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jueves, 15 de febrero de 2024

El gran "coste de la oportunidad" que paga hoy Colombia

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

Toda decisión tiene un costo de oportunidad asociado y representado por el valor de la alternativa a la que se renuncia, lo que se rechaza, sacrifica o se deja de lado. Dicen lo montañeros de mi tierra: “El que saca, y no le echa, se le acaba la cosecha”. Una nación no progresa cuando un Gobierno tiene como misión terminar con el sector productivo del país.

En pleno siglo XXI las naciones no soportan el costo asociado a la volatilidad de los extremos ideológicos ni los ensayos restrictivos de la libertad desde el ejercicio del poder. Eso resulta en la quiebra de cualquier hacienda pública, en la miseria del sector privado y perpetúa la ignorancia como dictadura.

Colombia votó en 2022 por un cambio a la loca, por un salto al vacío, pero sin paracaídas. Nunca se le dijo al ciudadano cuál sería el costo directo, ni el costo de oportunidad que ese cambio le representaría frente al gran potencial de nuestro país, a sus libertades democráticas y al bolsillo de todos los que no vivimos del derroche gubernamental.

Para entender las consecuencias de permitir que un gobierno imponga un nuevo modelo que auspicia el terrorismo, emulando los cambios que viene generando el socialismo del siglo XXI en naciones hermanas, miremos el costo de oportunidad, lo que perdemos al desviarnos de una tradición democrática de más de 200 años, corriendo el riesgo de caer en una tiranía neo-estalinista patrocinadora del narcoterrorismo y producto de un viaje psicodélico gubernamental sin precedentes.

¿Qué puede haber más valioso que la vida y el tiempo? Y mientras aquí lo que llaman paz se paga con vidas, si sumamos el tiempo perdido de 50 millones de personas a causa de decisiones equívocas producto de la mediocridad, la ignorancia, la soberbia, el odio, el resentimiento personal o ideológico, o los egos de las figuras que dominan la política, esos son, el mayor costo de oportunidad que puede pagar toda una nación.

¿Cuál es el costo de oportunidad para el desarrollo si los fondos públicos y los recaudos impositivos se dedican a financiar acuerdos utópicos con el crimen organizado, dejando de lado la financiación de la nutrición infantil, la seguridad ciudadana, la salud, la construcción de infraestructura, la educación y el deporte, la conectividad y la formación de empresas y actividades económicas lícitas?

Colombia, en comparación con la gran mayoría de las naciones desarrolladas, está ubicada en el ombligo del mundo, es país tropical y andino, con montañas y forestas que le dan recursos hídricos y energéticos limpios, está llena de minerales preciosos e hidrocarburos que le pueden garantizar autoabastecimiento e ingresos para su desarrollo y para pagar una transición energética gradual y sostenible. Nuestro país es, comparativamente a su tamaño, la gran potencia en biodiversidad, selvas tropicales húmedas y páramos, con regímenes lluviosos trimestrales, y unas planicies sujetas a sequías e inundaciones semestrales.

Nuestra diversidad cultural y complejidad geográfica están llenas de un capital humano y una cultura laboriosa y de superación de la que emana un ingenioso espíritu emprendedor. Aquí nunca ha sido fácil formar capitales, la necesidad esencial ha sido progresar como nación y hoy podríamos estar avanzando en desarrollo con el propósito de migrar a una sociedad del conocimiento de la forma en que lo hicieron Corea del Sur, los Tigres Asiáticos o Emiratos Árabes Unidos.

Por tanto, nuestro país, manejado de manera confiable y consistente en lo que queda de este siglo, puede ser uno de los principales centros de atracción de inversión extranjera global para la preservación y la transformación del planeta, donde las grandes naciones deben ser los principales actores de la descarbonización y nosotros los grandes proveedores de energías limpias, biodiversidad, conocimiento, recursos y servicios.

