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jueves, 3 de septiembre de 2026

El parque que aprendió a llamarse Periodista

Fredy Angarita

Mientras uno recuerda, otros están construyendo.

Desde que bajé por primera vez al centro para comenzar mi primer trabajo, conocí –o mejor dicho, vi– lo que entonces muchos llamaban el Parque del Periodista.

Había iniciado labores en La Fundación Médico Preventiva que había comprado su sede en La Playa. Por esos días, comencé a recorrer unas calles que todavía no sabía qué tan importante iban a hacer para mi vida.

En aquella época, cuando alguien hablaba del Parque del Periodista, casi siempre lo relacionaba con la rumba nocturna de Medellín. Era territorio de metaleros, punkeros, músicos, estudiantes y personajes que parecían pertenecer a una ciudad diferente a la que funcionaba durante el día. Tenía mala fama.

Se hablaba de violencia, de peleas, de alcohol y de todo aquello que suele acompañar los lugares donde la noche parece tener sus propias reglas. Durante los años que trabajé entre las sedes de La Playa, Perú y Caracas, muchas de mis noches terminaron allí.

Entonces todavía no sabía por qué se llamaba Parque del Periodista, mucho menos sabía que también le decían El Guanábano. Ese nombre lo entendí después, cuando descubrí que venía de un árbol y, posteriormente, de un bar que terminaría siendo parte fundamental de la historia reciente del lugar.

Hoy, varios años después y luego de algunos tragos compartidos en el parque, compartiendo con muy buenas personas, quise regresar a su historia. No solamente a la que yo conocí, buscando la que estaba allí mucho antes de que yo llegara.

Para quienes no viven en Medellín, el Parque del Periodista está en el centro de la ciudad, en la comuna 10, La Candelaria. Se encuentra sobre la carrera 43, Girardot, entre las calles 53, Maracaibo, y 54, Caracas.

Después de leer, consultar y preguntar a varias personas, me encontré con una historia mucho más interesante que la que yo conocía.

Antes del parque

Una fuente histórica[1] que registró la transformación urbana del centro de Medellín señala que por este sector pasaba el antiguo camino de Guarne, el lugar llegó incluso a conocerse como barrio Guarne. Es decir, el sitio no nació como parque.

Antes de convertirse en punto de encuentro de periodistas, músicos, estudiantes y noctámbulos, fue un espacio de viviendas, solares, caminos y casas construidas con las técnicas de la época.

En 1952, el municipio realizó la rectificación de la carrera Girardot. Para hacerlo tuvo que comprar algunos terrenos y demoler antiguas construcciones de tapia. Después de las demoliciones quedó un espacio abierto que con el tiempo comenzó a funcionar como zona verde.

Pero quedó algo particularmente importante: un árbol, un guanábano. Quizá por eso resulta curioso que muchos años después ese nombre terminara identificando también la vida nocturna del lugar.

Durante los años sesenta, el espacio todavía no tenía las características formales para ser considerado el parque que conocemos hoy. En 1966 se instaló allí una placa conmemorativa relacionada con los combatientes de la Revolución Húngara de 1956, entonces comenzó a conocerse como Plazoleta de Hungría.[2]

Cinco años después, en 1971, un grupo de periodistas de Medellín promovió la instalación de un busto dedicado a Manuel del Socorro Rodríguez, el cubano considerado uno de los pioneros del periodismo colombiano. Y allí empezó otra historia, la del Parque del Periodista.

El nombre que nació como homenaje al periodismo, la gente terminó haciendo algo que suele hacer con los lugares de la ciudad: lo bautizó nuevamente…

El Periodista se volvió otra cosa

Comenzó a convertirse en un punto de encuentro de la bohemia, la contracultura y la vida nocturna del centro de Medellín. El nombre oficial hablaba de periodistas, la vida cotidiana hablaba de otra cosa. Hablaba de personas.

Sus visitantes: periodistas, escritores, estudiantes, músicos, artistas, fotógrafos, cineastas, poetas, vendedores, habitantes de calle, trabajadores nocturnos y personas que simplemente buscaban una mesa, una cerveza y alguien con quien conversar.

Algunos lugares de una ciudad no se construyen solamente con ladrillos, se construyen con conversaciones, con noches, con personas que regresan, con quienes llegan por primera vez y con quienes terminan convirtiéndose en parte de su paisaje.

El Guanábano fue fundamental en esa transformación. El bar abrió sus puertas el 17 de abril de 1990 y terminó convirtiéndose en uno de los lugares asociados a la identidad nocturna del parque. Alrededor de ese espacio se fueron consolidando establecimientos y encuentros relacionados con la literatura, la poesía, el cine, la música, el periodismo, el arte, los estudiantes y los movimientos contraculturales.

Por eso, cuando alguien habla del Parque del Periodista, es difícil separarlo de la noche, pero también sería injusto reducirlo a ella, el parque tiene otra memoria, una memoria mucho más dolorosa…

El parque también recuerda

Allí se encuentra el monumento Los Niños de Villatina, relacionado con la masacre de Villatina.[3] Entonces el lugar cambia nuevamente.

Ya no es solamente cerveza, no son solamente bares, no son solamente jóvenes sentados conversando hasta la madrugada. Aparecen otras palabras: memoria, violencia, víctimas, reparación, resistencia.

