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sábado, 12 de noviembre de 2022

Ya se asoman los petroburgueses

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Quienes todavía sueñan con la posibilidad de un cambio político a través de las elecciones en 2026, harían bien reflexionando sobre las lecciones de la aprobación, a pupitrazos, de la reforma tributaria.

En primer lugar, hay que considerar que cuando un partido controla los tres poderes públicos y también el cuarto, el de los medios, estamos en presencia de la dictadura. Si esta es de corte marxista-leninista, lo que tenemos es un gobierno comunista, y estos no dejan el poder. Las elecciones no les gustan. Por eso, cuando hay que guardar apariencias, como en Venezuela, estas se ganan electrónicamente, mientras en Cuba, con partido único, nada hay que disimular.

Desde luego, el ideal de Petro es el modelo castrista, pero entretanto se conforma, al igual que su carnal Maduro, con el simulacro constitucional, como el de la pasada semana con la tributaria.

Esa reforma dizque era para gravar a los 4.000 más ricos, pero terminó agobiando, en grado variable, a 50 millones. Encarece la comida de todos. Reduce el ingreso. Amenaza el empleo. Castiga la inversión nacional y ahuyenta la extranjera. Causa pánico económico. Dispara la devaluación y la fuga de capitales. Encarece la deuda externa, tanto pública como privada, hasta hacerla impagable.

Todas las ilusiones de que el Congreso podría aterrizar al gobierno han resultado vanas. El Legislativo, formado ahora en general por manzanillos, logreros, iletrados y delincuentes —que han visto muy valorizados sus votos—, se ha convertido en una especie de oficina registral de los caprichos ejecutivos. La mermelada ha acabado con los últimos vestigios de disciplina e ideología en los partidos, hasta el punto de que apenas cuatro congresistas liberales han respetado la autoridad del expresidente Gaviria, cuyas tardías opiniones sobre la tal reforma eran incontrovertibles.

Primaron, entonces, la indignidad y la codicia, dentro de un espectáculo grotesco e inmoral, que se repetirá con la aprobación de todas y cada una de las propuestas perversas que presentará el Ejecutivo para lograr que Colombia emule con Venezuela.

Parece increíble que el propósito inmodificable de un gobierno sea la destrucción del estado de derecho, la democracia, la economía y el crecimiento. Pero a nada distinto conduce su orientación ideológica, la misma que ya está bien consolidada en Cuba, Venezuela y Nicaragua y avanza en el resto de Iberoamérica.

El segundo round contra Colombia será la reforma de la salud —incluyendo hasta la supersticiosa “medicina ancestral”—, más perjudicial aún que la tributaria, y a esta seguirán otras, a cuál peor.

Todavía para la inmensa mayoría de los compatriotas lo anterior parece imposible, y por lo mismo se empeñan en pensar con el deseo de que lo que vivimos sea apenas una corta pesadilla y no el descenso a los infiernos.

Pero al lado de las buenas gentes hay personas sagaces que saben que Petro vino para quedarse y que el comunismo es para cincuenta o más años. Por eso, la mayoría de los políticos se están acomodando, para seguir medrando de tal manera que no les pase nada…

Para las elecciones locales de octubre de 2023, en las grandes ciudades y en todos los departamentos, docenas de candidatos ávidos se van a enfrentar a los de Petro, que dispondrán de la maquinaria, el erario y todo el dinero caliente.

El resultado de la irresponsable división de fuerzas consolidará el poder gárrulo, el descontrol fiscal y la feria contractual. Más que sucesores de Ospina, Claudia y Pinturita, tendremos sus clones.

Así como en Venezuela se regodean los boliburgueses, empiezan a aparecer en Colombia los petroburgueses: narcos legalizados, criminales de lesa humanidad como congresistas, los demás delincuentes “totalmente pacificados”, y en la altísima burocracia, los oportunistas y vagos de todos los pelajes, escalando para vivir en la opulencia, ajenos al hambre y la miseria inevitables en el comunismo.

Milovan Djilas se quedó corto en su descripción de la “nueva clase”. Así como el KGB sigue dominando en Rusia, en Corea del Norte, China, Vietnam, Cuba y Venezuela la dictadura totalitaria se asienta sobre una oligarquía militar que, disponiendo de palancas de poder, se enriquece inmensamente. De ahí la lealtad interesada y monolítica que sostiene indefinidamente a cada uno de los grandes líderes.

