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lunes, 23 de febrero de 2026

Demoliendo mitos

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Nos disponemos a entrar en la recta final de unas elecciones para Congreso de la República y presidente, inmejorable coyuntura para que reflexionemos sobre su importancia, así como sobre el papel de cada uno de nosotros en esta democrática jornada.

Partamos diferenciando estos comicios de todos los que con anterioridad se han celebrado en Colombia, por la elemental razón de que nos jugamos no solamente el cambio de unos funcionarios por otros, o la supremacía de algunas facciones sobre sus rivales, sino la clase de país que deseamos para nuestro futuro y el de nuestra descendencia. Si lo entendemos así, nuestra decisión debe ajustarse a lo que más convenga para garantizar el orden, el bienestar y el progreso que anhelamos, no simplemente para satisfacer nuestros personales deseos o las interesadas opiniones de quienes manipulan el poder político y mediático.

No podemos olvidar que, en el año 2016, con el desconocimiento de la voluntad popular expresada legítimamente en un plebiscito que rechazó por mayoría la firma del Acuerdo de Paz de La Habana, y con las artimañas del Congreso y de la Corte Constitucional que avalaron el fraude a la soberana decisión del constituyente primario, comenzó el desmoronamiento de la democracia, del Estado de derecho y de la moral en nuestro país.

Durante 10 años hemos estado sometidos a un crecimiento del sucio negocio de la cocaína, al desborde de todas las manifestaciones criminales, a la exacerbación del cáncer de la corrupción, al imperio de la impunidad, al adoctrinamiento de la juventud con funestas ideologías como el marxismo o la doctrina LGTBI y, sobre todo, al abandono de nuestra fe cristiana y de los valores fundacionales, invaluable legado de nuestros ancestros.

El triunfo sobre la guerrilla que habían logrado, con sacrificio de muchas vidas, nuestros heroicos militares, no bastó para impedir la toma del poder por la extrema izquierda encabezada por el camarada Gustavo Petro. Lo demás deja de ser historia para convertirse en un horroroso presente que sufrimos a diario:

Se ha perdido la seguridad y el derecho a la vida, merced al desmoronamiento de la fuerza pública, a la presencia guerrillera en gran parte del territorio nacional y al inusitado incremento en la siembra de coca y la exportación de alucinógenos.

La política totalitaria del régimen ya ha destruido el sistema de salud, causando un genocidio de 2500 pacientes por falta de tratamiento o medicamentos en el año 2025.

Una sucesión de escándalos de corrupción protagonizados por funcionarios del régimen y sus familiares y aliados atenta contra los recursos del Estado y genera indignación y rechazo en la sociedad.

La criminalidad actúa con el beneplácito de las autoridades y con la impunidad que le brinda una normatividad permisiva y una actitud más que tolerante de fiscales y jueces.

La economía está al borde del colapso según se deduce del incremento del déficit fiscal, aumento de la deuda pública, gastos exorbitados del Estado, reducción de las exportaciones, aumento de la tributación a empresas y personas, descenso en las inversiones y afectación a la generación de empleo formal.

El abandono de nuestros valores fundacionales y del legado espiritual de nuestros ancestros desencadena toda clase de amenazas contra la vigencia de la familia como núcleo fundamental de la sociedad y contra un sistema de educación que garantice la formación de buenos ciudadanos.

Salvar a Colombia de este negro pozo de iniquidad en el que nos ha sumido el actual régimen debe ser nuestro único propósito en las elecciones. Atrás quedaron los tiempos en los que nos podíamos dar el lujo de jugar a las elecciones para sacar adelante a los amigos o al que más nos guste. Ahora es el momento de pelear por nuestra supervivencia como país independiente, con una democracia real, con una justicia honesta, con un gobierno y un congreso preocupados sólo por el bien común, no por los pequeños intereses personales.

No hay campo para las rencillas, para ver quién gana unos votos en una consulta, quién puede pasar a la primera vuelta, quien puede dejar de ser precandidato para alcanzar el estatus de candidato.

Ya la suerte está echada. El pueblo, mayoritariamente, sin permiso de los caciques de siempre, sin pedir limosna a los grandes capitalistas, sin someterse a ningún partido o ideología, ha dicho de la manera más clara que quiere votar por Abelardo de la Espriella, que quiere hacer parte de Defensores de la Patria para llevar gente honesta al Congreso, que no va a perder tiempo y esfuerzo en las tales consultas.

Ya lo dijimos. La lucha no es por puestos, ni por trasnochadas ideologías. Rompamos estos 10 años de indiferencia o de confusión, de errores o de manipulación de nuestras mentes. Seamos libres para levantarnos y decir: no más inmoralidad, no más corrupción, no más criminalidad, no más impunidad, no más desigualdad. No más humillación ante la tiranía.

Vamos a ganar el Congreso y la Presidencia. No nos quede la menor duda. Nos lo merecemos después de 10 años de padecer traición y engaños. Llamemos a las cosas por su nombre. Identifiquemos al verdadero enemigo en lugar de lanzar dardos contra quien solamente piensa en la salvación de Colombia y en derrotar contundentemente a la criminalidad y el narcoterrorismo: Abelardo de la Espriella.

Nos acompaña la certeza sobre estas palabras: ¡Dios es mi salvación! Confiaré en Él y no temeré. El Señor es mi fuerza, el Señor es mi canción; ¡Él es mi salvación! (Isaías 12:2)

jueves, 15 de mayo de 2025

Restauración de la ética o catástrofe

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

No podemos, queridos contertulios, seguir tapando el sol con las manos y negar que ya hemos tocado fondo.

