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viernes, 3 de julio de 2026

Merecido

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.

Esta secuencia de narraciones sobre mi vuelta a España concluyó con dos broches de oro: una cena exquisita en Madrid con mi ahijada María Mónica y su esposo Rodrigo, y el día siguiente, ya de regreso en la T4 de Barajas con Luis Miguel, exalumno ignaciano, quien con afecto me reconoció y saludó. ¿A dónde va padre? Regreso a Colombia. ¿En qué vuelo? En el de las 11.00. ¡Entonces yo lo llevo! Y fue así, piloto de Avianca, ahora del Boing 787, ya en el aire me invitó a la cabina y durante media hora pude conocer cómo es eso de manejar un aparato con 260 pasajeros a 38 mil pies de altura. Fin de la zaga. ¿Qué más puedo pedir?

Vox populi, vox Dei. Lo han dicho ustedes y yo lo acepto con humildad, o sea con verdad, como enseña Teresa, la doctora de Ávila. Ni más ni menos.

Unánimemente, en estas semanas, ustedes, en algún momento de nuestros contactos me lo han dicho: muy merecido, te lo mereces, merecidas vacaciones, descanso merecido, etcétera.

Y al ver la definición del término, ya como adjetivo, ya como sustantivo, se dice de algo que “resulta justo y ganado como consecuencia lógica de los esfuerzos, acciones o conductas de una persona”. Entonces sí, tienen razón, este tiempo corresponde a un merecido descanso. Arduos años sin vacaciones, sin mayores descansos o recesos, estrés natural propio de una exigente responsabilidad, acumulación de funciones y tareas, muchas de ellas indelegables, madrugones y trasnochos, sábados y domingos con tareas múltiples, en fin…

De ello no me arrepiento, tampoco hago alarde. Mi madre me enseñó a trabajar, a ganarme el pan con esfuerzo, a hacer las cosas bien. Y el Señor me dice ahora: “ven a descansar un poco”. Quienes somos “workaholicos” necesitamos descansar. El que no descansa, cansa. Hay, pues, que parar, hacer un alto, recuperarse. Recuerdo que estando en Medellín de rector, un domingo sobre las 10 de la noche una madre de familia me llamó para decirme que acababa de pasar por la avenida frente al colegio y había visto la luz de mi oficina encendida. Me informaba para que la fuera a apagar. Le dije, no, es que estoy aquí trabajando. Y lo que me gané fue un soberano regaño. El domingo es para descansar y mire las horas que son. Tenía razón, no lo volví a hacer hasta las 10, solo hasta las nueve, jajaja.

Por eso, al concluir esos ciclos de los que les hablé el otro día, he recordado a San Pablo cuando le escribió a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mi, sino a todos los que aman su venida” (2 Tim 4,7-8)

Doy gracias a Dios por haberme permitido hacerlo durante el mes de junio en España. También a la Compañía por invitarme a hacerlo. Desde aquí hoy quiero agradecerles a todos aquellos que me han acogido en sus casas, me han invitado a pasear, a comer y sobre todo a descansar, jesuitas, amigos y familiares, a todos los llevo en el corazón con gratitud. Todos se esforzaron no solo por hacerme sentir bien sino por darme lo mejor. Un regalo de Dios. Un regalo de mi madre quien días antes de morir me dijo que quería morirse para que yo pudiera descansar y pudiese pasear. Por eso a ella la tuve presente todo el tiempo y sentí que gozaba paso a paso mi vuelta a España: ¡gracias, mamá!

Es duro decirlo, pero hay gente que nunca descansa, ya por el compromiso que tienen con su misión y que no les da ocasión para hacerlo, ya porque no se pueden dar ese “lujo” … ¿lujo? No. Necesidad. También el maestro se escapaba a estar con sus amigos en Betania.  Lo justo es que, así como el que trabaja merece su sustento, también el que trabaja merece su descanso. Pronto vendrá una nueva misión y hay que estar frescos, renovados, con baterías recargadas. Es necesario descansar, es saludable. Es merecido.

viernes, 26 de junio de 2026

Por tierras gallegas

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Por estos lares los amigos, con sus respectivas familias, son muchos: Agustín y Olga, Chema y Maricarmen, varios Manolos, y Julio César y Adriana, por citar algunos.

