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lunes, 30 de diciembre de 2024

Repletos de egoísmo y egomania

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Cada que conozco más los animales entiendo menos al hombre. Los animales no razonan, pero son nobles y no tienen egos.

Ahora voltea el calendario y aquí en lugar de pensar en solucionar los graves problemas de la gente sólo se habla de candidatos que nadan en su egolatría.

Este es un mensaje dirigido a nuestros líderes, un llamado a que como nación formemos unidos una cultura sana enmarcada en la legalidad, con respeto por la niñez, por la vida de las personas de bien y de los soldados y policías que luchan por nuestra seguridad.

Pensando en qué le ocurre al liderazgo público y privado en Colombia, sin temor a equivocarnos hay que entender que tenemos un problema social, cultural y educativo que nos ha llevado a perder el sendero del crecimiento interior como personas.

Entendamos que primero están las obligaciones, y es su cumplimiento el que nos otorga derechos. Venimos a este mundo a aprender a ser mejores seres humanos, no a cosechar materialidad, poder, fama y riqueza que alimente nuestros egos.

Está la nación en manos de engreídos que sólo viven en función de una nociva competencia entre los egos de quienes figuran por un discurso demagógico que sólo oculta su apego a lo fútil y material, y no por la fortaleza interna reflejada en la ética y la positividad de sus actos.

El país no se transformará sin un liderazgo que sepa meditar y pensar bien las cosas para poder actuar de la manera correcta, seria, constructiva, y dejar de lado todo aquello que representa un lastre para la sociedad e impide la formación de seres íntegros y buenos seres humanos, como las negociaciones que solo resultan en impunidad y multiplicación del crimen organizado, la violencia intrafamiliar, entre ciudadanos, contra el Estado, la desnutrición infantil, y la cultura mafiosa del engaño, la rumba y la droga.

Parece que quienes hoy se dedican a la politiquería nunca logran conocerse a sí mismos, y sólo presumen de virtudes para tratar de compensar un ego que es la manifestación vívida de su verdadera condición humana. Un ego que los traiciona y les impide vivir en función de un desarrollo interior y un obrar creativo, activo y positivo fundamentado en altruismo, empatía, amor y alegría como medios para desarrollar la capacidad y la voluntad de hacer siempre lo mejor.

El ego es el factor que no deja a las personas diferenciar entre crear para transformar o destruir.

El ego nos hace esclavos de una falsa conveniencia personal que nos aleja de la superación y de la comprensión de nuestras propias capacidades. El ego siempre es cobarde, nos refiere al pasado y nos limita a las ambiciones del futuro. Es la manifestación del temor a avanzar por miedo a morir y a vivir el presente.

Todos los trabajos honestos dignifican al hombre. Por eso todo hay que hacerlo bien. Sólo trabajando con interés genuino logramos disfrutar de lo que creamos o construimos interna y externamente en favor de otras personas y de toda la nación.

El ego no nos deja entender que el trabajo y la disciplina son el medio para desarrollarnos como seres humanos creativos que entregan todo al presente con total audacia y desprendimiento. Las personas con grandes egos pueden tener destellos geniales de creatividad, pero por lo general viven en un continuo caos interno, no son libres ni felices, son prisioneros de sus miedos y frustraciones.

La egolatría solo lleva a las personas por el camino de las ambiciones desmedidas, les impide poner los cinco sentidos en hacer las cosas bien. Los seres que carecen de valores éticos tienen miedos e inseguridades que superan sus mejores deseos y los llevan al camino equivocado.

El egoísmo es la consecuencia de la inseguridad a aventurarse a vivir una transición inmaterial constante como ser humano y lleva a las personas a no poder ser conscientes del deber ser, al no tener el valor de tomar los riesgos de hacer lo correcto.

El resentimiento, la envidia y el odio, agigantan el ego, evocan al materialismo y la vida dedicada sólo a aquello que nos produce placer. Estos son los problemas que tienen las personas que no están contentas consigo mismas, las que no les gusta lo que ven en el espejo, pues les refleja su descontento por lo que no son.