Colombia puede ser, en medio de la complejidad geopolítica actual, un centro global y regional físico y digital a la vez, que articule inversión productiva, turismo, maquila, distribución y comercio internacional. Tiene costas en los dos océanos, puede desarrollar redes de trasporte y ductos que superen la complejidad de nuestra accidentada geografía.

Colombia puede ser un lugar seguro en toda la extensión de la palabra si el Estado garantiza la legalidad y la justicia como los rieles sobre los cuales rueda una democracia; si cuajamos la determinación de contar con políticas de Estado a mediano y largo plazo que sean sólidas y sostenibles, que propendan por una educación intelectual, científica y deportiva sustentada en la formación de una cultura sana de desnarcotización de la juventud, de la economía y de la política, ayudada con nuevas tecnologías que protejan todo ese acervo de recursos anteriormente enumerado.

Ello requiere que los gobiernos venideros dejen el populismo ideológico y administren bien el Estado, en lugar de dedicarse a la politiquería y el clientelismo con cargo a la miseria del pueblo que dicen representar.

Pagamos un gran costo de oportunidad por no tener legalidad para garantizar la vida, la seguridad a la inversión y la propiedad de los nacionales y los extranjeros. Pagamos por no poder fortalecer la macroeconomía explotando de manera tecnificada nuestro activo minero-energético y haciendo un uso juicioso de su producido en la construcción de una gran infraestructura física y digital que nos permita avanzar en esta era del conocimiento, y desarrollar nuevas industrias y servicios integrados a la globalización, a la regionalización y a ser un centro de turismo cualificado y calificado.

Pagamos caro el costo de no tener un sistema integrado de manejo del recurso hídrico, coordinado con reglas claras de protección y mitigación ambiental balanceadas, compatibles con las necesidades y demandas del desarrollo socioeconómico, y la construcción de presas y generadoras en los afluentes de los grandes ríos, y así poder construir reservas hídricas, sistemas de riego y manejar canales para habilitar tierras productivas en las planicies, evitando sequías e inundaciones.

Pagamos un alto costo por no hacer la reconstrucción de las ferrovías, interconectar física y digitalmente las urbes y el campo, no ampliar los sistemas de vías primarias de nueva generación, ni mejorar de las vías terciarias, por no hacer una construcción masiva de túneles, puentes, por no mejorar la navegabilidad de algunos ríos y ampliar la red de poliductos para hidrocarburos y aguas, por no construir más puertos, por no mejorar en lugar de destruir los sistemas integrados de salud y transporte, los centros educativos, deportivos y cárceles, de modo que el Estado le garantice a cada ciudadano las oportunidades propias del debido cumplimiento de sus obligaciones.

Pero como dice un viejo adagio: “por la cagada se conoce el pato”. Y cuando lo que Colombia necesita es seguridad, un manejo serio, competente, consistente y sostenible de la cosa pública, educación, cultura y salubridad física y mental, lo que este Gobierno intencionalmente deja en cada decisión que toma es: destrucción de valor económico e institucionalidad, miseria humana y empobrecimiento colectivo, mediante la legitimización del crimen organizado, asociado a la violencia criminal, el narcoterrorismo y el subsidio a la milicianización y el microtráfico.

martes, 31 de octubre de 2023

De cara al porvenir: se puede

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal

Hace 78 años Europa, Rusia y Japón estaban semidestruidas al terminar la Segunda Guerra Mundial. Hace 70 años Corea del Sur estaba parcialmente destruida y hace 48 años se terminaba la Guerra de Vietnam quien quedó con su infraestructura casi que completamente arrasada. Este triste recorderis sirve para enmarcar una reflexión que a países tercermundistas como Colombia le cae como anillo al dedo.

Mientras nosotros estábamos a nuestro propio ritmo desarrollando nuestra precaria infraestructura y no sufríamos la tragedia de guerras internacionales, pues en vez de mirar hacia adelante, intensificábamos el conflicto interno y nos entreteníamos matándonos entre nosotros mismos sin mirar hacia un futuro promisorio, tal como sucede hoy en día.

