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viernes, 15 de marzo de 2024

Pecados no confesados

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

En ocho días estaremos en la recta final de la cuaresma y a las puertas mismas de Semana Santa. Indudablemente, el entorno ha cambiado y lo que era antes de modo generalizado un tiempo fuerte de prácticas religiosas: ayuno, oración, limosnas, liturgias largas, procesiones, sermones, ahora son solo, para muchos, tiempo de vacaciones.

Sin embargo, las muchedumbres fervorosas siguen existiendo y la efervescencia religiosa de temporada no ha desaparecido. Las ceremonias gozan de alta concurrencia y no deja de haber largas filas para buscar el sacramento de la reconciliación. En el colectivo existe la convicción de que son días santos que ayudan a ponerse en paz consigo mismo y con Dios.

En el acto de contrición, esa oración pública en la que uno se reconoce pecador, se dice que hemos fallado de cuatro maneras posibles: de pensamiento, palabra, obra y omisión. La del pensamiento es muy personal y totalmente inédita en tanto no se haga explícita. Uno puede pensar muchas cosas, imaginarse otras tantas, darle vueltas y vueltas a algo. Solo uno lo sabe y en su conciencia valora qué tan complejo o delicado es eso que ha pensado. Eso que realmente se piensa puede estar muy distante del decir y el hacer: uno piensa algo, pero no dice lo que piensa. Uno puede pensar muchas cosas, pero no hacerlas, es decir, no materializarlo en acciones concretas.

Otra cosa es la palabra pronunciada. Lo dicho, dicho está. Se lo tenía que decir y se lo dijo. Ya salió, ya se expresó. Una cosa es qué dijo y otra es cómo se lo dijo. La palabra expresada ya no tiene vuelta, es como la flecha disparada, la piedra lanzada. Por eso es tan importante lo que se dice, como la forma como se dice. Y muchas veces fallamos porque decimos cosas que no debíamos decir y lo decimos de mal modo. La lengua se vuelve incontrolable en algunos y peligrosa arma que divide y destruye.

Ahora bien, del dicho al hecho hay mucho trecho. Se puede hablar mucho, decir las cosas elocuentemente, predicar muy bonito, pero quedarse allí. Dicen, pero no hacen, es la crítica de Jesús a los fariseos. Predican, pero no aplican, es lo que nos critica la gente al clero. Prometen, pero no cumplen, el reproche del pueblo a la clase política. Ahora bien, se puede pensar algo, no decirlo y menos hacerlo. O se puede pensar y decir, pero no hacer. Cuando se pasa a la acción el calibre del asunto está en su tope. Lo hecho, hecho está. En derecho se dice que las cosas se deshacen como se hacen, y es verdad que hay cosas que se pueden cambiar, mejorar o enmendar, otras no. Son irreversibles. Ese impacto es el que evaluamos. El alcance o efectos de nuestro proceder.

Pero se nos olvida que también se puede pecar por no hacer cuando se debía hacer. Generalmente, de estos pecados pocos, casi ninguno, se confiesa. Y pueden ser pecados recurrentes. La gente omite hacer el bien por pereza, por descuido o dejadez. Pudo ayudar en los oficios de la casa, pudo haber ayudado al anciano a pasar la calle, pudo ayudarle a esa persona a cargar pesados paquetes, pudo haber ido a visitar el familiar enfermo, pudo haberle dicho muchas gracias o que lo amaba, pudo haberlo defendido, pudo, pudo, pudo… y no lo hizo. En todos los ámbitos de la vida se peca por omisión. Es un pecado delicado, sensible, que puede tornarse grave. No hacer lo que se sabe se debe hacer. Hacerse el tonto, el de la vista gorda, eludir responsabilidades, sacarle el cu… erpo a ciertas obligaciones. Pecados no confesados que pueden tener consecuencias impredecibles.

Nos viene bien hacer un buen examen de conciencia que, a modo de auditoría interna, nos ayude a evidenciar lo que hay que mejorar. Para eso es es este tiempo cuaresmal. ¡Aprovechémoslo!

viernes, 25 de agosto de 2023

Persecución

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

La Iglesia Católica atraviesa en Nicaragua por sus más difíciles momentos. Su verdugo ha resultado ser su antiguo socio de la revolución sandinista, Daniel Ortega, quien ha encarnado en la vida real el famoso adagio popular: “no hay cuña que más apriete que la del propio palo”.

A mediados de los 70 el pueblo nicaragüense ya no aguantaba más la dinastía de los Somoza. Las injusticias reflejadas siempre en estos males propios de nuestra gente: pobreza, desempleo, hambre, carencia de educación y salud, violencia, violación de derechos humanos, se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto para que el sufrido pueblo se sublevara y soñara con un mañana mejor. La revolución sandinista se convirtió en la mejor opción y un sector importante de la Iglesia decidió apoyarla abiertamente, tan decididamente que cuando asciende al poder en 1979, entre sus líderes sobresalen en altos cargos del Estado varios sacerdotes, recuerdo entre otros a Miguel D’Escoto como Canciller, Ernesto Cardenal como ministro de Cultura y su hermano Fernando, jesuita, como ministro de Educación.

