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jueves, 9 de febrero de 2023

Vigía: de masacradores a ¿víctimas?

Coronel John Marulanda (R)
Por John Marulanda

Lo que más azota a nuestro hermano país venezolano, son las bandas delincuenciales y los desafueros de las autoridades policiales que encarcelan y asesinan a ciudadanos, inocentes en la mayoría de los casos (3.568 víctimas) y que ha llevado la cifra de homicidios a 9.367, un 35,3 por cada 100 mil habitantes en el año 2022, con un promedio de 26 muertes violentas por día, 180 cada semana y 781 por cada mes, según el observatorio venezolano de violencia, OVV. Cifra muy por encima del estándar mundial de 3-4 por cada 100 mil pobladores.

Sin embargo, Venezuela no presenta la dramática situación de Colombia, que lleva cerca de seis décadas signadas por la violencia y el terrorismo, siempre en nombre de la liberación del imperialismo yanki, para caer, por supuesto, en manos del imperio chino o del imperio ruso, los "hermanos mayores" según Maduro.

Colombia ha visto desfilar a lo largo de su historia a bandas armadas como las FARC, el ELN, el EPL, el M-19 y otros, transformadas por obra y milagro de la cocaína en narco organizaciones que han perdido el sentido “revolucionario” para convertirse en simples carteles del primer país productor del mundo.

El Ejército Nacional presentó recientemente una relatoría ante la JEP, en la que registra 18.841 asesinados, 5.707 desaparecidos y 316 secuestrados, para un total de 69.573 víctimas, la gran mayoría de ellas no reconocidas oficialmente. Y el número de civiles caídos es inconmensurable. Así que romantizar los desafueros de chantaje, extorsión, secuestro, fusilamientos y narcotráfico, es quitarle el piso real a los narcoterroristas de hoy que solo buscan enriquecerse mientras se burlan de un Estado confuso, apasionado y con su FFPP debilitada.

A raíz de la última sentencia de la CIDH que condenó al Estado por el genocidio de la Unión Patriótica en las décadas 80 y 90, y justo cuando se conmemora un aniversario del bombazo del club El Nogal, alias “Timochenco”, salió a pedir que se le reconozca a las FARC la condición de víctimas, un desafuero mayor que controvierte el espíritu republicano, demócrata y civilista de Colombia. Es un mega-super-hiper-desaguisado que puede terminar en el cambio institucional del país y su relevo por una autocracia tiránica, tipo Venezuela, precisamente.

Y a eso le apunta el actual presidente, en mala hora votado por cerca de la mitad de los electores del país. Su reciente declaración a un grupo de jóvenes en el barrio Siloé, en Cali, es el refuerzo ideológico de un gobernante que impone sus criterios y emociones, por encima de su obligatorio razonamiento como guía de 52 millones de colombianos que miramos con incertidumbre su improvisado y reciente plan de gobierno, que contempla la salida de la Policía del Mindefensa, de acuerdo con lo prometido en campaña.

Las reformas: política, al sector minero energético, a la salud, a las pensiones y la “paralización”, constitucional por lo demás, de la Fuerza Pública, ha llevado a que, durante sus escasos seis meses de este gobierno, se registren 33 masacres, por lo menos, con unos 117 o 120 muertos, a corte de Indepaz.

Como bien lo advierte Óscar Platero, capitán en retiro del Ejército de Guatemala, posesionar los términos genocidio y delitos de lesa humanidad, es una clara guerra ideológica pues tales delitos, una vez certificados por una organización internacional, no prescriben siendo, como lo son en Colombia, consecuencia directa de los acuerdos de paz entre los gobiernos de turno y los grupos armados irregulares organizados. Y bien que lo saben en Guatemala, desde donde sindican al actual ministro de Defensa colombiano.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Vigía: política y doctrina militar

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda* 

A menos que los militares presidan, los líderes políticos que gobiernan señalan la filosofía política del Estado y sobre esta se monta la doctrina con la que las fuerzas militares y de policía diseñan sus estrategias de defensa nacional y seguridad pública, de cuya eficiencia y eficacia depende todo el proyecto de Estado. Por ejemplo, una política del actual Estado venezolano, contempla, entre otros principios, que el ciudadano “vota o no come”. La doctrina militar, en consecuencia, diseña planes de seguridad electoral-alimentaria. Y no es un mal chiste, así funciona el socialismo.

