Fredy Angarita
El miedo también tiene prejuicios
Antes los ladrones se hacían famosos por vestir
bien. Hoy siguen vistiendo bien, pero nosotros seguimos buscando al sospechoso
donde casi nunca está.
Son las cinco de la mañana. El bus baja lleno
por la Avenida Oriental. Un hombre con la camisa bien planchada revisa su
celular. Una mujer lee un mensaje antes de llegar a la oficina. Alguien bosteza
camino al trabajo, nadie sospecha de nadie. El único pasajero que recibe
miradas es el hombre que duerme en la última silla.
Lo curioso es que la historia lleva décadas
diciéndonos otra cosa, la escena no es nueva. Medellín ya conoció hombres que
entendieron que la elegancia también podía ser un arma. Ramón Cachaco
(Ramón Antonio Aristizábal Ramírez), vestía con traje y sombrero. Antonio
Medina, "Toñilas" era lector, piloto y conquistador. Ninguno se
parecía al ladrón que imaginamos cuando pensamos en un delincuente.
No se trata de volverlos héroes, pero como
ellos, hubo otros delincuentes que terminaron convertidos en personajes de la
memoria popular.
Se trata de entender una lección que ellos
aprendieron hace mucho tiempo. Los grandes ladrones del siglo pasado
descubrieron que el mejor disfraz era parecer una persona respetable. La
corbata abría más puertas que la pistola.
Hoy el método ha cambiado muy poco, los nuevos
delincuentes también madrugan, también toman el bus, también esperan. Ya no
necesariamente buscan bancos, buscan un celular distraído, un reloj costoso, un
bolso abierto o una billetera mal guardada.
Esperan a quien "da papaya", una
expresión que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en una forma de
repartir la culpa entre la víctima y el delincuente. Decir que alguien
"dio papaya" es aceptar, aunque sea de manera inconsciente, que el
problema no es solamente quien roba, sino también quien confía.
"A papaya puesta, papaya partida”,
"El vivo vive del bobo, y el bobo de papá y mamá"
Durante años escuché esas frases como si
hicieran parte del paisaje paisa, como si fueran una expresión más de esa
famosa pujanza antioqueña de la que tanto nos sentimos orgullosos, hoy confieso
que me cansaron.
Medellín aprendió a mirar hacia abajo,
sospechamos del hombre que duerme bajo un puente, del reciclador, del vendedor
ambulante o del muchacho que camina con la ropa rota.
Mientras tanto, muchos de quienes delinquen han
entendido que la mejor manera de pasar desapercibidos consiste en parecer
exactamente iguales a cualquiera de nosotros.
El habitante de calle se volvió visible para
nuestro miedo, pero invisible para nuestra compasión. Quizá el problema nunca
fue aprender a identificar a un ladrón.
El problema fue creer que la pobreza tenía
rostro de delito y que la buena apariencia tenía rostro de honestidad. Mientras
seguimos mirando con desconfianza al hombre que duerme en un andén, quien busca
la oportunidad para robar quizá ya pagó el pasaje, marcó la tarjeta en la
oficina o nos dio los buenos días.
Las apariencias siempre han sido el mejor
escondite del delito, la historia de Medellín no nos enseñó que los ladrones se
vestían mal. nos enseñó que muchos de ellos entendieron que el mejor camuflaje
era parecer ciudadanos ejemplares.
Nos enseñaron a no dar papaya, muy pocos nos
enseñaron a no partirla.