Sin embargo, tan romántica relación comenzó a deteriorarse relativamente pronto. El afán de poder y de querer perpetuarse en él como fuese, suscitó una distancia crítica en el seno de esa junta revolucionaria, lo que llevó a que fueran desfilando uno a uno los antiguos socios para convertirse en opositores del nuevo régimen. La visita de Juan Pablo II en 1983 terminó resquebrajándolas aún más. El pontífice tan activo políticamente en su natal Polonia regañó duramente a los que en estas latitudes hacían lo propio, pero del otro lado. Su amarga experiencia con el comunismo no podía tolerar coqueteos con un marxismo pragmático que utiliza y manipula todas las formas de lucha para hacerse al poder. Treinta años después la historia le dio la razón y hoy, muchos de los que colaboraron con Ortega, están arrepentidos.

Ortega se ha ensañado con sus antiguos amigos. Ha profanado templos, ha expropiado bienes, expulsado religiosos y sacerdotes extranjeros, cerrado ONG de ayuda internacional, encarcelado obispos, desterró al Nuncio meses antes de romper relaciones diplomáticas con el Vaticano. La semana pasada confiscó la UCA, acusándola de promotora del terrorismo, entre otras cosas. A la misma que en momentos de efervescencia le otorgara un doctorado Honoris causa, ahora le quitó la personería jurídica a la Compañía de Jesús.

Dicen que “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Lo más triste es que conocemos esa historia y la repetimos, no sé si por deliberada terquedad o por estupidez crasa. La Iglesia Católica se mueve siempre en “delgadas líneas rojas”, fronteras no siempre claras y definidas, que la obliga a no cohonestar con las antievangélicas malas prácticas que atenten contra la dignidad humana y los valores que promulga. Y eso hace que tome distancia de aquellos que en su momento fueron sus amigos, llámense de derecha o de izquierda, del partido o corriente política que sea. Eso es lo que no puede aceptar el amnésico Ortega que hoy procede igual o peor que el Somoza que derrocó. A ver si aprendemos, aunque seamos viejos. Ojalá no sea tarde y todavía estemos a tiempo, espero.

viernes, 11 de agosto de 2023

La juventud del Papa

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

No estoy siendo irónico. Es el estremecedor grito que millón y medio de jóvenes, una vez más, a una sola voz, lanzaron en Portugal al paso del Pontífice; “¡Esta es la juventud del Papa!, ¡esta es la juventud del Papa!” Sencillamente impresionante.

¿Ha logrado alguna vez un político importante convocar durante varios días a una multitud de este tamaño? No tengo el dato. No lo creo. Y, sin embargo, estos Papas, envejecidos por los años, Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Francisco, lo han conseguido.

Ya en 1979 los obispos reunidos en Puebla, lo habían afirmado sabiamente: “la juventud no es una edad cronológica, no es una etapa, es una actitud ante la vida”. Y yo creo que es lo que debe sentir nuestro Papa y lo que sentimos los que no hace mucho fuimos jóvenes de almanaque y ahora la cédula nos delata en los albores de adultos mayores: la juventud está en el corazón, no en la carrocería externa corporal. Es verdad de a puño: gente mayor con una vitalidad, un dinamismo, una alegría, desbordantes: son jóvenes atrapados en esqueletos viejos. Jóvenes en años apenas saliendo del cascarón, envejecidos, esclerotizados, retrógrados, sorprendentemente radicales en sus posturas: momias con disfraz juvenil. ¡Paradojas de la vida!

Consuela, por tanto, el espectáculo de la Jornada Mundial de la Juventud. Esa Iglesia nuestra, tan antigua como nueva, tan pecadora como santa, cuenta con unos jóvenes que siguen alentando su esperanza, su devenir por el mundo. El seguimiento de Jesucristo que bien podría ser un acto privado, estos muchachos saben muy bien y así lo han entendido, solo tiene razón y sentido, si se hace con otros, en comunidad, en Iglesia. Por eso son la juventud del Papa, un ejército militante de hombres y mujeres, promesa de mejores futuros. Eso a mí me anima, me entusiasma, me acrecienta la fe y la esperanza.

“Yo también tuve 20 años…” y era un líder juvenil en el Comité Arquidiocesano de laicos, en la Comisión de Juventud del Consejo Nacional de Laicos, en el Apostolado Juvenil de la Oración, con los líderes lasallistas, en las pascuas juveniles, en campamentos misión, en la creación del Curso taller nacional de formación integral… Si acaso, vieja será mi cédula, porque yo viejo no me siento.

Concluyendo. Es cierto: la juventud del Papa existe, está más viva y actuante que nunca y estará siempre presente, en cada joven generación, porque el Espíritu de Dios es joven, el Espíritu de Dios se mueve y se mueve dentro de su corazón. Siempre habrá tiempo para soñar, para emprender nuevas aventuras, asumir nuevos retos. Los que cavaban la sepultura de la Iglesia, quizás se mueran esperando su deceso. “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, porque el Espíritu que la anima es joven, sano y fuerte. No se diga más.

viernes, 14 de abril de 2023

Reconciliación

Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Me han preguntado sobre cómo me fue en la Semana Santa y obviamente por mi condición no puedo decir que estuve de vacaciones, paseando, sino que combiné mi trabajo de oficina, que tenía muchas cosas pendientes, con la posibilidad de colaborar en el templo que tenemos contiguo a donde vivo.

