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lunes, 1 de abril de 2024

En pleno Viernes Santo

Por: José Leonardo Rincón, S.J.

José Leonardo Rincón Contreras

Celebrando como estamos la Semana Santa, no deja de impactarnos lo que le tocó vivir a Jesús de Nazaret. Después de un periodo exitoso que por poco culmina en asumir un liderazgo político que era lo que esperaban los judios del mesías, la decepción se exacerbó de modo que resultó ser incómodo para todos. Roma podría verlo como un zelote, pero Jerusalén lo veía también como un subversivo de sus preceptos y un blasfemo que se arrogaba palabras y obras que los desestabilizaba de su zona de confort en su apoltronado status-quo dogmático en el que estaban. Conocemos el trágico final producto de confabulaciones y complots, traiciones rastreras movidas por el dinero, negaciones y huidas, odios viscerales de quienes fueron sujeto de sus duras críticas y cuestionamientos directos.

Lo grave de hacer esta memoria es quedarse allí, en compunciones y lamentos, en lágrimas solidarias con la pobre víctima que ofrendó su vida por nosotros. Y resulta grave porque no se necesita esperar a esta semana mayor para decir que estamos en pleno viernes santo desde hace rato. Y si no que hablen los familiares de las víctimas de la violencia que ha azotado por más de 70 años nuestros campos y poblaciones. Que se pronuncien los que han tenido que huir como desplazados dejando atrás sus tierras y propiedades

El listado puede resultar interminable, cual tortura lacerante que agobia permanentemente. Amenazados de muerte que viven huyendo, adultos y mayores viviendo en la más desconsoladora soledad cuando no literalmente abandonados. Niños obligados a trabajar desde tierna edad, abusados y vulnerados; jóvenes carentes de afecto que buscan vías de escape en el alcoholismo y las drogas, sin sentido de la vida y con propensión al suicidio.

Viernes santo viven también los que padecen el desempleo, los que deambulan por las calles, duermen a la intemperie y escarban en la basura para comer de las sobras de los otros; los agobiados por las deudas y los que con un salario mínimo deben hacer milagros para sobrevivir. Mas esto acontece en medio nuestro y en todas las latitudes: Por los lados de Siria y Líbano padecen su viernes santo desde hace tiempos; Ucrania desde que Rusia la quiere suya; la franja de Gaza desde que, por culpa de terroristas de Hamas, Israel encontró el pretexto para eliminar a cuanto palestino existe, así sean mujeres y niños que poco o nada tienen por qué pagar por esta guerra de milenios. Dígase lo mismo de Sudán y de varios países en el África o de cualquier otra parte del mundo.

En tanto el egoísmo no nos permita salir de nosotros mismos, con la codicia y la voracidad de querer tenerlo todo, de ser dueños y señores absolutos navegando en dinero así alrededor mueran todos de hambre. En tanto el afán de poder exista se repetirá una y otra vez la historia trágica de la humanidad de querer avasallar y atropellar por doquier así sea a costa de pisotear la libertad y oprimir naciones enteras olvidando la sentencia evangélica: “de qué le sirve a uno ganar el mundo si se pierde a sí mismo?”

En este viernes santo no sé qué es más vergonzoso: si todo eso que sucede en este instante por esos afanes insaciables cargados de irracionalidad o si la estupidez humana reiteradamente certificada que demuestra que no se ha aprendido, ni se quiere aprender la lección.  Dicen que “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. Lo que no se ha caído en cuenta es que los males han durado toda la vida, en tanto los cuerpos solo resisten máximo 100 años. Por eso la memoria es frágil y la amnesia es un mal colectivo. Seguiremos así en Viernes Santo.

viernes, 13 de octubre de 2023

Amigos pastusos en la eternidad

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Esta semana se nos fue al encuentro de Dios José Suárez, Chepe. Graciela, su esposa y muchos de mis amigos nariñenses, se apresuraron a contarme la dolorosa noticia. Hacía pocos días habíamos conversado telefónicamente y aunque me habían advertido que estaba delicado, lo escuché bien y con ánimos. Siempre lo tomé del pelo por negarse a verse “viejo”, desde ese agosto de 1995 cuando asumí la rectoría del Colegio Javeriano y él me secundaba como vicerrector académico.

El señor Bastidas, fotógrafo de marras del Colegio, era testigo de que se negaba sistemáticamente a actualizar la foto del mosaico. Le decía yo que la foto de la primera comunión la iba a utilizar hasta su muerte y no me equivoqué: en los obituarios aparece la misma. ¡Ay Chepito, viejito picaron, hasta el final te saliste con la tuya! Fuiste una mano derecha clave en esos dos años inolvidables en los que también fuiste asistente, consejero, cómplice de sueños pedagógicos y sobre todo amigo paciente para aguantar mis ímpetus en el liderazgo de tan importante colegio.