La cosa comenzó en A Coruña, costa norte de España. Aquí la temperatura estuvo fresca respecto del resto del país. Saludar a Julio César y su familia era el propósito. Él hizo un trabajo muy bueno como primer director de tecnología en nuestra administración y quería agradecerle correspondiendo su invitación. Fue muy grato ir a visitar nuestra renovada iglesia del Sagrado Corazón y saludar allí al único jesuita presente en ese momento. Los otros estaban en su último día de colegio, en Santa María del Mar. Luego, pasear por sus playas y la ciudad antigua, así como admirar a María Pita, la heroína que defendió este puerto del asedio de la Armada Invencible, comandada por Sir Francis Drake, y que logró hacerlos huir… me hizo imaginar una mujer con los pantalones bien puestos, cuya memoria se honra en la plaza mayor.

En coche (no carro), por esas excelentes autovías (las autopistas son de pago), Julio me llevó hasta San Martín de Noia, un poblado bien antiguo, al sur de Santiago, sobre las famosas rías gallegas.

Aprovecho aquí para hacer un comentario pertinente: allí había estado hace doce años celebrando una misa en domingo con un panorama bastante desolador: unas quince personas. Recuerdo que Agustín me decía que había muchas casas abandonadas en la región y que a ellos les gustaría que viniese gente de Latinoamérica. España se estaba envejeciendo y despoblando. La reconquista mora venía dándose y la vieja Europa necesitaba recuperarse; igual nos había dicho Benedicto XVI en Santiago de Compostela el día anterior, citando a Juan Pablo II. Pues les cuento que lo que he encontrado en España hoy día es un país muy diferente, renovado, remozado, con mucha gente joven, muchos niños, más participación en la Iglesia y, por supuesto, abundante migración latinoamericana. Florece la esperanza cual nueva primavera. El reciente paso de León XIV ha sido renovador.

Volvamos a Noia, traducción gallega de Noelia, la hija de Noé, el mismísimo del arca, quien parece que estuvo por aquí, cerca de Finisterrae, donde una paloma le trajo la rama de olivo. Los paisajes, preciosos; y el pueblo medieval, encantador. Don José, el párroco, me pidió presidir la celebración eucarística dominical y, esta vez, la iglesia estaba completamente llena, con muchos jóvenes y niños. Dos de ellos, Brais y Alma, hicieron su primera comunión. Fenomenal. Luego, el partido España-Arabia Saudita, lamentable. Eso de llevar cuarenta y ocho equipos (y están pensando en aumentar a sesenta y cuatro) es puro negocio, porque la calidad, muy regulimbis.

Al día siguiente tomamos el camino de Lugo. "¡Para comer, Lugo!", es el dicho. Dicen que el mejor pulpo a la gallega lo hacen aquí. Pude constatarlo. Y unos langostinos apanados… no se diga más. Me pusieron guía turística y con ella pude recorrer la ciudad antigua y sus murallas romanas, que aún se conservan. Esa tarde había una fiesta popular donde todo el mundo se disfraza de ciudadanos o soldados romanos para recordar a Lucus Augustus, el lugar de Augusto. El director del museo de la Catedral me regaló un tour por su interior. Ya les conté que la gula estética existe y que aquí también quedé harto, en el buen sentido, de tanto gusto, tanta cosa bella. Me enteré de que aquí quisieron mucho a los jesuitas; tanto, que cuando Carlitos III, de infeliz memoria para nosotros, nos expulsó, la orden era acabar con todo vestigio jesuítico. Iban a descabezar las estatuas de San Ignacio y Francisco Javier, y el pueblo se opuso. ¡Gracias, Lugo!

