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lunes, 23 de febrero de 2026

Demoliendo mitos

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Nos disponemos a entrar en la recta final de unas elecciones para Congreso de la República y presidente, inmejorable coyuntura para que reflexionemos sobre su importancia, así como sobre el papel de cada uno de nosotros en esta democrática jornada.

Partamos diferenciando estos comicios de todos los que con anterioridad se han celebrado en Colombia, por la elemental razón de que nos jugamos no solamente el cambio de unos funcionarios por otros, o la supremacía de algunas facciones sobre sus rivales, sino la clase de país que deseamos para nuestro futuro y el de nuestra descendencia. Si lo entendemos así, nuestra decisión debe ajustarse a lo que más convenga para garantizar el orden, el bienestar y el progreso que anhelamos, no simplemente para satisfacer nuestros personales deseos o las interesadas opiniones de quienes manipulan el poder político y mediático.

No podemos olvidar que, en el año 2016, con el desconocimiento de la voluntad popular expresada legítimamente en un plebiscito que rechazó por mayoría la firma del Acuerdo de Paz de La Habana, y con las artimañas del Congreso y de la Corte Constitucional que avalaron el fraude a la soberana decisión del constituyente primario, comenzó el desmoronamiento de la democracia, del Estado de derecho y de la moral en nuestro país.

Durante 10 años hemos estado sometidos a un crecimiento del sucio negocio de la cocaína, al desborde de todas las manifestaciones criminales, a la exacerbación del cáncer de la corrupción, al imperio de la impunidad, al adoctrinamiento de la juventud con funestas ideologías como el marxismo o la doctrina LGTBI y, sobre todo, al abandono de nuestra fe cristiana y de los valores fundacionales, invaluable legado de nuestros ancestros.

El triunfo sobre la guerrilla que habían logrado, con sacrificio de muchas vidas, nuestros heroicos militares, no bastó para impedir la toma del poder por la extrema izquierda encabezada por el camarada Gustavo Petro. Lo demás deja de ser historia para convertirse en un horroroso presente que sufrimos a diario:

Se ha perdido la seguridad y el derecho a la vida, merced al desmoronamiento de la fuerza pública, a la presencia guerrillera en gran parte del territorio nacional y al inusitado incremento en la siembra de coca y la exportación de alucinógenos.

La política totalitaria del régimen ya ha destruido el sistema de salud, causando un genocidio de 2500 pacientes por falta de tratamiento o medicamentos en el año 2025.

Una sucesión de escándalos de corrupción protagonizados por funcionarios del régimen y sus familiares y aliados atenta contra los recursos del Estado y genera indignación y rechazo en la sociedad.

La criminalidad actúa con el beneplácito de las autoridades y con la impunidad que le brinda una normatividad permisiva y una actitud más que tolerante de fiscales y jueces.

La economía está al borde del colapso según se deduce del incremento del déficit fiscal, aumento de la deuda pública, gastos exorbitados del Estado, reducción de las exportaciones, aumento de la tributación a empresas y personas, descenso en las inversiones y afectación a la generación de empleo formal.

El abandono de nuestros valores fundacionales y del legado espiritual de nuestros ancestros desencadena toda clase de amenazas contra la vigencia de la familia como núcleo fundamental de la sociedad y contra un sistema de educación que garantice la formación de buenos ciudadanos.

Salvar a Colombia de este negro pozo de iniquidad en el que nos ha sumido el actual régimen debe ser nuestro único propósito en las elecciones. Atrás quedaron los tiempos en los que nos podíamos dar el lujo de jugar a las elecciones para sacar adelante a los amigos o al que más nos guste. Ahora es el momento de pelear por nuestra supervivencia como país independiente, con una democracia real, con una justicia honesta, con un gobierno y un congreso preocupados sólo por el bien común, no por los pequeños intereses personales.

No hay campo para las rencillas, para ver quién gana unos votos en una consulta, quién puede pasar a la primera vuelta, quien puede dejar de ser precandidato para alcanzar el estatus de candidato.

Ya la suerte está echada. El pueblo, mayoritariamente, sin permiso de los caciques de siempre, sin pedir limosna a los grandes capitalistas, sin someterse a ningún partido o ideología, ha dicho de la manera más clara que quiere votar por Abelardo de la Espriella, que quiere hacer parte de Defensores de la Patria para llevar gente honesta al Congreso, que no va a perder tiempo y esfuerzo en las tales consultas.

Ya lo dijimos. La lucha no es por puestos, ni por trasnochadas ideologías. Rompamos estos 10 años de indiferencia o de confusión, de errores o de manipulación de nuestras mentes. Seamos libres para levantarnos y decir: no más inmoralidad, no más corrupción, no más criminalidad, no más impunidad, no más desigualdad. No más humillación ante la tiranía.

Vamos a ganar el Congreso y la Presidencia. No nos quede la menor duda. Nos lo merecemos después de 10 años de padecer traición y engaños. Llamemos a las cosas por su nombre. Identifiquemos al verdadero enemigo en lugar de lanzar dardos contra quien solamente piensa en la salvación de Colombia y en derrotar contundentemente a la criminalidad y el narcoterrorismo: Abelardo de la Espriella.

