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martes, 21 de abril de 2026

La geopolítica del petróleo

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

La guerra de Irán es una típica guerra de control por parte de Estados Unidos de las grandes reservas petroleras del estado islámico, con impactos que están afectando la geopolítica y la economía mundiales. Es un hecho incuestionable que el petróleo es el instrumento del poder geopolítico del gran capitalismo, una poderosa arma para golpear adversarios en la pugna por la preeminencia por el poder mundial, que además pone en grave riesgo la transición energética hacia las energías renovables no convencionales, principalmente las energías solar y eólica, el mayor reto de nuestra civilización. Los altos precios del petróleo causados por el bloqueo a las exportaciones de Irán favorecen principalmente a EE. UU., el mayor productor y exportador mundial de hidrocarburos, y de paso fortalece la economía de Rusia, otro gran productor y exportador de hidrocarburos, y aleja la posibilidad de la paz en Ucrania.

En esencia, el petróleo ha sido fundamental para el desarrollo del capitalismo, lo cual, en gran parte, explica las guerras del petróleo y el fracaso de las Conferencias de las Partes de la ONU, las denominadas COP´s, en su intento por comprometer a las grandes potencias petroleras con la sustitución de los combustibles fósiles.

Para tratar de entender la relación simbiótica entre el petróleo y poder del capitalismo, repasemos algo de la historia:

La segunda revolución industrial iniciada a mediados del siglo XIX (la primera fue la del carbón, iniciada en Inglaterra a finales del Siglo XVIII), empezó en EE. UU. con la perforación en 1859 del primer pozo petrolero en Titusville - Pensilvania para la producción masiva de queroseno y, más tarde, de gasolina.

El desarrollo tecnológico que impulsó el petróleo dio lugar a una profunda transformación de la sociedad y de las relaciones internacionales, a raíz de las innovaciones tecnológicas que implicaron la utilización de nuevas fuentes de energía, como el gas o el diésel, combustibles esenciales para la generación de electricidad. Todo esto se combinó con la aparición de nuevos materiales y sistemas de transporte, tal como sucedió primero con el automóvil y más tarde con el avión. Esto tuvo sus consecuencias en la manera en que se estructuró la sociedad, y afectó tanto al factor trabajo como al sector educativo, así como el tamaño, organización y gestión de las empresas. El gran impulso industrial y tecnológico que brindó el uso masivo del petróleo en EE. UU. hizo que a mediados del Siglo XX este país llegara a ser la primera potencia mundial, liderazgo que aún conserva.

Como consecuencia de la segunda revolución industrial se produce una escalada de las rivalidades entre países en la esfera internacional. Esto explica el colonialismo de los europeos en África y Asia en su afán de búsqueda de recursos minerales, en especial petróleo. A esto cabe agregar como el acelerado desarrollo económico y social hace que varíe la importancia geográfica de determinadas zonas. De esta forma lo que, aunque al momento resultó ser una ventaja geográfica, en otro se convierta en irrelevante o incluso en una desventaja. Esto es lo que ha ocurrido con territorios en los que existen yacimientos de gas y petróleo, lo que reorganizó las relaciones geopolíticas a escala mundial. Casos como Oriente próximo y Venezuela ilustran la situación, que algunos califican como la maldición del petróleo.

Un buen ejemplo de colonialismo es la historia de Anglo-Persian Oil Company Ltd., fundada en 1909, posteriormente renombrada como British Petroleum Co (BP). Esta multinacional es una de las las mayores empresas de energía del mundo. La historia de BP está asociada con la corrupción de los monarcas iraníes, quienes durante varias décadas vendieron los recursos del país a extranjeros para financiar sus lujosos estilos de vida. Aunque Irán (conocido anteriormente como Persia) nunca fue formalmente una colonia o protectorado inglés en el sentido jurídico estricto del término; sin embargo, estuvo bajo una fuerte influencia y ocupación de facto por parte del Imperio Británico (y de Rusia) desde el siglo XIX hasta mediados del XX.

La primera crisis petrolera mundial comenzó en octubre de 1973, provocada por el embargo de la OPEP a países occidentales, principalmente EE. UU., que apoyaron a Israel en la guerra del Yom Kipur. Esto causó un aumento del precio del barril de petróleo en más del 300 %, provocando escasez, estanflación (inflación y recesión) en Occidente, lo que significó el fin de la expansión económica de posguerra.

La Revolución Iraní de 1979 desencadenó la segunda crisis petrolera mundial, generando una caída drástica en la producción de crudo de Irán (aprox. 4.8 millones de barriles diarios menos para enero de 1979) y el pánico del mercado. Esto causó que los precios del petróleo se duplicaran con creces, pasando de 13 a 34 dólares por barril, así como una severa escasez energética global. La actual guerra de Irán está generando la tercera crisis petrolera mundial.

En conclusión, los bienes naturales, como el gas y el petróleo, adquirieron una importancia estratégica para el sostenimiento del poder político-militar de las principales potencias internacionales, lo que ha llevado a que su control sea esencial en la lucha geopolítica por la hegemonía mundial. Si un país no desarrollado es rico en hidrocarburos y/o minerales estratégicos va a estar permanente amenazado por las grandes potencias; si no los tiene, cada crisis lo obliga a importarlos a mayores precios, situación que hoy está sufriendo Colombia con las importaciones de gas natural, gasolina y urea.

lunes, 19 de enero de 2026

Varios países de Suramérica producen petróleo:

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

¿Qué les pasaría si Venezuela vuelve a ser una potencia exportadora?

Bajo este título CNN en español, Iván Pérez Sarmenté publicó el pasado 15 de enero un artículo donde analiza el impacto que en los países suramericanos productores de petróleo tendría un eventual aumento, apalancada por EE. UU, de la hoy depreciada producción petrolera venezolana. Aunque el referido artículo no incluye a Colombia, un país no petrolero pero cuyas finanzas públicas, paradójicamente, dependen de las exportaciones de crudo. A continuación, un resumen de las opiniones de los distintos analistas consultados por CNN, incluyendo mis opiniones sobre el caso colombiano y una corta alusión a los petróleos mexicanos.

Más allá de lo que se viene con la intervención de EE.UU. en el petróleo venezolano, la producción de los demás países petroleros latino americanos tiene importancia relativa en el mundo: Brasil está produciendo unos 3 millones de barriles por día (b/d) y, según el escenario de precios, puede llegar a producir hasta 4 millones a partir del desarrollo que está adelantando en el yacimiento Presal, localizado mar afuera (off-shore); Argentina está produciendo un promedio de 800 mil b/d y, también dependiendo de la evolución de los precios, puede producir al final de la década 1.5 millones; Guyana es un desarrollo significativo y todo orientado a exportación, que ya superó los 900.000 b/d.

Venezuela producía 3 millones de b/d cuando asumió Hugo Chávez (en 1999) y ahora está produciendo alrededor de 1 millón. Todo dependerá del éxito de la intervención de E.E.UU. en la recapitalización de la industria petrolera venezolana y el tiempo de recuperación, pero la producción de América Latina puede llegar a representar entre el 8 y el 10 % de la oferta mundial de crudo, explica Daniel Montamant, expresidente de la petrolera argentina YPF y exsecretario de Energía de Argentina. Además, este mismo experto agrega: “A nivel mundial se consumen en promedio unos 105 millones de barriles de petróleo diarios. Si le sumamos la producción de América del norte-EE. UU, Canadá y México - el conjunto representaría un 30 % de la oferta mundial. En un mundo donde la seguridad energética está al tope de la agenda geopolítica, esta masa crítica en un paradigma fósil todavía dominante otorga al continente una ventaja estratégica significativa”.

