorbitantes, mejor dicho, el sector público paso a sus integrantes de la pobreza a la riqueza, se les fue la mano y si no adquirimos conciencia de austeridad, el gasto público seguirá creciendo desaforadamente.

Los contratos de prestación de servicios, que en él sector público se convirtieron en una parte muy importante de la fuerza laboral disponible para mover el aparato estatal, están siendo utilizados para pagar favores políticos, colocar familiares, satisfacer necesidades personales, etcétera; situaciones que se han hecho muy notorias en las administraciones de Petro y Quintero, evidenciadas por los medios de comunicación y por los sectores de oposición. Me atrevo a concluir que, si estos contratos de prestación de servicios o mejores contratos de complacencias no existieran, serían muchos los miles de millones que nos ahorraríamos.

El consumo de gasolina, hoy artículo de lujo debe ser racionalizado al máximo, me atrevo a proponer asignar un cupo máximo de consumo para cada vehículo de representación, lo que se consuma de más debe ser de cuenta del beneficiario del carro del Estado.

Los viáticos y gastos de representación deben ser estrictamente reglamentados y auditados, para evitar lo que sucede en la administración Petro, Quintero y Hurtado con estos dos rubros; serían miles de millones que nos ahorraríamos en el ámbito nacional, departamental y municipal.

Deben poner el ojo a los presupuestos para impresos y publicaciones; se exageran en la cantidad de folletos, libros, cuadernos, libretas, cachuchas, camisetas, camisas, etcétera, que mandan a producir las entidades públicas.

Yo creo que la austeridad que deben tener nuestros gobernantes ayudaría muchísimo en el proceso de recuperación de la confianza en el Estado en todas sus manifestaciones.

Algo debemos inventar para evitar el enorme gasto que implican la gran cantidad de carros oficiales que tenemos en Colombia, sus departamentos y municipios… combustible, mantenimiento, seguros, impuestos, etcétera, son gastos inmensos que obligan a reducción del parque automotor y su utilización a lo estrictamente necesario.

Estamos en épocas de preparación y aprobación de presupuestos para el año 2024, es el momento oportuno para revisar con lupa las partidas presupuestales, buscando austeridad y transparencia, los gastos de contratos de prestación de servicios de complacencia, viajes, representación, impresos y publicaciones, publicidad, horas extra, vehículos, combustible, etcétera, deben llevarse a cuantías razonables, que obedezcan única y exclusivamente a gastos directamente relacionados con el funcionamiento del Estado y estricto cumplimiento de funciones.

Se deben revisar todas las partidas de inversión, para evitar que en ellas vayan disfrazados gastos de funcionamiento, para hacerle el quite al porcentaje permitido para estos rubros del presupuesto.

Medellín contará con un presupuesto de unos 8.4 billones de pesos para el año 2024, dineros todos que en última instancia provienen de nosotros los ciudadanos, bien vía impuestos municipales como predial e industria y comercio, bien nacionales como impuesto de renta, bien pago de servicios públicos domiciliarios, que, para el caso de Medellín, pagamos a EPM, quien transfiere a nuestro municipio cerca de dos billones de las utilidades de 2023.

Se deben congelar los salarios de muchos empleados públicos, que tienen sueldos que superan los 60, 70 y 80 millones de pesos mensuales, cifras absolutamente desproporcionadas; no sé a qué horas terminó el Estado pagando semejantes cuantías; si nos parece bien alta la remuneración de congresistas, ni hablar de las entidades donde pagan estas absurdas cantidades.

En fin, los colombianos que somos los que en últimas pagamos los gastos del estado, solicitamos a los que elaboran, estudian y aprueban los presupuestos, que tengan consideración con su pueblo y apliquen austeridad total en el gasto, para que la platica alcance y no tengan que seguir grabándonos con los asfixiantes impuestos que cada día dificultan más las posibilidades de bienestar de nosotros los colombianos.