En la década de los 90, las FARC se enseñoreaban en casi media Colombia, país fallido para muchos analistas. Pastrana entregó el Caguán a los narcoterroristas, con batallones y todo. El ejército fue humillado. El mando militar del momento tomó decisiones ante el nuevo escenario: brigadas móviles, batallones de alta montaña, brigadas contra el narcotráfico, soldados campesinos y profesionales, reposicionamiento de armas a apoyo, Plan Meteoro; la recién activada aviación tuvo la inédita tarea de armonizar operaciones conjuntas entre helicópteros americanos Blackhawk y rusos Mi-17. Pero el aspecto focal fue, como siempre ha sido en la guerra, el hombre y su moral. los planes de la victoria tuvieron como base una promesa de honor, un compromiso total con la patria, un liderazgo vocacional y de entrega. Con el apoyo del Plan Colombia, la fatua arrogancia de las narcofarc se derrumbó como un castillo de pandeyucas y nuestro ejército bicentenario volvió a cumplir con su deber constitucional, aplicando su propia doctrina criolla de guerra irregular, ejemplo de talla global.

Pero de las sombras políticas surgió La Habana con sus cálculos, insidias y engaños, chorros de dinero, propaganda y la posibilidad de un país en paz, viciado de impunidad e inmoralidad. Se necesitaba, con todo, una nueva doctrina militar.

Qué opinan los que saben                                                                                                         

En Colombia, la doctrina Damasco es un producto mediato pero directo de la política del gobierno Santos y su entrega desvergonzada a los intereses geopolíticos izquierdistas de Cuba, Venezuela y las FARC. Los militares compraron la idea de un posconflicto. Tenían porqué creerlo, pues venían de apalear a los narcoterroristas farianos. Parar los bombardeos, detener la ofensiva que tenía en agonía a los delincuentes, "oxigenar" un poco para “no ahogar la paz”. La tregua militar habanera, cambió las carpas de campaña por salones burocráticos, con uniformados en trance de reflexión doctrinal para, antes que nada, borrar el concepto de “enemigo interno” y prefigurar escenarios muy complejos que facilitarían la politización del narcotráfico. Como en Venezuela, la doctrina militar cumplió los objetivos políticos del momento. Los resultados están hoy a la vista.

Para el coronel de la reserva activa Carlos Soler, especialista en DIH, "Cuando se vendió el inicio de una paz estable y duradera, los tanques de pensamiento militar generaron una nueva forma de operar que hoy todavía no está terminada. Fue una apuesta arriesgada que no salió como se planeó y se siguió operando con métodos y maniobras del viejo manual 310-1, generando inseguridad jurídica y confusión".

Para el analista Alberto Villamarín, coronel de la reserva activa, Damasco es: “…un ambicioso híbrido de manuales y conceptos operacionales contenidos en un fardo de documentos, no muy bien traducidos, ni adecuadamente adaptados, pero tampoco aplicables a las complejas circunstancias de conflicto interno, narcoguerrillas, terrorismo urbano, bandas criminales, que enfrenta Colombia".

Para el experto en doctrina militar colombiana, coronel de la reserva activa Horacio Lema: "La nueva Doctrina Damasco está enmarcada en un conflicto con tintes de guerra regular, a la cual da prioridad mientras relega lo irregular, idea que nos dejó engañosamente la supuesta terminación del conflicto a través de una confusa negociación de paz". Agrega el coronel Lema: "Es importante resaltar que estamos enfrentando hoy un enemigo delincuencial, es decir con ausencia total de ideología, por lo que no se justifica enfrentarlo con libretos diferentes y que no están fortalecidos con la experiencia adquirida en tantos años".

El país es el primer productor mundial de cocaína; los cultivos ilícitos no ceden: las regiones fronterizas con Panamá, Ecuador, Perú y Venezuela están siendo controladas por los narcoterroristas: los narcocarteles del ELN, el EPL, las FARC ‒con parlamentarios incluidos‒ y los narcotraficantes pura sangre crecen sin detenerse; la violencia se está saliendo de control y el congreso de US acaba de despelucarse en su último informe.