Chepe fue luego y por varios años rector del colegio de Comfamiliar, donde dejó también una huella imborrable en la memoria de muchas jóvenes generaciones. Me he emocionado leyendo los testimonios de profesores y estudiantes que sobre su actuar de maestro han compartido en estos días por las redes sociales y no puedo menos que darle gracias a Dios por su vida entregada a la educación, con gusto y pasión.

A propósito de su fallecimiento se me vino a la memoria el recuerdo grato de mis amigos pastusos de aquellos años y que hoy están en la eternidad.

Alfonso Rebolledo, médico, exalcalde de Pasto y quien fuera presidente de la Federación de Asociaciones de Padres de Familia de los Colegios Jesuitas; Javier Concha, presidente de la Asociación de Padres; Carmelita Bastidas, del Instituto Diocesano de Catequesis y Junta de Escalafón; Daniel Guerrero, jesuita, profesor de física y terco promotor del Proyecto Multipropósito Guamues; Mercedes Cabrera, matrona que hasta el final de sus días apoyó el sostenimiento del Templo de Cristo Rey, haciendo ella misma y vendiendo empanadas; Alfredo Diaz del Castillo quien me ayudó en la administración del colegio y su finca; Emiliano su hermano, exgobernador y académico historiador; Gerardo Dávila, abogado compañero de Esperanza Caicedo en Dinámica, programa radial; Tulio y Pacho Jojoa, colaboradores de servicios varios en el Colegio, Lucía Arteaga hermana de Guido, jesuita cuasi de leyenda; Guido Ortiz, rector del instituto Champagnat; El “Negro” Gonzalo Castro, jesuita párroco y vicario de pastoral social; Luis Astorquiza, ingeniero, descendiente de Raquel nuestra gran benefactora…

No eran pastusos pero trabajaron allí con pasión y entrega: el jesuita paisa Jaime Álvarez, con más de 40 años en el Valle de Atriz dejó para siempre huella con la Fundación Juan Lorenzo Lucero con sus maravillosos emprendimientos: Congregación Mariana y sus obras sociales, la Librería Javier, el Hogar de Cristo, el museo y la emisora Ecos de Pasto; mis colegas rectores religiosos y laicos: Helena López de Mesa, Bethlemita; Eibar Atehortúa, Carmelita Misionera; Pilar Zarzosa, filipense; Lorenza Romagnolo, José, filipense. El general de la Policía Nacional, Fortunato Guañarita; Diego Serrano, padre de familia; los jesuitas Santos Valseca en la casa de Ejercicios y Abel Zuluaga sacristán del Templo… Estoy yo mismo sorprendido de su elevado número. Y seguro que se me escapan algunos nombres por falla de memoria, que no por ingratitud. Todos ellos están con Dios y gozan de su eterna presencia y a todos ellos no solo los recuerdo, sino que tengo para ellos inmensa gratitud y afecto eternos.

viernes, 14 de julio de 2023

Cuando nos quedamos solos

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Hoy estoy existencialista. Un video, de esos que mandan por las redes, de una forma cruda y directa pero cierta, nos invita a caer en cuenta de que, dentro de un siglo, quienes actualmente estamos vivos, ya no lo estaremos. Lo que actualmente vemos y disfrutarnos será visto y disfrutado por otros. Y esos otros no sabrán de nosotros, ni les interesará saberlo. El olvido que seremos. Así de simple. Tanto afán por llenarnos de cosas, tanta preocupación por no pasar desapercibidos, tanto estrés por mantenernos jóvenes y bellos y nada de eso podremos llevarlo consigo. Vinimos desnudos y sin nada y nos iremos con las manos vacías. Tal vez nuestro legado, lo bueno que hicimos, permanezca por algún tiempo en la memoria de algunos.

La temprana y sorpresiva muerte del obispo de Santa Rosa Osos, a sus 54 años, me ha obligado a pensar de nuevo en lo efímeros que somos. Una amiga muy querida está en una UCI y lucha por sobrevivir. De pronto, mi mamá suspira profundo y exclama: me he quedado sola, todos mis hermanos y mis sobrinos mayores ya no están. Sus amigos de infancia, los de toda la vida, ya no están físicamente. Solo quedan los recuerdos, pero no hay con quién hablar, con quién recordar, con quién contar. La escena es dura y uno más impotente no se puede sentir. No hay nada qué hacer. No quiero ponerme dramático, pero es verdad que, si miro en derredor, muchos de mis amigos, también ya no están. Uno mismo sabe que su salud, su vitalidad, su lucidez, ya no son las de antes. Es un fenómeno natural e irreversible.

La expectativa de vida ha aumentado en los últimos años, sin embargo, nada nos garantiza que cumplamos o superemos el promedio. En realidad, la vida es corta y los años se pasan volando. Es muy duro que los amigos que uno quiere se nos mueran, pero es verdad que es mucho más duro quedarse íngrimo, solo.

Hay que prepararse para esto. Uno cree que va a ser eterno, que siempre tendrá salud, que estará en sus cabales, que podrá desplazarse por donde quiera y disfrutar los placeres de este mundo… y no. No es así. Sabemos que la muerte vendrá un día, pero la vemos distante.

