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jueves, 18 de julio de 2024

Los malos y los peores

José Alvear Sanín
José Alvear Sanín

El regreso a la escena de Juan Manuel Santos, reflotando a Petro con el apoyo a todas sus perversas iniciativas, presagia la consolidación de un régimen atroz, que ahora contará con la experiencia torcida de un falso Cristo.

Desde hace 716 interminables días, con sus noches, los colombianos vivimos entre la zozobra y la angustia con la única certeza de que las jornadas venideras serán peores. Los desatinos políticos y morales superan, en las amargas conversaciones actuales, los intereses que antes dominaban los amables coloquios. Los temas tradicionales, como las mujeres, el fútbol y los carros ya no animan las tertulias.

Por tanto, en la mía se suscitó la pregunta de si Santos es más malo que Petro. La disputa fue acalorada, pero terminó con el empate de ambos candidatos a la máxima execración. Sin embargo, en medio de la comparación entre los daños ocasionados por Santos y los desastres ya generados por Petro, escuchamos una observación original:

—¡Tantos malandros como hay!, dijo uno de los contertulios, y añadió: —En efecto, ya conocemos lo que ha hecho Santos, mientras que los horrores del petrismo apenas empiezan a dar su emponzoñado fruto. No nos apresuremos a contabilizar sus torpes hazañas, para lo que habrá, por desgracia, tiempo de sobra. Entre tanto no olvidemos que nuestro deber es el de impedir, cada cual dentro de sus capacidades, que este desgobierno se prolongue por incontables cuatrienios. Si Petro se queda en la casa de Nariño, alcanzará, y hasta dejará atrás, a muchos de los peores tiranos de la historia universal, porque para eso sí tiene suficientes capacidades.

Otro de los contertulios, de seguro inspirado por esas consideraciones, tomó la palabra para decirnos:

—Ni Juan Manuel ni Gustavo hubieran podido hacer lo que han hecho, ni lo que pueden hacer en el futuro, si no hubiera tantos tipos que, siendo peores que ellos, pasan desapercibidos.

—¡Imposible que los haya!, exclamamos los demás, pero nuestro amigo continuó:

—El primero contó, y el otro cuenta, con docenas de sigilosos malvados, sin cuya cooperación es imposible hacer daño. Santos es pérfido y artero manipulador, y Petro, un déspota en ascenso, que no puede ocultar su prontuario ni si ideal marxista-leninista, del que se ufana. En eso es coherente, franco y veraz (en eso solamente). En cambio, nadie recuerda los nombres de los congresistas que aprobaron lo que el pueblo rechazó en el Plebiscito, ni el de los magistrados que “legalizaron” todas las violaciones en torno a la entrega del país a las FARC, en 2016.

–Tienes razón, saltó otro, —porque ahora hay unos personajes igualmente funestos que colaboran desde las sombras, con acción solapada o por omisión deliberada. Consideremos los jueces prevaricadores, los fiscales flexibles y alcahuetas; los comunicadores fletados y mendaces; los parlamentarios costosamente sobornados, y los jefes políticos, que permanecen mudos y brazicruzados mientas sus bancadas se dejan comprar..., todos ellos, en mayor o menor medida, son peores que Petro y Santos, porque sin su hipocresía, disimulo y codicia, sin su concurso clandestino y su traición remunerada, el proceso hacia el poder totalitario no podría alcanzar su propósito.

La reunión que narro terminó concediendo a los miembros de la Comisión de Acusaciones de la “Honorable” Cámara de Representantes el primer puesto en el reconocimiento a la perversidad, porque, con la omisión del deber de poner en marcha los mecanismos para destituir, de acuerdo con el Artículo 109 de la Carta, a quienes se hicieron elegir violando con creces todos los topes, se está consolidando el régimen putrefacto que nos conduce hacia la reelección y el establecimiento de la República Soviética y “Bolivariana” de Colombia.

***

Como cada día trae nuevos escándalos, el de los inmensos latrocinios en la UNGRD se limita a ser otra banal noticia de relleno en la creciente lista de ministros y altísimos funcionarios que ordenaron entregar enormes sumas a congresistas para asegurar la aprobación del paquete legislativo de Petro, sin que nadie pregunte quién ordenó a los ministros y a los grandes alfiles del régimen, corromper congresistas, desfalcar la Tesorería y hasta preparar contratos para financiar al ELN en su filantrópica labor en pos de la paz.

***

¿No será este el momento para recordar a la incomparable Sor Juana Inés?

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

el que peca por la paga,

o el que paga por pecar?

***

Si las reformas sanitaria y pensional costaron $ 90.000´000.000, ¿cuánto costará la “legalización” del poder constituyente y de la nueva Carta?

***

Los agitadores que hace unos meses se peleaban por un puesto en Transmilenio, ahora se disputan un ministerio...

martes, 9 de enero de 2024

La encarnación de la mentira y el engaño

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

Como siempre, Santos le miente al país de manera brutal y descarada. Y si alguien tiene la culpa de que el narco comunismo esté instalado en el poder, de la degeneración de la justicia y de que la producción, el proceso y comercialización de coca sean la fuente de todos los males en Colombia es Juan Manuel Santos.

Fui testigo de todo esto que voy a relatar: Santos al decir que ayudó a Uribe, como todo en su vida, sólo se vale del engaño y la patraña que es lo suyo. Santos es la reencarnación del “Bilongo” cubano, un ser al que nunca se le ha podido pillar en una sola verdad.

Gabriel Silva Luján, entonces embajador, se negó por orden de Santos y por su condición traidora, a “ayudar” a Uribe que fue quien lo nombró embajador a solicitud de Santos. Primero mandó la razón de que pagarían los abogados, otra trampa premeditada, a la cual Uribe con la honestidad que lo caracteriza se negó rotundamente.

Gabriel Silva Luján descaradamente, tras negar la ayuda diplomática que se le debe a todo ciudadano y más a quien los eligió y los llevó al poder, dijo que lo único que podía hacer era recomendar un abogado que le había ayudado a su familia en un lío de café. Un día, en el aeropuerto de Miami, cuando Uribe lo quiso abordar, corrió a esconderse como una niña para no dar explicaciones al expresidente.

Silva se lavó las manos como Poncio y Santos, nunca defendió a Uribe, aunque sí utilizó su legado a conveniencia propia para convencer a americanos y europeos de su utopía de paz.

Que no venga ahora el pastorcito mentiroso a decir que hizo una gestión de “alto nivel”, cuando él opera como la ley del embudo: “todo pa adentro y nada pa afuera”. Santos sólo usa las personas, jamás le ha ayudado a Uribe a nada, y como carece de carisma y no se unta de pueblo, todo en su vida gira alrededor de la mentira y el engaño en función de su propia figuración mediática.

