Luis Alfonso García Carmona
Nos disponemos a
entrar en la recta final de unas elecciones para Congreso de la República y presidente,
inmejorable coyuntura para que reflexionemos sobre su importancia, así como sobre
el papel de cada uno de nosotros en esta democrática jornada.
Partamos diferenciando
estos comicios de todos los que con anterioridad se han celebrado en Colombia, por
la elemental razón de que nos jugamos no solamente el cambio de unos funcionarios
por otros, o la supremacía de algunas facciones sobre sus rivales, sino la clase
de país que deseamos para nuestro futuro y el de nuestra descendencia. Si
lo entendemos así, nuestra decisión debe ajustarse a lo que más convenga para
garantizar el orden, el bienestar y el progreso que anhelamos, no simplemente
para satisfacer nuestros personales deseos o las interesadas opiniones de
quienes manipulan el poder político y mediático.
No podemos olvidar
que, en el año 2016, con el desconocimiento de la voluntad popular expresada
legítimamente en un plebiscito que rechazó por mayoría la firma del Acuerdo de
Paz de La Habana, y con las artimañas del Congreso y de la Corte Constitucional
que avalaron el fraude a la soberana decisión del constituyente primario, comenzó
el desmoronamiento de la democracia, del Estado de derecho y de la moral en
nuestro país.
Durante 10 años
hemos estado sometidos a un crecimiento del sucio negocio de la cocaína, al
desborde de todas las manifestaciones criminales, a la exacerbación del cáncer
de la corrupción, al imperio de la impunidad, al adoctrinamiento de la juventud
con funestas ideologías como el marxismo o la doctrina LGTBI y, sobre todo, al abandono
de nuestra fe cristiana y de los valores fundacionales, invaluable legado de
nuestros ancestros.
El triunfo sobre la
guerrilla que habían logrado, con sacrificio de muchas vidas, nuestros heroicos
militares, no bastó para impedir la toma del poder por la extrema izquierda
encabezada por el camarada Gustavo Petro. Lo demás deja de ser historia para
convertirse en un horroroso presente que sufrimos a diario:
Se
ha perdido la seguridad y el derecho a la vida,
merced al desmoronamiento de la fuerza pública, a la presencia guerrillera en gran
parte del territorio nacional y al inusitado incremento en la siembra de coca y
la exportación de alucinógenos.
La política
totalitaria del régimen ya ha destruido el sistema de salud, causando un
genocidio de 2500 pacientes por falta de tratamiento o medicamentos en el año
2025.
Una sucesión de
escándalos de corrupción protagonizados por funcionarios del régimen y sus
familiares y aliados atenta contra los recursos del Estado y genera indignación
y rechazo en la sociedad.
La
criminalidad actúa con el beneplácito de las autoridades y con la impunidad que le brinda una normatividad permisiva y una actitud
más que tolerante de fiscales y jueces.
La
economía está al borde del colapso según se deduce
del incremento del déficit fiscal, aumento de la deuda pública, gastos
exorbitados del Estado, reducción de las exportaciones, aumento de la
tributación a empresas y personas, descenso en las inversiones y afectación a
la generación de empleo formal.
El abandono de
nuestros valores fundacionales y del legado espiritual de nuestros
ancestros desencadena toda clase de amenazas contra la vigencia de la familia
como núcleo fundamental de la sociedad y contra un sistema de educación
que garantice la formación de buenos ciudadanos.
Salvar
a Colombia de este negro pozo de iniquidad en el que nos ha sumido
el actual régimen debe ser nuestro único propósito en las elecciones. Atrás
quedaron los tiempos en los que nos podíamos dar el lujo de jugar a las elecciones
para sacar adelante a los amigos o al que más nos guste. Ahora es el momento de
pelear por nuestra supervivencia como país independiente, con una democracia
real, con una justicia honesta, con un gobierno y un congreso preocupados sólo
por el bien común, no por los pequeños intereses personales.
No hay campo para
las rencillas, para ver quién gana unos votos en una consulta, quién puede
pasar a la primera vuelta, quien puede dejar de ser precandidato para alcanzar
el estatus de candidato.
Ya la suerte está
echada. El pueblo, mayoritariamente, sin permiso de los caciques
de siempre, sin pedir limosna a los grandes capitalistas, sin someterse
a ningún partido o ideología, ha dicho de la manera más clara que quiere
votar por Abelardo de la Espriella, que quiere hacer parte de Defensores
de la Patria para llevar gente honesta al Congreso, que no va a perder
tiempo y esfuerzo en las tales consultas.
Ya lo dijimos. La
lucha no es por puestos, ni por trasnochadas ideologías. Rompamos estos 10
años de indiferencia o de confusión, de errores o de manipulación de
nuestras mentes. Seamos libres para levantarnos y decir: no más inmoralidad, no
más corrupción, no más criminalidad, no más impunidad, no más desigualdad. No más
humillación ante la tiranía.
Vamos a ganar el
Congreso y la Presidencia. No nos quede la menor duda. Nos lo merecemos
después de 10 años de padecer traición y engaños. Llamemos a las cosas por su
nombre. Identifiquemos al verdadero enemigo en lugar de lanzar dardos
contra quien solamente piensa en la salvación de Colombia y en derrotar
contundentemente a la criminalidad y el narcoterrorismo: Abelardo de la
Espriella.
Nos acompaña la
certeza sobre estas palabras: ¡Dios es mi
salvación! Confiaré en Él y no temeré. El Señor es mi fuerza, el Señor es mi
canción; ¡Él es mi salvación! (Isaías 12:2)
