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lunes, 29 de septiembre de 2025

El costo del permisismo en la narrativa:

María Cristina Isaza M.
María Cristina Isaza M.

Cuando la corrección política mata la verdad

“La tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia” – Karl Popper

“Piedad por el culpable es traición al inocente” – Ayn Rand

La corrección política, presentada como virtud, se ha transformado en el mayor enemigo de la verdad y de la justicia. El permisismo frente a la narrativa woke (progresista), ha permitido que esta se instale casi como un dogma incuestionable, pues bajo la retahíla de dignidad, compasión, justicia social e inclusión (que da una falsa aura de superioridad moral y convierte cualquier desacuerdo en “intolerancia”) se ha conducido al borrado de la responsabilidad, se ha erosionado la meritocracia, distorsionado la justicia, fomentado el odio y se ha terminado por socavar la democracia.

Cuatro dolorosos hechos recientes lo confirman.

1. El asesinato de Miguel Uribe

A punta de corrección política se permitió que el discurso de los “progresistas” penetrara en la sociedad colombiana, incubando resentimiento, victimismo y división. Ideas que desestiman la meritocracia y glorifican el odio llegaron a todos los estamentos y consiguieron normalizar la deslegitimación del adversario. El resultado fue la elección de un gobierno movido por rencores, cuyo presidente, en vez de cumplir su deber constitucional de mantener la unidad, la incendia día tras día desde tarima y redes sociales, hasta llamar a la “guerra o muerte”. Pocos días después, un candidato presidencial fue víctima de un atentado mortal.

2. El asesinato de Irina Zarutska

El progresismo se ha vuelto cómplice de la criminalidad: más compasión por el delincuente que por la víctima. Se multiplican las “segundas, terceras y hasta catorceavas oportunidades” para criminales, mientras el castigo por el acto en sí desaparece. El robo ya no es robo, depende de “quién” lo comete y bajo qué circunstancias. La consecuencia del relativismo es una justicia débil que no aparta a los criminales de la sociedad y, por ende, más víctimas inocentes.

3. El asesinato de Charlie Kirk

Gran orador, brillante en el debate y capaz de desmontar las incoherencias de la izquierda woke. No pudieron vencerlo en argumentos y lo silenciaron a la fuerza. Su asesinato expone la verdadera cara de muchos de quienes se autoproclaman “tolerantes”: celebran la violencia cuando se ejerce contra quienes piensan distinto. Siempre advertí que el progresismo es más peligroso que el populismo: mientras el populismo puede mantener algún grado de coherencia y pragamatismo, el progresismo es irracionalidad pura, sostenida en fantasías (al igual que el comunismo), resentimientos y promesas imposibles.

4. El fraude del ministro de “igualdad”

Lo advertimos: sembrar histeria en torno al género, la auto-percepción y los pronombres terminaría volviéndose contra las mujeres, pues fácilmente la identidad performativa puede convertirse en estrategia política. Vimos como el ministro Florián se escudó en identificaciones “no binarias” para reclamar cuotas de género que correspondían a mujeres. Las mismas feministas y los “aliados” que han promovido términos como “personas menstruantes” (borrándonos de un plumazo a las mujeres), que escriben “lxs o elles” para ser “inclusivxs”, no patriarcales y que han aplaudido la confusión de los límites biológicos, hoy ven cómo nos arrebatan los derechos que pretendían defender, usando sus propios argumentos. El progresismo no libera, destruye.

Algunas conclusiones

El abuso de palabras como “nazi”, “fascista”, “racista”, “misógino” y otras, ha vaciado estos conceptos de sentido, y peor aún, el resultado de clasificar todo como odio y de usarlas tan olímpicamente, ha sido todo lo contrario: incubar el odio real, pues se socavó el debate y la discusión basada en hechos y datos… entonces si alguien dice que una mujer trans, no es mujer… ¡intolerante, claro que es mujer!, fin de la discusión, porque con “intolerantes” no discuto. Además, si eres “nazi”, puedo justificar el matarte.

Por otro lado, cuando se relativiza un crimen por la identidad del criminal o su historia de vida y no se juzga el acto en sí, se entierra la igualdad ante la ley. Cuando en Estados Unidos se vuelve “incorrecto” perseguir a los ladrones de tiendas, lo que se fomenta no es la equidad, ni la justicia sino más crimen y una pérdida completa de valores. Y cuando se persigue el debate con acusaciones morales en lugar de argumentos, lo que emerge es la reacción contraria: misoginia, racismo y rechazo a las minorías.

