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viernes, 24 de enero de 2025

Dolor de Patria

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Ausencia total de un “propósito país”

No se puede ser una democracia y cogobernar con el narcoterrorismo. Colombia deambula entre las pútridas decisiones de quienes le cambiaron el sistema operativo al país. Pasamos de un sistema de libertades democráticas a un Estatismo destructor de las garantías sociales y los mecanismos lícitos de generación de valor y formación de capitales públicos y privados.

Estamos en manos del engaño permanente de un Gobierno ilegítimo, que según conveniencia se define y obra como revolucionario, se vale de una servil cleptocracia y es complaciente y cómplice de una multiplicidad de organizaciones criminales narcoterroristas. La preocupación de la gente del común es tremenda, pero resulta estéril ante la negación tolerante e irresponsable de quienes nos representan como dirigentes de la institucionalidad democrática.

La gente se pregunta cuál es la probabilidad de una elección limpia en el 2026 ante una manifiesta total ausencia de propósito país y una desconfianza generalizada en las volátiles estructuras partidistas y la debilidad de las figuras que resultan de una selección improvisada controlada por medios y encuestadoras.

Un propósito de país solo emana de la determinación y el valor que demanda la voluntad política de asumir los altos costos que implica hacer lo realmente correcto. No se limita a asumir las convicciones ideológicas “progre o woke”, y quedar atrapados en lo políticamente correcto y en la suscripción obligada de las agendas minoritarias impuestas a las mayorías.

Donde prima el interés personal de los políticos y los líderes que adolecen de una auténtica voluntad de servicio, se vende la libertad y se elimina el interés general y el bien común. Caímos en una trampa cultural propia de la dialéctica inversa del populismo, y no logra el país producir los planteamientos y las acciones necesarias para recobrar el camino del desarrollo socioeconómico.

Vivimos en un entrampamiento ideológico, donde el jarabe que nos han vendido en el frasco etiquetado como “Solución de Paz”, no es remedio, sino veneno mata ratas. Están las fronteras y los corredores de narcotráfico convertidos en “Franjas” dominadas por el narcoterrorismo.

La génesis de la revolución en Colombia pasa por una histórica divergencia ideológica que optó por la ilegalidad y la violencia al considerar ilegítimo un Estado constitucional. Algo que con el tiempo degeneró en una anarquía donde todas las organizaciones criminales mutaron al narcoterrorismo. Ahora paradójicamente, lo que fuera una insurgencia guerrillera ideológica se convirtió en una multiplicidad de grupos paramilitares auspiciados y al servicio de los gobernantes revolucionarios que representan el modelo de gobierno del socialismo comunista del siglo XXI.

Hoy, a una destrucción institucional sistemática, solo se opone una tímida y cómoda mediocridad gremial, la corruptela barata de la politiquera clientelista y la lánguida dignidad de las togas embolatada en el bazar judicial. No puede prosperar una tierra donde no se respeta a los soldados y policías de la patria, donde los criminales en lugar de ir a la cárcel son convertidos en ciudadanos de mejor derecho al ser nombrados gestores de paz. Qué macabra ironía. Ahora solo falta que los nombren generales de la República.

Los colombianos no contamos hoy con un Estado que proteja la vida y garantice la seguridad física y la salud de los ciudadanos. Dejamos que este Gobierno destruyera el sistema de libertades que permitía la propiedad y el emprendimiento privado, las asociaciones público-privadas y la eficiencia de las empresas de la nación que han sido los flotadores del erario.

Dura es la lucha contra la ignorancia propia del desespero social que limita la nación a la cultura mafiosa del rebusque, a las voluntades individuales, al abuso de la ley por parte del propio Estado quedando todo supeditado a la egolatría y a las vanidades que ostentan el poder.

El comunismo internacional como sistema de control del poder es activista, estatista y esclavista, y adopta nuevas versiones promotoras y validadoras del narcoterrorismo, creando tiranías regionales disfrazadas de democracias “progresistas modelo siglo XXI” que generan más injusticia e inequidad y acrecientan la brecha de la desigualdad económica. Algo que solo se cierra mediante la generación de riqueza aplicada a los medios productivos bajo las reglas lógicas de las libertades económicas y de mercado.

El mal llamado “progresismo”: prefiere un concubinato con la ilegalidad a la ortodoxia. Desprecia el hecho de que la seguridad y la salud de la ciudadanía empiecen por la debida nutrición infantil garantía del debido desarrollo cerebral, físico y comportamental de los jóvenes. Y relega el manejo de la cosa pública al inmediatismo mediático desestimando la importancia de mantener una actividad económica productiva creciente de donde provienen los ingresos del Estado.

