jueves, 27 de agosto de 2026

¿El Congreso es un circo?

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Entre ratas, caballos y brazaletes

Una noticia de la semana pasada me llamó especialmente la atención. El Colombiano lo tituló así “Un senador de la República llegó a trabajar con un brazalete electrónico del Inpec”.[1]  Se trata de Miguel Ángel Barreto, quien está siendo investigado por presunto tráfico de influencias y otros delitos relacionados con el caso conocido como Marionetas 2.0. La Corte Suprema le impuso vigilancia electrónica mientras avanza el proceso.

La primera reacción que tuve fue más de curiosidad que de indignación. Dije: bueno, si todavía no ha sido condenado, tampoco se le puede negar automáticamente el derecho al trabajo. Pero después me quedé mirando la imagen. Un senador, una curul, un brazalete electrónico, el Congreso de la República. Si esto hubiera aparecido en una película, probablemente alguien habría dicho que el guion estaba exagerando. Pero no. ¡Era Colombia!

Como la internet tiene esa maravillosa costumbre de llevarnos de una noticia a una similar, después me apareció una reseña anterior: un congresista electo, Wadith Manzur, había solicitado poder posesionarse desde el lugar donde permanecía privado de la libertad. La petición fue estudiada y finalmente no se permitió que la posesión se realizara desde la cárcel [2]. Ahí entendí que quizá no estaba leyendo noticias aisladas… Estaba encontrando una colección.

Nuestro Congreso tiene algo que pocas instituciones pueden presumir: además de producir leyes, produce escenas que parecen escritas por un guionista con demasiado tiempo libre y por esto decidí buscar algunas.

No encontré un antecedente internacional exactamente igual al de un congresista en ejercicio asistiendo a sesiones con vigilancia electrónica. Pero sí encontré suficientes historias para preguntarme si nuestros legisladores, en algún momento, decidieron competir también por el premio al episodio más insólito.

Al parecer, en el Senado también había espacio para la zoología. Por ejemplo, en 2004, el senador Carlos Moreno de Caro llevó dos alacranes vivos al Senado. No era una visita turística, los utilizó como representación de los congresistas que, según él, se oponían a la reelección de Álvaro Uribe.

Al año siguiente volvió a hacerlo. Esta vez llevó mariposas al Congreso durante una intervención relacionada con el secuestro y las FARC.

En 2018 aparecieron ratas blancas. Cuatro fueron lanzadas desde las barras hacia la zona donde estaban congresistas del Centro Democrático.

No sé qué pensaría un ciudadano extranjero si le explicáramos que en Colombia algunos debates políticos han incluido alacranes, mariposas y ratas.

Probablemente pensaría que estamos exagerando. Y todavía no hemos llegado al caballo. En 2022, el senador Alirio Barrera llegó a la Plaza de Bolívar montado en su caballo Pasaporte y pretendió ingresar al Congreso con él, la protesta tenía relación con el anuncio de que el Congreso sería un espacio pet friendly.

Hay que reconocer algo: no todos los políticos pueden decir que llegaron al trabajo a caballo, aunque seguramente tampoco todos tienen un caballo llamado Pasaporte.

Después apareció el toro. El representante Juan Carlos Losada llegó a la Cámara disfrazado de este animal para protestar por la falta de debate de un proyecto relacionado con la prohibición de las corridas de toros.

Y este año, el 20 de julio, apareció el elefante. Durante la instalación del nuevo Congreso, el senador Luis Carlos Rúa apareció vestido como su personaje del “Elefante Blanco”, utilizado para denunciar obras públicas inconclusas.

Si uno juntara todas estas escenas podría pensar que está leyendo una versión colombiana de Alicia en el país de las maravillas.

Pero todavía falta una de mis favoritas. Durante las sesiones virtuales de 2020, el representante Edward Rodríguez apareció haciendo ejercicio mientras se desarrollaba una plenaria de la Cámara. Cuando le llamaron la atención, explicó que ya había votado y que estaba aprovechando el día.

También hubo congresistas acusados de quedarse dormidos durante sesiones virtuales, aunque en algunos casos ellos mismos explicaron que la imagen podía interpretarse de otra manera.

Una fotografía puede parecer graciosa, pero detrás de cada imagen existe una responsabilidad pública. No estamos hablando de cualquier oficina, estamos hablando del lugar donde se hacen las leyes, por lo que la pregunta deja de ser si estas escenas son divertidas para pensar que nos parecen normales.

Una investigación sobre la asistencia de congresistas encontró, además, casos en los que algunos llegaban, registraban su asistencia y después se ausentaban de las sesiones. En un debate sobre violencia sexual contra niños, se encontró que solamente 16 congresistas permanecieron hasta el final de la discusión, aunque las actas registraban muchas menos ausencias. Ahí ya no da tanta risa.

Porque una cosa es llegar disfrazado de toro para protestar, otra muy diferente es que el ciudadano que paga impuestos tenga que preguntarse si el congresista que eligió realmente está trabajando.

Y cuando creía que la colección estaba completa, apareció otra categoría: los proyectos de ley.[3]

Uno de los artículos que encontré recopilaba iniciativas que habían sido calificadas de absurdas o extravagantes. Entre ellas aparecía un proyecto para restringir nombres que pudieran resultar ofensivos o ridículos para los niños. También se mencionaba una propuesta relacionada con limitar búsquedas en internet cuando las palabras utilizadas fueran consideradas groseras o atentaran contra el buen nombre. Y ahí volví a pensar en el brazalete.

Quizá el verdadero problema no está en que un senador llegue al Congreso con un dispositivo electrónico en el tobillo, El problema es que nosotros, como ciudadanos, terminamos acostumbrándonos a que todo esto sea parte del paisaje: alacranes, mariposas, ratas, caballos, toros, elefantes, congresistas haciendo ejercicio, congresistas que parecen dormidos y congresistas que registran su asistencia para luego desaparecer y un senador con brazalete electrónico entrando al lugar donde se hacen las leyes.

Además, los proyectos de ley que parecen escritos después de una conversación entre amigos, a las dos de la mañana. Y la ñapa: este 26 de agosto, ante un temblor de tierra, los brigadistas de emergencia ordenaron la evacuación de las instalaciones, pero el Congreso decidió poner a votación si era pertinente evacuar o no ¡¿?!

Uno empieza a preguntarse si el Congreso es realmente una institución seria que ocasionalmente produce escenas cómicas, o si nosotros hemos terminado convirtiendo lo excepcional en rutina.

No quiero que esto se convierta simplemente en una crítica al Congreso porque también hay algo de nosotros en esta historia: nos reímos, compartimos el video, hacemos memes, nos indignamos durante unas horas. Después aparece otra noticia y seguimos adelante.

Quizá por eso el Congreso puede convertirse en escenario de tantas cosas insólitas. Porque nosotros también hemos aprendido a consumir la política como entretenimiento.

Y tal vez esa sea la parte verdaderamente peligrosa. Que terminemos riéndonos de lo que debería preocuparnos. Después de leer todo esto entendí que quizá el problema no es que nuestro Congreso parezca un circo. El problema es que nosotros seguimos comprando la boleta, y lo peor es que, a diferencia de un circo, aquí no salimos cuando termina la función.

Aquí nos quedamos a vivir con las consecuencias.