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martes, 19 de mayo de 2026

La Amazonía podría transformarse en sabana

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

Nature, en su edición online del día 7 del mes de mayo, publicó un artículo con los resultados de una investigación de Nico Wunderling et al de la Universidad Goethe de Frankfurt, titulado Deforestation-induced drying lowers Amazon climate threshold (“La sequía provocada por la deforestación reduce el umbral climático del Amazonas”)[1].

El referido estudio revela que en 2020 la pérdida acumulada del bosque amazónico rondaba entre el 17 y el 18 %; además advierte que si la deforestación aumenta hasta un 22-28 % con un calentamiento global entre 1,5 y 1,9 ºC por encima de los niveles preindustriales, la selva amazónica cruzará un punto de inflexión y dos tercios de su superficie se convertirán en sabana. Ese mismo escenario sucederá si la deforestación se mantiene en los niveles actuales, pero el cambio climático eleva la temperatura global hasta los 3,7- 4 °C. A esta misma conclusión llega un estudio del Instituto Potsdam para la Investigación sobre el Impacto del Cambio Climático, cuyos detalles también se han publicado en Nature.

La Amazonía actúa como un inmenso sumidero de carbono, absorbiendo aproximadamente 1.500 millones de toneladas de CO2 al año. La vegetación y los suelos amazónicos almacenan entre 90 y 140 mil millones de toneladas de CO2 lo que ayuda a evitar que este gas de efecto invernadero llegue a la atmósfera y acelere el calentamiento global. Además de capturar CO2, la Amazonía regula los patrones climáticos globales mediante la liberación de vapor de agua, generando los llamados "ríos voladores" que influyen en el régimen de lluvias en la Región Andina, donde se encuentra la mayor parte de la población suramericana. Recuérdese el racionamiento de agua en la ciudad de Bogotá y municipios vecinos entre abril de 2024 y abril 2025, causado por el debilitamiento de los ríos voladores que se precipitan en el páramo de Chingaza, donde se encuentran los principales embalses que dispone el acueducto de Bogotá.

El estudio de la Universidad Goethe revela que la Amazonía recicla la mitad de su propia lluvia, y que perder ese mecanismo podría arrastrar a regiones situadas a miles de kilómetros hacia una espiral de sequías imparables. El problema consiste en que la pérdida de masa forestal, unida al calentamiento global, interrumpe el reciclaje de la lluvia, desestabiliza la humedad de la zona y provoca un peligroso efecto en cadena con consecuencias para todo el ecosistema y para el resto del planeta. "La deforestación hace que la Amazonía sea mucho menos resiliente de lo que habíamos previsto anteriormente. Reseca la atmósfera y debilita la propia generación de precipitaciones del bosque", denuncia Nico Wunderling, coautor del estudio de la Universidad Goethe, atrás citado. A lo que agrega, “Incluso un calentamiento adicional moderado podría entonces desencadenar efectos en cadena en grandes partes del bosque”.

Johan Rockström, también coautor del referido estudio de la Universidad Goethe, comenta: “La selva amazónica ha desempeñado un papel fundamental en la estabilización del sistema terrestre como sumidero de carbono, regulador del ciclo del agua y hogar de la biodiversidad terrestre más rica del planeta, pero la deforestación continuada está socavando esta estabilidad, lo que acerca al bosque a un punto de inflexión".

Frenar la tala y restaurar el bosque, la única salida

La comunidad científica coincide en que detener la deforestación reforzaría sustancialmente la resiliencia del bioma amazónico ante el calentamiento global. Sin embargo, existe un serio obstáculo que impide avanzar en este propósito: la presencia de múltiples grupos armados por fuera de la ley que promueven la tala del bosque para la siembra de coca, explotaciones mineras (principalmente oro aluvial) y ganadería extensiva, a lo cual se suma la construcción de las vías de acceso, que apoyen las anteriores actividades. Según el presidente Lula da Silva, en la Amazonía operan hasta 17 organizaciones criminales compitiendo por el control del territorio.