Vuelve y juega. Con razón hay que mirar el pasado, lo que pasó y no vuelve, con gratitud pues nos dejó, si no satisfacciones, al menos enseñanzas. Del futuro poco o nada sabemos y hay que asumirlo con esperanza buscando que sea mejor para todos. Pero, sobre todo, hay que vivir plenamente el presente, el “hic et nunc” que dirían los latinos, el sabio consejo de Horacio “carpe diem”. Es de lo poco que tenemos entre manos y bajo control.

Concluyendo: la vida es corta, la vida es bella. Felices los que han entendido y viven su pasado con paz, su presente a plenitud y el futuro con esperanza. No nos quedaremos solos, algunos pasarán, otros nuevos vendrán. Y Dios, el Yo soy, siempre ahí, siempre presente, siempre Eterno, siempre a nuestro lado. No estamos solos, nunca quedaremos solos.

viernes, 27 de enero de 2023

Fragilidad

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón Contreras S. J.

Escribo este artículo de viernes a la 1:30 de la mañana, en la puerta de urgencias del Hospital de San Ignacio. He venido con otros dos jóvenes jesuitas a acompañar un hermano mayor con problemas cardiacos. La sensación de agobio es muy fuerte, más que por la hora, o por el traumatismo de traerlo, porque, como recordarán, hace 15 días estábamos de tragedia. La racha de males no solo con estos hermanos sino con varios amigos que en estos días han muerto o están desahuciados, de facto le agachan el moco a uno para recordarle que uno es finito, lábil, enormemente frágil.

Cuando éramos jóvenes, llenos de energía y con salud plena, miramos con cierto desdén y autosuficiencia a nuestro alrededor. Nos sentimos dueños del mundo y de la vida misma. Para saber que nuestra vida es tan corta y que todas las vanidades del mundo son absolutamente pasajeras, efímeras.

Por estos días, precisamente, me gustó ver un texto que decía, palabras más, palabras menos: que no se olvide que el rey y el peón, al final del juego, van a parar juntos como fichas a la misma caja. Es decir, en este partido de la vida, los roles nos hacen sentir a veces más, a veces menos. Y nos hacen olvidar que hoy somos, mañana no. Podrás haber sido Rey, podrás haber sido mendigo, no eres más, no eres menos. Somos lo mismo. Solo el disfraz es el que enmascara realmente nuestra pobre y limitada condición. Humanos somos, barro somos y a esa realidad volveremos.

Doy gracias a Dios por estas lecciones de vida, si se quiere un poco intensas y fuertes, pero que nos ubican en el lugar correcto, con los pies puestos sobre la tierra, como para que bajemos los humos y caigamos en cuenta de nuestra fragilidad. Nuestras vidas penden de un hilo, este tesoro como diría el Apóstol lo llevamos en vasijas de barro. Pongámonos en las manos de Dios y cuidemos lo que nos quede de vida, vivamos intensamente nuestra existencia, gocemos cada instante, disfrutemos nuestros seres queridos, hagamos las cosas bien. Así, solo al final, podremos estar satisfechos y tranquilos y podremos también descansar en paz. 

domingo, 15 de enero de 2023

La muerte y otros mensajes

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.*

Obviamente a cada instante fallecen personajes que nos antecedieron y otros que se nos adelantaron ya que no se les permitió cumplir con su propósito como lo hacen los que sí pueden concluir el ciclo normal de la vida terrenal.

En unas culturas la muerte es solo un paso; creen que el espíritu se renovará y tendrá nueva vida. Para otras la muerte es el fin y no hay nada más, solo, en los que siguen vivos, quedará el recuerdo.

Independientemente de las propias creencias, en todas partes del mundo las ceremonias de despedida terrenal se van desarrollando, y es en ellas que se demuestra el dolor, el reconocimiento o estupor, y finalmente la comprensión de que para todos los seres vivos ese es un paso común que no tiene posibilidades de evitarse.

En los últimos meses se han ido amigos de vida, del alma, y también personajes que nos han acompañado diariamente sin compartir con ellos, que hacen parte de nuestra cotidianidad como la reina Isabel, el papa Benedicto, Pelé, artistas de renombre, actores de cine, en fin, miles y miles de personas que desaparecen por toda la eternidad, lo cual nos muestra que en todo instante está presente la muerte.

Esa presencia constante de la muerte en nuestras vidas, lo cual no es un contrasentido, nos debería permitir reflexionar sobre la forma en que actuamos con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los ciudadanos y con nosotros mismos, haciendo ese análisis interior que nos lleve a tener una mejor convivencia y obviamente coadyuve a un mejor bienestar.

No nos debe dar miedo morir, porque es natural que ello suceda. Nos debe dar miedo no dar respuesta a las necesidades de nuestra gente que sufre, se deprime, no tiene empleo ni recursos para sostener una familia y no ve alternativas de superar las dificultades. Esas problemáticas se están incrementando en nuestro país por causa del nuevo sistema de gobierno que se está implantando, sin orden, sin planeación, con efectos devastadores y cumpliendo, eso sí, con un objetivo claro y preciso, el de igualar a toda la población por lo bajo, por el único indicador que no tiene discusión que es el de la pobreza económica y mental. Polariza a los cincuenta millones de ciudadanos, deja la esperanza, ilusiones y anhelos aun lado y lleva a que todos sobrevivamos sumidos en la tristeza y la angustia.