Quienes están supeditados a las ambiciones desmedidas de sus egos solo se nutren de la identidad material. Caen en propia trampa y terminan sin entender que no hay que hacerle el mal a nadie para sobresalir si uno se exige a sí mismo y se comporta con ética y real voluntad de servir.

Muchos falsos líderes, son seres incompletos, inseguros, cambiantes, dependen de las opiniones de los demás, solo buscan poder, reconocimiento, fama, éxito, dominio, riqueza, placer o belleza, y por eso gravitan en sus propios defectos y dependen de su capacidad de engañar y de hacer daño.

El ego siempre condiciona al miedo. Hay que vivir con valor y ser siempre auténticos sin reparar en el qué dirán, en la repercusión o el costo mediático. Lo demás es un autoengaño. Lo dijo Aristóteles 350 años antes de Cristo: “El pensamiento condiciona la acción. La acción determina el comportamiento. El comportamiento repetido estructura hábitos. Los hábitos estructuran el carácter. Y el carácter marca el destino”.

Seamos conscientes de las graves dificultades actuales del país, pues la manera de pensar, de ser y de obrar de nuestros líderes, es el factor que más determina lo que le suceda al ciudadano promedio, y lo que define el nivel de cultura de una nación, especialmente cuando estamos frente a líderes débiles, egolátricos, temerosos, destructivos e incapaces de construir y transformar, porque son el producto del resentimiento, la violencia, el odio, las envidias y los vicios que pululan nuestra sociedad.

martes, 26 de marzo de 2024

De cara la porvenir: hecatombe moral

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal

Espero amable lector que considere que el título de esta columna es demasiado fuerte o que encierra un contenido en verdad terrible.

Pues efectivamente, esa es mi intención.

Gracias a un muy querido amigo me he aproximado hace ya varios años a un sitio web llamado Kiosko donde se encuentran los titulares de los principales periódicos del mundo clasificados por día, continente y país.

Ahora bien, la dramática realidad mundial que se presenta todos los días, llena y saturada de conflictos, de tragedias ambientales, de guerras, de violación de derechos humanos, de casos de corrupción, entre otros variados atentados contra la humanidad, se asemeja al contenido de nuestros noticieros televisivos, donde un poco más del 80 % de las noticias y del tiempo invertido son nefastas en el ámbito local, regional, nacional, continental y planetario, quedando por rescatar únicamente las secciones de deportes y de farándula para acabarnos de idiotizar.

Una reflexión especial es que parece ser que a los espectadores ese es el tipo de noticias que les gusta para satisfacer su morbo, lo cual se refleja en un mayor o menor ranking de audición.

Otro dilecto amigo ha sostenido desde hace ya varios años, que el llamado “proyecto humano” definitivamente ha fracasado y que vamos hacia nuestra propia desaparición. Me he resistido a la idea, pero debo confesar que cada vez me quedo con menos argumentos para tratar de mantener al menos viva la esperanza de que aún estamos a tiempo de recomponer nuestro accionar, vivir más civilizadamente y respetar a la naturaleza en su conjunto.

Otra postura es que no debemos pedirle peras al olmo y reconocer de una vez por todas que el ADN humano es imperfecto y lo que sucede y las acciones que realizamos es lo que los humanos normalmente debemos hacer, sin posturas axiológicas ni pretensiones desmesuradas como especie, en teoría, superior.

Sin colocarme a favor o en contra de los actores que hoy pelean en Gaza, lo que como humano me estremece es que desde hace casi medio año nos estamos acostumbrando a que diariamente se cumpla la cuota de varios centenares de muertos, casi todos civiles, y el resto de la humanidad no dice ni hace nada.

Esa pasividad, ese desinterés, esa impotencia o ese importaculismo nos convierte a todos, sin excepción, en cómplices y en seres amorales.

Lo más grave es que un conflicto es reemplazado por otro en términos de divulgación y de interés de los grandes poderes, lo cual hemos evidenciado con la guerra entre Rusia y Ucrania que ya cumplió su primer año y que parece que va para largo.

