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martes, 19 de mayo de 2026

De cara al porvenir: democracia y democraterismo

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

La palabra democracia goza de un prestigio casi universal. Pocos sistemas políticos se atreven a rechazarla abiertamente. Sin embargo, ese mismo prestigio ha hecho que el término se estire, se vacíe y, a veces, se pervierta. De esa distorsión nace el democraterismo: una forma degradada que conserva la apariencia de la democracia, pero que abandona su esencia. Distinguir entre ambas no es un ejercicio académico. Es la diferencia entre un gobierno del pueblo y un gobierno que usa al pueblo.

1. La democracia como sistema de límites: la democracia no es solo votar. En su núcleo, es un sistema diseñado para limitar el poder. Tiene tres pilares inseparables:

a. Soberanía popular real: el poder emana de los ciudadanos y vuelve a ellos mediante elecciones periódicas, libres y competitivas.

b. Estado de derecho: nadie está por encima de la ley, ni siquiera la mayoría del 51 %. Existen derechos fundamentales que no se someten a voto.

c. Contrapesos institucionales: División de poderes, prensa libre, oposición activa y alternancia. El gobierno tiene dientes, pero también frenos.

La democracia acepta el conflicto y lo canaliza. Entiende que la sociedad es plural y que gobernar es negociar con el que piensa distinto. Su legitimidad no viene solo de las urnas, sino del respeto a las reglas entre elección y elección.

2. El democraterismo como simulacro: el democraterismo toma el cascarón de la democracia y lo convierte en herramienta de poder absoluto. Sus rasgos principales:

a. Reduccionismo electoral: reduce toda la democracia al voto. “Si gané la elección, puedo hacer lo que quiera”. Ignora que la democracia es también cómo se gobierna después de ganar.

b. Confusión entre mayoría y unanimidad: pretende que la mayoría electoral equivale al “pueblo” completo. Quien disiente es tachado de “enemigo del pueblo”, “traidor” o “élite”.

c. Desmantelamiento de contrapesos: ataca jueces, organismos electorales, prensa y oposición con el argumento de que “obstruyen la voluntad popular”. El objetivo es eliminar todo límite al ejecutivo.

d. Clientelismo plebiscitario: sustituye la deliberación por la consulta permanente. Se gobierna a golpe de referendo, encuesta o plaza pública, buscando aclamación más que representación.

El democraterismo es plebiscitario, no deliberativo. Es aclamatorio, no representativo. Usa el lenguaje democrático para justificar prácticas autoritarias.

3. Diferencias clave en la práctica

Las elecciones son el medio para elegir y cambiar gobernantes. Es un fin en sí mismo. Ganar justifica todo.

La oposición que es parte legítima del sistema se convierte en “enemigo del pueblo”.

La Ley le pone límite al poder, incluso de las mayorías. Se convierte en instrumento del líder si tiene votos.

Las instituciones autónomas, equilibran el poder sometidas al ejecutivo “popular”.

El disenso se protege, se debate o se criminaliza o ridiculiza.

El tiempo se piensa en largo plazo, en reglas. Se piensa en aprobación inmediata.

4. Por qué importa la distinción

El democraterismo es seductor porque simplifica. Promete que la voluntad del pueblo es una sola y que el líder solo la ejecuta. Pero las sociedades no son unánimes. Cuando se elimina la protección al que piensa distinto, la democracia muere, aunque se siga votando.

Venezuela, Nicaragua y varios casos históricos muestran la ruta: se gana limpiamente, luego se colonizan las cortes, se persigue a la prensa, se cambia la constitución “con apoyo popular”, y al final las elecciones dejan de ser competitivas. Todo en nombre de la democracia.

Como conclusión podríamos decir que la democracia es incómoda. Exige perder, negociar, aceptar fallos judiciales adversos y prensa crítica. El democraterismo es cómodo: le da al ganador licencia absoluta y convierte al ciudadano en espectador que solo aplaude cada 4 años.

Defender la democracia hoy no es solo ir a votar. Es defender los límites, las formas y las instituciones que impiden que el voto se vuelva coartada para el poder sin freno. Porque sin límites, la democracia se vuelve su propia caricatura. Y esa caricatura tiene un nombre: democraterismo.

lunes, 23 de febrero de 2026

Demoliendo mitos

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Nos disponemos a entrar en la recta final de unas elecciones para Congreso de la República y presidente, inmejorable coyuntura para que reflexionemos sobre su importancia, así como sobre el papel de cada uno de nosotros en esta democrática jornada.

Partamos diferenciando estos comicios de todos los que con anterioridad se han celebrado en Colombia, por la elemental razón de que nos jugamos no solamente el cambio de unos funcionarios por otros, o la supremacía de algunas facciones sobre sus rivales, sino la clase de país que deseamos para nuestro futuro y el de nuestra descendencia. Si lo entendemos así, nuestra decisión debe ajustarse a lo que más convenga para garantizar el orden, el bienestar y el progreso que anhelamos, no simplemente para satisfacer nuestros personales deseos o las interesadas opiniones de quienes manipulan el poder político y mediático.

No podemos olvidar que, en el año 2016, con el desconocimiento de la voluntad popular expresada legítimamente en un plebiscito que rechazó por mayoría la firma del Acuerdo de Paz de La Habana, y con las artimañas del Congreso y de la Corte Constitucional que avalaron el fraude a la soberana decisión del constituyente primario, comenzó el desmoronamiento de la democracia, del Estado de derecho y de la moral en nuestro país.

Durante 10 años hemos estado sometidos a un crecimiento del sucio negocio de la cocaína, al desborde de todas las manifestaciones criminales, a la exacerbación del cáncer de la corrupción, al imperio de la impunidad, al adoctrinamiento de la juventud con funestas ideologías como el marxismo o la doctrina LGTBI y, sobre todo, al abandono de nuestra fe cristiana y de los valores fundacionales, invaluable legado de nuestros ancestros.

El triunfo sobre la guerrilla que habían logrado, con sacrificio de muchas vidas, nuestros heroicos militares, no bastó para impedir la toma del poder por la extrema izquierda encabezada por el camarada Gustavo Petro. Lo demás deja de ser historia para convertirse en un horroroso presente que sufrimos a diario:

Se ha perdido la seguridad y el derecho a la vida, merced al desmoronamiento de la fuerza pública, a la presencia guerrillera en gran parte del territorio nacional y al inusitado incremento en la siembra de coca y la exportación de alucinógenos.

