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jueves, 18 de junio de 2026

“Si me dicen algo, le aviso”

Fredy Angarita
Fredy Angarita

“Una enfermedad sin tratamiento”

Estamos discutiendo por el mal servicio de salud. Nos quejamos, levantamos la voz, decimos que Petro acabó con el sistema. Algunos aseguran que éramos la envidia de Suramérica, que antes teníamos coberturas cercanas al 90 % y que ahora apenas alcanzamos el 70 %.

Se habla de corrupción, de recursos perdidos, de acabar con las EPS, de listas de espera y de la falta de atención.

El fin de semana, del 13 al 15 de junio, acompañé un tío a urgencias. Pasé allí el sábado, el domingo y parte del lunes.

Sí comprobé algo que muchos dicen: el servicio es lento. Pero también vi algo de lo que casi nadie habla: apenas los pacientes eran atendidos, el personal de salud se mostraba amable, cordial y profundamente humano.

Lo que realmente me dejó asombrado no fue la demora, fue la soledad que encontré en esas salas.

Muchos de los pacientes llegaban solos, algunos eran recibidos por los vigilantes.

—Señor(a), debe reclamar una ficha.

—¿Me presta la cédula?

—Lo van a llamar con este número. Apenas lo llamen, yo le devuelvo el documento.

Imaginen por un momento estar enfermos y tener que enfrentarlo todo solos. Entender indicaciones, hacer filas, esperar resultados, escuchar diagnósticos.

Mientras Colombia discute sobre la salud, pocos parecen notar la cantidad de adultos mayores que esperan solos en las salas de urgencias.

Algunos recibían una llamada y, por un instante, parecía que el celular era la única compañía que tenían. Otros, con la humildad que dan los años, le decían al que está al otro lado del celular:

—Si me dicen algo, le aviso.

Y esa frase, tan simple, me produjo una tristeza difícil de explicar.

No les pregunté por qué estaban solos. No sé si sus hijos viven lejos, si ya no tienen familia o si simplemente nadie pudo acompañarlos. Pero la enfermedad es uno de esos momentos en los que uno quisiera tener a alguien al lado.

Después de este fin de semana admiro mucho más a quienes trabajan en el sector salud. No porque puedan resolver todos los problemas del sistema, sino porque, en muchos casos, eran las únicas personas que hacían sentir acompañados a quienes estaban allí.

También me di cuenta de lo poco sensibles que nos hemos vuelto. El dolor ajeno rara vez importa. Nos preocupa nuestro sufrimiento o el de nuestros familiares, pero pocas veces miramos hacia el lado para preguntarnos qué está viviendo la persona que espera en la silla de al lado.

Podemos pensar que no sabemos cómo reaccionará alguien ante un gesto de ayuda. Pero tampoco podemos acostumbrarnos a ignorar el dolor de los demás.

Muchos siguen discutiendo sobre el sistema de salud. Y tienen razones para hacerlo.

Pero mientras debatimos sobre cifras, reformas y responsables, hay personas enfermas esperando solas en una sala de urgencias.

Quizá esa sea una de las enfermedades más silenciosas de nuestra época. La soledad. Y para esa, todavía no existe una EPS que entregue tratamiento.

martes, 5 de diciembre de 2023

De cara al porvenir: conversaciones insulsas

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Parece ser que a nivel planetario el tema de la salud mental va adquiriendo cada vez una mayor atención, por el incremento enorme de casos después de la pandemia, casos que incluyen por igual a niños, jóvenes, adultos y ancianos, sin importar posición socio económica, llegando a clasificarse como asunto de salud pública.

Hoy por hoy, los medios y los canales de comunicación sobrepasan en número a cualquier experiencia previa de la cual se tengan registros en la historia de la humanidad.

Y es que tanta información y tanta comunicación, en vez de estar generando un nuevo tipo de estructuración social conjunta, lo que evidencia es el aislamiento y el aumento de microcosmos creados por individuos cuya relación directa con otros humanos va disminuyendo, por no decir desapareciendo con vertiginosidad.

Alguien dirá que cada época trae su afán, lo cual no deja de ser cierto, pero es importante prever las consecuencias que los desarrollos tecnológicos y su masificación, acompañados de situaciones como la Inteligencia Artificial pueden acarrear en la humanidad como concepto ampliado.

Leía en estos días que en Los Estados Unidos se ha vuelto común el aislamiento de los humanos, aún estando acompañados por otros humanos en circunstancias particulares y, además, en espacios restringidos como el automóvil.

