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miércoles, 6 de enero de 2021

Venezuela en la guerra colombiana

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

No importa la pandemia. El gobierno colombiano y el régimen venezolano están en guerra política, diplomática, económica y de declaraciones. Pero quienes esperan que, como consecuencia de esto, una mañana nos despierten tanques rusos T-72 con banderines venezolanos rompiendo la frontera por Paraguachón con eje de avance hacia Riohacha, mientras Miraflores declara que el “gobierno socialista recupera el territorio que históricamente ha sido y es nuestro”, podrían estar fuera de contexto.

¿Tanques a la frontera?

El Teatro de Operaciones del Nordeste y el Plan de Guerra Guaicaipuro, son cosa del pasado, aunque reutilizables, por supuesto.

Los intereses geoestratégicos de Rusia, China, Irán y Turquía y las ambiciones del crimen organizado transnacional, (agreguen a Cuba y Libia), reunidos en Venezuela, serían los decisores de una acción bélica dura, de dudosos y discutibles réditos. Por el contrario, se perderían las ventajas económicas y geopolíticas que les ofrece la “boliburguesía” dominante y su subalterna pandilla madurista. La baja moral de la tropa chavista, “desproteinizada”, con un liderazgo desgastado por la corrupción y la tal milicia, que se ha convertido en una carga logística más que un cuerpo de combate, son factores decisivos en este panorama. Los esfuerzos militares venezolanos siguen enfocados en la recuperación de su variopinto arsenal -ruso, chino, norteamericano, iraní, nacional-, lleno de problemas de mantenimiento, funcionalidad y complementariedad. Como sus refinerías. Colombia, por lo demás, nunca ha tenido planes militares ofensivos. Ni siquiera tanques registra en su inventario militar.

Con una migración que llegará rápidamente a los dos millones de venezolanos buscando comida, techo, sanidad y seguridad en territorio neogranadino, lo último práctico y políticamente beneficioso, sería acudir a una acción armada mayor. Y está la frontera, un agujero negro que se tragaría cualquier eventual ofensiva militar venezolana. Finalmente, ni Colombia ni Venezuela tienen recursos para sostener tan siquiera por 48 horas, una dinámica de este tipo, mucho menos con una pandemia a punto de desbordarse.

Guerra cibernética electoral

Las campañas rusas a través de las redes sociales influenciaron la opinión pública en las elecciones de varios países europeos y sembraron incertidumbre y violencia callejera en la población estadounidense. El reciente hackeo a las cuentas federales norteamericanos de los ministerios de Comercio y de Tesoro y el caso Solar Wind, tiene a todas las agencias de seguridad cibernética de US coordinando esfuerzos para prevenir nuevos y más refinados ataques de terceros alimentados y guiados por agencias rusas.

En Latinoamérica, cuentas vinculadas a Rusia y Venezuela distribuyeron millones de mensajes desinformando y promoviendo la violencia civil en Colombia, Ecuador, Chile, Perú y Bolivia, en los disturbios civiles de finales del 2019, la “brisita” de Diosdado, remedo tropical de las primaveras árabes. Lo denunciaron la vicepresidente colombiana y la ministra del Interior ecuatoriana. Este año habrá elecciones en Chile, Perú y Ecuador. Pero la madre de todas las batallas electorales de la región, serán las del 2022 en Colombia, un país que durante más de medio siglo ha resistido los embates políticos-militares de la izquierda estalinista. A partir de ahora, la campaña 2022 nos sumirá en un escenario cibernético en el cual Venezuela jugará un papel de primera línea. Las capacidades cibernéticas de Moscú están disponibles desde Caracas para ayudar a “imponer democráticamente” otro gobierno progre que hundiría definitivamente el subcontinente en la miseria del castrochavismo. Se puede desde ya delinear este escenario de guerra cibernética preelectoral colombiana durante todo este año. Será menos costoso y más efectivo que movilizar tanques, aviones o tropas y generará perturbación social, inestabilidad y violencia, con el apoyo de las agencias de “información” rusas RT y Sputnik, iraní con Hispan TV o china con Xinhua, todas compartiendo oficina virtual con la criollísima Telesur en Caracas.

