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miércoles, 25 de marzo de 2020

Tan largo me lo fiais


José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
La siempre oportuna columna de Hernán González Rodríguez en El Espectador (marzo 19), llama la atención sobre el informe oficial americano, inexplicablemente ignorado en Colombia por los grandes medios, relativo al acuerdo bilateral para reducir el suministro de cocaína, convenido entre los presidentes Trump y Duque en su reciente encuentro.

Gracias al resumen que hace HGR de ese convenio, nos enteramos del compromiso adquirido de “erradicación aérea dirigida por Colombia para reducir los cultivos y la producción de cocaína, en un 50%. para finales de 2023”.
Basta considerar que en 2012 se registraban en los Estados Unidos 1.4 muertes por sobredosis por cada 100.000 habitantes, y que en 2019 la tasa subía a 4.5, para darnos cuenta de la creciente magnitud del problema de la drogadicción en ese país, mientras en Colombia la narcoindustria avanza hacia la conquista completa del poder.

El reciente e incontrovertible paper de Andrés Felipe Arias demuestra hasta qué punto dependemos ya de la cocaína como estabilizador de la economía.

Como los males nunca llegan solos, a la crisis del coronavirus se suma la reducción del precio del crudo, que ahora oscila entre los US $ 25 y US $ 30 por barril, con la consiguiente reducción del ingreso de divisas, alza inevitable del dólar oficial, encarecimiento aterrador del servicio de las deudas pública y privada y del costo de los insumos indispensables, lo que nos pone ante un panorama económico desolador.

Seguimos el alza diaria del dólar con asombro, sin darnos bien cuenta de lo irreversible de la tendencia y sin considerar con igual atención el diferencial entre la TRM y el precio del dólar “negro”. Ahora, el oficial se sitúa en la región de los $ 4.150=, mientras las casas de cambio los compran hacia los $ 3.300 - 3.500=. Un diferencial de $ 800= indica hasta dónde llega el inmenso flujo de los dólares procedentes de la exportación de cocaína, ¡segundo (o primer) renglón de nuestro comercio exterior!

El compromiso de reducir ese abominable tráfico para 2023 tiene un plazo aparentemente muy largo, dada la gravedad del fenómeno, pero ¿sí habrá gobierno en Bogotá capaz de cumplir? ¿O antes de esa fecha ya habrán llegado al poder los agentes del narcoestado?

Comentando este asunto, un suspicaz amigo se pregunta si la situación de Colombia no ha llegado a ser como la de la familia venida a menos que tiene que resignarse a la prostitución de la hija para asegurar la alimentación de los más pequeños.

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Negocios y gobierno – Éric Vuillard es un escritor y cineasta que siempre que publica una novela gana uno de los grandes premios literarios de Francia. Con “El orden del día” (2ª ed. colombiana; Bogotá: Tusquets; abril 2019), ha obtenido el Goncourt de 2017. Relata la anexión de Austria por Hitler, enmarcada por el recuento de la complicidad de los 24 cacaos alemanes con el régimen nazi, que apoyaron desde su inicio.

Esta es una terrible historia: ¿Simple equivocación política o culpable complicidad?, que no nos sorprende porque nadie puede hacer negocios contra el gobierno; y menos si este es una dictadura totalitaria. Algo de eso sabemos en Colombia: los cacaos apoyaron la entrega del país a las FARC y al PCC asegurándose proficuos negocios, sin pensar hasta dónde estaban vendiendo la famosa soga con la que se les ahorcará. Y siguen estos mismos magnates, eternos gobiernistas, negando cualquier contribución económica a los movimientos que buscan la supervivencia de la democracia, mientras la extrema izquierda más radical controla todos los medios masivos de propiedad capitalista.

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Más de un nombramiento reciente en el alto gobierno recuerda el comentario de Gladstone cuando Lord Rosebery fue designado por Disraeli como Secretario de Relaciones Exteriores: ¡No se veía un nombramiento más desacertado desde cuando Calígula hizo cónsul a su caballo Incitatus!

jueves, 26 de diciembre de 2019

Definitiva resignación o enérgica recuperación


Por José Alvear Sanín*

“Cuando un peligro se aproxima, dos voces hablan en el alma del hombre con la misma fuerza: una, pide que reflexione sobre la calidad misma del peligro y la manera de evitarlo. La otra dice que es demasiado penoso, demasiado duro, pensar en los peligros cuando no es posible prevenirlos ni evitarlos, de manera que es mucho mejor volver la espalda a las cosas penosas y pensar en las agradables”.