El Estado colombiano ha abandonado sus prioritarias obligaciones. La protección de la vida e integridad personal de los asociados, así como la de sus bienes, ha dejado de estar entre sus primordiales tareas.

Tampoco se encarga ya del mantenimiento del orden público, el respeto por el Estado de Derecho, la defensa de los principios democráticos, la correcta e imparcial administración de justicia; todo ello pasó a un segundo plano.

Ni hablemos de la economía que está al garete, según señalan los indicadores. No hay exportaciones salvo la de cocaína, en el cual ocupamos el vergonzoso primer lugar del mundo. El derroche y la torpe gestión financiera del régimen narcoguerrillero nos tienen en la peor crisis fiscal y de tesorería de los últimos tiempos.

Se incumplieron todas las promesas de cambio que supuestamente traerían un paraíso de reivindicaciones sociales al pueblo colombiano. En lugar de eso, se ha destruido el sistema de salud. Cada vez se cierran más empresas generadoras de empleo. La carestía de los alimentos, los servicios públicos y el transporte agobian a las clases más vulnerables.

No habrá esperanza alguna mientras prevalezca la falta de ética en la dirigencia del país. En esta clase de coyunturas la única salida es barajar de nuevo y llevar a las posiciones claves del Estado a quienes estén comprometidos con la reinstauración de la ética y de los valores espirituales, con la defensa de los principios tutelares de nuestra nacionalidad.

Desafortunadamente, no se avizora en el horizonte quién pueda abanderar esta ciclópea tarea para la reconstrucción moral del país. No podemos entregar el poder a los continuadores del régimen actual ni a la acomodaticia clase política que por largos años ha cohonestado el proceso de descomposición moral que nos ha conducido a esta escabrosa situación.

Se necesita voluntad política para la restauración ética que proponemos. y esta sólo se puede encontrar en gentes buenas, honestas, sin “rabo de paja” con el turbio pasado de la “politiquería”.

La violencia, el desempleo y la corrupción son, según encuesta de Ipsos, las tres más graves preocupaciones del electorado en la actualidad, todas ellas consecuencia forzosa de la ausencia de ética en la gestión pública y de la “relativización moral” en que ha caído la dirigencia política. Solo nos queda volver los ojos al Señor, creador y amo del universo, para que, dentro de su misericordia, se apiade de nosotros y nos envíe el líder que nos conduzca a la reconstrucción nacional y al imperio del bien común sobre los egoístas intereses particulares de quienes nos vienen dirigiendo.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Recuperar la ética y la moral

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Un reflexivo análisis de nuestra crítica situación, tantas veces diagnosticada, nos conduce necesariamente a la conclusión de que detrás de cada una de nuestras desgracias encontramos la pérdida de los valores de la moral en la sociedad y de la ética en la conducta de quienes la dirigen.

Nada podemos alcanzar si nos distraemos en los síntomas superficiales de la crisis en lugar de atacar la causa eficiente de los males que nos agobian. Los instrumentos generadores de inseguridad de las personas, desprotección de la propiedad privada, destrucción de la familia, desmoronamiento de los programas de bienestar, corrupción y despilfarro de los recursos públicos, abandono de la infraestructura de uso público, deficiencia en atención a población vulnerable, etcétera, son orientados por funcionarios sin ética y sin la adecuada preparación para el desempeño de sus funciones, elegidos solamente por su cercanía con la camarilla gobernante.

Frente al abuso del poder por la camarilla reinante, la masa carece de una respuesta eficaz por ausencia de discernimiento político, a menos que recurra a las energías espirituales para elevar la fuerza natural del hombre y revestirla de unidad con sus semejantes hasta vencer la tiranía del mal. Según lo aclara el filósofo francés Jacques Maritain:

“… el mismo orden de la naturaleza y de las leyes naturales en cuestiones morales, que es la justicia natural de Dios, determina que la justicia y la rectitud política obren con miras a producir frutos que, a la larga, en lo que respecta a su propia ley de acción, asumen la forma de mejoras y perfeccionamientos en el verdadero bien común y en los valores reales de la civilización.”

Complementa Maritain su pensamiento con una idea aplicable a nuestro país que vale la pena resaltar:

“Hombres pertenecientes a credos y a familias filosóficas o religiosas diferentes, pueden y deben colaborar en la tarea común y por el bien común de la comunidad terrestre, siempre que acepten parejamente la carta constitucional o los principios fundamentales de una sociedad de hombres libres. Ninguna sociedad puede vivir sin una inspiración fundamental común y sin una fe común fundamental.”

En aras de la búsqueda de una convergencia práctica que logre superar la crisis moral y ética que nos ahoga, debemos acercarnos fraternalmente a millones de compatriotas que, al igual que nosotros, comparten la necesidad de reconstruir el imperio de la verdad y la justicia en las relaciones del Estado con sus gobernados, el respeto por la dignidad de la persona humana en todos sus aspectos, el espiritual y el material, como hijos de Dios que somos; la libertad para practicar nuestras creencias, educar a nuestros hijos, elegir la actividad laboral o económica que nos brinde un ingreso, movilizarnos por el territorio nacional y fuera del mismo; el derecho para agruparnos o asociarnos con otros; el derecho a que el Estado proteja nuestras vidas, nuestra integridad personal y nuestros bienes; el derecho a que se nos respeten nuestras decisiones en el sistema democrático mediante elecciones libres, sin maquinaciones ni fraudes; el derecho a contar con una administración de justicia imparcial, honesta y oportuna.