Santos antes de 2010 iba a WDC, al igual que otro expresidente, a decir que Uribe era paramilitar. Yo eso lo sufrí cuando llegué al BID y ese era el chisme que habían armado Santos y sus áulicos.

Santos engañó a Uribe desde que noblemente lo ayudó a lucirse como ministro de Defensa, a cuenta de los logros del presidente quien le hizo el ministerio.

Santos nada tuvo que ver con el primer mandato de Uribe. Trató, ya a finales de 2005, de acercarse a Uribe por medio de sus amistades, incluidos personajes como Luis Alberto Moreno, y varios amigos y asesores.

A Santos se lo arrimaron a Uribe, entre otros, Luis Guillermo Vélez y Óscar Iván Zuluaga al formar la Unidad Nacional. Un partido que Santos transformó en la “U” y luego se quedó con él por medio de un saldo de parlamentarios voltearepas.

En 2006 Santos trató de meterse con el famoso J. J. Rendón a la campaña de Uribe, pero Fabio Echeverri los sacó por donde entraron con propuestas propias de su baja condición humana.

Santos usó todo cuanto pudo para engañar a Uribe, con tal de que lo nombrara ministro de Defensa. En ese entonces fingía ser el peor enemigo y contradictor de Chávez, pero por debajo ya tenía andando toda su lisonja.

Sin duda no fue limpia ni justa la manera como Santos preparó a los medios para que olvidaran sus responsabilidades como ministro de Defensa, y para que a su llegada al poder empezaran a desprestigiar a Uribe que fue quien, a pesar de sus limitaciones, lo llevó cargado hasta el poder.

Santos y su hermano, estrellas de la titulación, lograron, una vez en el Gobierno, mediática y socialmente convertir a Uribe, entre las esferas del poder capitalino, en el diablo, para ellos poder pecar. Y así se confeccionó el estupro electoral recurrente del 2010, del 2014 y del 2016.

Santos engañó al país prometiendo la continuidad de la seguridad democrática (ver discurso de agosto 7 de 2010), cuando ya estaba en negociaciones clandestinas desde que era ministro con las FARC-EP con Cuba y Chávez. Todo con miras a colgarse el Premio Nobel de la Paz, que Pastrana no fue capaz de comprar, pero él sí estaba determinado a conseguirlo a cualquier costo.

Santos y sus amigotes siempre envidiaron a Uribe, por su determinación de servir, su valor, su rectitud y su honestidad personal.

Y seamos claros: Santos desde que logró la candidatura puso a trabajar a su hermano Enrique, a Frank Perl, Silva, Villegas, Leyva, Eder, y a sus secretarios de “La oficina de Rosales”, con los asesores españoles, el juez Baltasar y Enrique Santiago, y engatusó a Naranjo y otros uniformados con el fin de ablandar las fuerzas armadas.

Todo esto lo presencié siendo director en el BID. Si algo de lo dicho es falso que me lo desmienta alguien en la cara. Ahí están los vídeos y las entrevistas que confirman la secuencia de los hechos relatados.

martes, 22 de agosto de 2023

Editorial: sucesos de la semana

Antonio Montoya H.
En esta nueva edición del editorial de la semana para El Pensamiento al Aire, Antonio Montoya H. se refiere, entre otros temas, al informe presentado por el DANE sobre el crecimiento de la economía del 0,3%; también habla de los dineros ilícitos en las campañas de Juan Manuel Santos, de Óscar Iván Zuluaga y de Gustavo Petro; los beneficios que logra Salvatore Mancuso como gestor de paz; el choque entre los gobernadores y el ministro del interior, Juan Fernando Velasco; un nuevo anuncio de paro armado del ELN en el Chocó; otra vez hay cierre en la vía el Llano tras el temblor de tierra; la amenaza de Gustavo Petro a los cafeteros de quitarles el fondo nacional, y finalmente cierra reseñando la marcha de las mayorías. Lo(a) invirtamos a verlo.

martes, 4 de julio de 2023

¡Aquí pasa de todo y no pasa nada!

Luis Guillermo Echeverri VélezPor: Luis Guillermo Echeverri Vélez

No me trago el cuento de que sólo es cuestión de esperar tres años, con la economía metida en el trapiche del socialismo del siglo XXI y con la gente sin tener con qué mercar por la carestía.

Aquí es mejor que pase algo a que sigamos sin que pase nada distinto a la destrucción de un Estado de derecho, que fue respetable y respetado.

¿Dónde están las personas valientes y honorables que desde los cargos públicos defiendan a Colombia de la ilegalidad y le devuelvan a la nación y al Estado las banderas de la libertad y el orden?

No sigamos ocultando la cobardía tras el respeto incondicional a una anarquía disfrazada de democracia, mientras toda suerte de delincuentes e irresponsables trapean a su conveniencia con la dignidad de la nación, con la constitución y las leyes.

Como vamos, vamos mal. Menudos son los abusos, los delitos y las violaciones a la ley. Los hay de todas las formas imaginables, y no pasa nada.

Vamos montados en un barco rumbo al arrecife en medio de una gran tormenta, comandado por un remedo de capitán que se la pasa encerrado bajo la influencia y sólo sale a crear polarización entre tripulantes y pasajeros. No hay quién asuma el mando, mientras los primeros están enganchados en una rebatiña por el poder político, y los segundos suscritos al pánico que genera ver que nos estrellamos y nada pasa.

Aquí lo peor es seguir sin que pase nada. Pues como vamos, este barco naufraga en las costas cubanas de Venezuela.

Nada va a pasar mientras la justicia esté acobardada y sea víctima ideológica de su falta de integridad. Y no pasará nada, si las cortes no se ponen las pilas y cumplen su deber, si del sector privado no nacen nuevos liderazgos transformacionales, y si no cambiamos los requisitos que deberían cumplir quienes manejan la cosa pública.

Es culpa de nuestra indiferencia como clase dirigente que, en el 2022, el engañoso discurso populista distorsionara la realidad colombiana que iba, como en 2010, rumbo a puerto seguro y creciendo mucho más que las otras naciones de la región.

La nación entera paga, por la irresponsabilidad de unos cuantos muñecos filipichines y payasitos provincianos cachaquizados que hoy copan el teatro de la actividad política nacional, y por la total indiferencia de una sociedad civil y de unos gremios caducos y pasmados, que más parecen mamertos vergonzantes, que líderes con genuina vocación de servicio.