Señores empresarios, ciudadanos del común, padres de familia, educadores, los invito a que salvemos nuestra democracia, los valores en los que se sustenta y respondamos a los nuevos retos; unámonos en un solo propósito, lograr elegir personas capaces, debidamente estructuradas moral e intelectualmente, que entiendan que la relación exitosa es la que involucra al ciudadano, al Estado, a los empresarios y a los educadores y, además, que elimine la corrupción y se obtengan beneficios reales para las regiones. Con esto se percibirá un mejor ambiente de vida, más alegría, más trabajo, más solidaridad, ecuación perfecta para avanzar en el crecimiento personal, familiar y en la región donde vivamos.

Recurro a la frase que en diversas ocasiones he escuchado que dice “la vida me ha dado mucho, y aunque no tenga totalmente las cosas resueltas, es el momento de aportar”. Así debemos actuar todos, con un poco de compromiso y un poco de solidaridad, viviremos mejor el tiempo que nos queda.

viernes, 13 de enero de 2023

Tragedia

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Anhelé tener unos días de vacaciones con mi comunidad porque me sentía realmente agotado. Estaba feliz porque 10 de los 15 compañeros pudimos coincidir para unos días de sol y playa en una casa entre Barranquilla y Cartagena. El plan para los cuatro días alternaba la estancia en casa con paseos de día entero. El ambiente en el grupo era muy alegre y distendido. Nunca imaginamos que el tercer día terminaría en tragedia.

Con mi hermano jesuita estuve conversando minutos antes. El se fue al mar y yo a la piscina. Todo fue muy rápido, demasiado rápido. Medicina Legal nos dirá en un tiempo que fue lo que realmente le pasó. La prensa mal informada dijo que murió ahogado pidiendo auxilio. No fue así. Uno no se ahoga tan rápido y cuando el agua le da a las pantorrillas. Y si se está ahogando lo expresa, grita, patalea, chapucea, mueve brazos y piernas. Nadie narra que esto fue lo que sucedió. Si se traga tanta agua el cadáver se hunde, no flota. Su rostro completamente cianótico muestra un gesto de labios apretados. Pudo ser trombosis, pudo ser infarto fulminante.

Cuando arribo corriendo al lugar de los hechos, me encuentro con escenas muy diversas. Una mujer filma con su celular lo que ocurre. Su rostro sonriente, se transforma cuando la miro inquisitivamente. Bajan su rostro y el celular y percibo que siente vergüenza. Al llegar donde está el cuerpo exánime, es variopinto el cuadro. Abundan los curiosos, pero están también quienes lo sacaron del agua, los que le dan respiración boca-boca y le dan masajes en el pecho para reactivar el corazón, o traen agua (¿se la traerían a un ahogado?), o llaman a la policía, los organismos de socorro y la ambulancia. También está el viejo morboso que se deleita filmando estos procedimientos y se vuelve agresivo cuando le increpo diciendo que todo esto no es un show mediático. No faltó el que dijera sandeces. En tanto, nosotros, paralizados, estupefactos, impotentes. Habría pasado media hora cuando llega la ambulancia. Los paramédicos lo observan y sentencian la desgraciada noticia. Con todo se sube el cuerpo con la ilusión de lo imposible. El vehículo se entierra en la arena, pero entre 15 personas logra moverse y dirigirse al hospital de Juan de Acosta donde se confirma su deceso.

Llevado su cuerpo a Medicina Legal de Baranoa, regresamos a casa devastados. Tarde en la noche celebramos la eucaristía que él nos iba a presidir ese día. Era 6 de enero, la Epifania del Señor que litúrgicamente se traslada al domingo siguiente. Evocamos al hermano y amigo en el Señor, agradecimos su vida y nos preparamos para el regreso. No tenía sentido seguir allí en vacaciones. Además, al día siguiente, la jornada fue larga, abundante en trámites y diligencias. Todo se prolongó hasta el pasado miércoles cuando pudimos darle cristiana sepultura.

Epifanía significa eso, manifestación. El Señor nos sigue hablando a través de los acontecimientos. Y esta dolorosa vez nos recordó que la vida es frágil, que ahora estamos y al siguiente minuto ya no. Que hay que estar preparados. Creo que nuestro hermano lo tenía claro y nosotros no debemos olvidarlo. Descanse en paz el siervo bueno y fiel y entre a disfrutar el gozo de la eterna presencia de Dios.

lunes, 22 de agosto de 2022

¿Muerte o transición a otra vida?

