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viernes, 15 de marzo de 2024

Pecados no confesados

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

En ocho días estaremos en la recta final de la cuaresma y a las puertas mismas de Semana Santa. Indudablemente, el entorno ha cambiado y lo que era antes de modo generalizado un tiempo fuerte de prácticas religiosas: ayuno, oración, limosnas, liturgias largas, procesiones, sermones, ahora son solo, para muchos, tiempo de vacaciones.

Sin embargo, las muchedumbres fervorosas siguen existiendo y la efervescencia religiosa de temporada no ha desaparecido. Las ceremonias gozan de alta concurrencia y no deja de haber largas filas para buscar el sacramento de la reconciliación. En el colectivo existe la convicción de que son días santos que ayudan a ponerse en paz consigo mismo y con Dios.

En el acto de contrición, esa oración pública en la que uno se reconoce pecador, se dice que hemos fallado de cuatro maneras posibles: de pensamiento, palabra, obra y omisión. La del pensamiento es muy personal y totalmente inédita en tanto no se haga explícita. Uno puede pensar muchas cosas, imaginarse otras tantas, darle vueltas y vueltas a algo. Solo uno lo sabe y en su conciencia valora qué tan complejo o delicado es eso que ha pensado. Eso que realmente se piensa puede estar muy distante del decir y el hacer: uno piensa algo, pero no dice lo que piensa. Uno puede pensar muchas cosas, pero no hacerlas, es decir, no materializarlo en acciones concretas.

Otra cosa es la palabra pronunciada. Lo dicho, dicho está. Se lo tenía que decir y se lo dijo. Ya salió, ya se expresó. Una cosa es qué dijo y otra es cómo se lo dijo. La palabra expresada ya no tiene vuelta, es como la flecha disparada, la piedra lanzada. Por eso es tan importante lo que se dice, como la forma como se dice. Y muchas veces fallamos porque decimos cosas que no debíamos decir y lo decimos de mal modo. La lengua se vuelve incontrolable en algunos y peligrosa arma que divide y destruye.

Ahora bien, del dicho al hecho hay mucho trecho. Se puede hablar mucho, decir las cosas elocuentemente, predicar muy bonito, pero quedarse allí. Dicen, pero no hacen, es la crítica de Jesús a los fariseos. Predican, pero no aplican, es lo que nos critica la gente al clero. Prometen, pero no cumplen, el reproche del pueblo a la clase política. Ahora bien, se puede pensar algo, no decirlo y menos hacerlo. O se puede pensar y decir, pero no hacer. Cuando se pasa a la acción el calibre del asunto está en su tope. Lo hecho, hecho está. En derecho se dice que las cosas se deshacen como se hacen, y es verdad que hay cosas que se pueden cambiar, mejorar o enmendar, otras no. Son irreversibles. Ese impacto es el que evaluamos. El alcance o efectos de nuestro proceder.

Pero se nos olvida que también se puede pecar por no hacer cuando se debía hacer. Generalmente, de estos pecados pocos, casi ninguno, se confiesa. Y pueden ser pecados recurrentes. La gente omite hacer el bien por pereza, por descuido o dejadez. Pudo ayudar en los oficios de la casa, pudo haber ayudado al anciano a pasar la calle, pudo ayudarle a esa persona a cargar pesados paquetes, pudo haber ido a visitar el familiar enfermo, pudo haberle dicho muchas gracias o que lo amaba, pudo haberlo defendido, pudo, pudo, pudo… y no lo hizo. En todos los ámbitos de la vida se peca por omisión. Es un pecado delicado, sensible, que puede tornarse grave. No hacer lo que se sabe se debe hacer. Hacerse el tonto, el de la vista gorda, eludir responsabilidades, sacarle el cu… erpo a ciertas obligaciones. Pecados no confesados que pueden tener consecuencias impredecibles.