Fuimos a descansar a Santiago de Compostela. Me hospedé en San Martín Pinario, el antiguo seminario. Una vez ubicado, pasé a la catedral a visitar al apóstol. Pude darle el tradicional abrazo y orar un rato. Al día siguiente me fui a visitar el templo de San Agustín, donde los jesuitas también tenemos un Colegio Mayor. Había que darles vuelta a los hermanos antes de ir a la abarrotada Catedral, llena de peregrinos de todas las naciones, donde me dieron el privilegio de ser el segundo concelebrante en la eucaristía y, al final, echarle el incienso al famoso botafumeiro. ¡Qué espectáculo aquello! Ya había estado, pero, recordando a mi madre, que sigue haciendo gestiones celestiales, se me fueron las lágrimas.

Mi estancia en tierras gallegas, de la mano de Chema y su esposa Maricarmen, concluyó en la tarde con un suculento almuerzo en restaurante y cena en su casa, con un intermedio visitando el mercado local y la Ciudad de la Cultura, un moderno y monumental, por no decir faraónico, proyecto del Ayuntamiento, todo en piedra, donde pude disfrutar de Los rostros del Pacífico, una bella muestra artística denominada Las cuatro estaciones, y de lo que significa la innovación tecnológica: IA, metaverso, realidad virtual… realmente descrestante. Ya había estado yo en Santiago, pero estos lugares no los conocía.

Bueno, dejemos por aquí. Me quedan dos crónicas antes de volver a casa en pocos días: Madrid y Alicante.

miércoles, 18 de octubre de 2023

¡Viva la hispanidad!

Luis Alfonso García Carmona
Por: Luis Alfonso García Carmona

Jubilosamente celebré el pasado 12 de octubre el Día de la Hispanidad, con el título que me otorga mi pertenencia a la comunidad de 496 millones de personas que tenemos el castellano como lengua materna (el 6.3% de la población mundial), cifra solamente superada en el mundo por el mandarín. (https://www.epdata.es/datos/lengua-espanola-mundo-datos-graficos/513).

Compartimos con los hispanoparlantes del mundo entero no solamente nuestra admiración por el refinado idioma que nos legó la Madre Patria, sino también nuestra gratitud por el bagaje cultural edificado por la civilización occidental, del cual fuimos partícipes gracias a la gloriosa gesta del descubrimiento de América por mandato de los Reyes Católicos.

No obstante, los generalizados infundios con los que la demagogia ha tratado de enlodar este histórico encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo, vale la pena señalar, como lo ha consignado un magnífico historiador, Álvaro Uribe Rueda, “Las Indias no eran colonias. Hablando con todo rigor jurídico, no existía dependencia de las Indias frente a España en el sentido político de subordinación a un Estado diferente, ni tampoco separación nacional, sino la natural interdependencia de Estados cubiertos por una misma corona o entre provincias y regiones de una nación común.” (La otra cara de la luna, Universidad de los Andes, Bogotá, 2014, pag.1)

Vivieron nuestros antepasados una prosperidad económica que generó importantes cambios sociales. No existe un solo documento oficial, entre 1492 y 1820 que se utilice el término de colonias o factorías parta referirse a las Indias. Su administración no se cumplía a través de un Ministerio de las Colonias sino por el Consejo Real de Indias.

No menos importante es el objetivo espiritual de la conquista de América. Fue el propio papa Alejandro VI, quien otorgó a los Reyes Católicos las tierras del Nuevo Mundo “a condición de instruir en la fe cristiana a los pueblos conquistados”. Después de tomarse el último baluarte islámico en Occidente, emprendió la Corona española la inimaginable tarea de evangelizar todo un continente con los escasos medios de esa época. Así quedó estatuido en las Capitulaciones de Santa Fe, Granada, suscritas por la reina Isabel de Castilla y el almirante Cristóbal Colón, y luego refrendado en el testamento de la Reina en Medina del Campo.

Fieles a sus creencias cristianas y a sus fundamentos humanísticos, los nuevos pobladores de América practicaron por mandato real un mestizaje originado en la dignidad de la persona humana y la igualdad de las razas.

Simultáneamente con la misión evangelizadora se cumplió la labor educativa. Medio siglo antes de la llegada de los ingleses al continente americano, ya existían universidades de nivel europeo: San Marcos, Lima (1551), Santo Tomás, Santo Domingo (1538), San Francisco, Quito (1586), Colegio Mayor de San Bartolomé, Santafé de Bogotá (1610), Universidad de San Ignacio de Loyola, Córdoba del Río de la Plata (1622), San Francisco Javier, Sucre, Bolivia (1624).