El precio: factor clave

“Uno de los factores que impacta en la inflación en Estados Unidos es el precio de la gasolina”, sostiene el analista de comercio internacional Ezequiel Vega. “Si Venezuela produce más petróleo y exporta a Estados Unidos los 30 o 50 millones de barriles de petróleo que Donald Trump prometió, lo que veríamos es un precio del barril de petróleo WTI cerca de los US$ 50 y del Brent más cerca de los US$ 55 dólares. Esto es positivo para Estados Unidos y para el consumidor norteamericano porque significaría una reducción de la inflación”, agrega. Por otro lado, las acciones de las grandes petroleras, como Chevron y Conoco Phillips, “subieron más de un 12 % la semana pasada en el mercado”, apunta Vega. Y lo más importante políticamente, las elecciones de 2026 en EE. UU. cuando se renovarán los 435 asientos de la Cámara Baja y 33 de los 100 escaños del Senado, amén de 36 gobernadores, será un año decisivo para el posicionamiento político del presidente Donald Trump y para el legado final de su segundo mandato.

Sin embargo, al menos por el momento, la reactivación de la industria petrolera venezolana no parece despejada. El viernes 9 del corriente mes, Trump intentó seducir a los principales ejecutivos petroleros con la promesa de una nueva y amplia campaña de exploración en Venezuela, sin que  lograra conseguir ningún compromiso importante por parte de las empresas estadounidenses. “Es imposible invertir”, dijo el CEO de ExxonMobil, Darren Woods, a los funcionarios en una evaluación directa de los obstáculos para hacer negocios en Venezuela. A lo cual agregó: “Hay varios marcos legales y comerciales que tendrían que establecerse incluso para entender qué tipo de rendimientos obtendríamos de la inversión”. En el mismo sentido se expresaron varios otros ejecutivos, que advirtieron que la industria primero que todo necesitaría asegurar amplias garantías de seguridad y financieras en Venezuela, antes de comenzar un esfuerzo que tomará varios años para aumentar la producción petrolera.

“La irrupción de Venezuela como fuerte exportador es un dato para seguir por todo país productor de petróleo. Incluso Estados Unidos, hoy el principal productor de petróleo del mundo, porque el crudo no convencional que extrae, mediante fracking, requiere una sostenida inversión para mantener niveles productivos y es más sensible que el crudo convencional a la baja de precios”, sostiene el ya referido experto Daniel Montamat. Lo cierto es que “el crudo Brent se negociaba en torno a los US$ 60,8 por barril la mañana del 5 de enero, el mismo nivel que tenía antes de la intervención militar estadounidense en Venezuela”, sostiene un análisis de la consultora Oxford Economics. Una semana después, la cotización rondaba los US$ 62 por barril.

Aunque Venezuela tiene las reservas probadas más grandes del mundo, el tipo de petróleo que extrae es diferente al de otras latitudes del continente americano. Se trata de petróleo pesado, que tiene más azufre y que requiere de un tratamiento especial, diferente del convencional, producido por Brasil y Guyana, o al “oil shale” o no convencional, que representa gran parte de la producción de Estados Unidos y Argentina.

“Yo no creo que afecte mucho a la competencia con Brasil o Argentina porque cada uno tiene un tipo de petróleo distinto, con un mercado mundial cada vez más demandante de petróleo, a pesar de que algunos países vayan hacia energías limpias”, sostiene el ya citado analista Ezequiel Vega. “Hay un mercado internacional petrolero con cotizaciones que contemplan las variedades de crudos, nos recuerda Montamat, aunque advierte: “Cuando crece la oferta de crudo, de la variedad que sea, como sucedería en el caso de que Venezuela aumente su producción, si no hay nueva demanda que la absorba, todas las cotizaciones del crudo se resienten a la baja”.

martes, 16 de diciembre de 2025

La Crónica: Perspectivas sobre la situación política actual

Rafael Uribe Uribe

Rafael Uribe Uribe

Esta se ha visto marcada por una notoria agitación. Comienza con la reunión entre empresarios gremiales e Iván Cepeda, controvertido por sus marcadas tendencias marxistas, en lugar de dialogar con candidatos que, aunque aún figuran bajos en las encuestas, son mejor preparados y comprometidos en fortalecer la democracia en vez de destruirla, optando por hacerlo con una figura polémica que ha generado inquietudes sobre el futuro político del país. “Venezuela no es Cuba”: así subestimaron los vecinos a Hugo Chávez, lo que les ha costado más de veinticinco años de dictadura comunista.

Se suma la declaración del presidente Donald Trump acusando a Gustavo Petro de tener vínculos con el narcotráfico y la probable suspensión de toda ayuda estadounidense a Colombia. Este giro en la relación bilateral entre ambos países será significativo.

Paralelamente, el Departamento del Tesoro estadunidense anticipa que en los próximos días cerca de cien funcionarios del gobierno Petro y/o empresas asociadas serán incluidos en la lista Clinton. Estas acciones causarán incertidumbre y preocupación en los sectores políticos y económicos, afectan la imagen del gobierno, la confianza en las instituciones y las relaciones con actores internacionales clave.

Las sanciones contra el gobierno colombiano no son hechos aislados sino consecuencia de las acciones previas del presidente Petro. Sus intervenciones fuera de contexto y poco acertadas y su actitud con relación a Maduro han contribuido a deteriorar nuestra imagen internacional. Su intervención pública en Nueva York fue funesta por su falta de diplomacia e insensatez. Además, sus frecuentes trinos generan controversia y preocupación, pues afectan la percepción oficial del gobierno ante la comunidad internacional y han afluido en la adopción de medidas restrictivas recientes.

La Operación Lanza del Sur en el Caribe incautó un barco petrolero fantasma que transportaba crudo  no proveniente de una exportación legal venezolana. Además, se encuentran bajo investigación otras seis compañías navieras piratas involucradas en operaciones ilícitas, y destruyó una narcolancha del ELN donde murieron sus ocupantes que, obviamente, no era una embarcación de humildes pescadores cuando “la pesca milagrosa” parece que superaba los veinte millones de dólares.

Para cerrar el capítulo, la Canciller colombiana ha afirmado que el premio Nobel otorgado a María Corina Machado fue concedido de manera indebida por ella apoyar invasiones a su país por parte de potencias extranjeras. Se suma a la polémica el ofrecimiento de asilo político a Maduro quien, al margen de liderar el Cartel de los Soles, ha dado refugio en Venezuela al ELN y a las Farc, además de permitirles el tráfico de cocaína y metales preciosos y coltán, provenientes de la minería ilegal, a través de su territorio.

A mis amigos, lectores y a sus familias les deseo una Feliz Navidad y un próspero y esperanzador Año Nuevo.

El Rincón de Dios

“No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.” (Romanos 12:21)


viernes, 10 de octubre de 2025

Estados Unidos, un imperio en decadencia

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

Vladimir Gessen, politólogo y periodista venezolano, acaba de publicar en El Nacional de Caracas un interesante artículo donde analiza las causas de la decadencia del imperio norteamericano, situación ésta que marcará la geopolítica mundial durante el presente siglo[1]. A continuación, me propongo analizar aspectos del referido artículo de Gessen.