El artículo en mención advierte sobre el tipo de conversaciones que rodean y hoy son comunes cuando dos o más personas van en un automóvil y en vez de estar conversando sobre el paisaje, sobre las últimas noticias, sobre conversaciones elementales, sobre cualquier bobada, la mayoría circunscribe su conversación, si es que la tienen, alrededor de darle instrucciones al conductor advirtiendo que cada uno conoce una ruta mejor, que la congestión está insoportable, que los otros conductores son unos mal educados, que no se va a llegar a tiempo al destino fijado, que el WISE o el GPS muestran alternativas desconocidas.

Si en este pequeño espacio la potencial conversación entretenida o inteligente no se da, ¿qué podremos esperar de otros espacios más amplios con un mayor número de personas ensimismadas en sus propios asuntos?

La soledad de vivir acompañados podría ser un buen título para reflejar el día de hoy con sus propias realidades.

Pasando a otros asuntos, es importante reconocer que los grandes relatos que han ayudado a fundar y a soportar lo que hoy llamamos Modernidad, están agotados.

Las ideologías políticas y sobre todo la democracia están en crisis. Las ideologías religiosas han perdido su rumbo y es el miedo y la esperanza lo que todavía sostiene a sus adeptos. Las grandes empresas, los grandes conglomerados, las multinacionales atentan contra la existencia de pequeñas empresas y compiten de tú a tú con los Estados, hoy casi todos en crisis.

Estas tres grandes figuras manejan sus propios ritmos, y es posible que el no entendimiento y el no reconocimiento de este punto sirva para agravar la tensión entre ellas.

Las iglesias pueden hablar con propiedad de procesos milenarios, el Estado de procesos centenarios y las empresas de procesos decenales, obviamente con las excepciones propias de cualquier actividad humana.

Ante la no aparición de nuevos relatos, seremos testigos en lo que quede de nuestra existencia, del progresivo deterioro y de la defensa a ultranza de quienes se están beneficiando con los relatos actuales, con enormes consecuencias nefastas para la mayoría de la población, agravada por los efectos incontrastables del cambio climático y el anacronismos de nuestras instituciones globales más simbólicas como la ONU, la banca multilateral, la OTAN, entre otras tantas surgidas para atender al mundo después de la Segunda Guerra Mundial, de eso ya hace casi 80 años.

Un planteamiento periodístico de Kolbert nos recuerda que “Tenemos cerebros de la edad de piedra, instituciones medioevales, pero tecnología de la época espacial”.

Finalmente, un recorderis para nuestra especie soberbia, que a hoy ya sobrepasa los 8 mil millones de personas: “Como en el ajedrez, al final del juego el rey y el peón se guardan en la misma caja”.

viernes, 14 de julio de 2023

Cuando nos quedamos solos

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Hoy estoy existencialista. Un video, de esos que mandan por las redes, de una forma cruda y directa pero cierta, nos invita a caer en cuenta de que, dentro de un siglo, quienes actualmente estamos vivos, ya no lo estaremos. Lo que actualmente vemos y disfrutarnos será visto y disfrutado por otros. Y esos otros no sabrán de nosotros, ni les interesará saberlo. El olvido que seremos. Así de simple. Tanto afán por llenarnos de cosas, tanta preocupación por no pasar desapercibidos, tanto estrés por mantenernos jóvenes y bellos y nada de eso podremos llevarlo consigo. Vinimos desnudos y sin nada y nos iremos con las manos vacías. Tal vez nuestro legado, lo bueno que hicimos, permanezca por algún tiempo en la memoria de algunos.

La temprana y sorpresiva muerte del obispo de Santa Rosa Osos, a sus 54 años, me ha obligado a pensar de nuevo en lo efímeros que somos. Una amiga muy querida está en una UCI y lucha por sobrevivir. De pronto, mi mamá suspira profundo y exclama: me he quedado sola, todos mis hermanos y mis sobrinos mayores ya no están. Sus amigos de infancia, los de toda la vida, ya no están físicamente. Solo quedan los recuerdos, pero no hay con quién hablar, con quién recordar, con quién contar. La escena es dura y uno más impotente no se puede sentir. No hay nada qué hacer. No quiero ponerme dramático, pero es verdad que, si miro en derredor, muchos de mis amigos, también ya no están. Uno mismo sabe que su salud, su vitalidad, su lucidez, ya no son las de antes. Es un fenómeno natural e irreversible.

