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viernes, 14 de agosto de 2026

Vulnerables

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Si algo somos como seres humanos es precisamente eso: vulnerables. Un amigo de Cali así me describió lo que sintió en pleno terremoto: “realmente ha sido el susto de mi vida, nunca me sentí tan vulnerable, tan frágil, tan aterrado”. Y eso mismo sintieron miles más, simultáneamente, en medio de tan caóticos momentos, ante la descomunal fuerza avasalladora de la naturaleza. “Dios, por favor, no más, para esto, perdón, misericordia…”

Cuando estamos en esos instantes límites, cuando existencialmente, que no teórica y conceptualmente, experimentamos toda nuestra pequeñez, confesamos que no somos nada, cual pajas que lleva el viento, “briznas de hierba en las manos de Dios”, describió así su experiencia límite Álvaro Gómez. Literalmente impotentes, finitos, inútiles, poca cosa. Hasta ahí llega nuestra arrogancia, nuestra prepotencia, cuando otro más fuerte se impone.

¿Recuerdan las románticas reflexiones que hacíamos en lo más fino de la pandemia cuando prometíamos el oro y el moro y asegurábamos que después las cosas no serían lo mismo, que íbamos a cambiar, a ser mejores? Los bonitos sentimientos afloraban, se nos olvidaban colores políticos, razas, estratos sociales, equipos de fútbol, credos religiosos… volvíamos a ser todos iguales, todos humanos… Promesas, solo eso. Porque cuando la “normalidad” volvió todo aquello tan tierno desapareció, se esfumó. La amnesia fue colectiva, total.

La reflexión que me hago a modo de pregunta es: ¿cuándo aprenderemos la lección?, ¿cuándo nos decidiremos a ser mejores seres humanos sin que haya factores externos que nos obliguen a plantearnos el asunto de nuestra enorme vulnerabilidad? En las lecturas de la liturgia del domingo pasado el profeta no encontró el paso de Dios ni en el viento huracanado, ni en el fuego abrasador, ni en el terremoto destructor, pero sí en la suave brisa. Y cuando el fuerte viento y el mar encrespado parecían hacer zozobrar la barca y también hundir a Pedro, el Señor increpó a todos: “no teman, hombres de poca fe, soy yo”. Lo dicho tantas veces: si tenemos a Dios, aunque no tengamos nada lo tenemos todo, pero si no tenemos a Dios, aunque lo tengamos todo no tenemos nada. ¿Quién podría entonces separarnos de su amor, la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Se cuestionaba Pablo con los romanos.

Es claro que la invitación no es a ser pasivos, sumisos, resignados y conformes, pero tampoco altaneros, arrogantes y soberbios. Las cosas en su punto. En su sitio. En el justo lugar que nos corresponde. De modo que cuando sobrevengan estos fenómenos, con la Santa de Ávila podamos decir: “nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. Eso, solo eso, ante el Señor de la historia, desde nuestra condición vulnerable.

viernes, 8 de mayo de 2026

Terminar etapas, cerrar ciclos

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Así vivamos muchos años, a la hora de la verdad la vida es corta, por eso nos han enseñado que hay que vivirla a plenitud disfrutando cada instante. El famoso “¡carpe diem!” que tantas veces he mencionado aquí.

Esa vida, si se puede decir de esta manera, está dividida por etapas: la niñez, la adolescencia, la juventud… cuando hablamos a nivel etareo, o por épocas: de formación, laboral, jubilación… Todo tiene un comienzo y tiene un fin. Cada una de esas etapas también tiene sus propios momentos, fragmentos de tiempo, ciclos. Como alguna vez me lo dijo Alba Liliana, una amiga, psicóloga ella, esos ciclos hay que abrirlos, pero también hay que cerrarlos bien. O como nos lo dijera tantas veces el maestro Julio Jiménez, a propósito del arte de orar: hay que saber comenzar y saber terminar. Las cosas hay que hacerlas, saberlas hacer y hacerlas bien. Nada más satisfactorio que concluir una misión con alegría, con la frente en alto y con la satisfacción del deber cumplido.