Desde el final de la Gran Depresión de los años treinta y la II Guerra Mundial, Estados Unidos no sólo emergió como potencia vencedora, sino como el eje del nuevo orden mundial. Con una economía en expansión, una gran capacidad militar y una estructura de valores basada en democracia y libre mercado, el país del norte se convirtió en el líder del mundo libre, frente al bloque soviético. Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS en la década de los 80 del siglo pasado, la hegemonía global estadounidense se consolidó.

En la actualidad Estados Unidos tiene un poder militar global sin precedentes. Posee más de 750 bases militares en 80 países, con presencia en todos los continentes. Su influencia económica y financiera es mundial. El dólar estadounidense es la principal moneda universal. La Reserva Federal y Wall Street influyen de forma determinante en los mercados globales. Las más grandes empresas multinacionales son estadounidenses. Su fortaleza cultural y tecnológica es definitiva y el estilo de vida estadounidense –The American Way of Life– se impuso globalmente. El dominio institucional y diplomático le permitió a Estados Unidos fundar la ONU, el FMI, el Banco Mundial, y la OTAN. Interviene política y militarmente en los países europeos, así como en Vietnam, Laos, Camboya, el Medio Oriente, Irak, Afganistán, Yemen, así como en varios países de Latinoamérica y África.

Por más de 75 años Estados Unidos ha ejercido un liderazgo global basado en una hegemonía consensuada. Es decir, su poder ha sido aceptado –y en muchos casos solicitado– por otras naciones debido a su prestigio, influencia, protección o capacidad inversora. Pero, por otro lado, ha sido cuestionado y resistido por quienes lo ven como un nuevo tipo de dominio a través de normas, instituciones, cultura y poder económico. Algunos lo llaman “imperio liberal”, otros “imperio de consentimiento”, o incluso “imperio hegemónico”. Como sea, ejerce una forma moderna de poder imperial y la historia dirá si logra mantenerse como tal, o si, como todos los imperios antes que él, comenzará una paulatina decadencia. Hoy, frente a las profundas transformaciones del siglo XXI, cabe preguntarse si estamos presenciando el inicio del declive del imperio norteamericano.

En los últimos años Estados Unidos ha estado enfrentando una serie de crisis interconectadas que han debilitado su poderosa estructura económica y social. El aumento de la pobreza, la epidemia de opioides, el colapso del sistema de salud pública, la violencia interna y el masivo endeudamiento, han significado que el país viva una etapa de creciente desigualdad y descontento social, el sustrato que explica el surgimiento de la actual polarización política e ideológico-cultural. Trump es un emergente de esa frustración y descontento y, paradójicamente, puede acentuar todos los problemas que atraviesa el tejido social estadounidense, que muestra indicadores más propios de un país en desarrollo que de una gran potencia.

El presente siglo ha traído nuevas dinámicas. La globalización, los avances tecnológicos, la revolución digital, el ascenso de Asia y las tensiones internas dentro de las democracias occidentales han transformado profundamente el tablero geopolítico. Ante este panorama, surgen interrogantes legítimos: ¿Está Estados Unidos en decadencia? ¿Será desplazado por potencias emergentes como China, India o incluso Brasil? ¿O será capaz de reinventarse, como lo ha hecho en el pasado, y reafirmar su liderazgo global?

A primera vista, los indicadores invitan a la cautela. Aunque Estados Unidos sigue siendo la economía más grande del mundo, China lo ha alcanzado en paridad de poder adquisitivo, y se proyecta que lo superará en PIB nominal antes de 2030. Y para 2049, centenario de la fundación de la República Popular China, aspira a ser la primera potencia mundial.

La polarización en EE. UU., preludio de su decadencia como potencia mundial

Durante décadas, la fortaleza institucional y política de los Estados Unidos no ha descansado únicamente en su poderío económico, militar o tecnológico, sino en su capacidad de alcanzar acuerdos bajo un sistema bipartidista funcional. Demócratas y republicanos, aun con diferencias ideológicas, habían sabido coincidir históricamente en asuntos fundamentales como la defensa de la Constitución, la política exterior, la economía de mercado y los valores cívicos compartidos. Esta cultura del consenso permitió el crecimiento sostenido del país y su consolidación como potencia global, tras la II Guerra Mundial.

Sin embargo, esta dinámica comenzó a erosionarse de forma acelerada tras la elección en 2008 de Barack Obama como presidente de Estados Unidos. A partir de ese momento, ambos partidos comenzaron a radicalizarse y a distanciarse del centro político y social. El discurso político se endureció, los acuerdos se convirtieron en traiciones para las bases más ideologizadas, y el Congreso se transformó en un campo de batalla permanente. El poder judicial, históricamente visto como un árbitro imparcial, ha sido arrastrado al torbellino de la politización. Hoy, las decisiones de la Corte Suprema son interpretadas según la afiliación de sus jueces, y no por su apego al derecho.

Más preocupante aún es el efecto de esta polarización en la sociedad estadounidense. Ya no se trata de debates sobre políticas públicas, sino de narrativas antagónicas sobre la legitimidad del adversario político. Se acusa al otro no de estar equivocado, sino de ser inmoral, corrupto, traidor o incluso criminal. Cuando ambos bandos lanzan estas acusaciones con igual vehemencia, el ciudadano común –el soberano en una democracia– termina creyendo que todos son culpables. Este es, históricamente, uno de los síntomas de decadencia de los grandes imperios: la pérdida de fe en las instituciones, en la unidad nacional, y en la posibilidad de diálogo.

Los imperios no colapsan en un día

La larga agonía del imperio romano comenzó cuando el consenso político se fracturó, y las facciones comenzaron a disputarse el poder como enemigos irreconciliables. El imperio español, el británico, incluso el soviético, mostraron patrones similares: cuando las élites dejaron de dialogar y comenzaron a destruirse mutuamente, el declive fue inevitable.

Estados Unidos aún tiene los recursos y la vitalidad para evitar ese destino. Pero para lograrlo, sus líderes y ciudadanos deben reencontrarse con el espíritu que fundó esa gran nación, la cuna de la democracia liberal: la convivencia entre opuestos, el respeto mutuo, así como la construcción de acuerdos en el centro. Si esto no ocurre, la historia podría repetir su curso y seremos testigos no del colapso inmediato, sino del lento pero profundo desgaste del experimento democrático más influyente del mundo hasta el presente.

P.S. La era Trump ha significado, entre otros, conflictos por imposición de aranceles de EE. UU a sus aliados tradicionales, lo que le puede agravar el proceso decadente. La reciente desertificación a Colombia por sus ejecuciones en la lucha contra el cultivo y tráfico de drogas ilícitas, sólo se entiende en el contexto de la política maniquea, que está imponiendo el presidente Trump en su política antidrogas: los malos son los otros, en nuestro caso desconociendo los ingentes esfuerzos de nuestras fuerzas armadas y las innumerables víctimas que ha puesto Colombia en esta larga y dolorosa guerra contra los grupos criminales vinculados al negocio de las drogas ilícitas.

martes, 7 de octubre de 2025

Petro dedicado a armar conflictos

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Cada día que pasa seguimos aguantando más de lo mismo: las torpezas voluntarias o involuntarias del camarada presidente. Por ello hemos reiterado hasta el cansancio, aunque sin encontrar apoyo en nuestra indiferente dirigencia política, en la necesidad de impulsar su separación del cargo mediante el juicio por indignidad con arreglo a lo establecido en el art. 109 de la Constitución.