El comunismo no es posible sin el surgimiento de una oligarquía abyecta al servicio del respectivo tirano. En Colombia, las señales de acomodo son cada vez más claras. Ese es el primer eslabón en la forja de la cadena del poder absoluto, que empezamos a vislumbrar en un país donde ya se humilló y desmanteló al Ejército, se amaestró la Policía, los medios están fletados, la justicia, politizada, y el Congreso, embadurnado.

Combatir ese ánimo colaboracionista con el comunismo, cuya más triste víctima ha sido el traicionado Partido Conservador, es la primera y fundamental obligación patriótica.

***

Reconociendo involuntariamente las paradojas de Orwell, el incontenible Petro, al lamentar la muerte de un colombiano en las filas rusas en Ucrania, nos dice que “ese joven quería ser revolucionario” y que “la revolución es la paz”,

jueves, 15 de julio de 2021

Vigía: si el castrismo cae

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

Las inéditas protestas de Cuba, pone sobre el tapete, de nuevo, la situación y posible futuro de la isla de los Castro. Para cualquier persona con un mínimo de educación política en democracia, es claramente perceptible la domesticación física y mental a la que han sido y siguen siendo sometidos los cubanos.

Fidel Castro, como la figura cimera y emblemática de la mágica palabra “revolución”, arremolinó a su alrededor a gran parte de la intelectualidad latinoamericana, de aquellos que leyeron una página, un capítulo o un libro más que sus condiscípulos o contertulios. La solución a todos nuestros problemas cotidianos y nacionales era la revolución, proclamó esa intelectualidad, mientras tomaba vino en los cafés de París o whisky en los clubes sociales de Bogotá. Y Castro era el paladín de tal solución final. Había que perder los escrúpulos, eso sí, y fusilar y seguir fusilando, como lo declaró sin rubor el Che, el Carnicero de La Cabaña, en la Naciones Unidas.

La onda expansiva de la revolución cubana llegó a los lares colombianos con el ELN, que no fusilaba, sino que “ajusticiaba”. Y lo sigue haciendo hoy en día, bajo la mirada benigna de prelados católicos imbuidos de la moral de la teología de la liberación, que como diría un magistrado, entiende que matar a otros por el bien social, no es delito. Así la logística de esa máquina asesina sea el narcotráfico.

Urgido de sobrevivir a cualquier precio, el castrismo encontró en el chavismo una vaca que ordeñó hasta el agotamiento. Ahora extiende sus ambiciones a Colombia, a lomo de protestas sociales contaminadas por la violencia de células narcoterroristas del ELN y las FARC.

Pero, reventados por una letal y progresiva pandemia ‒a pesar de una vacuna artesanal‒ y por un hambre que a diario les punza el estómago, los cubanos no aguantaron y salieron a la calle con un grito que simboliza muy bien lo que es un régimen comunista: “No tenemos miedo”.

Lo inesperado de esta protesta social cubana, abre la gran oportunidad de demostrar la miseria de un régimen estalinista que sostiene una camarilla en el poder gracias a la represión. En esta coyuntura, que el gobierno colombiano rompa relaciones con Cuba, fracturaría una rodilla a ese monstruo que se arrastra por la región buscando una nueva víctima a la cual chuparle su energía y zombificarla como lo hizo con Venezuela.

La dificultad para tomar tal decisión reside en que la isla insiste en jugar un papel “pacificador” ante la amenaza que puede llegar a representar el ELN, su hijo dilecto, para la seguridad del país y la región. Así lo dicta el manual marxista-leninista: “asusta, inquieta, aterroriza y entonces ofrece tu solución”. Las permanentes ofertas y recomendaciones de diálogo y negociación con el ELN apuntan en esa dirección.

Engaño estratégico en el cual se cae fácilmente y que ahora tiene dos nuevos elementos que antes no existieron en el combate contra esta banda: las redes sociales y el apoyo y aliento de Venezuela, no sobra repetirlo, país rico ahora también en miseria y en diáspora debido al timón político cubano.