Eso es lo que más me gusta de algunos lugares de Medellín, se niegan a tener una sola historia.

El Parque del Periodista puede ser una esquina de rumba para quien llega de noche. Puede ser un lugar de encuentro para un estudiante, puede ser una mesa para un escritor, puede ser el recuerdo de una vieja conversación, puede ser el lugar donde alguien tomó su primera cerveza y, también, puede ser un espacio que recuerda a quienes no tuvieron la oportunidad de llegar a viejos. Quizá por eso hoy lo miro diferente.

Cuando llegué por primera vez al centro, yo veía un parque asociado a la noche, a los metaleros, a los punkeros, a la cerveza y a una Medellín que muchos preferían no mirar demasiado. Ahora, después de conocer parte de su historia, entiendo que estaba mirando solamente una de sus capas. Los lugares también envejecen y mientras envejecen, acumulan historias.

El Parque del Periodista tiene las de quienes hicieron del lugar un punto de encuentro, las de quienes encontraron allí una forma de expresarse y las de quienes simplemente pasaron una noche conversando. También aparecen y desaparecen sus árboles, sus monumentos, sus bares y sus recuerdos. Y tiene algo que ninguna placa puede explicar completamente: la gente que decidió quedarse.

Quizá esa sea la verdadera historia del Parque del Periodista. No la de cómo nació, ni siquiera la de cómo terminó llamándose así, sino la de cómo una ciudad fue llegando poco a poco a una misma esquina y decidió convertirla en punto de encuentro.

También llegué allí alguna vez, primero por trabajo, después por la noche, y hoy, muchos años más tarde, regreso por una razón diferente: para descubrir que aquel parque que yo creía conocer apenas estaba empezando a contarme su historia, hoy, 25 años después de sentarme por primera vez en este lugar, vuelvo a mirar el parque con otros ojos…

Ya no veo solamente el lugar de la rumba, de los tragos, de los músicos, de los estudiantes o de quienes alguna vez llegamos buscando una noche diferente. Veo personas que, sin saberlo, están construyendo la historia que algún día alguien contará sobre este lugar. Los lugares también cambian. Cambian sus nombres, sus habitantes, sus noches y sus historias.

Y quizá eso sea lo más bonito: que mientras uno cree que está sentado recordando su pasado, alrededor hay otros construyendo su futuro.

Hace 25 años me senté aquí por primera vez. Hoy entiendo que el parque no ha dejado de escribir su historia. Simplemente, cada generación llega con una página nueva.

jueves, 27 de agosto de 2026

¿El Congreso es un circo?

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Entre ratas, caballos y brazaletes

Una noticia de la semana pasada me llamó especialmente la atención. El Colombiano lo tituló así “Un senador de la República llegó a trabajar con un brazalete electrónico del Inpec”.[1]  Se trata de Miguel Ángel Barreto, quien está siendo investigado por presunto tráfico de influencias y otros delitos relacionados con el caso conocido como Marionetas 2.0. La Corte Suprema le impuso vigilancia electrónica mientras avanza el proceso.

La primera reacción que tuve fue más de curiosidad que de indignación. Dije: bueno, si todavía no ha sido condenado, tampoco se le puede negar automáticamente el derecho al trabajo. Pero después me quedé mirando la imagen. Un senador, una curul, un brazalete electrónico, el Congreso de la República. Si esto hubiera aparecido en una película, probablemente alguien habría dicho que el guion estaba exagerando. Pero no. ¡Era Colombia!

Como la internet tiene esa maravillosa costumbre de llevarnos de una noticia a una similar, después me apareció una reseña anterior: un congresista electo, Wadith Manzur, había solicitado poder posesionarse desde el lugar donde permanecía privado de la libertad. La petición fue estudiada y finalmente no se permitió que la posesión se realizara desde la cárcel [2]. Ahí entendí que quizá no estaba leyendo noticias aisladas… Estaba encontrando una colección.

Nuestro Congreso tiene algo que pocas instituciones pueden presumir: además de producir leyes, produce escenas que parecen escritas por un guionista con demasiado tiempo libre y por esto decidí buscar algunas.

No encontré un antecedente internacional exactamente igual al de un congresista en ejercicio asistiendo a sesiones con vigilancia electrónica. Pero sí encontré suficientes historias para preguntarme si nuestros legisladores, en algún momento, decidieron competir también por el premio al episodio más insólito.

Al parecer, en el Senado también había espacio para la zoología. Por ejemplo, en 2004, el senador Carlos Moreno de Caro llevó dos alacranes vivos al Senado. No era una visita turística, los utilizó como representación de los congresistas que, según él, se oponían a la reelección de Álvaro Uribe.

Al año siguiente volvió a hacerlo. Esta vez llevó mariposas al Congreso durante una intervención relacionada con el secuestro y las FARC.

En 2018 aparecieron ratas blancas. Cuatro fueron lanzadas desde las barras hacia la zona donde estaban congresistas del Centro Democrático.

No sé qué pensaría un ciudadano extranjero si le explicáramos que en Colombia algunos debates políticos han incluido alacranes, mariposas y ratas.

Probablemente pensaría que estamos exagerando. Y todavía no hemos llegado al caballo. En 2022, el senador Alirio Barrera llegó a la Plaza de Bolívar montado en su caballo Pasaporte y pretendió ingresar al Congreso con él, la protesta tenía relación con el anuncio de que el Congreso sería un espacio pet friendly.