La V Cumbre de presidentes de los Estados Miembros del Tratado de la Cuenca Amazónica (OTCA) reunida en Bogotá en 2025, antesala de COP30 que se celebró a finales de 2025 en Belém de Pará, debatió el papel que los países amazónicos van a jugar para proteger la mayor selva y pulmón del mundo. En lo relativo a la presencia de grupos armados, el informe “Amazonía en disputa. Seguridad climática y conflictos socioambientales en la Amazonía noroccidental”, presentado por la V Cumbre de la OTCA, hace un llamado urgente a los Estados, la sociedad civil y la comunidad internacional a actuar de manera decidida ante una realidad crítica.

La Amazonía noroccidental, en su mayor parte territorio colombiano, compartido con Ecuador, Perú y Brasil es una región que cumple una función estratégica vital dentro del gran bioma amazónico. En la cuenca hidrográfica del río Putumayo y en parte del denominado Trapecio Amazónico se conforma la conexión entre las altas montañas andinas y la planicie amazónica. Justamente estas dos subregiones, las más vulnerables por su valor ecosistémico y geopolítico de la Amazonía, se han convertido en territorios en disputa por múltiples actores al margen de la ley, atraídos por actividades ilegales, que compiten por la extracción de los bienes naturales, generando una crisis multidimensional que amenaza no sólo la vida y el equilibrio ambiental, sino también la democracia, la seguridad climática y la estabilidad regional.

La realidad de una Amazonía en disputa remite a un complejo escenario de confrontación territorial multisectorial. No se trata únicamente de un conflicto entre actores legales e ilegales, sino de una lucha por el significado mismo del territorio, su uso, su gobernanza y su futuro. Según la OTCA, en el centro de esa disputa confluyen múltiples conflictos, que van desde disputas entre los mismos grupos del crimen organizado y entre las comunidades nativas y en las mismas instituciones gubernamentales.

Crisis Group, una organización International no gubernamental, acaba de publicar un artículo titulado “El saqueo de la selva: blindar a la Amazonía del crimen organizado”[2], que empieza por afirmar que el crimen organizado se ha convertido en un importante obstáculo para la preservación de la Amazonía. Las organizaciones criminales se expanden y conectan libremente por toda la cuenca, infiltrándose en organismos estatales, empresas formales y comunidades. Por ello, a los gobiernos nacionales se les dificulta lograr la colaboración de las comunidades para hacer frente a tan diversas dinámicas ilegales. El crimen organizado se ha convertido en uno de los principales obstáculos para los esfuerzos por frenar la destrucción ambiental en la Amazonía y salvar uno de los ecosistemas más importantes del planeta. “Lo que antes era principalmente un desafío de conservación se ha convertido en una crisis de gobernanza y seguridad, lo que hace mucho más difícil que los Estados cumplan sus planes de protección ambiental”, expresa Bram Ebus, coautor del artículo de Crisis Group, atrás referido.

Dos actores principales hacen frente a la expansión del crimen organizado: las comunidades indígenas y las fuerzas estatales. Las primeras son el blanco más vulnerable a la violencia de los grupos criminales, mientras tanto las agencias de seguridad estatales sólo esporádicamente combaten las operaciones criminales, sin llegar a desmantelar el aparato financiero que sustenta estas redes ni emprender acciones contra sus cabecillas. Las operaciones de seguridad rara vez se coordinan con las comunidades indígenas.

Lograr una efectiva cooperación entre las fuerzas de seguridad estatales y las guardias indígenas es un desafío fundamental para la seguridad en toda la Amazonía; además es el mecanismo más prometedor para detener a los grupos ilegales. Muchas guardias indígenas (grupos de protección comunitarios creados para defender a sus pueblos, territorios y modos de vida) afirman querer colaborar con las autoridades nacionales para protegerse de los grupos criminales. Estas comunidades podrían detectar actividades ilícitas, alertar a los funcionarios estatales y coordinar una respuesta con las fuerzas de seguridad. En los territorios indígenas yanomami del norte de Brasil, por ejemplo, donde este tipo de colaboración ha tenido éxito, la deforestación y la actividad delictiva han disminuido sustancialmente. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la desconfianza mutua, el temor a la colusión criminal y la falta de recursos dificultan la colaboración. Una mayor cooperación entre ambos (guardias indígenas y autoridades nacionales) debe ser el pilar de una campaña para proteger la Amazonía del crimen organizado.