Y lo mejor de esta religiosa semana no fue ni las iglesias llenas, ni las ceremonias bonitas, ni las prédicas conmovedoras, ni monumentos creativos, sino que después de estos tiempos largos de pandemia y de estrictas medidas de aislamiento, pude sentarme a ofrecer el sacramento de la reconciliación, ese mismo que llamábamos de la penitencia y luego de la confesión.

Al menos donde yo estuve, no tuve las largas filas de los viejos tiempos en que estaba cinco horas seguidas en un confesionario. Esta vez fueron solo dos horas, con menos gente, pero que sentí que, cualitativamente hablando, no eran asuntos de trámite para un buen ejercicio de lavandería de conciencias, sino que eran diálogos profundos, en encuentros emotivos de las personas consigo mismas y con Dios, en el que apenas yo era un instrumento, literalmente mediador. Experiencia realmente maravillosa.

Sin duda alguna, este sacramento no es fácil ni para la gente, ni para uno como sacerdote. Muchos lo cuestionan de fondo: “¿por qué tengo yo que contarle mis pecados a otra persona que puede ser tanto o más pecadora que yo?”, “no he vuelto porque uno va a buscar paz y sale regañado” … no les falta razón. Y lo que hacen algunos es que cambian el cura por un psicólogo, terapeuta o psiquiatra, para poder hacer lo mismo, desahogarse, descargarse humana y emocionalmente hablando. Luego el que acude a un presbítero de la Iglesia, le asiste un componente que no se les puede pedir a todos: fe. Fe en Dios, fe en sí mismo, fe en una Iglesia efectivamente tan divina y santa como humana y pecadora.

Por eso fue tan grata la experiencia, porque fue un ejercicio totalmente libre, donde fueron quienes quisieron hacerlo. Porque no fue un recitar monótono de las mismas e infantiles fallas de siempre: “digo mentiras, digo groserías, no le hago caso a mis papás…”, sino que supuso una reflexión previa, una conciencia profunda de finitud y labilidad, un arrepentimiento sincero, un propósito de mejora, una esperanza grande en la ayuda de Dios, una sensación de paz profunda, un sentirse acogidos misericordiosamente por un Padre que no es juez implacable, vengador justiciero, sino ese amor típico de Dios que se inclina para levantar al caído, reponer al enfermo, consolar al triste y abatido, animar al mejoramiento continuo y a una mejor calidad de vida.

Nada más bello que ver llegar un rostro demacrado, apenado, confuso, algunos en lágrimas y al final ver salir rostros alegres, liberados, optimistas, saneados, agradecidos. Ese mismo rostro de Dios alegre porque ha vuelto el hijo necio, se ha recuperado la oveja perdida, se ha encontrado el talento extraviado. Sin duda alguna, la reconciliación es el sacramento del amor y la misericordia, y es verdad que es uno como cura quien sale más reconfortado espiritualmente al ser testigo del actuar del amor de Dios en las personas, ser instrumento en sus manos para facilitarlo y sentirse llamado también a ser mejor ministro de su Iglesia. Todo un don, una Gracia de Dios.

jueves, 25 de agosto de 2022

Vigía: soberanía en riesgo en el Caribe

Coronel John Marulanda (R)
Por John Marulanda

Si son comunes los asesinatos de cristianos en Oriente Medio y África, ya es tiempo de entender que en América central existe un país con una dura persecución contra sus practicantes católicos. Se trata de Nicaragua. El nuncio apostólico Waldemar Stanislaw Sommertag fue expulsado en marzo; unas 18 monjas de la Asociación Misioneras de la Caridad, de la orden de la madre Teresa de Calcuta abandonaron el país; 9 sacerdotes y otros colaboradores permanecen incomunicados en la cárcel de El Chipote; Rolando José Álvarez, obispo de Matagalpa, se encuentra reducido a prisión en su residencia familiar en Managua; 8 radioemisoras y 3 tele canales cristianos fueron cerrados y un sin número de fieles han sido detenidos e interrogados por las fuerzas policiales de Ortega y su esotérica esposa Rosario Murillo.

Ante el pedido de 17 organizaciones opositoras, el reciente llamado papal a una charla entre el gobierno y la iglesia católica nicaragüense fue claro, aunque repetitivo: "Quiero expresar mi convicción y mi deseo de que, a través de un diálogo abierto y sincero, se puedan encontrar las bases para una convivencia respetuosa y pacífica" dijo Francisco en su discurso del pasado domingo.

Lo anterior palidece frente a la cruda realidad de la ausencia de Colombia en el Consejo Extraordinario de la OEA que condenó la histórica reacción del gobierno nicaragüense frente a las críticas sazonadas del púlpito católico. Con 27 votos afirmativo, 1 en contra, 4 abstenciones y dos ausencias, las de Colombia y Nicaragua, la sesión extraordinaria del Consejo culminó con una condena generalizada a la tiranía de Ortega-Rosario por “hostigamiento” y violación a los derechos humanos.

