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lunes, 29 de septiembre de 2025

El costo del permisismo en la narrativa:

María Cristina Isaza M.
María Cristina Isaza M.

Cuando la corrección política mata la verdad

“La tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia” – Karl Popper

“Piedad por el culpable es traición al inocente” – Ayn Rand

La corrección política, presentada como virtud, se ha transformado en el mayor enemigo de la verdad y de la justicia. El permisismo frente a la narrativa woke (progresista), ha permitido que esta se instale casi como un dogma incuestionable, pues bajo la retahíla de dignidad, compasión, justicia social e inclusión (que da una falsa aura de superioridad moral y convierte cualquier desacuerdo en “intolerancia”) se ha conducido al borrado de la responsabilidad, se ha erosionado la meritocracia, distorsionado la justicia, fomentado el odio y se ha terminado por socavar la democracia.

Cuatro dolorosos hechos recientes lo confirman.

1. El asesinato de Miguel Uribe

A punta de corrección política se permitió que el discurso de los “progresistas” penetrara en la sociedad colombiana, incubando resentimiento, victimismo y división. Ideas que desestiman la meritocracia y glorifican el odio llegaron a todos los estamentos y consiguieron normalizar la deslegitimación del adversario. El resultado fue la elección de un gobierno movido por rencores, cuyo presidente, en vez de cumplir su deber constitucional de mantener la unidad, la incendia día tras día desde tarima y redes sociales, hasta llamar a la “guerra o muerte”. Pocos días después, un candidato presidencial fue víctima de un atentado mortal.

2. El asesinato de Irina Zarutska

El progresismo se ha vuelto cómplice de la criminalidad: más compasión por el delincuente que por la víctima. Se multiplican las “segundas, terceras y hasta catorceavas oportunidades” para criminales, mientras el castigo por el acto en sí desaparece. El robo ya no es robo, depende de “quién” lo comete y bajo qué circunstancias. La consecuencia del relativismo es una justicia débil que no aparta a los criminales de la sociedad y, por ende, más víctimas inocentes.

3. El asesinato de Charlie Kirk

Gran orador, brillante en el debate y capaz de desmontar las incoherencias de la izquierda woke. No pudieron vencerlo en argumentos y lo silenciaron a la fuerza. Su asesinato expone la verdadera cara de muchos de quienes se autoproclaman “tolerantes”: celebran la violencia cuando se ejerce contra quienes piensan distinto. Siempre advertí que el progresismo es más peligroso que el populismo: mientras el populismo puede mantener algún grado de coherencia y pragamatismo, el progresismo es irracionalidad pura, sostenida en fantasías (al igual que el comunismo), resentimientos y promesas imposibles.

4. El fraude del ministro de “igualdad”

Lo advertimos: sembrar histeria en torno al género, la auto-percepción y los pronombres terminaría volviéndose contra las mujeres, pues fácilmente la identidad performativa puede convertirse en estrategia política. Vimos como el ministro Florián se escudó en identificaciones “no binarias” para reclamar cuotas de género que correspondían a mujeres. Las mismas feministas y los “aliados” que han promovido términos como “personas menstruantes” (borrándonos de un plumazo a las mujeres), que escriben “lxs o elles” para ser “inclusivxs”, no patriarcales y que han aplaudido la confusión de los límites biológicos, hoy ven cómo nos arrebatan los derechos que pretendían defender, usando sus propios argumentos. El progresismo no libera, destruye.

Algunas conclusiones

El abuso de palabras como “nazi”, “fascista”, “racista”, “misógino” y otras, ha vaciado estos conceptos de sentido, y peor aún, el resultado de clasificar todo como odio y de usarlas tan olímpicamente, ha sido todo lo contrario: incubar el odio real, pues se socavó el debate y la discusión basada en hechos y datos… entonces si alguien dice que una mujer trans, no es mujer… ¡intolerante, claro que es mujer!, fin de la discusión, porque con “intolerantes” no discuto. Además, si eres “nazi”, puedo justificar el matarte.

Por otro lado, cuando se relativiza un crimen por la identidad del criminal o su historia de vida y no se juzga el acto en sí, se entierra la igualdad ante la ley. Cuando en Estados Unidos se vuelve “incorrecto” perseguir a los ladrones de tiendas, lo que se fomenta no es la equidad, ni la justicia sino más crimen y una pérdida completa de valores. Y cuando se persigue el debate con acusaciones morales en lugar de argumentos, lo que emerge es la reacción contraria: misoginia, racismo y rechazo a las minorías.

Todos estos casos muestran que confundir compasión e inclusión con permisividad y relativismo solo infantilizan y debilitan a la sociedad.