Podría afirmarse que no hay aspecto de nuestra vida en sociedad que no haya recibido un benéfico aporte de esa primigenia unión de nuestros pueblos, porque no éramos de España, éramos España y lo seguiremos siendo espiritualmente, aún en la lamentable coyuntura que ahora la aqueja.

Por encima de todos esos aspectos, no podemos dejar de agradecer al Altísimo el maravilloso legado de creencias cristianas, los valores del honor, el amor por la familia, los principios inmutables de la civilización occidental y nuestro respeto por el orden, la libertad, la dignidad de la persona humana, la solidaridad con el prójimo y todo aquello que distingue en el mundo entero a esta privilegiada comunidad hispánica.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

La otra cara de España

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín

No encontré mejor título que este para el apretado comentario sobre “la otra cara de la luna”, rótulo irónico, a mi parecer, del gran libro de Álvaro Uribe Rueda (1923-2007) sobre España, porque en Colombia, como en general en Hispanoamérica, la leyenda negra ha imperado, dejando —como ocurre con la luna— la otra cara en la oscuridad y el desconocimiento, cuando no en la tergiversación y hasta el desprecio.

No es este el espacio para discutir los méritos de los grandes historiadores —si los hay— en Colombia, ni para contrastar sus escritos sobre España desde el punto de vista de la objetividad. Al fin de cuentas, la historia es un inmenso terreno donde florecen toda clase de interpretaciones sobre infinidad de hechos, insuficientemente conocidos por la mayoría de las gentes.

En cambio, sí es el lugar para llamar la atención sobre un autor bien ignorado en el campo que fue de su predilección, Álvaro Uribe Rueda, quien, dedicado a la política, dejó apenas una fugaz estela como senador liberal, algo sectario, mientras sus trabajos históricos pasaron prácticamente desapercibidos. En 1997, el Instituto Caro y Cuervo publicó su “Bizancio, el dique iluminado: La concepción mística del universalismo, sus raíces judías y helénicas y su herencia cristiana”, que pasó largos años entre los libros que se acumulan en los rincones, hasta que en la pandemia le llegó su turno. En ese texto de 596 páginas encontré la superior calidad que uno asocia con los grandes historiadores alemanes, que iluminan la relación no siempre clara entre los acontecimientos y los fenómenos culturales, religiosos, artísticos, económicos y sociales, que determinan el desenvolvimiento de los pueblos y el destino de las civilizaciones.

Pocos han escrito en Colombia, entonces, con la erudición y la visión que distinguen tan excepcional obra. Parecería que Bizancio está muy lejos de nosotros, pero para Uribe Rueda su significación política e histórica a través de las influencias romano-bizantinas, continúa en la España medieval y se proyecta a lo largo de la conquista, hasta la separación de nuestros países de España.

Por esa razón, su segundo libro haría apenas parte de las mismas consideraciones. Desafortunadamente, a “La otra cara de la Luna” le quedaron faltando dos capítulos, el de la “Independencia”, y el del Siglo XIX, por el fallecimiento del autor. No obstante, el libro, de 280 páginas, finalmente se publicó ocho años después por la Universidad de los Andes.

Su autor arranca afirmando que no hubo independencia, sino separación de España, y que aquí no hubo colonias, sino distintas entidades dentro de la monarquía española, y así sucesivamente desmonta los lugares comunes que han llevado a tantas generaciones, a partir de 1820, a creer en el despotismo, oscurantismo, opresión de los criollos, atraso en relación con las colonias inglesas, ignorancia impuesta a los nativos y exterminación de los indígenas, obligada por España a los desventurados pobladores de su vastísimo imperio, cuando la realidad es que la leyenda negra fue una de las armas más eficaces en la confrontación entre España y el ascendente poderío británico, que tenía que ser creída para justificar la rebelión.