El “progresismo” ignora la cultura de obediencia y respeto a la ley como elemento esencial de generación de la seguridad, sin la cual no puede existir la confianza ciudadana en conducción del Estado, de la economía, la generación de nuevas oportunidades de negocio y la atracción de inversión que generan crecimiento y empleos de lo cual dependen los ingresos de los hogares y del Estado. Ignora que no puede haber progreso ni desarrollo si no se invierte en un mayor nivel de educación y capacitación que les permita a los negocios seleccionar, adquirir, adoptar, adaptar e implantar nuevas tecnologías para ser más productivos y competitivos. Ignora que la proliferación de la formación de capitales ilícitos no transforma, destruye y contamina toda la actividad económica, impide la formación y administración de políticas públicas eficientes y estrangula la confianza inversionista que habilita la formación de actividad económica y capitales lícitos y formales.

Los cambios pueden ser avances o retrocesos. La civilización ha avanzado mediante cambios transformaciones propios de una función tecnológica que implican la formación de capitales lícitos que apalancan el crecimiento y el desarrollo. Los retrocesos son el producto de la irresponsabilidad de los líderes y los gobernantes revolucionarios fundamentados en el control Estatizado de las libertades destruyendo toda la seguridad ciudadana y desarrollo socioeconómico.

jueves, 5 de octubre de 2023

Desesperanza democrática en el mar de las soberbias

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

El país está solo, sin nadie que lo defienda, abandonado en el mar de las soberbias. Esta no es una crítica, es un llamado a una guerra, indeseada, inevitable, forzada por la polarización social en su manifestación más extrema: el culto al odio y al resentimiento.

Mientras la sociedad se pierde en la dialéctica entelequia que confunde el verdadero significado de los conceptos de igualdad y de equidad, la economía se derrumba al igual que la defensa de la constitución y las leyes pierden el respaldo del honor militar y con ello el seguro del Estado gendarme.

Quedó el humilde transeúnte dominado por la embestida de las fuerzas del mal hoy en pleno ejercicio del poder político y el país del Sagrado Corazón de Jesús, no cuenta ya ni con la esperanza de acción divina que sacó a Daniel ileso del patio de los leones.

A la esperanza la reemplazó el reino de la impotencia ante la ilegalidad amparada por la impunidad, enmascarada en el iluso discurso de paz que nos inocularon los soberbios que viven en las nubes de los cielos y los que divagan por las estrellas del universo.

La coronación de la impunidad en procura de una paz utópica le dio el poder a la delincuencia organizada con careta ideológica y destruyó la seguridad ciudadana. El clientelismo destruyó la independencia de poderes. El populismo finiquitó la coerción social. La aclamación de la corrupción electoral disfrazada de garantismo minoritario a la autocracia promotora del cambio guillotinó el debido equilibrio entre las obligaciones cívicas y el derecho a los derechos, estrangulando las libertades y las garantías ciudadanas, creando el reino del populismo ideológico. Y ni hablemos de ausencia de transparencia en la gestión pública, perdida en medio del saqueo burocrático que viven las arcas del Estado y la actividad privada en el país, ni de la cultura de la coca, convertida en el culto a la ideología mafiosa elegantemente envuelta en el empaque del socialismo del siglo XXI.

Aquello que se denominó sociedad civil, con la floración de las organizaciones no gubernamentales al entrar a este milenio, se pasó de rosca y perdió sus fuerzas que se fundamentaban en el apoyo asociativo de los gremios y entidades cívicas, desapareciendo como concepto estabilizador en procura del equilibrio y el bienestar social e institucional.

Aquí se perdió el sentido de una sociedad civil cuando la izquierda apeló a los derechos humanos, al ambientalismo y a otras agendas, como disculpa para el abandono del matrimonio con la tradición de nuestra democracia y pasó a vivir un público concubinato con el narco comunismo.

Hoy la sanción social y el peso de la justicia sólo existen en la indignación temporal de cada escándalo mediático seguido de otro de talla superior.

¿Para qué muñecos y payasos como los dirigentes gremiales y los exlíderes políticos que ni solidarios entre ellos mismos son? El consejo gremial es un mecanismo inerte, antiliderazgo, que flaco favor hace al sistema de libre empresa.

Nadie hay en los gremios capaz hoy de convocar a los empresarios, sin los cuales muere el concepto de emprendimiento y las oportunidades de trabajo y sin trabajadores, el sindicalismo. Sin economía no hay país, y para poder tener un país próspero hay que luchar y estar dispuesto a sacrificarse por él.