La responsabilidad de revaluar

La Habana pidió a las madres “no enviar sus hijos a la guerra”, inmovilizó el ejército, puso a reflexionar a los cuadros sobre los pensamientos militares de Bruselas y Washington, y de esa insensatez, nació Damasco, que podría tener algunas cosas rescatables, pero evidentemente no aplica a este ambiente de seguridad tan complejo.

Revaluar esa doctrina a la luz de lo que está sucediendo, va en la línea correcta. En el campo de batalla, el soldado colombiano la volverá a ganar, pero en lo político el panorama es oscuro. Baste recordar que un entusiasta defensor de Damasco es el senador Roy Barreras y que el chavista Petro, ya anunció sus proyectos institucionales militares, para entender de qué estamos hablando.

jueves, 30 de abril de 2020

Vigía: seguridad pública en la pospandemia


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
Muy difícil de entrever o prever las consecuencias de todo tipo que traerá esta pandemia, a la que hay que llamar por su nombre vernáculo: “gripa china”. Lo de COVID-19 es un cabalístico nombre promovido por la OMS, una organización financiada mayoritariamente por US, pero manipulada precisamente por China.

La seguridad pública plantea incertidumbres complicadas por un factor decisivo que agobia al país: el negocio de las drogas, que continúa imparable en el mundo entero. En San Francisco, US, aumentó un 150% el consumo de marihuana desde el inicio de la crisis; hace pocos días se decomisó droga en un cargamento de mascarillas quirúrgicas que iba para Hong Kong. En Santa Marta se decomisó hace dos semanas un cargamento de cocaína escondido en aguacates. En Colombia, “ollas”, “jíbaros”, “colmenas” y clientes VIP, persisten en las principales ciudades, aunque a ritmo más desacelerado, y se registra un incremento paulatino de la violencia por parte de los narco carteles de las FARC, ELN, EPL y otros en áreas rurales, como en Cauca, y urbanas, como en el caso de las cárceles.

Con sus pingües ganancias, esas estructuras del crimen organizado transnacional reclutan jóvenes, adquieren armamento y controlan territorios, mientras desde ahora, hay parlamentarios comunistas gestionando un recorte significativo al presupuesto de la fuerza pública. Además, la corrupción sigue suministrándole munición a los enemigos del gobierno, que buscan deslegitimarlo a pesar de sus esfuerzos para lidiar exitosamente con la crisis.

Un Estado endeudado, con recursos fiscales exhaustos, tendrá que hacer recortes presupuestales significativos, deteriorando la gobernabilidad basada en el maná puestero. Los recursos de Mindefensa serían reducidos, lo que llevaría al congelamiento o disminución del pie de fuerza y a serios problemas logísticos y de mantenimiento del equipamiento de la FFPP, grave vulnerabilidad que abriría la puerta a episodios de violencia mucho más atroces que los registrados en nuestra historia y que será el ambiente ideal para que el socialismo del siglo 21 o comunismo, salte a la palestra con ofertas ilusorias de paz y bienestar. Ya lo tienen planeado desde Cuba, el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla. Y por supuesto que una desestabilización sangrienta en Venezuela también cuenta en este escenario.

Darles herramientas legales a nuestros soldados y policiales, empezando por recuperarles su fuero constitucional, desburocratizar los Estados Mayores de las Fuerzas Militares y de Policía y emplear la Reserva Activa, cúmulo de conocimiento, experiencia y vocación patriótica, serían medidas urgentes y necesarias. Ajustar la Doctrina Damasco a nuestras realidades criollas de seguridad pública y defensa nacional, es obligatorio para lograr eficacia y eficiencia en el control de la inseguridad que se asoma.