Según una investigación OEA-BID, Colombia es el segundo país con mayores logros en ciber capacidades en Latinoamérica, después del Uruguay. Pero estos son logros de naturaleza creativa, defensiva, protectiva, en tanto las capacidades cibernéticas rusas e iraníes son claramente intrusivas, ofensivas, que buscarán crear matrices de opinión favorables a los deslucidos candidatos de la izquierda y desfavorables a los candidatos del centro o de la derecha colombianos. Polarizar siempre ayuda a los intereses comunistas. Por otro lado, prohijados por Venezuela, los narcoterroristas elenos y farianos arreciarán sus asesinatos y masacres en los campos, y extorsiones y control barrial en las ciudades como rudimentario método de lucha política. Total, a pesar de esta era de guerras cibernéticas, US aún ostenta su musculoso portaaviones nuclear Nimitz en el Golfo Pérsico, Rusia se complace por su nuevo misil crucero hipersónico Zircon e Irán continúa enriqueciendo uranio y anuncia triunfante su renovada tecnología de drones suicidas. En medio de la virtualidad y la ciber dimensión, el garrote todavía funciona.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Colapsos


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Dícese de colapsar algo: paralización o disminución importante del ritmo de una actividad. O destrucción o ruina de un sistema, una institución o una estructura. Me quedo con la segunda acepción.

En 1945 cesó el mayor holocausto de la historia, ese segundo capítulo de un conflicto mundial que segó la vida de por lo menos 60 millones de personas. Ese tan increíble como absurdo afán de unos cuantos locos fascistas de querer dominar el mundo buscando su uniformidad bajo su férrea disciplina, de buscar una raza humana perfecta y pura, de lograr doblegar voluntades a la del caudillo, de someter a todos bajo la fuerza bruta, de alinear y alienar a todos con un mismo modelo, de negar la mínima capacidad de crítica o pensamiento autónomo. Ha sido un sistema cuyos estertores de muerte todavía se escuchan. Hay rezagos porque hay nostalgias y añoranzas de mano dura.

Hace 30 años pude ver lo que nunca creí poder ver en mi vida, acostumbrado como estaba a la guerra fría propiciada por dos bloques en conflicto: capitalismo y comunismo, dos gigantes que se repartían peleados el mundo. Por eso, ser testigo de la caída del muro de Berlín, ese muro infame que cual cortina de hierro, después de la Segunda Guerra Mundial, dividió Alemania, media Europa y al mundo en Este-Oeste, fue una noticia extraordinaria. La opresión del sistema comunista llegó a su final. La gente se hartó de no poder vivir en libertad, de no poder expresarse auténticamente, de tener que consumir lo que el régimen decidiera, pero, sobre todo, de vivir injusticias e inequidades en un aparato que proclamaba igualdad para todos, claro, donde “unos eran más iguales que otros”, al decir de Animal Farm. Sobreviven algunos de tan fracasado y mentiroso modelo.

En 2001, sin pretensiones proféticas, al ver caer las torres gemelas en Nueva York, sobrepasado el shock de tan inverosímil como imperdonable acto terrorista que cobró miles de vidas, lo primero que se me ocurrió reflexionar fue que con esa caída se daba inicio al comienzo del fin del sistema capitalista. Ese sistema tan bellaco y cruel como los otros, donde nos creemos libres, pero estamos esclavizados por el afán consumista, donde se dice que hay libertad de expresión, pero se persigue y desaparece al que piensa diferente, donde no hay ni igualdad ni equidad porque unos pocos trabajan y la mayoría pobre, al decir de los ricos, es una partida de vagos y perezosos; donde la justicia es para aplicarla según dineros y conveniencias. Apenas era el comienzo, porque lo que hemos vivido estos años, pero particularmente estas últimas semanas, revela a todas luces un malestar generalizado, un cansancio y un hastío que está llegando a sus límites. No en vano las protestas y las marchas por doquier.

En el Manifiesto al servicio del personalismo, Enmanuel Mounier, hace varias décadas, denunciaba ya a esta trilogía de sistemas que por atentar contra la dignidad de la persona eran (y son) realmente inhumanos. Uno a uno, han venido derrumbándose. Poco a poco todos han ido colapsando. No podría ser de otra manera. Es verdad que de todos hay todavía rezagos que se niegan a ser superados y pasar a la historia. Pero sus días están contados. Es un fenómeno que los filósofos de la llamada posmodernidad definen como el fracaso de las ideologías, la crisis de los meta-relatos, el desenmascaramiento de esos discursos falaces que un día ilusionaron masas populares enteras, pero pronto produjeron desazón y desencanto. En el fondo son lo mismo, así como en la fiesta de disfraces se arropen con atuendos diferentes.