La política totalitaria del régimen ya ha destruido el sistema de salud, causando un genocidio de 2500 pacientes por falta de tratamiento o medicamentos en el año 2025.

Una sucesión de escándalos de corrupción protagonizados por funcionarios del régimen y sus familiares y aliados atenta contra los recursos del Estado y genera indignación y rechazo en la sociedad.

La criminalidad actúa con el beneplácito de las autoridades y con la impunidad que le brinda una normatividad permisiva y una actitud más que tolerante de fiscales y jueces.

La economía está al borde del colapso según se deduce del incremento del déficit fiscal, aumento de la deuda pública, gastos exorbitados del Estado, reducción de las exportaciones, aumento de la tributación a empresas y personas, descenso en las inversiones y afectación a la generación de empleo formal.

El abandono de nuestros valores fundacionales y del legado espiritual de nuestros ancestros desencadena toda clase de amenazas contra la vigencia de la familia como núcleo fundamental de la sociedad y contra un sistema de educación que garantice la formación de buenos ciudadanos.

Salvar a Colombia de este negro pozo de iniquidad en el que nos ha sumido el actual régimen debe ser nuestro único propósito en las elecciones. Atrás quedaron los tiempos en los que nos podíamos dar el lujo de jugar a las elecciones para sacar adelante a los amigos o al que más nos guste. Ahora es el momento de pelear por nuestra supervivencia como país independiente, con una democracia real, con una justicia honesta, con un gobierno y un congreso preocupados sólo por el bien común, no por los pequeños intereses personales.

No hay campo para las rencillas, para ver quién gana unos votos en una consulta, quién puede pasar a la primera vuelta, quien puede dejar de ser precandidato para alcanzar el estatus de candidato.

Ya la suerte está echada. El pueblo, mayoritariamente, sin permiso de los caciques de siempre, sin pedir limosna a los grandes capitalistas, sin someterse a ningún partido o ideología, ha dicho de la manera más clara que quiere votar por Abelardo de la Espriella, que quiere hacer parte de Defensores de la Patria para llevar gente honesta al Congreso, que no va a perder tiempo y esfuerzo en las tales consultas.

Ya lo dijimos. La lucha no es por puestos, ni por trasnochadas ideologías. Rompamos estos 10 años de indiferencia o de confusión, de errores o de manipulación de nuestras mentes. Seamos libres para levantarnos y decir: no más inmoralidad, no más corrupción, no más criminalidad, no más impunidad, no más desigualdad. No más humillación ante la tiranía.

Vamos a ganar el Congreso y la Presidencia. No nos quede la menor duda. Nos lo merecemos después de 10 años de padecer traición y engaños. Llamemos a las cosas por su nombre. Identifiquemos al verdadero enemigo en lugar de lanzar dardos contra quien solamente piensa en la salvación de Colombia y en derrotar contundentemente a la criminalidad y el narcoterrorismo: Abelardo de la Espriella.

Nos acompaña la certeza sobre estas palabras: ¡Dios es mi salvación! Confiaré en Él y no temeré. El Señor es mi fuerza, el Señor es mi canción; ¡Él es mi salvación! (Isaías 12:2)

lunes, 2 de diciembre de 2024

La implosión del Estado de derecho

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

¡Esto no se arregla con una elección! No nos engañemos más. No es cuestión de quién saque el baloto en el bingo político en 2026, eso es hoy totalmente impredecible. Un “reality show” electoral por sí solo no soluciona el cúmulo de problemas de ilegalidad, impunidad e ilegitimidad que deliberadamente nos hemos permitido como sociedad.

En Colombia el Estado de derecho implosionó y seguimos pandos, orondos, impávidos e insensibles. Esto sólo se remedia mediante el sacrificio de conformar una resistencia con un relato unificado, la determinación colectiva de transformar el Estado, y el valor necesario para combatir el crimen y meter los ratones a la gatera.

Lo expresó con exactitud el maestro Alberto Velásquez Martínez: “El clientelismo, adobado con el caciquismo y el gamonalato, anarquizó a los partidos. Perforó sus organizaciones de microempresas electorales que no solo se nutren de dineros ilícitos, sino de posiciones contradictorias como la que mostró Gaviria con su incongruencia”.

Con el país sumido en violencia, salió Santos a justificarse mediante la mentira de que los acuerdos de paz sólo tienen efectos retardados, y a validar la inclusión en la política de guerrilleros y narcoterroristas, cuando esto no es un mandato de izquierda, es la implantación del caos institucional y una merienda de la hacienda pública en la que medran toda suerte de criminales.

Mientras las portadas de los medios siguen graduando de héroes a los delincuentes, quienes representan la política tradicional y los opositores al régimen están anulándose unos a otros, pues sus egos solo les permiten escucharse a sí mismos.

Llegan de Europa al bazar de la politiquería y el clientelismo los grandes proxenetas y patinadores de la corrupción y la destrucción, cargados de mermelada Petro-Santista, para poder reelegir la plantilla de congresistas prepagos e ir por la Presidencia en 2026.

Arropados en la falsa bandera de la paz, el Estado lo controlan los que aprovecharon las debilidades propias de la anarquía para, con un discurso populista, instaurar una autocracia inquisidora moderna, que no es otra cosa que la dictadura del progresismo que quiere controlar nuestra civilización acomodando todas las normas sociales a la imposición de las agendas minoritarias a la mayoría, financiados por empresarios corruptos, por ONGs bajo el efecto Soros, la ONU, y organizaciones criminales y narcoterroristas de todo tipo.

La descomposición actual de todo el Estado colombiano sobrepasa las capacidades de la famélica y degenerada justicia. La formación de políticas públicas hoy se reemplazó por la multiplicación generalizada y exponencial de la corrupción entre una cleptocracia clientelista que ejerce la politiquería y los cargos públicos, como forma de vida.

Es válido criticar y renegar pues quienes nos gobiernan son una pandilla de destructores insensatos, de ignorantes, locos y degenerados. Pero si queremos entender el problema del país, miremos bien qué intereses y quiénes hay detrás de ellos y de los políticos corruptos.