Grave nos parece el rompimiento de relaciones con un tradicional aliado militar y comercial como ha sido Israel, argumentando el “secuestro” de dos compatriotas por Israel cuando viajaban en una flotilla con ayuda humanitaria para la población de Gaza. Como todo lo que emana de este campeón de la mentira, no había tal secuestro. Israel dispuso un bloqueo marítimo a la zona donde combate con la organización terrorista Hamás, el cual fue violado por varias embarcaciones repletas de activistas de izquierda; en consecuencia, procedió a detenerlas y a remitir a sus ocupantes a Europa para su repatriación, lo cual es muy diferente a lo que Petro califica como secuestro. No había tampoco ningún fin humanitario. No se encontró en las embarcaciones ni siquiera una lata de atún para entregar a los supuestos damnificados con el conflicto.

Como si fuera poco este desaguisado, sigue obstinado en agredir a nuestro principal socio comercial y aliado, los Estados Unidos. Pidió el encarcelamiento de su presidente, y participó en un mitin callejero donde instó a los soldados americanos a desobedecer las órdenes de su jefe, Donald Trump. Semejante imbecilidad configura nada menos que una asonada y una indebida intervención en la política interna de un país extranjero. ¿Tan rápidamente se le olvidó que por un hecho similar acusó a una conocida periodista y precandidata de cometer asonada?

En momentos en que los Estados Unidos toma la decisión de combatir los carteles de la droga en Venezuela, se le ocurre ordenar el despliegue inmediato de 25.000 efectivos del Ejército Nacional para apoyar al cabecilla del Cartel de los Soles, Nicolás Maduro, en caso de una confrontación con los Estados Unidos. Para no dejar dudas de su complicidad, firma un acuerdo secreto con Maduro para manejar conjuntamente la zona limítrofe del Catatumbo, epicentro de la siembra y el transporte de la coca. No nos extrañemos que haya sido descertificado por el gobierno americano.

Su alocado propósito de exacerbar el odio de clases y ahogar el país en el caos para propiciar el aplazamiento de las elecciones o la prolongación de su mandato lo ha llevado a iniciar, como ya lo hiciera antaño, una escalada de vandalismo contra la ANDI y el comercio, sectores ajenos al manejo de la política exterior, dizque por las masacres de Gaza. Es apenas un anuncio de lo que tendremos que padecer si permitimos la permanencia del sátrapa en el poder.

Ya el palo dejó de estar para cucharas. Lo que se viene es la acción contundente y sin pausa contra los enemigos de Colombia. Un llamado como el del candidato De la Espriella, sin miedo y sin ambigüedades con la extrema izquierda, es lo que se impone. No olvidemos que estamos en “modo supervivencia”.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

La Crónica: Colombia ante el espejo, ¿diplomacia o complicidad?

Rafael Uribe Uribe

Rafael Uribe Uribe

Invocar la integración latinoamericana o una salida pacífica a la crisis venezolana no justifica el respaldo del presidente Gustavo Petro al régimen espurio de Nicolás Maduro. Esta postura plantea serios interrogantes sobre la política exterior colombiana. ¿Es legítimo enviar tropas para apoyar un gobierno señalado por narcotráfico y terrorismo? ¿Es legal y constitucional esta orden? Y si no lo es, ¿puede el ministro de Defensa acatarla? mi paso por la Escuela Militar me enseñó que una orden ilegal no debe cumplirse.

Las implicaciones son profundas: soberanía comprometida, seguridad fronteriza debilitada y relaciones tensas con aliados históricos como Estados Unidos. La política exterior no puede estar guiada por afinidades ideológicas ni nostalgias revolucionarias. Colombia necesita una diplomacia firme, ética y estratégica que defienda los derechos humanos, la democracia y los intereses nacionales. El respaldo a Maduro no cumple con ninguno de estos criterios.

Tras una eventual ofensiva contra el Cartel de los Soles en Venezuela, no sería sorprendente que Trump dirija la mirada hacia Colombia. El ELN, las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo representan estructuras criminales con fuerte presencia en el narcotráfico internacional, lo que encajaría en la narrativa de “guerra contra las drogas” promovida por Estados Unidos.

Esta posibilidad abre un escenario complejo: por un lado, podría significar mayor presión internacional sobre estos grupos; por otro, plantea riesgos de tensiones diplomáticas y cuestionamientos sobre la soberanía colombiana frente a posibles acciones unilaterales.

Petro ha afirmado que una invasión a Venezuela podría bajar el precio del petróleo, afectando a Ecopetrol. Pero ¿vale la pena arriesgar nuestra reputación internacional por esa razón? Si Colombia se alinea con un gobierno sancionado, podríamos enfrentar represalias diplomáticas y económicas. ¿Y acaso la suspensión de la exploración de hidrocarburos no ha tenido ya efectos negativos? La depreciación de la acción de Ecopetrol se debe a decisiones erráticas. ¿No es más contaminante el gas importado que el producido localmente? ¿El contrato de desgasificación es otro escándalo? El subsidio al ACPM, afecta también las finanzas de la empresa.

Petro tiene el deber de explicar con claridad qué busca con esta alianza y qué está dispuesto a sacrificar en nombre de ella. Porque si seguimos por este camino, el costo lo pagará Colombia, no Miraflores.

Y no olvidemos algo clave: apoyar a Maduro podría provocar una nueva ola migratoria de venezolanos hacia Colombia, agravando los desafíos sociales y económicos que ya enfrentamos.

En resumen, no se trata de estar a favor o en contra de Petro. Se trata de pensar en lo que es mejor para Colombia. Y defender a un régimen como el de Maduro, claramente, no lo es.

El Rincón de Dios

“La traición la emplean únicamente aquellos que no han llegado a comprender el gran tesoro que se posee siendo dueño de una conciencia honrada y pura.” Vicente Espinel

martes, 8 de julio de 2025

De cara al porvenir: países implosionados

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Una de las muchas aristas que tiene el concepto de implosión es la de un objeto que explota hacia adentro a partir de una presión extrema.

Hoy por hoy, y a causa de los tipos de gobierno y de las características personales y particulares de los gobernantes que los lideran, existen varios países que están a punto de implosionar, generando profundas repercusiones en sus respectivos entornos.

Cabe anotar que antes de la Paz de Westfalia, en 1648, los monarcas se comportaban de manera anárquica, lo cual fue reemplazado por el reconocimiento de naciones, estados, fronteras y respeto recíproco.

En ese orden de ideas se deben respetar las decisiones autónomas, pero esto no inhibe ni exime de la crítica cuando se afecta a otros.

El primero es Estados Unidos, que, ante una visión particular del ejercicio de la libertad y la soberanía, está desarrollando una estrategia de agresividad comercial para, en teoría, recuperar el terreno perdido ante sus más cercanos competidores, sobre todo China y los países que se han beneficiado de decisiones anteriores.

Esto lo está llevando al incumplimiento de acuerdos previamente pactados y a recorrer un camino que muy posiblemente lo lleve a un aislamiento planetario.

Su otro gran asunto es el manejo de los inmigrantes, tema que debe ser tratado usando guantes quirúrgicos.

El otro país es Israel, una nación digna de todo respeto, pero cuyas actuaciones presentes en la Franja de Gaza lo están poniendo en el papel de victimario y no de víctima como lo reconocíamos casi todos a partir del terrible Holocausto Nazi.