Con decepción veo que muchos de los mismos promotores de este delirio, son críticos de sus consecuencias y buscan remediarlo a su manera, mientras siguen considerando, por ejemplo, en el caso colombiano, que un partido como el CD es de “extrema derecha”, cuando fue el partido que advirtió constantemente del desastre que se avecinaba, que ha sido coherente en su oposición y que ha defendido nuestra democracia de los ataques del Gobierno actual. Algunos pretenden marginarlo, mientras ellos, los “políticamente correctos”, siguen creyendo en su superioridad moral e intelectual y son incapaces de reconocer sus errores sobre como ese discurso que promovieron, ha traído consecuencias nefastas en la sociedad.

La corrección política no está creando sociedades más justas, sino sociedades hartas, resentidas y dispuestas a girar hacia extremos (extremos reales). Ese es el precio del permisismo y de silenciar el debate: exacerbar el mismo monstruo que se dice combatir.

Los ciudadanos no podemos seguir siendo espectadores pasivos. Si permitimos que la corrección política defina la justicia, la moral y el debate público, terminaremos viviendo en sociedades donde la verdad y el orden son castigados y la mentira premiada. Perderemos libertades y la brújula moral y ética, al no distinguir el bien del mal.

Es hora de recuperar el valor de la palabra clara, de exigir justicia que castigue al crimen sin relativismos, de defender la meritocracia y de no dejar que nos arrebaten la democracia disfrazando la censura de tolerancia. La responsabilidad es nuestra: o hablamos hoy con firmeza y defendemos la verdad, o mañana no tendremos derecho a hablar y seguiremos gobernados por la mentira, mientras se imponen extremos reales que pretenda devolvernos a épocas donde la misoginia, el racismo y la homofobia reinen.

viernes, 15 de agosto de 2025

Revolución asesina

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Fortaleza y solidaridad ante el dolor de la injustica a su familia. El senador de la República y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay no murió, lo asesinaron. Lo ocurrido es un crimen de Estado y un delito de lesa humanidad. Todos vimos quien le disparó, pero las circunstancias de todo lo ocurrido tienen un origen en el odio y el resentimiento de la violencia verbal que vitorea desde el poder la impunidad como bien transaccional en favor de la criminalidad.

El mensaje es claro. Advertidos de muerte están quienes quieran ondear las banderas de la legalidad, la justicia y la libertad. Advertidos están quienes sigan la doctrina del hombre que por la vía democrática combatió al crimen organizado en favor de los indefensos.

Despertemos como sociedad, no es cuestión de una elección en manos de un tirano que ya sabe cómo engañar al electorado y al sistema. Es cuestión de entender que el Estado está constituido para proteger a los ciudadanos que cumplen sus obligaciones legales y no a los delincuentes ni a las organizaciones criminales y narcoterroristas, mucho menos a quienes a nombre del pueblo le imponen formas autocráticas al ejercicio del poder.

La importancia de Álvaro Uribe en este siglo sobrepasa la figura del “Gran Colombiano”. Sus formas simples, amables y respetuosas, humildes, pero frenteras y determinadas, tiene un significado tan grande como el de la verdad en la libertad de los seres humanos.

En su concepción ideológica y en los resultados de su obrar como estadista, gobernante y figura pública siempre respetuoso de la ley, de la justicia y combatiente del crimen y las injusticias, se encarna un “demócrata integral” y es ahí donde radica el valor que él y su doctrina representan para el ejercicio de la política en democracia y para el progreso de Colombia y de todos los países de la región.

El legado de Uribe es prueba de que no hay causa perdida en función del progreso mientras haya servidores públicos con vocación ética, dispuestos a luchar contra la pérdida de valores que para nuestras sociedades representa hoy el mal llamado “progresismo”, así en esa lucha haya que dejar la vida por la patria como lo ha hecho Miguel Uribe Turbay, un joven valiente determinado a servir a su país.

Uribe simboliza la confianza del bien común que pretende la participación democrática en el debate ideológico enmarcado en legalidad. La simpleza y el poderío de su doctrina están respaldados por un legado que, aún atropellado por la injusticia y la violencia, le agrega al patrimonio moral de la nación y a toda una Latinoamérica que lo admira y respeta.

Como es lógico el poderío de su verdad despierta la envidia y el odio propios de quienes lo resienten a falta de facultades para obrar de forma correcta.

Por ello parte Miguel Uribe asesinado, y por eso hoy Álvaro Uribe es víctima de quienes tienen que apelar a la mentira y al engaño como única forma de sobresalir a costa de la verdad, de causarle un mal a los demás, a la patria y sin duda al pueblo indefenso que aducen representar desde su usurpación de los poderes del Estado.

