martes, 19 de mayo de 2026

De cara al porvenir: democracia y democraterismo

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

La palabra democracia goza de un prestigio casi universal. Pocos sistemas políticos se atreven a rechazarla abiertamente. Sin embargo, ese mismo prestigio ha hecho que el término se estire, se vacíe y, a veces, se pervierta. De esa distorsión nace el democraterismo: una forma degradada que conserva la apariencia de la democracia, pero que abandona su esencia. Distinguir entre ambas no es un ejercicio académico. Es la diferencia entre un gobierno del pueblo y un gobierno que usa al pueblo.

1. La democracia como sistema de límites: la democracia no es solo votar. En su núcleo, es un sistema diseñado para limitar el poder. Tiene tres pilares inseparables:

a. Soberanía popular real: el poder emana de los ciudadanos y vuelve a ellos mediante elecciones periódicas, libres y competitivas.

b. Estado de derecho: nadie está por encima de la ley, ni siquiera la mayoría del 51 %. Existen derechos fundamentales que no se someten a voto.

c. Contrapesos institucionales: División de poderes, prensa libre, oposición activa y alternancia. El gobierno tiene dientes, pero también frenos.

La democracia acepta el conflicto y lo canaliza. Entiende que la sociedad es plural y que gobernar es negociar con el que piensa distinto. Su legitimidad no viene solo de las urnas, sino del respeto a las reglas entre elección y elección.

2. El democraterismo como simulacro: el democraterismo toma el cascarón de la democracia y lo convierte en herramienta de poder absoluto. Sus rasgos principales:

a. Reduccionismo electoral: reduce toda la democracia al voto. “Si gané la elección, puedo hacer lo que quiera”. Ignora que la democracia es también cómo se gobierna después de ganar.

b. Confusión entre mayoría y unanimidad: pretende que la mayoría electoral equivale al “pueblo” completo. Quien disiente es tachado de “enemigo del pueblo”, “traidor” o “élite”.

c. Desmantelamiento de contrapesos: ataca jueces, organismos electorales, prensa y oposición con el argumento de que “obstruyen la voluntad popular”. El objetivo es eliminar todo límite al ejecutivo.

d. Clientelismo plebiscitario: sustituye la deliberación por la consulta permanente. Se gobierna a golpe de referendo, encuesta o plaza pública, buscando aclamación más que representación.

El democraterismo es plebiscitario, no deliberativo. Es aclamatorio, no representativo. Usa el lenguaje democrático para justificar prácticas autoritarias.

3. Diferencias clave en la práctica

Las elecciones son el medio para elegir y cambiar gobernantes. Es un fin en sí mismo. Ganar justifica todo.

La oposición que es parte legítima del sistema se convierte en “enemigo del pueblo”.

La Ley le pone límite al poder, incluso de las mayorías. Se convierte en instrumento del líder si tiene votos.

Las instituciones autónomas, equilibran el poder sometidas al ejecutivo “popular”.

El disenso se protege, se debate o se criminaliza o ridiculiza.

El tiempo se piensa en largo plazo, en reglas. Se piensa en aprobación inmediata.

4. Por qué importa la distinción

El democraterismo es seductor porque simplifica. Promete que la voluntad del pueblo es una sola y que el líder solo la ejecuta. Pero las sociedades no son unánimes. Cuando se elimina la protección al que piensa distinto, la democracia muere, aunque se siga votando.

Venezuela, Nicaragua y varios casos históricos muestran la ruta: se gana limpiamente, luego se colonizan las cortes, se persigue a la prensa, se cambia la constitución “con apoyo popular”, y al final las elecciones dejan de ser competitivas. Todo en nombre de la democracia.

Como conclusión podríamos decir que la democracia es incómoda. Exige perder, negociar, aceptar fallos judiciales adversos y prensa crítica. El democraterismo es cómodo: le da al ganador licencia absoluta y convierte al ciudadano en espectador que solo aplaude cada 4 años.

Defender la democracia hoy no es solo ir a votar. Es defender los límites, las formas y las instituciones que impiden que el voto se vuelva coartada para el poder sin freno. Porque sin límites, la democracia se vuelve su propia caricatura. Y esa caricatura tiene un nombre: democraterismo.