Ni que decir del sainete colombiano de la denominada “paz parcial” y ahora de la renombrada “paz total” y del absoluto “desastre social”.

Nos hemos acostumbrado a que diariamente haya muertos por masacres o al detal: líderes sociales, integrantes de la fuerza pública, reinsertados, indígenas, mujeres, turistas, todo tipo de ciudadanos que caen asesinados ante los diferentes tipos de violencia, víctimas de desplazamiento, migrantes e inmigrantes… y todo tan normal. Todo se ha convertido en un simple y frio dato estadístico.

¿Y dónde están los líderes nacionales e internacionales y las instituciones multilaterales creadas para preservar la paz previniendo las guerras?

En cuanto a los líderes, estos ya no existen. Siendo respetuosos, pero claros, ¿Quién le para bolas a los débiles llamados del Papa que hoy por hoy tienen una fuerza proporcional a su débil semblante? ¿Quién sabe siquiera como se llama el secretario general de la ONU? –Entidad absolutamente anacrónica que ha debido ser transformada o suprimida desde la caída del muro de Berlín, pero que hoy solo hace muy bien el papel de zombi–¿Y los Estados Unidos? ¿Y la Comunidad Europea? ¿Y los líderes de las otras religiones? ¿Y China? ¿Y cualquiera que tenga un ápice de sensibilidad humana y compromiso con la humanidad?

Las Instituciones multilaterales se han convertido en un nido de burócratas que, como las personas inútiles, hacen mucho bombo, se creen muy importantes pero sus posturas y sus posiciones son carentes de manera absoluta de la suficiente “fuerza testicular” para asumir posiciones y compromisos como diría nuestro expresidente Julio César Turbay Ayala, expertos en pasar de agache, en dejar constancia y eventualmente en firmar algún acuerdo de carácter paliativo.

Pues bien, cada uno hace los cálculos milimétricos que les permite conservar o dilatar la pérdida de sus grandes, medianos, pequeños o aparentes poderes temporales, mostrando un abierto egoísmo y una absoluta miopía geopolítica y geoeconómica, pues de pronto nos quedamos sin planeta y sin habitantes a quienes dominar y explotar, y ahí sí, todos, a comer estiércol.

Mientras tanto la sociedad civil se ha inventado marchas, conciertos, ayunos, ritos y encuentros todos llenos de simbolismo que finalmente, de no tener la suficiente difusión y continuidad, no alcanzan siquiera a ser reconocidos y no sirven como expresiones y manifestaciones de presión ante los tomadores de decisiones, que de manera displicente las observan a distancia.

La historia nos muestra que una época de estabilidad y bonanza es reemplazada por una época de turbulencia y zozobra y finalmente por una época de caos, todo, como un sinfín, posiblemente para poder volver a empezar, lo cual nos muestra que, en el momento actual, “vamos viento en popa hacia la deriva”.

Siendo así, la historia de la humanidad se puede entender y visualizar como una noria.

¡Qué cansancio!

¡Pobrecitos los que vienen!

viernes, 18 de septiembre de 2020

Se buscan líderes

José Leonardo Rincón Contreras

José Leonardo Rincón, S. J.*

Echando un vistazo global observo que, si por aquí llueve, por otras latitudes no escampa. El vacío efectivo de liderazgo auténtico es enorme. No basta tener el poder, hay que contar con autoridad. No basta gobernar, hay que saber mandar. No basta tener un andamiaje perfecto para controlar, hay que tener respaldo y credibilidad. No basta ocupar los primeros puestos para ser importante, hay que saber servir.

Claro, también es cierto que es muy fácil criticar la corrida de toros desde la barrera, o a los jugadores de fútbol y al árbitro desde la gradería o una cabina de transmisión, o al ciclista que no pudo ascender la cumbre de un premio de montaña desde la sala de televisión, o al jefe porque hizo o no hizo esto o aquello desde el corrillo de lenguas viperinas. De seguro que nunca se han parado solos frente a frente con un miura, no han sido capaces de hacer un solo gol en su vida, no han pedaleado seis horas seguidas subiendo una cuesta, mejor dicho, nunca han tenido ni coraje ni cojones para enfrentarse solos ante grandes retos y toma de decisiones. Pero todos se sienten con derecho a juzgar, descalificar y condenar.