Austeridad y humildad van de la mano y nos acercan como humanos a nuestros hermanos, como nos lo enseña nuestro Señor Jesucristo en muchos pasajes de la Biblia. Recordemos que todos somos iguales ante Dios y la ley.

martes, 7 de noviembre de 2023

De cara al porvenir: empleo y solidaridad

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal

En épocas de alto desempleo y de comportamientos inestables de la economía, es donde se hace imprescindible ser creativos y solidarios para garantizar la existencia de oportunidades laborales y de generación de ingresos  para que la gente subsista y no estemos incubando de manera creciente la figura perversa y perniciosa de los subsidios, figura que es necesaria de carácter temporal ante ciertas circunstancias y emergencias, pero nunca de manera permanente y menos como forma de vida, pues esto es absolutamente insostenible e inmoral.

Depende de los Gobiernos sentar las bases para establecer confianza y estabilidad para que los inversionistas se la jueguen dentro del país, así como establecer mecanismos que permitan en el ámbito macroeconómico dinamizar la economía, ya buscando la generación rápida de empleo apostándole a la construcción y al agro y de manera mediata, a la industria, al comercio y a los servicios.

El Estado sigue siendo el principal consumidor de productos, bienes y servicios en el planeta, así como el principal inversor, sobre todo en prestación de servicios y en obras de infraestructura pública y de mantenimiento del espacio público. Por eso el manejo de los recursos –que son de todos– debe ser impoluto y transparente.

Sin embargo, nosotros también podemos aportar nuestro grano de arena en el ámbito microeconómico, cada uno, con sus reales posibilidades, pero atendiendo los principios de colaboración y de solidaridad. Lo anterior no es solo un buen propósito o un acto de caridad, es un acto de civilidad y de pragmatismo, ya que, si mejoramos las condiciones de nuestro entorno, más seguros estaremos.

Veamos algunos ejemplos que podrían ser vistos como ir en contravía de las facilidades que nos ofrece la tecnología o de la búsqueda permanente y continua de racionalizar los costos y los gastos o de la preeminencia de criterios como eficiencia y eficacia, de productividad y de competitividad, pero es que el momento histórico que estamos viviendo, merece, requiere y necesita una mirada distinta, una mirada llena de generosidad y de justicia, ahora que todavía tenemos alguna posibilidad de maniobrar y de tener la iniciativa.

¿Qué tal si en nuestras unidades residenciales garantizamos el empleo de los 3 turnos de vigilancia y de servicios varios todos los días de la semana?

¿Qué tal si contratamos a las personas del servicio doméstico cumpliendo plenamente con los mandatos le ley?

¿Qué tal si en los edificios públicos y privados volvemos a tener la figura de los ascensoristas aún en ascensores inteligentes?

¿Qué tal si el Estado coloca turnos de 24 horas para la prestación de todos los servicios fundamentales y de trámites entre el ciudadano y el Estado?

¿Qué tal si las empresas –a conciencia– vuelven a realizar de manera manual algunos de los procesos o actividades previamente automatizadas?

¿Qué tal si hacemos un inventario de todas las cosas que tenemos por hacer, construir o reparar en nuestros hogares y oficinas y comenzamos paulatinamente a realizarlos?

Construir o ampliar nuestra casa, pintar y embellecer los espacios, reparar y forrar los muebles, arreglar los jardines, hacerles mantenimiento a los techos, reparar y hacer mantenimiento de los electro y los gasodomésticos, cambiar las cortinas, arreglar los zapatos y las prendas que lo ameritan, ir al peluquero y al manicurista, lavar el carro, regalar y donar lo que no usamos, apoyar económicamente orfanatos, ancianatos y entidades que desarrollan actividades de atención y protección a los más vulnerables, incluyendo animales.