Mientras tanto, los países que debían comenzar de nuevo su proceso de reconstrucción en todos los sentidos, se esmeraban en recuperar su amor propio, su identidad, su nacionalidad, todo esto con una voluntad férrea de salir adelante y recuperar y ampliar el espacio y el tiempo perdido, y a fe que lo lograron, pues todos esos países son hoy potencias mundiales en lo político, lo económico y lo tecnológico, mientras nosotros, siempre rezagados y sin dirección, esperamos a ver qué pasa sentados a la vera del camino, conformándonos con las sobras de la mesa.

Sirve lo anterior para volver a pensar y entender qué se entiende por riqueza.

Se genera riqueza en la producción y transformación de materias primas y en el desarrollo del conocimiento en la búsqueda del bienestar de los humanos a través de bienes y servicios que se intercambian en una sociedad de consumo.

Aparecen la agricultura, la minería y la industria como palancas para la generación de riqueza.

La riqueza no sale de la tierra per se, aun cuando tener tierra genera poder y riqueza.

El asunto de la tenencia y uso del suelo se hace impostergable si lo que se requiere es generar riqueza mediante la apropiación y transformación de los recursos del suelo. La modernización del campo, de lo rural, es condición previa a la posible industrialización de Colombia.

Hoy se habla de la necesidad de reindustrializar a Colombia, argumentando el freno en seco que causó la llamada Apertura Económica por allá en los inicios de los años 90, que efectivamente trajo, como todo proceso de cambio, cosas buenas y cosas malas.

Nos insertamos al mundo, perdimos la industria y se frenó la dispendiosa construcción de un incipiente mercado interno.

Hoy por hoy no estamos midiendo la creación de la riqueza sino la transformación de la riqueza, en medio de una creciente iniquidad.

¿Cómo vamos a hacer crecer la economía? Algunas posturas dicen que no se debe estatizar la riqueza y otros que solo el sector privado debe generar riqueza y el Estado vía impositiva la redistribuye.

Si se deja actuar al mercado se crea riqueza y se maximiza el bienestar, como lo predica la Teoría del Bienestar.

Si se deja funcionar libremente al mercado, se potencia la producción con graves implicaciones como el cambio climático y aparece en el escenario un tema que bajo otros parámetros no bebería aparecer, como lo es el de la posible extinción de la especie humana.

Un proyecto de reindustrialización requeriría de la definición de un foco de especialización, del aprovechamiento de las ventajas comparativas, de la creación de ventajas competitivas, de la formalización de un modelo económico y de la precisión de aquellos sectores estratégicos que queremos y podemos desarrollar siempre con un horizonte de largo plazo.

Así mismo se deben superar los problemas alrededor de la tierra, modernizar el sistema fiscal y superar la violación de los derechos sociales una vez el Estado tenga presencia y sea el principal actor dentro del territorio.

Aparecen nuevos enfoques que invitan a que las asociaciones público-privadas alrededor de grandes proyectos sean las que orienten el crecimiento económico soportado en una política de reindustrialización o de industrialización según sea el caso, una alta inversión en conectividad en todos sus modos, la potencialización del saber y del conocimiento alrededor de objetivos como acabar con el hambre, uso intensivo de energías limpias, manejo del agua y búsqueda de la equidad.

En temas económicos las teorías son abundantes. Es la política la que permite finalmente que sus resultados sirvan para resolver los problemas de la humanidad para lograr un nivel de bienestar digno y la preservación del entorno.

Como sostiene mi dilecto amigo el doctor Humberto Díez, “Aquí el Gobierno se traga al Estado y la Improvisación se impone al Gobierno”.

viernes, 16 de julio de 2021

Vivir con lo esencial

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Llegan muchos mensajes todos los días, algunos chistosos, otros que ponen a pensar y otros que son realmente basura. Una amiga nariñense me envió uno esta semana que, como se dice, me hizo el día: “nacemos sin traer nada, morimos sin llevarnos nada. Pero, en ese intervalo peleamos por lo que no trajimos y por lo que no nos llevaremos”. Cortas frases, gran sabiduría.

