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martes, 26 de marzo de 2024

De cara la porvenir: hecatombe moral

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal

Espero amable lector que considere que el título de esta columna es demasiado fuerte o que encierra un contenido en verdad terrible.

Pues efectivamente, esa es mi intención.

Gracias a un muy querido amigo me he aproximado hace ya varios años a un sitio web llamado Kiosko donde se encuentran los titulares de los principales periódicos del mundo clasificados por día, continente y país.

Ahora bien, la dramática realidad mundial que se presenta todos los días, llena y saturada de conflictos, de tragedias ambientales, de guerras, de violación de derechos humanos, de casos de corrupción, entre otros variados atentados contra la humanidad, se asemeja al contenido de nuestros noticieros televisivos, donde un poco más del 80 % de las noticias y del tiempo invertido son nefastas en el ámbito local, regional, nacional, continental y planetario, quedando por rescatar únicamente las secciones de deportes y de farándula para acabarnos de idiotizar.

Una reflexión especial es que parece ser que a los espectadores ese es el tipo de noticias que les gusta para satisfacer su morbo, lo cual se refleja en un mayor o menor ranking de audición.

Otro dilecto amigo ha sostenido desde hace ya varios años, que el llamado “proyecto humano” definitivamente ha fracasado y que vamos hacia nuestra propia desaparición. Me he resistido a la idea, pero debo confesar que cada vez me quedo con menos argumentos para tratar de mantener al menos viva la esperanza de que aún estamos a tiempo de recomponer nuestro accionar, vivir más civilizadamente y respetar a la naturaleza en su conjunto.

Otra postura es que no debemos pedirle peras al olmo y reconocer de una vez por todas que el ADN humano es imperfecto y lo que sucede y las acciones que realizamos es lo que los humanos normalmente debemos hacer, sin posturas axiológicas ni pretensiones desmesuradas como especie, en teoría, superior.

Sin colocarme a favor o en contra de los actores que hoy pelean en Gaza, lo que como humano me estremece es que desde hace casi medio año nos estamos acostumbrando a que diariamente se cumpla la cuota de varios centenares de muertos, casi todos civiles, y el resto de la humanidad no dice ni hace nada.

Esa pasividad, ese desinterés, esa impotencia o ese importaculismo nos convierte a todos, sin excepción, en cómplices y en seres amorales.

Lo más grave es que un conflicto es reemplazado por otro en términos de divulgación y de interés de los grandes poderes, lo cual hemos evidenciado con la guerra entre Rusia y Ucrania que ya cumplió su primer año y que parece que va para largo.

Ni que decir del sainete colombiano de la denominada “paz parcial” y ahora de la renombrada “paz total” y del absoluto “desastre social”.

Nos hemos acostumbrado a que diariamente haya muertos por masacres o al detal: líderes sociales, integrantes de la fuerza pública, reinsertados, indígenas, mujeres, turistas, todo tipo de ciudadanos que caen asesinados ante los diferentes tipos de violencia, víctimas de desplazamiento, migrantes e inmigrantes… y todo tan normal. Todo se ha convertido en un simple y frio dato estadístico.

¿Y dónde están los líderes nacionales e internacionales y las instituciones multilaterales creadas para preservar la paz previniendo las guerras?

En cuanto a los líderes, estos ya no existen. Siendo respetuosos, pero claros, ¿Quién le para bolas a los débiles llamados del Papa que hoy por hoy tienen una fuerza proporcional a su débil semblante? ¿Quién sabe siquiera como se llama el secretario general de la ONU? –Entidad absolutamente anacrónica que ha debido ser transformada o suprimida desde la caída del muro de Berlín, pero que hoy solo hace muy bien el papel de zombi–¿Y los Estados Unidos? ¿Y la Comunidad Europea? ¿Y los líderes de las otras religiones? ¿Y China? ¿Y cualquiera que tenga un ápice de sensibilidad humana y compromiso con la humanidad?