Las organizaciones criminales y sus milicianos están amparados e inmunes ante la sanción social y legal, pues ha hecho carrera su doctrina de considerar ilegítimos al sistema de libertades económicas y al Estado y su institucionalidad. Así justifican poder birlar la ley a conveniencia propia sin que aquí pase nada.

Es inconcebible que, bajo la narrativa propia a esa nueva interpretación de la legalidad, se pretenda desconocer la naturaleza de los crímenes de lesa humanidad y se justifique la ilegalidad de atrocidades como el secuestro, la violación de menores y el asesinato bajo la militancia en organizaciones narcoterroristas.

Con esa misma carreta insidiosa, desde la sociedad entre Cuba y los Santos, feriaron los preceptos constitucionales de impunidad y distorsionaron el verdadero espíritu constitutivo del Estatuto de Roma, implantando una nueva doctrina internacional en favor de la aceptación democrática del terrorismo sectario e incluso del terrorismo de Estado, que pretende reemplazar la sana construcción de políticas públicas, por la perversa lógica del reconocimiento de conflicto armado, que les otorga estatus de beligerancia, que autoriza el derecho de rebelión y permite la conexidad delictiva en función de la impunidad total.

Narrativa mediante la cual, Juan Manuel Santos, al estilo inescrupuloso y lisonjero propio de su alcurnia estafadora, como por arte de magia, logró cobrar en especie con un Nobel, por la labor de institucionalizar la concepción de que todo lo que antes era ilegal pasara a ser legal en Colombia, y en toda una región sumida en el narco-socialismo del siglo XXI.

Todo en contra de la voluntad popular y gracias a la complicidad de su ciclotímico copiloto y sus propios serviles en Cuba y en la tramoya del Congreso, y claro gracias a la ayuda de la Iglesia y de algunos curas mercaderes del dolor ajeno que siempre, a lo largo de la historia, están prestos a cambiar la verdad y endosar fuerzas inquisidoras como la Justicia Especial para la Paz.

Y con ese mismo concepto embustero e inquisitivo, tan propio del populismo y en pro de la impunidad total, es con el que hoy el Gobierno del nuevo M-19, tan hijo de las FARC-EP como Fecode, y comandado por el demente revolucionario aliado a toda suerte de organizaciones criminales, quiere gobernar a su conveniencia y de manera autocrática a la sociedad colombiana, copando con falacias casi todo el espacio digital y cercenando el derecho a la libertad de expresión de los medios tradicionales, en las propias narices del parlamento, la justicia, los entes de control y los gremios del sector productivo.

La doctrina Petro no sólo se nutre de la mentira, el engaño y la ilegalidad, es un ideario revolucionario, rebelde, nefasto, destructor, inconsciente e irresponsable que considera ilegítima toda la constitucionalidad y no admite crítica ni contradicción alguna.

Tristemente hoy hay poca diferencia entre quienes representan la tradición política, con quienes se creen con derecho de pernada sobre la ley, el Estado y el Gobierno y sus instituciones, y con los nuevos politiqueros que desfalcan la nación, pues muchos de los que antes eran delfines, huérfanos de poder, están convertidos en tiburones de múltiple dentadura que conviven con las desalmadas barracudas que nos gobiernan.

Santos, que descarada y deliberadamente le abrió la puerta de Colombia y de toda la región a esa falsa, perversa y sangrienta doctrina de “Paz a cualquier costo”, ahora pretende engañar el derecho internacional público, aspirando a la Secretaría General de las Naciones Unidas, timando nuevamente a Colombia con las mismas artimañas con la cuales antes manipuló las cortes nacionales.

Es con cargo a todos los contribuyentes, que Santos y sus secuaces lograron el gran estupro fraguado en Cuba. Algo que Pastrana no pudo implementar al aparecer Uribe en 2001. Algo que Samper y Gaviria ya habían empezado a legitimar al hacer que la ley fuera elástica con el narcotráfico. Algo con lo que Belisario soñador, inoculó al país hablando de Paz y no de convivir en legalidad. Algo que López casi negocia en Panamá con Pablo Escobar y un cartel de Medellín asociado con el M-19, quizás no siendo el monto adecuado para colmar sus agallas. Y algo a lo cual nada contribuyó el clientelismo desbordado de Turbay, patrocinador del gigantismo burocrático.

Uribe aplicó la ley y la fuerza coercitiva constitucional del Estado a rajatabla. Combatió por igual la narcoguerrilla y el delito, desmontó el paramilitarismo, golpeó la producción de cocaína y la deforestación, generó confianza inversionista mediante estabilidad y seguridad democrática ciudadana, económica y jurídica, y siempre procurando mayor equidad social.

Gracias a ello, prosperó la nación y perdieron en 2002, 2006 y 2018 las minorías delincuenciales, y gracias al trabajo de Uribe, ganó el Santos traidor del 2010.

Pero la obra de todo un país liderado por Uribe, duró poco en manos de los hermanos Santos, de Leyva, Baltazar y Santiago, Villegas, Pearl, Naranjo, Mora, Eder, Cepeda, Roy, Benedetti, De la Calle, Velasco, Mac Master, y todos sus monaguillos y de los mercenarios mediáticos que les volearon incienso.

Violaron la voluntad del constituyente primario, favorecieron a la narco-guerrilla y habilitaron para ser candidato a un infiltrado del viejo M-19 en el Congreso, un terrorista y delincuente disfrazado de senador, tranzaron políticamente en 2014 con un alcalde que debió ir preso, que al ser vencido en 2018 incendió el país en 2021, y lo apoyaron para que fuera vencedor “por W” en 2022, pues la sociedad trabajadora y emprendedora no supo presentar un adversario capaz, siendo solo la mitad consciente de Colombia la que le hizo oposición, mientras la otra mitad fue presa fácil del poderoso discurso populista y utilitario que representa una burla al debido bienestar de mayorías y minorías.

Duque, a pesar de enfrentar las dificultades de una pandemia y una depresión económica mundial, de una oposición difamadora y violenta que bloqueó la movilidad del país aterrorizando la población, le demostró al Colombia que sí se puede crecer a dos dígitos, que se puede gobernar bien y hacer las cosas honorable y correctamente, así se cometieran algunos errores involuntarios, que se podía generar empleo y terminar obras descontinuadas, que se podía confiar en el sistema de salud y de seguridad social.

Duque gobernó sin necesidad de negociar con ninguna organización criminal y evidenció que Colombia puede progresar en legalidad con apoyo al emprendimiento y con verdadero propósito de equidad.