Salvar la Amazonía no es sólo responsabilidad de los ocho países a los que pertenece este valioso bioma, de cuya conservación depende la estabilidad del planeta. OTCA debería ser nuestro vocero ante los organismos multilaterales para, juntamente con los gobiernos de los países amazónicos, crear un plan de defensa de la Amazonía, con el propósito de fortalecer financiera y logísticamente las fuerzas militares nacionales, en su lucha contra los grupos delictivos que controlan el territorio y promover el desarrollo social de las comunidades nativas, para que asuman la gobernanza del territorio y la protección de los ecosistemas naturales.

viernes, 26 de abril de 2024

Este niño, esta niña

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.

Les conté la semana pasada de mi viaje a Honduras, pero olvidé decirles que una de las cosas que más me impresionó del lugar donde estábamos reunidos fue la aridez de sus terrenos. Pensé que todo el tiempo era así, pero un amigo que había estado allí me dijo que él lo había conocido verde y frondoso y que lo que yo presencié no fue otra cosa que los efectos del fenómeno del niño, como hemos dado en denominar la alteración o cambio climático que prolonga el tiempo seco o verano de una zona de nuestro planeta, contrario al de la niña que se caracteriza por el exceso de lluvias e inundaciones.

Hace pocas décadas esto no existía. Por el contrario, y aunque no tenemos estaciones, nosotros sabíamos que enero era primaveral, “abril, aguas mil” y que agosto era el mes de fuertes vientos, propio para elevar cometas. Conocíamos con bastante exactitud qué meses eran de lluvia y cuáles más secos y qué cosechas de nuestras tierras se daban con regularidad. Hoy no. El clima está enloquecido, decimos. Recuerdo que unos revoltosos ambientalistas que se autodenominaban de Greenpeace protestaban porque estábamos acabando con el planeta. Los mirábamos con indiferencia.

Ahora hemos tomado más conciencia y sabemos que este planeta es nuestra casa común y que debemos cuidarlo. Con todo, hay líderes políticos que lo niegan y consideran que es un asunto ideológico, no una realidad evidente. Hasta el Papa ha escrito una encíclica, Laudato si, hablando del tema. Preocupante, por decir lo menos, pues es verdad que podemos estar ad-portas de la debacle. Campanazos de alerta estamos padeciendo con el racionamiento de agua y podría suceder que lo haya también de energía eléctrica como lo hubo durante meses al inicio de los años 90.

Preocupa que este niño seco, esta niña mojada, no nos ayuden a ser más responsables y previsivos. Hemos sido botaratas y derrochadores porque somos un país que lo tiene todo y aunque esa riqueza económica esté mal distribuida, en el fondo todos actuamos como ricos frente a los recursos naturales haciendo fiesta con lo que poco o nada nos cuesta. Sabiendo, además, cómo están las cosas tampoco nos preparamos para ello. Cuando llueve nos quejamos del invierno y añoramos los días de sol y cuando calienta el sol más de la cuenta anhelamos la lluvia. Nunca estamos contentos, pero tampoco tomamos medidas para poder afrontar mejor estas oleadas de calor o lluvias abundantes que sabemos se repiten.

En tiempos secos deberíamos aprovechar para arreglar las goteras de los tejados, adelantar obras de construcción e infraestructura, pavimentar carreteras, levantar jarillones que contrarresten las inundaciones… y en tiempos de lluvia, fortalecer los embalses que alimentan acueductos e hidroeléctricas, tener colectores y tanques para almacenar aguas lluvias, por decir algo, a modo de algunas medidas que se pueden tomar, pero temo que volvamos al eterno retorno, al disco rayado, a la película que ya vimos, a la cantaleta de siempre. ¿Hasta cuándo?, ¿cuándo será que aprendemos la lección, nos quejamos menos y somos más cuidadosos y también más responsables?

martes, 19 de julio de 2022

De cara la porvenir: ¿humanos o curíes?

Por Pedro Juan González Carvajal*

Después de un par de años en que pasamos sin un período formal de verano, por fin comienzan tímidamente a presentarse algunos días soleados, lo cual, de manera que llama la atención por lo rápido del acontecimiento, sirve para secar y desecar un poco la superficie que se encuentra absolutamente entrapada por la cantidad de agua que ha caído, superando todas las estadísticas y los estándares históricos.