Hay que reconocer algo: no todos los políticos pueden decir que llegaron al trabajo a caballo, aunque seguramente tampoco todos tienen un caballo llamado Pasaporte.

Después apareció el toro. El representante Juan Carlos Losada llegó a la Cámara disfrazado de este animal para protestar por la falta de debate de un proyecto relacionado con la prohibición de las corridas de toros.

Y este año, el 20 de julio, apareció el elefante. Durante la instalación del nuevo Congreso, el senador Luis Carlos Rúa apareció vestido como su personaje del “Elefante Blanco”, utilizado para denunciar obras públicas inconclusas.

Si uno juntara todas estas escenas podría pensar que está leyendo una versión colombiana de Alicia en el país de las maravillas.

Pero todavía falta una de mis favoritas. Durante las sesiones virtuales de 2020, el representante Edward Rodríguez apareció haciendo ejercicio mientras se desarrollaba una plenaria de la Cámara. Cuando le llamaron la atención, explicó que ya había votado y que estaba aprovechando el día.

También hubo congresistas acusados de quedarse dormidos durante sesiones virtuales, aunque en algunos casos ellos mismos explicaron que la imagen podía interpretarse de otra manera.

Una fotografía puede parecer graciosa, pero detrás de cada imagen existe una responsabilidad pública. No estamos hablando de cualquier oficina, estamos hablando del lugar donde se hacen las leyes, por lo que la pregunta deja de ser si estas escenas son divertidas para pensar que nos parecen normales.

Una investigación sobre la asistencia de congresistas encontró, además, casos en los que algunos llegaban, registraban su asistencia y después se ausentaban de las sesiones. En un debate sobre violencia sexual contra niños, se encontró que solamente 16 congresistas permanecieron hasta el final de la discusión, aunque las actas registraban muchas menos ausencias. Ahí ya no da tanta risa.

Porque una cosa es llegar disfrazado de toro para protestar, otra muy diferente es que el ciudadano que paga impuestos tenga que preguntarse si el congresista que eligió realmente está trabajando.

Y cuando creía que la colección estaba completa, apareció otra categoría: los proyectos de ley.[3]

Uno de los artículos que encontré recopilaba iniciativas que habían sido calificadas de absurdas o extravagantes. Entre ellas aparecía un proyecto para restringir nombres que pudieran resultar ofensivos o ridículos para los niños. También se mencionaba una propuesta relacionada con limitar búsquedas en internet cuando las palabras utilizadas fueran consideradas groseras o atentaran contra el buen nombre. Y ahí volví a pensar en el brazalete.

Quizá el verdadero problema no está en que un senador llegue al Congreso con un dispositivo electrónico en el tobillo, El problema es que nosotros, como ciudadanos, terminamos acostumbrándonos a que todo esto sea parte del paisaje: alacranes, mariposas, ratas, caballos, toros, elefantes, congresistas haciendo ejercicio, congresistas que parecen dormidos y congresistas que registran su asistencia para luego desaparecer y un senador con brazalete electrónico entrando al lugar donde se hacen las leyes.

Además, los proyectos de ley que parecen escritos después de una conversación entre amigos, a las dos de la mañana. Y la ñapa: este 26 de agosto, ante un temblor de tierra, los brigadistas de emergencia ordenaron la evacuación de las instalaciones, pero el Congreso decidió poner a votación si era pertinente evacuar o no ¡¿?!

Uno empieza a preguntarse si el Congreso es realmente una institución seria que ocasionalmente produce escenas cómicas, o si nosotros hemos terminado convirtiendo lo excepcional en rutina.

No quiero que esto se convierta simplemente en una crítica al Congreso porque también hay algo de nosotros en esta historia: nos reímos, compartimos el video, hacemos memes, nos indignamos durante unas horas. Después aparece otra noticia y seguimos adelante.

Quizá por eso el Congreso puede convertirse en escenario de tantas cosas insólitas. Porque nosotros también hemos aprendido a consumir la política como entretenimiento.

Y tal vez esa sea la parte verdaderamente peligrosa. Que terminemos riéndonos de lo que debería preocuparnos. Después de leer todo esto entendí que quizá el problema no es que nuestro Congreso parezca un circo. El problema es que nosotros seguimos comprando la boleta, y lo peor es que, a diferencia de un circo, aquí no salimos cuando termina la función.

Aquí nos quedamos a vivir con las consecuencias.

jueves, 20 de agosto de 2026

Las fotografías que todavía preguntan

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Las pocas imágenes que guardábamos a las miles que olvidamos

Algunos de quienes leen este artículo quizá recuerden aquellas visitas a familiares o amigos en las que, tarde o temprano, aparecía un álbum de fotografías. Era casi un ritual.

Alguien sacaba el álbum y comenzaba a pasar las páginas. Las fotografías iban apareciendo una tras otra, algunas en blanco y negro, otras con esos colores particulares de las primeras cámaras a color. Y aunque ya las hubiéramos visto muchas veces, volvíamos a mirarlas.

Siempre había alguna pregunta o exclamación: ¿Y este quién es?, ¿dónde fue tomada esa foto?, ¡mire cómo ha crecido!, ¿ese sí es usted?, ¿y qué pasó con él?

