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jueves, 29 de diciembre de 2022

Legitimidad, legalidad y dictaduras travesti

Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

La esencia de la problemática regional actual, radica en que vivimos una grave inversión de la escala de valores y se nos extravió el fundamento ético de la debida relación jerárquica entre legitimidad y legalidad.

La filosofía del derecho establece que lo que se denomine como legal, necesariamente primero tiene que ser legítimo. Razón por la cual no debemos justificar la legalización de aquellas conductas que son ilegitimas y nocivas para la sociedad.

Tenemos un problema grave de legitimidad cuando la legalidad es interpretada de forma ambivalente por quienes ejercen la representatividad democrática y el control en los Estados actuales mediante formas autocráticas o dictatoriales disfrazadas de democracias.

Nuestras sociedades pierden su unidad de propósito en materia de desarrollo socioeconómico, cuando un porcentaje significativo de la ciudadanía se desvía del referente que representan sus valores fundacionales: culturales, éticos, cívicos, familiares y patrios.

Actualmente nuestras sociedades y sus economías operan en un mar de contradicciones, en gran parte a cuenta de la falta de autenticidad en la información. La ciudadanía sin duda está confundida en esta época donde las comunicaciones digitales y la desinformación sumada a las carencias culturales y educativas, ponen en duda la propia escala de valores promedio de la sociedad.

Es crítico entender que el referente de legalidad con que juegan las organizaciones criminales terroristas disfrazadas ideológicamente, es totalmente opuesto al de la legitimidad que sustenta el ordenamiento legal preexistente en nuestras débiles democracias constitucionales.

El problema de ilegitimidad se torna insoluble al transgredirse la legalidad, aceptando que sean criminales los que llegan al poder en estas democracias anárquicas, pues para los delincuentes apeados de ideología, el Estado y las leyes existentes son ilegitimas.

¿Cómo esperamos que personas que se formaron y provienen de la delincuencia y el crimen organizado o que llegan al poder patrocinadas por esas fuerzas oscuras, no cometan luego abusos de poder al acomodar el concepto de legalidad a conveniencia de su propio referente de legitimidad?

Los líderes actuales se valen del populismo para imponer a la sociedad un tipo de cambio que se engendra en el concepto de la revolución destructiva en contraposición al de la transformación gradual.

Lo anterior explica la obsesión desmedida por derrumbar las estructuras institucionales existentes por parte de quienes abusan descaradamente del poder pues se sienten con derecho a estar por encima de la ley y de quienes llegan al poder después de haber vivido del crimen.

Es así como el populismo en lugar de trabajar con la escala de valores establecida, habla de la necesidad de invertir los referentes idiomáticos que sustentan los conceptos elementales por nuevas acepciones que utilizan la máscara del favorecimiento minoritario y que desconocen la naturaleza de aspectos tan básicos como el género.

Esto explica por qué la urgencia de cambiar hoy los sistemas de educación: ética, moral, cultural, religiosa, cívica, de respeto por el prójimo y amor a la patria y  la familia, y los modelos de libertad económica y de mercados, por formas ideologizadas de adoctrinamiento basadas en el odio y el resentimiento que se oculta tras lo que por moda se determina como políticamente correcto.

De ahí el apuro por cambiar los principios constitucionales, incluida la importancia de la independencia de poderes, y por debilitar o reemplazar la administración de justicia ordinaria por sistemas de justicia especiales diseñados a la medida de sus referentes parcializados en materia de legitimidad.

Así se explica la obsesión por derrumbar la estructura conceptual sobre la cual está edificada nuestra institucionalidad occidental, fundamentada en valores democráticos bien establecidos que son los que le han dado legitimidad a la legalidad hasta nuestros días.

En el caso de Colombia este problema se atenúa de forma grave, pues existe una cultura permisiva con relación a toda la problemática asociada a la droga, que está terminando con la biodiversidad y el medio ambiente, con la sana formación y desarrollo de la juventud y con la cultura de legitimidad de la legalidad y hasta con la honorabilidad personal en nuestra sociedad.