Naturalmente, habrá quienes critiquen o se opongan a estas medidas extraordinarias. Algunos, serán los mismos que, si logran acceder al solio presidencial, utilizarán sin escrúpulos a militares y policías para acallar la oposición y atornillarse en el poder, destruyendo de paso la institucionalidad, como lo han hecho en Cuba, Nicaragua y particularmente en Venezuela.

jueves, 30 de enero de 2020

Vigía: nuevo-viejo terrorismo


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
Los actos terroristas estimulan la amígdala cerebelosa, el centro del miedo ‒mecanismo de supervivencia‒ en una inveterada práctica para doblegar voluntades y someter colectividades al logro de determinados objetivos políticos o delincuenciales. En Latinoamérica, Colombia es el país con mayor experiencia en asuntos de terrorismos, ambos de derecha y de izquierda. A pesar de esa larga historia, algunos “analistas” confunden a un asesino en serie o a un aislado masacrado con un terrorista, como en el caso de Pozzeto (1986); otros mezclan terrorismo con sabotaje, como en el caso de las voladuras de oleoductos; un sacerdote graduó de terroristas a las barras bravas futboleras de Bogotá y varios luchan por quitarle el adjetivo terrorista a sus amigos revolucionarios. “Luchan por el pueblo” dicen sin sonrojarse, “por la paz”, y disimulan una sonrisa. Actualmente, las patologías políticas regresionistas FARC, ELN, EPL, AUC y otros, se han transformado en terrorismo delincuencial, narcoterrorismo puro y simple.

Los terroristas de la izquierda latinoamericana no lograron llegar al poder a pesar de más de medio siglo de depredación e intimidación, pero el terrorismo como método delincuencial está al alza, refinando el ejemplo del cartel que a punto de carros bomba sometió al Estado en 1989. El ELN y las FARC están detrás del entrenamiento y la animación de los vándalos que, acunados en universidades como lo confirmó el fiscal general Martínez, agreden a nuestros policías y destruyen nuestra infraestructura urbana aplicando tácticas y técnicas del anarquista Black Bloc. Repiten lo que hicieron en Ecuador, en Chile y en otras latitudes.

Como elemento fundamental de esta estrategia, los carteles farianos, elenos, mexicanos, del golfo, las bandas, los combos, generan incertidumbre y la comunidad angustiada descarga su estrés contra las autoridades, en un fenómeno conocido como transferencia, que aprovechan agentes internos y externos para debilitar las instituciones militares y policiales, y facilitar el camino hacia el imperio del caos. No sobra enfatizar que estamos acosados por el crimen organizado transnacional y no hay ningún contenido político en la violencia que está creciendo en el país.

Con la mayor producción de cocaína en el mundo, fronteras incontrolables, impunidad, corrupción y una fuerza pública asediada, revaluar el concepto de terrorismo en la política del país y en el relatorio penal, es una necesidad evidente. Y urge tomar decisiones, como la de Bolivia, de suspender relaciones con Cuba, isla que protege y prohíja a los narcoterroristas que nos agobian.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Nasa Cocoland


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
“Disidencias” de la FARC vienen masacrando indígenas caucanos, especialmente en el área montañosa de Tacueyó. Allí mismo, hace 33 años, Pizarro León Gómez y Fedor Rey, cabecillas de otra disidencia fariana, durante un mes torturaron y asesinaron a 164 civiles. Esta asesina disidencia junto con el EPL, el ELN, el M-19 y el Movimiento Armado Quintín Lame, integraron la Coordinadora Nacional Guerrillera y el Quintín Lame, a su vez, junto con grupos indígenas del Ecuador y Perú formaron un tal Batallón América. Manuel Quintín Lame Chaustre (1880-1967), ha sido el emblema del reclamo indígena contra terratenientes abusivos y contra un Estado desentendido, pero hoy, los oportunistas líderes nasas medran rodeados de carros blindados, escoltas, dinero y canonjías, mientras sus comunidades siguen pauperizadas y poniendo los muertos.

Estos jefes paeces culpan al Estado y a la fuerza pública, sin decir mucho sobre el narcotráfico, origen de sus desgracias, problema con el que han sido conniventes y que actualmente involucra sanguinarios actores mexicanos que acaban de asesinar tres mujeres y seis niños en Chihuahua.

