Fredy Angarita
Una reflexión sobre la historia, la política y
la pobreza del debate público.
Llevo muchos años repitiendo una frase de la
que ya ni siquiera recuerdo dónde la escuché por primera vez:
"El pueblo que no conoce su historia está
condenado a repetirla."
Si no me falla la memoria, fue un profesor de
Ciencias Sociales llamado Renier; lo admiré mucho. Fue quien me enseñó a
enamorarme de la historia, aunque desde noveno grado no he vuelto a saber nada
de él.
Durante años critiqué la política, la sociedad
y muchas de nuestras decisiones colectivas citando ese mismo refrán, convencido
de que resumía buena parte de nuestros problemas.
Hace poco encontré una entrevista al
historiador mexicano Alejandro Rosas[1]: en esta dijo algo que me
obligó a detenerme:
«Para mí, una de las
frases más trilladas de la historia es “El pueblo que no conoce su historia se condena
a repetirla”. Yo creo que el pueblo que no conoce su historia es por
ignorante. La historia no se repite. Parece repetirse porque quien la mueve es
el ser humano. Y la naturaleza humana sigue estando atravesada por las mismas
pasiones: la ambición, el odio, el valor, los celos. Como esos elementos
permanecen, creemos que la historia vuelve a ocurrir, pero no es cíclica.»
Después de escuchar toda la conferencia terminé
convencido, por eso quiero ofrecerle disculpas a todas las personas a quienes
alguna vez les repetí aquella frase como si fuera una verdad absoluta.
Si algo aprendí de esa charla es que conocer la
historia no sirve para adivinar el futuro, sirve para comprender mejor al ser
humano. Y, si se animan a acercarse a ella, les aseguro que es una de las
mejores puertas para entender el presente.
Después de esta introducción y de esta
disculpa, vuelvo inevitablemente a la actualidad política de nuestro país, no
creo que lo que vivimos hoy ocurra porque desconozcamos nuestra historia.
Creo que ocurre porque seguimos estando
representados por seres humanos atravesados por las mismas pasiones de las que
hablaba Alejandro Rosas: la ambición, el orgullo, el miedo, los celos, el deseo
de tener la razón y la dificultad para reconocer al otro.
Las discusiones que estamos presenciando entre
el presidente saliente y el presidente electo me dejan esa sensación. Y lo digo
con cierta decepción. No porque haya cambiado las ideas en las que creo o por
las que he votado. Muchas de ellas las sigo compartiendo, me decepciona la
pobreza del debate.
Porque cuando quienes tienen la responsabilidad
de orientar una conversación nacional terminan comportándose como vecinos
peleando por el volumen de la música, el mensaje que recibe la sociedad es que
los argumentos importan menos que el espectáculo.
Si vamos a ejercer la oposición que sea con
hechos, con argumentos y con coherencia.
No con la necesidad permanente de ganar la última palabra. Quizá Alejandro Rosas tenga razón. La historia no se repite. Lo que se repite es nuestra dificultad para dominar las mismas pasiones de siempre, y mientras sigamos confundiendo un debate con una pelea, no importará quién gobierne. Cambiarán los nombres, la discusión seguirá siendo igual.