La expectativa de vida ha aumentado en los últimos años, sin embargo, nada nos garantiza que cumplamos o superemos el promedio. En realidad, la vida es corta y los años se pasan volando. Es muy duro que los amigos que uno quiere se nos mueran, pero es verdad que es mucho más duro quedarse íngrimo, solo.

Hay que prepararse para esto. Uno cree que va a ser eterno, que siempre tendrá salud, que estará en sus cabales, que podrá desplazarse por donde quiera y disfrutar los placeres de este mundo… y no. No es así. Sabemos que la muerte vendrá un día, pero la vemos distante.

Vuelve y juega. Con razón hay que mirar el pasado, lo que pasó y no vuelve, con gratitud pues nos dejó, si no satisfacciones, al menos enseñanzas. Del futuro poco o nada sabemos y hay que asumirlo con esperanza buscando que sea mejor para todos. Pero, sobre todo, hay que vivir plenamente el presente, el “hic et nunc” que dirían los latinos, el sabio consejo de Horacio “carpe diem”. Es de lo poco que tenemos entre manos y bajo control.

Concluyendo: la vida es corta, la vida es bella. Felices los que han entendido y viven su pasado con paz, su presente a plenitud y el futuro con esperanza. No nos quedaremos solos, algunos pasarán, otros nuevos vendrán. Y Dios, el Yo soy, siempre ahí, siempre presente, siempre Eterno, siempre a nuestro lado. No estamos solos, nunca quedaremos solos.

viernes, 5 de agosto de 2022

Soledad

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Vivo en el barrio La Soledad, un sector de la capital que, según cuentan, se llamó de esta manera porque en la Bogotá de comienzos del siglo pasado era un lugar aislado y poco habitado. Cuando los jesuitas decidieron comprar una franja de tierra para construir allí su curia provincial, con la ayuda del vecindario erigieron una capilla que pusieron bajo el auspicio de Nuestra Señora, Nuestra Señora de La Soledad. Por cierto, con una imagen sui-generis, inédita, si se quiere, pues no es la tradicional imagen de la dolorosa, sentada, vestida de negro y llorosa, sino de pies, en actitud orante, con las manos sobre su pecho, la cabeza inclinada y un rostro compungido pero sereno.

He oído decir que no hay dolor más grande para un padre o madre de familia que perder un hijo y que es un sufrimiento que difícilmente se supera. Lo normal es que los hijos entierren a sus padres, no al revés. De modo que las imágenes marianas a las que he aludido expresan esa trágica realidad que en nuestro país es paisaje. En el conflicto armado que hemos vivido por décadas, miles de madres han tenido que sepultar a sus hijos o nunca más volver a saber de ellos porque desaparecieron para siempre. Traumática e irreparable pena. Se debe sentir una soledad total así los padres estén rodeados de muchas personas. No es una soledad física, es una soledad del corazón.

Hay soledades de soledades. Soledades de aislamiento voluntario, soledades por exclusión o rechazo en un grupo humano, soledades por incomprensión, soledades por ausencia de compañía y las soledades efectivas cuando paulatinamente, poco a poco, uno se va quedando efectivamente solo en la vida porque se le mueren los papás, se le mueren los hermanos, se le mueren los familiares y seres más queridos y el círculo de relaciones humanas más estrechas se extingue. Debe ser un sentimiento de orfandad y de abandono únicos. Ya no hay con quien hablar, con quién desahogarse, a quien visitar, por quien preocuparse de modo especial. Esto le sucede a las personas longevas que sobreviven al resto. Y, repito, aunque tengan compañía física de otros, se sienten totalmente solos. No es cuestión de cantidad de gente, es ausencia cualificada de relaciones de afecto, esto es, de ese sentimiento único que generaban esos seres y que nada ni nadie pueden llenar.

¡Qué dura es la soledad! Sólo Dios podría consolar tan desolador momento y llenar ese humano vacío. No es fácil. Se dice sin más, mirando desde la barrera, pero solo se entiende cuando se vive. Cuando solidariamente, silenciosamente, se acompaña a quien está afligido en el alma. No hay mucho que decir. No hay consejo que valga. No hay remedio halo u homeopático que sirva. Es una profunda experiencia interior, inenarrable, indescriptible, para muchos incomprensible. Ahí sí que la oración de la doctora Teresa cobra todo su sentido: “Nada te turbe, nada te espante. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. ¡Amén!