Es verdad cuando se dice en la declaración universal de los derechos humanos que todos nacemos libres e iguales; no se está hablando de una utopía sino de la mera y pura realidad. Vinimos al mundo empeloticos, esto es, desnudos, sin nada… sin embargo, el problema ya ha comenzado, porque si la cigüeña te dejó en la quinta avenida de New York, de seguro que te va a ir mucho mejor que si te dejó en un suburbio latinoamericano. Uno y otro van a estar preocupados en su vida, el uno para no perder todo lo que tiene y el otro para alcanzar lo que no tiene. Creerán que la felicidad consiste en llenarse de cosas y si acaso, muy tarde, descubrirán que el sentido auténtico de la vida era otra cosa y que por andar MFT, la desgastaron tontamente.

Debería entonces redactarse un acapite en la tal declaración que diga: y todos morimos por igual, sin distingos ni clases y peor aún, sin llevarnos nada… De pronto eso nos ayudaría a ser más cuerdos y sensatos, y nos animaría a llevar una vida más simple y austera, sin tanto boato baladí, sin tanta alharaca, sin tanta apariencia. Caeríamos en cuenta que los títulos académicos te dan conocimiento, pero no necesariamente sabiduría; que los aplausos y vanos honores son flor de un día; que el poder obtenido ciertamente fue por un cuarto de hora; que el dinero habido te satura de cosas, pero no garantiza que seas feliz; que muchos bienes materiales hubiese sido mejor no tenerlos. ¿Qué nos llevamos de todo esto? ¡Nada!

¿Qué es entonces lo esencial? Saint-Exupéry pondría en boca del zorro tan simple secreto: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. ¡Háganme el favor!  Entonces, lo fundamental, lo que vale la pena, a lo que hay que apostarle la vida, ¿no es una cosa, no es una persona? Con razón no somos felices, porque nada nos llena, nada nos satisface, insaciables de lo accesorio y carentes de lo realmente importante. ¡Cuán pifiados estamos en la vida!

Si en nuestra jerarquía de valores, nos ponemos en la tarea de ordenar nuestra existencia, creo que la suerte del mundo sería otra. Definidas sincera y honestamente nuestras principales apuestas, descubriríamos el tesoro maravilloso que se encierra detrás de lo simple y lo sencillo, y dejaríamos a un lado el estresante frenesí que cotidianamente nos desgasta, efímeramente nos ilusiona y, finalmente, nos deja vacíos. Entonces y solo entonces andaríamos con firmeza por la senda de la auténtica felicidad y no sufriríamos tanto por lo que no vale la pena. Sí, amigos, así de simple, así de fácil, así de asequible. Creo que todavía estamos a tiempo de tomar la mejor decisión. Recuerden: somos libres de hacer con nuestra vida lo que queramos, pero a la hora de nacer y morir somos igualitos, de modo que no perdamos tiempo en el intervalo por lo que no vale la pena. Vayamos a lo esencial y vivamos con ello, así seremos felices y Dios nos bendice.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Lo que el dinero no puede comprar


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Conteras
Nos han metido en la cabeza que, si no tenemos dinero, no podemos ser felices, porque con dinero se hace lo que se quiere, se compra lo que sea, y como si fuera poco, se vuelve irresistiblemente seductor. El dinero es el “ábrete sésamo” que todo lo consigue. Sin dinero no somos nada. Sin embargo, y para decirlo de una vez, no hay nada más contrario al espíritu de este tiempo de Navidad que el dinero. Por supuesto que suena contradictorio, porque es precisamente en estos días cuanto más dinero se mueve y donde la sociedad de consumo muestra su máximo esplendor.

Eso lo sabemos todos, pero todos hacemos caso omiso de tan preciada sabiduría: el Creador, dueño y señor de todas las cosas, el todopoderoso, para hacerse uno como nosotros, renunció a todo ese poder y magnificencia y desde la miseria extrema de su nacimiento hasta su escandalosa muerte en cruz, nos decepcionó optando por ser pobre y humilde. Como quien dice, su absurda propuesta va en franca contravía a los más respetados paradigmas que nos hemos inventado, al más precioso becerro de oro que hemos construido.