Recordemos que cuando uno pone la manito hay otro que se la llena. Por tanto, el verdadero problema, son los están por detrás de la corruptela estatal, esos grandes grupos delincuenciales que pagan las campañas electorales, los grandes contratistas del Estado y toda suerte de lavadores y organizaciones criminales narcoterroristas armadas, jineteados todos por una pila de cínicos cabilderos que apesta.

Vive la nación un caos generalizado e inducido. Si antes la corrupción estaba representada porque se robaban algunas frutas, hoy lo que ocurre en Colombia es que están arrancando los árboles de raíz. El problema de fondo es cultural, no sólo económico, y se fundamenta en las formas mafiosas que dominan el control del poder y la impunidad a la generación de capitales ilícitos.

La restauración de un Estado de derecho funcional no es un asunto que se solucione con el mito de cuánta plata arrumen “los poderosos”. Contrario a lo que pasa con el dinero ilegal, la plata lícita ya no funciona, no compra votos ni conciencias; ambas cosas se demostraron plenamente en las campañas de 2018 y 2022.

Olvidémonos del casino en que jugaba la gente importante, prestante y bien intencionada que ingería en la conducción de la sociedad y el Estado. Hoy la plata que respalda el póker político se juega en antros clandestinos con las cartas marcadas y el revólver sobre la mesa.

Ya no son los ciudadanos adinerados ni las empresas productivas las que patrocinan a los que se presentan a las elecciones. Aquí mandan grupos, clanes, contratistas y organizaciones criminales sin escrúpulos ni valores éticos, que trabajan bajo la máscara de negocios supuestamente lícitos, cuando en realidad son contrabandistas, lavadores especializados, jefes de bandas de crimen organizado, que se valen de proxenetas para apoyar candidatos y políticos, corrompen a quienes otorgan los avales electorales, y luego activan a los funcionarios públicos que patrocinaron.

Haber protestado cincuenta años contra el Estado y los poderosos en una democracia funcional, y haberlo hecho secuestrando y violando niños campesinos, matando soldados, civiles, empresarios y servidores públicos, no justifica de manera alguna llegar al poder a despedazar el Estado y el país con resentimiento y sevicia, ni llevar la nación a un estado de miseria humana y económica irrecuperable.

Siempre han existido focos de corrupción, la trampa y el engaño han sido una tentación humana que al igual que el vicio son imposibles de eliminar por completo. Pero donde los delincuentes saben que tienen riesgo y castigo, pueden ser reducidos a la mínima expresión, y florece la legalidad y con ella la seguridad.

Solo un cambio cultural colectivo y determinado a adoptar un compromiso cívico basado en un gran sacrificio y una disciplina de trabajo severa, podría rescatar a Colombia de la implosión Estatal del 2022, que día a día derrumba y desaparece una institucionalidad acobardada. Solo un propósito unificado puede llevar la nación a una senda diferente a la de la anarquía que le entregó el poder y el manejo de los valores sociales a una tiranía de delincuentes.

jueves, 13 de junio de 2024

Aquí ni hay compromiso ni hay con quien

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Hay que felicitar a Petro por los logros de su caótica gestión destructora y decir que los gremios y los partidos políticos democráticos están rajados.

Aceptemos que aquí ni en el Estado ni en el sector privado hay compromiso, interés, determinación, voluntad política genuina, ni capacidad de hacer valer la ley de forma correcta y contundente.

Un cáncer no se cura con mejoral ni con pañitos de agua tibia. Al Estado de Derecho lo opera la cultura del billete no un partidismo organizado. El parlamento, la justicia, los entes de control y las fuerzas armadas están permeados de una cultura corrupta y clientelista disfrazada de ideología.

Cuando uno va a cargar una mula para recorrer una trocha, lo más importante es balancear las cargas a cada lado de la enjalma, de lo contrario se condena a la mula a irse por un voladero, se arruina la carga y se pierde la mula. Pues lo mismo ocurre con el desempeño de la nación y el reparto de las cargas entre los gobiernos de turno y la responsabilidad asignada por empresarios y trabajadores a la actividad gremial y sindical.

El pacto social se destruye cuando ocurre un desbalance entre las fuerzas sociales que representan el sector privado, que son quienes producen, pagan impuestos y mueven la economía, y el sector público compuesto de burócratas que tienen un contrato temporal a sueldo como servidores, con el objetivo de facilitar la actividad de los particulares que son la mayoría y el electorado en los Estados democráticos.

Contrario al sistema de libertades y propiedad privada, en el modelo comunista, el Estado y la burocracia de un partido se adueñan de todo, reemplazan un sistema que redistribuye riqueza por la administración del empobrecimiento, donde unos pocos roban y el resto llevan del bulto.

Y es que en la Colombia (in)humana, la del virus de la vida, impera la miseria despótica del odio y el resentimiento de un destructor acomplejado que se cogió confianza y ahora viene por lo de todos enarbolado en su alucinógeno “poder constituyente”.

Pero lo peor es que la dirigencia nacional se lo está entregando todo voluntariamente para que se cambie el sistema de libertades por un neo-narco estalinismo, socialismo del siglo XXI, castrochavismo o populismo con falso disfraz democrático.

En Colombia se acabaron las personas íntegras capaces de defender con acciones y hechos reales la institucionalidad, el balance del país, y a los ciudadanos indefensos.

A quienes han sido jefes políticos con envergadura electoral y han ocupado posiciones importantes, el ego no los deja unirse a defender la democracia con hechos. Sin mayorías, su toreo es de salón.

Hoy los gremios y sindicatos desvirtúan el espíritu asociativo cuando olvidan que sin empresas no hay gremios ni sindicatos, y que, si el balance del país no cuadra, menos el de las empresas.

Los líderes gremiales olvidaron su función esencial, el país. No son capaces de utilizar su poderío económico para defender la libertad, la legalidad ni la democracia. Sus juntas directivas los convirtieron en cabilderos de intereses particulares ante parlamentarios, ministros y magistrados.

