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martes, 14 de julio de 2026

El gran potencial de hidrocarburos no convencionales en Colombia

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

La Formación La Luna es una de las unidades geológicas más importantes del Valle Medio del Magdalena y de Colombia, depositada hace aproximadamente 90 millones de años en ambientes marinos de aguas profundas, lo que permitió la acumulación y preservación de grandes cantidades de materia orgánica, provenientes de la abundante fauna marina que existió en ese hábitat. En la Formación La Luna se encuentra el yacimiento no convencional de hidrocarburos -gas natural y crudo- más prospectivo de Colombia, considerado el tercero en volumen de reservas y potencial de extracción en el hemisferio occidental.

Por efecto de fuerzas tectónicas durante el paroxismo andino del Terciario Superior (etapa de máxima intensidad y levantamiento acelerado la Cordillera de los Andes), una parte de los hidrocarburos contenidos en la Formación La Luna, a través de fracturas migró hacia rocas areniscas de las formaciones Lisama y La Paz del Terciario Inferior, que por su alta porosidad permitieron la acumulación del petróleo[1]. Las formaciones Lisama y La Paz conforman el yacimiento de petróleo más importante de Colombia, explotado por métodos convencionales desde 1918, cuando La compañía estadounidense Tropical Oil Company descubrió el primer pozo comercial del país (Infantas No. 1) en el corregimiento de El Centro, en Barrancabermeja. A partir de 1951, Ecopetrol asumió el control directo de los campos y la refinería entregados por Tropical.

En el Corregimiento de Casabe (Municipio de Yondó, Departamento de Antioquia) en el mismo Valle Medio del Magdalena), en 1941 la compañía holandesa Shell descubrió el Campo Casabe un nuevo campo petrolero, geológicamente similar al campo vecino de Barrancabermeja, hoy también operado por Ecopetrol.

Las formaciones Lisama y La Paz son reconocidas por almacenar los grandes yacimientos de petróleo de la cuenca del Valle Medio del Magdalena en los campos De Mares/Infantas en Barrancabermeja, Yariguí-Cantagallo, localizado a unos 20 km al noroeste de Barrancabermeja, en los municipios de Puerto Wilches (departamento de Santander) y Cantagallo (departamento de Bolívar) y de Casabe en el Municipio de Yondó (departamento de Antioquia). La cuenca del Valle Medio del Magdalena tiene una extensión de 34.400 km2, donde se dispone de la infraestructura requerida, incluyendo oleoducto y gasoducto, para el desarrollo de un nuevo campo productor de hidrocarburos no convencionales, contenidos en la Formación La Luna, explotable mediante la técnica de fracturación hidráulica, conocida como fracking.

Como afirmé en mi anterior columna, Colombia enfrenta una crisis inminente de soberanía energética. Con reservas de gas natural que apenas superan los 5 años. El déficit de gas natural en Colombia representa cerca del 39 % de la demanda nacional. El país dejó de ser autosuficiente y actualmente importa una tercera parte del gas que consume, con una caída del 16,8 % en las reservas probadas y una drástica reducción en la producción nacional, lo que exige concentrar todos los esfuerzos para evitar la dependencia de importaciones costosas y nuevos incrementos en las tarifas. A corto plazo las prioridades deben orientarse a agilizar los trámites para poner en operación comercial el proyecto mar adentro (offshore) Sirius y desarrollar el promisorio campo del Valle Medio del Magdalena.

El desarrollo de los proyectos gasíferos Sirius (localizado mar adentro, frente a las costas de la Goajira) y Valle Medio del Magdalena pueden aportar gran parte de los recursos para financiar la transición energética sustentable hacia las energías renovables no convencionales, energías solar y eólica, sin afectar la justicia ambiental para los sectores populares.