Es demasiado evidente la actual falta de carácter y entereza de los líderes de nuestras sociedades en toda la región iberoamericana. Parece que olvidamos la máxima de que “Si el balance de los países no es bueno, el balance de las empresas no podrá ser bueno”.

Esta  realidad obliga a la reflexión sobre qué tan crítico resulta que exista unidad de criterio de los líderes de la clase dirigente en todas las instancias institucionales con relación al referente de legitimidad de las acciones públicas con que se conduce un Estado, pues primero debe estar la nación que los intereses ideológicos, económicos y personales de los políticos o de algunos empresarios.

Las instituciones gremiales y asociaciones productivas, están lideradas por figurines incapaces de defender el deber ser que soporta los valores esenciales para la sana convivencia social en medio de una región donde las naciones están regidas por reconocidos delincuentes y no pasa nada.

¿Comprensible? No lo sé, pero es triste ver como algunos de los grandes empresarios regionales se acomodan y cada uno va por su cuenta. No se reúnen ni se juntan a exigir nada a los gobernantes.

Entretanto, los grandes ejecutivos buscan como cabildear al nuevo sistema, tragándose la carnada de que así solucionarán sus problemas puntuales, ignorando que van a quedar enganchados en los arpones del anzuelo atado a la cuerda que maneja el pescador.

La clase política baila la música que imponga quien controla el Estado mientras el concepto de oposición corre grave peligro de extinción. El resto de la sociedad se arruga, calla, y permite la violación de la legitimidad.

Ya no hay sociedad civil porque quienes abusaron de ese importante concepto, están en el poder, y ya no hay sanción social porque pocos cuentan con la solvencia y autoridad moral para ejercerla.

En Colombia, como ya ocurrió en Venezuela, Argentina, Chile, Bolivia, Nicaragua y en otras naciones hermanas, la legalidad se pasó de rosca en las pasadas elecciones. Una vez se aceptó como democrática la conducción de la sociedad a manos de delincuentes indultados con un referente diferente de legitimidad al que consigna el pacto social, es casi imposible que el país regrese a las formas democráticas y menos por medio de procesos electorales amañados y constituciones debilitadas o reformadas con otra escala de valores como referente de legitimidad.

Este problema es cultural y le va a costar al desarrollo de la región entera el sacrificio de varias generaciones hasta que toquemos fondo y el caos sea tal, que desde la miseria seamos capaces de reconstruir una convivencia sobre valores éticos sólidos y no fundamentados en la excusa de la inclusión de diversas formas de interpretar la legitimidad para construir legalidades amañadas.

La región en general cada día está más mal, pero Colombia, un país controlado por las fuerzas oscuras del “negocito aquel”, en pocos meses pasamos de trabajar con unos valores democráticos sólidos, a reemplazar libertad con libertinaje y nos transformamos en una autocracia o un control absoluto de lo que antes fuera la independencia de poderes.

Estamos a manos del pacto entre diversas fuerzas representadas por individuos con una escala de valores inversa a la que nos ha servido en 214 años de democracia, imperfecta pero libre, y la falta de unidad que conlleva a la indefensión de la sociedad, nos aboca a tener un nuevo referente de legitimidad al ver como se establece una dictadura travesti, es decir disfrazada de democracia.

sábado, 12 de noviembre de 2022

Ya se asoman los petroburgueses

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Quienes todavía sueñan con la posibilidad de un cambio político a través de las elecciones en 2026, harían bien reflexionando sobre las lecciones de la aprobación, a pupitrazos, de la reforma tributaria.

En primer lugar, hay que considerar que cuando un partido controla los tres poderes públicos y también el cuarto, el de los medios, estamos en presencia de la dictadura. Si esta es de corte marxista-leninista, lo que tenemos es un gobierno comunista, y estos no dejan el poder. Las elecciones no les gustan. Por eso, cuando hay que guardar apariencias, como en Venezuela, estas se ganan electrónicamente, mientras en Cuba, con partido único, nada hay que disimular.

