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viernes, 14 de julio de 2023

Cuando nos quedamos solos

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Hoy estoy existencialista. Un video, de esos que mandan por las redes, de una forma cruda y directa pero cierta, nos invita a caer en cuenta de que, dentro de un siglo, quienes actualmente estamos vivos, ya no lo estaremos. Lo que actualmente vemos y disfrutarnos será visto y disfrutado por otros. Y esos otros no sabrán de nosotros, ni les interesará saberlo. El olvido que seremos. Así de simple. Tanto afán por llenarnos de cosas, tanta preocupación por no pasar desapercibidos, tanto estrés por mantenernos jóvenes y bellos y nada de eso podremos llevarlo consigo. Vinimos desnudos y sin nada y nos iremos con las manos vacías. Tal vez nuestro legado, lo bueno que hicimos, permanezca por algún tiempo en la memoria de algunos.

La temprana y sorpresiva muerte del obispo de Santa Rosa Osos, a sus 54 años, me ha obligado a pensar de nuevo en lo efímeros que somos. Una amiga muy querida está en una UCI y lucha por sobrevivir. De pronto, mi mamá suspira profundo y exclama: me he quedado sola, todos mis hermanos y mis sobrinos mayores ya no están. Sus amigos de infancia, los de toda la vida, ya no están físicamente. Solo quedan los recuerdos, pero no hay con quién hablar, con quién recordar, con quién contar. La escena es dura y uno más impotente no se puede sentir. No hay nada qué hacer. No quiero ponerme dramático, pero es verdad que, si miro en derredor, muchos de mis amigos, también ya no están. Uno mismo sabe que su salud, su vitalidad, su lucidez, ya no son las de antes. Es un fenómeno natural e irreversible.

La expectativa de vida ha aumentado en los últimos años, sin embargo, nada nos garantiza que cumplamos o superemos el promedio. En realidad, la vida es corta y los años se pasan volando. Es muy duro que los amigos que uno quiere se nos mueran, pero es verdad que es mucho más duro quedarse íngrimo, solo.

Hay que prepararse para esto. Uno cree que va a ser eterno, que siempre tendrá salud, que estará en sus cabales, que podrá desplazarse por donde quiera y disfrutar los placeres de este mundo… y no. No es así. Sabemos que la muerte vendrá un día, pero la vemos distante.

Vuelve y juega. Con razón hay que mirar el pasado, lo que pasó y no vuelve, con gratitud pues nos dejó, si no satisfacciones, al menos enseñanzas. Del futuro poco o nada sabemos y hay que asumirlo con esperanza buscando que sea mejor para todos. Pero, sobre todo, hay que vivir plenamente el presente, el “hic et nunc” que dirían los latinos, el sabio consejo de Horacio “carpe diem”. Es de lo poco que tenemos entre manos y bajo control.

Concluyendo: la vida es corta, la vida es bella. Felices los que han entendido y viven su pasado con paz, su presente a plenitud y el futuro con esperanza. No nos quedaremos solos, algunos pasarán, otros nuevos vendrán. Y Dios, el Yo soy, siempre ahí, siempre presente, siempre Eterno, siempre a nuestro lado. No estamos solos, nunca quedaremos solos.

viernes, 21 de abril de 2023

Ser personaje cuesta

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Humanos y mortales somos todos, comunes y corrientes, hijos de Dios y ciudadanos con iguales derechos y deberes. Sin embargo, por esas cosas de la vida, por la formación recibida, por el mérito de haber hecho bien las cosas, porque se les dio la oportunidad en un momento dado, por amistades y palancas, porque les gustó buscar un lugar protagónico y lucharon por alcanzarlo, en fin, por tantas diversas y múltiples razones, algunos dejan de ser del montón, salen del anonimato y tienen su “cuarto de hora” convirtiéndose en personajes de la vida pública.

Como se dice, pasa en la política, pasa en la empresa privada, pasa en el deporte, en el mundo del arte, en los ámbitos eclesiásticos, pasa en todas partes. Algunos tienen que pasar a la cabeza y ocupar un rol protagónico. Los puede tomar por sorpresa o ya estaban preparados, eso también varía en un abanico inmenso de posibilidades. El asunto es que, a algunos, el poder y la fama, que muchas veces vienen también acompañados de dinero, los desborda, los enceguece, por no decir embrutece, y el ser personaje les queda grande.

Ser personaje cuesta, porque se pierde buena dosis de privacidad. La gente, desde los niños que muchas veces los tienen como sus referentes e ídolos, hasta los seres humanos maduros que los siguen y les creen, consciente o inconscientemente suben al pedestal a esos congéneres, los idealizan y esperan siempre lo mejor: buen ejemplo en su comportamiento, alto desempeño y los mejores resultados en la gestión de eso en lo que son buenos.

Por eso, cuando la estatua se cae (o ¡antes de que la tumben!) la decepción es enorme y frustrante. El boxeador que derrochó su capital en el alcoholismo; el congresista que dice que acudió a prostitutas para desahogar sus penas frente a una masacre; el futbolista que se siente la estrella más importante del mundo y quiere hacer lo que se le da la gana; el mejor arquero que cuando gana el trofeo insulta todo un estadio con gestos obscenos; el líder mundial que invade otro país sin importarle cuántos muertos cuesta su ambición de poder o el que lo fue y ahora lo persigue la justicia por corromper con su dinero; el dictador de izquierda que fuese revolucionario y que ahora maneja su país a su antojo peor que el que tumbó en su momento; el jefe de Estado que tiene por costumbre dejar esperando la gente y nunca llega; el alto magistrado de corte que vende sentencias; el negociante voraz e insaciable que quiere dar zarpazos financieros; el corrupto fiscal anticorrupción; el burgomaestre que acaba con una ciudad entera como si nada; el eclesiástico de niveles vaticanos que comete actos ilícitos… pasa en las películas, pasa en la vida real.

Se les olvida a los tales personajes que no son eternos, que su poder es efímero, que el éxito es flor de un día, que pueden tener belleza, fuerza, dinero, fama, lo que sea… todo pasa, todo se acaba. Vanidad de vanidades, todo vanidad. “Vanidad, mi pecado favorito”, concluía el protagonista del filme “El abogado del diablo”. Se les olvidan dos cosas: que ser personaje cuesta porque exige dar ejemplo y buenos resultados y que serlo es totalmente pasajero. Que a nosotros no se nos olvide cómo ha habido tantos, auténticos gigantes y simultáneamente modestos, sencillos, humildes…