El recientemente designado embajador en ese país, exparlamentario León Fredy Muñoz, fue retenido en el aeropuerto José María Córdoba, el 31 de mayo de 2018, con 146 gramos de cocaína. Un delincuente frente a las leyes actuales y quien ya está llamado a responder por su delito por la Corte Suprema de Justicia. El embajador ante la OEA, magistrado Luis Ernesto Vargas, tampoco apareció en el evento, siendo la colombiana una de las más nutridas delegaciones de país alguno. La cancillería explicó que la no presencia de estos personajes se debió a que no tenían el reconocimiento oficial como representantes diplomáticos de Colombia ante las autoridades de la embajada de Nicaragua y de la OEA. Vanas justificaciones y débiles argumentos frente a un severo riesgo contra nuestra soberanía pues, si como dijo el presidente electo habrá que cumplir el fallo de la Corte de la Haya sobre los nuevos límites marítimos en el Caribe, las cartas parecen estar jugadas frente a sus compinches de Nicaragua y Venezuela.

En la actualidad existe un litigio pendiente ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, del 16 de septiembre del 2013, para una delimitación de la Plataforma Continental Extendida, más allá de las 200 millas. El otro, del 26 de noviembre del 2013, por supuestos incumplimientos al fallo del 2012, ya fue aclarado por la mencionada Corte.

El ex embajador de Estados Unidos en el país centroamericano, Arturo McFields, hizo una declaración pertinente: “Colombia todavía, si lo quiere, puede mandar una carta a la OEA y pedir que lo pongan como patrocinador de la resolución en contra de Ortega y pedir que su voto cuente a favor de la condena a los abusos de derechos humanos. Todavía está a tiempo de redimirse; eso sería algo extraordinario”.

Y el empresario cristiano brasileño Leandro Ruschel dijo: “Haciendo aún más claro su alineamiento con el movimiento totalitario de extrema izquierda en América Latina, Petro ordenó a sus diplomáticos abstenerse de la sesión de la OEA prevista para condenar los crímenes de Daniel Ortega en Nicaragua”.

“La posición de Colombia frente a la situación en Nicaragua, al abstenerse de condenar la aberrante y violación sistemática de derechos humanos del gobierno de Ortega, es una gran vergüenza…”, trinó el 14 de agosto el excandidato presidencial colombiano Sergio Fajardo.

Y tras esa timidez, va la cesión de soberanía como lo ha hecho el país desde 1810, entregando un 54% de su suelo a diferentes nacionalidades, inclusive a la nicaragüense.

viernes, 19 de agosto de 2022

Así paga el diablo...

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

La dictadura en Nicaragua es tan evidente como descarada. Daniel Ortega, quien en otrora fuera uno de los líderes de la revolución popular sandinista, hoy día, apoltronado en el poder, ha olvidado los principios revolucionarios que un día lo inspiraron y se ha convertido en un tirano. No exagero si afirmo que eso pasa en las derechas y en las izquierdas y que es un mal genético de quien se queda en el poder por mucho tiempo. Y si no pregúntele a Fidel o a Pinochet, tan diametralmente opuestos en lo ideológico, como parecidos a la hora de hacerse sentir como capataces de sus pueblos.

Por eso desde estas líneas manifiesto mi malestar con la posición que adoptó la delegación colombiana en la OEA, al final de la semana pasada, cuando optó por retirarse de la sesión donde se condenó a Nicaragua por la violación de derechos humanos. Esa falta de compromiso con la carta fundamental deja mal sabor diplomático. No entiendo qué pretensiones hay con esa actitud de querernos congraciar con la dictadura de Ortega. ¿Bajar la tensión por el conflicto que tenemos en la corte de La Haya a propósito de San Andrés y sus cayos?, ¿entrar en el club de la izquierda latinoamericana haciéndose pasito con uno de sus exponentes? Mala cosa, porque la consistencia del discurso tiene que ser la misma aquí y acuyá. Uno no puede protestar aquí y hacerse el de la vista gorda allá. Derechos humanos fundamentales son los mismos para unos y para otros. No puede haber distintos raseros.

Ortega, el gran detractor de Somoza en los 70, hoy es su réplica empeorada. Uno a uno fue sacando a codazos a sus compañeros de revolución, uno a uno ha ido echando a la cárcel a todos los que no piensan como él, una a una ha cerrado decenas de instituciones y ONGs, una a una ha expulsado comunidades religiosas y ahora ataca ferozmente a la iglesia católica, esa misma que un día lo apoyó en su lucha revolucionaria y estuvo en la junta que ganó la revolución en 1979 con personajes como De Escoto y los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal. “Así paga el diablo a quien bien le sirve”, sentencia la máxima popular. Así paga el diablo de Ortega y su siniestra esposa que buscaron el poder, no para servir al pueblo sino para lograr sus siniestros propósitos.

Los principios y valores que el evangelio defiende deben permanecer incólumes, llueva, truene o relampaguee. No son plastilina manipulable al caprichoso vaivén de los de turno, o de sus estados anímicos, o de las conveniencias ideológicas y políticas. Deben conservar su libertad e independencia, su frescura y conciencia crítica. Cuando la Iglesia le da por jugársela tomando partido por un partido político no le va bien, nunca le ha ido bien, porque su servicio no es al poder de la fragilidad humana, sino a la causa del Reino que predicó Jesucristo. Ahora, la Iglesia nicaragüense, vilipendiada y humillada, perseguida y ultrajada por el régimen ha decidido no claudicar, no dar el brazo a torcer, mantener la frente en alto y seguir adelante. Su causa no es politiquera, su razón de ser es esencialmente religiosa para promover la vida, la dignidad humana, la verdad, la justicia, la paz, el amor. Lecciones de vida que se repiten para que aprendamos, de una vez por todas.

viernes, 25 de marzo de 2022

Y la Iglesia, ¡ahí!