A propósito, por estos días, siento que están concluyendo dos ciclos muy importantes en mi vida: la pascua de mi madre cerró el ciclo de su vida física y abrió el de su incursión en la vida eterna, dos planos existenciales cualitativamente valiosos ambos, también muy diferentes pues cambia nuestra manera de relacionarnos sin que se pierda la esencia. Y en estas dos últimas semanas he estado realizando el empalme en el que ha sido mi trabajo estos ocho años y cuatro meses como administrador provincial. Tiempo laboral, tiempo de servicio, tareas retadoras en múltiples frentes, problemas por resolver todos los días, por suerte rodeado de un muy buen equipo.

Coincidieron cronológicamente los dos. Y ya sabemos que los tiempos de Dios son perfectos. Él sabe cómo hace sus cosas y en qué momento las presenta. Así lo he sentido y vivido como hombre de fe. Viene ahora un breve receso para el descanso, necesaria ocasión para rehacerse, poner al día asuntos pendientes, reencaucharse espiritualmente, ordenar la casa interior… y en medio de la expectativa por lo que pueda venir, ponerse en las manos de Dios, disponerse con apertura y generosidad frente a la nueva misión, con sus nuevos retos.

Me siento bendecido en esta coyuntura. Muy rodeado, arropado, apoyado, querido, por muchos. Alguien me lo dijo con afecto y firmeza: se cosecha de lo que se ha sembrado. Entonces me sereno y acepto que he querido hacer las cosas honestamente buscando lo mejor para todos, con sincero afecto, tratando de hacerlas con la excelencia que inspira nuestro magis ignaciano. “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Solo hay gratitud humilde. Lo que Dios quiera. Siempre será lo mejor y más conveniente no solo para uno sino para todos. Esa convicción vuelve a tranquilizarme. Estamos en las manos de Dios, ese es nuestro consuelo y también nuestra esperanza.

viernes, 3 de febrero de 2023

Identidad corporativa

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Les escribo estas líneas desde Bucaramanga a donde he venido a una reunión de 70 personas, entre jesuitas y laicos, convocados por nuestro Provincial, para reflexionar sobre lo que llamamos “nuestro modo de proceder”, una expresión propia nuestra para denominar los rasgos característicos de lo que en otras organizaciones se llamaría identidad corporativa.

La dinámica comenzó preguntando a cada uno la descripción de su modo de proceder, luego por binas y finalmente por grupos. Lo realmente interesante fue constatar que a pesar de provenir de ciudades y trabajos diversos, tener edades diferentes y ser todos muy distintos, finalmente hubo coincidencias muy evidentes, lo que hizo confirmar que compartimos un mismo ADN, tenemos un lenguaje común, hay temas que nos resultan ineludiblemente vinculantes, que existe una empática sintonía, que hay un talante, una identidad corporativa que se ha ido ganando más por ósmosis que no por jornadas motivacionales.

Pero quizás lo más relevante de todo esto es constatar que el origen y fundamento de todo esto se basa en una genuina experiencia fundante de carácter espiritual, esto es, del Espíritu, que regala sus carismas y dones por doquier, es decir, a cada uno de nosotros de manera tan diversa como rica. En nuestro caso, Ignacio de Loyola quiso compartir con otros su experiencia de los Ejercicios Espirituales y esta gustó tanto que su legado se ha multiplicado después de cuatro siglos a cientos de miles de personas en todo el mundo.

Ahora se entiende mucho mejor por qué los jesuitas somos como somos, por qué Dios es nuestro principio y fundamento; Jesús es el centro de nuestra existencia; el discernimiento se constituye en nuestra herramienta de trabajo misional para buscar y hallar lo que Dios quiere de nosotros; el sentido de cuerpo logra la unidad en la diversidad; la mayor gloria de Dios es el propósito; la libertad de espíritu nos impulsa a adaptarnos a tiempos, lugares y personas, y a no anquilosarnos para poder discurrir cual peregrinos por este mundo; la contemplación se realiza al tiempo con la acción y en esta acción cotidiana se descubre la presencia de Dios; porque amar y servir es el lema de un amor que se pone más en las obras que en las palabras, entre otras muchas características.