Una fotografía podía convertirse entonces en una conversación familiar, no solamente mostraba un rostro; abría una historia.

Ayer, 19 de agosto, cuando se celebró el Día Mundial de la Fotografía, vale la pena preguntarnos qué ha pasado con esa relación que teníamos con las fotografías.

La fecha recuerda un momento fundamental para la historia de la imagen. El 19 de agosto de 1839, en París, se anunció públicamente el proceso del daguerrotipo, desarrollado por el francés Louis-Jacques-Mandé Daguerre. El invento permitía fijar una imagen mediante un proceso químico y abrió una nueva posibilidad: conservar visualmente aquello que hasta entonces podía permanecer solamente en la memoria, en un dibujo o en un relato.

Es difícil imaginar que Daguerre pudiera calcular lo que estaba poniendo en movimiento. Porque la fotografía no solamente cambió la manera de mirar, cambió también la manera de recordar. Al principio, hacer una fotografía no era algo cotidiano. Era un acontecimiento. Los primeros procedimientos eran lentos y exigían largos tiempos de exposición. En algunos de los primeros retratos, la persona debía permanecer inmóvil durante varios minutos para que su imagen pudiera quedar registrada.

Después llegaron nuevas cámaras, nuevos procesos, el rollo fotográfico y, con ellos, una nueva costumbre: había que pensar antes de disparar, no existían cientos de oportunidades. Había una, quizá dos, después había que esperar.

No sabíamos inmediatamente si habíamos salido bien, si alguien había cerrado los ojos, si la fotografía estaba movida o si el encuadre había quedado mal, Había que llevar el rollo a revelar y esperar para descubrir qué habíamos conseguido capturar.

Tal vez por eso aquellas fotografías tenían otro valor, tal vez por eso era tan importante mostrar el álbum familiar. No había miles de fotografías almacenadas, Había unas pocas. Cada una tenía una razón para estar allí.

Hoy ocurre exactamente lo contrario. Casi todos llevamos una cámara en el bolsillo. Podemos fotografiar una comida, una calle, un paisaje, una mascota, un amigo, un familiar o a nosotros mismos. Podemos hacer diez fotografías del mismo momento y escoger una, podemos hacer veinte selfis hasta encontrar el que nos gusta.

Y descartamos: una quedó con los ojos cerrados, otra no tiene el ángulo que queríamos, en otra no nos gusta cómo salimos, esta quedó torcida, la que sigue no tiene suficiente resolución, aquella está borrosa. Esta sí. Y seguimos adelante.

El teléfono inteligente nos permitió algo que durante mucho tiempo parecía imposible: fotografiar sin miedo a gastar el rollo. Quizá esa facilidad también cambió nuestra relación con las imágenes.

Antes teníamos pocas fotografías y las mirábamos muchas veces. Ahora tenemos miles y, posiblemente, muchas de ellas no volveremos a mirarlas.

Hay fotografías que permanecen durante años en la memoria de un teléfono sin que nadie vuelva a abrirlas; tenemos álbumes digitales que pueden contener cientos o miles de imágenes, pero ya no necesariamente tenemos el hábito de recorrerlos como recorríamos aquel viejo álbum familiar.

Quizá la paradoja de la fotografía contemporánea sea esa: nunca habíamos tenido tantas imágenes y, al mismo tiempo, quizá nunca habíamos mirado tan pocas con detenimiento. Antes una fotografía podía reunir a una familia alrededor de una mesa, hoy una fotografía puede perderse entre cientos de imágenes tomadas durante el mismo día.

Pero hay algo que no ha cambiado; seguimos fotografiando porque queremos conservar algo, un rostro. un lugar, una persona que apreciamos, un momento que no queremos que desaparezca.

La fotografía continúa haciendo lo mismo que hizo desde sus primeros días: detener, aunque sea por un instante, aquello que inevitablemente se va.

Por eso, en el Día Mundial de la Fotografía, quizá valga la pena hacer algo diferente. No tomar otra fotografía, sino volver a mirar algunas de las que ya tienen. Buscar aquella carpeta olvidada, abrir el álbum familiar. Preguntar quién aparece en esa fotografía antigua, recordar dónde fue tomada, volver a escuchar las historias que nacieron alrededor de una imagen.

Porque quizá una buena fotografía no sea solamente la que quedó bien. Quizá sea aquella que, muchos años después, todavía tiene algo que preguntamos.

jueves, 6 de agosto de 2026

Los que nunca se van de La Playa

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Lunes, diez de la noche.

La avenida La Playa está más silenciosa de lo habitual, tal vez porque el fin de semana quedó atrás y Medellín volvió a la rutina. Ya no está el mismo flujo de personas ni el bullicio de las tardes, solo quedan algunos caminantes apresurados, un vendedor que recoge sus cosas, el ruido lejano de un bus y el viento moviendo las hojas de los árboles.

Mientras camino, pienso que no soy el único que observa la ciudad, hay otros que llevan décadas haciéndolo, no llegan tarde, no se marchan, no desvían la mirada.

Han visto amaneceres, lluvias torrenciales, desfiles, protestas, enamorados, comerciantes, músicos, habitantes de calle, estudiantes y turistas. Han contemplado una Medellín que cambia de rostro con cada generación, mientras ellos permanecen inmóviles.