Por: Luis Alfonso García Carmona*

En general, los seres humanos evitamos, consciente o inconscientemente, reflexionar sobre el tema de la muerte. Y ello es explicable por tres razones fundamentales: a) tenemos temor a lo desconocido; b) asociamos la muerte al dolor que acarrea una enfermedad o un trauma letal; c) la separación física de los seres queridos y del entorno que nos brinda alguna tranquilidad nos atemoriza.

No obstante lo anterior, valdría la pena cuestionarnos sobre el verdadero significado de lo que conocemos como “muerte”.

Para las civilizaciones antiguas más desarrolladas la muerte física del cuerpo no significa la desaparición de la persona humana en su esencia. Los antiguos egipcios denominaron como “Libro de la salida al día” o “Libro de la emergencia a la luz” al Libro de los muertos, que es una recopilación de textos funerarios escritos a partir del III milenio a. C.

Consideraron que la esencia de la identidad continúa después de la muerte y elaboraron complejos procedimientos para garantizar un normal tránsito a la vida en el más allá.

Similares conceptos se recogen en las culturas hindú, tibetana, china y en las de otras latitudes que sería prolijo enumerar.

En el mundo moderno, convertido en una aldea global gracias a las comunicaciones virtuales, se conocen centenares de miles de “experiencias cercanas a la muerte”, es decir manifestaciones de lo ocurrido a personas que han presentado síntomas de muerte clínica y luego han regresado a la normalidad.

Curiosamente, del análisis de esa multitud de vivencias se deducen unos cuantos factores comunes, tales como el tránsito por un túnel con una luz intensa al final; el encuentro con seres queridos fallecidos anteriormente; la sensación de paz, amor y alegría; y, el rápido repaso de su experiencia en la tierra. Nada de ello es explicable por el método científico y, en consecuencia, la ciencia se ha limitado a calificar tales eventos como simples alucinaciones.

Pero también los científicos, a partir de las conclusiones de Einstein y otros destacados investigadores, han construido toda una teoría a partir de la física cuántica que explica que el universo está compuesto de energía y que esta comprende tanto la materia como el espíritu. Cuando la materia se extingue, la energía espiritual permanece en otra dimensión diferente a la terrenal.

Tres experiencias personales avalan lo que aquí queremos compartir:

En la televisión colombiana, hace muchos años presencié un programa en el que se entrevistaron varias personas que dieron fe de sus experiencias después de haber muerto clínicamente. Una de ellas era una dama, hija del conocido político huilense Felio Andrade Manrique.

Gracias a mis lecturas de la obra del psicólogo Brian Weiss puse en práctica un ejercicio de regresión que me trasportó a la Edad Media.

Asistí a una sesión colectiva de sanación a través de procedimientos de regresión practicados por el experto antioqueño Aurelio Mejía, con asombrosos resultados no explicables desde la perspectiva científica.

En momentos de desesperanza e incertidumbre como los que atravesamos, reflexionar sobre estas realidades contribuye a reconocer que más allá de esta vida temporal nos espera una eternidad donde podemos hallar la paz, el amor y el encuentro con el Supremo Hacedor que todo lo puede.

lugarmed@une.net.co

viernes, 5 de agosto de 2022

Soledad

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Vivo en el barrio La Soledad, un sector de la capital que, según cuentan, se llamó de esta manera porque en la Bogotá de comienzos del siglo pasado era un lugar aislado y poco habitado. Cuando los jesuitas decidieron comprar una franja de tierra para construir allí su curia provincial, con la ayuda del vecindario erigieron una capilla que pusieron bajo el auspicio de Nuestra Señora, Nuestra Señora de La Soledad. Por cierto, con una imagen sui-generis, inédita, si se quiere, pues no es la tradicional imagen de la dolorosa, sentada, vestida de negro y llorosa, sino de pies, en actitud orante, con las manos sobre su pecho, la cabeza inclinada y un rostro compungido pero sereno.

He oído decir que no hay dolor más grande para un padre o madre de familia que perder un hijo y que es un sufrimiento que difícilmente se supera. Lo normal es que los hijos entierren a sus padres, no al revés. De modo que las imágenes marianas a las que he aludido expresan esa trágica realidad que en nuestro país es paisaje. En el conflicto armado que hemos vivido por décadas, miles de madres han tenido que sepultar a sus hijos o nunca más volver a saber de ellos porque desaparecieron para siempre. Traumática e irreparable pena. Se debe sentir una soledad total así los padres estén rodeados de muchas personas. No es una soledad física, es una soledad del corazón.

Hay soledades de soledades. Soledades de aislamiento voluntario, soledades por exclusión o rechazo en un grupo humano, soledades por incomprensión, soledades por ausencia de compañía y las soledades efectivas cuando paulatinamente, poco a poco, uno se va quedando efectivamente solo en la vida porque se le mueren los papás, se le mueren los hermanos, se le mueren los familiares y seres más queridos y el círculo de relaciones humanas más estrechas se extingue. Debe ser un sentimiento de orfandad y de abandono únicos. Ya no hay con quien hablar, con quién desahogarse, a quien visitar, por quien preocuparse de modo especial. Esto le sucede a las personas longevas que sobreviven al resto. Y, repito, aunque tengan compañía física de otros, se sienten totalmente solos. No es cuestión de cantidad de gente, es ausencia cualificada de relaciones de afecto, esto es, de ese sentimiento único que generaban esos seres y que nada ni nadie pueden llenar.