A muchos ricos se les olvidó que nadie se puede llevar negocios, tierra ni edificios para Miami y que en la maleta no viaja la prestancia, el respeto y el reconocimiento social que tienen como empresarios y empleadores en Colombia.

No es justo que mientras el pueblo grita “fuera Petro”, los gremios cortejen como invitado de honor a quien viene a cantarle a sus afiliados cómo es que les va a estatizar su negocio.

Entre tanto quien realmente manipula el caos político, económico y social, aceleró a la lata el empobrecimiento nacional y como dijo Alicia Eugenia Silva: “viene por todo”.

Del discurso terrorista, pasamos a la implementación del caos y la miseria. Petro le pasó el buldócer al sistema electoral, a la salud, las pensiones, la moral y capacidad de las fuerzas armadas, las relaciones internacionales, el manejo de la economía, la educación y lo laboral.

Petro le mandó a pasar la grasera, al Congreso, las cortes y los entes de control. Causó la implosión de las fuentes de ingresos del Estado y las regalías que produce el sector minero-energético, mientras el narcoterrorismo y su producción de coca y minería ilegal, se mecatearon la biodiversidad y las forestas.

Ahora le apunta a las cuentas bancarias de los particulares y a una narco-constituyente revolucionaria que terminará con la propiedad privada, la seguridad nacional, ciudadana, jurídica, económica y alimentaria.

“Aunque usted no lo crea”, como decía Ripley, y ya pasó en muchos países, Petro anunció ante todos los “alias” del gabinete invitados al ritual, la implementación del “corralito financiero”, la semana pasada en Cartagena ante una agremiación bancaria genuflexa, aduladora y cabildera.

Como todo lo anunciado por Petro, lo cumplirá, así sea por la vía ilegal que es la que él domina. ¿Qué más se puede esperar de un terrorista, que una letal inyección de desequilibrio aplicada en la vena por donde pasa la vida económica del país?

lunes, 15 de abril de 2024

Sólida y segura salida para la crisis

Luis Alfonso García Carmona
Por: Luis Alfonso García Carmona

Prosiguiendo con la entrega del análisis que nos puede conducir al hallazgo de los resortes motivacionales que nos pueden dar a una salida viable al callejón que nos mantiene privados de esperanzas en el futuro del país, me aventuro a concluir el tema que nos preocupa con las siguientes consideraciones:

Primera.- La magnitud del problema y sus implicaciones hacia el futuro de la población colombiana no permiten esperar una solución a corto plazo. No es, por lo tanto, suficiente gravitar todo el peso de nuestra acción en un solo mecanismo, vale decir, la presentación de una denuncia ante la Comisión de Acusaciones contra el presidente, o la organización de una exitosa marcha, o la petición al guerillero-presidente para que renuncie al cargo que indignamente ejerce, o la ilusión de que este va a ser derrotado electoralmente a través de una improbable unión de la dirigencia de los partidos supuestamente democráticos.

Seamos conscientes de una vez por todas de que la lucha contra el mal entronizado por el fraude en el poder será una tarea ardua y duradera. Requiere de una sesuda preparación, una continuada acción, y una eficaz utilización de los mecanismos que nos que nos permite el Estado de Derecho y la legítima defensa colectiva de nuestros inalienables derechos.

Segunda.- Un juicioso análisis como el que estamos proponiendo nos indica a las claras que en nuestro caso, la verdadera solución a la hecatombe que afrontamos debe partir de nosotros, los colombianos de a pie, que no compartimos con los políticos las mieles de la corrupción y la concupiscencia por el poder; de quienes solamente aspiramos a que el Estado cumpla su deber de administrar los asuntos públicos con pulcritud e idoneidad, respetando la dignidad de sus gobernados como personas humanas, con sus familias, sus valores espirituales y sus bienes.

No obstante, hemos de reconocer que, manipulados por la toxicidad del adoctrinamiento marxista-leninista y complementado con la propaganda oficial enmarcada en el odio de clases y en doctrinas materialistas, la población ha sido víctima de quienes ahora la dirigen hacia el abismo, con la culposa complicidad de la dirigencia política.

Y no sólo somos víctimas, sino colaboradores por activa o por pasiva. Quienes se conforman con la desgracia que vivimos argumentando que no hay nada que se pueda hacer o quienes simplemente mantienen una actitud de indiferencia frente a lo que ocurre en el campo del manejo de la cosa pública, son (o somos) responsables del oscuro destino que aguarda a nuestra sociedad en las diabólicas garras del comunismo disfrazado con la piel de lobo del progresismo.

La solución está en nosotros: no nos hagamos bobaliconas ilusiones. Tomemos las riendas de nuestro propio destino organizándonos con un patriótico compromiso, aprovechando nuestras fortalezas y subsanando las debilidades o falencias que nos afectan.

A manera de ejemplo: ningún político en nuestro país puede reunir un apoyo como el que se muestra en las marchas y en las redes sociales para pedir la salida de Petro. Tampoco es necesario adelantar el espinoso camino de convencer a los líderes políticos para que se unan en dicho propósito, pues ya el pueblo, en forma espontánea y desinteresada, votó contra los aliados de Petro en las últimas elecciones, sin pedir permiso a los anquilosados dirigentes.

Tercera.- Cubierta con creces la parte más exigente, la conformación de una masa con un común objetivo, trabajemos ahora con ahínco en arbitrar los recursos que nos permitan corregir nuestras falencias y allanar el camino triunfal a la reconquista del poder.

a. Tornemos esa muchedumbre de descontentos con el régimen en la más grande fuerza renovadora del país y convoquemos a los mejores hombres y mujeres de la sociedad colombiana a integrarse en esta tarea redentora.

b. Reforcemos los dos principales objetivos que nos mueven: derrocamiento del régimen petrista y reconstrucción de la sociedad colombiana con el objetivo del bien común para todos los asociados.

c. Financiemos esta gran epopeya que marcará el rumbo del nuevo país, en lugar de fraccionar esfuerzos en batallitas puntuales que no conduzcan a los objetivos generales.

d. Establezcamos una actitud y unos sistemas modernos para hacer política. Cambiemos las desuetas prácticas de los desacreditados partidos por una organización celular, movilizada por las redes sociales y con un ejército de coordinadores, dotados de la sabiduría sobre lo que el país requiere, el compromiso amplio y generoso de trabajar hasta el sacrificio, y adiestrados en el manejo virtual de células de activistas en todos los rincones de la Patria, y,

e. Seleccionemos los programas y reformas que impidan una nueva caída de nuestra sociedad en la perversión, la corrupción y el odio de clases que el actual régimen pretende implantar por encima de la Constitución y de la voluntad mayoritaria de los colombianos.