Nos acompaña la certeza sobre estas palabras: ¡Dios es mi salvación! Confiaré en Él y no temeré. El Señor es mi fuerza, el Señor es mi canción; ¡Él es mi salvación! (Isaías 12:2)

sábado, 12 de noviembre de 2022

Ya se asoman los petroburgueses

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Quienes todavía sueñan con la posibilidad de un cambio político a través de las elecciones en 2026, harían bien reflexionando sobre las lecciones de la aprobación, a pupitrazos, de la reforma tributaria.

En primer lugar, hay que considerar que cuando un partido controla los tres poderes públicos y también el cuarto, el de los medios, estamos en presencia de la dictadura. Si esta es de corte marxista-leninista, lo que tenemos es un gobierno comunista, y estos no dejan el poder. Las elecciones no les gustan. Por eso, cuando hay que guardar apariencias, como en Venezuela, estas se ganan electrónicamente, mientras en Cuba, con partido único, nada hay que disimular.

Desde luego, el ideal de Petro es el modelo castrista, pero entretanto se conforma, al igual que su carnal Maduro, con el simulacro constitucional, como el de la pasada semana con la tributaria.

Esa reforma dizque era para gravar a los 4.000 más ricos, pero terminó agobiando, en grado variable, a 50 millones. Encarece la comida de todos. Reduce el ingreso. Amenaza el empleo. Castiga la inversión nacional y ahuyenta la extranjera. Causa pánico económico. Dispara la devaluación y la fuga de capitales. Encarece la deuda externa, tanto pública como privada, hasta hacerla impagable.

Todas las ilusiones de que el Congreso podría aterrizar al gobierno han resultado vanas. El Legislativo, formado ahora en general por manzanillos, logreros, iletrados y delincuentes —que han visto muy valorizados sus votos—, se ha convertido en una especie de oficina registral de los caprichos ejecutivos. La mermelada ha acabado con los últimos vestigios de disciplina e ideología en los partidos, hasta el punto de que apenas cuatro congresistas liberales han respetado la autoridad del expresidente Gaviria, cuyas tardías opiniones sobre la tal reforma eran incontrovertibles.

Primaron, entonces, la indignidad y la codicia, dentro de un espectáculo grotesco e inmoral, que se repetirá con la aprobación de todas y cada una de las propuestas perversas que presentará el Ejecutivo para lograr que Colombia emule con Venezuela.

Parece increíble que el propósito inmodificable de un gobierno sea la destrucción del estado de derecho, la democracia, la economía y el crecimiento. Pero a nada distinto conduce su orientación ideológica, la misma que ya está bien consolidada en Cuba, Venezuela y Nicaragua y avanza en el resto de Iberoamérica.

El segundo round contra Colombia será la reforma de la salud —incluyendo hasta la supersticiosa “medicina ancestral”—, más perjudicial aún que la tributaria, y a esta seguirán otras, a cuál peor.

Todavía para la inmensa mayoría de los compatriotas lo anterior parece imposible, y por lo mismo se empeñan en pensar con el deseo de que lo que vivimos sea apenas una corta pesadilla y no el descenso a los infiernos.

Pero al lado de las buenas gentes hay personas sagaces que saben que Petro vino para quedarse y que el comunismo es para cincuenta o más años. Por eso, la mayoría de los políticos se están acomodando, para seguir medrando de tal manera que no les pase nada…

Para las elecciones locales de octubre de 2023, en las grandes ciudades y en todos los departamentos, docenas de candidatos ávidos se van a enfrentar a los de Petro, que dispondrán de la maquinaria, el erario y todo el dinero caliente.

El resultado de la irresponsable división de fuerzas consolidará el poder gárrulo, el descontrol fiscal y la feria contractual. Más que sucesores de Ospina, Claudia y Pinturita, tendremos sus clones.

Así como en Venezuela se regodean los boliburgueses, empiezan a aparecer en Colombia los petroburgueses: narcos legalizados, criminales de lesa humanidad como congresistas, los demás delincuentes “totalmente pacificados”, y en la altísima burocracia, los oportunistas y vagos de todos los pelajes, escalando para vivir en la opulencia, ajenos al hambre y la miseria inevitables en el comunismo.

Milovan Djilas se quedó corto en su descripción de la “nueva clase”. Así como el KGB sigue dominando en Rusia, en Corea del Norte, China, Vietnam, Cuba y Venezuela la dictadura totalitaria se asienta sobre una oligarquía militar que, disponiendo de palancas de poder, se enriquece inmensamente. De ahí la lealtad interesada y monolítica que sostiene indefinidamente a cada uno de los grandes líderes.

El comunismo no es posible sin el surgimiento de una oligarquía abyecta al servicio del respectivo tirano. En Colombia, las señales de acomodo son cada vez más claras. Ese es el primer eslabón en la forja de la cadena del poder absoluto, que empezamos a vislumbrar en un país donde ya se humilló y desmanteló al Ejército, se amaestró la Policía, los medios están fletados, la justicia, politizada, y el Congreso, embadurnado.