Hoy se suma a las manifestaciones de las mayorías que marcharon el pasado jueves 7 de agosto, el dolor de la nación colombiana por la pérdida de uno más de los héroes de la patria a manos de este narcoterrorismo criminal auspiciado por el Estado colombiano.

Hoy se nos revive el terror a todos los colombianos que sufrimos la violencia de los 80 y los 90 y que hoy volvemos a revivir el miedo que causa la indefensión y la pérdida de un valiente, de un padre, de un hermano y un hijo que vio partir a su madre a manos de la misma calaña de asesinos que hoy dominan la nación.

Hoy estamos todos puestos a prueba. Debemos resolver con valor si aún somos una sociedad consciente, pensante y sensible que está harta de la politiquería, del clientelismo y la corrupción, del narcotráfico, la violencia, la inseguridad y el abuso de poder, o si vamos a seguir jugando con la impunidad que solo causa muerte.

Hay que pensar con humildad en la razón por la cual seguimos consintiendo la politiquería clientelista y corrupta, la figuración mediática inmerecida, el enriquecimiento personal o el desfogue de odios y resentimientos, y no le damos la importancia que tienen la legalidad, la ética y la moral, en la formación y ejecución de políticas públicas entendidas como forma de consolidación de la convivencia y el bienestar social.

Sentenciar al presidente Uribe y asesinar a quien pueda representar su doctrina en la conducción del Estado era un trofeo buscado por sus opositores, por quienes se han valido de su bondad para llegar al poder, y por la arrogante mamertería de una oligarquía que hoy se abraza bajo el disfraz del progresismo, con la impune cleptocracia emergente que nos gobierna, para tapar la degeneración institucional y personal en la que ha caído el ejercicio del poder en Colombia.

La doctrina de la seguridad democrática es la encarnación de la única esperanza de recuperar la democracia. Como sociedad debemos ser capaces de capitalizar el fracaso de la mal llamada y falsa izquierda que no es más que la mezcla de odios ciegos, resentimientos, envidias, incapacidades de muchos ingenuos e ignorantes que operan bajo la guía de un puñado de figurines macabros que solo entienden de politiquería, de clientelismo, de corrupción y de violencia física y verbal, y que llevan al pueblo engañado al matadero con discursos cargados de la dialéctica ideológica del comunismo asesino.

La muerte de Miguel Uribe y la privación injusta de los derechos de Álvaro Uribe, no mengua la libertad con que su espíritu transita por el camino de la verdad y la corrección amparado por la solidez de sus convicciones.

Por el contrario, lo ocurrido impide que sus ideas sean destruidas. Ambas injusticias inmortalizan el legado de grandeza respaldo en los hechos y logros que componen una doctrina democrática de profundo contenido social, distante de la politiquería y enmarcada en los corazones y en el entendimiento de las personas bien criadas y que mamaron principios y valores éticos dentro de nuestra sociedad.

Uribe es un verdadero guerrero de la libertad y la justicia social que, al igual que Miguel Uribe proviene de una base liberal honrada y honorable. Ambos, uno en nuestros corazones y el otro desde la eternidad, representan la esperanza de sana convivencia dentro del marco de la legalidad y sin que ello mengüe para nada su apego al orden, al deber ser, a la corrección en el obrar.

Es hora de que esta sociedad siga con total determinación el ejemplo de Uribe, quien ha combatido frontalmente el crimen, el clientelismo politiquero y la mediocridad, siempre defendiendo al sector productivo y a toda la condición emprendedora del ciudadano colombiano, sea este empleado o empleador, de quien ha combatido sin tregua todas las actividades ilícitas e ilegales empezando por la droga y el terrorismo y sus nocivos efectos en la sociedad.

Llegó el momento, hoy en 2025 y no en 2026, de que no se permita que el Estado siga engañando al país, patrocinando el crimen y azuzando delincuentes para que eliminen a sus opositores políticos. No permitamos que se siga abusando del significado y la importancia que tiene el ideal de la paz en favor de la impunidad criminal.

jueves, 22 de mayo de 2025

Dos fuerzas opuestas e irreconciliables

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

(Terrorismo vs. conocimiento y civilización)

El bien y el mal han sido y serán siempre dos fuerzas opuestas e incompatibles, lo mismo ocurre con la alianza entre el populismo y el terrorismo que se enfrenta al conocimiento y a los avances de la ciencia y la tecnología en beneficio de toda nuestra civilización en la misma medida que las virtudes éticas y cívicas sucumben ante el crimen organizado, la violencia, la ignorancia y la indolencia de quienes tenemos como gobernantes.