Nadie ya es capaz de mover la gente por el camino de la defensa de la legalidad y el emprendimiento en procura de mayor equidad. Palabras que se quedaron en lemas por temor a las críticas, y por la timidez ideológica en las acciones desde el poder del Estado cuando estaba en manos de personas capaces y bien intencionadas, pero que no comprendieron la magnitud de la alianza entre el populismo y el narcoterrorismo en procura del poder y no fueron capaces de enjaular la verdadera bestia.

Vivimos el fracaso total de las estructuras políticas, decapitadas por las vanidades y los egos partidistas y de los políticos al convivir con la morralla que mató la moral y la ética en el parlamento y su incremental mamatoco con la vencida magnificencia de la justicia, que perdió desde lo de Cuba la virginal condición de ser implacable, pasando a servir mejor la conveniencia, el engaño y la mentira, que a su misión de búsqueda de la verdad.

La incapacidad de hacer valer el mandato del constituyente primario del 2016, terminó siendo un pecado capital que aún sigue representando la gran deuda política con el pueblo y permitió que pasáramos de la anarquía democrática a la autocracia cleptócrata que hoy nos caracteriza.

Vivimos la entrega colectiva del pueblo a su propio verdugo, representado por una ideología putrefacta que, como la semilla vencida, jamás germina y sólo produce desolación y hambre.

No comprendimos que cuando la razón se oculta tras la cobardía de no aceptar que el entendimiento ha fracasado, sólo queda la fuerza. Y no fuimos capaces de vencer al enemigo cuando debimos haberlo vencido por compromiso patrio.

Tristemente nos quedamos sin cosecha pues en este mar de las soberbias y el individualismo de la politiquería, nadie sacrifica nada por nada ni por nadie. Aquí por exceso de democracia triunfa la ignorancia sobre la educación, la cultura, el sentido común y el deber ser.

Ya sólo observamos indiferentes, la manera como un guerrillero activo convertido en presidente, sus secuaces y los oportunistas aduladores de su conducta adicta y mentecata, como el cáncer de la sociedad, se tragan una a una las instituciones democráticas y las convierten en multiplicadores de la merma colectiva, mientras todos seguimos aferrados cobardemente a la mísera prudencia.

Lo que ocurre en Colombia es algo inédito. Están las regiones de todo el país acechadas por fuerzas insurgentes armadas que, paradójicamente están alimentadas en su odio y su resentimiento por el mismo Estado.

Vergüenza e impotencia como la del eunuco, la de ver a quienes pudieron evitar el desastre sumidos en el bazar de los avales, en la vanidosa auto adulación y en la maniquea figuración mediática y la alevosa esterilidad del Twitter o X, y otras redes, cuando la realidad de las regiones clama ayuda ante el inevitable sufrimiento de una guerra civil.

Tristemente la polarización social borró las diferencias entre la amenaza de una revolución destructiva y la debida transformación en procura del bienestar social. Que sea pronto y no tarde que las nuevas generaciones entiendan que la única solución a la coerción de la libertad y a esta desesperanza es el orden, pues ya aquí los hechos superan el poder de la palabra y la razón.

sábado, 14 de mayo de 2022

¡Los ladrones solo son amigos hasta que se reparte el botín!

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez*

El mundo y la región tienen los ojos puestos en las elecciones colombianas. Recordemos que los ladrones son amigos hasta el momento de repartir, y el botín en este caso, son los próximos comicios presidenciales.

Nos muestra la historia que las democracias empiezan a perderse cuando el ciudadano pierde la confianza en el sistema electoral, y empiezan a caer cuando al menos uno de los contendores con posibilidades está por encima de la ley, cuenta con recursos ilimitados, tiene respaldo armado y se vale del terror para amedrentar a la población.

Es hora de que el país entero juegue con la camiseta de ganar y vote por la libertad, rechazando los ataques de las fuerzas que nos quieren convertir en perdedores y llevarnos al decrecimiento y la autodestrucción. Esto no se soluciona firmando más acuerdos lisonjeros, con los cuales solo se legitima lo que los ilegales nunca van a cumplir.

Llegó el momento de unirnos frente a una compleja realidad; la infiltración ideológica de quienes han sido victimarios, en el sistema educativo y en muchas entidades del Estado como la justicia, el parlamento y los entes de control. Tenemos que pronunciarnos en contra de la forma como están amenazando a los trabajadores para que no puedan ir a laborar y sientan miedo de votar, generando angustias y destrucción de valor en las poblaciones más afectadas por el microtráfico y el narcotráfico.