Uribe y Duque le demostraron a Colombia que se puede gobernar decentemente sin comprometer principios y valores, que se puede navegar en democracia sin aceptar en ella la ilegalidad, los delincuentes disfrazados de izquierda ni los dobles fanáticos de extrema derecha, que aquí el problema es todo el vicio y el delito que generan la producción de cocaína  y el narcotráfico, y que se puede gobernar con la justicia de la mano de las fuerzas armadas, estando abierta la puerta del sometimiento incondicional a la ley que tajantemente rechazan todas las organizaciones criminales, si media unidad de propósito nacional.

Probaron que no se debe negociar con cargo a la impunidad con ningún delincuente, pues eso sólo le causa más estragos a la nación.

Uribe y Duque forman una yunta política campeona reconocida e imbatible. Son una dupla que, si se pone a trabajar dejando de lado la mezquindad y las envidias e intereses de los amigos y enemigos que los quieren separar, y dejando de lado los merecimientos, egos y vanidades inherentes a todos los que ambicionan poder, pueden unificar las mayorías y salvar este barco del naufragio; pero si y solo si cuentan con el apoyo incondicional de la sociedad civil, de los tibios gremios y de todo el empresariado nacional.

Y entre tanto, nosotros seguimos como sociedad en lo mismo de siempre, y no pasa nada.

¿Cómo se pretende que el pueblo distinga quién es bueno y quién es malo, al ver en las noticias a toda suerte de personajes entreverados en medio de la orgía burocrática del poder central?

¿Cómo no va a querer el pueblo un cambio, si está cansado de ver al lado de muchos líderes tradicionales a toda suerte de hampones que operan el poder central y regional, aliados con contratistas corruptos, con narcotraficantes o con nuevas famiempresas politiqueras de múltiple denominación ideológica?

¿Cómo no va a estar confundido el ciudadano, si ve que los que más figuran en medios al lado de la política partidista tradicional, son hoy quienes favorecen el narco-comunismo y la impunidad, esos congresistas alcahuetes de criminales que avalan delincuentes de mayor calibre, hoy instalados con lujo en la presidencia y en la laxitud de la perrera parlamentaria?

¿Cómo no va estar el empresariado y la clase laboral sin saber qué hacer, si ven amenazadas sus fuentes de ingreso y sus ahorros por las ratas que se reparten el queso, si ven cómo milicianos y los mismos rateros del transfuguismo camaleónico, son los que ocupan ministerios y embajadas y están dilapidando la hacienda pública?

¿Cómo no va a estar preocupada la población, si ven cada día un nuevo escándalo vergonzoso, entre quienes están bailando en el elegante acuario capitalino, donde se exhiben toda clase de pescados que medran del sistema contractual público?

¿Cómo va a pasar algo o a cambiar nada en Colombia, si hoy nos domina la palabra incoherente del cinismo propio de un terrorista supuestamente indultado que, a cuenta nuestra, compra ingenuas conciencias ignorando el deber ser de las cosas y mientras en la banca sólo tenemos representada toda la incompetente falacia ideológica con la cual se desvirtúa el verdadero valor democrático de la mujer y de las minorías?

El problema es de todos, no es sólo asunto de oposición de los líderes políticos. Aquí no pasa nada mientras todos los que trabajamos para que el país produzca, no seamos los que actuemos y sigamos delegando nuestro futuro y el de las nuevas generaciones a una clase política que no supo gobernarnos.

Hagamos algo porque hoy más que nunca, tristemente cobra actualidad lo que decía un grafiti en Cali en medio del proceso ochomil: “Al poder putas porque vuestros hijos no supieron gobernarnos”.

lunes, 13 de marzo de 2023

De El Salvador a Colombia

Félix Alfázar González Mira
Por Félix Alfázar González Mira*

Se va convirtiendo la pequeña república centroamericana de El Salvador en un referente latinoamericano y mundial en materia de seguridad, inversión extranjera y rescate de la confianza en términos del aumento de los visitantes extranjeros a conocer todas sus expresiones naturales.

Recuerdo, en mis actividades como funcionario nacional, que fui invitado a un congreso de alcaldes de ese país en su capital, San Salvador, y cuál no sería mi sorpresa al notar el contraste como fue recibido el presidente de la época, Antonio Saca y como era el encuentro del presidente Álvaro Uribe Vélez en eventos similares en Colombia. Allá me encontré con abucheos, silbidos, gritos y saboteos a su gobernante y acá vivimos tiempos de contento, de recibimiento de pie con aplausos cerrados de los alcaldes, gritos de viva el presidente Uribe, desfile del mandatario como estrella de farándula internacional al querer, todos y cada uno, tomarse fotografías con su gobernante.

Claro, el presidente Antonio Saca fue reconocido, juzgado y condenado como corrupto por las autoridades judiciales de ese país.

Queriendo las gentes enderezar el rumbo, eligieron para el siguiente periodo al representante del partido de izquierda, Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el señor Mauricio Funes. Buscaron mejores políticas públicas, que en su discurso la izquierda siempre ha formulado para oídos incautos, pero en las realizaciones siempre han constituido fracasos; el aumento de las pandillas siguió su curso extorsionando todo el aparato productivo desde el trabajador informal hasta el más encopetado de los empresarios, el control territorial ejercido y creciente con sus beneficios económicos y sociales derivados de su accionar, la corrupción se acentuó, como suele suceder también con la izquierda, a tal punto que el presidente Funes fue Juzgado por esos asuntos y se encuentra exiliado en su vecina y socia Nicaragua.

Los salvadoreños, ante esa tragedia diaria que vivían allá desde el proceso de paz de principios de los años noventa, que desembocaron en las pandillas de los maras, vieron en el joven empresario Bukele, ya formado en las lides públicas como alcalde de su capital San Salvador, con resultados ciertos en todas las áreas de gobierno; una esperanza que está resultando útil en atención a los resultados visibles de su política de seguridad como eje transversal a todas las áreas socio-económicas de la nación.

Hay que estarle contando a la juventud actual y recordándole permanentemente a los colombianos más adultos que Colombia era un “Estado fallido” en el año 2002. El verdadero “estado de naturaleza” de Hobbes al estar controlado el territorio nacional en tres sectores donde la autoridad en uno era ejercida por las guerrillas, en otro por los grupos paramilitares (originados por aquellas ante la impotencia del Estado para combatirlas) y la institucionalidad en el resto. Casi que en el 2% del territorio, el país urbano, estaba la autoridad y la fuerza del Estado. No podíamos salir de las ciudades y 300 alcaldes despachábamos desde las capitales. El 98% del territorio geográfico era controlado por esos grupos terroristas. El país nacional, más no el político que se sumó después, eligió por mayorías contundentes a Álvaro Uribe. En 8 años de gobierno mejoró todos los indicadores del cuerpo de la nación. Al encontrarlos en rojo los entregó en verde y a Colombia como la estrella que brillaba en el firmamento latinoamericano.