Perdónenme desciendo de tan trascendentales reflexiones a los banales casos donde el dinero se muestra como un dios cada vez más popular e imprescindible. Imagínense mis queridos amigos que, si tenemos dinero, nos han dicho que ya no tendremos pico y placa. Con dinero pagamos el derecho a movilizarnos en nuestro auto todos los días por las congestionadas vías capitalinas. Lo que no podemos comprar es que se arregle la movilidad. Se pondrá peor, pero gozaremos de la vana ilusión de haber pagado el podernos mover en nuestra “limusina” privada sin tener que untarnos de pueblo en Transmilenio. Toda esa turba ahora aumentará el tiempo para llegar al trabajo o la casa, gracias a tan colosal, por no decir estúpida, iniciativa del gobierno local. En lugar de mejorar el transporte masivo, exacerba el caos vehicular. ¡Son unos genios!

No sufra, me dirán, coja taxi. Y va a ver uno y de las varias aplicaciones que había, hubo una que con plata logró comprar las otras y nos dejó sin opciones. Esa es la típica estrategia del mercado capitalista, el monopolio. Entonces, si quiero un servicio, pido el taxi, pero si lo pido normal es probable que me gaste mucho tiempo sin lograr que un chofer compadecido con esta humanidad agobiada y doliente venga a recogerme, pero si tengo dinero y ofrezco propina, qué curioso, resulta que en la zona abundan los taxis y todos están disponibles. Como quien dice, usted con la plata hace bailar el perro. Si tiene plata de más, tiene su taxi.

Y si quiere ir en avión, se han inventado las aerolíneas dizque a precios muy módicos con los que puede viajar en el último puesto, junto al baño trasero. Pero no se preocupe, si quiere ir en el penúltimo puesto puede pagar tan deseado beneficio por una suma adicional. Y si quiere agua, añada otro poquito, y si lleva otra maleta, pague de más. Al final, quedamos con las tarifas de antes, pero nos queda la hedónica satisfacción de haber hecho valer nuestro dinero.

Y bueno, no quería meterle política al asunto, pero no olvidemos que si usted tiene platica, usted podrá evitarse la merecida mazmorra y obtener a cambio su casa como cárcel. Pague platica y le dan libertad condicional. Pague platica y podrá tener un bufete de abogados especializados en asesorar delincuentes. Si tiene platica usted puede mover cielo y tierra y lograr que las leyes cambien para su beneficio. Con dinero usted lava fachadas y deja de ser un despreciable y vulgar delincuente para convertirse en todo un señor ladrón de cuello blanco. Por el dinero que todo lo corrompe, usted deja caer edificios y puentes, puede robarse vías u otras obras de infraestructura, comprar congresistas para que voten a su favor; ganar licitaciones, comprar árbitros y jueces y hubo un tiempo en que hasta el cielo mismo podría ganarse pagando indulgencias… ¡qué tal!

Sin embargo, y como dice la canción, “ni se compra, ni se vende… no hay en el mundo dinero para comprar los quereres…” usted podrá comprar muchas cosas, pero, finalmente, no lo esencial y más importante: el amor, la salud, la verdad, la honestidad, la amistad verdadera, la paz, la tranquilidad de conciencia… la felicidad.  Es entonces y sólo entonces, después de habernos desencantado de que el dinero no todo lo puede comprar, cuando recordamos que “lo esencial es invisible a los ojos” y caemos en la cuenta de que, si el mismísimo Dios despreció el estiércol del diablo, ése que se entra por el bolsillo, al decir de Francisco, razones tendría y por algo sería. Entonces y sólo entonces, podremos comprender el genuino espíritu de la Navidad, ese espíritu que nos ofrece la sincera alegría y la auténtica felicidad. Sólo entonces.