Desde luego, el ideal de Petro es el modelo castrista, pero entretanto se conforma, al igual que su carnal Maduro, con el simulacro constitucional, como el de la pasada semana con la tributaria.

Esa reforma dizque era para gravar a los 4.000 más ricos, pero terminó agobiando, en grado variable, a 50 millones. Encarece la comida de todos. Reduce el ingreso. Amenaza el empleo. Castiga la inversión nacional y ahuyenta la extranjera. Causa pánico económico. Dispara la devaluación y la fuga de capitales. Encarece la deuda externa, tanto pública como privada, hasta hacerla impagable.

Todas las ilusiones de que el Congreso podría aterrizar al gobierno han resultado vanas. El Legislativo, formado ahora en general por manzanillos, logreros, iletrados y delincuentes —que han visto muy valorizados sus votos—, se ha convertido en una especie de oficina registral de los caprichos ejecutivos. La mermelada ha acabado con los últimos vestigios de disciplina e ideología en los partidos, hasta el punto de que apenas cuatro congresistas liberales han respetado la autoridad del expresidente Gaviria, cuyas tardías opiniones sobre la tal reforma eran incontrovertibles.

Primaron, entonces, la indignidad y la codicia, dentro de un espectáculo grotesco e inmoral, que se repetirá con la aprobación de todas y cada una de las propuestas perversas que presentará el Ejecutivo para lograr que Colombia emule con Venezuela.

Parece increíble que el propósito inmodificable de un gobierno sea la destrucción del estado de derecho, la democracia, la economía y el crecimiento. Pero a nada distinto conduce su orientación ideológica, la misma que ya está bien consolidada en Cuba, Venezuela y Nicaragua y avanza en el resto de Iberoamérica.

El segundo round contra Colombia será la reforma de la salud —incluyendo hasta la supersticiosa “medicina ancestral”—, más perjudicial aún que la tributaria, y a esta seguirán otras, a cuál peor.

Todavía para la inmensa mayoría de los compatriotas lo anterior parece imposible, y por lo mismo se empeñan en pensar con el deseo de que lo que vivimos sea apenas una corta pesadilla y no el descenso a los infiernos.

Pero al lado de las buenas gentes hay personas sagaces que saben que Petro vino para quedarse y que el comunismo es para cincuenta o más años. Por eso, la mayoría de los políticos se están acomodando, para seguir medrando de tal manera que no les pase nada…

Para las elecciones locales de octubre de 2023, en las grandes ciudades y en todos los departamentos, docenas de candidatos ávidos se van a enfrentar a los de Petro, que dispondrán de la maquinaria, el erario y todo el dinero caliente.

El resultado de la irresponsable división de fuerzas consolidará el poder gárrulo, el descontrol fiscal y la feria contractual. Más que sucesores de Ospina, Claudia y Pinturita, tendremos sus clones.

Así como en Venezuela se regodean los boliburgueses, empiezan a aparecer en Colombia los petroburgueses: narcos legalizados, criminales de lesa humanidad como congresistas, los demás delincuentes “totalmente pacificados”, y en la altísima burocracia, los oportunistas y vagos de todos los pelajes, escalando para vivir en la opulencia, ajenos al hambre y la miseria inevitables en el comunismo.

Milovan Djilas se quedó corto en su descripción de la “nueva clase”. Así como el KGB sigue dominando en Rusia, en Corea del Norte, China, Vietnam, Cuba y Venezuela la dictadura totalitaria se asienta sobre una oligarquía militar que, disponiendo de palancas de poder, se enriquece inmensamente. De ahí la lealtad interesada y monolítica que sostiene indefinidamente a cada uno de los grandes líderes.