Hemos enfrentado tragedias humanas, destrucción de la infraestructura vial, afectación de los cultivos y rompimiento de los ciclos tradicionales.

Pero si por acá llueve, en otros lugares las temperaturas son altísimas y sus consecuencias también brutales. Parece que el cambio climático comienza a mostrar sus dientes y se comienzan a atisbar negros atardeceres para los terrícolas de esta época.

Por otra parte, se habla de que para el año 2050 habremos llegado a la increíble y peligrosa cifra de 9.000 millones de habitantes que compartimos el mismo planeta, lleno de desigualdades, usufructuando sus recursos y depredando lo poco que queda por consumir.

En 1900, éramos 1.800 millones de personas y en 120 años nos hemos multiplicado por 4, lo cual no se compadece con las capacidades actuales para atender las demandas de todo tipo que tal mareada humana exige.

Ya lo anticipaba Aurelio Peccei y el Club de Roma en 1972 con su primer texto guía, “Los límites del crecimiento”. Argumentando bajo la perspectiva de la lógica Malthusiana, asevera que mientras la población crece en proporciones geométricas, los recursos, si acaso, crecen en términos aritméticos, lo cual lleva obligatoriamente a la desigualdad, la injusticia y la confrontación.

Pasando a otro asunto, no sale de su asombro y su perplejidad la sociedad japonesa ante el asesinato del exprimer ministro Shinzo Abe, asesinato que todos lamentamos. Da fe, la reacción de estupor y de indignación japonesa ante el magnicidio, de la sensibilidad, el respeto y el nivel de civilidad alcanzado, donde un hecho como estos no tiene explicación lógica ni cabida en la cotidianidad.

Me recuerda el asesinato del primer ministro sueco en ejercicio Olof Palme, el 28 de febrero de 1986.

Qué lejos estamos nosotros de comprender esta situación y de entender este tipo de reacción. La fuerza de los acontecimientos, la ineficacia en la aplicación de justicia, la impunidad generalizada, nos ha hecho perder la sensibilidad y a ver con los ojos de la violencia y de la indiferencia, los hechos que en otras partes son vistos como atrocidades. Matan niños, crecen los feminicidios, masacran a los líderes sociales, asesinan policías y soldados, pero caen también periodistas, sindicalistas, ambientalistas y personas del común, desbordando todas las estadísticas y haciéndonos aparecer ante el mundo como verdaderos salvajes.

Salvajes desnaturalizados ante un remedo de sociedad impávida donde las madres abandonan a sus hijos, donde los hijos asesinan a sus madres, donde los hermanos se matan entre ellos, donde se abusa de los niños, donde se ultraja a las mujeres, donde el dinero todo lo compra, donde la corrupción se ha adentrado hasta los tuétanos y donde los vestigios de humanidad se pierden entre las sombras y las realidades grotescas a las cuales lamentablemente nos hemos acostumbrado.

Pero lo más grave es que cada hecho aislado anunciado con bombos y platillos por unos medios de comunicación amarillistas y por funcionarios públicos vitrineros y pantalleros, rápidamente es reemplazado por otro hecho que causa el mismo asombro fariseo que acompañó a los hechos anteriores y que nos hace olvidar el historial que vamos dejando atrás.

Aquí no hay ni memoria, ni conciencia, ni decencia, ni perdón, ni olvido. Aquí no hay rastros mínimos de civilidad, de decoro, de dignidad, de arrepentimiento o de ganas efectivas y voluntad política y social para cambiar el estado de cosas.

Nos erguimos como hombres, adquirimos la dimensión humana, alcanzamos la noción de humanidad y hoy todo lo hemos tirado por la borda, haciendo del humanismo un simple concepto amparado por una lánguida retórica.

Para colmo, actuamos con el fariseísmo denunciado en los Evangelios. La doble moral, el todo vale, el sí, pero no, el incumplimiento de la palabra empeñada, el agotamiento de la credibilidad en casi todas las instituciones nos tiene parados sin rumbo, en un mundo donde la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad, y la ambigüedad se han convertido en una constante.

¡Qué pesar de nuestra exuberante, rica y tradicionalmente mal querida y mal administrada Colombia!