El regreso a un Estado donde se respeten no solamente la Constitución y la Ley, sino, también, los valores éticos en la gestión pública lo que requiere, por supuesto, de varios pasos que aquí reseñamos:

1.- La recuperación del poder ejecutivo y legislativo, hoy en poder de los agentes del mal, los destructores de la nacionalidad, los promotores de la violencia y la mentira, los patrocinadores del crimen y la impunidad. Para tal efecto, debe materializarse la gran alianza o unión de fuerzas comprometidas con el bien común de los colombianos y no con el bien particular de cada uno de ellos o de sus grupos de acción.

2.- Previamente sugerimos apoyar la separación por los medios constitucionales del guerrillero-presidente del ejercicio del cargo, para garantizar unas elecciones libres de posibilidades de fraude.

3.- La coalición que llegue al poder se debe comprometer a la restauración de la ética y la moral mediante reformas constitucionales y legales concretas en los siguientes campos:

a) Protección de la familia, eliminación de programas que difundan la ideología de género, el matrimonio, el aborto y la adopción por parejas del mismo sexo;

b) Prohibir el aborto de acuerdo con el Tratado de San José suscrito por Colombia;

c) Modificación del curriculum educativo para incluir la enseñanza de valores morales y éticos que formen nuevos ciudadanos y eliminación de enseñanzas nocivas para la convivencia como las de la ideología marxista-leninista;

d) Establecer el bono educativo para que los padres de familia escojan libremente el establecimiento educativo (primaria, bachillerato o tecnológico) para sus hijos, pagado totalmente por el Estado con cargo a los presupuestos oficiales del instituto educativo.

e) Se adelantarán por cuenta del Estado programas por los medios convencionales y virtuales para la difusión de valores espirituales, comportamientos éticos y formación moral, con cubrimiento nacional y en forma permanente.

Del ya citado Maritain traemos esta reflexión a manera de conclusión para el trabajo que se nos impone como patriotas:

“Supongamos que una comunidad humana sea pisoteada, destruida, dominada, por alguna calamidad natural o por algún poderoso enemigo; mientras aún exista, y si conserva dentro de si la justicia, la fraternidad cívica y la fe, la animará desde adentro una real esperanza de resurgir, habrá en su seno una fuerza que por sí misma tenderá a hacerla vivir, a liberarla de la opresión y del desastre, porque ninguna opresión material puede destruir esa fuerza inmaterial. Si una comunidad humana pierde estas virtudes, la muerte invadirá su principio interno de vida. Si un Estado débil se ve rodeado y amenazado por enemigos maquiavélicos, deberá aumentar desesperadamente su poder físico, pero también sus virtudes morales.

miércoles, 16 de octubre de 2024

¿Cuál es nuestra peor desgracia?

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Entre las múltiples plagas que el advenimiento de la extrema izquierda al poder nos ha dejado, resulta difícil señalar cuál de todas es la que más daño viene causando a nuestra sociedad y al futuro de los colombianos.

Entendemos que mucha gente mira con alarma cómo se desmorona el sistema de salud, catalogado como uno de los más eficientes del continente; la economía, manejada más con desuetos postulados ideológicos que con ánimo de contribuir al crecimiento del país, va en caída libre a pesar de los esfuerzos de los empresarios; el sistema pensional, ahora amenazado por la voracidad de los nuevos burócratas, caerá indudablemente en la insolvencia; la inseguridad tiene en vilo a empresarios, y trabajadores, completamente impotentes para defenderse de la acción depredadora de guerrillas, narcotraficantes, bandas criminales y milicianos protegidos por la impunidad oficial; como si lo anterior fuera poco, los escándalos protagonizados por los familiares, subalternos y amigos del guerrillero-presidente, alimentan cada vez más el rechazo a la camarilla gobernante.

Podríamos –a manera de ejemplo– registrar el inusitado aumento de la corrupción, como el más dañino de los males que nos agobian, no solamente por el deterioro fiscal que genera o porque entorpece la realización de obras que podrán beneficiar a la comunidad, sino también porque acarrea desconfianza de la población en la transparencia y rectitud de sus gobernantes. Constituye, además, un pésimo antecedente para las nuevas generaciones que toman nota de cómo sus dirigentes acceden impunemente al dinero fácil con la alcahuetería del régimen.

Ante el inveterado fracaso en el control y la reducción de esta plaga, nos corresponde como ciudadanos amantes de nuestro terruño, indagar sobre las causas de la corrupción y eliminarlas de tajo.

Y, ¿cuáles son esas causas?

1. La pérdida de la ética y de la moral. La moral no es otra cosa que un conjunto de normas, principios, valores y creencias que a través de la historia ha adoptado la humanidad como modelo para distinguir el bien del mal en la conducta del ser dentro de la sociedad. Es la relación entre la moral y la conducta del ser humano dentro de la sociedad. El funcionario público debe ajustar su gestión a la ética, con el cumplimiento de planteamientos básicos como la honestidad, la responsabilidad, la transparencia o la equidad. Son varias las razones que impiden a los funcionarios mantenerse dentro de los parámetros de la ética: la falta de formación en valores éticos desde la etapa de la educación (familia, escuela, universidad); el nombramiento de personas acostumbradas a hacer mal uso del poder en cargos públicos; la ambición de llegar y mantenerse en el poder a toda costa; el poder corruptor del dinero; la ausencia de moral y ética en quienes dirigen la gestión del Estado.