Decía mi mamá que “el que se mete de redentor muere crucificado” porque el pueblo indolente y manipulable es también camaleónico y rastrero. Los mismos que te alabaron el Domingo de Ramos cuando estabas en tu cuarto de hora exitoso, son los mismos que piden crucificarte el Viernes Santo, cuando atraviesas horas difíciles y al caído hay que caerle. Hay que estar preparados y dispuestos para ello. También decía, “uno no es monedita de oro para todos”, “ni se es más porque te alaben ni menos porque te vituperen”. Y también concluía: “el que quiere azul celeste, que le cueste”. Sabiduría de siglos con actual pertinencia.

El líder no nace, se hace. Debe ser auténtico, tener carisma, pasión, ganas, alta capacidad de trabajo, principios y valores bien claros y definidos, capacidad de sacrificio, cuero duro y resistencia, coraje, tesón, capacidad de convocatoria, ascendiente, credibilidad, comportamiento ético, autoridad moral, testimonio de vida, bondad y simpatía, carácter y firmeza, honestidad y transparencia, decisión, eficiencia en la gestión (efectividad + eficacia). Se dirá, un supermán. No, un ser humano de carne y hueso, pero sí un líder de verdad.

No necesitamos mesías. El mesías verdadero, el auténtico, ya vino hace dos mil años y esta es la hora que no le hemos hecho caso. Los otros son seudos, son falsos. Engañan, mienten, generan pánico, dividen y polarizan, levantan muros, incitan al odio, la destrucción, la violencia, la muerte y la guerra. Se mueven por mezquinos intereses, son vengativos, adulan y son obsecuentes hasta que traicionan, hoy sonríen mañana apuñalan, amigos del dinero fácil quieren lucrarse y enriquecerse pronto, ladrones y corruptos. Alimentan su ego de manera insaciable, voraces del poder se sienten morir cuando lo pierden. Se creen imprescindibles y eternos. Se les olvida que son efímeros, que hoy les hacen estatuas y mañana se las derriban. ¡Se buscan líderes!

viernes, 10 de mayo de 2019

Yo, yo y solo yo


José Leonardo Rincón, S. J.*

Pedro Juan González Carvajal
El cuento ese de que hay gente que tiene como lema: “primero yo, segundo yo…y de últimas yo” no es tan cuento, ni es reforzado, ni mucho menos es increíble. ¡Es real!

Conocidos los detalles del absurdo accidente del avión ruso que se incendió en su parte trasera y que le costó la vida a 41 personas, lo que uno no puede creer es que estas muertes hayan sido tantas precisamente porque un señor se empecinó en bajarse del avión con su equipaje de mano que tenía en el compartimento superior y hasta que no lo hizo a su ritmo y como quiso no se movió durante interminables y fatales segundos que habrían podido salvar más vidas. La reprochable actitud egoísta de este señor no concluyó ahí. Una vez en el aeropuerto se fue al counter de la aerolínea a exigir le devolvieran el dinero de su tiquete y a reportar el mal trato que había sufrido de parte de la tripulación que a gritos le exigía no obstaculizar la apremiante evacuación del avión en llamas. Con razón las autoridades locales debieron custodiarlo ante la multitud que quería lincharlo.

Pero él no fue la única infeliz estrella de tan inverosímil película. Se supo también que otros pasajeros contribuyeron de similar manera al desastre y a que se cremaran sus compañeros de viaje, al detenerse unos instantes a tomarse sus selfies y a registrar con fotos y videos cómo ardía la aeronave en tan histórica como trágica jornada. Hasta dónde somos capaces de llegar. Como para no creerlo, ¿verdad?