Lamentablemente, mientras llegan unas verdaderas generaciones de relevo, seguiremos yendo “viento en popa hacia la deriva”.

martes, 17 de mayo de 2022

De cara al porvenir: ¿qué vamos a hacer con nuestro carbón?

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

En el pódium de los principales productos que configuran nuestra base exportadora, aparece el carbón, y es gracias a este producto que hemos podido sobrevivir con menos sobresalto a los vaivenes del precio del petróleo en el ámbito internacional, en diferentes momentos del tiempo.

El carbón ha sido uno de los principales productos que han acompañado a la humanidad en el último milenio. Primero el carbón de leña que casi acaba con la floresta inglesa y luego el carbón mineral, como elemento de primer orden en los procesos de industrialización, al aparecer los motores y las máquinas a vapor.

La crisis ambiental que sufre el planeta hoy ha obligado de manera tardía a enfrentar con alguna voluntad política este fenómeno que podría llevar a la humanidad a su colapso.

El cambio climático como uno de los principales vectores de la crisis, lleva a enfrentarnos directamente con el uso o no de los combustibles fósiles, dentro de los cuales aparece obviamente el carbón.

Los recientes compromisos por tratar de hacer frente al cambio climático parten de declaraciones y compromisos por parte de los países industrializados para ir disminuyendo paulatinamente el uso de los combustibles fósiles, hablando de puntos de llegada a mediados del presente siglo y para el caso del carbón, se habla y se firman acuerdos para dejar de consumirlo en ciertas regiones del planeta al finalizar el presente decenio, es decir, al 2030.

Como “una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando”, la guerra entre Rusia y Ucrania ha dejado al descubierto la enorme dependencia de muchos de los países dizque poderosos del petróleo y sobre todo del gas ruso, lo que podría llevar a atrasar el cumplimiento de los compromisos pactados con respecto a dejar de usar el carbón en el corto plazo, lo cual evidenciaría, de nuevo, que el corto plazo se impone al largo plazo y que entonces las economías  están por encima de la sostenibilidad del planeta, lo cual muestra lo “cabeciduros y egoístas que somos”.

Para un país subdesarrollado como Colombia, lo anterior podría ser visto como una “buena noticia”, aun cuando el que pierda sea el planeta como un todo, sin olvidar que nosotros los colombianos, también hacemos parte y estamos en ese planeta agonizante.

Sin embargo, es importante que hagamos un detente y pensemos un momento: antes del inicio de la guerra entre Rusia y Croacia ya se conocía la decisión de la Comunidad Europea, de Israel, y aún de China, que son nuestros principales compradores de carbón, de disminuir el volumen de compras hasta llegar a un punto de no trabajar más con carbón.

La pregunta seria es: ¿y quiénes, en este momento, están estudiando en Colombia la manera cómo vamos a reemplazar para nosotros este importantísimo renglón de exportación? ¿El gobierno? ¿Los gremios económicos? ¿La academia?

Que yo sepa, ninguno, lo cual evidencia una vez más el pequeño país al cual pertenecemos y a la mentalidad indolente que nos domina.

Si fuéramos un país serio, que no lo somos, todos los recursos de investigación destinados por Minciencias deberían orientarse a buscar soluciones y alternativas a este problema y todas las instituciones de educación superior deberían estar preocupadas por este asunto de innegable importancia para la sostenibilidad del país.

Lamentablemente, esto no es así y lo más seguro es que ni siquiera tengamos conciencia de la dimensión del problema al cual estamos enfrentados.

¿Con cuáles productos, bienes o servicios vamos a reemplazar y a compensar los miles de millones de dólares que nos genera la exportación de carbón?

¿Cuál va a ser el impacto que sufrirán las comunidades que están asentadas en geografías carboníferas cuyo día a día gira alrededor del carbón?

¿Será que nos tendremos que comer nuestro carbón por falta de previsión?

¡Amanecerá y veremos!

martes, 21 de septiembre de 2021

De cara al porvenir: programa poco ortodoxo

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

¿Qué tal si nos ponemos serios de una vez por todas y establecemos una agenda ambiental para Colombia que sirva de guía de obligatorio cumplimiento para que el casi medio centenar de precandidatos organicen sus programas de gobierno con un foco claro y puedan presentar estrategias viables para cada caso?