—Lev Nikolaievich Tolstoi. Guerra y Paz. II parte. Cap. 17

José Alvear Sanín
La mayor parte de la población, en cualquier país, ignora los complejos detalles de la economía y la política. Las gentes viven, entonces, el día a día, distraídas por el fútbol y la farándula. Esa situación normal es saludable, porque no puede pedirse a la masa el análisis reservado a las élites. Mientras la economía asegure alguna prosperidad y sea esperable un crecimiento futuro, los países siguen su vida habitual.

En Colombia, por obra de la narcoindustria, conservamos un cierto equilibrio precario, que permite el funcionamiento del país. Sin embargo, ha llegado el momento de percatarnos de que esta aparente normalidad enmascara una profunda inquietud. Nos hemos resignado a vivir a la espera del batacazo, porque todo el mundo, de manera fatalista, mira hacia el horizonte 2020-22 sin optimismo.

La iniciativa política se ha convertido en monopolio de una extrema izquierda que no encuentra reacción en una sociedad desanimada y en un gobierno abúlico, por decir lo menos. En ese clima opera en condiciones ideales una fuerza revolucionaria incansable, que sigue un plan estratégico bien estructurado y mejor financiado.

Domina en las Cortes, el Congreso, los medios, la educación, y hasta en la Iglesia. Las gentes captan esta situación y por eso se resignan, esperando la inevitable caída del régimen dentro de dos años y siete meses.

Sin duda alguna, el de Petro habría sido el agresivo gobierno “de transición”, pero el de Duque ha resultado ser el de la indecisión y el acomodo, y hasta se puede pensar que, a pesar de la elocuencia oficial, el presidente adelanta un gobierno de transición suave y silencioso…

El único apoyo que le queda al gobierno es el de quienes aspiran a vivir hasta esa fecha aterradora como si nada estuviera pasando. Pero nada hay más perjudicial que negarnos a reconocer que el país va por el camino hacia la aniquilación económica y social.

Por eso es necesario detener esa carrera, con el gobierno, sin el gobierno o contra el gobierno.

Como la situación no da espera, el propósito de año nuevo es el de sacudirnos, porque a partir del 1° de enero hay que reunir las fuerzas familiares, patrióticas, productivas y morales del país, en un creciente movimiento de recuperación nacional. El país no puede esperar por más tiempo la aparición de un líder para esa inaplazable tarea colectiva.

¡Los tiempos de los diagnósticos han pasado y ha llegado el de la acción!

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Ofensiva sin contraataque


Por José Alvear Sanín*

“En definitiva, todos los rivales de Lenin habrán tenido la debilidad de no haber estado lo suficientemente atentos a sus propósitos y sus escritos. De haberlos leído, hubieran podido percibir mejor, o prever, lo que sería un hecho importante de la Revolución de Octubre: el papel de los “profesionales” en la manipulación de las instituciones, a la que se dedicarán briosamente, siguiendo a su maestro”.

-Helène Carrere d´Encausse. Lénine. París: Fayard; 1998. p. 322

José Alvear Sanín
Lo anterior parece escrito para la Alemania de los años veinte o para la actual Colombia. Así como Mein Kampf pasó desapercibida y Hitler pudo llegar al poder, de la misma manera está sucediendo en Colombia, donde nadie —especialmente en el gobierno y en los partidos políticos— quiere leer los pronunciamientos de las Farc, del partido comunista aparente, de Anncol ni de Petro, que claramente indican hacia dónde van, dirigidos “profesionalmente” mediante la manipulación e infiltración de las instituciones.

¡Realmente, no queremos saber lo que piensa el enemigo, o preferimos pensar que se ha vuelto amigo!