Cuarta.- Será, como lo hemos reconocido antes, una descomunal tarea hacer que una masa espontánea de descontentos se transforme en una fuerza política organizada y eficaz, pero esa es la alternativa que las deplorables condiciones de nuestra sociedad nos han impuesto.

Respetamos la opinión de quienes han expresado su incredulidad en toda fórmula basada en la derrota de Petro en las próximas elecciones, argumentando que en el tiempo que le queda impondrá una espuria reforma constitucional con el apoyo de las guerrillas, los vándalos, los capos de la droga y sus corruptos aliados de la politiquería. Asimismo, se consigna la amenaza de que para la época de las elecciones se habrá consolidado la dictadura castro-chavista en Colombia y no habrá espacio alguno para la Democracia.

Son juiciosas observaciones que merecen ser tenidas en cuenta y tratarlas con especial cuidado. En primer lugar, el proceso para el derrocamiento del guerrillero-presidente y para la conformación de la fuerza renovadora que se oponga a la revolución comunistoide debe acelerarse y adelantarse por etapas, hasta llegar al objetivo final.

Todos los instrumentos que hasta ahora han producido dramáticos resultados como el desalojo de la izquierda de las calles, el fracaso de las manifestaciones de apoyo al Gobierno, el crecimiento del apoyo nacional al juicio político contra Petro, deben ser incrementados pues no olvidemos que se trata de profundas debilidades que minan el poderío del régimen.

Otra opción no existe: no continuemos debatiéndonos en necedades como las de seguir quejándonos y criticando la gestión oficial sin ofrecer solución alguna; dilapidar esfuerzos y recursos en tareas improductivas; enredarse en la maraña de cortinas de humo que a diario emanan del Ejecutivo para ganar tiempo y distraer la atención a las eficaces acciones que podrían precipitar su caída.

Quinta.- Compartimos con Jacques Maritain, uno de los más grandes pensadores de la edad moderna, algunas reflexiones que debieran servirnos de apuntalamiento ideológico a esta desigual confrontación contra los poderes del mal:

a. La dignidad de la persona humana, del bien común de la multitud congregada y de los valores morales y espirituales deben ser parte esencial de nuestra filosofía política y social.

b. No sabemos lo que representan para la historia las reservas de auténtica humanidad, de bondad y de heroísmo encarnadas en el trabajo cotidiano y en la pobreza del pueblo obrero y campesino. Son reservas que, a la hora de la verdad, cambiarán la balanza del poder.

c. Para servir a la vida temporal de los hombres debemos trabajar por la renovación de las estructuras de la sociedad.

d. No vamos a disputar el terreno con otros partidos en el mismo nivel, como políticos en maniobras y en combinaciones electorales y de gobierno, sino como una gran asamblea de hombres de buena voluntad, conscientes de la unidad moral que subsiste, a pesar de todo.

e. Mientras sean afirmadas la dignidad de la persona humana, la justicia y la primacía de los valores humanos y morales, que constituyen el bien principal del bien común terrenal, continuará brillando entre los hombres una pequeña esperanza de que el retorno del amor al orden temporal es posible.

jueves, 14 de septiembre de 2023

Sin principios ni valores no hay futuro

Luis Alfonso García Carmona
Por: Luis Alfonso García Carmona

Aquí nos hallamos en presencia de ese maquiavelismo impetuoso, irracional, revolucionario, violento y demoníaco, para el que la injusticia sin límites, la violencia sin límites, la mentira y la inmoralidad sin límites, son los medios políticos normales, y que extrae una abominable fuerza de ese carácter ilimitado del mal” (Jacques Maritain)

 

En las sabias palabras de Maritain se sintetiza con precisión la magnitud de la tragedia que vive Colombia desde hace 13 meses.

No obstante, el sistemático trabajo de columnistas y destacados analistas de nuestra política, es tan abrumador el volumen de iniquidades que a diario cometen el Gobierno y sus seguidores contra la estabilidad nacional y contra la dignidad de los gobernados, que la realidad supera con creces la capacidad de diagnóstico. Pasa desapercibido el meollo del asunto, camuflado gracias a la estrategia de distracción orquestada desde la Presidencia del país.

Cabe destacar el meritorio esfuerzo de los veteranos de las fuerzas armadas, algunos representantes del empresariado y activistas independientes de las agrupaciones políticas, que han promovido masivas manifestaciones callejeras de protesta contra la elección y la gestión de quienes asaltaron fraudulentamente el poder. Contrasta esta enhiesta actitud con el servilismo de la clase política que apoya los proyectos gubernamentales a cambio del humillante soborno o se dedica a la búsqueda del poder regional en las próximas elecciones, mientras la revolución comunista se instaura a sus anchas en todo el territorio nacional.

Por fortuna la movilización ha penetrado la mayoritaria opinión de los colombianos, como lo evidencian recientes encuestas que condenan la gestión oficial, especialmente sus intenciones de modificar las normas laborales, el sistema de salud y el de pensiones. Igualmente se ha encauzado la opinión hacia la solución constitucional de que se tramite un juicio político en el Congreso de la República para destituir al elegido presidente debido a que violó protuberantemente los topes de gastos asignados por la Ley a la campaña presidencial.

Aún no comprendemos la razón por la que directivos de partidos que debieran estar en abierta oposición contra este oprobioso régimen, guardan un cómplice silencio y se abstienen de respaldar y promover esta herramienta constitucional otorgada al pueblo para destituir a quienes sean elegidos indignamente para el máximo cargo del Estado.

Hemos reiterado la necesidad de derrocar al presidente por el comprobado vicio presente en su elección. Creemos, asimismo, en la urgente tarea de conformar una gran fuerza capaz de recuperar el poder en 2026 para recatar al país de la destrucción moral y material a la que está sometido por la revolución comunista.