Para la puesta en marcha del proyecto gasífero no convencional del Valle Medio del Magdalena se han propuesto dos pozos piloto, que se localizarían en el Municipio de Puerto Wilches, que permitan reducir al máximo los riesgos asociados a la práctica del fracking, en especial las eventuales afectaciones de los acuíferos de agua dulce que podrían ser contaminados durante la operación comercial del campo. Los dos pozos piloto propuestos son: Pozo Kalé, adjudicado a Ecopetrol y Pozo Platero, adjudicado a la asociación Ecopetrol y ExxonMobil.

Los objetivos principales de estos dos pozos piloto, que en realidad deberían llamarse pozos exploratorios, son los siguientes; 1) Determinar el potencial de hidrocarburos contenidos en la Formación La Luna. 2)  Evaluar la viabilidad técnica y económica de desarrollar una explotación comercial del yacimiento, mediante la técnica de fracking y 3). Definir si es seguro usar esta técnica sin causar daños ambientales irreversibles. A la información que aportarán los pozos piloto propuestos, se suma toda la experiencia acumulada por Ecopetrol durante los últimos 75 años en la explotación convencional del gran campo petrolero del Valle Medio del Magdalena.

Registremos con gran complacencia las declaraciones del futuro ministro del Ambiente, el biólogo Fabio Arjona, cuando, en entrevista con Blu Radio del pasado 3 de julio, sostuvo que “la principal tarea que tendrá su administración en materia de explotación de hidrocarburos será hacer un fracking responsable con la ayuda de los otros ministerios”. Esto debe interpretarse como dar vía libre al pozo piloto y a la posibilidad de la explotación comercial del gran futuro campo petrolero del Magdalena Medio por métodos no convencionales (fracking). Esperamos que el futuro gobierno del presidente Abelardo de La Espriella acierte en el nombramiento de un buen ministro de Minas y Energía.



[1] Esta hipótesis, no canónica en la comunidad geológica, explica la migración del petróleo del Valle Medio del Magdalena desde la Formación La Luna hacia formaciones terciarias. Para el autor resulta la más plausible, ya que se basa en eventos ampliamente aceptados.  Para este columnista toda investigación debe partir de la formulación de la hipótesis más simple hacia lo más complejo, no al contrario.

lunes, 27 de abril de 2026

Colombia necesita producir más gas

José Hilario López Agudelo

Entre el 5 y el 17 del corriente mes de abril, Naturgas celebró en Cartagena su Congreso 2026 con la presencia de líderes del sector energético, donde se discutió el papel del gas natural en la transición y seguridad energética de Colombia. El evento destacó la urgente necesidad de fortalecer la infraestructura de importación de gas natural licuado (GNL), así como la de agilizar el desarrollo del proyecto costa afuera (offshore) Sirius.

Debido a la caída en la producción nacional, para cubrir la demanda interna Colombia ha incrementado sus importaciones de GNL las cuales en 2025 totalizaron cerca del 20 % del consumo nacional. Se estima que este porcentaje aumente al 25 % o más hacia finales del presenta año y, de no mejorar la producción nacional, podría llegar hasta el 56 % para 2029. Los precios del gas en 2025 para la industria subieron un 69 % y un 23 % para los hogares. En un escenario optimista se espera que el gas del proyecto Sirus sólo podría entrar en operación comercial en 2030.

En el seno del mismo Congreso de Naturgas, Noticias Caracol coordinó un encuentro titulado "Colombia decide su energía", que contó con la participación de cuatro candidatos presidenciales quienes analizaron el futuro del gas natural y la transición energética en que está empeñado el país. Al encuentro asistieron los candidatos Roy Barreras, Sergio Fajardo, Claudia López y Paloma Valencia.