Siendo traicionado en todo por el ser más miserable que ha dado el mundo, Juan Manuel Santos, empieza a erosionarse su obra de gobierno, a desinstitucionalizar el país comprándolas con favores y dinero. El Congreso, las cortes, la gran prensa fueron cortejadas hacia la toma de decisiones favorables al régimen para permitirle realizar el negocio ($$) con las FARC y dejar, hasta hoy, la corrupción desaforada en su gobierno durmiendo tranquilamente en la inaplicación de las normas. Hay que recordar que su reelección fue financiada por Odebrech (que tiene varios muertos y presos entre nosotros y presidentes del continente enjuiciados y en la cárcel). Ocho años, dos periodos que le quitaron el impulso que el país traía. Y preparando el terreno para que el Estado actual de cosas se presentara precedido por un periodo insípido de gobierno que queriendo quedar bien con todo el mundo quedó mal con todos, hasta con la historia de la República. Iván Duque y su contraste de buena gerencia pública y desastre político evidente.

Movidos por el discurso del cambio, por el cansancio agotador de los de siempre, por las ansias juveniles por lo nuevo, por las infamias contra Uribe Vélez, por la distorsión de los brillantes resultados de su gobierno, por el cansancio de la asqueante corrupción, por los estragos de la primera línea y muchos etcéteras; el país eligió a Gustavo Petro como presidente llegando a convertirse en el primero de claro corte izquierdista en la historia republicana.

El inteligente pueblo de El Salvador escogió el camino de la seguridad como su salvación y el pueblo colombiano escogió el abismo como su destrucción. Ahí están sus políticas y sus resultados.

El 8 de marzo, Día de la mujer, la primera línea vandalizó la Plaza de Cisneros, los edificios referentes de la Plaza de la Luz y la emblemática Plaza Botero, en Medellín. En El Salvador estarían detenidas y acá se pediría su excarcelación.

Paradójico que allá sí hay “Paz Total” y acá “incertidumbre total”.

Algo va ¡de Bukele a Petro!

O de El Salvador a Colombia

viernes, 28 de octubre de 2022

Profundizando en las causas del desastre

Epicteto, el opinador
Por: Epicteto, el opinador*

Cuatro fueron las causas inmediatas que identificamos del desastre que vive Colombia: 1) Monumental fraude electoral. 2) Soborno de proporciones mayúsculas mediante la compra de votos. 3) Engaño a la población con el trasnochado mensaje de lucha de clases. 4) Incapacidad absoluta de la dirigencia política para evitar la hecatombe anunciada.

Pero tales circunstancias no se presentaron súbitamente. Por el contrario, fueron fruto de un proceso de descomposición que agobia al país desde hace tiempo. Denunciado por unos pocos escritores armados sólo de coraje, pero ignorados olímpicamente por las clases dirigentes tanto del país “político”, como del país “nacional”.

Comencemos por el fraude en favor del candidato de la izquierda radical, el aliado de las FARC y del santismo. Desde hace varios años viene controlando esa diabólica alianza tanto al Congreso como a las altas Cortes. Recordemos cómo, mediante una burda proposición, sus mayorías desconocieron la voluntad del pueblo en el referendo que negó su aprobación a los acuerdos de La Habana. Su poder sobre la Corte Constitucional se manifestó cuando este órgano supremo le dio su aval a semejante asalto a la democracia, argumentando que el proceso del referendo podía continuar en el Congreso. Semejante prevaricato habría bastado para cerrar definitivamente ese antro de corrupción y devolver a Colombia el estado de derecho y el libre ejercicio de la democracia.

Por supuesto, el sistema electoral ha sido sometido a la voluntad del farc-santismo y de la extrema izquierda desde entonces. El manejo del proceso electoral ha sido entregado a una conocida empresa vinculada estrechamente a Juan Manuel Santos, quien ha pertenecido a su Junta Directiva y, como presidente de la República, invitó a los propietarios de esta para que lo acompañaran en la visita oficial que hizo a la Reina de Inglaterra. No les pareció suficiente y, para estas cruciales elecciones se contrató, además, una firma amiga de gobiernos comunistas, con un software que ni fue probado ni permitió ser auditado externamente.

No ha existido en toda nuestra historia democrática un proceso electoral con un mayor número de irregularidades denunciadas, sin que se tomasen las necesarias medidas correctivas. Tanto el presidente de la República, como las autoridades electorales y los organismos de investigación judicial se negaron sistemáticamente, como si existiera un poderoso acuerdo entre ellos, a practicar un nuevo conteo en las mesas que habían sido señaladas con resultados fraudulentos.

De todos es conocido el origen guerrillero del triunfador en las elecciones. Su afinidad con el ELN y las FARC ha sido manifiesta y no requiere mucha explicación. Asimismo, su proximidad con los capos del narcotráfico, a quienes el farcsantismo y la extrema izquierda vienen favoreciendo desde la firma del espurio acuerdo de La Habana y ahora con la suspensión de la fumigación de los cultivos ilícitos. Súmese a lo anterior, el respaldo obtenido de los corruptos detenidos a quienes se les solicitó en la cárcel su apoyo a la candidatura del guerrillero. Allí tenemos el origen de fondos que ni siquiera el Estado podría igualar para la compra de las conciencias de sufragantes, manejadores de opinión y funcionarios electorales.

Por supuesto, detrás de este sucio entramado aflora la naturaleza corrupta de nuestro sistema democrático, la inoperancia de nuestros partidos políticos, la desvergüenza de quienes se hacen elegir para obtener inmerecidos privilegios olvidando los intereses de la patria. En suma, tenemos un sistema que no nos representa y sólo sirve a las oscuras camarillas que nos gobiernan.

Parecido origen tiene el acompañamiento logrado por las trasnochadas tesis del marxismo-leninismo. Fue nuestra clase dirigente la que permitió durante años el adoctrinamiento de la juventud por parte de un sindicato comunista de maestros. Se ha proscrito la enseñanza del evangelio en contra de las creencias mayoritarias de nuestro pueblo, para instaurar la enseñanza del comunismo ateo, la ideología de género, el derecho al aborto y demás prácticas destructoras de la familia como institución básica de nuestra sociedad. ¡Hoy presenciamos impávidos cómo se queman iglesias sin que la autoridad intervenga, mientras se sigue adorando la imagen de un asesino como el Che Guevara!