De no cambiar de estrategia y seguir fomentando una figura semejante al genocidio, Israel caerá en una crisis reputacional difícil de superar, perdiendo el reconocimiento y el prestigio ganado a pulso.

El otro país es Colombia, cuyo actual Gobierno ha dado muestras de incapacidad e incompetencia, así como de un crecimiento desbordado de la corrupción.

Es una lástima que el experimento progresista sea un experimento abortado y fracasado a la luz de las actuaciones presentes.

En los tres casos anteriores, que no son los únicos, las libertades individuales y colectivas a la luz de la democracia se encuentran en riesgo. El irrespeto a la independencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, así como el choque frecuente entre instituciones estatales, puede desembocar en un resquebrajamiento completo de la institucionalidad y en la pérdida de los avances alcanzados en términos del ejercicio político y civilidad después de la Revolución Francesa, consolidados una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.

El desgaste social y político permanente, la incertidumbre en medio de la cual nos estamos moviendo, el caudal de noticias nefastas que nos abruman y agobian diariamente, los crecientes riesgos financieros que adquieren dimensiones globales, la crisis climática, el deterioro y achicamiento de los partidos políticos, la reaparición de posiciones y posturas polarizantes y populistas, el surgimiento de nuevos conflictos armados entre países, entre otros varios síntomas, nos están mostrando una crisis enorme del sistema democrático con un corto plazo incierto y un mediano plazo aún más convulsionado.

Ante un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo, bajo una lógica racional distinta, el escenario de la explosión de guerras civiles en los 3 países mencionados es uno que, por remoto que parezca, no debe ser tomado a la ligera.

Ahora bien, estamos ante un nuevo rediseño del orden mundial, pero recordemos que, a través de la historia, el viejo orden se demora en morir y el nuevo orden se demora en nacer y en consolidarse.

Mientras tanto, reinará el caos.

Sentencia el filósofo Averroes por allá en el Siglo XII: “La ignorancia conduce al miedo, el miedo al odio y el odio a la violencia”.

Reflexión: como buen ciudadano, acepto y pago gustoso la Tasa Especial de Seguridad y Convivencia Ciudadana establecida mediante la Ordenanza 50 del 4 de diciembre de 2024 y que tendrá vigencia (inicialmente) hasta el 31 de diciembre de 2027.

En términos generales se le denomina Tasa de Seguridad, pero el título original que incluye “Convivencia” abre la posibilidad de aplicar el recaudo en asuntos no necesariamente orientados de manera directa al bienestar y aporte de recursos para nuestras Fuerzas Armadas y de Policía que es el objetivo central.

Pasando por la Avenida Las Vegas en sentido Sur-Norte se encuentran 3 pancartas que dicen:

1. “Por la dignidad de policías y soldados” paga la Tasa de Seguridad”.

2. “Por la operatividad y efectividad de nuestra fuerza pública”, paga la Tasa de Seguridad.

3. “Por el mejoramiento de escenarios deportivos”, paga la Tasa de Seguridad.

Aun cuando el tercer punto es importante, existen otro tipo de recursos de diferentes órdenes para impulsar el deporte como estrategia para prevenir el delito.

Yo personalmente estoy más de acuerdo en aplicar la totalidad del recaudo para los dos primeros enunciados.

martes, 25 de febrero de 2025

De cara al porvenir: a negociar con el imperio

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Un imperio es una nación que controla muchos territorios y está gobernada por una única figura de autoridad. Estas figuras suelen tener títulos como rey y reina o emperador y emperatriz. Algunos de los imperios más poderosos y conocidos fueron el Imperio romano, el Imperio británico, el Imperio persa, el Imperio mongol y los califatos islámicos.

La soberanía nacional es el poder supremo que tiene un pueblo o nación para tomar decisiones sobre sus asuntos internos y externos. Este poder se ejerce a través de la constitución y de los representantes que el pueblo elige.

Los objetivos nacionales son las metas que establece un país para asegurar sus intereses nacionales. Son propósitos que deben ser tangibles y ajustarse a las condiciones nacionales e internacionales.

El statu quo, es una frase latina que significa el estado actual de las cosas, en particular en lo que respecta a cuestiones sociales, económicas, jurídicas, medioambientales, políticas, religiosas, científicas o militares.

Comienzo esta reflexión con la precisión de un cuarteto de conceptos que muchas veces son manejados o respaldados por la emoción, por la ignorancia o por la desinformación.

Emplear la denominación de imperio no es una manera despectiva de reconocer que alguien está ostentando el poder, sino una manera clara de llamar las cosas por su nombre.

La soberanía nacional –en términos reales– es la capacidad que tiene una nación, compuesta por una población asociada conscientemente y que está ubicada en un territorio, que ha propiciado la creación de un Estado para que ejerza el poder a través de los gobiernos y saque adelante los objetivos nacionales y ejerza con plena autonomía sus funciones, libre de injerencias externas o internas.

Es claro que para la comprensión completa de estos conceptos debe tenerse una adecuada conciencia geográfica e histórica para poder valorar en su verdadera dimensión las riquezas de nuestro territorio.

De igual manera ratifico que no soy un pronorteamericano confeso ni un vendepatria. Simplemente soy un convencido de que a grandes males grandes remedios y que definitivamente el cáncer no se cura con alcohol.

Hoy ha llegado a la presidencia de los Estados Unidos, el imperio vigente, un presidente que tiene la intención de comportarse y de manejar a su país, como un imperio, ya que es cierto que Estados Unidos es el imperio vigente de manera temporal, como lo han sido todos los imperios en el mundo a través de los siglos.

Esto no debe ni mucho menos asustarnos ni acobardarnos. Es más, es útil que sea de manera directa que se presente el imperio ante el mundo como lo que verdaderamente es.

Ahora bien, ¿Cómo hacer para que un país débil y subdesarrollado como el nuestro coexista y negocie con el imperio, manteniendo su dignidad y asegurando beneficios para las partes?

La geopolítica, la geoeconomía y la geoestrategia tienen elementos que nos pueden ayudar a formular la estrategia que se requiere y que simplemente se reduce a conocer y reconocer qué de Colombia es de interés para los Estados Unidos y cómo ofrecerles la posibilidad de usufructuarlos o adquirirlos sin violentar la soberanía nacional y ayudando a desarrollar al país con bienestar para los habitantes.

Propósitos superiores como la soberanía alimentaria, la soberanía energética y la soberanía de movilidad en el territorio son asuntos claves si algún día pensamos en serio en poder salir del subdesarrollo, obviamente garantizando la seguridad interna y externa.

Paso a enunciar algunos “productos geoestratégicos” que Colombia le puede ofrecer a Estados Unidos sin caer obviamente en los simplismos y en las posiciones fariseas que tratan de impedir cualquier negociación sobre estos asuntos alegando atentados contra la soberanía nacional o más bien falsos nacionalismos recalcitrantes que impiden pensar en grande.

Eso sí, para negociar se requieren negociadores idóneos, agresivos y pulcros que sepan defender los intereses nacionales, que es lo que yo personalmente no veo.