Son los próceres, artistas y dirigentes antioqueños convertidos en bronce. Monumentos frente a los que miles de personas pasan todos los días sin detenerse a preguntar quiénes fueron.

José Félix de Restrepo continúa vigilando una ciudad donde todavía hablamos de libertad.

José Manuel Restrepo sigue contemplando cómo Medellín escribe, cada día, una nueva página de su historia.

María Martínez de Nisser continúa desafiando al tiempo con la misma serenidad con la que desafió una guerra.

Carlos E. Restrepo observa una ciudad que casi ha olvidado a quienes dedicaron su vida a fortalecer lo público.

Pedro Justo Berrío, el hombre que soñó escuelas y caminos, contempla ahora avenidas llenas de motocicletas, edificios y pantallas que, muchas veces, parecen más importantes que las personas.

Mariano Ospina Rodríguez sigue viendo una Medellín que nunca deja de transformarse.

A veces imagino que, cuando cae la noche y el ruido disminuye, comienzan una conversación silenciosa entre ellos.

¿Me gustaría preguntarle a Pedro Justo Berrío quién cree que es hoy el hombre más justo de Medellín?, a Débora Arango quisiera preguntarle cuántos artistas ha visto entrar y salir de Bellas Artes?, ¿habrá encontrado entre ellos a alguien dispuesto a incomodar a la sociedad con la misma valentía con la que ella lo hizo?. Quizá cada monumento guarda una pregunta distinta para la Medellín de hoy. No están allí únicamente para recordarnos el pasado, también están para medir el presente.

Esta noche alguien parecía observar la ciudad desde el mismo lugar que ellos. No llevaba uniforme, ni traje, ni una placa con su nombre.

Sentado y recostado sobre el pedestal de uno de los monumentos, las piernas recogidas, la cabeza apoyada sobre una mano, una botella de gaseosa a sus pies… que creo saber que contiene.

No sé en qué pensaba, quizá no pensaba en nada, quizá simplemente descansaba después de caminar toda la ciudad.

Mientras lo observaba, imaginé que, por primera vez en mucho tiempo, aquellos próceres dejaron de mirar el tránsito, los edificios y las luces. Lo miraban a él.

Qué pensaría José Félix de Restrepo, quien dedicó buena parte de su vida a defender la libertad, al ver que todavía existen hombres cuya mayor preocupación es encontrar dónde pasar la noche.

Qué respondería Pedro Justo Berrío, que impulsó escuelas y caminos, al descubrir que algunos ciudadanos siguen buscando un lugar donde descansar sin ser expulsados.

Qué escribiría José Manuel Restrepo si tuviera que registrar esta escena para la historia de Antioquia.

Y qué anotaría María Martínez de Nisser en su diario si, en lugar de describir una batalla del siglo XIX, tuviera que contar la batalla silenciosa de quienes sobreviven en las calles de Medellín.

Tal vez ese sea el verdadero sentido de los monumentos, no conservar intacta la memoria de quienes representan. Sino obligarnos, aunque sea por un instante, a levantar la cabeza y preguntarnos qué pensarían ellos de la ciudad en la que nos hemos convertido.

Porque la avenida la Playa no solo conserva esculturas, conserva testigos y una ciudad no se mide únicamente por los nombres que decide grabar en el bronce, también se mide por aquellos cuyos nombres nunca llegarán a escribirse sobre él.

Esta noche el único monumento vivo era él. 

miércoles, 29 de julio de 2026

El eco de las mismas pasiones o lo que realmente vuelve

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Una reflexión sobre la historia, la política y la pobreza del debate público.

Llevo muchos años repitiendo una frase de la que ya ni siquiera recuerdo dónde la escuché por primera vez:

"El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla."

Si no me falla la memoria, fue un profesor de Ciencias Sociales llamado Renier; lo admiré mucho. Fue quien me enseñó a enamorarme de la historia, aunque desde noveno grado no he vuelto a saber nada de él.

Durante años critiqué la política, la sociedad y muchas de nuestras decisiones colectivas citando ese mismo refrán, convencido de que resumía buena parte de nuestros problemas.

Hace poco encontré una entrevista al historiador mexicano Alejandro Rosas[1]: en esta dijo algo que me obligó a detenerme:

«Para mí, una de las frases más trilladas de la historia es “El pueblo que no conoce su historia se condena a repetirla”. Yo creo que el pueblo que no conoce su historia es por ignorante. La historia no se repite. Parece repetirse porque quien la mueve es el ser humano. Y la naturaleza humana sigue estando atravesada por las mismas pasiones: la ambición, el odio, el valor, los celos. Como esos elementos permanecen, creemos que la historia vuelve a ocurrir, pero no es cíclica.»

Después de escuchar toda la conferencia terminé convencido, por eso quiero ofrecerle disculpas a todas las personas a quienes alguna vez les repetí aquella frase como si fuera una verdad absoluta.

Si algo aprendí de esa charla es que conocer la historia no sirve para adivinar el futuro, sirve para comprender mejor al ser humano. Y, si se animan a acercarse a ella, les aseguro que es una de las mejores puertas para entender el presente.

Después de esta introducción y de esta disculpa, vuelvo inevitablemente a la actualidad política de nuestro país, no creo que lo que vivimos hoy ocurra porque desconozcamos nuestra historia.