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Nuestra Iglesia, entiéndase no solo la institución sino principalmente ese pueblo de Dios que la conforma, ha dado de qué hablar desde su origen. Ayer y hoy es motivo de glorias y también de vergüenzas, de aciertos y errores. Mas sumando y restando siempre está ahí, como se dice, en la jugada de los momentos cruciales de nuestra historia.

Estos tiempos no son la excepción. Tenemos en Francisco un Papa que ha sabido ganarse la admiración y el respeto de los grandes y también del pueblo sencillo. Su liderazgo es indiscutible, así muchos en la propia casa no lo entiendan por esa libertad de espíritu y apertura a los desafíos de un mundo cambiante que le son característicos. El hecho es que de cara al actual conflicto ruso-ucraniano todos los días ha expresado su inconformidad por la guerra absurda y con el envío de dos de sus cardenales quiso manifestar su cercanía a las víctimas de la guerra que no han dejado de ser acompañados por sacerdotes y religiosos que decidieron estar ahí y no salir del país.

Francisco de Roux, presidiendo la Comisión de la Verdad, está precisamente ahí por ser un hombre de paz y un referente ético, sin embargo, ha sido blanco de ataques desde diversos sectores lo que hace prever que el informe que en su momento se presente no le va a gustar a nadie porque, claro, en este país de mentiras la verdad es dura, la verdad duele, cáigale a quien le caiga. Los unos esperan que culpabilicen a los otros y resulta que todos llevan del bulto porque unos y otros le han hecho mucho daño a nuestro país.

Lo ocurrido en la Catedral el pasado domingo solo lo entiendo como un acto de provocación. Los extremos se culpan de ser los autores intelectuales, pero el tiro les salió por la culata porque el comunicado del arzobispado no pudo ser más sensato. Desde la cuestionable decisión de la Corte sobre el aborto, están toreando a la Iglesia para que tome partido sectarista. Y creo que no lo van a lograr, así no falten curas politiqueros que abiertamente y para desconcierto de sus feligreses arenguen para un lado o para otro.

Pero no todo es color de rosa. Los escándalos de pedofilia han enlodado el excelente apostolado realizado por otros muchos, muchos más, que de forma generosa y comprometida han dado lo mejor de sí mismos al servicio de la gente. Sorprende y duele que sean tantos y que den de qué hablar, y sobre todo generalizar, como si esa patología fuese inherente a la vocación sacerdotal. ¡Qué daño han hecho!

Con todo, la Iglesia, nuestra Iglesia, santa y pecadora, seguirá estando ahí, en sus templos y parroquias, en universidades, colegios, hospitales y geriátricos, asistiendo búsquedas espirituales, acogiendo migrantes y desplazados, ofreciendo luces desde centros de pensamiento e investigación, atendiendo las urgencias de los más necesitados a través de bancos de alimentos y obras de asistencia social, acompañando todas las edades y condiciones sociales. Es decir, ejerciendo su carácter católico: para toda raza, lengua, credo, orientación sexual, opción política y condición social. Y la Iglesia, siempre estará ahí.

viernes, 24 de julio de 2020

Ayuno eucarístico

José Leonardo Rincón, S. J.* 

José Leonardo Rincón Contreras

Mi vocación sacerdotal tiene sus raíces en la celebración eucarística dominical. Mi madre me llevaba sin falta y yo, sin entender mayor cosa, a decir verdad, me sentía atraído por lo que allí acontecía. Tengo clara la imagen de aquel domingo en que, siendo un niño, por ahí de cinco años, me dije: yo quiero ser como ese padre. Me atraía su devoción, la forma como hablaba captando la atención de la gente y su cordialidad manifiesta.

Poco tiempo después jugaba a decir misa. Me valía de la hojita El día del Señor y me había aprendido algunas oraciones complementarias, de modo que con mucha pompa y circunstancia le pedía a mi mamá ponerme atención y responder las oraciones. Con recortes de hostia compradas a las Clarisas y seguramente con vino Sanson se completaban las especies. Fui feliz el día que algún sacerdote amigo me regaló un pequeño ordinario de la misa con prefacios y anáforas que me hacían falta para completar el repertorio. Ya estudiante de San Bartolomé tuve el privilegio de “subdiaconar” muchas eucaristías en la contigua Iglesia de San Ignacio, donde germinó y se alimentó mi vocación a la Compañía.

Toda esta rápida historia para decir que la eucaristía ha ocupado un lugar central en mi vida y como de sacerdote la celebro a diario, ya es parte de mi cotidianidad y no la he echado de menos en medio de la pandemia. He caído en cuenta DE que soy privilegiado y que cual niño rico que no le falta nada, no sé lo que significa no tenerla. Sin proponérselo, han sido mis amigos laicos los que me han avergonzado haciéndome caer en cuenta de lo que realmente significa para ellos. Ya he contado por lo menos cuatro o cinco distintos, que, en momentos diferentes, entre suspiros y lamentos me han dicho que les hace falta la eucaristía. Echan de menos el encuentro comunitario, las buenas homilias y la sagrada comunión. El ayuno eucarístico forzado los tiene tristes y ya no los llena ni las misas televisadas, ni las del Facebook live, ni las homilias que les comparto por WhatsApp, ni lo que llamamos comuniones espirituales. Les parece que como Iglesia ha faltado una postura más firme y exigente ante el gobierno. Con rigurosos protocolos de bioseguridad podríamos encontrarnos de nuevo. No les falta razón.