Primero: ha dicho el presidente Trump que le preocupa la incidencia de China, su gran competidor global, en el manejo y administración del Canal de Panamá. Lo que hay que decirle al presidente Trump es que no piense en invadir a Panamá, pues eso se vería muy feo, el grande pegándole al chiquito, y que además el Canal de Panamá ya se quedó pequeño y su operación está en riesgo por la falta de agua para llenar las esclusas. Que más bien construyamos el canal interoceánico Atrato – Truandó a través de una concesión a los años o decenios que se negocien, cuidando el tema ambiental, pagándonos un porcentaje anual por el enclave construido, empleando mano de obra colombiana, permitiendo la incorporación de tecnología, y asegurando que ellos se encarguen de irradiar desarrollo a las comunidades impactadas por la mega obra.

Segundo: ya que China con seguridad acelerará la construcción del Canal de Nicaragua, debemos establecer, vía concesión, un peaje marítimo para los barcos que entren o salgan del futuro Canal de Nicaragua en San Andrés, ya que, por su proximidad a Nicaragua, está ubicada a todo el frente de la futura salida del Canal de Nicaragua al Atlántico. Obviamente habrá que buscar un mecanismo de negociación atractivo para las partes.

Tercero: siguiendo con el tema de Panamá y su Canal, cuya propiedad no es objeto de discusión, cuando se iba a construir el aeropuerto José María Córdova, una de las alternativas era construirlo en San Pedro de los Milagros, y se dice que Estados Unidos ofrecía construirlo siempre y cuando se le autorizara realizar operaciones militares aéreas por su proximidad al Canal de Panamá –de 5 minutos con las tecnologías de hace 35 años–. Hoy nos hacen falta muchos aeropuertos y la ampliación de segundas y terceras pistas, lo cual puede plantear una solución conjunta.

Cuarto: quiere el presidente Trump consolidar a los Estados Unidos como gigante tecnológico, y no es sino ver las imágenes de su posesión para reconocer en primera fila a 4 de los grandes magnates del mundo tecnológico de hoy. Las telecomunicaciones requieren condiciones propicias y nosotros somos uno de los pocos países que contamos con acceso a la órbita geoestacionaria, lo cual nos permitiría un intercambio razonable para su utilización y nuestro beneficio.

Quinto: Colombia posee la bahía natural más profunda del mundo, Bahía Cupica, propicia para el establecimiento de una base de submarinos. ¿No será de interés para los norteamericanos esta gran posibilidad?

Sexto: la mayoría de los países europeos y varios asiáticos han autorizado el emplazamiento de bases militares norteamericanas en su territorio, sin prejuicios ni posturas maniqueas con respecto al posible “ultraje” a sus respectivas soberanías nacionales.

Ya que el nuestro es un “estado fallido” en términos de asegurar el control del territorio y el monopolio de las armas, ¿por qué no autorizamos la instalación de 2 bases militares norteamericanas, una en el Cauca y otra en el Catatumbo?

Séptimo: ¿por qué no formular un macroproyecto de aparcería entregando en comodato extensiones de tierra apta en departamentos como el Vaupés, Vichada, Guainía, Caquetá, Meta, Casanare, Arauca y Guaviare para que se desarrolle la industria agropecuaria con mano de obra local e incorporación de tecnología de punta? ¿No hacemos eso todos los días a nivel local?

Octavo: Tenemos grandes obras de infraestructura que, por los caminos regulares, nunca van a desarrollarse: hablo del manejo de La Mojana, del Canal de El Dique, del dragado permanente de nuestros puertos, de la implementación de un verdadero sistema férreo, del establecimiento de un verdadero sistema vial y aeronáutico, de la construcción de al menos 2 puertos sobre el Pacífico –Tribugá con el túnel entre Ciudad Bolívar y Carmen de Atrato–, entre otros varios.

Noveno: una explotación racional de nuestra riqueza minera, de nuestro potencial pesquero, la protección de bosques y selvas, y el cuidado de nuestras fuentes hídricas, son otros proyectos que deben ser realizados.

Décimo: aquellos proyectos que nos ayuden a consolidar el nuestro de país visto desde las regiones, como por ejemplo el Túnel entre Ciudad Bolívar y Carmen de Atrato para tener salida al Pacífico, por supuesto, retomando el proyecto del Puerto de Tribugá.

Obviamente, cada una de estas propuestas debe ser negociada atendiendo sin excepciones ni consideraciones distintas, la conveniencia para el país y el progreso y bienestar de sus habitantes.

Estas propuestas pueden llegar a ser consideradas como poco ortodoxas por algunos, o como heréticas por otros, sobre todo aquellos miembros de la clase dirigente pública y privada que se han convertido en completos expertos en el mantenimiento del status quo, privilegiando la conservación de sus beneficios y la salvaguardia de sus intereses, a propugnar por un verdadero modelo de desarrollo para Colombia.

Siguen insistiendo y esperando que, haciendo más de lo mismo, se van a obtener resultados distintos o que no resolviendo los problemas mantendrán las condiciones vigentes, las cuales obviamente los benefician.

Como ejemplo, una ciudad como Medellín tiene un presupuesto anual cercano a los 6 billones de pesos, de modo que, de manera simple, cuenta con 25 billones de pesos en el período de gobierno, lo cual no deja de ser una cifra respetable.

La pregunta sería: ¿cuál problema se va a solucionar, a erradicar con esos recursos? La respuesta es simple: ninguno. Aquí somos expertos en manejar los problemas, no en resolverlos.

Sin embargo, hay que tener en claro que la negociación de los puntos anteriores también se puede dar con otros países, buscando siempre el beneficio real para Colombia. Ahí el problema es cómo mira el imperio la llegada a sus solares, de países que son competidores directos.

Además, es bueno recordar la amarga experiencia que nos sucedió con Panamá.

Recordemos a Séneca cuando dice: “No te enojes con los pendejos. No son malos, sólo están pendejos, –Inhala, exhala, piensa–, pobrecito está pendejo”.

viernes, 24 de enero de 2025

Incómodas homilías

José Leonardo Rincón Contreras S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

El siempre expresivo rostro del posesionado presidente no podía ser sino de incomodidad y disgusto. Los festejos se amargaron a razón del servicio religioso al que se asistió como parte del protocolo de asunción al poder.

Cuando todo el mundo, amigos y antiguos detractores, hicieron fila para batir cola en el besamanos, una lánguida y diminuta mujer que contrastaba con el acuerpado y agigantado dueño de medio mundo, resultó diciéndole cosas de frente y sin pelos en la lengua que ningún macho envalentonado y cojonudo se hubiera atrevido decir.

Medio mundo afirma estar de fiesta y el otro medio está asustado. Todos tiemblan. La obispa, en cambio, agarrada firme de su báculo, con tono dulce y sonriente, sin gagueos, resultó con esta incómoda homilía que ahora les copio para que ustedes saquen sus conclusiones y me digan si no se necesita tener mucho carácter e inspiración divina para decirlo:

“Como país, nos hemos reunido esta mañana para rezar por la unidad, no por un acuerdo, político o de otro tipo, sino por el tipo de unidad que fomenta la comunidad por encima de la diversidad y la división. Una unidad que sirva al bien común. La unidad, en este sentido, es un requisito previo para que las personas vivan en libertad y juntas en una sociedad libre. Es la roca sólida, como dijo Jesús, sobre la que construir una nación.

No es conformidad. No es victoria. No es cansancio cortés ni pasividad nacida del agotamiento. La unidad no es partidista. Más bien, la unidad es una forma de estar con los demás que abarca y respeta nuestras diferencias. Nos enseña a considerar las múltiples perspectivas y experiencias vitales como válidas y dignas de respeto. Nos permite, en nuestras comunidades y en las esferas de poder, preocuparnos de verdad los unos por los otros, incluso cuando no estamos de acuerdo.