Nos viene bien hacer un buen examen de conciencia que, a modo de auditoría interna, nos ayude a evidenciar lo que hay que mejorar. Para eso es es este tiempo cuaresmal. ¡Aprovechémoslo!

domingo, 19 de julio de 2020

Del catecismo y la urbanidad al pacto social

Por Andrés de Bedout Jaramillo*

Andrés de Bedout Jaramillo
Del comportamiento cotidiano dependen los niveles de bienestar en el mundo entero.

No mentir, no robar, no matar, no desear la mujer del prójimo, amar y respetar a nuestros congéneres, a los animales, a las plantas, a la naturaleza en general, son comportamientos establecidos desde los orígenes del hombre en la tierra, que nos los han recordado en el catecismo, con los mandamientos de la ley de Dios, en las normas de urbanidad y comportamiento, y ahora, en forma de pactos sociales, como la única salvación del mundo, independientemente de credos religiosos, políticos y de categorías sociales.

Todo lo que se considera pecado, es violatorio de las normas de las religiones, de las normas de urbanidad y comportamiento, y en muchos casos terminan siendo delitos, castigados también por las leyes de los hombres; repito, independientemente de credos religiosos, políticos y de categorías sociales.

Nada puede permitir los malos comportamientos, ni la religión, ni la política, ni las clases sociales, porque las consecuencias de los malos comportamientos las terminamos pagando todos.

Algunos ejemplos: los que en plena pandemia no respetan las reglas mínimas de cuidado personal, los que se están aprovechando indebidamente de los recursos destinados a atender la emergencia, los que están fomentando las adicciones que dañan al cuerpo, al alma, a la familia, a la sociedad en general, los que están haciendo mal uso de los recursos naturales, los que no están separando en la fuente las basuras, los que teniendo la oportunidad, no están estudiando ni trabajando, los que teniendo los medios, no están ayudando a los demás, no están pensando en nuevos emprendimientos que puedan ayudar en la muy difícil situación en que estamos.

En fin, podríamos listar miles de conductas y comportamientos dañinos, fruto de un relajamiento en el aprendizaje, práctica y ejercicio de principios y valores que, repito, conocemos desde nuestros orígenes y hemos venido trastocando, relajando, porque manejarse bien implica sacrificio, implica orden, aseo físico y mental, implica pensar en los demás, poniendo el interés general, por encima del interés particular y no es cuestión de religión, ni de política ni de estratos sociales, si todos nos comportáramos bien, estoy seguro de que mejoraría sustancialmente la convivencia social, política y religiosa.

El pacto más importante para un buen comportamiento, es el pacto con nosotros mismos.

Si queremos un mundo mejor, si queremos superar esta pandemia, si queremos ser más felices, repasemos en nuestras conciencias las escalas de principios y valores, que rigen nuestros comportamientos, aplicando los mandamientos y normas más importantes y vigentes en todas las religiones, en todos los partidos políticos, en todas las sociedades.

Lo escrito puede sonar a sermón, pero cada día que pasa cuenta, cada acto de corrupción, de derroche, de maltrato, de insolidaridad, de desorden, de egoísmo, de irrespeto, etcétera, afecta nuestra convivencia, nuestra felicidad y lo peor, aleja aún más la posibilidad de lograr los objetivos comunes, anhelados de paz, justicia, igualdad, progreso y felicidad.

Si tratamos a los demás como nos gusta que nos traten, todos ganaremos.

¿Ustedes se imaginan lo ejemplarizante que sería para el país, que mañana se escogiera como presidente del Congreso a alguien que liderara un cambio profundo en la corporación?

¿Ustedes se imaginan lo ejemplarizante que sería que, así como tenemos un salario mínimo legal mensual, tengamos un salario máximo legal mensual, para los sectores público, privado y mixto y lo que nos ahorraríamos?

¿Ustedes se imaginan lo que ayudaríamos al medio ambiente si todos separáramos los residuos orgánicos de los sujetos a ser reprocesados?