¡Qué dura es la soledad! Sólo Dios podría consolar tan desolador momento y llenar ese humano vacío. No es fácil. Se dice sin más, mirando desde la barrera, pero solo se entiende cuando se vive. Cuando solidariamente, silenciosamente, se acompaña a quien está afligido en el alma. No hay mucho que decir. No hay consejo que valga. No hay remedio halo u homeopático que sirva. Es una profunda experiencia interior, inenarrable, indescriptible, para muchos incomprensible. Ahí sí que la oración de la doctora Teresa cobra todo su sentido: “Nada te turbe, nada te espante. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. ¡Amén!

jueves, 14 de julio de 2022

Hace un año murió mi madre

Andrés de Bedout Jaramillo
Por Andrés de Bedout Jaramillo

Lo que más admiré de mi madre fue su capacidad de procreación al mejor estilo católico, relaciones sexuales para la procreación de siete hijos, hoy entre los 57y 69 años. Fueron 12 años para la creación de 7 hijos, con un marido con el que compartió cerca de 30 años. Perdió a su marido a los 53 años y a su primer hijo a los 85 años.

Fueron 10 años pariendo, 50 manejando un hogar y educando hijos, viuda más de 30 años y cerca de 10 años con alzhéimer progresivo.

Su fortaleza y carácter lo heredó de su madre Ana Peláez y de su padre Roberto, apenas lo conoció, murió cuando tenía cerca de 5 años.

Estuvo muy comprometida con nuestro padre Jacques en los proyectos educativos de sus hijos, del Colegio de Los Benedictinos, del Colegio Jesús María y del Colegio Cumbres. La formación católica en valores y la educación, fueron prioridades en su existencia.

Nos enseñó sobre la importancia de la unidad familiar, siempre andábamos juntos, los 9 cabíamos en el mismo carro, en la misma casa, salíamos todos juntos a vacacionar, en fin, ahí aprendimos amor de hermanos, tolerancia, a compartir, a ser responsables, solidarios, estudiosos y trabajadores. También aprendimos a competir, a ser celosos, reservados, peleadores y muchas otras cosas aparentemente malas que los humanos interiorizamos para pasarnos la vida desaprendiéndolas; así es que formamos para vivir. Aprendimos a escoger entre el bien y el mal. Todos los amigos de sus hijos e hijas la recuerdan con cariño, aprecio y agradecimiento; en su casa los trató como a sus hijos e hijas.

Nos separamos muy pocas veces excepto las que podríamos llamar trágicas separaciones, la primera cuando por cuestiones laborales nuestros padres y los dos mayores viajaron a Alemania a preparar el terreno para la llegada de los cinco hijos que quedamos esperando en Medellín. El momento de reunirnos otra vez fue frustrado por un trágico accidente de nuestros padres en el exterior, que impidió los planes originales. Superadas las dificultades nos volvimos a juntar en Medellín. Luego vino la segunda y más difícil separación, la muerte trágica de nuestro padre hace ya 44 años y posteriormente, hace cerca de 10 años la muerte súbita de nuestro hermano Santiago y ahora hace un año la muerte de Nora nuestra madre. Estas tres últimas separaciones, de por vida, la muerte es la muerte.

Las crisis económicas hicieron parte de nuestra formación, fueron difíciles, estábamos acostumbrados a que no nos faltara nada y si bien nunca nos faltó nada, tocó abrocharse muy duro el pantalón y trabajar sin descanso (sin fecha, ni horario, ni calendario).

Nora, en este primer aniversario de tu partida te quiero pedir perdón por los momentos difíciles y agradecerte infinitamente todo lo que hiciste por toda tu familia y tus congéneres.

Son tres los angelitos que tenemos en el Cielo, que siempre estarán vigilantes para ayudarnos, siempre de la mano de nuestro Señor Jesucristo.

viernes, 16 de julio de 2021

Vivir con lo esencial

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Llegan muchos mensajes todos los días, algunos chistosos, otros que ponen a pensar y otros que son realmente basura. Una amiga nariñense me envió uno esta semana que, como se dice, me hizo el día: “nacemos sin traer nada, morimos sin llevarnos nada. Pero, en ese intervalo peleamos por lo que no trajimos y por lo que no nos llevaremos”. Cortas frases, gran sabiduría.

Es verdad cuando se dice en la declaración universal de los derechos humanos que todos nacemos libres e iguales; no se está hablando de una utopía sino de la mera y pura realidad. Vinimos al mundo empeloticos, esto es, desnudos, sin nada… sin embargo, el problema ya ha comenzado, porque si la cigüeña te dejó en la quinta avenida de New York, de seguro que te va a ir mucho mejor que si te dejó en un suburbio latinoamericano. Uno y otro van a estar preocupados en su vida, el uno para no perder todo lo que tiene y el otro para alcanzar lo que no tiene. Creerán que la felicidad consiste en llenarse de cosas y si acaso, muy tarde, descubrirán que el sentido auténtico de la vida era otra cosa y que por andar MFT, la desgastaron tontamente.

