Luis Alfonso García Carmona
Es verdaderamente
deplorable presenciar cómo ha caído Francia nuevamente en el horror de un
desaforado vandalismo que tiene a la población arrinconada por el terror, más
de 500 puntos afectados por los ataques a comercios y daños a la
infraestructura urbana (incluidos monumentos de valor histórico) y multitud de
lesionados por la violencia desatada.
Todo comenzó con una
protesta estudiantil que pretendía marchar en calma para demandar más atención
a la educación y se convirtió en una conmoción generalizada por fuera del
control de las autoridades.
Cabe aquí preguntar:
¿Quiénes son los responsables de semejante desmadre?
En primer lugar, el
gobierno de Macron, que fue incapaz de reaccionar a tiempo y con la suficiente
contundencia frente al levantamiento. Una cosa es respetar el derecho a la
libre expresión y otra, muy diferente, es alcahuetear a las “chaquetas amarillas”
y a una masa de encapuchados dedicados a quemar vehículos, robar comercios y
agredir a los transeúntes y a las autoridades. Veinticuatro horas después de la
asonada dirigió un lánguido mensaje repitiendo vacías palabras, en lugar de
sacar al ejército para respaldar la acción de la policía.
Los movimientos de
izquierda, expertos en manipular las mentes de los jóvenes, extendieron la
protesta a otros sectores que nada tienen que ver con la educación, bajo el
sofisma de que el gobierno de Macron es neoliberal, enemigo de las clases
trabajadoras, que no atiende suficientemente a sus necesidades, como lo hacen
los gobiernos social-comunistas. Lo curioso del asunto es que precisamente
Francia es uno de los países con mayor gasto público en el mundo,
principalmente para financiar el bienestar de la población. El Estado gasta el
57,2 % del PIB, mientras que otros países de la órbita comunista gastan
menos: Vietnam (20 %), China (33 %), Rusia (50,6 %). Esto deja
sin piso la narrativa de la izquierda, mentirosa como siempre.
Algo me recuerda esta
situación a lo que con frecuencia nos ha tocado vivir. Marchas supuestamente
tranquilas que se convierten en escenarios de vandalismo y de agresiones a la
fuerza pública y a los ciudadanos; bloqueos a la circulación de vehículos; daños
a la infraestructura urbana; incendios a los CAI; ataques físicos a los agentes
del orden; y, en el pasado, presidentes que, como Macron, preferían mirar hacia
otro lado. Gracias a Dios ya esa época de la “patria boba” terminó con “el
tigre”.
No basta con expresar
nuestro rechazo por lo que sucede en Francia. Aprendamos de cada tragedia una
lección que sirva a nuestro futuro, como lo hace quien es práctico. Invitemos a
nuestros congresistas a que apoyen con decisión las normas proyectadas para la
regulación de las protestas y para la persecución de los grupos terroristas. No
hagamos el ridículo “papelón” del presidente de Francia, con los trasnochados
argumentos de la izquierda radical. Si queremos a Colombia de verdad, evitemos
que unos descerebrados la destruyan.

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