Mientras más progresa el conocimiento de los seres humanos educados, mayor parece la ignorancia cultural de sus líderes y su tolerancia con el terrorismo.

El debate ideológico entre izquierda y derecha dentro de la legalidad es ya materia obsoleta. Las comunicaciones están invadidas de la falta de sentido común propia del inmediatismo, equivocando a la gente que no es capaz de asimilar toda la información que recibimos a cada minuto sobre lo que acontece en el mundo.

La globalización es una apertura total al conocimiento, pero el globalismo es la lucha digital por la dominancia en términos de poder y se opone al progreso de la civilización entera.

El mundo puede estar muy loco, pero los líderes políticos que tenemos lo están mucho más, se dedican a jugar a ser dioses, unos con la riqueza pensando que es infinita, otros con la miseria de sus pueblos. Bien decía mi maestro que “los extremos siempre medran en la misma canoa”.

Vivimos entre populismos de extremos que hoy navegan en la demencia armamentista y se olvidan de los valores humanos.

Los grandes líderes mundiales juegan como en un videojuego con la seguridad del mundo y de la civilización actual, dejándola a discreción de la parametrización que cada loco le dé a la inteligencia artificial en las naciones más poderosas.

Entre tanto muchos de los líderes del mundo subdesarrollado destruyen: la niñez a golpe de hambre, secuestros, violaciones y construyendo madrazas de criminales y terroristas; la adolescencia con drogas, desinformación y vagancia, dejando el conocimiento reservado a personas desconectadas del liderazgo político; y machacan el espíritu ético y laborioso de sus naciones, jugando con su futuro socioeconómico al multiplicar la inseguridad y la corrupción.

Trump propone un “escudo de oro” satelital que proteja todo Estados Unidos que, para empezar, vale 175 billones y cada disparo cuesta 50 millones de dólares. Los chinos, los rusos, Israel, los mismos americanos y muchos países de la OTAN fabrican armas sofisticadas que venden a países que ejercen terrorismo de Estado y promueven el terrorismo religioso y el narcoterrorismo que generan matanzas y crímenes atroces en las zonas de guerras, conflictos fronterizos e internos por el poder, y donde operan organizaciones criminales contra democracias anárquicas y debilitadas. El terrorismo regenta Cuba, Irán, Corea del Norte, Siria, Irak, Libia, Yemen del Sur, Sudán, Venezuela, Nicaragua, Colombia y varias naciones africanas, y hay crisis en el Oriente Medio, una gran tensión entre China y Taiwán y guerras en Rusia y Ucrania, Pakistán e India.

Tiene el mundo gobernando naciones una colección loquitos y populistas soberbios obnubilados por el poder, los vicios y las drogas, que prometen gobernar bien pero que se dedican a convertir los Estados en proxenetas que subsidian y se valen del terrorismo y la violencia para controlar sus naciones, y se mantienen creando bazares de corrupción política que desmejora las mayorías y solo atiende minorías ignorantes e insensatas y sus incongruentes y falsas agendas progresistas.

Ya la polarización extrema, la que es irreconciliable, traspasó la barrera de la legalidad y enterró el sano debate democrático, ya supera la soberanía interna de las naciones, y está en manos de un puñado de lideres globales abusivos, payasos, ególatras, vanidosos, incultos e incongruentes a quienes cada día les importan menos los problemas de sus gentes, de sus propias economías y el progreso de la civilización, pues no entienden que vivimos en una era globalizada e interdependiente donde todas las naciones tenemos problemas comunes.

Los líderes de las naciones grandes y pequeñas están ignorando el hecho de que los graves problemas del ser humano demandan cooperación entre todas ellas, pues no se resuelven con guerras de poderío que pueden destruirnos a todos con uno solo loco que aprete el botón.

jueves, 14 de noviembre de 2024

¿Qué es lo que no acabamos de entender?

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

En un mundo globalizado como este que nos ha correspondido compartir, no podemos soslayar lo que ocurre allende nuestras fronteras para sacar conclusiones aplicables a nuestra realidad.

El sorpresivo triunfo de Donald Trump cuando parecía que la primera democracia del mundo se había doblegado ante la ideología “woke”, el avance del materialismo, el abandono de los valores morales en aras de la ideología de género, y, en general, la pérdida de los valores espirituales surgió con ímpetu increíble –como un tsunami–, la movilización de las masas para dar la victoria a quienes defendieron ideales tan caros para el pueblo como “Dios, patria y familia”.