El informe de la ONU sobre el cambio climático no da espera. El que siga creyendo que eso es una invención de un grupo de humanos, allá él. Yo me considero un hijo de la razón y de la ilustración, y por eso creo y respeto a la ciencia.

Que la ONU se atreva a decir que ya hay efectos irreversibles, debe ponernos en verdaderas alarmas. Esa expresión nunca se había expresado abiertamente por un organismo de la importancia de la ONU. Digamos, para el caso de los que no entienden o no quieren entender, que “si el río suena, piedras lleva”.

Como esto requiere acción inmediata, pues debemos proponernos llegar a emisiones cero en un período de tiempo corto. ¿20 años? ¡Quién sabe si el planeta nos da espera!

¡Pilas! Esto ya es una cuestión de supervivencia

Propongo que, una vez reconocido el territorio, cuidemos y crezcamos las áreas correspondientes a:

1.    Páramos: 7 páramos que equivalen al 56% del área mundial de páramos.

2.    Bosques: 63.777.519 hectáreas.

3.    Selvas: incluidas en el dato anterior.

4.    Áreas protegidas: 122 nacionales, 228 regionales y 933 locales.

5.    Parques nacionales naturales: -PNN-. 43.

6.    Santuarios de fauna y flora: 12.

7.    Áreas naturales únicas: 1. (Los Estoraques).

8.    Áreas de reserva forestal -ARF-: 2.155.591 hectáreas en Serranía de San Lucas, Carare-Opón y Serranía Motilones.

9.    Áreas de manejos especiales.

10. Áreas de protección ecológica: 59 con 14.268.224 hectáreas.

11. Reservas nacionales naturales -RNN-: 2.

12. Vía parque: 1 (Salamanca).

Que tengamos además un estrategia seria y continuada para el manejo y protección de:

1.    Mares: Atlántico, Pacífico, Caribe y Antillas.

2.    Líneas costeras: 2.900 km de costas.

3.    Corales.

4.    Vertientes hidrográficas: Caribe, Pacífico, Amazonas, Orinoquía y Catatumbo.

5.    Nacimiento de ríos.

6.    Cauces de ríos: Más de 50.

7.    Canal del Dique.

8.    Canal de la Mojana (por construir).

9.    Distritos de riego.

10. Lagos: 1.800 cuerpos de agua.

11. Lagunas: incluidas en el dato anterior.

12. Aguas subterráneas.

13. Nevados: Ruiz, Tolima, Santa Isabel, Quindío y Cisne.

De igual manera se requieren programas especiales para el manejo de aguas servidas, el manejo de los residuos sólidos y el manejo de la erosión del territorio y de las costas, teniendo en cuenta además la calidad del aire, del suelo, del mar y del agua, y la contaminación electromagnética, radiactiva, térmica, genética, visual, lumínica, acústica, difusa, puntual, química y biológica.

¿Qué tal si además protegemos como se corresponde y aprovechamos los patrimonios de la humanidad que la Unesco ha declarado para el caso colombiano?

Estos son los patrimonios de la humanidad que hoy aporta Colombia, teniendo en cuenta que las fuentes oficiales no se ponen de acuerdo con respecto al número exacto.

1.    San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Reserva mundial de la biósfera.

2.    Complejo Lagunar Ciénaga Grande de Santa Marta. Reserva mundial de la biósfera.

3.    Laguna de la Cocha. Humedal de importancia mundial.

4.    Andes Tropicales. Ecorregión terrestre prioritaria.

5.    Chocó-Darién. Ecorregión terrestre prioritaria.

6.    Ensenada de Utría. Patrimonio ecológico de la humanidad.

7.    Parque de San Agustín. Patrimonio histórico de la humanidad.

8.    Serranía del Chiribiquete. Patrimonio ecológico de la humanidad.

9.    Camellones del Caño Carate y Esteros de San Esteban. Patrimonio histórico de la humanidad.

10. Camellones del Río San Jorge. Patrimonio histórico de la humanidad.

11. Parque Nacional de los Katios. Patrimonio ecológico de la humanidad.

12. Hipogeos de San Andrés de Pisimbalá. Patrimonio histórico de la humanidad.

13. Tumbas de Tierradentro. Patrimonio histórico de la humanidad.

14. Mompox. Patrimonio histórico de la humanidad.

15. Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta. Patrimonio histórico de la humanidad.