Creo que ocurre porque seguimos estando representados por seres humanos atravesados por las mismas pasiones de las que hablaba Alejandro Rosas: la ambición, el orgullo, el miedo, los celos, el deseo de tener la razón y la dificultad para reconocer al otro.

Las discusiones que estamos presenciando entre el presidente saliente y el presidente electo me dejan esa sensación. Y lo digo con cierta decepción. No porque haya cambiado las ideas en las que creo o por las que he votado. Muchas de ellas las sigo compartiendo, me decepciona la pobreza del debate.

Porque cuando quienes tienen la responsabilidad de orientar una conversación nacional terminan comportándose como vecinos peleando por el volumen de la música, el mensaje que recibe la sociedad es que los argumentos importan menos que el espectáculo.

Si vamos a ejercer la oposición que sea con hechos, con argumentos y con coherencia.

No con la necesidad permanente de ganar la última palabra. Quizá Alejandro Rosas tenga razón. La historia no se repite. Lo que se repite es nuestra dificultad para dominar las mismas pasiones de siempre, y mientras sigamos confundiendo un debate con una pelea, no importará quién gobierne. Cambiarán los nombres, la discusión seguirá siendo igual.

jueves, 23 de julio de 2026

Nadie sospechó del hombre de la camisa planchada

Fredy Angarita

El miedo también tiene prejuicios

Antes los ladrones se hacían famosos por vestir bien. Hoy siguen vistiendo bien, pero nosotros seguimos buscando al sospechoso donde casi nunca está.

Son las cinco de la mañana. El bus baja lleno por la Avenida Oriental. Un hombre con la camisa bien planchada revisa su celular. Una mujer lee un mensaje antes de llegar a la oficina. Alguien bosteza camino al trabajo, nadie sospecha de nadie. El único pasajero que recibe miradas es el hombre que duerme en la última silla.

Lo curioso es que la historia lleva décadas diciéndonos otra cosa, la escena no es nueva. Medellín ya conoció hombres que entendieron que la elegancia también podía ser un arma. Ramón Cachaco (Ramón Antonio Aristizábal Ramírez), vestía con traje y sombrero. Antonio Medina, "Toñilas" era lector, piloto y conquistador. Ninguno se parecía al ladrón que imaginamos cuando pensamos en un delincuente.

No se trata de volverlos héroes, pero como ellos, hubo otros delincuentes que terminaron convertidos en personajes de la memoria popular.

Se trata de entender una lección que ellos aprendieron hace mucho tiempo. Los grandes ladrones del siglo pasado descubrieron que el mejor disfraz era parecer una persona respetable. La corbata abría más puertas que la pistola.

Hoy el método ha cambiado muy poco, los nuevos delincuentes también madrugan, también toman el bus, también esperan. Ya no necesariamente buscan bancos, buscan un celular distraído, un reloj costoso, un bolso abierto o una billetera mal guardada.

Esperan a quien "da papaya", una expresión que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en una forma de repartir la culpa entre la víctima y el delincuente. Decir que alguien "dio papaya" es aceptar, aunque sea de manera inconsciente, que el problema no es solamente quien roba, sino también quien confía.

"A papaya puesta, papaya partida”, "El vivo vive del bobo, y el bobo de papá y mamá"

Durante años escuché esas frases como si hicieran parte del paisaje paisa, como si fueran una expresión más de esa famosa pujanza antioqueña de la que tanto nos sentimos orgullosos, hoy confieso que me cansaron.

Medellín aprendió a mirar hacia abajo, sospechamos del hombre que duerme bajo un puente, del reciclador, del vendedor ambulante o del muchacho que camina con la ropa rota.

Mientras tanto, muchos de quienes delinquen han entendido que la mejor manera de pasar desapercibidos consiste en parecer exactamente iguales a cualquiera de nosotros.

El habitante de calle se volvió visible para nuestro miedo, pero invisible para nuestra compasión. Quizá el problema nunca fue aprender a identificar a un ladrón.

El problema fue creer que la pobreza tenía rostro de delito y que la buena apariencia tenía rostro de honestidad. Mientras seguimos mirando con desconfianza al hombre que duerme en un andén, quien busca la oportunidad para robar quizá ya pagó el pasaje, marcó la tarjeta en la oficina o nos dio los buenos días.

Las apariencias siempre han sido el mejor escondite del delito, la historia de Medellín no nos enseñó que los ladrones se vestían mal. nos enseñó que muchos de ellos entendieron que el mejor camuflaje era parecer ciudadanos ejemplares.

Nos enseñaron a no dar papaya, muy pocos nos enseñaron a no partirla.

jueves, 16 de julio de 2026

El día que una canción nos encontró

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Cuando el sonido encuentra el alma

"¿Alguna vez se han detenido a pensar —entró a decir Sinatra— cómo sería el mundo sin una canción?... Sería un lugar bastante aburrido... Te da en qué pensar, ¿verdad?"

Gay Talese

La física dice que el sonido es una onda que viaja por el aire. El ser humano decidió llamarlo música cuando descubrió que esas mismas ondas también podían mover recuerdos.

Porque la música no entra primero por los oídos, entra por las emociones, hay sonidos que hacen mover los pies y otros que obligan a cerrar los ojos.

En la primera imagen, la vibración parece vencer al hombre. Cierra los ojos y deja que la música hable por él, en la segunda, la melodía termina y vuelve la realidad, en la tercera, la ciudad continúa caminando como si nada hubiera ocurrido.