Apoyar a quienes desarrollan artes y oficios y que nos pueden ayudar a resolver problemas como los ebanistas, los carpinteros, los pintores, los electricistas, los plomeros, los mecánicos, los albañiles, entre otros tantos y apoyar y promover a personas que trabajan con el arte en cualquiera de sus expresiones y el deporte y que pueden orientar, potenciar y darle clases a nuestros hijos y a nosotros mismos para que nos ayuden a desarrollar destrezas particulares.

Si vamos a celebrar, pues contratemos algunas de las cosas que vamos a necesitar como comida, bebida, recreación, meseros, aseo, entre otras actividades.

Una invitación a que no seamos cositeros, tacaños, mentecatos, amarrados, avaros y mucho menos inhumanos.

Llamémoslo solidaridad, caridad, colaboración, apoyo, altruismo, fraternidad, filantropía, como sea, pero hagámoslo.

¡Hoy por ti, mañana por mí!

El problema es grande y grave, y todos tenemos la obligación, por nuestra conveniencia y por razones de justicia y equidad, de aportar y contribuir proporcionalmente en su mitigación.

Superar el déficit de vivienda que para el caso de Colomba es de 5.3 millones, para Antioquia, 400.000 y para Medellín, 40.000 en números redondos, es otra forma de generar impacto positivo en la generación de empleo.

Según VIVA (Empresa de Vivienda de Antioquia), la construcción de 1 vivienda asocia 4 empleos directos y el mejoramiento de viviendas, 2 empleos directos. El impacto en generación de empleo sería más que notable.

¡No es hora de que nos vaya a quedar grande la grandeza!

jueves, 7 de septiembre de 2023

No se puede tomar leche y comer carne de la misma vaca

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

Entendamos la sabiduría de los adagios populares. Si no se administra diligentemente un establo y no se cuidan las vacas que producen, termina el negocio vacío con las vacas flacas y colgadas en el gancho del matadero.

Si la mala administración de la política estatal funde el sector privado, se mata y se termina la economía. La evidencia histórica demuestra claramente que las economías de Estado centralizadas son incapaces de producir para mantener un sistema económico que pueda suplir las necesidades de una nación.

Es utópico subsidiar todo sin un sistema productivo privado dinámico que nutra el Estado. Las burocracias estatales sólo gastan recursos, no saben producir ni invertir, no están hechas para eso. No se puede pretender producir leche en una perrera, y sin quien compre el cuido, las perras no dan ni para amamantar los cachorros.

Un gran amigo me hizo un símil muy pertinente para el caso actual colombiano, al evocar la obra teatral “Leopolstadt” de Tom Stoppard, en la cual una familia judía en Austria, inicialmente desestimó y calificó de fantasiosas las amenazas del gobierno nazi, teniendo luego que pagar un gran costo por ello.

La indolencia propia de la degeneración partidista crea la desconfianza que genera la salida de capitales y conlleva a la destrucción del sistema de mercado y libertades económicas, algo a lo cual le apunta claramente la conducción del Estado en Colombia.

Justo en la era del conocimiento, como sociedad cometemos un grave error, circunscritos al dilema, centro, derecha e izquierda, que hoy representa la excusa de la clase política para seguir evadiendo lo que es cuantitativamente medible como eficiente y efectivo, y legal y éticamente correcto.

No podemos seguir pensando que las democracias son inmunes al virus letal del socialismo del siglo XXI, tras el cual, en el caso colombiano, se reemplazó el sistema de libertadas económicas y trabajo transformacional, dinámico e institucionalmente empoderado entre el Estado y el sector privado, y sin el cual no hay hacienda que escape a la quiebra y se crea un sistema estatal totalmente fallido, por el sistema populista que esconde autocracias y dictaduras que albergan una narco-cultura cleptócrata y sanguinaria, controlada por la relativización de los valores en el ejercicio político que permite acuerdos con el crimen organizado.