Prevalidos de dudosas excepcionalidades constitucionales, los reyezuelos tribales remachan letanías zurdas con la autosuficiencia e inexorabilidad del enajenado que vive desconectado de las presentes complejidades y con sus etnias debilitadas por el racionalismo y la tecnología, recelan de cualquier cosa ajena a su crepuscular entorno. Hipócritas organizaciones y personajes europeos que posan de humanistas protectores de aborígenes también responsabilizan al Estado y al ejército de la masacre mientras esnifan cocaína sin ningún reato.

Los acuerdos habaneros legalizaron las guardias indígenas, organizaciones paramilitares con niños de 8 años disciplinados en fila y adoctrinados en que el rojo de sus pañoletas significa “la sangre que han derramado algunos indígenas con la policía…”. Esta fuerza de seguridad que suplanta a la oficial cree poder enfrentar los AK de las narco FARC - ELN con garrotes, mientras repudian las armas legales y legítimas del Estado, su enemigo ancestral. La supuesta inviolabilidad de sus territorios es un buen deseo de su cotidiana irrealidad, una oportunidad para el crimen organizado transnacional y un impedimento para el Gobierno, temeroso de onegés, figurones y oportunistas de izquierda.

Nuestros indígenas caucanos por desconocimiento, bobería o malintención, tendrán que rendirse ante la fatal paz de una millonaria narco republiqueta o serán diezmados por la violencia, a menos que acepten de buen agrado, coordinadamente, la presencia del Ejército bicentenario y de la policía del gobierno “mestizo”. Lo peor sería que decidieran armarse.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Memoria histórica


Por Antonio Montoya H.*

Antonio Montoya H.
Tengo una sensación cada vez más fuerte, palpitante y triste, que de pronto es compartida por algunas personas en el país. Consiste en corroborar que nosotros no tenemos memoria histórica, otros países del mundo sí la tienen, la reviven, la sienten. En cambio, en Colombia, desde nuestra independencia, por no remontarme hasta el descubrimiento y la conquista, no sé por qué se borra en la mente de los grupos humanos que van sucediendo a otros, los acontecimientos que los procedieron, por qué pasaron, y sus consecuencias positivas o negativas. Y así vamos repitiendo el ciclo doloroso de la violencia, el odio y la muerte.

Me voy a remontar únicamente a lo que ha sucedido en Colombia, con varios aspectos que han sido cotidianos en nuestras vidas, todos ellos lamentables y cuyo origen no fue propiamente del siglo XX, vienen de atrás, de los múltiples conflictos de siglos anteriores que incluyen varias guerras locales y nueve guerras civiles, tal vez con algo de paz entre 1900 y 1930.

Esos conflictos son, en orden de aparición para mí: La violencia partidista (liberales y conservadores), la muerte de Gaitán, el golpe de Estado del general Rojas Pinilla, la conformación —fundamentalmente en el año 1962— de las guerrillas y posteriormente la aparición de las FARC, ELN, EPL, y otros más; el acuerdo del Pacto Nacional entre liberales y conservadores que permitió una mejor convivencia entre 1958 y 1978, pero que no dio oportunidades a otros grupos, y por ende, al ser excluyente, generó conflictos; las elecciones de 1970, que conllevó a la creación del M19; el poco desarrollo entre 1970 y 1980, la violencia social que generó el asesinato de varios candidatos a finales de la década del 90, el surgimiento del narcotráfico y las consecuencias nefastas para la sociedad al ser esta permeada, y cómo afectó a las juventudes, entre los 17 y 25 años, quienes ilusionadas por el voraz deseo de riqueza inmediata, murieron víctimas de la droga y la violencia; la guerra contra el Estado, la ausencia de este en casi la mitad del territorio nacional, el auge de la guerrilla y los intentos fallidos de paz… terrorismo, muerte, secuestros, masacres, en fin, una descripción apocalíptica de lo que sucedió en nuestra tierra, ante nuestra impávida mirada, sobreviviendo al dolor y al miedo.

No se nos puede olvidar, y eso es lo que está ocurriendo, que nuestra juventud, es decir aquellos que nacieron después del año 2002, no conocen la historia, no vivieron, ni sufrieron la violencia, no percibieron que de la ciudad no se podía salir, que las carreteras y regiones no eran controladas por el Estado, que en todo el mundo éramos rechazados, estigmatizados y todos, sin exclusión alguna, humillados en los aeropuertos: requisados, maltratados y en casi todas partes requeríamos visa para viajar.