El comunismo no es posible sin el surgimiento de una oligarquía abyecta al servicio del respectivo tirano. En Colombia, las señales de acomodo son cada vez más claras. Ese es el primer eslabón en la forja de la cadena del poder absoluto, que empezamos a vislumbrar en un país donde ya se humilló y desmanteló al Ejército, se amaestró la Policía, los medios están fletados, la justicia, politizada, y el Congreso, embadurnado.

Combatir ese ánimo colaboracionista con el comunismo, cuya más triste víctima ha sido el traicionado Partido Conservador, es la primera y fundamental obligación patriótica.

***

Reconociendo involuntariamente las paradojas de Orwell, el incontenible Petro, al lamentar la muerte de un colombiano en las filas rusas en Ucrania, nos dice que “ese joven quería ser revolucionario” y que “la revolución es la paz”,

miércoles, 26 de octubre de 2022

¡Esto es hablando y devaluando!

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Siempre se nos dijo que Colombia era una “tierra estéril para las dictaduras”, porque hasta ahora solo habíamos padecido dos, la difusa, ejercida esporádicamente a lo largo de varios períodos, de Tomás Cipriano de Mosquera; y la dictablanda de Rojas Pinilla. Ambas fueron apenas juego de niños en comparación con la actual, ignara además de lenguaraz y parlera.

A Petro no lo preocupa que “quien mucho habla, mucho yerra” porque su audaz logorrea sorprende por su aterradora eficacia.

En los 73 interminables días que lleva hablando, todo lo que ha dicho es absurdo, tendencioso, pugnaz, falaz, gratuito, conflictivo, superficial, revanchista y, sobre todo, agresivo. En realidad, no ha hecho cosa diferente de hablar, equivocándose en lo conceptual, pero acertando en los resultados fácticos.

En efecto, en estas diez semanas y media ya ha transformado al país en un narcoestado donde los homicidios, las masacres y la inseguridad se han disparado. Lo único que no ha crecido es la economía, dirigida vocalmente por un graduado en esa carrera. Las dudas sobre la idoneidad profesional de Petro son muchas, pero no pongo en tela de juicio sus diplomas. Lo que pasa es que cuando aborda esos temas utiliza una xenoglosia económica, que consiste precisamente en expresarse fluidamente en una lengua nunca aprendida.

No existe explicación racional para el desempeño de un “economista” que para mejorar las condiciones de vida de 50 millones resuelve acabar con la principal industria y mayor fuente tributaria; desestimular el ahorro y la creación de empleo; paralizar el mercado inmobiliario y la industria de la construcción (la principal empleadora); cambiar la agricultura productiva por la regresiva del minifundio, dizque para convertirnos en potencia agrícola; y así sucesivamente…

Algunos han sugerido una interpretación psicológica de su conducta. Dicen que lo que Petro busca es la destrucción del sistema económico y social del país, en obedecimiento compulsivo de su ideología marxista-leninista y hasta estalinista, y que lo está logrando a una velocidad asombrosa. Si esto es así, ha acertado plenamente, porque el país va en caída libre. Del 10% de crecimiento en 2021, vamos hacia el 2.2% en 2023.

Este monumental retroceso responde, en parte, a circunstancias de orden global, pero haríamos mal creyendo el cuento de que los mensajes, explícitos e implícitos, que el Gobierno colombiano dirige a los agentes económicos, no tienen efectos determinantes de la pendiente por la que rodamos.

Nuestra devaluación es la más aguda de la región, y los $ 5.000 son apenas un escalón hacia los $ 6000, previsibles a corto plazo, porque los operadores están actuando de conformidad también con las amenazas contra la autonomía del Emisor y el anuncio de posibles gravámenes a las inversiones transitorias (golondrinas), que permiten conservar la liquidez cambiaria.