Para muchos de nosotros, una canción termina convirtiéndose en el mejor diario que existe. No porque relate nuestra vida con exactitud, sino porque marca capítulos. Como cuando abrimos una página y, en lugar de escribir una fecha, basta con recordar una melodía.

Miércoles, 10 de mayo.

Martes, 18 de noviembre.

No siempre recordamos el día exacto, pero sí la canción que nos llevó hasta él, la música tiene esa extraña capacidad de transportarnos, nos devuelve a una calle, a un abrazo, a una despedida, a una persona que ya no está o a una versión de nosotros mismos que creíamos olvidada.

Los recuerdos funcionan igual. Pocas veces conservan la fecha exacta; casi siempre conservan la emoción. Por eso el despecho, la alegría, la nostalgia o la esperanza no tienen una frecuencia que pueda medirse. Sin embargo, todos los hemos sentido alguna vez cuando una canción nos encuentra justo en el momento indicado.

La ciudad escucha miles de sonidos cada día: motores, conversaciones, vendedores ambulantes, televisores encendidos, pasos que se cruzan sin mirarse, solo algunos de esos sonidos logran convertirse en música.

La diferencia no está en las ondas, está en el corazón que las hace vibrar, porque el sonido es una vibración del aire.

La música... es la vibración del alma. Y entre una y otra no hay solamente una guitarra, un piano o una voz, quizá por eso nadie recuerda exactamente dónde escuchó por primera vez una gran canción. Lo que nunca olvida es quién era cuando esa canción llegó a su vida.

Hay una vida entera convertida en acordes.

jueves, 9 de julio de 2026

Lo que ocurre mientras nadie mira

Fredy Angarita
Fredy Angarita

"El tiempo también tiene rutina"

En mis pequeñas historias, por lo general los invito a observar, a detenerse un momento para mirar aquello que otros no ven o, simplemente, deciden ignorar. En lo cotidiano suelo encontrar frases sobre el tiempo que siempre terminan haciéndome pensar:

"Cinco minutos bastan para soñar toda una vida; así de relativo es el tiempo." — Mario Benedetti.

"El tiempo es el mejor autor; siempre encuentra un final perfecto." — Charles Chaplin.

"Un minuto que pasa es irrecuperable. Conociendo esto, ¿cómo podemos malgastar tantas horas?" — Mahatma Gandhi.

"Sin tiempo no hay futuro, pero con tiempo puedes perderte el presente." — Frank Sinatra.

"La ley, la democracia, el amor… nada tiene más peso sobre nuestras vidas que el tiempo." — Winston Churchill.


Seguramente se preguntarán qué tiene que ver con el tiempo observar… yo le digo, mucho más de lo que parece.

Observar también es dedicarle tiempo a aquello que la rutina vuelve invisible. Por eso quiero contarles la historia de un fotógrafo que convirtió la paciencia en su mejor herramienta.

En el 2017 publicó un libro titulado 42nd and Vanderbilt[1]. Durante nueve años, entre las 8:30 y las 9:30 de la mañana, se ubicó en la misma esquina de Nueva York para fotografiar a todas las personas que pasaban por allí. ¿Nueve años?, ¿La misma esquina?, ¿La misma hora?

El resultado es fascinante. En sus fotografías aparecen personas que vuelven a cruzar el mismo lugar años después: algunas con la misma expresión de afán, otras con la misma forma de vestir y muchas atrapadas en la misma rutina. Lo único que cambia de manera inevitable es el tiempo.

El fotógrafo, Peter Funch, no pretendía demostrar que vivimos igual todos los días. Quería invitarnos a pensar en cuánto de nuestra vida transcurre en piloto automático.

Imaginen dedicar nueve años a un proyecto sin saber con certeza cuál sería el resultado.

No cualquiera tiene esa paciencia, ni esa convicción. Mientras leía sobre su trabajo recordé una canción de Calle 13, Así de grandes son las ideas, donde dice:

"La repetición de una acción es la técnica más efectiva para la prolongación..."

Quizá por eso las grandes ideas rara vez aparecen de inmediato, se construyen a fuerza de insistir, de repetir, de equivocarse y de volver a empezar.

Más que una historia sobre fotografía, esta es una invitación a entender que no todo sale bien a la primera; a veces la repetición no es un fracaso, es el camino para perfeccionar una idea y, al mismo tiempo, es una invitación a mirar con más atención.

Porque mientras creemos que el mundo ocurre a toda velocidad frente a nuestros ojos, el verdadero mundo sigue ocurriendo dentro de nuestras cabezas.

La próxima vez que caminen por una calle, deténganse unos segundos, miren a quienes pasan. Y háganse la misma pregunta que se hizo Peter Funch durante nueve años:

“¿Qué estará pasando por sus mentes?”

miércoles, 1 de julio de 2026

¡532 años nunca han lucido tan bien!

Fredy Angarita


La historia cuenta que Cristóbal Colón solo pasó unos días en Puerto Rico para abastecerse y continuar su viaje hacia Fuerte Navidad, en Haití, considerado el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo. Fue el 19 de noviembre de 1493, durante su segundo viaje. Desembarcó en la costa occidental de la isla, cerca de la actual Aguada o Aguadilla, y la bautizó como San Juan Bautista.