Contrariamente a los relatos románticos de revoluciones y movimientos populares espontáneos, detrás de todos ellos se encuentran quienes los preparan: en el caso de la Revolución Francesa, la masonería, también presente en la emancipación de la América española; en cuanto a la Revolución Rusa, que venía preparándose desarticuladamente desde 40 años antes, por lo menos, solo se materializa cuando entra en escena el partido profesional revolucionario, creado por Lenin. Este partido, después de 1917, no siempre unido, a veces dividido, dirigirá el avance revolucionario, ya en México, ya en España, en China, Cuba, y ahora, bien experimentado, en Colombia.

En nuestro país, un incansable partido comunista de obediencia cubana, tanto en su ala legal y aparente como en la clandestina, viene preparando la toma de un poder que siempre le fue lejano, hasta cuando uno de sus agentes encubiertos alcanzó la presidencia y dejó amarrado a su sucesor con el tal “acuerdo final”, para obligarlo a ejecutar apenas un gobierno de transición…

Quien no comprenda esto, no podrá entender ni lo que ha pasado, ni lo que está sucediendo, ni lo que viene.

Más de una vez he recordado a mis lectores la respuesta de Ernst Kaltelbrunner al tribunal de Nuremberg. Cuando se le preguntó cómo había sido posible que un gran país como Alemania hubiese caído en manos de una reducida banda de criminales, respondió que mientras el gobierno del Reich tenía que atender tantos problemas difíciles, como el desempleo masivo, las reparaciones de guerra, la inflación galopante, el desorden público por el enfrentamiento violento de nazis y comunistas, la salud pública, etc., ellos solo se ocupaban de alcanzar el poder.

Similar situación se vive en Colombia. Frente a un gobierno agobiado por desmesurada problemática, maniatado por el AF y la parafernalia casuística, y enfrentado a un poder judicial usurpador, el partido comunista clandestino avanza sin resistencia adecuada.

Su eficaz instrumento consiste en un estado mayor secreto, que coordina todas las actividades necesarias para el logro de su único propósito. Se trata de un grupo minúsculo y profesional, de tiempo completo y dedicación exclusiva, frío, experimentado e inteligente, que sigue meticulosamente un plan detallado y bien articulado, con horizonte lejano, concatenada programación cronológica y continua evaluación de resultados frente a metas.

Este grupo coordina todas las actividades subversivas, desde la redacción de leyes perjudiciales y el tenor de sentencias, hasta paros, movimientos estudiantiles y mingas, de tal manera que un gobierno siempre agobiado vaya perdiendo el control del país.

A él obedecen tanto el Partido Comunista Colombiano (legal), el pseudopartido FARC y dirigentes determinantes —es decir, compañeros de ruta e idiotas útiles— en los demás partidos, en la Iglesia y los sindicatos. Domina las universidades y las altas cortes. Controla los medios masivos, reescribe la historia, dirige tanto las falsamente desmovilizadas FARC como las pseudodisidencias, coordinando su accionar con el ELN, lo que le permite participar activamente en la narcoindustria, y goza de los favores de la caja mundial de resonancia, etc.

Mientras su actividad se expande, las fuerzas del orden se reducen en igual proporción, porque han perdido su capacidad de reacción y la correspondiente voluntad política.

Si la democracia colombiana no recupera la iniciativa, afrontando la batalla diaria que exige la preservación del orden público y el mantenimiento de un orden jurídico civilizado, su futuro no puede ser más sombrío, porque los juegos desarticulados de la política clientelista y manzanilla son la receta menos adecuada para defender la libertad ciudadana y asegurar el progreso económico y social.

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Si el nuncio apostólico es el representante diplomático de un Estado extranjero, el gobierno colombiano no debe tolerar su intromisión en la política interna; pero si es el representante de un poder espiritual, la Iglesia no debe admitir su parcialidad en favor de movimientos subversivos, marxista-leninistas, absolutamente contrarios a la auténtica doctrina católica.

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La señora Mogherini, comisaria de exteriores de la UE, cuando entrega en el palacio de Nariño una limosnita de 5 millones de euros para la Comisión del Embuste, ofende la dignidad de Colombia, tomando partido en un país que no conoce y patrocinando la tergiversación política de nuestra historia.

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Timochenko se hace el bobo cuando censura la “deserción” de Márquez y Santrich, porque no cree que Maduro, comprometido —según él—con la paz de Colombia, pueda estar apoyando a sus dos cercanos “excamaradas”.