Entre los temas tratados por los candidatos asistentes al referido encuentro, quisiera destacar su coincidencia en impulsar la producción de gas natural mediante la técnica del fracking (fracturamiento hidráulico en yacimientos no convencionales, también conocidos como gas de esquisto). Los candidatos asistentes, excepto la señora Valencia, estuvieron de acuerdo en que el fracking en Colombia requiere investigaciones previas mediante los llamados pozos piloto, en especial por el riesgo de contaminación de los acuíferos durante la perforación y operación de los pozos productivos. Pareciera que el Gobierno Petro, quien suspendió los pozos piloto, les temiera a los resultados de la investigación por miedo a que indicaran que el fracking se puede adelantar sin riesgo en un determinado campo potencialmente productor, y que la candidata Velencia temiera que los mismos pozos indicaran lo contrario.

Aunque en Colombia no existe una ley en firme que prohíba definitivamente el fracking, el Senado de la República ha aprobado proyectos de ley "antifracking" (como el Proyecto de Ley 114 de 2022), iniciativas que han enfrentado dificultades para completar su trámite en la Cámara de Representantes. En 2025 el Gobierno actual radicó nuevos proyectos con mensaje de urgencia, para buscar la prohibición del fracking, sin que todavía haya logrado su propósito. Mientras el Gobierno Petro busca prohibir el fracking en Colombia, Ecopetrol, nuestra estatal petrolera, depende cada vez más de la operación mediante fracking en la cuenca del Permian, en Texas (Estados Unidos).

En mi opinión persiste el riesgo de que durante lo que queda del actual o en el próximo gobierno se imponga el antifracking, razón por la cual es oportuno seguir profundizando sobre este importante asunto, clave para una transición energética sustentable en nuestro país.

Con este propósito, por ahora me apoyaré en un estudio de La Universidad Nacional de Colombia (Unal), comentado por el autor de estas líneas en una columna publicada el 21 de agosto de 2022 en el blog Juanpaz, titulado Fracking, una visión desde la academia[1].

Desde mediados del siglo pasado la industria petrolera ha utilizado la técnica del fracturamiento hidráulico para la explotación de yacimientos convencionales de petróleo. Con el propósito de aumentar sus reservas, desde hace unas dos décadas varios países empezaron a explotar yacimientos no convencionales de gas y petróleo (YNC) mediante fracking. Estados Unidos es el país que más ha utilizado esta técnica, lo que le ha permitido no sólo superar la dependencia de petróleo importado, sino llegar a ser el mayor exportador mundial de hidrocarburos (petróleo crudo y gas).

El desbordado afán de algunos países por lograr la autosuficiencia energética, en sus comienzos condujo a la masificación del fracking, sin una suficiente previa evaluación de los riesgos que esta práctica conlleva para el entorno natural y las comunidades. Esta situación se presentó principalmente en Estados Unidos, donde el subsuelo es propiedad privada, lo que facilitó a muchos pequeños propietarios del suelo participar en el negocio, con poco control por parte de las autoridades ambientales. Esta eventualidad no debería llegar a darse en Colombia, donde la propiedad del subsuelo es del Estado y donde, para la implementación de esta técnica se ha venido trabajando en una reglamentación con altos estándares, la cual es susceptible de ser mejorada.

El debate sobre la conveniencia o inconveniencias del fracking en el mundo se centra en las eventuales afectaciones a los ecosistemas y entornos socioeconómicos, relacionados con: recursos hídricos, calentamiento global, ocupación del territorio, salud humana y transición energética. Por ahora, me limitaré a las afectaciones a las aguas, tanto superficiales como subterráneas, el recurso que origina el conflicto más sensible con las comunidades.

Entre las afectaciones que el fracking puede generar a las aguas, se consideran: la sobre explotación del recurso (el fracking demanda gran cantidad de agua), así como la contaminación de los acuíferos y de las aguas superficiales con los químicos, que requiere la explotación del hidrocarburo.

De acuerdo con experiencias internacionales, es evidente que, aunque los riesgos asociados al fracking y a sus actividades conexas se pueden presentar en cualquier proyecto de este tipo, independientemente de la zona geográfica donde esté localizado, la valoración de tales riesgos se debe hacer para cada caso, teniendo en cuenta las particularidades de los territorios involucrados. En otras palabras, el fracking no se debe considerar como una técnica inmutable que inexorablemente causará los mismos impactos, independiente del territorio donde se lleve a cabo y de la escala de intervención que se considere. De ahí la necesidad de los pozos piloto.