Ni qué decir de la responsabilidad que cabe a la clase dirigente en este catastrófico resultado. Llevamos más de una década cohonestando desde el poder el materialismo de la extrema izquierda, patrocinando por acción u omisión el funesto negocio de la cocaína, permitiendo una perversa formación de nuestras juventudes, conviviendo con la corrupción sin adoptar drásticas medidas para su eliminación, alimentando el envenenado poder judicial y legislativo, mientras olvidamos las verdaderas necesidades de nuestras gentes.

No es un problema de la derecha como algunos piensan. Aquí nunca ha existido un partido de derecha. Las colectividades tradicionales han permanecido en la línea de partidos demoliberales, ahora movidos únicamente por apetitos burocráticos y presupuestales, no ideológicos. Tampoco confundamos al Centro Democrático con la derecha. En sus comienzos defendieron algunos principios de derecha como eran la seguridad o la defensa del estado de derecho. Luego se olvidaron de la lucha contra el espurio acuerdo de La Habana, eligieron un presidente que se encargara de implementarlo sin exigir nada a cambio, y ahora propugnan, con algunas honrosas excepciones, por una oposición “constructiva” con un gobierno que sólo quiere destruir al país.

Hay que buscar con sabiduría, no movidos por la pasión, el fondo de nuestra problemática, no nos quedemos en lo superficial. El fondo está, ni más ni menos, que en nuestro fallido sistema político. Tenemos que buscar con inteligencia un nuevo sistema que nos represente a todos, que elimine la corrupción política que ha destruido todo lo que toca, y que nos permita construir un nuevo país que respete a Dios, la patria y la familia. Quizás teníamos que tocar fondo para despertar a esta cruda realidad. Ahora corresponde el turno a nuestro sentido del deber y a nuestra inteligencia porque, como dijo Aurelio: “la inteligencia derriba y desplaza todo lo que obstaculiza su actividad encaminada al objetivo propuesto, y se convierte en acción lo que retenía esta acción, y en camino lo que obstaculizaba este camino”[1].



[1] MARCO AURELIO, Meditaciones, Editorial Grados, 1977, pag.106.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Timo y Santos nos anuncian su reforma agraria

José Alvear Sanín

Por José Alvear Sanín*

Los 31 minutos 11 segundos del video de la amistosa charla entre dos compinches, compadres o socios, Timo y Santos, es estremecedor, porque nos permite ver su identidad de propósitos.

Entre mutuas sonrisas y falacias transcurre ese diálogo inquietante, en el que quizá la única verdad que se expresa es cuando Rodrigo –así trata el expresidente al terrorista—afirma que Manuel (es decir Tirofijo), alguna vez le manifestó “si esta oligarquía fuera inteligente, estaríamos perdidos” (¡en eso sí estoy completamente de acuerdo!).

Tanto Rodrigo como Juan Manuel afirman que después de la JEP, lo más importante es lo que ellos llaman “reforma agraria integral” o “el problema de la tierra”.

Esa declaración es ominosa, porque con ella conminan al actual gobierno (que se ufana de estar cumpliendo el AF, mientras las FARC nada cumplen), para que lo siga cumpliendo con su tal “reforma agraria”.

Seguir esas instrucciones equivale a la destrucción de la agricultura y la ganadería colombianas en aras de uno de los más perversos dogmas leninistas, el que exige colectivizar la agricultura, proceso que tiene lugar pocos años después de engañar a los “despreciables” campesinos (como los calificaba Vladimir Ilich), con la entrega de las tierras ajenas.

A cada reforma agraria comunista solo la sigue el hambre, como en Rusia en 1919, el Holodomor en Ucrania en 1932, la penuria alimentaria durante toda la historia de la URSS, el hambre siempre insatisfecho durante el maoísmo y en Norcorea, la pobre Cuba y la martirizada Venezuela. La próxima víctima será Colombia, si desde el año entrante empezamos con la reforma agraria de los dos responsables máximos del AF, y si sus seguidores, en 2022 ganan las elecciones…

El futuro económico de Colombia requiere indudablemente una reforma agraria, no la comunista, sino la que ponga a producir alimentos para dejar de importarlos, y que nos permita exportar inmensas cantidades de ellos para poder mejorar la suerte de todos, en vez de copiar los experimentos atroces e improductivos de la misérrima Cuba.

El progreso de nuestro país no vendrá de la industria, sino del campo, si escogemos un modelo rural adecuado. La superficie de Holanda equivale a la mitad de la de Antioquia, lo que no le impide haberse convertido en el principal exportador mundial de productos agropecuarios, mientras Cuba, que la triplica en superficie y la supera en calidad de suelos, debe importar el 80% de la comida para su pobre e insuficiente dieta.

Pero Timo y Santos, los dos jefes políticos más poderosos de Colombia, nos ordenan ejecutar la fórmula cubana, la misma que ha producido el Holodomor venezolano, precursor del que tendremos bajo Petro, Claudia o Cepeda (¿cuál ha de ser…?, ¿cuál ha de ser…?)

Con la “reforma agraria integral” pasa lo mismo que con la “paz”. Ambas son palabras bellas y seductoras. Por ese motivo, quien se atreve a decir que lo que salió de La Habana no fue la paz sino la entrega del país, es estigmatizado, denostado y descalificado. De la misma manera procederán contra quienes consideren que la reforma agraria comunista es inconveniente, tóxica y fatal para Colombia.

La “reforma agraria integral” del AF creará, primero, un conflicto sangriento, y luego, hambruna, atraso y miseria. Por tanto, si el gobierno a partir de 2021 se decide por la resolución timo-santista del “problema de la tierra”, habrá que perder toda esperanza, porque, además, los colombianos no tendremos la suerte de los venezolanos, que encontraron un país dónde mendigar.

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Sin duda alguna, el país ha llegado a una situación de ingobernabilidad, por el efecto combinado del desorden constitucional y la aplicación del Acuerdo Final. La realidad es que enfrentamos al dilema “reconstrucción o catástrofe”.

Tanto el Foro Atenas http://www.lalinternaazul.info/2019/08/21/analisis-de-la-situacion-politica-de-colombia/ como la Alianza para la Reconstrucción de Colombia (ARCO), orientada por el doctor Luis Alfonso García Carmona, están convocando a todas las fuerzas democráticas de Colombia para que se unan, obtengan una amplia mayoría parlamentaria en el 2022 y logren la elección de un presidente que, con debido respaldo, pueda enderezar al país. Si esto no se logra, Colombia caerá en el abismo.