Resultados militares efectivos y contundentes contra la banda, serán la manera correcta de contener la amenaza de desestabilización orquestada desde La Habana, habilidosa enemiga de la democracia colombiana desde 1948. Pero romper relaciones con esa dictadura, es el procedimiento óptimo para que la democracia, a pesar de sus defectos, se mantenga y mejore en la región.

Si el castrismo cae, el chavismo-madurismo cae, el orteguismo cae y podría verse un nuevo horizonte político, social y económico, para una región en situación crítica y Colombia podría tener una desaceleración en el ciclo de violencia en que está entrando. Si Cuba rompe las cadenas que la esclavizan desde hace 70 años, renacerá la esperanza. Si Cuba cae, lo incómodo en lo personal, será que tendré que renovar la vergüenza de haberle gastado muchas horas a la estéril lectura de Granma, a los inútiles documentos de la Casa de las Américas y a los embaucadores audios de Radio Rebelde.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Vigía: de resistencias y bocones


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
“Resistencia” es la remozada piedra filosofal de los alquimistas comunistas castristas. En “resistencia”, cubanos entrenan a agricultores en Saravena, Arauquita, Arauca, Tame y regiones fronterizas con Venezuela. Las FARC apertrechan una “resistencia campesina” con pobladores de Magüi Payán en la frontera con Ecuador. Y allí, el gobernador de Nariño amenaza con declararse en “resistencia”, cuando el gobierno reinicie la fumigación de cultivos ilícitos.

Los resguardos indígenas del suroccidente colombiano, rebosantes en coca y marihuana, son territorios independientes de donde la fuerza pública fue echada a escupitajos. Tienen autonomía administrativa, corrupta por supuesto; justicia propia, a punta de fuetazos y cepos; economía autógena basada en narcotráfico y en minería ilegal, y seguridad autonómica a cargo de las guardias indígenas y estructuras paramilitares garroteras, legalizadas en los acuerdos habaneros, reclutadoras de niños a quienes disciplinan a punta de formaciones y de gritos y entrenan para odiar a la policía y al ejército.

Estos resguardos son soberanías de la ilicitud habitados por tribus en mingas con explosivistas de dotación y que tratan de darle valor político a sus desmanes ritualistas con el mismo argumento del gobernador Romero: “$450.000 pesos recibe una familia que siembra coca. Esa es la oferta de la criminalidad. ¿Y cuál es la del Estado? Ninguna”. Principio explicativo y justificativo de la prostitución y el mercenarismo mafioso. Y de la “resistencia”. La región Cauca-Nariño, con más cultivos de coca que el Perú, amenaza con convertirse en una narcoautonomía si el Estado con la legitimidad que posee, bajo parámetros legales y con severidad, no somete al imperio de la ley a todos los colombianos y extranjeros que delinquen allí.

En la esquina nororiental, en Santander, el procaz alcalde de Bucaramanga ridiculizó la legitimidad pensional de quienes tienen que, 24/7, sacrificar la propia vida si fuere necesario en defensa del país, además de ser los únicos que incurren en el delito de cobardía “en presencia del enemigo o delincuentes”, dice la ley. Hernández, no acomete con igual saña a los educadores, miembros del otro régimen pensional especial. ¿Ese descomedido embate forma parte de la andanada que con oscuros intereses, soporta nuestra institución bicentenaria?

La posterior reunión del burgomaestre con algunos simpáticos reservistas sin representación alguna no resarce su maltrato a nuestros soldados y policías. Ojalá en su frenesí, a ese folclórico personaje no se le ocurra darle un cocotazo a ningún suboficial u oficial. Podría encontrar la horma de su zapato.

miércoles, 19 de junio de 2019

Como arma y como financiamiento


José Alvear Sanín*

José Alvear SanínLa simplificación y la superficialidad son tan atractivas para el pueblo como para la academia. Un ejemplo entre mil es la aceptación del relato de que la guerrilla, movimiento idealista, después de largos años de actuación se contaminó de narcotráfico, y que por eso sus jefes dejaron de ser revolucionarios para convertirse en mafiosos.