Todos estos casos muestran que confundir compasión e inclusión con permisividad y relativismo solo infantilizan y debilitan a la sociedad.

Con decepción veo que muchos de los mismos promotores de este delirio, son críticos de sus consecuencias y buscan remediarlo a su manera, mientras siguen considerando, por ejemplo, en el caso colombiano, que un partido como el CD es de “extrema derecha”, cuando fue el partido que advirtió constantemente del desastre que se avecinaba, que ha sido coherente en su oposición y que ha defendido nuestra democracia de los ataques del Gobierno actual. Algunos pretenden marginarlo, mientras ellos, los “políticamente correctos”, siguen creyendo en su superioridad moral e intelectual y son incapaces de reconocer sus errores sobre como ese discurso que promovieron, ha traído consecuencias nefastas en la sociedad.

La corrección política no está creando sociedades más justas, sino sociedades hartas, resentidas y dispuestas a girar hacia extremos (extremos reales). Ese es el precio del permisismo y de silenciar el debate: exacerbar el mismo monstruo que se dice combatir.

Los ciudadanos no podemos seguir siendo espectadores pasivos. Si permitimos que la corrección política defina la justicia, la moral y el debate público, terminaremos viviendo en sociedades donde la verdad y el orden son castigados y la mentira premiada. Perderemos libertades y la brújula moral y ética, al no distinguir el bien del mal.

Es hora de recuperar el valor de la palabra clara, de exigir justicia que castigue al crimen sin relativismos, de defender la meritocracia y de no dejar que nos arrebaten la democracia disfrazando la censura de tolerancia. La responsabilidad es nuestra: o hablamos hoy con firmeza y defendemos la verdad, o mañana no tendremos derecho a hablar y seguiremos gobernados por la mentira, mientras se imponen extremos reales que pretenda devolvernos a épocas donde la misoginia, el racismo y la homofobia reinen.

viernes, 24 de enero de 2025

Dolor de Patria

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Ausencia total de un “propósito país”

No se puede ser una democracia y cogobernar con el narcoterrorismo. Colombia deambula entre las pútridas decisiones de quienes le cambiaron el sistema operativo al país. Pasamos de un sistema de libertades democráticas a un Estatismo destructor de las garantías sociales y los mecanismos lícitos de generación de valor y formación de capitales públicos y privados.

Estamos en manos del engaño permanente de un Gobierno ilegítimo, que según conveniencia se define y obra como revolucionario, se vale de una servil cleptocracia y es complaciente y cómplice de una multiplicidad de organizaciones criminales narcoterroristas. La preocupación de la gente del común es tremenda, pero resulta estéril ante la negación tolerante e irresponsable de quienes nos representan como dirigentes de la institucionalidad democrática.

La gente se pregunta cuál es la probabilidad de una elección limpia en el 2026 ante una manifiesta total ausencia de propósito país y una desconfianza generalizada en las volátiles estructuras partidistas y la debilidad de las figuras que resultan de una selección improvisada controlada por medios y encuestadoras.

Un propósito de país solo emana de la determinación y el valor que demanda la voluntad política de asumir los altos costos que implica hacer lo realmente correcto. No se limita a asumir las convicciones ideológicas “progre o woke”, y quedar atrapados en lo políticamente correcto y en la suscripción obligada de las agendas minoritarias impuestas a las mayorías.

Donde prima el interés personal de los políticos y los líderes que adolecen de una auténtica voluntad de servicio, se vende la libertad y se elimina el interés general y el bien común. Caímos en una trampa cultural propia de la dialéctica inversa del populismo, y no logra el país producir los planteamientos y las acciones necesarias para recobrar el camino del desarrollo socioeconómico.

Vivimos en un entrampamiento ideológico, donde el jarabe que nos han vendido en el frasco etiquetado como “Solución de Paz”, no es remedio, sino veneno mata ratas. Están las fronteras y los corredores de narcotráfico convertidos en “Franjas” dominadas por el narcoterrorismo.