Por fortuna, desde muy joven pude alejarme de la historia imperada. Indalecio Liévano Aguirre, con su monumental “Historia de los grandes conflictos económicos y sociales de nuestra historia”, nos abrió a muchos los ojos sobre tantos aspectos favorables de nuestra vida antes de la ruptura con España; y la lectura, tan denostada, del “Bolívar” de Salvador de Madariaga, nos condujo a una consideración ecuánime de nuestros próceres y de su máximo líder.

Los temas suscitados por el libro que comento dan para escribir otro, o varios, que es la tarea que debe ser emprendida por la universidad, si alguna vez se libera de la leyenda negra comunista que planea sobre nuestra historia, tan distinta de los cinco siglos de genocidio, intolerancia, violencia, esclavismo y explotación rapaz, que se imparte a las nuevas generaciones. Esa versión va, además, unida a la exaltación del terrorismo y la violencia, y cuenta con los billones de pesos que el gobierno actual entrega a la infame Comisión de la Falacia para tergiversar los hechos e imponer una visión extremista y politizada del país. Colombia es diferente de la que se pinta, con los colores más sombríos, a una juventud ingenua, incapaz de dudar de la versión horrenda que se le ofrece del país.

La separación de España nos convirtió en apéndices del Imperio Británico. Empezamos la vida independiente debiendo inmensas sumas a la City, que tardamos un siglo en saldar. La deuda externa, en nuestro caso, representaba 25 veces los ingresos del nuevo Estado. El atraso económico en Hispanoamérica empezó por la “independencia”, hecho que acoto al margen del libro de Uribe Rueda, que no toca ese punto crucial, que sigue siendo ignorado por los historiadores nacionales.

Sin embargo, libros como este, que revelan la otra cara de nuestra relación histórica con nuestra madre patria, se requieren en la base de la historia verdadera de Colombia, que en buena parte está por escribir.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Entrevista con Gianluca Gardini

El doctor Gianluca Gardini es docente de la Universidad de Ferrara y asesor jurídico. Invitado especial al Consejo de Medellín, aprovechó el espacio para concederle esta entrevista a El Pensamiento al Aire en la que nos habla de las experiencias de autonomía en Italia y España, países que han escogido este camino para la administración de sus territorios. No dejes de verla.

Es catedrático de Derecho Administrativo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Ferrara; subdirector del Departamento de Ciencias Jurídicas, Universidad de Ferrara, profesor permanente de Derecho de los Gobiernos Locales en la Escuela de Especialización en Estudios de Administración Pública (SP.ISA), Universidad de Bolonia; director científico de la revista "Las Instituciones del Federalismo"; presidente del Comité Regional de Comunicación (Corecom) de Emilia Romagna de 2008 a 2013; defensor del pueblo de la Región de Emilia Romagna, y actualmente fue invitado como docente por la Universidad de Barcelona durante un año.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Colapsos


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Dícese de colapsar algo: paralización o disminución importante del ritmo de una actividad. O destrucción o ruina de un sistema, una institución o una estructura. Me quedo con la segunda acepción.

En 1945 cesó el mayor holocausto de la historia, ese segundo capítulo de un conflicto mundial que segó la vida de por lo menos 60 millones de personas. Ese tan increíble como absurdo afán de unos cuantos locos fascistas de querer dominar el mundo buscando su uniformidad bajo su férrea disciplina, de buscar una raza humana perfecta y pura, de lograr doblegar voluntades a la del caudillo, de someter a todos bajo la fuerza bruta, de alinear y alienar a todos con un mismo modelo, de negar la mínima capacidad de crítica o pensamiento autónomo. Ha sido un sistema cuyos estertores de muerte todavía se escuchan. Hay rezagos porque hay nostalgias y añoranzas de mano dura.