Nada más alejado de la realidad. Las guerrillas comunistas en Colombia siempre han ido tras la conquista revolucionaria del poder absoluto, para implantar aquí la dictadura del proletariado. En esa supuesta fase inicial “idealista” recibían entrenamiento militar en Cuba, armas de la URSS y dinero de Moscú, porque el secuestro y la extorsión no siempre alcanzaban. ¡Vaya idealismo!

Por aquellos años sesenta, en Colombia no se cultivaban plantas alucinógenas. Cuando estas hicieron su aparición, las FARC encontraron en ellas dos elementos bélicos fundamentales:

1. Arma para la desmoralización y el envilecimiento personal y social de los odiados enemigos, los capitalistas e imperialistas “americanos”, y

2. Abundantes recursos para el sostenimiento de un movimiento que ya no recibía dineros soviéticos, por la caída de ese régimen.

Nadie ignora la colaboración entre los carteles colombianos y Fidel Castro, que cuando se vio cogido ordenó fusilar a los militares encargados del transporte de la droga de Medellín a Cuba y de la isla a los Estados Unidos.

Recuerdo los dichosos tiempos cuando en el Congreso colombiano solo había un narco, Pablo Escobar, suplente a la Cámara de un señor Ortega. Este tenía un directorio de garaje, que enviaba con frecuencia equipos de barrios populares a competir en Cuba, en aviones del gran narcotraficante, que, obviamente, cargaban algo más que a los ingenuos deportistas. Recuerdo con gran cariño a Cruz Helena, basquetbolista, que me informó de esos vuelos mucho antes del asesinato del general Arnaldo Ochoa y sus compañeros.

Poco a poco, las FARC pasaron de cobrar un “peaje” a los cultivadores, a convertirse en socios de los narcos, y finalmente aprendieron a cosechar coca en gran escala en los terrenos que arrancaban a la selva, hasta llegar a merecer el título de “el mayor cartel del mundo”, situación que se camufla dentro de la paz timo-santista, donde unos van al Congreso y otros siguen en el tráfico, pero como disidentes.

El boyante aspecto financiero del narcotráfico merece un adecuado estudio, porque nadie sabe cuántos millones de dólares ingresan a Colombia, ni cuál es la participación del gobierno cubano en esas “empresas”. La cifra de 14.000 millones de dólares, que avanza un experto como el coronel Plazas Vega, parece correcta, y además es estremecedora porque indica que esa sería la principal industria colombiana.

Pero todavía es menos conocido el aspecto “bélico” de las drogas psicotrópicas. Estas se usaron con terrible éxito en la época más lamentable del Imperio Británico. Los ingleses obligaron a los chinos, venciéndolos en dos guerras, a no obstaculizar el ingreso de opio al Celeste Imperio, que se convirtió en un inmenso consumidor de esa droga, lo que corrompió, debilitó y derrumbó ese país hasta extremos que explican el horrendo remedio maoísta, consistente en la eliminación, sin fórmula de juicio, de millones de adictos. Esa espantosa historia inspiró la vinculación del castrismo con los carteles. Contribuir a la degradación de la juventud norteamericana fue siempre prioritario para Fidel. He ahí el estupefaciente como arma eficaz de un poder fanático y obcecado.

En Colombia, primero hizo carrera la tesis de que exportar narcóticos a los Estados Unidos solo perjudicaba a los imperialistas gringos. Pero allí no paró la teoría, porque para destrozar el tejido social y facilitar el advenimiento de la revolución también sería conveniente aquí envilecer y enfermar al “enemigo de clase”. A esa concepción aterradora obedeció la sentencia infame que, tergiversando el concepto de “libre desarrollo de la personalidad”, estimuló la difusión del vicio. Al magistrado ponente de esa sentencia le manifesté personalmente que ese acto era inconstitucional, inmoral, inconveniente, corruptor de la juventud y que convertía a Colombia en un Estado al margen de la ley internacional. Esa fue mi última conversación con ese señor.

Si conociese a las dos magistradas que con la misma inspiración perversa están completando la obra disociadora, también les haría igual advertencia, porque siguen el libreto con que las Cortes, cooptadas por la camarilla criptocomunista, colaboran eficazmente en el plan revolucionario que avanza en el país, socavando lo que queda de su estructura moral.