Mostrando las entradas con la etiqueta Resurrección. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Resurrección. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de abril de 2024

En pleno Viernes Santo

Por: José Leonardo Rincón, S.J.

José Leonardo Rincón Contreras

Celebrando como estamos la Semana Santa, no deja de impactarnos lo que le tocó vivir a Jesús de Nazaret. Después de un periodo exitoso que por poco culmina en asumir un liderazgo político que era lo que esperaban los judios del mesías, la decepción se exacerbó de modo que resultó ser incómodo para todos. Roma podría verlo como un zelote, pero Jerusalén lo veía también como un subversivo de sus preceptos y un blasfemo que se arrogaba palabras y obras que los desestabilizaba de su zona de confort en su apoltronado status-quo dogmático en el que estaban. Conocemos el trágico final producto de confabulaciones y complots, traiciones rastreras movidas por el dinero, negaciones y huidas, odios viscerales de quienes fueron sujeto de sus duras críticas y cuestionamientos directos.

Lo grave de hacer esta memoria es quedarse allí, en compunciones y lamentos, en lágrimas solidarias con la pobre víctima que ofrendó su vida por nosotros. Y resulta grave porque no se necesita esperar a esta semana mayor para decir que estamos en pleno viernes santo desde hace rato. Y si no que hablen los familiares de las víctimas de la violencia que ha azotado por más de 70 años nuestros campos y poblaciones. Que se pronuncien los que han tenido que huir como desplazados dejando atrás sus tierras y propiedades

El listado puede resultar interminable, cual tortura lacerante que agobia permanentemente. Amenazados de muerte que viven huyendo, adultos y mayores viviendo en la más desconsoladora soledad cuando no literalmente abandonados. Niños obligados a trabajar desde tierna edad, abusados y vulnerados; jóvenes carentes de afecto que buscan vías de escape en el alcoholismo y las drogas, sin sentido de la vida y con propensión al suicidio.

Viernes santo viven también los que padecen el desempleo, los que deambulan por las calles, duermen a la intemperie y escarban en la basura para comer de las sobras de los otros; los agobiados por las deudas y los que con un salario mínimo deben hacer milagros para sobrevivir. Mas esto acontece en medio nuestro y en todas las latitudes: Por los lados de Siria y Líbano padecen su viernes santo desde hace tiempos; Ucrania desde que Rusia la quiere suya; la franja de Gaza desde que, por culpa de terroristas de Hamas, Israel encontró el pretexto para eliminar a cuanto palestino existe, así sean mujeres y niños que poco o nada tienen por qué pagar por esta guerra de milenios. Dígase lo mismo de Sudán y de varios países en el África o de cualquier otra parte del mundo.

En tanto el egoísmo no nos permita salir de nosotros mismos, con la codicia y la voracidad de querer tenerlo todo, de ser dueños y señores absolutos navegando en dinero así alrededor mueran todos de hambre. En tanto el afán de poder exista se repetirá una y otra vez la historia trágica de la humanidad de querer avasallar y atropellar por doquier así sea a costa de pisotear la libertad y oprimir naciones enteras olvidando la sentencia evangélica: “de qué le sirve a uno ganar el mundo si se pierde a sí mismo?”

En este viernes santo no sé qué es más vergonzoso: si todo eso que sucede en este instante por esos afanes insaciables cargados de irracionalidad o si la estupidez humana reiteradamente certificada que demuestra que no se ha aprendido, ni se quiere aprender la lección.  Dicen que “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. Lo que no se ha caído en cuenta es que los males han durado toda la vida, en tanto los cuerpos solo resisten máximo 100 años. Por eso la memoria es frágil y la amnesia es un mal colectivo. Seguiremos así en Viernes Santo.

viernes, 15 de abril de 2022

Crucificado resucitado

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Cuando terminé mi servicio como rector del colegio Javeriano en Pasto, el entonces obispo y siempre amigo, Monseñor Enrique Prado, me hizo un regalo que anhelaba yo tener: una imagen de Jesucristo en la cruz, pero resucitado, es decir, no un crucifijo tradicional que exhibe a Jesús clavado en cruz, sino un Jesús que, sobre la cruz, con los brazos abiertos, se eleva al cielo en actitud alegre y triunfante. En otras palabras, una preciosa síntesis teológica del misterio pascual, esto es, de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor.