Así pues, invitamos a nuestros amigos a ingresar también a https://www.alianzareconstruccioncolombia.org,  donde se encuentra información actualizada diaria sobre el avance de la subversión y cómo contrarrestar esa aterradora ofensiva, de la que muchas personas no se han dado cuenta o no quieren ver, porque “aquí, eso no va a pasar”.

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“La sobreproducción intelectual, educativa, psicológica y artística, justamente con la superproducción económica, amenazarán la civilización. La gente se verá inundada, cegada, ensordecida, y mentalmente paralizada por un torrente de externalidades vulgares que no dejará tiempo para descansar, pensar o divertirse”.

J.K. Chesterton (1931)

miércoles, 18 de diciembre de 2019

¡Otras 16 curules para la subversión!

Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
El anuncio de Miguel Ceballos, consejero para la “paz”, en el sentido de que el gobierno tramitará el proyecto de acto legislativo para la creación en el Congreso de 16 curules “para las víctimas”, indica la voluntad de plegarse a las exigencias de las FARC, destruyendo de paso el fundamento de la democracia representativa.

No es, pues, algo de poca monta. La democracia es el gobierno de la mayoría, respetuoso de los derechos, la dignidad y las circunstancias de las minorías, dentro del marco de la Constitución y las leyes, en procura del bien común. La mayoría se define mediante elecciones libres, y la democracia representativa es aquella donde los diferentes partidos reflejan sus respectivos caudales electorales en el poder legislativo. En este órgano, cuando un partido no dispone de la mitad más una de las curules, el gobierno recurre a coaliciones o convenios con otras formaciones para asegurar la aprobación de las leyes. El principio de igualdad (“One person, one vote”) exige que todos los ciudadanos sean tratados igualmente. De lo contrario habría que decir con Orwell, “All are equal, but some are more equal”.

Dicho de fácil manera, si para ganar una curul en el senado, por ejemplo, se requieren 50.000 votos, no es aceptable que con 50.000 sufragios a un grupo se le den 10 congresistas, como viene sucediendo en Colombia.

Como las votaciones en las cámaras se deciden por un estrecho margen, no es admisible que un grupo “privilegiado” y no representativo pueda inclinar a su favor las decisiones, porque así ejerce un poder desproporcionado que lo convierte en amo de las cámaras.

Si algún problema ha afectado la gobernabilidad del doctor Duque, es su carencia de mayoría parlamentaria, pero si se da vía libre a aumentar la bancadita de las FARC, de 10 a 26 curules, ese movimiento quedaría con el 8% del congreso.

En gracia de discusión aceptemos que con las otras 16 curules logren aumentar proporcionalmente sus votos, de 50.000 a 130.000, pero este nuevo guarismo apenas sería equivalente, si mucho, al 0.48% del electorado de los pasados comicios legislativos.

Desde luego, a las FARC (y a sus mandatarios del internacionalismo castro-comunista) no les interesan los principios de la democracia representativa de los cuales abominan, como partidarios que son de la dictadura del proletariado, pero es inconcebible que gobernantes popularmente elegidos dentro de un estado de derecho representativo acepten reformas como esta, que elimina los fundamentos de la concepción republicana y democrática de las instituciones.

Se dice que en esas 16 nuevas circunscripciones no se podrá votar por partidos políticos, porque solo se admitirán candidatos “independientes” o de movimientos étnicos, sociales o comunitarios, lo que agrava el asunto. Esas etiquetas serán solo caretas para que otros 16 subversivos lleguen al congreso, y así, 26 individuos lo dominarán, determinando siempre contra la sociedad, y aparentemente contra el gobierno, todo el proceso legislativo.

No estoy elucubrando en el aire. Bastaría con asistir al primer semestre de Derecho Constitucional o de Ciencias Políticas, para comprender cabalmente la insensatez e irresponsabilidad de ese proyecto, que además de eliminar el sistema representativo, acabaría de entregar el país al socialismo del siglo XXI.

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La semana del gran destape:

1. El gobierno tramitará las 16 curules adicionales para la subversión.
2. Negociará con el ELN
3. Presenta candidato santista para la Fiscalía
4. No apoya el proyecto de ley para impedir desmanes en las protestas “pacíficas”.

jueves, 12 de septiembre de 2019

...Y ahora sin antifaces


Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Ante la reunión, en el confortable apartamento del senador Iván Cepeda, entre el máximo jefe de las Farc y Juan Manuel Santos, no puedo dejar de recordar las sesiones de los Chicos Malos S. A., de las inolvidables historietas de Walt Disney. En ellas, estos personajes, llevando todos ellos negros antifaces, siempre se reunían en oscuros ambientes para planear sus fechorías. Ahora, ya los chicos malos salen de las sombras y no tienen empacho en exhibirse a plena luz del sol.

Varios de los asistentes a ese ágape han sido amnistiados y elevados a la proficua dignidad de congresistas. Pero esto no impide a la generalidad de los colombianos recordar el nutrido prontuario y los centenares de años de penas privativas de la libertad que pesaban sobre estos culpables de incontables delitos de lesa humanidad. Por tal razón, casi nadie es capaz de estrecharles la mano, repugnancia que debería ser mayor en quienes han representado la majestad de la república.

Dejemos de lado, entonces, el deber ser, para situarnos en la realidad del momento: ahora los chicos malos se reúnen sin necesidad de antifaces. La desfachatez, desvergüenza y desparpajo en esa impúdica exhibición es alarmante.

Probablemente Timo y Santos se han reunido con frecuencia, porque de lo contrario no se entiende la perfecta sincronización de movimientos de las fuerzas del desorden. Pero hasta ahora estos encuentros han debido estar rodeados del mayor sigilo, para poder seguir haciendo creer al país que lo convenido en La Habana fue un acuerdo entre el gobierno y una guerrilla para hacer la “paz”, y no el encuentro entre dos alas del mismo movimiento, la subversiva y criminal del campo, y la solapada, perversa y traidora de la capital, infiltrada y dominante en un gobierno que entregó el Estado a sus enemigos.

Si fue lo segundo, el público maridaje entre Timo y Santos se explica; en cambio, si insisten en presentarse como fuerzas políticas diferentes, ese notorio ayuntamiento es inadmisible.

Se ha dicho que ese encuentro tenía dos propósitos: el primero, permitir a ambos grupos conocerse y —supongo— tejer amistades… El segundo, deliberar acerca de la manera de preservar “la paz”, después del segundo Caguán anunciado por comunes amigos.

Ambos fines son plausibles únicamente si todos los asistentes están identificados en el mismo plan político del Foro de Sao Paulo, para convertir a Colombia en otro régimen marxista-leninista.