Debería entonces redactarse un acapite en la tal declaración que diga: y todos morimos por igual, sin distingos ni clases y peor aún, sin llevarnos nada… De pronto eso nos ayudaría a ser más cuerdos y sensatos, y nos animaría a llevar una vida más simple y austera, sin tanto boato baladí, sin tanta alharaca, sin tanta apariencia. Caeríamos en cuenta que los títulos académicos te dan conocimiento, pero no necesariamente sabiduría; que los aplausos y vanos honores son flor de un día; que el poder obtenido ciertamente fue por un cuarto de hora; que el dinero habido te satura de cosas, pero no garantiza que seas feliz; que muchos bienes materiales hubiese sido mejor no tenerlos. ¿Qué nos llevamos de todo esto? ¡Nada!

¿Qué es entonces lo esencial? Saint-Exupéry pondría en boca del zorro tan simple secreto: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. ¡Háganme el favor!  Entonces, lo fundamental, lo que vale la pena, a lo que hay que apostarle la vida, ¿no es una cosa, no es una persona? Con razón no somos felices, porque nada nos llena, nada nos satisface, insaciables de lo accesorio y carentes de lo realmente importante. ¡Cuán pifiados estamos en la vida!

Si en nuestra jerarquía de valores, nos ponemos en la tarea de ordenar nuestra existencia, creo que la suerte del mundo sería otra. Definidas sincera y honestamente nuestras principales apuestas, descubriríamos el tesoro maravilloso que se encierra detrás de lo simple y lo sencillo, y dejaríamos a un lado el estresante frenesí que cotidianamente nos desgasta, efímeramente nos ilusiona y, finalmente, nos deja vacíos. Entonces y solo entonces andaríamos con firmeza por la senda de la auténtica felicidad y no sufriríamos tanto por lo que no vale la pena. Sí, amigos, así de simple, así de fácil, así de asequible. Creo que todavía estamos a tiempo de tomar la mejor decisión. Recuerden: somos libres de hacer con nuestra vida lo que queramos, pero a la hora de nacer y morir somos igualitos, de modo que no perdamos tiempo en el intervalo por lo que no vale la pena. Vayamos a lo esencial y vivamos con ello, así seremos felices y Dios nos bendice.

martes, 30 de abril de 2019

Dios siempre ha protegido mi vida


Por Andrés de Bedout Jaramillo*

Andrés de Bedout Jaramillo
Atravesaba en mi bicicleta como lo hago casi todos los domingos, la vía que conduce de San Antonio a la Ceja, una vía rápida, de doble sentido, donde puedo mirar y medir la distancia de los carros, motos y bicicletas que vienen de la Ceja. En una corta distancia, muy cerca de una curva sobre el camino que trataba de coger, vi muchos muchachos y muchachas jóvenes, no pasaban de los 18 años, vestidos de negro y blanco, con pinta de amanecidos y drogados, lo que me causó susto. Tenía que pasar necesariamente por entre ellos, que no eran menos de 50, por lo que aceleré el paso. En ese momento me salió una moto de la curva a gran velocidad, lo que me obligó a corregir el rumbo poniendo mi bicicleta sobre la raya que divide la vía, en dirección a San Antonio para no ser atropellado ni por la veloz moto ni por el vehículo que venía en sentido contrario, todos controlamos nuestros nervios, no era el día como decimos, Dios me protegió como siempre lo ha hecho.

Durante el trayecto que continúa por el camino veredal, venían más muchachos y muchachas de negro, a paso lento, hablando en voz baja, consumiendo marihuana, los salude, no me respondieron, no se percataron, ni les importó mi presencia. El olor de la nube de marihuana me recordó viejos tiempos, hasta me dieron ganas de pedirles una fumada, un poco asustado apresuré el paso y empecé a recordar algunas de las veces en las que he estado en inminente peligro de muerte.

Nací en un hogar de 7 hijos, siendo el tercero de ellos, rodeado de todas las comodidades y oportunidades, con unos padres, hermanos y hermanas, espectaculares.

Mi hermano mayor influyó mucho en mi vida; desde pequeño siempre hacía lo que él dijera. Así como tenemos mucho de que agradecernos, también tenemos mucho de que arrepentirnos, construimos mucho y nos destruimos mucho. Tenía una genialidad e iniciativa únicas, que nos permitió crear empresa y mi Dios siempre nos protegió.

Estando muy pequeños, de vacaciones en Santa Marta con nuestros padres y hermanos, abordamos los dos, por idea de mi hermano, una pequeña barca y nos hicimos a la mar. La brisa nos llevó mar adentro, la barca hacía agua y fuimos rescatados antes de naufragar, Mi Dios nos protegió la vida.

