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viernes, 7 de agosto de 2020

Recuerdos del Líbano

 José Leonardo Rincón, S. J.* 

José Leonardo Rincón Contreras

Siendo secretario general de la CIEC, la entidad que agremia las redes de educación católica de America, tuve la fortuna de ir al Líbano, a comienzos de esta década, pues allí se realizó una Asamblea de la OIEC, organización que congrega las redes continentales. Fue una experiencia tan bella como inolvidable. A propósito de las impactantes imágenes de la nueva tragedia que vivieron allí esta semana, les comparto algunos recuerdos.

Beirut ha estado presente en mi conciencia desde niño. Las noticias que llegaban de allí eran siempre desoladoras pues el país se encontraba en guerra y el panorama era de edificios en ruinas por los bombardeos. La colonia libanesa en nuestro país ha sido numerosa desde hace mucho tiempo, originada en muchos casos como consecuencia de la necesidad de refugiarse para poder sobrevivir. La verdad, cuando estuve allí no me sentí extraño pues esta convivencia ha marcado mutuos influjos.

La ciudad que conocí había sido totalmente reconstruida. Moderna y hermosa, conservaba adrede en el centro de la ciudad una de esas ruinas de la guerra para hacer constante memoria de la espantosa tragedia vivida. Había ya paz, pero se respiraba tensa calma. A muy pocos kilómetros al oriente estaba al acecho Siria que ahora vive su propia guerra y al sur, muy cerca, Israel, un país con quien no hay buenas relaciones. Ese próximo oriente, pero también el medio, es un polvorín, como el que estalló en el puerto. Todos son árabes, casi todos musulmanes, pero hay cristianos y judíos. Les toca vivir juntos, pero no se quieren, hay recelos y odios ancestrales. 

Preciso el día de la explosión vimos en casa una extraordinaria película en Netflix, “El insulto”, que evidencia los tiempos de la reconstrucción del país, pero todavía con las heridas abiertas y sangrantes. Comentábamos que cualquier parecido con nuestra realidad es una coincidencia de la que debemos aprender. Me hizo recordar las caminatas por el centro de la urbe: de esta calle para acá somos cristianos, de para allá son musulmanes. Los primeros, ricos, fueron mayoría, pero ahora son solo el 40%, ahora lo son los segundos que tienen familias numerosas y más pobres. La deslumbrante mezquita azul colinda con la catedral católica, pero al construirla una de sus almenas sobrepasa al templo en 10 centímetros, asunto que estaba siendo remediado alzando la torre lo que le faltaba. Ninguna puede ser más alta, condición de igualdad y respeto. Estuve en abril y esperaban en septiembre a Benedicto XVI para que la inaugurara, cosa que efectivamente sucedió. Sobre un cerro cercano, un santuario mariano entona cánticos y rezos a modo de rosario, oh sorpresa, es musulman. Aprendo entonces que Myriam (Maria, la madre de Jesús) es venerada por ellos como madre del profeta. Camino al Colegio de La Salle, donde tuvimos una merienda, observo que en la nomenclatura de las casas se expresa abiertamente su confesionalidad religiosa.

En el restaurante donde nos ofrecen una opípara cena, nos sentamos alrededor de una mesa en la que no hay espacio para los propios platos, porque está desbordada con al menos 25 platos distintos y a cuál más sabrosos, para compartir con todos. La comida libanesa es exquisita, abundante y muy saludable. Al fondo suena la música y de pronto, otra sorpresa, canta nuestra famosa Shakira, allí muy admirada. Recuerdo entonces que su apellido es de ahí. El tour tiene otra sorpresa: quien lo coordina es la embajadora colombiana, nueva sorpresa.

Pero lo más impactante fue ir a la eucaristía dominical en rito maronita, presidida por el Patriarca, Boutros Bechara. No pudimos concelebrarla por las estrictas medidas de seguridad. El Patriarca es un personaje nacional de primera línea y su vida está en constante amenaza. Corpulentos soldados del ejército libanés lo custodian a lado y lado del altar y no se le despegan al momento de repartir la comunión apuntando con sus armas. Lo visitamos luego en su casa y tuvimos un ambiente más distendido y familiar. El Papa Benedicto, Patriarca de Occidente, creará cardenal al Patriarca primado de Oriente en el mismo consistorio donde fue nombrado el nuestro, Rubén Salazar.

Líbano es fascinante. No pude conocer sus famosos cedros porque fueron casi todos destruidos durante la guerra, pero sí pude admirar la similitud con nosotros en sus bellos paisajes, sin desiertos, bañado por numerosos ríos, con abundantes variedades de frutas y verduras. Este pueblo evoca con particular devoción a San Charbel, ha sido cuna de la muy rica cultura fenicia, primeros navegantes, inventores del vidrio, conserva tesoros y reliquias milenarios como el templo de Baalbek o el pueblo de Byblos donde aparece el alfabeto y se le da origen a biblioteca o la biblia misma.

