Mostrando las entradas con la etiqueta Amazonia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Amazonia. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de octubre de 2019

Amazonas en la mira


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
No es el título de una nueva película, tampoco se imaginen que voy a referirme a esas voluptuosas mujeres, intrépidas, valientes e indomables guerreras, provenientes de la rica y legendaria mitología greco-romana. No. Hoy quiero compartir con ustedes mis reflexiones sobre esta vasta zona geográfica considerada el pulmón de la humanidad (aporta el 20% del oxígeno global), esa gigantesca región (se dice que son 7 millones de kilómetros cuadrados), depositaria de un tercio de la biodiversidad planetaria, ubicada en nuestro continente y compartida por 9 países, entre los cuales nosotros, el cuarto con más área selvática.

La Amazonia está en la mira del mundo de modo especial por estos días por dos razones: una, porque un área bastante significativa ha sido afectada por incendios y, otra, porque en Roma y convocado por el Papa Francisco, se adelanta por tres semanas el Sínodo de los Obispos con este tema.

No nos digamos mentiras, pero por lo menos en mi caso y durante la mayor parte de mi vida, más allá de saber algunos datos generales, por no decir vagos, era casi nulo mi interés por esta zona. En realidad, parecía no solo lejana sino inaccesible, inexpugnable, quizás inspiradora de películas sobre serpientes gigantes, tarántulas y toda clase de animales salvajes, delfines rosados jugueteando en el segundo río más largo del mundo, tan ancho tan ancho que no se divisaba la otra orilla, tan profundo, que barcos de hondo calado podían navegarlo, otros ríos plagados de pirañas que se devoraban a sus víctimas en segundos, tierras inhóspitas e insalubres donde llovía la mayor parte del año, con árboles tan grandes que no dejaban asomar el sol, tribus de indígenas que nunca habían tenido contacto con la “civilización”, mejor dicho, otro mundo.

Y es verdad, la Amazonia es otro mundo, no solo para descubrir, sino sobretodo para cuidar. La Compañía de Jesús misma había tenido misioneros en algunos de sus países, pero no en Colombia. Mi compañero de ordenación presbiteral que lo fue desde el Noviciado, después de obtener su doctorado como antropólogo en París se fue a trabajar allí por una década, fue provincial de lo que llamamos en su momento el DÍA (Distrito Interprovincial Amazónico) con sede en Manaos y hoy está en el Sínodo, invitado por el Papa. Solo hasta ese momento comencé, yo creo que con muchos otros, a interesarme más por este rincón tan importante del planeta. Años después, la conferencia de provinciales crea una red panamazónica y establece una base de trabajo en Leticia que voy a conocer hace apenas tres años por el interés de la Javeriana en vincularse a la región.

El hecho es que los ojos del mundo están puestos hoy en el Amazonas. Con preocupación global por los enormes incendios, dicen provocados por manos criminales; con rabia con el presidente Bolsonaro que se siente su dueño y califica de entrometidos a su colega francés y al Papa mismo por referirse a la situación. Porque el Amazonas es de todos y no de unos pocos que quieren enriquecerse explotándolo. Y a nivel eclesial, porque con la escasez de clero, la atención pastoral a sus gentes, en aquellas distancias, no ha sido la mejor y por eso la propuesta de ordenar sacerdotes a hombres mayores, casados y probados. Porque las estrategias evangelizadoras no pueden ser las mismas de otras épocas. Porque la Iglesia debe ser abanderada, junto con otros movimientos ecologistas de su protección y cuidado. Francisco con su encíclica Laudato Si ha llamado la atención al respecto y ya tenemos claro que no se trata de una motivación romántica sino de nuestra supervivencia como especie humana.