En la adolescencia nos iniciamos en el licor, el cigarrillo, los amigos, las novias, los carros y las fiestas, en un Medellín violento, donde todo se arreglaba a plomo y vimos morir amigos. En esta época nos salvamos de muchos accidentes y situaciones. Por ejemplo, recuerdo cuando me atravesaron un carro para robarme el mío, en el barrio Laureles, cuando me dirigía a recoger, donde una amiga, a mi novia, hoy mi esposa, y me encendieron a plomo por no entregarlo. El carro quedó lleno de impactos de bala y la única explicación de haber salido ileso fue la protección de nuestro señor Jesucristo.

Llegando a la mayoría de edad, 21 años en la época, estudiaba derecho y mi hermano aviación. Se le ocurrió que trajéramos langostas vivas de las islas de San Bernardo en el Golfo del Morrosquillo para venderlas en los restaurantes y clubes de Medellín. Llevando como un año haciendo semejante travesía, cada 15 días, llena de riesgos y aventuras, nuestro padre quiso acompañarnos para conocer más lo que estábamos haciendo y apalancarnos económicamente, inclusive ya le había puesto nombre a la naciente empresa. Llegando a Yarumal, bajo torrencial aguacero, yo conducía, tocó frenar bruscamente, cuando ingresábamos al puente sobre el Río Nechí, para esquivar una tractomula. El río venía crecido y tuvimos tan mala suerte que caímos a él. Nuestro padre murió ahogado al interior de la camioneta en que viajábamos, no nos explicamos como mi hermano y yo pudimos salir del carro, superar la fuerte corriente y sobrevivir a tan horrible accidente. Otra vez la protección de nuestro Señor Jesucristo.

Han sido 40 años de sufrimiento y dolor por la muerte de mi padre en mis manos; mis hermanos y hermanas, varios de ellos pequeños, nos quedamos sin padre y a pesar del paso del tiempo, no lo he podido superar, pero pegado a nuestro señor Jesucristo lo puedo sobrellevar.

Un poco mayores, acercándonos a los 30 años, a mi hermano se le ocurrió que construyéramos una pesquera en el Pacífico, en Bahía Solano. Un día viajábamos con nuestras señoras y nuestros pequeños hijos, en una pequeña avioneta de las que contratábamos para traer el pescado, el tiempo estaba tormentoso, el piloto no encontraba el aeropuerto y el combustible se agotaba, no podíamos regresar a Medellín, ni llegar a Quibdó. Mi hermano tomó el mando del avión y encontró un pequeño hueco entre las nubes negras, que nos permitió aterrizar en Bahía, otra vez nuestro Señor Jesucristo nos salvó.

Tomábamos mucho trago mi hermano y yo, solos y con los amigos. Nos causamos daño lo hicimos a nuestras familias, porque cuando uno toma trago hace y dice cosas que sin tragos nunca sería capaz de hacer, ni decir. Eso permite muchas situaciones de inminente peligro de muerte. Tratando de dejar el trago me alejé de mi hermano y cuando había avanzado en el propósito, el murió y volví a caer, hasta que caminé en Emaus, lo que me permitió encontrar fuerza, paz y tranquilidad para seguir adelante, eso sí, con mantenimiento diario, orando mucho, escuchando la palabra de Dios, luchando para seguir su ejemplo. Ha sido la mejor terapia para mi vida y la de mi familia, no tener que lidiar con mis tragos y lo mejor, yo no tengo que sufrir con mis terribles guayabos. Ser Emaus es ser valiente, persistente, humilde y servicial.

A nuestro señor Jesucristo lo tenemos ahí, a la mano, Él es nuestra luz, nuestra solución y nuestra salvación. A esta terapia espiritual le mezclé la del mantenimiento físico con mucho ejercicio, vivo el día, la vida que mi Dios me da.

Desde hace como 5 años tenemos a nuestra madre con alzahimer, una mujer que parió y educó 7 hijos, va para 93 años, ha rezado tanto por nosotros, que por eso nuestro señor nos ha salvado de tantas. El poder de la oración. Mi hermana, vive con ella, se ha dedicado a cuidarla y acompañarla, nos ha dado ejemplo de servicio y humildad.

En mi recorrido de ciclista dominical, llegué a un sendero donde pongo, por unos minutos, a prueba mi equilibrio, mis nervios, debo rodar en la bicicleta sin bajarme, por un estrecho camino de unos 40 centímetros de ancho, encerrado entre un alambrado de púas que lo separa de un potrero de vacas y una pequeña quebrada que corre por una zanja de unos 80 centímetros de profundidad. Fallar en ese trayecto, implicaría una dolorosa caída y más, cuando el pequeño camino se mantiene húmedo y resbaloso, pero siempre está mi Dios para cuidarme, porque siempre estamos en peligro de muerte, accidental o natural y más ahora cuando el terrible cáncer nos persigue y nos rodea permanentemente.

Siempre debemos estar preparados para morir, para rendir cuentas ante nuestro creador y ojalá poder presentar un balance que nos permita la vida eterna a su lado.