Combatir ese ánimo colaboracionista con el comunismo, cuya más triste víctima ha sido el traicionado Partido Conservador, es la primera y fundamental obligación patriótica.

***

Reconociendo involuntariamente las paradojas de Orwell, el incontenible Petro, al lamentar la muerte de un colombiano en las filas rusas en Ucrania, nos dice que “ese joven quería ser revolucionario” y que “la revolución es la paz”,

miércoles, 5 de octubre de 2022

Oposición constructiva vs. gobierno destructivo

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Pocas veces se hace tan difícil escribir como hoy, porque toca discrepar de un grande hombre, como es en todo sentido Álvaro Uribe Vélez.

Tan pronto se anunció la elección de Petro, el expresidente se apresuró a reconocer el título del exterrorista, dando crédito a una Registraduría muy poco confiable. Por desgracia no estaba solo, porque la gran mayoría del establecimiento político permitió que los creíbles indicios de masivo fraude electrónico fueran desestimados. Por consiguiente, un manto de presumible legalidad ha cubierto la elección menos transparente.

Pocos días después de la posesión, el doctor Uribe lo visitó en palacio para ofrecer una “oposición constructiva” a un gobierno destructivo.

Ese terrible error inicial conduce al Centro Democrático (CD) a un callejón sin salida, porque la inmensa mayoría de sus votantes tiene clara la imposibilidad que existe de un diálogo productivo entre concepciones radicalmente opuestas, irreductibles e irreconciliables, como son las que separan a los partidarios de la libertad individual y económica, de los adherentes al colectivismo y el estatismo marxistas.

Desconocer entonces la índole destructora de todas y cada una de las propuestas del gobierno de Petro en contra del modelo democrático, condena al partido del Dr. Uribe a moverse en un mundo ilusorio. Solo en sueños es posible un diálogo conducente entre corderos y lobos o entre palomas y buitres.

La “oposición constructiva” requiere un gobierno también constructivo. El de Petro, una y otra vez en el Congreso, que es el foro donde se contrastan pareceres, claramente manifiesta su voluntad de llevar al país por la senda de la extrema izquierda más perjudicial. En estos horribles 50 primeros días, Petro jamás ha ocultado que su propósito es el de poner por obra todos los disparates y desatinos de su programa, gracias a las mermeladas parlamentaria y mediática y a la complicidad descarada de partidos tradicionales, degradados por dirigentes indignos.

Muy superior a sus líderes políticos, el pueblo ha comprendido mucho mejor que ellos hacia dónde llevan al país para convertirlo en una segunda Venezuela. Las nutridas marchas del lunes 26 de septiembre fueron la expresión concreta de una oposición, esa sí popular y estructural, que quiere conservar la democracia y el estado de derecho, frente a la piqueta demoledora del gobierno.

Esa es la actitud que el país requiere para escapar al triste destino que nos espera, si dejamos que se consolide la dictadura castro-petrista.

En cambio el CD, o buena parte del mismo, le dio la espalda a la protesta la víspera de las marchas; y lo que es peor, tan pronto estas pasaron los doctores Álvaro y Miguel Uribe y Óscar Darío Pérez, acudieron a palacio para continuar un diálogo imposible con un gobierno inflexible. En lugar de llegar estimulados por los centenares de miles de colombianos, de todos los partidos, que marcharon contra el gobierno, los visitantes de la casa de Nariño manifestaron una actitud de la mayor amabilidad ante un gobierno que, en vez de oír sus razones, quiere únicamente aparecer en las fotos con ellos.

A la salida de la reunión, los dirigentes del CD ofrecieron una larguísima rueda de prensa para informar acerca de las inquietudes que le transmitieron a Petro, como si este no conociera los puntos de vista de la oposición constructiva, que él y sus ministros han rechazado mil veces.

En esa lamentable presentación el expresidente Uribe, fuera de guardar inexplicable silencio frente a la posición oficial con relación al narcoestado que se perfila, llegó a expresarse así:

Nosotros queremos contribuir para que se entienda el gobierno del presidente Petro como un gobierno de democracia social, no un gobierno que se pudiera catalogar de fracasado Socialismo del Siglo XXI (…) Nosotros no queremos que al gobierno del presidente Petro lo estigmaticen de neocomunismo.

La oposición a Petro exige verticalidad y coherencia, porque si no se estructura inmediatamente un movimiento nacional con voluntad de poder, capaz de recuperar las gobernaciones y alcaldías el próximo año, la dictadura comunista se consolidará por término indefinido...

La respuesta del gobierno a las “manifestaciones constructivas” del CD va desde el silencio hasta la tergiversación, en agudo contraste con la cordialidad de sus visitantes.

Si ese partido persiste en el diálogo de sordos con el petrismo, el electorado lo repudiará, pero a Colombia no le conviene su desaparición, inevitable si continúa por la senda del apaciguamiento, el diálogo y la debilidad frente al arrogante y ascendente demagogo que nos gobierna.