Para contrarrestar lo que Maritain llama la “abominable fuerza de ese carácter ilimitado del mal” no basta con tener buenas intenciones, ni con cambiar un presidente por otro, mientras en el seno de nuestra Nación siga proliferando la ponzoñosa semilla del materialismo marxista que nos desgobierna. Debemos estar revestidos de una coraza de sólidos principios, idóneos para enfrentar y vencer las falacias y engaños de la doctrina marxista-leninista que nos quieren imponer. A modo de ejemplo, y para el estudio de más avezados pensadores que este modesto garrapateador de ideas, presento este decálogo que debiera unir a nuestros compatriotas para dar la batalla cultural contra los enemigos de nuestra identidad:

Primero.- Garantizar el derecho la vida, primordial obligación de cualquier Estado. Gobernar con el propósito de brindar protección a la población en sus vidas e integridad personal. Fortalecer las fuerzas armadas y de policía. Desarticular el terrorismo, los grupos ilegales y las bandas que atentan contra la población.

Segundo.- Propósito de las autoridades debe ser la búsqueda del bien común integral. Se debe velar por el reconocimiento de los derechos primordiales de la persona humana: Que cuente con los medios necesarios para su subsistencia, respeto a su dignidad como persona, derecho a tener y disfrutar de sus bienes.

Tercero.- Implementar un sistema de justicia que decida en forma imparcial y honesta los litigios. Implica una reforma a fondo del aparato judicial para escoger por méritos a los magistrados y que su juzgamiento sea independiente de los intereses políticos. Incluye una modificación de la ley penal para que sea eficaz en la lucha contra el delito, el narcotráfico, la corrupción y el terrorismo.

Cuarto.- Responsabilidad del Estado en el desarrollo económico del país y en la generación de empleo digno para toda la fuerza laboral. Debe reducirse el tamaño y costo del Estado para aplicar sus recursos al fomento del crecimiento, especialmente en el campo y en las ciudades intermedias.

Quinto.- Defender la democracia, respetando las decisiones del pueblo, eliminando el fraude en las elecciones, corrigiendo nuestro sistema electoral para que el país sea dirigido por sus mejores hombre y mujeres. Se implantará la designación de los servidores públicos por méritos y no por recomendaciones políticas.

Sexto.- Proporcionar adecuada asistencia a la población más débil y vulnerable. Protección especial a la vejez, a la niñez, a los marginados de los sectores más olvidados del país, a los nonatos, a los indígenas esclavizados por grupos armados, a los desempleados, a las madres cabeza de familia, a los discapacitados y a quienes se encuentren en estado de extrema pobreza.

Séptimo.- Otorgar especial protección a la familia tradicional, núcleo fundamental de nuestra sociedad. Combatir todo aquello que pretende su destrucción como la ideología de género, el aborto, la difusión del materialismo ateo y marxista en la educación de los hijos.

Octavo.- Respetar el derecho de los padres en la educación de sus hijos. El Estado, como auxiliar en esa tarea, debe proporcionar los medios para que nuestros hijos puedan convertirse en buenos ciudadanos, formados en valores cívicos y espirituales, y con una idónea formación para desempeñarse con éxito en la vida laboral o empresarial.

Noveno.- El Gobierno debe respetar y hacer respetar la soberanía nacional , contra toda indebida intromisión de otros Estados o de organizaciones internacionales en los asuntos internos.

Décimo.- El Gobierno debe ser absolutamente respetuoso del Estado de derecho y actuar conforme a la Constitución y a las Leyes, así como a los preceptos contenidos en el Derecho natural y el Derecho de Gentes.

jueves, 11 de mayo de 2023

La polarización extrema: ¿Una nueva manera de las guerras civiles?

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez.

(Ensayo conceptual – Serie: En defensa de la legalidad)

Objetivo. Este corto ensayo es una invitación abierta a la reflexión en procura de encontrar formas de mejorar nuestras democracias y preservar su institucionalidad. (Lo expresado en este texto solamente compromete al autor).

Conclusiones. Esperemos que surjan en toda la región Iberoamericana y caribeña nuevos liderazgos públicos y gremiales, desprovistos de ideas preconcebidas, de vicios filosóficos e ideológicos, innovadores, capaces de hacer el bien con la utilización ética de las nuevas tecnologías enfocadas en promover el desarrollo socio-económico sostenible, y que los gobiernos de los Estados Unidos algún día entiendan la importancia de considerar dentro de sus prioridades y políticas de Estado a Latinoamérica, haciendo honor a la relación cultural, económica que ha existido entre las naciones de todo el hemisferio desde que se inició la construcción de nuestras democracias, y la importancia de trabajar unidos por la liberación de la opresión que viven los pueblos cubano, nicaragüense y venezolano.

En el caso de Colombia, unidos por los principios que nos enseñaron en la casa, exigiéndole honestidad a quienes aspiren a ser nuestros líderes, las mayorías aún estamos a tiempo de evitar que se pierda la institucionalidad democrática cuando la confrontación entre en nuestras familias y en nuestros hogares. Algo que ya pasó en el siglo pasado.

Desarrollo. A causa de la puesta en marcha de la teoría del caos como resultado de la fusión entre la ideología socialista y el narco-comunismo con que se gobiernan las camufladas autocracias neo-populistas contemporáneas especialmente en Iberoamérica, en medio de una inmensa desconfianza social generalizada, los valores democráticos están agotándose en todo Occidente.

La confianza es el combustible de toda economía y es el factor que habilita la inversión y genera más emprendimientos, más empleo, crecimiento del producto interno y la formación de capital bruto; es la condición que determina el volumen y la velocidad del aporte del sector privado a la economía.

La confianza es, en esencia, el sentimiento colectivo de los ciudadanos y los mercados, y sólo se genera mediante la percepción positiva del riesgo que estriba en la estabilidad jurídica que ofrezcan la legislación y la forma en que se comporten un jefe de Estado y su gabinete, al cumplir con responsabilidad el encargo que les confió la ciudadanía: respetar la ley para facilitar el desarrollo socioeconómico y la formación bruta de capital (emprendimiento), en función de garantizar empleo y bienestar a la ciudadanía.