2. Falta de mecanismos eficientes para garantizar la ética estatal. No son suficientes las sanciones usuales (inhabilitación, suspensión, multas, destitución, cárcel por períodos relativamente cortos, beneficios penales). Hay que implementar una solución drástica para erradicar el mal, garantizando que accedan a la administración pública en todos los niveles y todas las ramas los ciudadanos más preparados académicamente, con una trayectoria impecable y un perfil adecuado al cargo que van a desempeñar.

3. Carencia de valores en la sociedad. No es serio querer acabar con esta inveterada plaga con soluciones a corto plazo. La corrupción no se acaba por decreto ni con base en las promesas electorales de los candidatos. Si de verdad queremos reconstruir a Colombia devolvámosle la moral mediante una batalla cultural en contra de las ideologías marxistas, materialistas y ajenas a nuestra tradición. Mientras nuestra sociedad no actúe conforme a los valores y principios de la moral que nos quiere robar el régimen, no habrá futuro para Colombia ni para nuestros hijos.

martes, 26 de marzo de 2024

De cara la porvenir: hecatombe moral

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal

Espero amable lector que considere que el título de esta columna es demasiado fuerte o que encierra un contenido en verdad terrible.

Pues efectivamente, esa es mi intención.

Gracias a un muy querido amigo me he aproximado hace ya varios años a un sitio web llamado Kiosko donde se encuentran los titulares de los principales periódicos del mundo clasificados por día, continente y país.

Ahora bien, la dramática realidad mundial que se presenta todos los días, llena y saturada de conflictos, de tragedias ambientales, de guerras, de violación de derechos humanos, de casos de corrupción, entre otros variados atentados contra la humanidad, se asemeja al contenido de nuestros noticieros televisivos, donde un poco más del 80 % de las noticias y del tiempo invertido son nefastas en el ámbito local, regional, nacional, continental y planetario, quedando por rescatar únicamente las secciones de deportes y de farándula para acabarnos de idiotizar.

Una reflexión especial es que parece ser que a los espectadores ese es el tipo de noticias que les gusta para satisfacer su morbo, lo cual se refleja en un mayor o menor ranking de audición.

Otro dilecto amigo ha sostenido desde hace ya varios años, que el llamado “proyecto humano” definitivamente ha fracasado y que vamos hacia nuestra propia desaparición. Me he resistido a la idea, pero debo confesar que cada vez me quedo con menos argumentos para tratar de mantener al menos viva la esperanza de que aún estamos a tiempo de recomponer nuestro accionar, vivir más civilizadamente y respetar a la naturaleza en su conjunto.

Otra postura es que no debemos pedirle peras al olmo y reconocer de una vez por todas que el ADN humano es imperfecto y lo que sucede y las acciones que realizamos es lo que los humanos normalmente debemos hacer, sin posturas axiológicas ni pretensiones desmesuradas como especie, en teoría, superior.

Sin colocarme a favor o en contra de los actores que hoy pelean en Gaza, lo que como humano me estremece es que desde hace casi medio año nos estamos acostumbrando a que diariamente se cumpla la cuota de varios centenares de muertos, casi todos civiles, y el resto de la humanidad no dice ni hace nada.

Esa pasividad, ese desinterés, esa impotencia o ese importaculismo nos convierte a todos, sin excepción, en cómplices y en seres amorales.

Lo más grave es que un conflicto es reemplazado por otro en términos de divulgación y de interés de los grandes poderes, lo cual hemos evidenciado con la guerra entre Rusia y Ucrania que ya cumplió su primer año y que parece que va para largo.

Ni que decir del sainete colombiano de la denominada “paz parcial” y ahora de la renombrada “paz total” y del absoluto “desastre social”.

Nos hemos acostumbrado a que diariamente haya muertos por masacres o al detal: líderes sociales, integrantes de la fuerza pública, reinsertados, indígenas, mujeres, turistas, todo tipo de ciudadanos que caen asesinados ante los diferentes tipos de violencia, víctimas de desplazamiento, migrantes e inmigrantes… y todo tan normal. Todo se ha convertido en un simple y frio dato estadístico.

¿Y dónde están los líderes nacionales e internacionales y las instituciones multilaterales creadas para preservar la paz previniendo las guerras?

En cuanto a los líderes, estos ya no existen. Siendo respetuosos, pero claros, ¿Quién le para bolas a los débiles llamados del Papa que hoy por hoy tienen una fuerza proporcional a su débil semblante? ¿Quién sabe siquiera como se llama el secretario general de la ONU? –Entidad absolutamente anacrónica que ha debido ser transformada o suprimida desde la caída del muro de Berlín, pero que hoy solo hace muy bien el papel de zombi–¿Y los Estados Unidos? ¿Y la Comunidad Europea? ¿Y los líderes de las otras religiones? ¿Y China? ¿Y cualquiera que tenga un ápice de sensibilidad humana y compromiso con la humanidad?

Las Instituciones multilaterales se han convertido en un nido de burócratas que, como las personas inútiles, hacen mucho bombo, se creen muy importantes pero sus posturas y sus posiciones son carentes de manera absoluta de la suficiente “fuerza testicular” para asumir posiciones y compromisos como diría nuestro expresidente Julio César Turbay Ayala, expertos en pasar de agache, en dejar constancia y eventualmente en firmar algún acuerdo de carácter paliativo.