La génesis de la revolución en Colombia pasa por una histórica divergencia ideológica que optó por la ilegalidad y la violencia al considerar ilegítimo un Estado constitucional. Algo que con el tiempo degeneró en una anarquía donde todas las organizaciones criminales mutaron al narcoterrorismo. Ahora paradójicamente, lo que fuera una insurgencia guerrillera ideológica se convirtió en una multiplicidad de grupos paramilitares auspiciados y al servicio de los gobernantes revolucionarios que representan el modelo de gobierno del socialismo comunista del siglo XXI.

Hoy, a una destrucción institucional sistemática, solo se opone una tímida y cómoda mediocridad gremial, la corruptela barata de la politiquera clientelista y la lánguida dignidad de las togas embolatada en el bazar judicial. No puede prosperar una tierra donde no se respeta a los soldados y policías de la patria, donde los criminales en lugar de ir a la cárcel son convertidos en ciudadanos de mejor derecho al ser nombrados gestores de paz. Qué macabra ironía. Ahora solo falta que los nombren generales de la República.

Los colombianos no contamos hoy con un Estado que proteja la vida y garantice la seguridad física y la salud de los ciudadanos. Dejamos que este Gobierno destruyera el sistema de libertades que permitía la propiedad y el emprendimiento privado, las asociaciones público-privadas y la eficiencia de las empresas de la nación que han sido los flotadores del erario.

Dura es la lucha contra la ignorancia propia del desespero social que limita la nación a la cultura mafiosa del rebusque, a las voluntades individuales, al abuso de la ley por parte del propio Estado quedando todo supeditado a la egolatría y a las vanidades que ostentan el poder.

El comunismo internacional como sistema de control del poder es activista, estatista y esclavista, y adopta nuevas versiones promotoras y validadoras del narcoterrorismo, creando tiranías regionales disfrazadas de democracias “progresistas modelo siglo XXI” que generan más injusticia e inequidad y acrecientan la brecha de la desigualdad económica. Algo que solo se cierra mediante la generación de riqueza aplicada a los medios productivos bajo las reglas lógicas de las libertades económicas y de mercado.

El mal llamado “progresismo”: prefiere un concubinato con la ilegalidad a la ortodoxia. Desprecia el hecho de que la seguridad y la salud de la ciudadanía empiecen por la debida nutrición infantil garantía del debido desarrollo cerebral, físico y comportamental de los jóvenes. Y relega el manejo de la cosa pública al inmediatismo mediático desestimando la importancia de mantener una actividad económica productiva creciente de donde provienen los ingresos del Estado.

El “progresismo” ignora la cultura de obediencia y respeto a la ley como elemento esencial de generación de la seguridad, sin la cual no puede existir la confianza ciudadana en conducción del Estado, de la economía, la generación de nuevas oportunidades de negocio y la atracción de inversión que generan crecimiento y empleos de lo cual dependen los ingresos de los hogares y del Estado. Ignora que no puede haber progreso ni desarrollo si no se invierte en un mayor nivel de educación y capacitación que les permita a los negocios seleccionar, adquirir, adoptar, adaptar e implantar nuevas tecnologías para ser más productivos y competitivos. Ignora que la proliferación de la formación de capitales ilícitos no transforma, destruye y contamina toda la actividad económica, impide la formación y administración de políticas públicas eficientes y estrangula la confianza inversionista que habilita la formación de actividad económica y capitales lícitos y formales.

Los cambios pueden ser avances o retrocesos. La civilización ha avanzado mediante cambios transformaciones propios de una función tecnológica que implican la formación de capitales lícitos que apalancan el crecimiento y el desarrollo. Los retrocesos son el producto de la irresponsabilidad de los líderes y los gobernantes revolucionarios fundamentados en el control Estatizado de las libertades destruyendo toda la seguridad ciudadana y desarrollo socioeconómico.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

¡Francia la parlanchina!

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Los cien primeros locuaces días de Petro acaparan titulares en Colombia, donde lo oímos como si lloviera, mientras en el exterior sus trinos y desplantes se evalúan antes de traducirse en análisis, percepciones y medidas relativas al riesgo-país en que se viene convirtiendo el nuestro, por la palabrería gárrula y las alocadas iniciativas.

En cambio, los reflectores escasean para Francia, a pesar de sus numerosas francachelas, opulentos viajes y generosa labia. En materia de poder, ella no parece hasta ahora tener mucho, pero su soltura de lengua sí es notable. Se me dirá entonces, que por lo primero no vale la pena ocuparse de lo segundo.