Qué horribles tiempos aquellos; miles de familias abandonaron el país, muchos murieron víctimas de la violencia en todos los lugares y en todos los estratos, familias y amigos que no tenían nada que ver en el conflicto. En las noches se escuchaba en las ciudades el rugir de las bombas estallando; era sin duda alguna el fin del mundo, sin seguridad, ni estabilidad social, pero con justicia y por ello, por cumplir con su deber, mataban a jueces y fiscales.

En el año 2002 se inició el mandato el doctor Álvaro Uribe Vélez, como presidente de la República, y en cuyo acto de posesión fue inaugurado con bombas que llegaron hasta el Congreso. Pero sin miedo, retomó el rumbo del país y sin cesar ni de día ni de noche, lo convirtió de fallido, en un país próspero y reconocido en el mundo. Quitó el miedo y se retomó el sendero del desarrollo, no sin antes negociar con varios sectores de los grupos contrarios al Estado, de extraditar sin miedo, de combatir la guerrilla, de tender la mano al que quería reintegrarse, pero siempre de frente blandiendo la bandera de la justicia y de la equidad.

Dirán algunos que soy Uribista furibundo; pues no lo soy. Lo critiqué en columnas por la segunda reelección y por el tercer intento, pero nunca por su entrega al país a costa de su familia y vida. Hoy, después de ver los ocho años de Santos, del resultado del proceso de paz, el cual también voté por el SÍ, debo reconocer y también lo he expresado públicamente que me equivoqué, que fuimos vilmente engatusados y que hoy no tenemos ni paz, ni justicia, ni institucionalidad y volvimos al pasado.

Lo que al final de este recuento me molesta, es que persigamos al que no es culpable, al que día a día, debate públicamente, sin miedo, por la defensa de la institucionalidad. A él lo llevan el 8 de octubre a indagatoria, la cual asumirá seguramente con fortaleza, preparación y sensatez, ante una corte, que hoy es un cartel, que no se juzga a sí misma, ni cambia, y que, sin embargo, esperamos actúe en justicia.

Al fin de cuentas la historia no es solo escribirla, es reconocer los errores y éxitos de quienes la generan. Por ello, invito a los colegios, universidades, historiadores, columnistas a que hablemos de Colombia, revivamos el pasado para construir una mejor vida y que las generaciones que nos sucedan dejen de estar engolosinadas en pensar que son los mejores y que la historia para qué.

jueves, 29 de agosto de 2019

Vigía: ¿Erosionada después de 200 años?



Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
Semana a semana se ha ensamblado un ambiente de dudas sobre el mando militar colombiano. Gran parte de las informaciones y comentarios provienen del propio mando, en una lucha interna por el poder que está minando toda la estructura responsable de enfrentar con la fuerza del Estado, organizaciones delincuenciales que amenazan la viabilidad del país. ELN, FARC, EPL, clanes del golfo y de Sinaloa, caparrapos, puntilleros y otros carteles y bandas, incrementan su pie de fuerza, se arman y controlan territorios mientras indígenas mañosos y campesinos adoctrinados vituperan, apedrean y expelen de esas zonas a nuestros soldados y policías, mandos medios sufren de parálisis operacional y generales resultan involucrados en escándalos de corrupción. Los viejos comandantes, desde su retiro, lo expresan con dolor: “...lamentables, evidentes y desafortunados hechos que, aun siendo aislados, gravitan profundamente el alma institucional y afectan la integridad moral”.

La institución bicentenaria, la más querida por los colombianos, sufre los efectos mortales de un gobierno que la convirtió en un garito de chismorreos, deslealtades y conspiraciones, a lo cual llegamos porque, entre otras estupideces, el mejor soldado se fabricó en Palacio, el curso insignia de combate se degradó a un reality de tv, nuestra guerrita se empezó a pensar desde Bruselas, la doctrina Damasco se saborizó en Cuba y el mando se involucró en política. Errores garrafales de generales y políticos con perspectivas geopolíticas equívocas. Se rompió el acuerdo establecido por Alberto Lleras el 9 de mayo de 1958 en el Teatro Patria, el ejército se burocratizó y rápidamente estamos volviendo a tiempos de inseguridad e incertidumbre.