Es una bella obra que no solo conservo cuidadosamente presidiendo la cabecera de mi cama, sino que, además, todos los días me recuerda ese misterio central de nuestra fe, esa realidad histórica y también teológica, ese devenir existencial e ineludible que nos toca a todos, no sólo como memoria de los días santos, sino como actualización cotidiana de una vida plena que pasa por el calvario. Porque, ¿qué simboliza esa imagen sino exactamente eso?

Nuestra vida está llena de agridulces. No todo es dulce, no todo es agrio. No todo es blanco, no todo es negro. No todo es triunfo, no todo es derrota. No todo es alegría, no todo es tristeza. No todo es vida, no todo es muerte. Nuestra existencia en una amalgama de todas esas realidades, por eso la vida toda hay que mirarla desde una perspectiva más amplia, más comprehensiva, para ser más realistas, más objetivos.

Jesús de Nazaret tuvo momentos exitosos como ese domingo de ramos en el que quisieron hacerlo rey. Su rating de popularidad estaba a tope, había sanado enfermos, había alimentado hambrientos, había resucitado muertos, había hablado y conmovido a muchos… pero ese mismo pueblo exaltado de alegría y emoción, a los pocos días, decepcionado porque Jesús no era el líder político que querían y cuando las cosas ya no salieron como antes, se transformó en un populacho enardecido que no tuvo reparo en gritar: ¡crucifícalo, crucifícalo! Y logró su cometido de llevarlo al cadalso de la cruz, un asesinato infame, después de un juicio ridículamente inicuo.

Es una lección de vida que debe ayudarnos a poner los pies sobre la tierra. Cuando estemos en los gloriosos, recordemos que hay dolorosos. Y viceversa. Al final, las cosas saldrán bien. No hay mal que por bien no venga. Es verdad que después del Domingo de Ramos viene el Viernes Santo, pero después de este, finalmente, llega el Domingo de Resurrección; esa es la alegría de la pascua.

El crucificado-resucitado que celebramos en estos días, es una actualización de ese misterio central de nuestra fe. No es una memoria nostálgica sino un constante llamado a darle sentido pleno a nuestra existencia. De este modo una vida plena es posible. ¡Felices Pascuas de resurrección!

sábado, 20 de abril de 2019

Un retrato de lo que somos


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
¿Qué es el misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo, que celebramos en esta semana mayor sino el mejor y más auténtico retrato de lo que somos como seres humanos?

Más allá de las tradicionales ceremonias litúrgicas a las que estamos acostumbrados, bien vale la pena no quedarnos en su exuberancia ritual, que es pedagógicamente hermosa, y más bien fijarnos, al menos por una vez, en las actitudes de los personajes que protagonizan estas jornadas. Repito, hay allí un condensado de humanidad que ha dado ocasión, no lo dudo, a abundantes estudios de psicología.

El domingo de ramos se viste de rojo. Connota fiesta, alegría, pero también pasión y el comienzo del fin. Las multitudes, esas masas tan interesantes como peligrosas, reflejan su infinita capacidad camaleónica para adaptarse según las conveniencias y dejarse alienar y manipular por otros. En esta ocasión vitorean y aplauden, exaltan a Jesús y quieren hacerlo rey, pues el mesianismo que sueñan y esperan es eminentemente político. Mas Jesús les resulta decepcionante porque no aprovecha este cuarto de hora en su rating de popularidad para auto proclamarse el lider de la revuelta contra los asfixiantes opresores romano y judío. Por eso, este populacho enardecido que un día usufructuará la generosidad del Maestro, a los pocos días le volteará la espalda y pedirá su muerte. Sí. Los mismos que gritaban ¡hosanna!, gritarán: ¡crucifíquenlo!