¿Ustedes se imaginan si todos cuidáramos la infraestructura pública que con tanto esfuerzo se ha construido para el servicio de todos?

Definitivamente, Colombia sería otra si todos nos comportáramos mejor.

viernes, 6 de marzo de 2020

Cuaresma o control de calidad


Por José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Las dinámicas organizacionales hoy día cobran auge gracias a la implementación de los así llamados sistemas de gestión de calidad. Personalmente soy un convencido de la bondad de los mismos y desde hace años no solo colaboré en el comité técnico del Icontec que elaboró la GTC 200 para aplicar la norma ISO 9000 a los colegios, sino que en las instituciones donde he trabajado, he colaborado a instalar sistemas de calidad que garanticen la mejor prestación del servicio,

Lo interesante de estos sistemas es que inspiran el mejoramiento continuo. Prohibido apoltronarse y vivir de la renta por las glorias pasadas. Hoy tenemos que ser mejores que ayer y mañana seremos mejores que hoy. Siempre habrá que tomar en serio las oportunidades de mejora. Cuando en la auditoría interna y/o externa se encuentren no-conformidades, ya mayores, ya menores, se ha de activar inmediatamente un proceso de mejoramiento, si se quiere ser certificados. Es, pues, una dinámica tan irreversible como exigente. No hay cabida a la mediocridad cuando en la organización hay un espíritu de calidad.

Pues bien, eso que tan juiciosamente trabajan las empresas en todo el mundo y que ponen en práctica sus colaboradores con tal de no verlas rezagadas u obsoletas en un mundo competitivo, en nuestra Iglesia existe desde sus orígenes a través de un tiempo como el que estamos viviendo estos días, la cuaresma, esto es, una cuarentena personal e institucional para ejercitar en nosotros mismos el control de calidad.

Como en las organizaciones, cada uno construye su propio sistema, es decir, en ejercicio soberano de su libre albedrío, decide hacer con su vida lo que quiera. Por supuesto que todos queremos lo mejor cuando tenemos claro nuestro norte o direccionamiento estratégico que allá llaman visión, misión, valores, etc. y que en nuestra vida equivale a la opción fundamental y el sentido de la vida. El asunto es que ese deber ser choca con la cruda realidad del ser y se producen inconsistencias, incoherencias, equivalentes a las no-conformidades. A eso lo llamamos pecados. Pueden ser menores (veniales) o pueden ser mayores (mortales). De ellas nos damos cuenta a través de las auditorías internas (examen de conciencia) o de las auditorías externas (cuando otros nos hacen caer en cuenta de nuestras fallas y errores). Frente a las primeras se establecen oportunidades de mejora que pueden atenderse en un tiempo prudencial pero, frente a las segundas, hay que tomar acciones correctivas urgentes e inmediatas. Las entidades tienen entes certificadores y en nuestro caso el certificador de calidad es el Señor y lo hará a cada uno en su momento oportuno. Hay que estar atentos porque no sabemos ni el día ni la hora y muy triste sería quedar descertificados (condenados).

Como ven, he hecho un intento de analogía para decir que por qué si en las cosas materiales somos tan exigentes para pedir que haya calidad, ¿por qué cuando se trata de nuestra propia vida y de tener la mejor calidad de vida somos tan flexiblemente relajados, permisivos y alcahuetas, a punto de que por serlo no somos felices? “El que quiere azul celeste que le cueste” significa, ni más ni menos, que tenemos en este tiempo cuaresmal la oportunidad de ser mejores seres humanos, mejores personas. Y que podemos ir desechando, poco a poco, año tras año, nuestros defectos hasta lograr la santidad. Eso decía Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo. Y a eso nos invita nuestro CEO mayor: “sean perfectos como el Padre Celestial es perfecto”. No solo de buena calidad. No. Perfectos, santos, irreprochables. La cota es alta y podemos mostrar las evidencias de una procesual conversión, si queremos, ¡claro!