La actividad partidista abandonó el trabajo social en procura de soluciones reales a los graves problemas de la gente. Degeneró en vulgar politiquería corrupta a partir de la asignación de los avales condicionados a promisorios repagos y prebendas, propios de una indiscriminada asignación a la mediocridad que hoy se limita a una pelotillera trifulca de trinos entre pequeñas tribus y a discursos falaces y lejanos a la dura realidad de la nación.

Se reemplazó la formulación de propuestas serias y realizables y la formación de equipos profesionales capaces, éticos, trabajadores y honorables, por un bazar de egos, intereses inmediatistas, conveniencias, y abusos de los mismos con las mismas, donde sólo le venden al elector los contenidos banales y palurdos que copan espacios mediáticos y redes sociales.

Como nación y sociedad nos estamos tragando el anzuelo sin carnada, propio de la dialéctica populista que para todo encuentra una excusa, pues sólo se fundamenta en mentir como sea, incluso apelando a síndromes fantasiosos, para lograr con ello evadir el fondo de los problemas.

Hoy desde la cabeza del Estado se trata de tapar la corrupción con el discurso discriminatorio que genera y multiplica el odio de clases y confunde generalizando agendas minoritarias.

No se es bueno o malo, ni gente de bien o perversa por tener plata o ser pobre, por ser feo o bonito, por tener o no un estatus o pertenecer a una causa, una rosca, círculo o familia conocida, eso es totalmente falso. Se es buena persona si se obra bien, si se obra con respeto, si se cumplen las obligaciones cívicas antes de reclamar derechos, y eso sólo se mama no se compra, independientemente de dónde se nace o se vive.

La gente sólo es buena cuando sirve un propósito loable. Nadie es bueno o malo por ser de derecha, izquierda o centro, por ser propietario o inquilino, por tener o no título, por su orientación sexual o por su raza. No es así. La gente de bien es la que obra bien, y deja de serlo cuando obra mal. Es así de simple, y claramente no son los malandros los que están llamados a hacer esa valoración.

Estamos cediendo la razón y la real importancia de los grandes temas nacionales, ante un debate estéril contra la retórica lisonjera y en función de la vendedera de escándalos para tapar otros escándalos.

Aquí en Colombia lo grave es que ya hay una dictadura instaurada de facto, pues incluso pasa de forma descarada de lo que pueda decir quien ejerce el control público y desconoce de entrada el fallo que pueda dar el Consejo de Estado, con relación al desacato de la suspensión a los elegidos popularmente.

Desconocer por ideología o conveniencia los fallos de la Procuraduría y la constitucionalidad es un tema de gravedad mayor. Pero el asunto no para ahí. Esto no es de hoy, esto se lo birlaron ya en 2014 Santos y Petro, apelando a una corte y una norma exógena al espectro constitucional colombiano.

En resumen, qué importa a una corte internacional ideologizada, si aquí violan o secuestran infantes o personas indefensas, asesinan policías o peatones, qué importa si hay matanzas, qué importa quién controla 19 regiones aisladas, qué importa si la tierra tiene dueño o no, si son los jueces y los abogados por ideología mezclada con corrupción, los que valoran y determinan a conveniencia las circunstancias de los crímenes o las escrituras y deciden quién será el nuevo dueño de un derecho o un terruño.

El gobierno y su servil cajero están gastando a fondo blanco una herencia sustantiva que son los réditos de un crecimiento de dos dígitos en 2021 y un muy buen 2022 que se le debe a la administración de Duque, Carrasquilla y Restrepo, pero eso va a durar poco. Ya el sistema financiero bajó en un 40% su actividad, la construcción va 60% menos, este año se pagarán más impuestos, los proyectos de inversión que venían al galope pararon en seco.

A lo anterior, súmenle un costo de movilidad en ascenso y que ya es alto, pero el año entrante ya no habrá con qué pagarlo, y entre tanto el ministro de Hacienda quiere mandar al matadero al grupo empresarial Ecopetrol, la vaca que más leche le da al Estado y con la cual se ha podido mantener el costo razonable de la movilidad de la economía de la gran familia colombiana.