Eso ocurrió esta semana en Rusia, pero por Macondo ocurre a diario. Ya he sabido el caso de dos personas amigas, una de ellas secretaria en la facultad donde trabajábamos, a quienes en Transmilenio, caídas ellas por accidente al entrar a los buses articulados, literalmente, les pasaron por encima, pisoteándolas y machacándolas, sin importarles nada, porque había que entrar con urgencia a coger un puesto. Estas personas estuvieron incapacitadas varias semanas y si no les fue peor, fue por la gracia de Dios. Pero pasa a diario y a toda hora en nuestro medio. Cuando hay filas para entrar a algún evento, no falta el avispado que intente colarse. Y no falta el descarado que songo sorongo lo logre sin inmutarse más mínimamente. En carretera, cuando todos los conductores esperan pacientemente a que se dé vía libre, no falta el sinvergüenza que olímpicamente traspase a todos y se meta de primero. Y en nuestras calles cuando se presentan a diario embotellamientos, no hay poder humano para que alguien permita que otro se adelante, ingrese a la fila o pueda pasar al otro lado. No, no y no. Como si con tan egoístas comportamientos se ganase tiempo.

En otra ocasión les conté cómo hay conductores que, ensimismados en sus celulares, se abstraen en su mundillo de tal manera que lo que pasa a su alrededor les importa un bledo. Que se puso el tráfico en movimiento, no importa. Que el semáforo cambió a verde y hay que avanzar, no importa. Una señora recibió una llamada, pero como no podía orillarse porque estaban las dos aceras completamente copadas, decidió parar y hablar tranquilamente sin inmutarse nada ante los pitos, gritos y hasta insultos que le proferían. Para ella era más importante su llamada que las urgencias y el desespero de los otros.

Y a propósito de celulares, yo no sé por qué la gente tiene que subir el tono de la voz cuando contesta. Todos hablamos a gritos. ¿Será que son tan malos esos aparatos? Lo más grave es cuando se está en un recinto cerrado y todos los circundantes tienen que enterarse de la conversación completa que el otro sostiene. Esos aparatos, inventados para comunicarnos y acercarnos han logrado aislarnos de tal modo que uno ve en un restaurante mesas de cuatro y hasta de familias o grupos que están todos ahí, pero cada uno concentrado en su celular. Por eso me encantó un letrero a la entrada de uno de estos sitios: Aquí no tenemos Wi-Fi para que ustedes puedan conversar.

Esas manifestaciones de craso egoísmo no se improvisan. ¡En la mala educación que recibimos nos enseñan a ser avispados, a no dejarnos, a colarse sin que los otros se den cuenta, a buscar el atajo, a hacer trampa, a coger lo mejor, a no ser bobos! Se trata de una gananciosa actitud que resulta, a la postre, desastrosa. Pero también en la buena educación hasta para conjugar los verbos primero va el yo, luego el tú, el nosotros y de últimas ellos…

No es que sea malo pensar en uno mismo. No. Por el contrario, es saludable y muy importante conocerse, aceptarse, quererse. Pero hasta cierto punto hay que alimentar el ego. El mandamiento habla de amar a Dios y al prójimo, como a sí mismo. Esto es sano y conveniente. Pero el nuevo mandamiento del amor habla de que no hay mayor amor que dar la vida por los otros y esto es realmente lo que le da sentido a la vida: ser capaz de salir “de su propio amor, querer e interés” (la frase es de Ignacio de Loyola) para transformar ese amor en entrega y servicio. Equívocamente la gente cree que la felicidad es satisfacer a tope su ego con el poder, el placer, el tener. Eso llena temporal y parcialmente, pero deja al final una sensación de vacío y enorme insatisfacción. Con sabia razón, Rabindranath Tagore afirmaba: “Soñé que la vida era felicidad. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y descubrí que la felicidad estaba en el servicio”. De manera que lo mejor sería conjugar los verbos al revés: primero ellos, después nosotros, luego tú y, finalmente, yo. Aunque parezca absurdo, creo, sería lo mejor y lo más conveniente. Prueben con los que tienen alrededor y luego hablamos.