Las Instituciones multilaterales se han convertido en un nido de burócratas que, como las personas inútiles, hacen mucho bombo, se creen muy importantes pero sus posturas y sus posiciones son carentes de manera absoluta de la suficiente “fuerza testicular” para asumir posiciones y compromisos como diría nuestro expresidente Julio César Turbay Ayala, expertos en pasar de agache, en dejar constancia y eventualmente en firmar algún acuerdo de carácter paliativo.

Pues bien, cada uno hace los cálculos milimétricos que les permite conservar o dilatar la pérdida de sus grandes, medianos, pequeños o aparentes poderes temporales, mostrando un abierto egoísmo y una absoluta miopía geopolítica y geoeconómica, pues de pronto nos quedamos sin planeta y sin habitantes a quienes dominar y explotar, y ahí sí, todos, a comer estiércol.

Mientras tanto la sociedad civil se ha inventado marchas, conciertos, ayunos, ritos y encuentros todos llenos de simbolismo que finalmente, de no tener la suficiente difusión y continuidad, no alcanzan siquiera a ser reconocidos y no sirven como expresiones y manifestaciones de presión ante los tomadores de decisiones, que de manera displicente las observan a distancia.

La historia nos muestra que una época de estabilidad y bonanza es reemplazada por una época de turbulencia y zozobra y finalmente por una época de caos, todo, como un sinfín, posiblemente para poder volver a empezar, lo cual nos muestra que, en el momento actual, “vamos viento en popa hacia la deriva”.

Siendo así, la historia de la humanidad se puede entender y visualizar como una noria.

¡Qué cansancio!

¡Pobrecitos los que vienen!

jueves, 5 de octubre de 2023

Desesperanza democrática en el mar de las soberbias

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

El país está solo, sin nadie que lo defienda, abandonado en el mar de las soberbias. Esta no es una crítica, es un llamado a una guerra, indeseada, inevitable, forzada por la polarización social en su manifestación más extrema: el culto al odio y al resentimiento.

Mientras la sociedad se pierde en la dialéctica entelequia que confunde el verdadero significado de los conceptos de igualdad y de equidad, la economía se derrumba al igual que la defensa de la constitución y las leyes pierden el respaldo del honor militar y con ello el seguro del Estado gendarme.

Quedó el humilde transeúnte dominado por la embestida de las fuerzas del mal hoy en pleno ejercicio del poder político y el país del Sagrado Corazón de Jesús, no cuenta ya ni con la esperanza de acción divina que sacó a Daniel ileso del patio de los leones.

A la esperanza la reemplazó el reino de la impotencia ante la ilegalidad amparada por la impunidad, enmascarada en el iluso discurso de paz que nos inocularon los soberbios que viven en las nubes de los cielos y los que divagan por las estrellas del universo.

La coronación de la impunidad en procura de una paz utópica le dio el poder a la delincuencia organizada con careta ideológica y destruyó la seguridad ciudadana. El clientelismo destruyó la independencia de poderes. El populismo finiquitó la coerción social. La aclamación de la corrupción electoral disfrazada de garantismo minoritario a la autocracia promotora del cambio guillotinó el debido equilibrio entre las obligaciones cívicas y el derecho a los derechos, estrangulando las libertades y las garantías ciudadanas, creando el reino del populismo ideológico. Y ni hablemos de ausencia de transparencia en la gestión pública, perdida en medio del saqueo burocrático que viven las arcas del Estado y la actividad privada en el país, ni de la cultura de la coca, convertida en el culto a la ideología mafiosa elegantemente envuelta en el empaque del socialismo del siglo XXI.

Aquello que se denominó sociedad civil, con la floración de las organizaciones no gubernamentales al entrar a este milenio, se pasó de rosca y perdió sus fuerzas que se fundamentaban en el apoyo asociativo de los gremios y entidades cívicas, desapareciendo como concepto estabilizador en procura del equilibrio y el bienestar social e institucional.