Aún queda por dilapidar algo de la herencia del Gobierno anterior, pero la plata como el ganado es fungible y dura poco, el 2024 será malo, y lo más grave es que en el 2025 estaremos con los costos por las nubes, un déficit tremendo en todos los sentidos, y con importantes fuentes de ingreso como el recaudo tributario, todo el sector minero energético, Ecopetrol-ISA, EPM y sus homólogos y la generación de energía muy mal heridos.

No pretendamos tomar leche y comer carne de la misma vaca. Las acciones correctivas que se tengan que tomar para que esta democracia no se derrumbe y la economía aguante, hay que tomarlas ahora. La teoría de esperar tres años es una consolación ingenua, necia y costosa, propia de la estupidez que caracteriza a tibios y excéntricos por no llamarlos mamertos.

Los gremios tienen que sacar valor patrio del comprensible miedo que diariamente les mete el tirano y cantarle la tabla al Gobierno antes de que arruinen el sistema de salud, el pensional, el financiero, la movilidad, la construcción y la infraestructura, la industria, el comercio, y se termine lo poco que caiga al suelo de la piñata de los subsidios al crimen y a la vagancia.

No quiero ni hablar de inseguridad ni de la esterilidad de la justicia, propias de la ejecución de la teoría del caos. Es triste que sea ahora la transformación social de El Salvador la que le dé ejemplo a Colombia. Es ahora o nunca. No quiera el destino que a nuestra nación la pille el próximo ciclo exógeno inverso, con los calzones abajo.

miércoles, 19 de octubre de 2022

¡El completo y escabroso destape de Caldono!

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

En Caldono lo de menos fue el bien comentado asunto del “enemigo interno”, porque Petro aprovechó para un completo spogliarello, como dirían sus antepasados italianos, que él oculta en su reciente y destructora diatriba, revanchista y woke.

Después de dejar una considerable huella de carbono el jet oficial aterrizó en Popayán, y desde allí Petro y su comitiva se desplazaron por tierra, dejando una discreta estela de CO2, hasta Caldono, donde el gran incumplido exaltó el valor del tiempo, que no le alcanzará, al parecer, para cambiar, en cuatro años, todo lo malo que se ha hecho en los quinientos anteriores.

Dejando de lado las conjeturas sobre si el mensaje acerca de la fugacidad del tiempo es para ambientar la necesidad de prolongar su mandato por dos o tres períodos, lo indudable es que su discurso en esa localidad, el pasado 12 de octubre, es el más diciente salido de su irrefrenable locuacidad.

Exceptuando lo del “enemigo interior”, que tocaré antes de pasar a mayores, poco se ha comentado del resto de esa intervención de 39 minutos (que he seguido en la versión de la Presidencia, que puede estar editada), en la que Petro se expresó con el mayor desparpajo, revelador de su psicología e indicador del rumbo inexorable de su gobierno.

Acusó al “enemigo interior” de entorpecer la compra de los 3’000.000 de hectáreas, lo que se interpretó como advertencia dirigida al vetusto ministro de Hacienda, el único algo preparado de su gabinete, quien se había atrevido a decir que esa operación no puede hacerse con la emisión de TES.

Como la utilidad político-mediática de Ocampo no ha pasado todavía, de regreso a Bogotá Petro trinó:

“El enemigo interno es el acumulado de normas y efectos, todos en la Administración Nacional, durante décadas, para mantener intereses particulares poderosos e impedir los cambios en favor de la gente”.

Así que su “enemigo interno” no es una persona, sino un espíritu, obviamente mal intencionado, que —supongo— anima “normas y efectos”…

Dejando de lado lo abstruso y abscóndito del trino, da entonces la impresión de que el redomado materialista de su autor se acerca ahora al idealismo alemán o a un gaseoso espiritismo, para encontrar una manifestación vital que coordine esas “normas y efectos” en su contra.