Hace 30 años pude ver lo que nunca creí poder ver en mi vida, acostumbrado como estaba a la guerra fría propiciada por dos bloques en conflicto: capitalismo y comunismo, dos gigantes que se repartían peleados el mundo. Por eso, ser testigo de la caída del muro de Berlín, ese muro infame que cual cortina de hierro, después de la Segunda Guerra Mundial, dividió Alemania, media Europa y al mundo en Este-Oeste, fue una noticia extraordinaria. La opresión del sistema comunista llegó a su final. La gente se hartó de no poder vivir en libertad, de no poder expresarse auténticamente, de tener que consumir lo que el régimen decidiera, pero, sobre todo, de vivir injusticias e inequidades en un aparato que proclamaba igualdad para todos, claro, donde “unos eran más iguales que otros”, al decir de Animal Farm. Sobreviven algunos de tan fracasado y mentiroso modelo.

En 2001, sin pretensiones proféticas, al ver caer las torres gemelas en Nueva York, sobrepasado el shock de tan inverosímil como imperdonable acto terrorista que cobró miles de vidas, lo primero que se me ocurrió reflexionar fue que con esa caída se daba inicio al comienzo del fin del sistema capitalista. Ese sistema tan bellaco y cruel como los otros, donde nos creemos libres, pero estamos esclavizados por el afán consumista, donde se dice que hay libertad de expresión, pero se persigue y desaparece al que piensa diferente, donde no hay ni igualdad ni equidad porque unos pocos trabajan y la mayoría pobre, al decir de los ricos, es una partida de vagos y perezosos; donde la justicia es para aplicarla según dineros y conveniencias. Apenas era el comienzo, porque lo que hemos vivido estos años, pero particularmente estas últimas semanas, revela a todas luces un malestar generalizado, un cansancio y un hastío que está llegando a sus límites. No en vano las protestas y las marchas por doquier.

En el Manifiesto al servicio del personalismo, Enmanuel Mounier, hace varias décadas, denunciaba ya a esta trilogía de sistemas que por atentar contra la dignidad de la persona eran (y son) realmente inhumanos. Uno a uno, han venido derrumbándose. Poco a poco todos han ido colapsando. No podría ser de otra manera. Es verdad que de todos hay todavía rezagos que se niegan a ser superados y pasar a la historia. Pero sus días están contados. Es un fenómeno que los filósofos de la llamada posmodernidad definen como el fracaso de las ideologías, la crisis de los meta-relatos, el desenmascaramiento de esos discursos falaces que un día ilusionaron masas populares enteras, pero pronto produjeron desazón y desencanto. En el fondo son lo mismo, así como en la fiesta de disfraces se arropen con atuendos diferentes.

Las manifestaciones en Chile (modelo de “prosperidad” latinoamericana), Ecuador, Haití, España, Francia, Líbano, Hong Kong, México, Brasil, Venezuela, Turquía, por no listar todos los países, algo están indicando, algo grave está pasando. Los clamores populares se escuchan. El Papa Francisco lo viene cantaleteando desde hace años, el reciente Sínodo de los Obispos, a propósito de sus reflexiones sobre la Amazonia, lo ha corroborado. Hasta el mismo Secretario General de la ONU ha llamado la atención a los gobernantes por su indiferencia ante lo que la gente pide. Por eso, el “mea culpa” público que ha hecho Sebastián Piñera, el presidente de Chile, no puede reflejar mejor el temor ante su propio colapso, pidiendo perdón por no haber hecho a tiempo las reformas sociales que el pueblo reclamaba. Como dice Perales en su canción: “quizás para mañana sea tarde”.

Y lo que pasó y está pasando en Colombia, igualmente es muy indicativo. ¿Será que hay gente con dos dedos de frente, capaz de interpretar lo que está pasando?, ¿las marchas estudiantiles?, ¿los resultados de las elecciones, donde los mayores perdedores son los polarizantes? Quizás algunos quieran ver, quizás quieran escuchar… no sea que para mañana sea tarde y acontezca un nuevo colapso.

domingo, 20 de octubre de 2019

Del miedo a la violencia y de la violencia al miedo


Por Andrés de Bedout Jaramillo*

Andrés de Bedout Jaramillo
Colombia no es ajena al fenómeno mundial del miedo y la violencia.

En el Ecuador el presidente, presa del miedo a una hecatombe económica, retiro inconsultamente el subsidio a la gasolina, inmediatamente la violencia generalizada se apoderó del país y obligó al presidente a echar para atrás la medida, por lo menos los ecuatorianos limpiaron las ciudades de los efectos de las violentas revueltas.