Aquí se perdió el sentido de una sociedad civil cuando la izquierda apeló a los derechos humanos, al ambientalismo y a otras agendas, como disculpa para el abandono del matrimonio con la tradición de nuestra democracia y pasó a vivir un público concubinato con el narco comunismo.

Hoy la sanción social y el peso de la justicia sólo existen en la indignación temporal de cada escándalo mediático seguido de otro de talla superior.

¿Para qué muñecos y payasos como los dirigentes gremiales y los exlíderes políticos que ni solidarios entre ellos mismos son? El consejo gremial es un mecanismo inerte, antiliderazgo, que flaco favor hace al sistema de libre empresa.

Nadie hay en los gremios capaz hoy de convocar a los empresarios, sin los cuales muere el concepto de emprendimiento y las oportunidades de trabajo y sin trabajadores, el sindicalismo. Sin economía no hay país, y para poder tener un país próspero hay que luchar y estar dispuesto a sacrificarse por él.

Nadie ya es capaz de mover la gente por el camino de la defensa de la legalidad y el emprendimiento en procura de mayor equidad. Palabras que se quedaron en lemas por temor a las críticas, y por la timidez ideológica en las acciones desde el poder del Estado cuando estaba en manos de personas capaces y bien intencionadas, pero que no comprendieron la magnitud de la alianza entre el populismo y el narcoterrorismo en procura del poder y no fueron capaces de enjaular la verdadera bestia.

Vivimos el fracaso total de las estructuras políticas, decapitadas por las vanidades y los egos partidistas y de los políticos al convivir con la morralla que mató la moral y la ética en el parlamento y su incremental mamatoco con la vencida magnificencia de la justicia, que perdió desde lo de Cuba la virginal condición de ser implacable, pasando a servir mejor la conveniencia, el engaño y la mentira, que a su misión de búsqueda de la verdad.

La incapacidad de hacer valer el mandato del constituyente primario del 2016, terminó siendo un pecado capital que aún sigue representando la gran deuda política con el pueblo y permitió que pasáramos de la anarquía democrática a la autocracia cleptócrata que hoy nos caracteriza.

Vivimos la entrega colectiva del pueblo a su propio verdugo, representado por una ideología putrefacta que, como la semilla vencida, jamás germina y sólo produce desolación y hambre.

No comprendimos que cuando la razón se oculta tras la cobardía de no aceptar que el entendimiento ha fracasado, sólo queda la fuerza. Y no fuimos capaces de vencer al enemigo cuando debimos haberlo vencido por compromiso patrio.

Tristemente nos quedamos sin cosecha pues en este mar de las soberbias y el individualismo de la politiquería, nadie sacrifica nada por nada ni por nadie. Aquí por exceso de democracia triunfa la ignorancia sobre la educación, la cultura, el sentido común y el deber ser.

Ya sólo observamos indiferentes, la manera como un guerrillero activo convertido en presidente, sus secuaces y los oportunistas aduladores de su conducta adicta y mentecata, como el cáncer de la sociedad, se tragan una a una las instituciones democráticas y las convierten en multiplicadores de la merma colectiva, mientras todos seguimos aferrados cobardemente a la mísera prudencia.

Lo que ocurre en Colombia es algo inédito. Están las regiones de todo el país acechadas por fuerzas insurgentes armadas que, paradójicamente están alimentadas en su odio y su resentimiento por el mismo Estado.

Vergüenza e impotencia como la del eunuco, la de ver a quienes pudieron evitar el desastre sumidos en el bazar de los avales, en la vanidosa auto adulación y en la maniquea figuración mediática y la alevosa esterilidad del Twitter o X, y otras redes, cuando la realidad de las regiones clama ayuda ante el inevitable sufrimiento de una guerra civil.

Tristemente la polarización social borró las diferencias entre la amenaza de una revolución destructiva y la debida transformación en procura del bienestar social. Que sea pronto y no tarde que las nuevas generaciones entiendan que la única solución a la coerción de la libertad y a esta desesperanza es el orden, pues ya aquí los hechos superan el poder de la palabra y la razón.