Es un ejemplo del que podemos extraer sólidas enseñanzas que nos ayuden a entender nuestra propia coyuntura y a actuar de conformidad.

Nos hemos quedado en un rechazo al régimen que dicen las estadísticas está cerca del 70%, y en una indignación adobada de impotencia que se traduce en el grito desesperado de las multitudes que corean “Fuera, Petro” donde quiera que se reúnen en forma multitudinaria.

Pero nos negamos a entender que estamos en presencia de una camarilla que nos quiere arrebatar nuestra identidad nacional. Pasamos de largo ante la dura realidad que nos plantea una batalla cultural, no una mera confrontación para cambiar al presidente de turno. ¿Cuándo vamos a entender que lo que nos estamos jugando es el futuro del país y el de nuestra descendencia?

Comprendamos de una vez por todas que si perdemos esta batalla caeremos en las garras del comunismo, ahora oculto bajo las banderas del “cambio” o del “progresismo”. Revisemos una por una las decisiones de la camarilla gobernante enderezadas a la pauperización del pueblo para colocarlo bajo su control, al desmoronamiento de las fuerzas del orden para impedir que podamos recuperar el orden constitucional perdido, a la destrucción de la familia para que sea el Estado totalitario quien forme o deforme a nuestra juventud, al blindaje del narcotráfico y de la criminalidad para que sirvan de aliados en la tarea de perpetuar el régimen comunista en las próximas décadas.

¿Qué es lo que no queremos entender cuando nos informan a diario sobre lo que está ocurriendo en Cuba, en Venezuela, en Nicaragua y lo que quieren reeditar en Bolivia, Ecuador, Brasil, Chile y Colombia?

¿Por qué no somos consecuentes y actuamos de manera eficaz ante la amenaza que se cierne sobre nuestras vidas y las de nuestros hijos? Si el llamado es a librar una batalla cultural, no podemos responder con la tímida convocatoria a las próximas elecciones, con un candidato vinculado a las viejas élites, para ofrecer al potencial electorado más de lo mismo.

A grandes males, grandes remedios. Es el momento para revitalizar nuestra democracia despojándola de los mecanismos que la han encadenado al clientelismo, a la compra de votos, a la corrupción, a la politización de la justicia y tantos males que ahora se convierten en las principales armas para perpetuar a los representantes del mal en el poder. Sobre el particular opina Jacques Maritain:

“Aquí nos hallamos en presencia de ese maquiavelismo impetuoso, irracional, revolucionario, violento y demoníaco, para el que la injusticia sin límites, la violencia sin límites, la mentira y la inmoralidad sin límites, son los medios políticos normales, y que extrae una abominable fuerza de ese carácter ilimitado del mal. Y bien podemos advertir qué clase de bien común es capaz de aportar a la humanidad un poder semejante, que sabe perfectamente cómo no ser bueno, y cuya hipocresía es una hipocresía consciente y feliz, una hipocresía ostentosa y gloriosamente promulgada, cuya crueldad aspira tanto a destruir las almas como los cuerpos y cuya mentira es una perversión total de la función misma del lenguaje.”

Somos testigos de excepción de numerosos eventos que evidencian la inmoralidad y la absoluta carencia de ética en la gestión de quienes nos gobiernan. Para muestra un botón: En marzo del 2023 unos encapuchados autodenominados “guardia indígena” secuestraron a 78 agentes de la Policía y degollaron al subintendente Ricardo Monroy. Los patrulleros habían sido enviados a proteger las instalaciones de la empresa Emerald Energy, amenazada por los terroristas, y la Casa de Nariño los envió sin armas de fuego letales para su protección personal. Durante varias horas fueron atacados por los secuestradores defendiéndose solamente con cartuchos de gases lacrimógenos hasta que fueron apresados y despojados de radios, instrumentos de defensa y uniformes. En medio del ataque solicitaron los agentes el apoyo del Gobierno, el cual les fue negado, a pesar de que se encontraba a poca distancia un contingente del Ejército que recibió órdenes de retirarse del lugar. Ni el ministro de Defensa, Iván Velásquez, ni el de Interior, Alfonso Prada, hicieron absolutamente nada para socorrer a los policías secuestrados. Este último calificó el secuestro como un “cerco humanitario”. Ha pasado más de un año y este concurso de delitos (concierto para delinquir, homicidio, secuestro, porte ilegal de armas) que involucra la complicidad del alto Gobierno, continúa impune. En cualquier país del mundo no solamente habría sido sancionado con las máximas penas, sino que estaría en entredicho la permanencia en el poder del presidente, los ministros y los altos mandos salpicados de coautoría o complicidad.