Quienes en todo el país dedican su vida o se ofrecen como voluntarios para ayudar a los demás en situaciones de catástrofe natural, a menudo con gran riesgo para ellos mismos, nunca preguntan a quienes ayudan por quién votaron en las pasadas elecciones o qué postura mantienen sobre un tema concreto. Lo mejor que podemos hacer es seguir su ejemplo, porque la unidad a veces es sacrificada, como lo es el amor: darnos a nosotros mismos por el bien de los demás.

En su Sermón de la Montaña, Jesús de Nazaret nos exhorta a amar no solo a nuestro prójimo, sino también a nuestros enemigos, a rezar por quienes nos persiguen, a ser misericordiosos como nuestro Dios es misericordioso, a perdonar a los demás como Dios nos perdona a nosotros. Jesús se desvivió por acoger a quienes su sociedad consideraba parias.

Ahora bien, reconozco que la unidad, en este sentido amplio y expansivo, es una aspiración, y es mucho por lo que rezar. Es una gran petición a nuestro Dios, digna de lo mejor de lo que somos y de lo que podemos ser. Pero nuestras oraciones no servirán de mucho si actuamos de forma que ahondemos aún más las divisiones entre nosotros. Las Escrituras son muy claras al respecto: Dios nunca se impresiona con las oraciones cuando las acciones no están informadas por ellas. Dios tampoco nos libra de las consecuencias de nuestros actos, que siempre, al final, importan más que las palabras que rezamos.

Los que estamos aquí reunidos en la catedral no somos ingenuos ante las realidades de la política: cuando están en juego el poder, la riqueza y los intereses contrapuestos, cuando las visiones de lo que debería ser Estados Unidos están en conflicto, cuando hay opiniones firmes en todo un espectro de posibilidades y comprensiones marcadamente diferentes de cuál es el curso de acción correcto. Habrá ganadores y perdedores cuando se emitan votos o se tomen decisiones que marquen el rumbo de la política pública y la priorización de los recursos.

Ni qué decir tiene que, en una democracia, no todas las esperanzas y sueños particulares de todo el mundo pueden hacerse realidad en una determinada sesión legislativa o en un mandato presidencial, ni siquiera en una generación. Es decir, no todas las plegarias específicas de todo el mundo tendrán la respuesta que desearíamos. Pero para algunos, la pérdida de sus esperanzas y sueños será mucho más que una derrota política: será una pérdida de igualdad y dignidad, y de sus medios de vida.

Teniendo esto en cuenta, ¿es posible la verdadera unidad entre nosotros? ¿Y por qué debería importarnos? Bueno, espero que nos importe. Espero que nos importe porque la cultura del desprecio que se ha normalizado en este país amenaza con destruirnos. Todos somos bombardeados a diario con mensajes de lo que los sociólogos llaman ahora el “complejo industrial de la indignación”, algunos de ellos impulsados por fuerzas externas cuyos intereses se ven favorecidos por un Estados Unidos polarizado. El desprecio alimenta las campañas políticas y las redes sociales, y muchos se benefician de ello, pero es una forma preocupante y peligrosa de dirigir un país.

Soy una persona de fe, rodeada de personas de fe, y con la ayuda de Dios, creo que la unidad en este país es posible –no perfectamente, porque somos personas imperfectas, y una unión imperfecta–, pero sí lo suficiente como para que todos sigamos creyendo en los ideales de los Estados Unidos de América y trabajando para hacerlos realidad. Ideales expresados en la Declaración de Independencia, con su afirmación de la igualdad y la dignidad humanas innatas. Y tenemos razón al pedir la ayuda de Dios en nuestra búsqueda de la unidad, porque necesitamos la ayuda de Dios, pero solo si nosotros mismos estamos dispuestos a cuidar los cimientos de los que depende la unidad. Al igual que la analogía de Jesús de construir una casa de fe sobre la roca de sus enseñanzas, en contraposición a construir una casa sobre arena, los cimientos que necesitamos para la unidad deben ser lo suficientemente sólidos como para resistir las muchas tormentas que la amenazan.

¿Cuáles son los fundamentos de la unidad? Basándome en nuestras tradiciones y textos sagrados, permítanme sugerir que hay al menos tres. El primer fundamento de la unidad es honrar la dignidad inherente a todo ser humano, que, como afirman todas las religiones aquí representadas, es el derecho de nacimiento de todas las personas como hijos de nuestro único Dios. En el discurso público, honrar la dignidad de los demás significa negarse a burlarse, descartar o demonizar a aquellos con los que discrepamos, optando en su lugar por debatir respetuosamente nuestras diferencias y, siempre que sea posible, buscar un terreno común. Y cuando el terreno común no es posible, la dignidad exige que nos mantengamos fieles a nuestras convicciones sin despreciar a quienes tienen convicciones propias.

El segundo fundamento de la unidad es la honestidad, tanto en las conversaciones privadas como en el discurso público. Si no estamos dispuestos a ser sinceros, no sirve de nada rezar por la unidad, porque nuestras acciones van en contra de las propias oraciones. Puede que, durante un tiempo, experimentemos un falso sentimiento de unidad entre algunos, pero no la unidad más sólida y amplia que necesitamos para abordar los retos a los que nos enfrentamos. Ahora bien, para ser justos, no siempre sabemos dónde está la verdad, y ahora hay muchas cosas que van en contra de la verdad. Pero cuando sabemos lo que es cierto, nos corresponde decir la verdad, incluso cuando, especialmente cuando nos cuesta.

El tercer y último fundamento de la unidad que mencionaré hoy es la humildad, que todos necesitamos porque todos somos seres humanos falibles. Cometemos errores, decimos y hacemos cosas de las que luego nos arrepentimos, tenemos nuestros puntos ciegos y nuestros prejuicios, y quizá seamos más peligrosos para nosotros mismos y para los demás cuando estamos convencidos, sin lugar a dudas, de que tenemos toda la razón y de que los demás están totalmente equivocados. Porque entonces estamos a un paso de etiquetarnos como las buenas personas frente a las malas. Y la verdad es que todos somos personas: ambos somos capaces de lo bueno y de lo malo. Como observó astutamente Alexander Solzhenitsyn: ‘La línea que separa el bien del mal no pasa a través de los Estados, ni entre las clases, ni entre los partidos políticos, sino justo a través de cada corazón humano, a través de todos los corazones humanos’.

Y cuanto más nos demos cuenta de ello, más espacio tendremos en nuestro interior para la humildad y la apertura mutua por encima de nuestras diferencias. Porque, de hecho, nos parecemos más de lo que creemos y nos necesitamos.

Es relativamente fácil rezar por la unidad en ocasiones de gran solemnidad. Es mucho más difícil de conseguir cuando nos enfrentamos a diferencias reales en nuestra vida privada y en el ámbito público. Pero sin unidad, estamos construyendo la casa de nuestra nación sobre arena. Y con un compromiso con la unidad que incorpore la diversidad y trascienda el desacuerdo, y con los sólidos cimientos de dignidad, honestidad y humildad que esa unidad requiere, podemos hacer nuestra parte, en nuestro tiempo, para hacer realidad los ideales y el sueño de América.