Y claro, el que tiene comida todos los días y está gordo y rozagante no sabe lo que es no tenerla y pasar hambre. Eso. Eso es lo que sienten muchos: hambre espiritual, hambre de Dios, hambre del pan de La Palabra, hambre del banquete eucarístico. La común-unidad eclesial celebra la vida alrededor de la común-unión con Cristo; es fiesta, es sacrificio, es oración, es banquete. Alimenta, alienta, da fuerzas, proporciona una energía indescriptible. Con razón la echan de menos, con razón les hace falta, con razón reclaman lo que en justicia les corresponde. La verdad, me ha dado pena porque “andan como ovejas que no tienen pastor” y la razón es muy simple: es que los pastores estamos encerrados cuidándonos del coronavirus, mientras las ovejas afuera, en el rebaño, están pasando hambre. Gracias por hacerme tan delicado pero profundo cuestionamiento. La Iglesia debe estar en salida como nos pide Francisco y hay que hacerlo, con todos los cuidados propuestos, pero hay que hacerlo.


jueves, 7 de mayo de 2020

Vigía: la Iglesia, entre pandemia y tecnología


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda (RA)
La muerte es el origen de la filosofía y el miedo a la muerte un frecuente instrumento político de poder. A raíz de la pandemia, jóvenes funcionarios pasantes en la práctica del autoritarismo, algunos con gestualidad y verbosidad características del socialismo histérico-veintiunero, sentencian ucases a diestra y siniestra para “evitar niños huérfanos” y los ciudadanos, mansos, obedecen por miedo a contagiarse y morir. Los indóciles son sometidos por la policía o doblegados por la gripa china. Argumento final.

Preocupa a muchos analistas la posibilidad de que los actuales gobernantes, enmelados con la sensación de poder inmediato que les da la emergencia, decidan con argucias continuar con ese estilo de gobierno, modo China. Además, para eso Beijing les está ofreciendo la tecnología 5G. Fuera del ámbito político, otros dos componentes fundamentales de la sociedad están viviendo un trance que augura cambios cruciales en el futuro inmediato: la familia y la religión. Unos comentarios sobre esta última.

Por miedo al contagio y por orden del gobierno, la Misa, la máxima expresión del rito católico, se ha trasladado a la televisión, a lo que desde hace años se conoce como la “Misa para enfermos”, los domingos en la mañana. Ahora podemos ver y oír en directo desde las capillas del Vaticano al Papa, oficiando la misa dominical. Pero la grey católica no está adocenada en medio del rebaño vecinal, ni subyugada por la arquitectura catedralicia, ni hipnotizada por la monodia de los cantos gregorianos, ni enervada por el incienso. Por el contrario, la tecnología facilita que se esté en pijama, yaciente en el sofá, con un café en la mano izquierda y atento al celular en la derecha, mientras se atisban los titulares de la prensa en la mesita auxiliar. Reunidos en la sala o en la alcoba, sin pararse, sentarse o arrodillarse como manda la liturgia, se tramitan minucias hogareñas cotidianas de cocina, aseo y varios, ininterrumpidamente, mientras el oficiante pronuncia su homilía. En la misma residencia, algunos pueden estar “viendo” la misma misa en otra habitación.

El cura párroco se ha segregado para que no enferme y de pronto muera, y su rebaño local se ha disipado por estos días; los vecinos que no se conocían, pero se identificaban siempre en la banca de adelante o en la lateral, se desvanecieron; se extinguieron la comunión tradicional y las estrechadas de manos, la charla en el atrio a la salida de Misa desapareció. Claro, la limosna se puede consignar a través de la red. Los jóvenes, que viven en la virtualidad, no lo ven tan dramático (“es la nueva realidad, pa´”); los maduros rumian escepticismo (“esto para donde va, hermano”) y los más viejos, muerden el desencanto con resignación (“nunca creí ver esto, Libardo”).

Virtualidad, informalidad, pérdida del rigor ritual: ¿permanecerán después de este remezón global? Los Sacramentos, el Bautismo y la Confirmación, por ejemplo, ¿se estandarizarán a través de pantalla? ¿La Confesión será una aplicación segura, con penitencia, verificación del cumplimiento de esta y absolución incluidas? Al matrimonio no le veo problema. ¿Los enfermos terminales, aislados, solos en su trance final recibirán la extremaunción por zoom? La palabra de Dios, ¿definitivamente se entregará por Twitter o WhatsApp? Todo está en desarrollo. Por ahora, sorber café mientras su Santidad oficia la transustanciación del pan y el vino, no deja de incomodar a quienes entregan su espiritualidad cotidiana a una Iglesia en crisis de confiabilidad y con persistentes inculpaciones penales contra sacerdotes, párrocos y obispos, aquí y en todas las latitudes.