Pues bien, cada uno hace los cálculos milimétricos que les permite conservar o dilatar la pérdida de sus grandes, medianos, pequeños o aparentes poderes temporales, mostrando un abierto egoísmo y una absoluta miopía geopolítica y geoeconómica, pues de pronto nos quedamos sin planeta y sin habitantes a quienes dominar y explotar, y ahí sí, todos, a comer estiércol.

Mientras tanto la sociedad civil se ha inventado marchas, conciertos, ayunos, ritos y encuentros todos llenos de simbolismo que finalmente, de no tener la suficiente difusión y continuidad, no alcanzan siquiera a ser reconocidos y no sirven como expresiones y manifestaciones de presión ante los tomadores de decisiones, que de manera displicente las observan a distancia.

La historia nos muestra que una época de estabilidad y bonanza es reemplazada por una época de turbulencia y zozobra y finalmente por una época de caos, todo, como un sinfín, posiblemente para poder volver a empezar, lo cual nos muestra que, en el momento actual, “vamos viento en popa hacia la deriva”.

Siendo así, la historia de la humanidad se puede entender y visualizar como una noria.

¡Qué cansancio!

¡Pobrecitos los que vienen!

viernes, 8 de abril de 2022

Chambonadas

José Leonardo Rincón, S.J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Esas tareas administrativas en las que ando, parecieran ser más bien las labores propias de un palacio del colesterol pues cotidianamente sofrío chicharrones, agarro papas calientes, lidio chorizos de problemas y cocino sancochos. Lo normal. 

Sin embargo, el asunto se complica más cuando aparecen las chambonadas, es decir, esas evidencias contundentes de la capacidad que tenemos por estas tierras de Indias para embarrarla deliberadamente haciendo las cosas mal. No entiendo por qué lo fácil hay que hacerlo difícil, por qué querer ganarse dolores de cabeza cuando las cosas podrían ser más amables. Por qué no hacer las cosas bien.

La gente hace las cosas mal, chambonamente, y después se sorprenden porque uno se embejuca. Y todo sale finalmente más caro para todos, se pierde credibilidad y reputación. Se pierde la confianza. Las cosas no serán lo mismo.

He conocido empresas dizque certificadas en calidad, pero que en realidad ostentan esos sellos solo como fachada. Hacen las cosas bien cuando se acerca la auditoría externa y hay que dar cuenta del cumplimiento (cumplo y miento) de las normas y de una serie de registros y de soportes de la supuesta gestión del día a día. Son entidades para quienes el asunto de la calidad es una moda, no un espíritu.

Podría traer a colación aquí muchos y muy variados ejemplos de lo que significa e implica proceder chambonamente. Experimentando esas “perlas” uno se pregunta, ¿por qué querer cobrar caro en una cotización u oferta mercantil y luego ahorrarse costos solo para ganar más?, ¿Por qué engañar a los clientes con productos de mala calidad?, ¿Por qué rodearse conscientemente de gente mediocre y poco o nada profesional para adelantar trabajos de responsabilidad?, ¿Por qué exponerse a demandas por incumplimientos y, peor aún, a tragedias que puedan generarse como consecuencia de haber hecho mal las cosas?

Lo ve uno en una prenda dónde le dicen a uno que es talla XL pero gastaron tela de M; en una empanada de carne pero que resulta siendo de papa; en una obra de ingeniería que no utiliza productos de alta calidad y no cumple las especificaciones contratadas; en una asfaltada de calle que dura pocas semanas; en un centro educativo que promete una oferta educativa que no cumple; en un taller automotriz donde colocan repuestos de segunda y los cobran como nuevos u originales; en una balanza alterada que pesa 200 gramos menos del kilo prometido; de promesas de campaña politiquera, que solo no cumplen lo prometido sino que hacen exactamente lo contrario…

Ustedes saben que la lista de chambonadas que nos toca soportar a diario es interminable. ¿Hasta cuándo?  ¿Será parte de nuestra idiosincrasia y habrá que resignarse?  O ¿será que algún día podremos hacer las cosas bien?

jueves, 18 de noviembre de 2021

Vigía: entre bombas, sicarios y políticos

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

Pocos ejércitos, si alguno en el mundo, y con certeza ninguno en América Latina, puede presentar estadísticas más estremecedoras que el colombiano en las décadas recientes.

Catarsis

Según el informe Catarsis, entregado a la JEP, justicia diseñada en Cuba por el secretario del Partido Comunista español, 5.707 militares fueron desaparecidos, 18.841 asesinados fuera de combate y 316 secuestrados, con corte a 2016. De las 269.573 víctimas militares que registra el informe preparado por el ejército y varias universidades, la JEP hasta ahora solo ha reconocido a 320.

Después de Afganistán, Colombia llegó a ser el país con más minas antipersonales sembradas en el mundo. Como consecuencia del empleo por parte de las FARC de estas armas prohibidas en el tratado de Ottawa de 1997, 7.829 víctimas son militares, pero solo 2.195 están reconocidas en el Registro Único de Víctimas. 71,9 % de los militares afectados, aún no pueden acceder a un sistema de reparación integral.

Por otro lado, según el consejero presidencial para la Estabilización y la Consolidación, a 13 mil exnarcos terroristas farianos cuyas garantías asignadas en el acuerdo habanero vencían en agosto de 2019, esta administración se las prorrogó por tiempo indefinido. Es el proceso más garantista de todos los procesos de reincorporación en el mundo, asegura el funcionario, mientras en Colombia hoy se asesinan diariamente un promedio de dos miembros de la fuerza pública, por la espalda y en estado de indefensión.