El primer proyecto piloto de fracking en Colombia autorizado por la Agencia Nacional de Hidrocarburos a Ecopetrol, denominado Proyecto de Investigación Kale, se localiza en las vecindades de Puerto Wilches, en un entorno geológico e hidrogeológico bien conocido por parte de petrolera nacional, donde se han perforado números pozos para la exploración y explotación de petróleo convencional, lo que significa experiencia en el manejo de los impactos a los recursos hídricos. El Proyecto Kale, hay que recalcarlo, es un experimento, que sólo busca conocer si existe gas atrapado en la Formación La Luna, la roca generadora del petróleo en el Magdalena Medio y si es posible extraerlo económicamente sin mayores afectaciones a los recursos hídricos y bióticos del territorio. Prohibir el proyecto piloto Kale equivale, ni más ni menos, a condenar la investigación en Colombia y, sobre todo a rechazar la posibilidad de llegar a alcanzar la soberanía nacional de gas natural, el energético esencial para la transición hacia las energías renovables no convencionales, en que está empeñado el Gobierno nacional.

La explotación de gas de YNC mediante la técnica del fracking, desde el punto de vista económico, presupuestal y social es beneficiosa para los intereses del país, pues se trata del aprovechamiento del gran potencial geológico representado en gruesos paquetes de rocas sedimentarias, hasta hace poco tiempo, sólo considerados como rocas generadoras de petróleo crudo. Como lo anoté atrás, la zona de Puerto Wilches es ideal para empezar a materializar el ambicioso proyecto.

La situación del gas natural en Colombia, como ya lo anoté, acusa un déficit estructural y creciente dependencia de importaciones, con una caída significativa de la producción nacional y de las reservas, lo que ha disparado los precios y agudizado la vulnerabilidad energética del país. Desde finales de 2024, el país dejó de ser autosuficiente en la oferta de gas natural, obligando a importar, afectando hogares, industria y transporte, con proyecciones que advierten sobre una crisis más profunda si no se invierte urgentemente en nuevos proyectos exploratorios y de infraestructura de transporte. La logística de la importación del gas sumada a la guerra de Irán aumenta la presión sobre su precio, es así como el combustible faltante que, por ahora, solo llega a Cartagena genera un sobrecosto del 40 % que impacta la tarifa del gas natural vehicular, el que usa la industria y el que consumen los hogares. De darse un nuevo fenómeno Niño a finales del corriente año, este sobrecosto tendrá que asumirlo la generación termoeléctrica, lo que aceleraría la inflación y el crecimiento económico del país. A lo que hay que agregar que, sin gas natural suficiente para atender las demandas de combustible, volveríamos al carbón y a la leña, lo que retrasaría la transición energética y aumentaría los riesgos climáticos en nuestro país.


[1] https://www.chrdivulgar.org/2022/Agosto/22/juanpaz-net-fracking-una-vision-desde-la-academia.pdf 

lunes, 13 de abril de 2026

El petróleo: botín de las guerras de Trump

José Hilario López Agudelo

José Hilario López Agudelo

El botín de guerra, también llamado despojo de guerra, es la apropiación de bienes naturales (tierras, minerales, petróleo.) o de personas (esclavos, prisioneros) del enemigo derrotado tras un conflicto, práctica histórica fundamental para la motivación de la soldadesca y fuente de resarcimiento de los costos de la campaña bélica. Desde la antigüedad hasta la era moderna, el saqueo del país derrotado inexplicablemente se considera legítimo.