La Iglesia católica ha resistido durante dos mil años los ataques de güelfos y gibelinos y nunca ha sido menor a los retos de la ciencia humana, pero la dinámica tecnológica en desarrollo la podría afectar sustancialmente. Y América Latina, su bastión con unos 600 millones de fieles, es un continente con una brecha digital insalvable. Sin embargo, más temprano que tarde, en los hogares que puedan adquirir la tecnología correspondiente, se podrá ver los domingos por la mañana o tarde, o cuando el evento lo requiera, en el centro del apartamento, al lado de la mascota, una proyección holográfica del párroco respectivo, de un jerarca o del propio Papa, oficiando la Misa, administrando los sacramentos del caso o desarrollando la Semana Santa. ¿La nueva iglesia?

viernes, 12 de julio de 2019

Matrimonios felices


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Por estos días, varias parejas amigas están celebrando sus aniversarios de vida matrimonial: 25, 30, 50… años de vivir juntos… una grata noticia que para muchos no deja de ser sorprendente, por no decir, increíble.

Y es que en un mundo donde todo es desechable, el matrimonio también lo es. Las cifras no son halagüeñas: de cada 10 matrimonios católicos, antes de dos años, 6 se han separado. Para colmos, Colombia es el primer país del mundo donde la gente no quiere casarse. Le hemos hecho tan mala fama a contraer nupcias que se habla jocosamente de “matricidio”, se despide a los solteros casi que haciendo luto por la pérdida de libertad que van a tener y es abrumadora la cantidad de memes y chistes para dejarlo en ridículo, veamos sólo cuatro:

*“Estos 10 años contigo me han parecido como 10 minutos… ¡debajo del agua!”
*“Padre, me vengo a confesar de que estoy casado. Hijo, pero eso ¡no es pecado! Entonces, padre, ¿por qué estoy tan arrepentido?
*“Mi apreciado amigo Pedro, después de muchos años de sufrimiento, finalmente descansa en paz. El cuerpo de su esposa será velado hoy a partir de las 16 horas…”
*“Había una vez un hermoso príncipe, que le preguntó a la bella princesa: ¿te quieres casar conmigo? Y ella le respondió: ¡Noooo! Y el príncipe vivió feliz por siempre…”

Son chistes, pero en el fondo expresan que el matrimonio no deja de ser algo duro de vivir. “Con razón, ustedes los curas viven felices, claro, no están casados”, alguien me dijo una vez.

El hecho es que cuando me buscan parejas de jóvenes palomos enamorados para que los case, comienzo por advertirles que está mal dicha la expresión: “a mí me casó el padre tal”. No, uno no los casa, uno presencia el matrimonio, es decir, uno es apenas testigo de tal acontecimiento. Quienes se casan son ustedes. El matrimonio es una institución antropológica y sociológica que ha existido desde siempre y a la que Jesucristo y su Iglesia le dan el carácter de sacramento excelso del amor humano. Además, es el único de los siete sacramentos donde el ministro no es el diácono, presbítero u obispo, sino la pareja misma de contrayentes. A propósito, otra nota de humor entre una pareja de ancianos esposos: “Amor, le dice la señora, ¿sabes que murió el padre que nos casó? Y contesta el viejo: ¡el que la hace la paga!”. Ya saben entonces, dónde recae la responsabilidad.

Enseguida, trato de disuadirlos de su decisión: ¿para qué quieren casarse, para separarse pronto, cuando descubran que dizque no son compatibles? Para esa gracia, firmar un contrato a término fijo con cláusulas bien claras y así se ahorran todo ese platal de la boda y el show comercial que a su alrededor han inventado. Pero ellos tercamente insisten: “Es que queremos hacerlo delante de Dios y que Él nos bendiga”. Ahhhhh eso es otra cosa, eso es diferente, ahí sí está el meollo del asunto. Las cosas como son. Nada más parecido a Dios mismo en su Trinidad santísima que el matrimonio, donde los tres, siendo personas distintas, confluyen en una única unidad. Ella, Él, el Amor mismo de Dios. ¡Qué realidad tan sublime!, ¡qué maravillosa resulta esta unión cuando Dios está en medio y se constituye en ese “pegamento” que los ayuda a estar unidos, dando razón y sentido, dando fortaleza y ánimo, permitiendo vivir real y no dulzarrona o románticamente lo que es el auténtico amor, como bellamente lo describe San Pablo a los Corintios.

Insisto mucho en la importancia de conocerse a fondo para no quedarse en el barniz externo de las apariencias. Todo eso se cae algún día, se desenmascara, se pone en evidencia la cruda realidad. El matrimonio no es entre ángeles sino entre seres humanos cargados de fragilidades y limitaciones. No entre seres perfectos, pero si perfectibles en la medida que se propongan crecer y madurar juntos.

De manera que lograr llegar a estos aniversarios es un auténtico testimonio de fidelidad y perseverancia. ¿Quién dijo que estos años han sido fáciles? Bástele preguntarles para corroborar que lo dicho en la fórmula de los votos ha sido cierto: en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y tristezas, en la riqueza y la pobreza… quienes lo han vivido saben que bien valió la pena. Y yo le doy gracias a Dios por todas esas parejas que han caminado juntas por años, han trasegado caminos de todo tipo, han luchado por salir adelante en pareja, se han enriquecido con la bendición de los hijos, no han claudicado ante las dificultades. Dios ha ocupado un puesto relevante en sus vidas. La fe los ha sostenido, la esperanza los ha alentado y el amor los ha nutrido. El matrimonio también es una vocación y de realizarse es para ser felices en ella. El que quiere azul celeste, que le cueste. ¡Vale la pena!

viernes, 22 de febrero de 2019

Cuando rasguñas la utopía


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón
Ordinariamente asociamos la palabra utopía a algo imposible de realizar y en realidad lo que estamos haciendo es confundirla con la palabra sueño o ilusión, porque en verdad son asuntos distintos: los sueños sueños son y las ilusiones son sólo eso: fantasías irreales, en tanto la utopía, del griego u-topos, es algo que no está aquí, pero que sí se avizora en el horizonte como meta a la que es posible acercarse, quizás no lograrse del todo, pero sí rasguñarse.