Vamos a ver en qué para todo esto. Sin duda, hay muchos intereses en juego: ecológicos, económicos, políticos, religiosos, entre otros. No siempre convergen y por eso la Amazonia seguirá en la mira por mucho tiempo, dará mucho que hablar y la Iglesia jugará un rol muy importante en su cuidado. Veremos las conclusiones del Sínodo y el Papa no vacilará en tomar posturas que a muchos les resultarán incómodas. Lo comentaremos en su momento.

viernes, 23 de agosto de 2019

El rancho ardiendo


José Leonardo Rincón,S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Jerónimo Nadal, en los primeros años de existencia de la Compañía de Jesús, fue un hombre clave que contribuyó en mucho a la expansión del carisma y obra ignacianos. A él se le atribuye la frase: “el mundo es nuestra casa”, una muy diciente afirmación que cobra cada día mayor validez. Solo concibiendo así el planeta tierra, entenderemos que el universo va mucho más allá de nuestras propias narices y que el cuidado de la casa común, como invita el Papa Francisco en su encíclica Laudato Sí, es una tarea apremiante e imperativa y no un capricho de temporada.

Con dolor observo las imágenes que nos muestran una porción de la Amazonia ardiendo, al parecer por un incendio provocado y difícilmente controlable. Con elemental preocupación veo que el presidente galo, Macron, invita a que el G7 aborde el tema, pues la selva amazónica es el pulmón del mundo. Con indignación estupefacta que supera todo desconcierto, no puedo creer que Bolsonaro, brasileño presidente, reconocido por su deseo de talar la selva, rechace la propuesta francesa y la califique de intrusión colonialista. Oye: ¿en manos de quiénes estamos? Porque Trump se salió del pacto global sobre el calentamiento climático dizque porque ese fenómeno no existe y ahora este otro señor le vale huevo su selva en llamas. A esta gente solo le importa lo suyo, su plata, su confort… los demás que se frieguen. Inaudito.

Recientemente, las noticias informaron sobre el desprendimiento de parte del casquete polar nórdico y advirtieron lo que esto implicaría de elevación del nivel del mar y consiguientes inundaciones en varios puntos del globo. Alertaron, igualmente, sobre la necesidad de tomar medidas de choque para frenar una debacle que ya se avizora. Si no se para la tala de árboles, si no se cuidan las fuentes de agua, si no se deja de botar tanta basura a ríos y mares, entre otras muchas medidas, caminamos con paso firme hacia el abismo.

Con alegría y esperanza veo una especial sensibilidad en las jóvenes generaciones sobre el tema. Parecieran tener claro que no tendrán futuro si no se frena el abuso al que sometemos a diario nuestro planeta tierra. Recuerdo también hace décadas a los de Greenpeace alertándonos sobre la catástrofe que veían venir y cómo se les miraba con desdén, por no decir desprecio, a esos locos romanticones de la ecología. Literalmente hoy día nuestro rancho está ardiendo, por otro se está inundando, a la par se está muriendo de sed por la aridez. El cambio climático es una realidad. Lo sentimos a diario: de calores infernales a fríos espantosos. En un mismo día llueve y hace sol varias veces. El verano registra temperaturas inéditas y el invierno unos termómetros increíblemente bajos.

Para no ir tan lejos, tenemos que cuidar lo nuestro. Las denuncias sobre los inminentes daños en el Páramo de Santurbán por la minería extractiva; la voracidad tras el afán del fracking para sacar petróleo con agua a presión; el daño ecológico por la fumigación con glifosato; la creciente contaminación, casi irreversible de nuestros ríos; los incendios forestales provocados por perversas manos criminales; las toneladas de desechos plásticos que inundan nuestros mares… algo tiene qué cuestionarnos. Pedir cuidar nuestra casa común no es discurso político colonialista, no es fiebre pasajera de poetas románticos, no es postura ideológica de moda, no es exageración alarmista de unos cuantos. Pedir cuidar nuestra casa cuando el rancho está ardiendo es quizás ya una voz tardía que grita en el desierto. Quizás, de pronto, alguien la escuche. Quizás estemos aún a tiempo.