16. Sierra Nevada de Santa Marta. Ecorregión terrestre prioritaria.

17. Cartagena de Indias. Patrimonio histórico de la humanidad.

18. Carnaval de Barranquilla. Patrimonio oral intangible de la humanidad.

19. San Basilio de Palenque. Obra maestra del patrimonio oral intangible de la humanidad.

20. Isla de Malpelo. Patrimonio natural de la humanidad.

21. Semana Santa de Popayán. Patrimonio cultural y religioso de la humanidad.

22. Carnaval de Blancos y Negros. Patrimonio oral intangible de la humanidad.

23. Paisaje Cultural Cafetero. Patrimonio de la humanidad.

24. Sistema Normativo de los Wayuu aplicado por el Palabrero. Patrimonio oral e intangible de la humanidad.

25. Música de marimba y cantos tradicionales del Pacífico Sur de Colombia. Patrimonio oral e intangible de la Humanidad.

26. El saber tradicional de los chamanes Jaguares del Yurupari en la Amazonía. Patrimonio oral e intangible de la humanidad.

27. El vallenato. Patrimonio cultural de la humanidad.

28. El canto de la vaquería. Patrimonio cultural de la humanidad.

Deben reconocer apreciados lectores, que para la mayoría de ustedes este listado es un verdadero descubrimiento, lo cual evidencia una vez más la mala calidad de nuestro pretenciosamente llamado sistema educativo.

Lo que no se conoce no se puede respetar, ni querer, ni valorar. Hay países que con un solo patrimonio construyen y configuran su PIB alrededor de una apropiada, dinámica y seria actividad turística.

Sin conciencia geográfica e histórica, qué lejos estamos de poder llamarnos sociedad política y mucho menos nación.

A la protección y cuidado de la naturaleza y los recursos naturales, se le debe acompañar con acciones de carácter demográfico, de redensificación territorial, económico, industrial, tecnológico, político, de movilidad, entre otros tantos que miraremos en un futuro cercano.

Nota: en el hoy, una buena educación debe generar conciencia colectiva. Las redes sociales deben servir para divulgar conocimiento. Debemos abrir espacios para escuchar a nuestros científicos en las distintas áreas del saber y saber que nos pueden proponer. Y todos debemos entender que, para ser verdaderamente libres, debemos educar.

sábado, 18 de enero de 2020

El verano


Por Andrés de Bedout Jaramillo*

Andrés de Bedout Jaramillo
Pidámosle a nuestro Señor Jesucristo que llueva rápido.

Estamos a mediados y rápidamente a finales de enero y desde el 1 de enero, no cae gota de agua. Ya los agricultores empiezan a tomar medidas para salvar sus cultivos, utilizando el riego artificial, con un recurso de agua escaso y costoso de mover. Llevarlo a cada planta en los volúmenes requeridos para su cabal supervivencia y desarrollo, es obra de titanes, pero toca hacerlo para evitar el punto de no retorno, cuando la planta ya está tan débil y tan triste que se hace imposible revivirla, además de la vulnerabilidad a las plagas.

La importancia del agro, especialmente en nuestro país es inmensa, nuestra economía, cada día va dependiendo más de la explotación de nuestros campos y están bien animados los inversionistas comprando tierras para adelante proyectos agropecuarios de todo tipo.

El riesgo más grande para este importante sector de la economía, es el verano, el cambio climático, el calentamiento global, que hacen impredecibles e inmanejables los veranos y los inviernos.

Si todos empezamos a asumir costumbres sencillas que contribuyan a mitigar estos fenómenos, podremos tener comportamientos de la naturaleza, más favorables.

Como nunca es tarde, he decidido mantener a la mano el envase pet vacío de gaseosa, para irlo llenando de todo tipo de residuos de plástico: Tengo desde hace muchos años el recipiente para las baterías usadas, hoy empiezo a llenar de residuos vegetales únicamente, un tanquecito plástico mediana, para hacer abono, de tiempo atrás recogemos el agua de la ducha para vaciar el sanitario, usamos bolsas de polipropileno reutilizables para el mercado, sigo tratando de cambiar el carro por el transporte público, en fin, hay un sin número de costumbres y conductas, que si todos las adoptamos, todos nos favorecemos y viéndolo bien, es fácil, somos animales de costumbres, y debemos aprovechar la cantidad de facilidades qué hay hoy para entregar estos materiales contaminantes y de difícil descomposición, para que con ellos se hagan procesos de recuperación y/o de destrucción responsables.