En México, el miedo a represalias gringas obligó a la captura del hijo del principal narcotraficante, que seguramente trabaja también en nuestro país; generó tan violentas balaceras, que el presidente se vio obligado a intervenir, para liberarlo y frenar la violencia asesina del inmenso ejército de los narcos.

En Chile el miedo a los efectos económicos del bajo precio de los pasajes en el metro, obligó inconsultamente a subir los tiquetes, generando violentos disturbios que obligaran a bajarlos.

En España, las condenas a los líderes separatistas, generaron violentas protestas, que tienen a Barcelona al borde del caos generalizado con peligrosos brotes de violencia.

En Colombia las protestas, el miedo y la violencia, son pan de cada día. En este último año ya son parte del paisaje, todos los sectores sociales y económicos, tienen que utilizar este medio para ser escuchados, tan es así que hasta los futbolistas están anunciando la medida.

Definitiva y tristemente la protesta violenta y de permanencia, es la única que es escuchada, por eso pienso que la reglamentación de las protestas no saldrá adelante, protesta sin violencia, sin daños, desafortunadamente, como que no sirve.

El miedo y la violencia se tomaron al mundo; a todos nos da miedo hablar sobre los problemas para buscar las soluciones, preferimos la violencia física, moral, material, ideológica, etcétera, como camino más expedito para imponer nuestras ideas, para manifestar nuestras creencias, nuestras preferencias, nuestras necesidades, mejor dicho, el efecto a los fenómenos de la intolerancia, a la falta de inclusión, al egoísmo, a la indiferencia, es el del miedo y la violencia.

Definitivamente la polarización, que no es más que encasillarnos entre los extremos de buenos y malos, de derecha e izquierda, impide un centro que busque equilibrio, acercamiento, diálogo, ceder un poco, que traiga como consecuencia la preponderancia del interés general sobre el particular.

Seamos conscientes de que las soluciones siempre traen problemas, la solución de quitar el subsidio a la gasolina en Ecuador, de subir los pasajes del metro en Chile, de capturar al hijo del narcotraficante en México, de condenar a los separatistas en España, han generado problemas, que ahora implican nuevas soluciones que generarán nuevos problemas. Por eso es necesario que a través de la inclusión se mantenga el diálogo permanente, sincero, franco, que impida el miedo y la violencia. Para lograrlo necesitamos líderes de verdad, que nos brinden confianza, que convoquen, que sean austeros, que digan la verdad, aunque duela, que no ilusionen al pueblo con mentiras, que sean tolerantes, inclusivos, que tengan mucha sensibilidad social, económica y ambiental.

Colombia no es ajena al fenómeno, mejor dicho, es la más polarizada y las consecuencias están a la vista, crece el narcotráfico, la informalidad, la desigualdad, la inseguridad, la corrupción, etcétera.

El próximo 27 de octubre, votemos todos, sin miedo, apuntémosle a poder tener gobernantes transparentes, que acepten los problemas y las soluciones en su verdadera dimensión, que estén convencidos de que vienen a gobernar para todos, no para un partido, movimiento o grupo en particular, que tengan claro que los dineros públicos son sagrados, que su lucha es por el interés general, que se tienen que distinguir por austeros, que su contacto directo con las comunidades debe ser permanente, no solo de campaña, que estén dispuestos al diálogo con todos, sin importar encuestas que son el efecto del poder económico de pocos candidatos, con grandes estructuras generadoras de miedo, que perpetuarán la polarización, que seguirá impidiendo la inclusión en la búsqueda del interés general.

Mejor dicho, nadie sabe para quién trabaja y en Colombia parece que estamos trabajando para el narcotráfico, la informalidad, la inseguridad (social y jurídica), la desigualdad, el interés particular, la polarización.

lunes, 18 de febrero de 2019

De quién es el galeón San José


Por Antonio Montoya H.*

Antonio Montoya H.
Cambiando de mis temas habituales, me referiré al tesoro del galeón San José, barco español hundido por los ingleses en el año 1708, cerca de Barú, situado a 45 minutos en lancha de Cartagena; barco que venía lleno de riquezas del Perú y con destino a España. En plena batalla con los ingleses el barco explotó y se perdió en las profundidades marinas. Desde esos años hasta 1980 solo existieron especulaciones sobre sus tesoros y lugar exacto de su hundimiento. Desde ese momento y hasta hoy buscadores de tesoros, y varios países, han estado enfrentados al haber sido encontrado el sitio donde reposan los restos del barco y el tesoro.