Ni la sociedad, ni los altos mandos de la Fuerza Pública, ni los organismos de investigación, ni nuestra pomposa administración de justicia han tenido tempo para sancionar este execrable atentado contra la ley, la autoridad y la seguridad de los colombianos. ¿Cuándo acabaremos por entender que aquí lo que se requiere es un revolcón para restablecer el Estado de Derecho, el orden constitucional, la dignidad de la persona humana y el bien común, espiritual y material de todos los colombianos?

lunes, 12 de agosto de 2024

Un sancocho con la gallina de los huevos de oro

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

0Si el terrorismo destruye las democracias, la formación de políticas públicas y las economías, aquello de ser “políticamente correcto” propio de la comunidad internacional, la sociedad civil y los gremios, termina siendo una invitación a matar indefensos.

El empobrecimiento sistemático representado por la teoría del decrecimiento pregonada por el progresismo es la forma en que el populismo autocrático con sus acciones equívocas y destructivas esclaviza los pueblos y termina causando genocidios consentidos.

Vivimos en la región, un puro y llano “realismo trágico” representado por el cambio cultural ideológico narcoterrorista al que se están sometidas nuestras naciones, y así todo resulta en una gran catástrofe económica y a la vez en la desgracia o hecatombe que implica el sacrificio o mortandad, en grandes proporciones, de personas como si de una ofrenda ideológica de reses camino al desolladero se tratara.

Las fuentes de ingreso estatal por excelencia sólo son dos: los impuestos que pagan los contribuyentes que dependen de la actividad económica que permitan la seguridad, la justicia y la confianza, y los ingresos de las regalías del sector minero-energético y de algunas concesiones que le otorga el Estado a los particulares que también dependen de la seguridad democrática, la confianza inversionista y la estabilidad macroeconómica.

La administración del Gobierno colombiano actual poco difiere del camino recorrido por la falsa democracia venezolana. Ambas francachelas son un gran sancocho, para el cual mataron al mismo tiempo las gallinas de los huevos de oro que les generaban los ingresos por regalías, participaciones e impuestos.

Hablo de los sectores minero-energéticos, Pdvsa, Ecopetrol, y la incidencia del mal manejo macroeconómico del Estado y su correlación directa en la sumatoria del desarrollo microeconómico empresarial y personal.

Pero no contentos con lo anterior, los dictadores progresistas con careta de socialdemócratas recurrentemente plantean la distracción de una supuesta reactivación económica a cuenta de los dineros que tenemos los particulares en la economía formal y bancarizada.

Y como al tirano y a las lumbreras de sus ministros, en dos años se les quedó seca la macroeconomía por terroristas, malos administradores y por ladrones, antes de que cuelguen el país del sagrado corazón en la cruz del narcocomunismo regional, van a hacer el “último sancocho” con las pocas gallinas ponedoras que quedan en esta nación.

Esto es lo que se conoce como un “corralito”, que no es más que la implosión de la economía a causa de medidas de saqueo estatal de todo el dinero que se mueva por los bancos, con lo cual la multiplicación de la economía negra es exponencial.

Colombia venía creciendo bien incluso dos dígitos en 2021, estaba calificada como una democracia estable con una macroeconomía manejada de forma ortodoxa y conservadora que le permitía al país gozar de un ingreso medio, pues la sumatoria de sus balances le representaba poder mostrar flujos futuros para manejar un déficit financiable e ir progresando en la difícil formación de una clase media sólida y por tanto ser una nación en vía de desarrollo.

Pero de repente al llegar Petro, gracias a que Santos dejó abierta la puerta para que miembros de organizaciones criminales participen en el poder, de inmediato ante el silencio complaciente de quienes conducen nuestras instituciones, la sociedad ha observado como esa propuesta de cambio de sistema se adelanta de forma ordenada y sistemática, con el objetivo de crear un caos institucional y destruir nuestra frágil economía.

Hoy una horda de inútiles y cleptócratas guiados por la locura ideológica de su patrón, han demostrado ampliamente que no saben liderar la nación por el camino del desarrollo, administrar el erario y mucho menos ejecutar inversiones ni controlar costos y gastos. Son unos corruptos para quienes el concepto de transparencia es como los vidrios polarizados, que sólo se ve desde adentro.

Hay que escuchar a Petro pues es consistente, cuando dice que va a destruir algo, lo hace.

