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jueves, 5 de octubre de 2023

Desesperanza democrática en el mar de las soberbias

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

El país está solo, sin nadie que lo defienda, abandonado en el mar de las soberbias. Esta no es una crítica, es un llamado a una guerra, indeseada, inevitable, forzada por la polarización social en su manifestación más extrema: el culto al odio y al resentimiento.

Mientras la sociedad se pierde en la dialéctica entelequia que confunde el verdadero significado de los conceptos de igualdad y de equidad, la economía se derrumba al igual que la defensa de la constitución y las leyes pierden el respaldo del honor militar y con ello el seguro del Estado gendarme.

Quedó el humilde transeúnte dominado por la embestida de las fuerzas del mal hoy en pleno ejercicio del poder político y el país del Sagrado Corazón de Jesús, no cuenta ya ni con la esperanza de acción divina que sacó a Daniel ileso del patio de los leones.

A la esperanza la reemplazó el reino de la impotencia ante la ilegalidad amparada por la impunidad, enmascarada en el iluso discurso de paz que nos inocularon los soberbios que viven en las nubes de los cielos y los que divagan por las estrellas del universo.

La coronación de la impunidad en procura de una paz utópica le dio el poder a la delincuencia organizada con careta ideológica y destruyó la seguridad ciudadana. El clientelismo destruyó la independencia de poderes. El populismo finiquitó la coerción social. La aclamación de la corrupción electoral disfrazada de garantismo minoritario a la autocracia promotora del cambio guillotinó el debido equilibrio entre las obligaciones cívicas y el derecho a los derechos, estrangulando las libertades y las garantías ciudadanas, creando el reino del populismo ideológico. Y ni hablemos de ausencia de transparencia en la gestión pública, perdida en medio del saqueo burocrático que viven las arcas del Estado y la actividad privada en el país, ni de la cultura de la coca, convertida en el culto a la ideología mafiosa elegantemente envuelta en el empaque del socialismo del siglo XXI.

Aquello que se denominó sociedad civil, con la floración de las organizaciones no gubernamentales al entrar a este milenio, se pasó de rosca y perdió sus fuerzas que se fundamentaban en el apoyo asociativo de los gremios y entidades cívicas, desapareciendo como concepto estabilizador en procura del equilibrio y el bienestar social e institucional.

Aquí se perdió el sentido de una sociedad civil cuando la izquierda apeló a los derechos humanos, al ambientalismo y a otras agendas, como disculpa para el abandono del matrimonio con la tradición de nuestra democracia y pasó a vivir un público concubinato con el narco comunismo.

Hoy la sanción social y el peso de la justicia sólo existen en la indignación temporal de cada escándalo mediático seguido de otro de talla superior.

¿Para qué muñecos y payasos como los dirigentes gremiales y los exlíderes políticos que ni solidarios entre ellos mismos son? El consejo gremial es un mecanismo inerte, antiliderazgo, que flaco favor hace al sistema de libre empresa.

Nadie hay en los gremios capaz hoy de convocar a los empresarios, sin los cuales muere el concepto de emprendimiento y las oportunidades de trabajo y sin trabajadores, el sindicalismo. Sin economía no hay país, y para poder tener un país próspero hay que luchar y estar dispuesto a sacrificarse por él.

Nadie ya es capaz de mover la gente por el camino de la defensa de la legalidad y el emprendimiento en procura de mayor equidad. Palabras que se quedaron en lemas por temor a las críticas, y por la timidez ideológica en las acciones desde el poder del Estado cuando estaba en manos de personas capaces y bien intencionadas, pero que no comprendieron la magnitud de la alianza entre el populismo y el narcoterrorismo en procura del poder y no fueron capaces de enjaular la verdadera bestia.

Vivimos el fracaso total de las estructuras políticas, decapitadas por las vanidades y los egos partidistas y de los políticos al convivir con la morralla que mató la moral y la ética en el parlamento y su incremental mamatoco con la vencida magnificencia de la justicia, que perdió desde lo de Cuba la virginal condición de ser implacable, pasando a servir mejor la conveniencia, el engaño y la mentira, que a su misión de búsqueda de la verdad.

La incapacidad de hacer valer el mandato del constituyente primario del 2016, terminó siendo un pecado capital que aún sigue representando la gran deuda política con el pueblo y permitió que pasáramos de la anarquía democrática a la autocracia cleptócrata que hoy nos caracteriza.

Vivimos la entrega colectiva del pueblo a su propio verdugo, representado por una ideología putrefacta que, como la semilla vencida, jamás germina y sólo produce desolación y hambre.

No comprendimos que cuando la razón se oculta tras la cobardía de no aceptar que el entendimiento ha fracasado, sólo queda la fuerza. Y no fuimos capaces de vencer al enemigo cuando debimos haberlo vencido por compromiso patrio.

Tristemente nos quedamos sin cosecha pues en este mar de las soberbias y el individualismo de la politiquería, nadie sacrifica nada por nada ni por nadie. Aquí por exceso de democracia triunfa la ignorancia sobre la educación, la cultura, el sentido común y el deber ser.

Ya sólo observamos indiferentes, la manera como un guerrillero activo convertido en presidente, sus secuaces y los oportunistas aduladores de su conducta adicta y mentecata, como el cáncer de la sociedad, se tragan una a una las instituciones democráticas y las convierten en multiplicadores de la merma colectiva, mientras todos seguimos aferrados cobardemente a la mísera prudencia.

Lo que ocurre en Colombia es algo inédito. Están las regiones de todo el país acechadas por fuerzas insurgentes armadas que, paradójicamente están alimentadas en su odio y su resentimiento por el mismo Estado.