A propósito del desastre de esta semana, me cuentan que el Líbano está otra vez atravesando por una situación bien difícil que se agrava con el insuceso. La pandemia del COVID-19, la pobreza creciente, la fragilidad política, los conflictos vecinos… En sus acuerdos de paz definieron que el presidente sería siempre cristiano, el primer ministro musulmán sunita y la tercera autoridad musulman chiita. Hasta ahora ha funcionado, pero su enclave geográfico estratégico, como corredor que une a Europa con Asia y África hace que esté en la mira de las grandes potencias. De hecho, a lo largo de la historia ha sido invadido más de una docena de veces y ellos, como a nosotros, les pasa que sus grandes riquezas son precisamente sus dolores de cabeza. ¡Quiera Dios acordarse de ellos… y de nosotros!

viernes, 1 de noviembre de 2019

Colapsos


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Dícese de colapsar algo: paralización o disminución importante del ritmo de una actividad. O destrucción o ruina de un sistema, una institución o una estructura. Me quedo con la segunda acepción.

En 1945 cesó el mayor holocausto de la historia, ese segundo capítulo de un conflicto mundial que segó la vida de por lo menos 60 millones de personas. Ese tan increíble como absurdo afán de unos cuantos locos fascistas de querer dominar el mundo buscando su uniformidad bajo su férrea disciplina, de buscar una raza humana perfecta y pura, de lograr doblegar voluntades a la del caudillo, de someter a todos bajo la fuerza bruta, de alinear y alienar a todos con un mismo modelo, de negar la mínima capacidad de crítica o pensamiento autónomo. Ha sido un sistema cuyos estertores de muerte todavía se escuchan. Hay rezagos porque hay nostalgias y añoranzas de mano dura.

Hace 30 años pude ver lo que nunca creí poder ver en mi vida, acostumbrado como estaba a la guerra fría propiciada por dos bloques en conflicto: capitalismo y comunismo, dos gigantes que se repartían peleados el mundo. Por eso, ser testigo de la caída del muro de Berlín, ese muro infame que cual cortina de hierro, después de la Segunda Guerra Mundial, dividió Alemania, media Europa y al mundo en Este-Oeste, fue una noticia extraordinaria. La opresión del sistema comunista llegó a su final. La gente se hartó de no poder vivir en libertad, de no poder expresarse auténticamente, de tener que consumir lo que el régimen decidiera, pero, sobre todo, de vivir injusticias e inequidades en un aparato que proclamaba igualdad para todos, claro, donde “unos eran más iguales que otros”, al decir de Animal Farm. Sobreviven algunos de tan fracasado y mentiroso modelo.

En 2001, sin pretensiones proféticas, al ver caer las torres gemelas en Nueva York, sobrepasado el shock de tan inverosímil como imperdonable acto terrorista que cobró miles de vidas, lo primero que se me ocurrió reflexionar fue que con esa caída se daba inicio al comienzo del fin del sistema capitalista. Ese sistema tan bellaco y cruel como los otros, donde nos creemos libres, pero estamos esclavizados por el afán consumista, donde se dice que hay libertad de expresión, pero se persigue y desaparece al que piensa diferente, donde no hay ni igualdad ni equidad porque unos pocos trabajan y la mayoría pobre, al decir de los ricos, es una partida de vagos y perezosos; donde la justicia es para aplicarla según dineros y conveniencias. Apenas era el comienzo, porque lo que hemos vivido estos años, pero particularmente estas últimas semanas, revela a todas luces un malestar generalizado, un cansancio y un hastío que está llegando a sus límites. No en vano las protestas y las marchas por doquier.

En el Manifiesto al servicio del personalismo, Enmanuel Mounier, hace varias décadas, denunciaba ya a esta trilogía de sistemas que por atentar contra la dignidad de la persona eran (y son) realmente inhumanos. Uno a uno, han venido derrumbándose. Poco a poco todos han ido colapsando. No podría ser de otra manera. Es verdad que de todos hay todavía rezagos que se niegan a ser superados y pasar a la historia. Pero sus días están contados. Es un fenómeno que los filósofos de la llamada posmodernidad definen como el fracaso de las ideologías, la crisis de los meta-relatos, el desenmascaramiento de esos discursos falaces que un día ilusionaron masas populares enteras, pero pronto produjeron desazón y desencanto. En el fondo son lo mismo, así como en la fiesta de disfraces se arropen con atuendos diferentes.

Las manifestaciones en Chile (modelo de “prosperidad” latinoamericana), Ecuador, Haití, España, Francia, Líbano, Hong Kong, México, Brasil, Venezuela, Turquía, por no listar todos los países, algo están indicando, algo grave está pasando. Los clamores populares se escuchan. El Papa Francisco lo viene cantaleteando desde hace años, el reciente Sínodo de los Obispos, a propósito de sus reflexiones sobre la Amazonia, lo ha corroborado. Hasta el mismo Secretario General de la ONU ha llamado la atención a los gobernantes por su indiferencia ante lo que la gente pide. Por eso, el “mea culpa” público que ha hecho Sebastián Piñera, el presidente de Chile, no puede reflejar mejor el temor ante su propio colapso, pidiendo perdón por no haber hecho a tiempo las reformas sociales que el pueblo reclamaba. Como dice Perales en su canción: “quizás para mañana sea tarde”.

Y lo que pasó y está pasando en Colombia, igualmente es muy indicativo. ¿Será que hay gente con dos dedos de frente, capaz de interpretar lo que está pasando?, ¿las marchas estudiantiles?, ¿los resultados de las elecciones, donde los mayores perdedores son los polarizantes? Quizás algunos quieran ver, quizás quieran escuchar… no sea que para mañana sea tarde y acontezca un nuevo colapso.