A continuación, el orador defendió su plan de despojo de los cotizantes de pensión. Allí no ve expropiación. En cambio, sí acusa a los dos banqueros más ricos de haber “expropiado” —en favor propio, supongo— parte de los fondos pensionales.

La anterior es una acusación gravísima. Nadie ignora que el más rico de los banqueros es Luis Carlos Sarmiento, pero no sabemos quién es el segundo. No debe referirse al señor Vélez, quien opera en el Brasil, lo que nos conduce, quizás, a Gillinski.

Ahora bien, si a Petro le consta que esos banqueros han realizado esa expoliación, ¿cómo es que no los ha denunciado o expropiado? Si lo primero, es cómplice; si lo segundo, está en mora de hacerlo.

Más tarde volverá sobre la prensa de propiedad de los mismos dos banqueros. ¿Estará pensando en El Tiempo y Semana?

Desagradecido, entonces, con ambos magnates, cuyos medios adoptaron en sus publicaciones “la neutralidad omisiva”, que durante tantos años le permitió a Petro avanzar hacia el poder, desde el cual ahora podrá atemorizarlos, o expropiarles tanto los medios como los bancos, cuando llegue el momento en el proceso revolucionario.

A continuación habló de la sangre derramada de Gaitán, de los diálogos regionales vinculantes, de “Colombia, potencia mundial de la vida” y de los oligarcas que viven en Miami y Madrid, (¡pero no de los que descansan en palacetes de la Toscana!), para ocuparse luego de la “paz rápida” porque para él, los que militan en organizaciones armadas no son hijos de oligarcas ni herederos de esclavistas, categorías que una y otra vez salen a relucir en la perorata.

Siguió entonces hablando de la urgencia de una organización popular, que presione al gobierno y al Estado, formada por el pueblo, millones en las plazas, los campos y las universidades, dispuestos a acompañarlo y organizados como un movimiento social. A ese gobierno de multitudes le pide no perder ni un segundo, porque el tiempo vuela. De no contar con ese pueblo organizado, puede pasar lo mismo que con “la sangre de Gaitán, corriendo hacia las alcantarillas”.

Aumenta la calentura: el pueblo unificado, las fuerzas populares, la acumulación de resistencias milenarias… el tiempo que no tiene… Hay que cambiar en cuatro años lo que no ha cambiado en quinientos… Las razas no existen (pero más de una vez habla de un comité interétnico para asegurar la paz entre negritudes e indígenas... la distribución de las tierras de la reforma agraria… La Fiesta de la Raza es fascista (¡), y él la cambia por la Fiesta de la Resistencia…

También nos habla de funcionarios que solo quieren el billete (¡pero no habla de ciertas bolsas negras repletas de ellos!), y vuelve con la sangre de Gaitán y las alcantarillas…

Hago este mini resumen del discurso de Petro, el 12 de octubre en Caldono, ante la minga, e invito a los lectores para que tengan la paciencia masoquista de escucharlo, porque allí está él verdaderamente, encendiendo la lucha de clases en un país de terratenientes blancos, oligarcas y herederos de esclavistas. Petro en cambio “tiene que vestirse de paño cuando debe recibir gringos”.

Falta mucho, pero lo peor que puede hacerse es destruir la base extractivista de la economía nacional para convertir al país en un narcoestado; sustituir la democracia representativa por la dictadura tumultuaria; decrecer para nivelar por lo bajo; cambiar la agricultura productiva por la minifundista estéril; cambiar un sistema de salud de cobertura universal por otro de corte burocrático y clientelista; premiar la violencia con la impunidad; sostener la población a base de subsidios exiguos, en lugar de fomentar el crecimiento y la generación de empleo; y llevarnos a la órbita castro-chavista…

¡Cuando escucho al demagogo Petro en la plaza pública, veo con claridad quién es el verdadero enemigo interno!