El agua, es la fuente la vida, cuidémosla como el bien más preciado; las fuentes de producción de agua se deben considerar como lugares sagrados y empecemos a considerar almacenamientos de agua lluvia para nuestros hogares, empresas y muy especialmente para los cultivos.

viernes, 23 de agosto de 2019

El rancho ardiendo


José Leonardo Rincón,S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Jerónimo Nadal, en los primeros años de existencia de la Compañía de Jesús, fue un hombre clave que contribuyó en mucho a la expansión del carisma y obra ignacianos. A él se le atribuye la frase: “el mundo es nuestra casa”, una muy diciente afirmación que cobra cada día mayor validez. Solo concibiendo así el planeta tierra, entenderemos que el universo va mucho más allá de nuestras propias narices y que el cuidado de la casa común, como invita el Papa Francisco en su encíclica Laudato Sí, es una tarea apremiante e imperativa y no un capricho de temporada.

Con dolor observo las imágenes que nos muestran una porción de la Amazonia ardiendo, al parecer por un incendio provocado y difícilmente controlable. Con elemental preocupación veo que el presidente galo, Macron, invita a que el G7 aborde el tema, pues la selva amazónica es el pulmón del mundo. Con indignación estupefacta que supera todo desconcierto, no puedo creer que Bolsonaro, brasileño presidente, reconocido por su deseo de talar la selva, rechace la propuesta francesa y la califique de intrusión colonialista. Oye: ¿en manos de quiénes estamos? Porque Trump se salió del pacto global sobre el calentamiento climático dizque porque ese fenómeno no existe y ahora este otro señor le vale huevo su selva en llamas. A esta gente solo le importa lo suyo, su plata, su confort… los demás que se frieguen. Inaudito.

Recientemente, las noticias informaron sobre el desprendimiento de parte del casquete polar nórdico y advirtieron lo que esto implicaría de elevación del nivel del mar y consiguientes inundaciones en varios puntos del globo. Alertaron, igualmente, sobre la necesidad de tomar medidas de choque para frenar una debacle que ya se avizora. Si no se para la tala de árboles, si no se cuidan las fuentes de agua, si no se deja de botar tanta basura a ríos y mares, entre otras muchas medidas, caminamos con paso firme hacia el abismo.

Con alegría y esperanza veo una especial sensibilidad en las jóvenes generaciones sobre el tema. Parecieran tener claro que no tendrán futuro si no se frena el abuso al que sometemos a diario nuestro planeta tierra. Recuerdo también hace décadas a los de Greenpeace alertándonos sobre la catástrofe que veían venir y cómo se les miraba con desdén, por no decir desprecio, a esos locos romanticones de la ecología. Literalmente hoy día nuestro rancho está ardiendo, por otro se está inundando, a la par se está muriendo de sed por la aridez. El cambio climático es una realidad. Lo sentimos a diario: de calores infernales a fríos espantosos. En un mismo día llueve y hace sol varias veces. El verano registra temperaturas inéditas y el invierno unos termómetros increíblemente bajos.

Para no ir tan lejos, tenemos que cuidar lo nuestro. Las denuncias sobre los inminentes daños en el Páramo de Santurbán por la minería extractiva; la voracidad tras el afán del fracking para sacar petróleo con agua a presión; el daño ecológico por la fumigación con glifosato; la creciente contaminación, casi irreversible de nuestros ríos; los incendios forestales provocados por perversas manos criminales; las toneladas de desechos plásticos que inundan nuestros mares… algo tiene qué cuestionarnos. Pedir cuidar nuestra casa común no es discurso político colonialista, no es fiebre pasajera de poetas románticos, no es postura ideológica de moda, no es exageración alarmista de unos cuantos. Pedir cuidar nuestra casa cuando el rancho está ardiendo es quizás ya una voz tardía que grita en el desierto. Quizás, de pronto, alguien la escuche. Quizás estemos aún a tiempo.