Su verdadero colonizador fue Juan Ponce de León, quien llegó en 1508 y se convirtió en el primer gobernador de la isla. Eso es lo que cuentan los libros.

Como a mí siempre me han gustado los mitos urbanos, prefiero detenerme en otro relato.

Dicen que Juan Ponce de León llegó buscando la fuente de la eterna juventud; la historia nunca pudo demostrarlo del todo, pero el mito tomó fuerza después de su muerte y fue alimentado por los relatos del cronista Hernando de Escalante Fontaneda.

Comparto esta pequeña introducción porque este año se cumplen 533 años del descubrimiento de Puerto Rico.

No sé si Juan Ponce de León encontró la fuente de la eterna juventud, lo que sí me quedó claro es que Puerto Rico parece vivir dentro de ella.

Aunque a su capital la llamen el "Viejo" San Juan, de vieja tiene muy poco. Basta recorrer sus calles para entenderlo. Sus murallas parecen desafiar el tiempo; el Castillo San Cristóbal continúa vigilando el Atlántico; la Calle del Cristo sigue conservando su encanto; y la Iglesia de San José, una de las más antiguas de América, construida en 1532, permanece como testigo silencioso de más de cinco siglos de historia.

Mientras caminaba por sus calles pensé que, si hoy Juan Ponce de León regresara, probablemente sonreiría.

Y diría:

—Sí, encontré la fuente de la eterna juventud.

Hay ciudades que envejecen con los años, y hay otras, como Puerto Rico, que aprendieron a rejuvenecer con la memoria.

Hermoso lugar.



jueves, 25 de junio de 2026

Los hombres que no terminaron de irse

Fredy Angarita
Fredy Angarita

“Más allá del mar”

La historia nos enseña que los cementerios comenzaron a trasladarse a las afueras de los pueblos para evitar enfermedades y problemas de salud pública. Esto no ocurrió únicamente en Medellín. También sucedió con el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis, en el Viejo San Juan, Puerto Rico.

Mientras investigaba sobre este lugar, encontré una definición que me gustó más que cualquier dato histórico. La dio Rafael Rodríguez, capellán y director de Servicios Pastorales de la Universidad del Sagrado Corazón de Santurce:

"La localización del cementerio muestra la creencia en Puerto Rico en la separación entre la vida y la muerte. El Gobierno de España decidió construir el cementerio fuera de las murallas y de cara al Océano Atlántico para simbolizar el viaje del espíritu al cruzar al más allá."

Al ingresar a este lugar se entiende perfectamente lo que quiso decir.

El blanco domina el paisaje. Pero no es el blanco de las nubes. Es el blanco del mármol con el que fueron construidos los mausoleos. Al fondo aparece un horizonte donde el azul del mar se encuentra con el cielo. La mayoría de las tumbas parecen mirar hacia ese infinito.

Si la idea del más allá pudiera contemplarse todos los días, probablemente se vería así.

Es un lugar encantador. Mágico.

Llegué allí para rendir un pequeño homenaje a mi cantante favorito, un gusto heredado de mi padre: Daniel Santos. También quería visitar a uno de los hombres que más he admirado por su manera de escribir: Catalino Curet Alonso, más conocido como "Tite" Curet Alonso.

Pensé que difícilmente podrían haber encontrado un mejor lugar para descansar.

Mientras observaba sus tumbas, tuve la sensación de que seguían mirando el horizonte. Como si todavía estuvieran atentos a algo que nosotros no alcanzamos a comprender. Los sentí eternos. Por momentos, incluso, me pareció escucharlos.

Frente a la tumba de Daniel Santos comenzaron a aparecer en mi memoria muchas de las canciones que han acompañado distintas etapas de mi vida: “Fichas negras”, “Toma jabón pa que lave”, “Despedida”, “Perdón”, “Obsesión”, “El sofá”, y, por supuesto, “En el juego de la vida”.

Con Tite Curet Alonso ocurre algo parecido. Existen mitos que afirman que compuso más de dos mil canciones. Sus biógrafos y coleccionistas consideran que fueron menos, aunque igualmente superó el millar de composiciones.

Más allá de la cifra exacta, pocas personas han dejado una huella tan profunda en la historia de la salsa.

Tal vez su nombre no sea tan conocido para todos. Pero basta mencionar algunas de sus obras para comprender la dimensión de su legado: “Periódico de ayer” (Héctor Lavoe), “Anacaona” (Cheo Feliciano), “Plantación adentro” (Willie Colón y Rubén Blades), “La cura” (Frankie Ruiz), “Juan Albañil” (Cheo Feliciano), “Temes” (Vitín Avilés), “Las caras lindas” (Ismael Rivera) y “Juanito Alimaña” (Héctor Lavoe).

Cuando salí del cementerio, Daniel Santos y Tite Curet seguían mirando el horizonte. Yo, en cambio, me fui pensando en algo distinto.

Hay hombres que heredan fortunas, hay hombres que heredan apellidos y hay otros que heredan canciones. Mi padre me dejó a Daniel Santos, Tite Curet me dejó palabras.

Ambos me enseñaron que algunas voces envejecen, algunos cuerpos desaparecen y algunos cementerios se llenan de silencio. Pero una buena canción siempre encuentra la manera de seguir respirando.

Gracias, maestros.

Por semejante repertorio.