El jueves santo se viste de blanco. Es fiesta solemne. El recuerdo de la última cena de Jesús con sus más cercanos discípulos y amigos, es verdad que nos deja las profundas lecciones del mandamiento del amor, del servicio como actitud de vida, de la institución sacramental de la Eucaristía y del sacerdocio como ministerio eclesial que debe traslucir esas realidades. Pero es verdad también que nos evidencia, por contraste, nuestra humana finitud y labilidad. Pedro, el escogido como sucesor, el viejo siempre primario y efusivo, el roca firme y base para la construcción de la Iglesia, agallinado en el momento crítico, niega a su mentor y maestro. Judas, seducido por el afán del dinero fácil y su propia comodidad, literalmente traicionará al amigo que confió en él. Cuando hay que orar y velar, el resto se quedan dormidos y al momento de la captura de su líder huyen despavoridos: no quedó bocacalle sin apóstol.

El viernes santo vuelve a vestirse de rojo. Ahora, sólo connota pasión, tragedia, muerte, sangre derramada. Es día de luto por el inocente asesinado. Por eso, la liturgia resulta excesivamente sobria. Altar desmantelado, sin luces ni flores, no hay eucaristía. Solo silencio, desde el del Padre que se calla y hace sentir a su Hijo abandonado, hasta el del resto avergonzado por el crimen cometido. Los poderes religiosos y políticos se confabulan en torno al enemigo común que los ha desenmascarado por su hipocresía. Los rivales se hacen amigos de conveniencia. El sanedrín conspira, soborna, inventa causales, apela a falsos testigos y testimonios y condena. Las feroces fieras se tiran su presa unos a otros, hasta que va a parar frente al representante del derecho y la ley, quien en justicia no encuentra motivo y en tres ocasiones intenta liberarlo, pero vencido por la presión y el temor de perder su poder, se lava las manos, libera al criminal y condena al inocente. En tanto Pedro llora su cobardia, Judas se suicida. En el camino a la cruz emergen unos interesantes personajes: las mujeres, las débiles, las excluidas, son las que salen a su encuentro para expresar su solidaridad y prestar ayuda, serán las únicas valientes hasta el cadalso. Simón de Cirene o el que da la mano, a veces obligado, pero que alivia tan pesada carga. Los ladrones ajusticiados con dos actitudes divergentes aún en el mismo patibulo. El centurión incrédulo que reconoce lo que los otros no vieron. José de Arimatea que tiene el valor de pedir el cuerpo del considerado delincuente. Los que salen dándose golpes de pecho arrepentidos de haberse equivocado… Como ven, todo un álbum fotográfico para detenerse en cada uno de los actores y analizar su comportamiento.  Herodes, Anás y Caifás, Pilato y su esposa, Barrabás, los ausentes apóstoles, todos tienen algo qué dejarnos como lección de vida.

El domingo de resurrección vuelve a vestirse de blanco. Es la solemnidad por excelencia. Su vigilia se ha celebrado con un esplendor único. Si Jesucristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe, afirmó Pablo con toda la razón. ¡Es la Pascua! ¿Dónde está muerte tu victoria? La Vida siempre derrota la muerte. Es el paso triunfante del que todos dieron por derrotado y aniquilado. Pascua nos hablará siempre de esperanza cuando nuestra desazón haya llegado al tope. Entre los múltiples personajes en escena, casi nada para escoger, casi todos decepcionantes, fiel retrato de lo que somos como seres humanos: oportunistas, interesados, cobardes, perezosos, chismosos, conspiradores, masificados, traidores, hipócritas, cómplices… es la cruda realidad, injusta y aparentemente victoriosa, que resultará vencida a la postre por Aquel que desde su humillación kenótica fue pertinente, absolutamente libre, valiente, sincero, leal, directo, asertivo, diligente… La resurrección no es la reanimación de un cadáver, sino el triunfo del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la paz sobre la guerra, de la verdad sobre la mentira, de la honestidad sobre la corrupción.

Sin duda, un retrato lamentable de lo que somos, pero también de lo que podemos ser si Jesús, el Cristo, más que un icónico recuerdo de antaño, es la razón y sentido de nuestra vida presente. Esa es nuestra decisión.