Y la guerra política

Los resultados operacionales de las fuerzas militares y de la policía, son aprovechados retóricamente para desprestigiar las instituciones, minar su moral y entorpecer su operatividad. Los bombardeos, por ejemplo, legales y legítimos a la luz del DIH, son “asesinatos de niños” y cínicamente se exculpa a los terroristas del reclutamiento y presencia en sus campamentos de menores de edad. Imposible negar los “falsos positivos” por parte de miembros de la institución, pero la JEP especula con unas 6.400 ejecuciones extrajudiciales, sin nombres, fechas, lugares, como lo denuncia la candidata María Fernanda Cabal, una mujer de carácter. Este número arbitrario recuerda los 1.000 muertos de las bananeras de García Márquez (que no fueron más de 17, pero “había que llenar un vagón…”) y los 30 mil desaparecidos durante la dictadura en Argentina (inventados, no como frivolidad sino como política, como confesó el exmontonero Luis Labraña). Ya se sabe: lucha política. La creación de una sala especial para militares dentro de la JEP, es más urgente que nunca y ayudaría a aliviar la desconfianza que la gran mayoría de colombianos siente hacia esa ilegítima supracorte profariana.

En reciente sentencia, la Corte Constitucional autorizó el linchamiento público de varios comandantes militares, con un afiche titulado “¿Quién dio la orden?”, pregunta que de por sí, indica la incertidumbre de la situación. Sin un proceso legal completo, sin ser condenados en firme, se intenta estigmatizar ante la opinión pública los militares allí señalados, mientras los autores confesos de crímenes de lesa humanidad campean en el Congreso sin cejar en su lucha por el poder político, en paralelo con sus colegas que en la selva y con el apoyo de Venezuela, arrecian el terrorismo armado.

A pesar de esta campaña la institución militar del país neogranadino sigue siendo estadísticamente la más apreciada en el sentir nacional. En una reciente encuesta entre jóvenes, en un importante diario bogotano, a la pregunta “Qué tanta confianza tienen en…”, la respuesta fue, tratándose de jóvenes, sorprendente: primero las iglesias con el 43%, seguidas en segundo lugar por el Ejército con el 42%.

Siendo la institución con mayor confianza y, por ende, con mayor piso político en el país, la evidente falacia política de su maldad puede pasar una cuenta de cobro muy dura, como lo seguimos advirtiendo.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Ya no sé ni qué decir

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

Sí, la verdad, no sé qué decir. Estamos tan mal, pero tan mal, en este país que cualquier cosa que se diga será automáticamente juzgada por unos y otros, no con serena objetividad y con ánimo constructivo, sino movidos por pasiones viscerales, odios reprimidos, sed de venganza, sesgos ideológicos de derechas recalcitrantes y de izquierdas incendiarias que se acusarán mutuamente culpándose de las desgracias que vivimos.

Es increíble la falta de autoridad y de estatura moral en muchos de quienes tienen responsabilidades de diverso orden. Acostumbrados a ver correr la sangre de miles de compatriotas por décadas, la indolencia se ha instalado como indiferente actitud que ya no conmueve a nadie, pues es un negocio lucrativo, en tanto para unos es justificada, consecuencia de lo que constantemente se ha engendrado, para otros es la propicia ocasión de saldar cuentas pendientes. La mentira sistemática y abiertamente descarada se ha institucionalizado y nos la espetan por todos los medios y redes sociales como si todos fuésemos brutos idiotas. Y qué dolor decirlo, pero de lado y lado hay mayorías ciegas, sordas y completamente acríticas que se dejan manipular al antojo de esos oscuros intereses. Razón tenia Gandhi: el ojo por ojo nos dejará pronto ciegos a todos.

Es realmente increíble que pueda haber gente tan mala de verdad, tan perversa en sus intenciones, tan dañado su corazón. El afán de poder, buscado a como dé lugar, jamás ha sido para servir y construir país, sino para enriquecer las propias arcas con todo tipo de estrategias corruptas. Si en antaño Echandía se preguntaba ¿y el poder para qué?, los de ahora lo tienen claro: el poder es para poder… poder robar, poder controlar todo, poder hacer y deshacer, para someter las instituciones arrodillándolas servilmente a los intereses de unos y de otros. Lo han hecho y lo siguen haciendo todos los regímenes, izquierdistas y fascistas. Nos asustan alternadamente con los monstruos fachos o comunistas para repartirse la torta por turnos.  El pueblo, en realidad, no importa. Es la carne de cañón para poner los muertos… o ¿acaso los policías y sus víctimas eran de diferentes estratos sociales? O ¿los líderes sociales no han sido asesinados acaso por sicarios extraídos del lumpen ansioso de tener dinero?

Hay vacíos muy grandes como Estado, como nación, como pueblo. Hay vacío de mínimos éticos, hay vacío de liderazgo y de auténtica autoridad, hay vacío de valores básicos, hay vacío de Dios en nuestras vidas. Personalmente no me siento mejor o más bueno que nadie porque todos cargamos con nuestros lastres de limitación y pecado. Cuando digo que ya no sé ni qué decir es porque duele en el alma vivir lo que estamos viviendo: es inaudito, absurdo, intolerable. Es una desgracia muy grande. ¡Basta ya de violencia que engendra más violencia! Pero basta ya de tragar entero, de no querer ver lo evidente, de no oír los alaridos de dolor y el llanto de las víctimas. Basta ya de indiferencia. Seguir así es como escupir hacia arriba, es un boomerang que se nos devuelve indefectiblemente.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Dios extraditado y vacío ético

José Leonardo Rincón Contreras

José Leonardo Rincón, S. J.* 

Con el afán de posicionar un Estado laico para ser respetuosos con quienes no son creyentes, la constitución política de 1991 dejó de invocar a Dios como fuente suprema de toda autoridad, pues un Estado moderno debe ser aconfesional e incluyente para todos, de modo que no quede ningún rezago de lo que fueron las teocracias.