No tienen, pues, razón los amigos del Gobierno atribuyendo toda la responsabilidad de la devaluación a la Reserva Federal, o a los Estados Unidos, como propone Petro. Dentro del mismo contexto continental, el peso chileno, entre enero y noviembre del presente año, se depreció 15.1 %, mientras nuestro peso perdió 8.3 % desde la elección presidencial. El real brasileño se recuperó 2 %, y el peso mexicano, 3 %. Incluso el sol mejoró 0.8 %, quizá por la esperanza de ver la salida del incapaz de Castillo.

Un alza demagógica y sin precedentes en el salario mínimo; una reforma tributaria abrumadora, pero cuyo rendimiento probablemente no será mucho mayor de los 11 billones que gravan la industria extractiva; un presupuesto inflado astronómicamente; un inevitable y enorme déficit fiscal; un gasto público desbordado; y la creciente y explicable fuga de capitales, hacen prever una espiral inflacionaria como no se ha visto en el medio siglo anterior.

Frente a este panorama sombrío, un gobierno empeñado en transitar por la senda más errónea, hundiendo el acelerador a fondo, en lugar de actuar racionalmente, no ofrece ninguna esperanza.

Los castro comunistas no caen por sus errores. Mientras más impopulares y equivocados, más porfiados, como en Cuba y Venezuela, donde a pesar de 63 y 23 años de hambre, miseria y emigración masiva, siguen tan campantes, sostenidos por la represión y la corrupción.

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¡Qué envidia de la Gran Bretaña, donde una inepta cae a las seis semanas!

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¡Como Petro revela que los males del mundo son ocasionados por USA, habrá que dejar descansar a Uribe, que antes era el causante de todos ellos!

viernes, 19 de agosto de 2022

Así paga el diablo...

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

La dictadura en Nicaragua es tan evidente como descarada. Daniel Ortega, quien en otrora fuera uno de los líderes de la revolución popular sandinista, hoy día, apoltronado en el poder, ha olvidado los principios revolucionarios que un día lo inspiraron y se ha convertido en un tirano. No exagero si afirmo que eso pasa en las derechas y en las izquierdas y que es un mal genético de quien se queda en el poder por mucho tiempo. Y si no pregúntele a Fidel o a Pinochet, tan diametralmente opuestos en lo ideológico, como parecidos a la hora de hacerse sentir como capataces de sus pueblos.

Por eso desde estas líneas manifiesto mi malestar con la posición que adoptó la delegación colombiana en la OEA, al final de la semana pasada, cuando optó por retirarse de la sesión donde se condenó a Nicaragua por la violación de derechos humanos. Esa falta de compromiso con la carta fundamental deja mal sabor diplomático. No entiendo qué pretensiones hay con esa actitud de querernos congraciar con la dictadura de Ortega. ¿Bajar la tensión por el conflicto que tenemos en la corte de La Haya a propósito de San Andrés y sus cayos?, ¿entrar en el club de la izquierda latinoamericana haciéndose pasito con uno de sus exponentes? Mala cosa, porque la consistencia del discurso tiene que ser la misma aquí y acuyá. Uno no puede protestar aquí y hacerse el de la vista gorda allá. Derechos humanos fundamentales son los mismos para unos y para otros. No puede haber distintos raseros.

Ortega, el gran detractor de Somoza en los 70, hoy es su réplica empeorada. Uno a uno fue sacando a codazos a sus compañeros de revolución, uno a uno ha ido echando a la cárcel a todos los que no piensan como él, una a una ha cerrado decenas de instituciones y ONGs, una a una ha expulsado comunidades religiosas y ahora ataca ferozmente a la iglesia católica, esa misma que un día lo apoyó en su lucha revolucionaria y estuvo en la junta que ganó la revolución en 1979 con personajes como De Escoto y los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal. “Así paga el diablo a quien bien le sirve”, sentencia la máxima popular. Así paga el diablo de Ortega y su siniestra esposa que buscaron el poder, no para servir al pueblo sino para lograr sus siniestros propósitos.