Semana a semana se corroe la solidez institucional y las recomendaciones para el manejo político de la delicada coyuntura las están dando “expertos en seguridad militar”, que no distinguen una trabilla de un afuste.

Ahora, la Corte Constitucional discute si los militares deben entregar “la propia vida” en cumplimiento de su misión. Pronto, algún desprestigiado togado decidirá que el delito de cobardía es una antigualla desechable. Entonces: ¿Quién va a pelear por Colombia?

Como lo ha planeado el Foro de San Pablo, la Comisión de la Verdad, del colectivo marxista del Cinep y la JEP, proclamarán la necesidad de acabar o reformar un ejército proyanqui, burgués, corrupto, causante principal de la violencia de la república y desprestigiado ante el pueblo. Morir por la patria dará paso a matar en defensa de un gobierno. Sicariato constitucional. Peor que en Venezuela.

sábado, 13 de abril de 2019

¿Nueva deriva en la OTAN?


Por John Marulanda*


Coronel John Marulanda
La OTAN fue creada en 1949 para enfrentar la amenaza expansionista soviética. La izquierda internacional siempre ha deseado que esta coalición desaparezca, "antes de que sea demasiado tarde", según el parlamentario alemán Alexánder Neu. Y claro, el Brexit la afectaría fuertemente. En 2018, Colombia fue el primer país latinoamericano en convertirse en socio global de este pacto, según Santos “para construir el país moderno que queremos dejarle a las nuevas generaciones”. El mando militar santista, se regodeó con la OTAN (Multimisionalidad, estados mayores burocratizados, planes complejos de armonizar, apaciguamiento sicológico) mientras el ELN, las FARC, el EPL y el narcotráfico crecían incontrolables.

Mike Pompeo, quien visitará Cúcuta el domingo, dijo hace poco: “Debemos adaptar la OTAN para amenazas emergentes. Agresión rusa, terrorismo islámico radical, migración descontrolada, ataques cibernéticos, amenazas a la seguridad energética, competencia estratégica china…”, amenazas todas reunidas desde Miraflores. La vieja estructura anti rusa, entonces, podría realinear su interés geográfico ahora que Pence y Netanyahu andan muy cercanos a Bolsonaro, Abrans visita Europa hablando sobre Venezuela y Pompeo tantea Suramérica.

En Venezuela, utilizando el gobierno tiránico, el gobierno madurista, y los recursos procedentes del crimen organizado internacional, complotan Rusia, China, Irán, Turquía y Cuba, todos antinorteamericanos. Una muestra reciente: la sancionada iraní Mahan Air, reestableció los vuelos Teherán-Caracas-Teherán, justo el día en que Washington declaró terrorista a la Guardia Revolucionaria de los Ayatolás.

En el Foro sobre Seguridad con los entonces precandidatos presidenciales del CD, en Cali, en el 2017, mostré un video que citaba a un general Fernando Martínez quien, desde Holanda, anunciaba una posible intervención humanitaria de la OTAN en Venezuela, a solicitud de la OEA o la ONU. Dada la campaña preelectoral en US y que Trump, a diferencia de sus antecesores, no ha estrenado su músculo militar, con la Doctrina Monroe como sustento histórico-geográfico, el humanitarismo como excusa y la OTAN como herramienta, “todas las opciones siguen sobre la mesa”. Nuestros militares ¿se verían compelidos por US-OTAN a actuar, a pesar de la declarada reticencia gubernamental?

Que Abrams declare que no “…estemos pensando, en este momento, en una reacción militar”, recuerda que la sorpresa siempre es un factor decisivo. Desgraciadamente, las guerras las decretan las potencias y las hacen los países periféricos o pobres como Colombia y Venezuela. Ni Caracas, ni Bogotá, tienen cómo sostener un conflicto, a menos que Washington o Moscú o Beijing, lo consideren necesario, oportuno o ventajoso. Remembre Siria.