Ejemplos durante el presente siglo se tienen con la pretensión de Rusia de quedarse con los minerales estratégico de Ucrania, así como la de Estados Unidos para pagarse los costos de los suministros, armamento y logística entregados   a Ucrania durante la invasión rusa. Lo que está ocurriendo con el petróleo venezolano controlado por Estados Unidos, tras la captura de Nicolás Maduro a principios del corriente año, es claramente un despojo de la gran riqueza natural de nuestro vecino, que el país del norte considera como legítimo, para compensar los costos del asedio bélico a que lo ha sometido desde finales del año pasado. Como ya lo analizamos en mi anterior columna de opinión, la intervención política estadounidense y el control de los recursos energéticos venezolanos beneficia en especial a Washington y a sus aliados, pero afectará la economía china, su rival en la competencia por el liderazgo mundial.

Ahora vamos a la guerra de Irán, reactivada a finales del pasado mes de febrero con los bombarderos al país islámico por parte de EE. UU. e Israel.

Irán es uno de los principales productores mundiales de petróleo, con una producción de crudo en 2025 entre 3,3 y 3,5 millones de barriles diarios (mbd) y las cuartas mayores reservas probadas del mundo (aproximadamente 136-208 mil millones de barriles). A pesar de las sanciones internacionales que limitan su capacidad técnica y comercial, el país islámico ha logrado sostener exportaciones de petróleo a China, que actualmente totalizan entre 1,3 y 1,9 mbd, lo que representa aproximadamente el 90% de sus exportaciones totales de crudo.

Como si esto fuera poco, Irán controla casi en su totalidad el Estrecho de Ormuz, que se encuentra en sus aguas territoriales por donde cruza cerca del 20% del petróleo que diariamente se comercializa en el mundo, proveniente en su mayor parte de los países del Golfo Pérsico.  En La isla de Kharg, localizada dentro del Estrecho de Ormuz opera la terminal petrolera más importante de Irán, por donde se embarca aproximadamente entre 90% y el 95% de sus exportaciones de crudo. A principios de 2026, las exportaciones totales de Irán alcanzaron cerca de 2,17 millones de barriles por día (bpd), con un récord de 3,79 millones de bpd en febrero de 2026.

Para el control del petróleo de Irán, EE. UU. no requiere una invasión terrestre, lo que le significaría tener que soportar una prolongada guerra de guerrillas proiraníes, con pérdidas de sus soldados y, finalmente una humillante salida del territorio invadido, sin lograr el objetivo, como le ocurrió en 2021 en Afganistán. Este objetivo lo puede lograr EE. UU. si logra apoderarse del Estrecho de Ormuz y sobre todo del puerto petrolero iraní en la isla de Kharg,

Las milicias proiraníes son grupos paramilitares chiíes respaldados por Irán, que forman el denominado "Eje de la Resistencia" en Oriente Medio, cuyo propósito es expandir la influencia iraní y combatir la presencia estadounidense e israelí en la región. Actúan principalmente en Irak (como la Multitud Popular), Siria, Líbano (Hezbolá) y Yemen (hutíes), utilizando tácticas de guerra de guerrillas, drones y misiles.

Aunque durante esta semana cuando he estado escribiendo estas líneas, EE.UU. e Irán han firmado un alto al fuego por dos semanas, después de que el presidente estadounidense amenazara con hacer desaparecer la civilización persa. Esta tregua ha provocado un desplome de los precios internacionales del petróleo. No obstante, el optimismo mundial que la tregua ha generado, calificados analistas tienen sus reservas sobre la pronta y completa resolución del conflicto, ya que el compromiso ha quedado en entredicho tras los reciente ataques de Israel a El Líbano, que Irán considera violación de uno de los puntos clave del acuerdo de alto al fuego. Por otro aspecto, Irán insiste en el cobro de peaje a todo barco que pase por el Estrecho de Ormuz, imposición que la contraparte no estaría dispuesta a aceptar; además exige liberación, antes del inicio de las conversaciones, que empiezan este sábado en Islamabad-Pakistán, de sus activos congelados por EE.UU.