Vergüenza e impotencia como la del eunuco, la de ver a quienes pudieron evitar el desastre sumidos en el bazar de los avales, en la vanidosa auto adulación y en la maniquea figuración mediática y la alevosa esterilidad del Twitter o X, y otras redes, cuando la realidad de las regiones clama ayuda ante el inevitable sufrimiento de una guerra civil.

Tristemente la polarización social borró las diferencias entre la amenaza de una revolución destructiva y la debida transformación en procura del bienestar social. Que sea pronto y no tarde que las nuevas generaciones entiendan que la única solución a la coerción de la libertad y a esta desesperanza es el orden, pues ya aquí los hechos superan el poder de la palabra y la razón.

viernes, 18 de octubre de 2019

Actitudes que ofuscan


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Se va volviendo uno viejo y aunque pasan los años uno no acaba de conocerse. En la compleja realidad del auto concepto, el conocerse a sí mismo o auto conocimiento no sólo es la primera sino la principal tarea. Al fin y al cabo, es la base para lo que luego viene: auto aceptación, auto estima, etc.

En estos días conversaba con alguien tranquilamente y de pronto, de un momento a otro, exploté. Yo mismo fui el primer sorprendido: ¿cómo podría, en tan solo un segundo, pasar de la paz y la sofrosine a la ofuscación y la ira? Caí en cuenta, casi que inmediatamente, que me enardecen ciertas actitudes en los demás. Atención: dije actitudes, no actos. Son dos cosas diferentes: el acto es puntual, sincrónico. La actitud es reiterativa en el tiempo, diacrónica.

No somos perfectos, es verdad. Y yo, el primero, en reconocer que adolecemos de muchas limitaciones y habilidades. El asunto es poseer, como diría San Ignacio, la actitud al menos de “deseos de tener deseos”, es decir, tener ganas de querer mejorar. Porque, precisamente, como no somos perfectos, que al menos tengamos ganas de ir mejorando poco a poco, esto es, ganas de ser mejores, ganas de trascender. Por eso mismo, acepto con paz que cualquiera, en acto, se puede equivocar, una, dos, tres… pero ¿seguir equivocándose permanentemente? No. Esa sería, a mi modo de ver, una actitud estúpida. Porque a un gato, a un perro, lo regañan y castigan por algo malo que hizo y no lo vuelve hacer. Será conductismo, pero funciona. En cambio, el ser humano, con su enorme libertad, deliberadamente recurre en el error. Eso me parece del todo absurdo.

Entonces, me propuse elaborar el listado de actitudes que me ofuscan, que me sacan de casillas. Por mostrarme auténtico en reaccionar frente a ellas, he ganado y he perdido puntos. Gano en ser yo mismo, sin fingimientos. Pierdo dizque en madurez, porque uno debe ser políticamente correcto, o sea, fingir paz y tranquilidad, así esté que se explote. Prefiero la primera y por eso no me dan migrañas, ni úlceras, ni somatizaciones. Veamos esas actitudes que ofuscan:

Mentira: porque valoro su opuesto, esto es, la verdad. Es una realidad engañosa que conduce al error, la equivocación y a tomar malas decisiones. Hace perder credibilidad y confianza. Las cosas como son. La verdad es la realidad de las cosas, ni más ni menos.

Hipocresía: porque valoro la transparencia. Nada más peligroso que alguien que te sonríe por delante y por detrás te clava el puñal. Con razón Jesús de Nazaret los trató de sepulcros blanqueados (por fuera relucientes, pero por dentro solo carroña pútrida).

Obsecuencia: porque valoro la dignidad. Me chocan los genuflexos y arrodillados, los lambones aduladores, los áulicos y turiferarios, que endulzan el oído a sus superiores, trepadores incapaces de afrontar verdades que, con tal de quedar muy bien, buscan ganar ascensos y prebendas.

Mediocridad: porque valoro la búsqueda de la calidad y la excelencia. Las cosas hechas a medias no duran y hay quienes se contentan con poco. Me gusta la superación y la trascendencia, aspirar alto, soñar en grande, llegar lejos, hacer las cosas bien hechas, eso que Ignacio de Loyola llama el “magis”.

Pereza: porque valoro la presteza y la diligencia. Los vagos, los recostados, los que esperan que otros les hagan las cosas, los arrimados y vividores que no mueven un dedo, pero pretenden usufructuar todo. Nada como la gente pila, echada pa’lante, los que dicen y hacen.

Indecisión: porque valoro el coraje, la tenacidad y la firmeza. Me fastidian los “veletas” que cambian de posición según corra el viento. Seres sin criterio ni carácter que hoy dicen una cosa y al rato dicen otra para adaptarse ante el interlocutor.

Terquedad: porque valoro la apertura y la flexibilidad. La cerrazón mental y el no querer ver las cosas desde otra perspectiva, me parece configura una actitud errónea. Es verdad que uno debe defender sus posiciones, pero es verdad también que nadie tiene la verdad completa. El mundo no es solo blanco y negro, es un variopinto multicolor con cientos de tonalidades. Admiro la mente abierta.

Orgullo y soberbia: porque valoro la humildad. Si Jesucristo siendo Dios, no hizo alarde de su condición, sino que se abajó y acogió a todos sin acepción de personas, dado que, finalmente, todos somos iguales, ¿cuál es la razón entonces para creerse más que los demás? He conocido personas muy “importantes” y a la par, absolutamente sencillas, asequibles, de “lavar y planchar”.