La confianza nace del buen manejo técnico de la cosa pública, de la formación de políticas de Estado serias, sólidas y sostenibles, no de la improvisación, la impredecibilidad, la politiquería o la violación constante al juramento de defender y hacer cumplir la Constitución y las leyes, que es a lo que se comprometen quienes acceden al poder, independientemente de cuánto hayan prometido o mentido para llegar a su posición, y de cómo se les dé la gana de interpretar la ley.

Recordemos que está totalmente demostrado que sin una actividad económica privada dinámica y pujante, ningún Estado puede pagar el costo del progreso de la ciudadanía, y que los factores que más desconfianza generan son la inseguridad física, la inseguridad jurídica, la polarización ideológica, el empobrecimiento colectivo y el control de las libertades sociales en manos de gobernantes populistas, motivados por intereses corruptos, ambiciones personales o preconcepciones ideológicas revolucionarias.

Para demostrar que existe una correlación inversa entre la confianza y la polarización, sea ella mediática, social, política o ideológica, de la cual se valen los gobernantes egocéntricos y populistas, me remito al “Edelman Report - 2023”, una encuesta internacional realizada desde 2001 consultando a un grupo significativo de empresarios a lo largo de muchos países sobre cuál es el factor de preocupación que más afecta, año a año, la confianza ciudadana, con el fin de sacar un indicador nacional y global.

Pues bien, en la versión 2023, los encuestados hablaron de “navegar en un mundo polarizado” como el factor que más les preocupa, y este problema lo clasifican en cuatro grupos a saber: Baja Polarización, Polarización Media, Alta Polarización y Polarización Extrema, resultando Argentina, Colombia, los Estados Unidos, España, Suráfrica y Suecia, como los países donde los encuestados dicen que ya existe una “polarización extrema o irreversible completamente irreconciliable”.

Como vivimos en una era digital que multiplica exponencialmente la información y las narrativas, resulta sensato pensar que la “polarización extrema” es la nueva forma de guerra civil entre bandos con posiciones contrarias.

Esta tesis se basa en la realización de una correlación lógica entre la forma en que esa polarización extrema pulveriza la confianza en la economía, la coherencia y consistencia de las actuaciones del Gobierno y los gobernantes, y la forma en que toda la comunicación digital, (T.V., radio, redes sociales y medios visuales o impresos), afectan el comportamiento colectivo.

Hoy, cuando el filtro editorial y la curaduría prácticamente desaparecieron de los medios digitales masivos, los datos que arroja la escucha en redes sociales demuestran cómo la formación de la opinión pública pasó de crearse en un espacio racional, a ser el producto de la explosión en tiempo real de reacciones masivas, que ya no son elucubraciones informadas sobre la base de opiniones sensatas y pruebas de autenticidad de lo que se publica, sino que están marcadas por acciones inmediatas o automáticas motivadas por los sentimientos y, por tanto, son impulsos que pueden llevar a individuos y masas a conductas violentas, sean ellas físicas, verbales o una combinación de ambas.

Por lo anterior, creo que las guerras civiles en esta era digital, difieren de las de épocas anteriores, en que los campos de batalla ya no son solamente las calles o la ruralidad, sino, ante todo, sistemas o plataformas llenas de violencia digital y de posiciones extremas marcadas por intolerancia escrita y verbal que nacen de cambios dramáticos en la escala de valores de las personas, las familias o del colectivo con relación a una narrativa o información, ante la cual, las personas reaccionan de forma apasionada sin reflexionar sobre la autenticidad o conveniencia de lo que leen, ven o escuchan.

Hoy todo tipo de personas, cultas o ignorantes, ven o escuchan un mensaje o un titular y reaccionan, reenviando, escribiendo u opinando sin pensar; y la generalización de estas conductas afecta el debido funcionamiento institucional en un Estado de Derecho. Algo inevitable pero que demanda sindéresis.

Sin duda en Argentina, España, Suráfrica e incluso en los Estados Unidos, las sociedades están viviendo un fenómeno de polarización extrema. Pero a mi juicio en el caso de Colombia, este fenómeno es aún mucho más grave desde que la definición de paz se desconectó del grado de cultura y educación que requiere una sociedad, para tener una convivencia urbana y rural segura y sostenible que beneficie a todos los ciudadanos que cumplen con sus obligaciones, en lugar de mecanismos para garantizarle impunidad y privilegios solamente a los criminales.

Ese grado extremo de polarización actual en Colombia es el producto de la irresponsabilidad con la cual la sociedad entera, con la complicidad de los medios de comunicación, ha permitido el abuso del ejercicio politiquero del poder en función de intereses personales e ideológicos, favoreciendo la consolidación de la cultura mafiosa que nos imprime el dinero fácil y todos los problemas asociados al narcotráfico.

En conclusión, hoy podemos decir que cuando un país es considerado por sus ciudadanos como que ha llegado a niveles de “polarización extrema”, cruzó el punto de no retorno, pues la diversidad de opiniones y posiciones ya no es reconciliable, ya que quienes las defienden no están dispuestos a ceder y a llevar sus ideas y concepciones, sean ellas auténticas o falsas, hasta las últimas consecuencias.

No hay duda de que ya en el ciberespacio colombiano, hay una guerra civil digital ideológica y una amenaza real a la institucionalidad democrática, acompañadas de un incontenible incremento de la violencia entre bandos criminales que compiten por territorios en los campos, y que está a punto de explotar en las áreas urbanas mediante la formación de milicias, hoy auspiciada por el Estado. Resulta vergonzoso que desde 2018 sea el actual jefe del Estado y varios de los actores políticos asociados a su forma de pensar, los agitadores digitales de la violencia física que vive el país.

miércoles, 15 de febrero de 2023

¿Nazi-obseso?

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

No ha faltado, en los 180 días que lleva hablando, volando y contaminando, uno solo en el que Petro no nos sorprenda con uno o varios ex abruptos irracionales, irresponsables, inesperados, insólitos, inconvenientes, imprudentes, indignos… Pero aún más sorprendente, a pesar de su carácter demoledor, es el silencio de los jefes políticos, los medios masivos, los gremios y las academias, frente a esos pronunciamientos, que se van convirtiendo en las políticas de un gobierno cuyo propósito inocultable es el de destruir el modelo económico-social que hace posible el Estado de Derecho.