Secaron la vaquita que mueve la economía y mataron las gallinas. Ya tienen el Estado, el empresariado y el sistema financiero cocinados a fuego lento y al borde de la quiebra. Ya no existen los flujos de caja para lograr financiar un déficit creciente y cubrir el daño causado por una ideología improvisada, arrogante que choca directamente con la libertad de mercados y tiene por objetivo crear una implosión de la socioeconomía para poder empobrecer la nación entera y así controlarla políticamente cuando entremos en estado de desesperación por aquello que llaman desesperanza aprendida.

jueves, 8 de febrero de 2024

La justicia y el cuatrienio de las vacas locas

Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

Nadie de fuera va a venir a arreglar nuestros problemas. Sin duda no será el Sagrado Corazón de Jesús el que administrará este “quilombo” en que está convertida nuestra hermosa patria.

La Colombia que trabaja horadamente sin tenerle que robarle a nadie, sabe bien que el progresismo revolucionario que encarna este gobierno solo sabe destruir, no transforma ni construye nada bueno. Tan solo hay que mirar en los semáforos, lo que pasa en Venezuela.

Alguien, algún equipo de profesionales sensatos, valientes, coherentes y honorables, tienen que unirse y tomar las riendas del deber ser de las cosas y del descontento y liderar a los que no podemos abandonar la tierra, el trabajo y las obligaciones.

El poder ejecutivo se lo tomó el nuevo M-19, una pila de tránsfugas aburguesados, entrampados en el demandante oficio de gobernar, algo tan diametralmente diferente de hacer oposición violenta, populista y demagógica, que siempre degenera en el despotismo de toda autocracia convertida en tiranía ejerciendo terrorismo de Estado.

La legalidad sucumbió ante la impunidad y la ilegalidad otorgadas por el nobel, bendecidas por la iglesia y los ladrones de cuello blanco que ya habían vendido la constitución en Cuba y crearon el engendro inquisidor que representa la JEP.

El poder ejecutivo perdió el respaldo de la legalidad constitucional, al desconocer las leyes y la independencia de poderes.

Hoy a Colombia la representan ante el mundo personajes de valores trastocados, criminales y ángeles caídos ocultos tras la inmunidad diplomática de embajadas y entidades multilaterales.

La inseguridad en Colombia no tiene límite. La enfermiza irresponsabilidad del mamertismo propio de comunistas de caviar, de resentidos y viciosos producto de la rebeldía de los 60, finalmente logró el desmonte e inhabilitación de las fuerzas armadas dejando el Estado de derecho sin un ápice de coercibilidad.

La presencia del Estado en las regiones está autosecuestrada, pues los territorios están controlados por las grandes organizaciones criminales narcoterroristas como las FARC-EP, ELN, el narcoindigenismo, y toda suerte de bandas y carteles delictivos.

Desde el Palacio de Nariño, el gobernante que promovió un golpe de Estado en 2021, se victimiza bajo la paranoia inexistente que más se parece a un anuncio de autogolpe, acudiendo a la milicianización urbana y las movilizaciones populares como lo hacían Hitler y Mussolini.

Tanta alaraca mediática parece una clara demostración de lo que puede pasarle a la mente humana bajo el efecto adictivo del poder combinado con la psicodelia propia de alcalinos alucinógenos.

Los congresistas o están comprometidos o no se comprometen. Y los partidos políticos adolecen de la capacidad de formar equipos unidos y ganadores en favor del desarrollo, pues se atomizaron y perdieron los valores éticos que mantenían sus estructuras en un vergonzoso bazar de avales e individuales conveniencias.

La sociedad civil desapareció, carece de unidad, porque ya no es un caballo de batalla de la izquierda internacional, que hoy se siente bien representada con el populismo en el poder. Y los gremios productivos no están en manos de los dolientes que pagan nómina, sino de prudentes exfuncionarios políticamente correctos, indiferentes e indeterminados.

Se perdió el gobierno corporativo en lo público y en las burocracias privadas igualmente. Sin las debidas políticas de sucesión y las descripciones de los trabajos adecuadas, seguiremos siendo víctimas de la mediocridad y las roscas del clientelismo partidista, y nunca tendremos una meritocracia pública, un liderazgo dirigencial efectivo y eficiente, ni una estructura que le dé continuidad a los verdaderos intereses nacionales.

Los egos y las disputas de los grandes nos tienen maniatados y no hay un relevo generacional decidido a hacer la purga ética e ideológica fundamentada en la competencia y la idoneidad, legislativa en el Congreso, técnica en los partidos, jurídica en las cortes, y mucho menos, a someter a una dieta adelgazante que exija méritos a las burocracias administrativas que el país demanda.

El narcocomunismo y sus cúpulas, representan el centralismo llevado a su máxima expresión y este país tienen que empezar algún día a valorar, a respetar y a apalancarse en la rica diversidad de las regiones.