Discrepo de esa fácil excusa para no fijarse en Francia, porque ella está en el centro de las corrientes que, en procura de afirmación étnica, se preparan para disgregar el país, sea desde el indigenismo o desde las negritudes.

Pocas cosas hay más maravillosas, desde el punto de vista de la formación, integración y consolidación de un gran país, que el mestizaje. A mayor escala, mejor. Quizá Colombia ha sido el país donde este se ha dado de manera más amplia y exitosa, con el resultado de un gran pueblo.

En cambio, los movimientos woke que llegan de los Estados Unidos implican grandes peligros porque comprometen el futuro de paz cívica hacia el cual ha avanzado el país por los senderos del crecimiento y el progreso, que ahora tienen tantos detractores.

Francia es woke, y como tal acude a la reunión del COP27 en Sharm El Shek, con otra nutrida comitiva. Allá la pilla la Deutsche Welle para un extenso reportaje, que se inicia resaltando que ella es la “primera vicepresidente afro de Colombia”, así que lo digno de acentuarse es la afirmación racista, no la condición de colombiana al servicio de todos sus compatriotas.

La entrevista se ocupará únicamente del “descender de esclavos” y de “poblaciones históricamente excluidas por el colonialismo, la esclavitud y el racismo”.

La esclavitud fue finalmente vencida cuando un líder cristiano, William Wilberforce, logró en 1797 que la Marina Real detuviese y destruyese los barcos que transportaban negros hacia las Américas. El Libertador decretó en 1821 la libertad de los hijos de los esclavos, y cuarenta años más tarde los pocos ancianos de esa condición que quedaban vivos fueron liberados por José Hilario López.

Y si al colonialismo vamos, desde 1819 Colombia logró la independencia, muchísimos años antes que buena parte de los actuales Estados europeos y todos los africanos la conquistaran.

Para no ir entonces más lejos, lo malo que haya sucedido en los últimos dos siglos es culpa nuestra; y lo muchísimo bueno se debe a nuestra gente, cosa que no se reconoce ni en la ríspida izquierda, que quiere hacer creer a los jóvenes que este es el peor país del mundo y el más injusto, ni en los pronunciamientos de Francia. Esta insiste pues en achacar nuestros males a un número indeterminado de países, que llama “sistema de mercado que esclavizó a nuestros ancestros y ancestras y que sigue dominando al mundo”.

Su monótona monserga sigue, hasta llegar a decir que “tenemos mucha legitimidad para levantar la voz y demandar reparaciones históricas (…) en una ruta de condonación de la deuda externa (…) que Colombia pueda condonar (sic) su deuda externa con varios países que fueron responsables tanto del colonialismo como de la crisis ambiental (…) que liberen los recursos en términos de deuda y que esos recursos se inviertan de manera eficiente y eficaz en esas comunidades étnicas, tanto indígenas como afrodescendientes”.

¡Nada pues para el resto, los colombianos mestizos!

Ahora bien, qué bueno sería que los daños que nos han causado otros países —España, Inglaterra y USA, suponemos— se pudieran cuantificar y que esos Estados nos indemnizaran. Pero, señora Francia, qué tal si esos países, a su turno, nos reclamaran por los beneficios culturales, económicos, científicos y técnicos, como la lengua, la religión, la medicina científica, el ganado, hortalizas, frutales, forrajes, aves de corral, matemáticas, ingeniería, vacunas, higiene… Y si además compensaran los beneficios de los saberes ancestrales, tan recomendados por usted, contra lo que a ellos les costó, por ejemplo, la sífilis, que llevaron de América y que se vino a curar apenas con los antibióticos, de innegable procedencia blanca y heteropatriarcal.

Antes de considerar la historia como un plano único e intemporal de lucha entre buenos y malos, Francia debería recapacitar. Los afrodescendientes en América Latina no estarían aquí si los caciques de las costas africanas, que vendían sus gentes a los mercaderes árabes de esclavos, no hubieran ampliado su mercado a los negreros europeos. Para ser consecuente, ella debería solicitar también reparaciones históricas y económicas a los actuales Estados africanos, de cuyos territorios fueron exportados tantos negros por, los antecesores y las antecesoras, de los actuales gobernantes y gobernantas…