Casi que desde la primera semana el país se acostumbró a escucharlo como quien oye llover; y ante esa ausencia de reacción el personaje se enardece, y cada veinticuatro horas se supera, hasta el punto de que ya es imposible escoger cuál de sus desatinos es el peor.

Lo de la ONU fue horroroso. La identificación de un enemigo interno con la Constitución y la Ley, atroz; la solidaridad con Castillo y los arrumacos con Maduro, increíbles; la exaltación de la primera línea, en Cali, alucinante, para no hablar de su leit motiv, que la cocaína es menos perjudicial que el carbón y el petróleo… etc., etc., etc.…

Cuando alcanzó a decir que “por definición” la criminalidad disminuye si se derogan muchos tipos penales, todos pensamos —con indudable alivio— que había llegado al clímax y que a partir de ese momento sería imposible que de sus labios saliera algo más extravagante y escandaloso.

Pero nos equivocamos. Pocas horas después nos informó:

(…) no hay diferencia entre el Estado colombiano y el Estado nazi, y que el nuestro no solo es asesino, sino es genocida (…), ayudó a matar a miles de colombianos simplemente porque eran de izquierda (…), aun hoy, uno va a cualquier esquina de cualquier ciudad de Colombia y dice: “Soy de izquierda”, y empieza a sentir peligro (…)

En la anterior declaración sorprende el uso del tiempo presente. Petro parece olvidar que es él quien actualmente manda. Si como jefe de Estado conoce en qué ciudades y esquinas sienten miedo los izquierdistas, ¿cómo es posible que ese fenómeno sea tolerado por su gobierno?

Surgen algunas preguntas inevitables como:

* ¿Qué clase de Estado nazi es este, que jamás ha perseguido a los ciudadanos judíos, muchos de los cuales poseen importantes empresas que engrandecen a Colombia?, para no hablar de empresarios de esa apreciable colonia que han sido sus amigos y sus principales apoyos económico-electorales.

* ¿Qué clase de Estado nazi es el que ha contado con las luces de Petro durante unos veinte años en el Congreso y ha aceptado su elección?

* ¿Cuál nazismo existe en un país donde las minorías étnicas no sufren persecución racial alguna? Aquí los indígenas son dueños de la tercera parte del territorio y la vicepresidente pronuncia encendidas diatribas contra las mayorías mestizas.

Por su ancestro italiano, Petro debe recordar a un gobernante hablantinoso que impuso la consigna: “Il Duce ha sempre ragione”, para acallar cualquier disenso o crítica y excusar sus excesos verbales, sus delirios y la locura que condujo a su país a la mayor desgracia.

martes, 20 de diciembre de 2022

Propósito para el 2023: rescatar a Colombia del comunismo

Epicteto, el opinador
Por: Epicteto, el opinador

Además de las celebraciones a las que nos llama no sólo la tradición occidental, sino también el consumismo y la mediática manipulación de las mentes, vale la pena dedicar algo de nuestro tiempo a la reflexión y a la planeación de nuestro inmediato futuro.

No cabe duda de que para los colombianos el 2022 representó una tragedia de proporciones hasta ahora no sopesadas en su total dimensión. Cada día las más absurdas e inconvenientes decisiones gubernamentales y los más descabellados anuncios sumen a la población en la incertidumbre, la desesperación y la impotencia. Vamos a completar 6 meses, desde la elección del actual régimen, sin recibir una sola noticia alentadora para el futuro del país.

Muchos se dedican a manifestar su descontento, a sabiendas de que con ello nada cambiará pues la totalidad del control está en las manos del sátrapa: la fuerza pública, la administración de justicia, el presupuesto del Estado, el Congreso sobornado, los organismos de control, la prensa silenciada, y las masas resignadas y sin una elemental organización. Otros pretenden ingenuamente hacer una oposición constructiva, respaldando aquello que pueda ser de utilidad, como si de un árbol malo se pudiera esperar buenos frutos.

No todo está perdido. Subyace en la conciencia de los colombianos un profundo amor por la patria, y la gran mayoría de nuestros compatriotas comparte los valores éticos y morales emanados de la civilización judeocristiana. Muchos fueron engañados con falsas promesas y halagados con dádivas para comprar sus conciencias, pero ahora comienzan a despertar ante la triste realidad que estamos padeciendo.

Estamos en presencia de un golpe al Estado de derecho, pues el asalto al poder se cumplió a través del más vergonzoso tinglado de fraude electoral y de compra masiva de conciencias. Y el ejercicio del poder, desde el comienzo, ha confirmado lo que habíamos anunciado: la toma del poder para cumplir a rajatabla los funestos planes del Foro de Sao Paulo.

No puede ser nuestro propósito para 2023 nada distinto al rescate de Colombia de las garras del marxismo-leninismo que comienza su labor depredadora para conculcar los derechos de los ciudadanos; repartir impunidad entre narcotraficantes, políticos corruptos, vándalos e invasores de la propiedad privada; perseguir a la libre empresa; generar un monstruoso déficit fiscal; llevar a la población a la miseria absoluta a través de la inflación que comenzó el pasado 19 de junio y, en fin, destruir la Nación que con tanto esfuerzo hemos construido.

Ese rescate no puede cumplirse, queridos contertulios, desde el sistema corrupto que nos condujo a esta ignominiosa situación. No podemos acabar con la corrupción mientras el sistema mismo sea el más corrupto. Debemos iniciar una contrarrevolución a través de las marchas escalonadas hasta llegar al paro nacional y la desobediencia civil y pacífica.

Todos los que nos sentimos víctimas de este ominoso y tiránico sistema debemos organizarnos como sociedad civil, independiente y cívica, agrupándonos de acuerdo con nuestras principales actividades en cada una de las regiones: los obreros por sectores, los profesionales, los estudiantes, las amas de casa, los jubilados, los militares en retiro, los agricultores, los artesanos, etc.

Distinguidos juristas, a quienes respaldamos, están complementando esta propuesta con precisas y fundamentadas demandas contra los inválidos actos con los que se pretende “legalizar” el fraude.

Y tú, estimado compatriota, ¿cómo vas a participar en esta avasalladora cruzada para la defensa de nuestra amada Colombia?