Finalmente, resulta consolador palpar que la espiritualidad ignaciana, motor de ese modo nuestro de proceder, es un patrimonio no exclusivo de los religiosos jesuitas, sino que es un tesoro compartido con muchos laicos, hombres y mujeres, con quienes se vibra al unísono dando por descontado la enorme pluralidad que nos caracteriza también. Una experiencia, mis queridos lectores que, sinceramente, vale la pena vivir.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Dios extraditado y vacío ético

José Leonardo Rincón Contreras

José Leonardo Rincón, S. J.* 

Con el afán de posicionar un Estado laico para ser respetuosos con quienes no son creyentes, la constitución política de 1991 dejó de invocar a Dios como fuente suprema de toda autoridad, pues un Estado moderno debe ser aconfesional e incluyente para todos, de modo que no quede ningún rezago de lo que fueron las teocracias.

Lo que suele suceder con estas “evoluciones” es que queriendo promover valores válidos y pertinentes, fácilmente tumban y destruyen otros sin ofrecerles sus sustitutivos o reemplazos. A esta realidad, esta semana, Nilson Pinilla, exmagistrado presidente de la Corte Constitucional, la llamó la “extradición” de Dios de nuestra vida y origen de la crisis ética en la que estamos sumidos. La frase impacta entonces por provenir no propiamente de un obispo nostálgico de los tiempos constantinianos o de un cura de pueblo que ve disminuir alarmantemente su feligresía, sino de un laico y además jurista de vasta trayectoria.

Creo que Pinilla tiene la razón en primera instancia: en buena medida el desbarajuste de todo orden que vivimos radica en haber prescindido, en la práctica, de los valores evangélicos. Pinilla que fue juez de la corte más importante, enseguida dice actuar así porque ve y siente que Dios es un juez que todo lo ve y nos premia si nos portamos bien o nos castiga si nos portamos mal. Aquí se queda corto en su captación, porque Dios es esencialmente misericordioso. Pero bueno, en lo fundamental estamos de acuerdo: dejamos a Dios de lado y eso ha tenido consecuencias funestas.

La responsabilidad en realidad no fue de los constituyentes. Este país desde siempre ha padecido de esquizofrenia. Tan confesional que parecía, pero en la práctica tan ateo. Mayoritariamente católico porque eso era lo políticamente correcto, pero descreído y poco practicante, evidencia que me lleva a pensar si lo que hicimos en verdad fue más que extradítar a un ser querido, más bien quitarnos de encima un fardo incómodo para nuestras relajadas conciencias. Hasta aquí digamos que nos movimos en el campo de la moral.

Aceptado que nos sacudimos de moralistas justicieros y de curas que predican pero no aplican, lo realmente grave es que tampoco teníamos sólidas bases éticas. Ahí fue Troya. Los padres de familia, primeros educadores, eluden su responsabilidad y se la endosan a escuelas que tampoco lo hacen, o a abuelas permisivas o a empleadas domésticas con poca o ninguna formación. Los colegios públicos y privados, ellos sí, extraditan por órdenes superiores casi todas las cátedras de orden humanista: la religión porque no se puede obligar a creer; ética y valores, porque no hay quién la enseñe; urbanidad, porque es pasada de moda; geografía, porque no sirve para nada; historia, porque son cuentos reforzados y es mejor repetirla; redacción y ortografía, porque es demasiado exigente y quita tiempo para otros saberes que sí son relevantes; lengua castellana porque es más productivo hablar inglés. Mejor dicho, todo lo que pueda contribuir a pensar y tener una mínima conciencia crítica es un peligro intolerable para el statu-quo. Que el pueblo siga siendo ignorante, sin Dios ni ley, sin mínimos éticos, para así poderlo manosear, como descaradamente lo hacen ahora, creyéndonos tontos, mintiéndonos de frente, pervirtiendo la justicia, lucrándose con su corrupción, incumpliendo promesas electoreras.

Esto está patas arriba y hay que recomponerlo. Pero cuidado con los “mesías” de derecha, de izquierda o de supuesto centro. El problema es más de fondo. La pandemia quiso sacudirnos y no pudo. “Somos pueblo de dura cerviz y corazón endurecido”, como dice la Escritura. Estamos sin Dios ni ética de mínimos. En la misma barca o cada uno en su chalupa, pero la mayoría, a la deriva y sin brújula. Es la cruda realidad, pero no falta el miope que diga que vamos muy bien. Ustedes qué dicen…