Lo que suele suceder con estas “evoluciones” es que queriendo promover valores válidos y pertinentes, fácilmente tumban y destruyen otros sin ofrecerles sus sustitutivos o reemplazos. A esta realidad, esta semana, Nilson Pinilla, exmagistrado presidente de la Corte Constitucional, la llamó la “extradición” de Dios de nuestra vida y origen de la crisis ética en la que estamos sumidos. La frase impacta entonces por provenir no propiamente de un obispo nostálgico de los tiempos constantinianos o de un cura de pueblo que ve disminuir alarmantemente su feligresía, sino de un laico y además jurista de vasta trayectoria.

Creo que Pinilla tiene la razón en primera instancia: en buena medida el desbarajuste de todo orden que vivimos radica en haber prescindido, en la práctica, de los valores evangélicos. Pinilla que fue juez de la corte más importante, enseguida dice actuar así porque ve y siente que Dios es un juez que todo lo ve y nos premia si nos portamos bien o nos castiga si nos portamos mal. Aquí se queda corto en su captación, porque Dios es esencialmente misericordioso. Pero bueno, en lo fundamental estamos de acuerdo: dejamos a Dios de lado y eso ha tenido consecuencias funestas.

La responsabilidad en realidad no fue de los constituyentes. Este país desde siempre ha padecido de esquizofrenia. Tan confesional que parecía, pero en la práctica tan ateo. Mayoritariamente católico porque eso era lo políticamente correcto, pero descreído y poco practicante, evidencia que me lleva a pensar si lo que hicimos en verdad fue más que extradítar a un ser querido, más bien quitarnos de encima un fardo incómodo para nuestras relajadas conciencias. Hasta aquí digamos que nos movimos en el campo de la moral.

Aceptado que nos sacudimos de moralistas justicieros y de curas que predican pero no aplican, lo realmente grave es que tampoco teníamos sólidas bases éticas. Ahí fue Troya. Los padres de familia, primeros educadores, eluden su responsabilidad y se la endosan a escuelas que tampoco lo hacen, o a abuelas permisivas o a empleadas domésticas con poca o ninguna formación. Los colegios públicos y privados, ellos sí, extraditan por órdenes superiores casi todas las cátedras de orden humanista: la religión porque no se puede obligar a creer; ética y valores, porque no hay quién la enseñe; urbanidad, porque es pasada de moda; geografía, porque no sirve para nada; historia, porque son cuentos reforzados y es mejor repetirla; redacción y ortografía, porque es demasiado exigente y quita tiempo para otros saberes que sí son relevantes; lengua castellana porque es más productivo hablar inglés. Mejor dicho, todo lo que pueda contribuir a pensar y tener una mínima conciencia crítica es un peligro intolerable para el statu-quo. Que el pueblo siga siendo ignorante, sin Dios ni ley, sin mínimos éticos, para así poderlo manosear, como descaradamente lo hacen ahora, creyéndonos tontos, mintiéndonos de frente, pervirtiendo la justicia, lucrándose con su corrupción, incumpliendo promesas electoreras.

Esto está patas arriba y hay que recomponerlo. Pero cuidado con los “mesías” de derecha, de izquierda o de supuesto centro. El problema es más de fondo. La pandemia quiso sacudirnos y no pudo. “Somos pueblo de dura cerviz y corazón endurecido”, como dice la Escritura. Estamos sin Dios ni ética de mínimos. En la misma barca o cada uno en su chalupa, pero la mayoría, a la deriva y sin brújula. Es la cruda realidad, pero no falta el miope que diga que vamos muy bien. Ustedes qué dicen…

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Recuperemos la ética


Por Santiago Cossio*
Santiago Cossio
En Colombia se caen las construcciones, no por falta de ingeniería, sino por falta de ética. Y pasa lo mismo en todas las profesiones. La falta de ética y valores tocó fondo y ha perjudicado el desarrollo del país en todos sus aspectos.

De nuestra educación superior salen buenos profesionales, pero personas con una débil formación humanística en ética y valores lo que genera un atraso cultural y por ende el consiguiente atraso económico y social.
La catedra de ética es para muchos estudiantes un relleno en el pensum donde le temen más a un parcial de calculo que al de ética y peor aun cuando algunas universidades ni siquiera le hacen exámenes y se gana solo con asistencia.
Esta cátedra es fundamental para recuperar la disciplina social que tanto le hace falta a nuestro país.  Debe existir un compromiso serio de la educación superior donde exista mayor rigurosidad académica, una evaluación rígida y constante y un mayor número de créditos. Normalmente se dicta en primer semestre y se debería complementar en último semestre. Hay que evolucionar a contenidos de ética práctica, cívica, urbanidad y de buena cultura.
La falta de iniciativa para emprender hace parte de la falta de educación en valores, donde tenemos un Pib jalonado a punta de servicios financieros, una precaria industria nacional, una deprimida bolsa de valores y una balanza comercial deficitaria. Colombia con todas las oportunidades de producción que tenemos, vive sin duda el colmo del desgano productivo. La falta de formación cultural y humanistica que complementen el esquema actual de educación han terminado por afectar el producto y el empleo.
La educación superior forma para el trabajo, pero no para que al estudiante le guste el trabajo.  Los  valores de legalidad, emprendimiento, respeto y responsabilidad deben estar en contenidos educativos prácticos más allá de filosofar entre el bien y el mal.
La educación para la cultura tiene pilares fundamentales como la identidad, el respeto, la responsabilidad y la felicidad. Además se debe incluir la educación en normas cívicas como el código de policía y convivencia ciudadana y todas las normas sociales que conlleven a una disciplina social y al buen vivir de manera individual y colectiva.
El cambio cultural implica un cambio de mentalidad colectiva basada en una educación en valores.