Me parece que en medio de tanto caos y tantas situaciones dolorosas y hasta vergonzosas que vivimos a causa de nuestras humanas mezquindades, también hay señales inequívocas de que no todo es un desastre y que también en medio del lodo, sorprendentemente, surgen preciosas flores. Me explico.

Lo que ha ocurrido en nuestra Iglesia con tantos clérigos pederastas en tantas partes del mundo y que tanto dolor, indignación y vergüenza nos producen, ha hecho mucho daño a muchos y tergiversa la realidad maravillosa que encierra nuestra vocación de querer seguir más de cerca los consejos evangélicos, es una pesadilla que pareciera nunca acabar. Sin embargo, esa actitud de querer si no minimizarla, sí ocultarla y que se ha leído como encubrimiento cómplice, me parece que con el Papa Francisco rasguña la utopía de la verdad, justicia, no repetición, tolerancia cero y castigo a los comprobadamente culpables. Ni ustedes ni yo imaginamos nunca que habría efectivas sanciones como las que estamos viendo de no solo suspender sus funciones eclesiásticas sino también denunciar y entregar a las autoridades civiles a quienes se les han comprobado tan execrables comportamientos, hasta llegar a expulsar del ministerio ni más ni menos al que fuera cardenal arzobispo de Washington. Por estos días, convocados por el Papa, están reunidos en Roma 190 jerarcas eclesiásticos para no sólo reflexionar sobre tan delicado asunto sino tomar nuevas medidas.

Este mismo Papa Francisco viene rasguñando la utopía con una serie de gestos que a muchos ha incomodado profundamente porque los ha sacudido de su apoltronado aletargamiento: la Iglesia debe estar en salida, no puede autoreferenciarse narcisísticamente, debe ser un hospital de campaña para atender a los heridos de las batallas de la vida, debe volcarse ante los más débiles, debe hacer una apuesta por el cuidado de la casa común, debe autoreformarse eliminando prácticas palaciegas con mafias inveteradas que buscan ansiosamente ascender en carrerismos cortesanos, pues no somos príncipes sino servidores. Debe ajustar sus estructuras internas para ser más planas y menos verticales, más colegial y menos autocrática.

Este Papa Francisco rasguña la utopía y nos sorprende cuando canoniza a un obispo como Óscar Romero, estigmatizado por el régimen político de su país hasta asesinarlo, por sus purpurados colegas hasta acusarlo, señalarlo y considerarlo vasallo del comunismo. ¿Quién sensato pensó que este mártir salvadoreño tan duramente juzgado pudiese estar tan pronto en los altares?

Lo mismo está pasando con el Padre Pedro Arrupe, quien fuera General de los Jesuitas, un hombre extraordinario que afrontó la transición nada fácil que generó el Concilio Vaticano II, pero también un hombre incomprendido por muchos de sus mismos correligionarios quienes lo acusaron diciendo que un vasco fundó la Compañía de Jesús y otro vasco la acabó, un hombre que murió con el dolor profundo de sentir que el Papa dudaba de la fidelidad eclesial que había caracterizado a los hijos de Loyola… ahora Francisco abre el camino para su beatificación.

Finalmente, para no cansarlos, pues estas apenas son algunas muestras de esos signos esperanzadores, nuevamente Francisco nos sorprende con otro inédito gesto que me ha conmovido profundamente en estos días: una foto del Nuncio Apostólico en Nicaragua, junto al lecho del nonagenario Ernesto Cardenal, el poeta sacerdote de Solentiname, suspendido por más de 30 años de su ministerio por haber aceptado ser ministro de la revolución sandinista, esa misma que quiso liberar de la dictadura somocista a tan atormentado pueblo y ahora lo oprime peor que antes; igualmente juzgado, por no decir condenado de comunista y ahora… restituido en su ministerio eclesial, con su estola sacerdotal sobre los hombros, seguramente muy consolado de sentirse finalmente comprendido, rehecho en su dignidad…

En medio de tantos motivos para desalentarse, por suerte hay también motivos para alegrarse, máxime cuando son motivos extraordinarios, inesperados, a veces inimaginados, gracias al coraje de hombres valientes que luchan por acercarse a la utopía hasta rasguñarla y hacerla sentir como posible. Aquí la vida se colorea, se reafirma en su pleno sentido y uno dice para sus adentros, vale la pena seguir adelante, ¡siempre adelante!

Colofón: En estos días, el P Arturo Sosa, General de los Jesuitas, ha anunciado las 4 Preferencias Apostólicas de la Compañía para los próximos 10 años, que nos impulsarán también a seguir rasguñando utopías: Compartir lo mejor de nuestra espiritualidad (Ejercicios Espirituales y discernimiento); Caminar junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad en una misión de reconciliación y justicia; Acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro esperanzador; Colaborar en el cuidado de la Casa Común.