Pedro Juan González Carvajal
La palabra democracia goza
de un prestigio casi universal. Pocos sistemas políticos se atreven a
rechazarla abiertamente. Sin embargo, ese mismo prestigio ha hecho que el
término se estire, se vacíe y, a veces, se pervierta. De esa distorsión nace el
democraterismo: una forma degradada que conserva la apariencia de la democracia,
pero que abandona su esencia. Distinguir entre ambas no es un ejercicio
académico. Es la diferencia entre un gobierno del pueblo y un gobierno que usa
al pueblo.
1. La democracia como
sistema de límites: la democracia no es solo votar. En su núcleo, es un
sistema diseñado para limitar el poder. Tiene tres pilares inseparables:
a. Soberanía popular real:
el poder emana de los ciudadanos y vuelve a ellos mediante elecciones
periódicas, libres y competitivas.
b. Estado de derecho:
nadie está por encima de la ley, ni siquiera la mayoría del 51 %. Existen
derechos fundamentales que no se someten a voto.
c. Contrapesos
institucionales: División de poderes, prensa libre, oposición activa y
alternancia. El gobierno tiene dientes, pero también frenos.
La democracia acepta el
conflicto y lo canaliza. Entiende que la sociedad es plural y que gobernar es
negociar con el que piensa distinto. Su legitimidad no viene solo de las urnas,
sino del respeto a las reglas entre elección y elección.
2. El democraterismo como
simulacro: el democraterismo toma el cascarón de la democracia y lo
convierte en herramienta de poder absoluto. Sus rasgos principales:
a. Reduccionismo
electoral: reduce toda la democracia al voto. “Si gané la elección,
puedo hacer lo que quiera”. Ignora que la democracia es también cómo se
gobierna después de ganar.
b. Confusión entre
mayoría y unanimidad: pretende que la mayoría electoral equivale al
“pueblo” completo. Quien disiente es tachado de “enemigo del pueblo”, “traidor”
o “élite”.
c. Desmantelamiento de
contrapesos: ataca jueces, organismos electorales, prensa y oposición con
el argumento de que “obstruyen la voluntad popular”. El objetivo es eliminar
todo límite al ejecutivo.
d. Clientelismo
plebiscitario: sustituye la deliberación por la consulta permanente. Se
gobierna a golpe de referendo, encuesta o plaza pública, buscando aclamación
más que representación.
El democraterismo es
plebiscitario, no deliberativo. Es aclamatorio, no representativo. Usa el
lenguaje democrático para justificar prácticas autoritarias.
3. Diferencias clave en la práctica
Las elecciones son el medio para elegir y cambiar gobernantes. Es un fin en sí mismo.
Ganar justifica todo.
La oposición que es parte legítima del
sistema se convierte en “enemigo del pueblo”.
La Ley le pone límite al poder,
incluso de las mayorías. Se convierte en instrumento del líder si tiene votos.
Las instituciones autónomas, equilibran el poder sometidas
al ejecutivo “popular”.
El disenso se protege, se debate o se
criminaliza o ridiculiza.
El tiempo se piensa en largo plazo,
en reglas. Se piensa en aprobación inmediata.
4. Por qué importa la
distinción
El democraterismo es
seductor porque simplifica. Promete que la voluntad del pueblo es una sola y
que el líder solo la ejecuta. Pero las sociedades no son unánimes. Cuando se
elimina la protección al que piensa distinto, la democracia muere, aunque se
siga votando.
Venezuela, Nicaragua y
varios casos históricos muestran la ruta: se gana limpiamente, luego se
colonizan las cortes, se persigue a la prensa, se cambia la constitución “con
apoyo popular”, y al final las elecciones dejan de ser competitivas. Todo en
nombre de la democracia.
Como conclusión podríamos
decir que la democracia es incómoda. Exige perder, negociar, aceptar fallos
judiciales adversos y prensa crítica. El democraterismo es cómodo: le da al
ganador licencia absoluta y convierte al ciudadano en espectador que solo
aplaude cada 4 años.
Defender la democracia hoy
no es solo ir a votar. Es defender los límites, las formas y las instituciones
que impiden que el voto se vuelva coartada para el poder sin freno. Porque sin
límites, la democracia se vuelve su propia caricatura. Y esa caricatura tiene
un nombre: democraterismo.
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