Permítanme un último ruego. Señor presidente, millones de personas han depositado su confianza en usted y, como dijo ayer a la nación, ha sentido la mano providencial de un Dios amoroso. En nombre de nuestro Dios, le pido que se apiade de las personas de nuestro país que ahora tienen miedo. Hay niños gays, lesbianas y transexuales en familias demócratas, republicanas e independientes, algunos de los cuales temen por sus vidas. Y las personas que recogen nuestras cosechas, limpian nuestros edificios de oficinas, trabajan en granjas avícolas y plantas de envasado de carne, lavan los platos después de comer en los restaurantes y trabajan en los turnos de noche en los hospitales: puede que no sean ciudadanos o no tengan la documentación adecuada, pero la gran mayoría de los inmigrantes no son delincuentes. Pagan impuestos y son buenos vecinos. Son fieles miembros de nuestras iglesias, mezquitas, sinagogas, viharas y templos.

Le pido que tenga piedad, señor presidente, de aquellos en nuestras comunidades cuyos hijos temen que sus padres sean llevados, y que ayude a quienes huyen de zonas de guerra y persecución en sus propias tierras a encontrar compasión y acogida aquí. Nuestro Dios nos enseña que debemos ser misericordiosos con el extranjero, porque todos fuimos extranjeros en esta tierra.

Que Dios nos conceda la fuerza y el valor para honrar la dignidad de todo ser humano, para decirnos la verdad unos a otros con amor, y para caminar humildemente unos con otros y con nuestro Dios por el bien de todas las personas de esta nación y del mundo. Amén”.

¿Creen ustedes que deba retractarse y presentar disculpas por lo que dijo?

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Trump

José Alvear Sanín
José Alvear Sanín

No recuerdo que alguien, después de 1945, haya sido tantas veces, tan frecuente como injustamente, comparado con el infame Führer, como Mr. Donald J. Trump.

Su crimen imperdonable es haberse opuesto a este nuevo orden mundial de la ideología de género, al aborto como medio masivo de control natal; a la mutilación de niños dentro del cambio de sexo como derecho fundamental; a la eliminación de la familia; a la persecución de la raza blanca; al movimiento woke —con la expurgación de la literatura y la música, denigradas en el altar del mal gusto, la fealdad y el odio—; al feminismo delirante y al pseudoecologismo fanático, que conduce al decrecimiento económico y el empobrecimiento colectivo...

Por eso, durante la larga campaña, Mr. Trump fue demonizado; condenado varias veces como delincuente; multadas sus empresas con millones y millones; difamado por los grandes medios; minimizado por encuestas sesgadas, víctima de tres intentos de asesinato, y un larguísimo etcétera de acusaciones, desde acoso sexual hasta traición a la patria.

Los antecedentes de fraude masivo hace 4 años; votación anticipada y por correo; cómputo y máquinas de sufragio electrónico en varios estados, indican que la acción de prevención del fraude por los republicanos —con multitud de testigos bien entrenados y abogados vigilantes— fue eficaz hasta cierto punto, aunque la enorme votación por Kamala deja profundos interrogantes.

Los 50 sistemas electorales en USA van desde los confiables hasta los más viciados, y, por la estructura federal del país, una reforma electoral que recupere la limpidez para los resultados no parece posible.

Los Estados Unidos de Clinton, Obama y Biden dan la impresión de un imperio moral, político militar y económicamente en acentuada decadencia. ¿Hasta dónde podrá Trump reversar esa lamentable tendencia?

El odio de los perdedores, aferrados al globalismo marxista-cultural y woke, no cederá, y como afirma Eric Sammons (Crisis, noviembre 6). después de las elecciones no desaparecerá, y, por lo contrario, crecerá más y más, a medida que el nuevo presidente trate de hacer realidad su MAGA.

martes, 16 de julio de 2024

De cara la porvenir: calladitos se ven más bonitos

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

La expresión empleada como título de este escrito corresponde a una frase empleada comúnmente por el señor expresidente Santos para referirse al papel que deberían cumplir los expresidentes de Colombia, sin que estén interviniendo en los asuntos del día a día, ni defendiendo su obra de Gobierno ni criticando al presidente de turno.

Me ha parecido inteligente y oportuna la invitación que hace el expresidente Duque a todos sus colegas de unirse en un solo frente para lograr consensos y presentarse con un candidato único a las próximas elecciones presidenciales si de verdad se quiere tener una verdadera posibilidad de triunfo ante el candidato de continuidad del presente Gobierno, sea quien fuere.

Ante las circunstancias y coyunturas actuales, esta propuesta es un verdadero termómetro y reto para medir la grandeza de todos y cada uno de los expresidentes vivos de Colombia.

Veremos su real capacidad y compromiso para vencer sus egos, su soberbia, sus intereses partidistas y sus cálculos políticos y burocráticos de filigrana.

Alto servicio le prestaría al país si encausan sus esfuerzos para construir un proyecto político que consiga organizar y convocar a la mayoría de los colombianos a superar el desmadre en el cual estamos, producto de atrasos e incumplimientos históricos y del mal funcionamiento del Gobierno actual, en medio de una coyuntura internacional verdaderamente incierta.

Flaco servicio le prestaría al país si eludieran su responsabilidad histórica y se dedicaran a la defensa de sus pequeños intereses particulares y a las ganas de tener un protagonismo permanente.

Hoy se dice que este es el Gobierno de la improvisación. Ojalá la oposición no cometa la misma improvisación que cometió cuando en las últimas elecciones se optó por elegir por descarte ante la falta de candidatos propios al oponente del entonces candidato Petro.

Se supone que al marrano no lo capan dos veces… (¿O sí?)

Preocupante por decir lo menos, la presentación de los dos precandidatos con mayor posibilidad de triunfo en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos el próximo mes de noviembre, en el debate televisivo promovido y organizado por CNN, el pasado jueves 27 de junio.

No voy a juzgar a quién le fue bien o a quién le fue mal. Es claro que no estaban presentando una entrevista para aspirar al cargo de animador para un programa de televisión –y no necesariamente el mejor candidato mediático es la mejor opción–, si no que estaban presentando, en teoría, sus argumentos para convencer al electorado que cada uno es la mejor opción para el país. Lo cierto es que, es más que lamentable, que la sociedad norteamericana, el imperio vigente en esta coyuntura histórica, no tenga una opción diferente a los dos candidatos actuales.

Estamos ante una crisis de candidatos frescos, de ideas nuevas y le estamos teniendo que entregar la rienda de los países a políticos que no necesariamente parecieran ser los mejores.

Y es que gústenos o no la elección de presidente para los Estados Unidos, –permítanme la expresión–, es la elección del primer mandatario del planeta, una decisión que nos impacta a todas las personas, a todas las instituciones y a todos los países de nuestro golpeado planeta, agobiado hoy por las guerras, las crisis migratorias, el cambio climático, la injusticia, la iniquidad y la hambruna, por encima de lo que ocurra por ahora  en China, en Rusia, en India o en Europa, en un mundo con tendencia a la multipolaridad.

Una persona muy mayor con varias limitaciones y una persona pendenciera con líos judiciales son la opción que hoy se presenta: hemos caído muy bajo.

Ojalá las grandes y distinguidas élites intelectuales, académicas, políticas y económicas de los Estados Unidos se pellizquen y, dejando a un lado sus intereses partidistas, se comprometan con la grandeza de su nación y con la estabilidad del planeta.

Mi gran anhelo es que no les vaya a quedar grande la grandeza.