Los principios y valores que el evangelio defiende deben permanecer incólumes, llueva, truene o relampaguee. No son plastilina manipulable al caprichoso vaivén de los de turno, o de sus estados anímicos, o de las conveniencias ideológicas y políticas. Deben conservar su libertad e independencia, su frescura y conciencia crítica. Cuando la Iglesia le da por jugársela tomando partido por un partido político no le va bien, nunca le ha ido bien, porque su servicio no es al poder de la fragilidad humana, sino a la causa del Reino que predicó Jesucristo. Ahora, la Iglesia nicaragüense, vilipendiada y humillada, perseguida y ultrajada por el régimen ha decidido no claudicar, no dar el brazo a torcer, mantener la frente en alto y seguir adelante. Su causa no es politiquera, su razón de ser es esencialmente religiosa para promover la vida, la dignidad humana, la verdad, la justicia, la paz, el amor. Lecciones de vida que se repiten para que aprendamos, de una vez por todas.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Gobierno del partido cuyo nombre es tabú

Por José Alvear Sanín

Tabú: (del polinesio). Lo prohibido: condición de las personas, instituciones o cosas a las que no es lícito mencionar o censurar (DRAE).

Este 9 de agosto hay que recordar que el Partido Comunista es un movimiento global, cuyo propósito es el establecimiento de la dictadura del proletariado mediante la combinación de todas las formas de lucha. Está dirigido por un pequeño grupo clandestino de revolucionarios profesionales. La democracia representativa, el derecho, las libertades, religiosa, económica y de pensamiento, así como la propiedad privada son, para ellos, mecanismos de las clases dominantes, las cuales deben ser exterminadas. Todo dentro de la revolución; nada, fuera de ella.

El fin justifica todos los medios para hacerla posible, empezando por el terror, que se ejerce de manera implacable para obtener la obediencia de las masas.

Siempre los regímenes comunistas han significado muerte, caos, hambre y despotismo. Un centenar de millones de víctimas, en Rusia, China, Corea del Norte y Vietnam…

En América Latina el castro chavismo es la corriente vigente. Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia exhiben los horrores del comunismo, y sin embargo Perú, Chile, y ahora Colombia, han elegido personajes leninistas para replicar la experiencia venezolana.

En estos países no se menciona por parte alguna el comunismo. Su nombre es tabú, porque son tantos y tan inocultables sus horrores que nadie votaría por ellos. Tienen entonces que camuflarse con rótulos cándidos, electoralmente atractivos. Así, se presentan como inocentes coaliciones de movimientos pacíficos e inocuos.

En efecto, en Chile son “Convergencia Social”; “Perú Libre” es el partido de Pedro Castillo; en Bolivia, “Movimiento al Socialismo – Soberanía de los Pueblos”; “Frente Sandinista de Liberación Nacional”, en Nicaragua; el “Partido Socialista Unido de Venezuela” es el de Maduro; y ahora llega en Colombia el “Pacto Histórico”.

En agosto de 2018, los medios masivos en este país, infiltrados todos ellos, titularon que la centro derecha había triunfado sobre el centro izquierda de Petro, en lugar de decir que la libertad había triunfado sobre el comunismo.

Algo hemos progresado hacia el conocimiento de los hechos, porque ahora Petro no es de centro izquierda sino de izquierda.

Ahora todos en Colombia están hablando solo de izquierda. Entiendo el disimulo tabuítico de los mamertos y también el mecanismo eufemístico de los demás, que hablan de izquierda para no reconocer que ha llegado, para quedarse, el comunismo.

Hacerle el duelo a la democracia moribunda es algo terrible. Por lo tanto, el reconocimiento del hecho fatal será gradual. Llegará cuando la ilusión de que aquí habrá un socialismo democrático se desvanezca ante el avance destructor y rápido de la revolución.

El único consuelo que nos queda es saber que habrá muchos años para el arrepentimiento: los unos, por no haber sabido oponerse eficazmente a Petro; los otros, por haber votado por él.