Los colombianos somos un pueblo honrado y trabajador. No le apostemos más a las falsas promesas de asesinos, cacos, ideólogos resentidos, terroristas y seres degenerados que hablan de arreglar el país mientras amenazan con terrorismo, estatización, concesión de perdón social y creación de mecanismos jurídicos absolutorios a los actores y a las acciones de la violenta delincuencia criminal.

Exijamos que quienes nos gobiernen y lideren sean personas buenas, honorables, preparadas y con voluntad de servicio, no quienes han traspasado la barrera criminal destruyendo y eliminando vidas humanas, ni quienes los acolitan. Aprendamos que ni con el terrorismo, ni bajo amenazas de terror alguno se puede acordar o pactar nada. Eso es una burla y un negocio.

No permitamos en Colombia, lo que ya ocurrió en las dictaduras que destruyeron Cuba, Venezuela y Nicaragua, ni lo que sucedió en Bolivia, Chile, Perú, Argentina y México. No hay reversa democrática una vez se toma el poder alguien respaldado por el crimen organizado que le imponga al pueblo un régimen totalitario narco-comunista fundamentado en el resentimiento, el odio de clases y los discursos que favorecen a las minorías comprometidas y excluyen el interés general.

Si en Colombia elegimos a una persona cuya formación y trayectoria está por fuera del marco de la legalidad, y si optamos por un sistema contrario a la libertad de empresa, ¿cómo hará el estado para mantenernos a todos, cuando no existan negocios e inversionistas lícitos que generen ingresos, puestos de trabajo y paguen los impuestos?

¿Cómo hará el país y los próximos gobiernos para poder financiar su gasto operativo y la inversión social, si elegimos un sistema que sea complaciente con toda suerte de actividades ilegales, como son la deforestación para la siembra de coca, la producción de cocaína, la minería ilegal y el contrabando, y que no dé estabilidad jurídica ni garantías a la inversión doméstica y extranjera?

¿Cómo puede un gobierno aliado con el terrorismo, que se oponga a la economía de mercados y a la producción tecnificada y debidamente mitigada de hidrocarburos y minerales, mantener un nivel de deuda sostenible, invertir en preservar y mantener el medio ambiente y transformarnos en una economía de servicios?

La única forma es realizando ahora una juiciosa extracción legal, moderna y tecnificada de recursos naturales, como única actividad que le genera regalías al Estado y a las regiones, de modo que la curva de ingresos de la hacienda pública no sea cada día más insuficiente frente a una mayor demanda agregada de una población joven que requiere más educación, empleo, salud, energía, infraestructura básica y de transporte, comunicaciones, etcétera.

La elección que se avecina no es sobre la relatividad ideológica entre izquierda y derecha. Lo que está en juego es la libertad de toda una nación. Los procesos revolucionarios sean abiertos o enmascarados, pseudo democráticos o nuevas modalidades de dictaduras, son aceleradores del empobrecimiento colectivo y una forma clara de opresión e injusticia social generalizada.

No hace sentido reemplazar la constante lucha del Estado contra la corrupción, por un sistema totalmente corrupto, totalitario, narco-comunista, financiado por la ilegalidad y la devastación social y ambiental de que se nutre la criminalidad en todas sus formas y manifestaciones, y que pretende cambiar el referente de los valores que soportan nuestra normatividad y nuestra libre movilidad económica.

Cuidado que el candidato del narcoterrorismo no es Clístenes, ni las circunstancias del mundo actual son las de Grecia antigua, ni las de Francia al derrocar la monarquía. Lo que puede ocurrir en Colombia, que ha sido por 212 años una democracia constitucionalista republicana, imperfecta pero libre y con una sólida institucionalidad, es la instauración de un totalitarismo narco-comunista.

El malvado y nefasto tartufo, fue quien en Colombia convirtió lo ilegal en legal. Fue quien le dio pasaporte social a la criminalidad con su acuerdo de paz, y por ese detalle, esto se puede calentar feo e incluso llevarnos a una guerra civil.

Ese muñeco diabólico, su perverso titiritero y toda su pandilla, fueron quienes compraron la cuestionable enmienda constitucional con que le abrieron la posibilidad a toda suerte de criminales de participar en política y de ocupar cargos públicos, disfrazando de cambio a la dialéctica demagógica del populismo que siempre se vale del engaño para abusar de desinformados, inconformes, inútiles e ignorantes.

La pregunta es, ¿cuál cambio?, ¿cambio positivo para bien, con esfuerzo, trabajo y sacrificios? o ¿cambio para mal de manera facilista que nos lleve a una irrecuperable destrucción de valores y valor?