La historia de este Galeón ha sido una novela completa, desde su construcción porque dilató ocho años el inicio de su primer viaje marítimo. ¿La causa de esa demora para zarpar? Fue la guerra de sucesión española. En ese entonces el rey Felipe V, ordenó la salida del Galeón acompañada de otros 16 barcos con destino a América, con el fin de llevar dinero para las arcas españolas.

Ese fue el objetivo número uno y único, no interesaba más que trasladar de América, como lo venían haciendo desde 1492, con el descubrimiento, tesoros y riquezas que pertenecían a los moradores de esas tierras, habitantes americanos, razas indígenas y grandes culturas milenarias que fueron derrotadas, robadas y diezmadas por los conquistadores dejándonos lo que llamaron una nueva cultura, religión, educación y civilización y obviamente miseria, sangre y dolor.

No voy a entrar en discusiones sobre aspectos positivos o negativos de ese descubrimiento y colonización; para ello tenemos escritores de la talla de Jorge Orlando Melo, quien en el libro “Historia mínima de Colombia” nos describe con estupenda nitidez lo ocurrido en esos años hasta la independencia, en 1810, narraciones llenas de dolor, dominio y duro ejercicio del poder.

Vuelvo al cuento de piratas (ingleses), a los tesoros sacados de las tierras americanas (oro, monedas acuñadas, etcétera), a los barcos españoles, a las emboscadas en el mar y a la pérdida para todos de los grandes tesoros con destino a la madre patria para llevar riqueza, y dar continuidad a las guerras, no al desarrollo.

Es un hecho cierto que el barco se hundió, que ni los ingleses ni los españoles disfrutaron de las riquezas, que ninguno de esos dos países eran los dueños, que esos tesoros salieron con destino a Europa y que de una u otra manera era un detrimento patrimonial para América. Teniendo todas esas verdades que no son discutibles por ningún estado, entremos a definir de quién es la propiedad de los tesoros encontrados.

El Galeón, construido en los astilleros españoles, sin discusión alguna es propiedad de España, por consiguiente, los trozos de madero, ancla, timón, catalejos y demás elementos físicos son de España. Los restos de los ocupantes (calaveras, armaduras, espadas, mapas), también son propiedad española, no se discute desde este punto de vista la propiedad sobre ellos. De los ingleses ni hablar, no son dueños de nada, trataron de apoderarse del barco y no lo lograron, quisieron todo y no obtuvieron nada.

En conclusión, de quién es el tesoro encontrado, diría yo que a pesar de que hoy existe una normatividad jurídica y política en Colombia que le permite conservar, rescatar y preservar los tesoros de naufragios que están en nuestro territorio en el fondo del mar, la razón principal de definir la propiedad del tesoro colombiano, hallado dentro del galeón San José, es moral, y por ello son de propiedad exclusiva de Perú y Colombia, de nadie más. Son nuestras riquezas, nuestra historia y nuestra dignidad; nunca debieron ser sacadas a borbotones para llevar gloria a otro mundo y desproteger al verdadero dueño, dejando muerte y saqueo.

La historia se debe mirar de otra forma, de una que sea justa y sirva para valorar y respetar los derechos de quienes son los dueños, no de los que saquearon, esquilmaron y se aprovecharon de la ignorancia y de la superioridad física y de sus armas. No fue un asunto de inteligencia porque nuestros ancestros eran inteligentes y hábiles, pero no tenían la experiencia. Por ello sugiero que Colombia, España y Perú, definan este tema de la propiedad con base en las razones que expongo y que obedecen a la razón, a la propiedad, a la la territorialidad y a la compensación por los abusos cometidos con América.