Timochenko y su grupo nunca han desmentido ese propósito, y por desgracia para Colombia, el comportamiento de Santos a partir del 7 de agosto de 2010 indica su compromiso indisoluble con las FARC. Su participación en este amistoso five o´clock tea con chicos malos, malísimos y peores, equivale al destape más desvergonzado, a actuar “a calzón quitao”, como decimos en Antioquia, en favor de la agenda revolucionaria que su gobierno favoreció, impulsó y consagró por encima de la Constitución y la ley.

No puedo terminar sin preguntarme si ese eufórico convite no se relaciona con los preparativos finales para el golpe de octubre, cuando se debe producir la decapitación judicial del expresidente Uribe, verdadero regicidio llamado a catalizar la revolución, notificando claramente al país quiénes son verdaderamente sus amos.

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Ominosa la amenaza de aquel senador desestigmatizado, cuando le dice a su contradictor: “Ya estamos cansados con usted”.

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Interesante la reunión en La Habana del gobierno de ese país con Adán Chávez, embajador de Maduro en la isla, Iván Márquez y Santrich.

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Después de 37 años de represión, inflación galopante y miseria, muere Robert Mugabe, el Maduro africano. ¡Ojalá el Mugabe suramericano no dure otro tanto!

miércoles, 3 de julio de 2019

La tolerada minería ilegal


José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Antes de tocar este tema digamos que, en la práctica, frente a los cultivos ilícitos se ha recorrido el camino que va de la tolerancia al fomento y de este a la legitimación. Si se puede cultivar legalmente una parcela de 3.5 hectáreas, si la aspersión aérea con glifosato le está prohibida al gobierno, si la erradicación tiene que ser voluntaria y pactada por escrito entre autoridades y cultivadores (y estos últimos sí pueden usar el Roundup para combatir las plagas), nada tiene de extraño que tengamos más de 200.000 hectáreas de coca; que representemos el 70% de la producción mundial de cocaína; que el narcotráfico rivalice con el petróleo por el primer lugar en las exportaciones; que sus jefes tengan garantizadas impunidad y curules; que sea el primer generador de divisas y que fije el tipo de cambio.

Esa enorme agroindustria fue deliberadamente defendida, protegida y estimulada durante la presidencia de Santos, y ahora se prepara judicialmente su legalización, porque si se autoriza por sentencia el consumo público de estupefacientes, aun en presencia de niños, esas sustancias no pueden seguir siendo prohibidas, porque, además —colijo— propician el “desarrollo de la personalidad” y su comercialización genera abundante empleo informal urbano.

Además, su gran mentor, el expresidente Santos, nuevamente se apresura a declarar que “como esa guerra se ha perdido”, procede la legalización de los psicotrópicos. Por eso me estremezco pensando que se prepara otro fallo torticero y perverso para completar la conversión de Colombia en un narcoestado pleno, siguiendo el derrotero de las fundaciones de Soros, que tienen a nuestro nobel de paz en su directorio. No es de extrañar la revelación del plan para “la industrialización de la coca como motor del futuro desarrollo de Colombia”, propuesto por los señores de la Open Society.

El camino recorrido desde la sentencia infame de Carlos Gaviria, pasando por la reciente de sus dos discípulas en la Corte Constitucional, hasta llegar a la banalización de la cocaína como droga menos perjudicial que el azúcar, es espeluznante. Con amplia base laboral, ingentes ingresos, amplia representación parlamentaria y patrocinio judicial, la narcoindustria va en camino de conquistar a Colombia, con las consecuencias de degradación en el interior y ostracismo internacional.

El auge y el desarrollo de esta terrible peste demuestran hasta dónde las FARC en sus dos vertientes, la bogotano-parlamentaria y la rural-armada, han llegado a dominar la política colombiana y a reducir a la impotencia al gobierno en esta área. ¡Por la paz hay que tolerar las actividades, droga y minería ilegal, donde las guerrillas tienen participación determinante, bien sea como productores o como protectores armados, solos o asociados a carteles mexicanos…!

Es conveniente repasar esta triste historia, no sea que de la tolerancia actual pasemos también a la legalización de la minería ilegal. La mitigación del impacto ambiental de la minería y la extracción de petróleo ha conducido a los estados a exigir la explotación técnica más avanzada de esos recursos. Pero, por desgracia, por su elevado costo, con frecuencia las multinacionales mineras y petroleras prefieren operar en países con laxas políticas ambientales. En Colombia, en vez de preocuparnos por la correcta explotación de esos recursos, se está imponiendo un clima contrario a toda gran minería de minerales e hidrocarburos, hasta llegar a predicarse la exclusión completa de fracking, en vez de exigir el sometimiento de esas explotaciones a las más rigurosas normas de protección ambiental.

La sustitución del petróleo por el aguacate es la fórmula infalible, seductoramente verde, para la futura y digna miseria en el paraíso colectivista. Paradójicamente, mientras se estigmatiza la gran minería que puede ser amigable con el entorno, nada se hace contra la producción “artesanal” del oro y el coltán, que, curiosamente, tienen el mismo patrocinio de las FARC y el ELN, lo que explica la tolerancia de los gobiernos frente a esa actividad depredadora.

Vastos territorios se han convertido en espantosos eriales y la vida ha desaparecido de ríos antes caudalosos y fecundos. De la combinación de la retroexcavadora con el mercurio y el arsénico depende la nueva gran industria minera de Colombia. Del oro hay muy pocos datos, mientras lo del coltán permanece en la más profunda oscuridad.

Nuestro país compite ahora con China e Indonesia por el primer lugar entre los países que ocasionan mayor contaminación por mercurio y arsénico.

En Londres, el presidente Duque acaba de declarar que es urgente combatir la minería ilegal. Como esa tolerancia no puede continuar, el combate debe ser contundente. Bastaría con destruir todos los equipos y detener a todos los mineros, en una operación súbita y fulgurante, antes de que los capos de esa mortífera y depredadora industria ordenen a sus amanuenses de las “altas cortes” que blinden la minería ilegal con garantías similares a las que rodean la narcoindustria.

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El Partido Verde debería llamarse Partido Sandía, porque apenas es verde por fuera pero por dentro es rojo. Eso explica su imperturbable silencio frente al crecimiento de los narcocultivos, el consumo de narcóticos y la degradación ambiental ocasionada por la destrucción de las selvas, la minería ilegal y el gigantesco derrame de crudo ocasionado por la voladura de oleoductos, todo esto en ejercicio del sagrado “derecho de rebelión”.