Debemos recuperar la ética en todos los aspectos de la vida diaria.

viernes, 26 de abril de 2019

¿Y su escala de valores?


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Desde hace muchos años escucho la frase: “tenemos una crisis de valores”, o también, “se ha invertido nuestra escala de valores”. Estoy seguro de que ustedes no solo las han escuchado sino, también, que están de acuerdo con ellas. Algo está pasando en nosotros, en la familia, en las instituciones, en la sociedad, para haber llegado a donde hemos llegado. A la par, me he preguntado si en verdad tenemos claro lo que es un valor y, más aún, si alguna vez hemos hecho el ejercicio personal de ordenar nuestra escala de valores. Estoy seguro de que no.

Proveniente del gremio de la educación, habiendo trabajado en él por más de 35 años, me consta la preocupación al respecto. Se han introducido en los planes de estudios las cátedras de “ética y valores” que algunos, más sofisticados, las han denominado “axiología”. He visto a rectores y coordinadores académicos un tanto estresados, buscando en las editoriales unos buenos textos que eduquen en valores. Su angustia crece a la hora de encontrar buenos profesores que las asuman. Su decepción se hace evidente, cuando los padres de familia, los estudiantes y la sociedad misma consideran estas cátedras como rellenos improductivos y auténticas “costuras”, esto es, asignaturas sin importancia, al igual que la educación religiosa o las demás humanidades, que se han ido aniquilando sistemáticamente de los currículos porque las que son realmente importantes son las ciencias que denominan “duras”, además, porque son las que dan plata y estatus. Lo tragicómico es que después nos preguntamos por qué estamos como estamos.

Entonces, permítanme hoy, sin pretensión alguna de ofrecer la última palabra sobre tan importante como complejo asunto, compartir algunas reflexiones que nos puedan ayudar a pensar en el asunto y a construir la propia escala de valores.

En primera instancia, la noción de valor. En tanto el diccionario señala que se trata de “una propiedad o cualidad que se le atribuye a un objeto”, Bernard Lonergan, filósofo, teólogo y economista asegura que es “un bien, en cuanto objeto posible de elección racional” y Peter Hans Kolvenbach, filólogo y exgeneral de lo Jesuitas lo define como “lo que vale, algo que vale la pena para mí”. Los tres son ciertos y me gustan. Si algo vale para mí es porque es un bien, es algo bueno, que tiene unas cualidades o propiedades que para mí valen la pena, tienen sentido y yo lo he escogido racional y libremente entre otros y le doy la relevancia o importancia que yo quiera.

Relacionados con los valores están los principios. Un principio como “decir siempre la verdad” o “actuar con honestidad”, observen que se trata de “una regla o norma que orienta la accion o comportamiento del ser humano y encierra siempre un valor”, en el caso de los dos ejemplos: verdad, honestidad…. De manera que valores y principios van de la mano. El valor, per-se, está ahí, pero soy yo el que, al ponderarlo, le otorgo un estatus, le doy una jerarquía y, al vivirlo en mi actuar o proceder, lo encarno, le doy vida. Cuando yo tomo esa decisión libre e inteligente, decimos entonces que estos son mis principios. Y cuando ética y consecuentemente procedo, soy una persona de principios, una persona con valores.

Hasta ya entrado en años hice el ejercicio de establecer mi propia escala de valores. Había hablado siempre de valores y de escala de valores, pero caí en la cuenta de que no la tenía bien clara y definida. Fue una tarea que me tomó un buen tiempo y aproveché para hacerlo a propósito de que San Ignacio, al comenzar los Ejercicios Espirituales, propone en la meditación del Principio y Fundamento, que uno tiene que ser muy libre para tomar aquello que más le sirve y conduce al fin para el cual fue creado y ser feliz y tanto cuanto ha de dejar aquellas cosas que, aún siendo buenas (porque todo lo que hizo Dios es bueno) tengo que dejarlas porque me distraen o no me conducen al objetivo.

Lo primero que hay que hacer es un listado de los valores que mueven la propia vida. Es un listado largo, más de una docena, puede llegar a ser. Uno los ha escogido libremente y sabe que son “sus” valores. Ahora bien, al verlos, uno sabe que, siendo todos buenos, hay unos que pesan o son más importantes que otros. Este ordenamiento es propiamente la jerarquización o elaboración de la escala de valores. Cuando yo decido de 1 a 10, por ejemplo, cuál va primero y cuál va después, cuál se impone o se supedita a otro. Esto es una tarea eminente y exclusivamente personal. En cada quien es distinto. Además, esa que yo hice un día, hoy, pasados los años, puede cambiarse, reordenarse. El mundo cambia y uno también. Se supone que, para mejorar, como decía el ya citado maestro de Loyola, “para ir de bien en mejor, subiendo”. ¿Se animaría a hacer el ejercicio?, ¡Adelante!