A Colombia solo le queda la justicia para contener el caos al que navega el barco de nuestra anárquica democracia conducida por un tirano degenerado y psicópata que miente por sistema y todo lo tergiversa. Sin embarco aún no está claro que las cortes se quieran sacrificar a manos de quienes fueron los verdugos de sus predecesores en la quema física de su palacio a manos del M-19 y la mafia en 1985, hoy representados por el nuevo narcoterrorismo que ostenta el poder en Colombia.

Esto huele a la receta esclavizante de una nueva casta cleptocrática y un neo-narco-estalinismo disfrazado de progresismo democrático. Entre tanto la nación entera está siendo arrojada al patio de los leones donde medran toda suerte de organizaciones criminales.

Como vamos está el país abocado inevitablemente a una nueva forma de confrontación civil obligada por la supervivencia individual ante la ausencia del Estado a cuenta de un Gobierno que favorece al delincuente y oprime al ciudadano.

jueves, 16 de febrero de 2023

Vigía: Kolumbien, ¿nazi-staat?

Coronel John Marulanda (R)
Por John Marulanda*

La balconeada, al mejor estilo gaitanista y la gastada vehemencia de sus palabras de campaña, hacen de Petro un real e inminente riesgo para sus vecinos, especialmente Venezuela, con la que malcoquetea comercialmente. El tránsito fronterizo encuentra cada día nuevos tropiezos legales, mientras los gerentes locales recelan de la verdadera capacidad de pago de sus contrapartes, que en su momento expropiaron sus pertenencias.

Pero todo esto es el resultado desastroso del comunismo y del nacionalsocialismo, hoy conocido como socialismo del siglo 21 o progresismo disfrazado de indigenismo, unigenerismo, untado de narcotráfico y proclive a la impunidad. Referencias: El Holomodor de Ucrania (Stalin, 1932-1933) 3.5 millones de muertos; la Revolución Cultural en China (Mao, 1966-1976), 400 mil muertos; el genocidio del Khmer Rouge en Camboya (Pol Pot, 1975-1979) con 2 millones de muertos y la Revolución Cubana (Castro, 1964-actualidad) con 5.000 fusilamientos y asesinatos extra judiciales.

Colombia es el tercer país en conflictividad, después de Afganistán y de la República Democrática del Congo, además es el primer productor de cocaína y la reciente sentencia de la CIDH sobre el genocidio de la UP (1985-1993), no solo ha servido para que los narcos terroristas farianos se autoproclamen como víctimas, sino que ha sido la excusa para que Petro salga a comparar el Estado colombiano con el régimen nazi: “(…) no hay diferencia entre el Estado Colombiano y el Estado Nazi, y que el nuestro no solo es asesino, sino es genocida (…), ayudó a matar a miles de colombianos simplemente porque eran de izquierda”.

Aclaremos. Fueron casi 300 los afiliados al Partido Nazi en Colombia, entre ellos once pilotos, operadores de radio y mecánicos de Scadta con sede en Barranquilla. Algunos fueron considerados “héroes nacionales” y hasta recibieron la Cruz de Boyacá, como el comandante Herbert Boy luego de su hazañoso desempeño en la guerra contra el Perú de 1932. Pero durante la Segunda Guerra Mundial al menos 100 alemanes fueron confinados en el hotel Sabaneta, en Fusagasugá, de acuerdo con una lista negra enviada por US. Y que Hitler anduvo por Tunja y Paipa, según el escritor argentino Abel Basti, es algo que queda para la especulación histórica.

A pesar de que Colombia ha sido catalogada como la nación con la mayor desigualdad de la región, las “Jaulas de la infamia” como las llamaron algunos o campos de concentración estilo nazi, fue lo que testimoniaron todos los colombianos al ver a sus soldados y policías rodeados por alambres de púas en el Caguán, luego de ser secuestrados y encerrados por sus captores, en cabeza del “Mono Jojoy”. Esos sí eran campos de concentración (*).

A pesar de que en la Escuela de Policía “Simón Bolívar” de Tuluá, se haya representado un “evento pedagógico” con uniformes y banderas nazis, en noviembre del 2021, que terminó con la baja de su director, declarar públicamente que Colombia es un Estado Nazi, es un despropósito mayor. Después de las fracasadas marchas pro-petro del pasado martes, Colombia sigue siendo un Estado digno y democrático, pero no nazi, hasta ahora. Solo queda a los colombianos recuperar la sensatez, la cordura y bajarle el volumen a la irracionalidad que los mantiene tan polarizados, psicóticos y a punto de explotar.