Las manifestaciones en Chile (modelo de “prosperidad” latinoamericana), Ecuador, Haití, España, Francia, Líbano, Hong Kong, México, Brasil, Venezuela, Turquía, por no listar todos los países, algo están indicando, algo grave está pasando. Los clamores populares se escuchan. El Papa Francisco lo viene cantaleteando desde hace años, el reciente Sínodo de los Obispos, a propósito de sus reflexiones sobre la Amazonia, lo ha corroborado. Hasta el mismo Secretario General de la ONU ha llamado la atención a los gobernantes por su indiferencia ante lo que la gente pide. Por eso, el “mea culpa” público que ha hecho Sebastián Piñera, el presidente de Chile, no puede reflejar mejor el temor ante su propio colapso, pidiendo perdón por no haber hecho a tiempo las reformas sociales que el pueblo reclamaba. Como dice Perales en su canción: “quizás para mañana sea tarde”.

Y lo que pasó y está pasando en Colombia, igualmente es muy indicativo. ¿Será que hay gente con dos dedos de frente, capaz de interpretar lo que está pasando?, ¿las marchas estudiantiles?, ¿los resultados de las elecciones, donde los mayores perdedores son los polarizantes? Quizás algunos quieran ver, quizás quieran escuchar… no sea que para mañana sea tarde y acontezca un nuevo colapso.

sábado, 16 de febrero de 2019

Bases llenas en Venezuela


Por John Marulanda*

John Marulanda
“¿Reedición de la Guerra Fría?”, fue un polémico titular del NY Times, en julio de 2014, y aunque el contexto hoy es muy diferente al de octubre de 1962, epítome nuclear de esa guerra, lo que se juega ahora en Venezuela va más allá de Miraflores. Es un pulso geoestratégico entre las tres principales potencias, en el país con las mayores reservas petroleras del mundo. China, avanza sin hacer olas mientras negocia discretamente en Washington, entre otras cosas, alguna garantía para sus inversiones en la franja del Orinoco. De contera puede hablar con Duque, que también anda negociando por allí. Rusia, mortificada por las bases militares de US-OTAN en sus fronteras, no ceja de demostrar que tiene un pie militar en esa estratégica esquina americana, si bien no posee el músculo financiero ni la tecnología bélica para enfrentar exitosamente a Estados Unidos. Pero ambos se están rearmando nuclearmente. Turquía e Irán son carroñeros a la caza de lo que puedan obtener: oro y cocaína, hasta ahora. La Habana, lazarillo de Maduro, ante los signos de zozobra, empieza un movimiento retrógrado, y preventivamente busca opciones donde AMLO, quien ya insinúa una nueva constitución para México, siguiendo la cartilla castro-chavista. Brasil, en vilo por la salud de Bolsonaro, mantiene su fuerte postura anti comunista.

Colombia, ha declarado las injerencias de China y Rusia como amenazas a su seguridad nacional y continúa adhiriendo a Estados Unidos como la potencia confiable. Mientras lidia con la crisis humanitaria, Bogotá se erige como líder de la democracia y la seguridad regionales. Todos los jugadores, hasta los de la banca ¾ELN, FARC, Hezbolá, carteles, colectivos, boliches¾ están en el campo. A pesar de la peligrosa confluencia del día del estudiante, la ayuda humanitaria y el ejercicio de movilización cívico militar, nada sucedió. Parece desvanecerse este momentum, aunque algunos siguen esperando el Día D para el próximo 23.

Los analistas realistas apuestan a una ruptura que se saldará con mayor o menor tragedia; los pacifistas, comunistas y oportunistas, apuestan a una negociación que se pueda sellar con impunidad, modelo Santos. Putin, puja, Jinping avanza cauto y Trump negocia duro.

A estas alturas no sabemos aún si hay que alquilar balcón o buscar refugio. El impredecible desenlace, cualquiera que sea, será vital para Colombia.