Arquevium Capital, la multi estratégica firma de asesoría en inversiones, opina que el riesgo de altos precios del crudo va a persistir en el futuro inmediato. Por otro lado, el inversionista Ray Dalio, fundador de Bridgewater Associates LP, en su reciente intervención en el Foro Económico de Greenwich en Greenwich, Connecticut, EE.UU., dice que “el conflicto entre Irán y Estados Unidos – Israel e Irán forma parte de una guerra mundial en curso que no tendrá una resolución rápida, en un contexto de tensiones simultáneas entre potencias” (1).

Para los países cuya principal fuente de energía depende de petróleo importado, la gran lección de la guerra de Irán es que deberían acelerar la transición energética hacia energías renovables no convencionales, en especial energía solar y eólica. 

Mi opinión:

El señor Tump no va abandonar un botín tan valioso como es el control del petróleo iraní que, además de los grandes ingresos económicos le facilitan una nueva arma geopolítica, de gran valor estratégico en su pugna con China por la supremacía por la hegemonía mundial (1).

 (1)https://www.bloomberglinea.com/mercados/petroleo-se-desploma-tras-tregua-en-medio-oriente-pero-analistas-alertan-por-una-fantasia/).

lunes, 19 de enero de 2026

Varios países de Suramérica producen petróleo:

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

¿Qué les pasaría si Venezuela vuelve a ser una potencia exportadora?

Bajo este título CNN en español, Iván Pérez Sarmenté publicó el pasado 15 de enero un artículo donde analiza el impacto que en los países suramericanos productores de petróleo tendría un eventual aumento, apalancada por EE. UU, de la hoy depreciada producción petrolera venezolana. Aunque el referido artículo no incluye a Colombia, un país no petrolero pero cuyas finanzas públicas, paradójicamente, dependen de las exportaciones de crudo. A continuación, un resumen de las opiniones de los distintos analistas consultados por CNN, incluyendo mis opiniones sobre el caso colombiano y una corta alusión a los petróleos mexicanos.

Más allá de lo que se viene con la intervención de EE.UU. en el petróleo venezolano, la producción de los demás países petroleros latino americanos tiene importancia relativa en el mundo: Brasil está produciendo unos 3 millones de barriles por día (b/d) y, según el escenario de precios, puede llegar a producir hasta 4 millones a partir del desarrollo que está adelantando en el yacimiento Presal, localizado mar afuera (off-shore); Argentina está produciendo un promedio de 800 mil b/d y, también dependiendo de la evolución de los precios, puede producir al final de la década 1.5 millones; Guyana es un desarrollo significativo y todo orientado a exportación, que ya superó los 900.000 b/d.

Venezuela producía 3 millones de b/d cuando asumió Hugo Chávez (en 1999) y ahora está produciendo alrededor de 1 millón. Todo dependerá del éxito de la intervención de E.E.UU. en la recapitalización de la industria petrolera venezolana y el tiempo de recuperación, pero la producción de América Latina puede llegar a representar entre el 8 y el 10 % de la oferta mundial de crudo, explica Daniel Montamant, expresidente de la petrolera argentina YPF y exsecretario de Energía de Argentina. Además, este mismo experto agrega: “A nivel mundial se consumen en promedio unos 105 millones de barriles de petróleo diarios. Si le sumamos la producción de América del norte-EE. UU, Canadá y México - el conjunto representaría un 30 % de la oferta mundial. En un mundo donde la seguridad energética está al tope de la agenda geopolítica, esta masa crítica en un paradigma fósil todavía dominante otorga al continente una ventaja estratégica significativa”.

El precio: factor clave

“Uno de los factores que impacta en la inflación en Estados Unidos es el precio de la gasolina”, sostiene el analista de comercio internacional Ezequiel Vega. “Si Venezuela produce más petróleo y exporta a Estados Unidos los 30 o 50 millones de barriles de petróleo que Donald Trump prometió, lo que veríamos es un precio del barril de petróleo WTI cerca de los US$ 50 y del Brent más cerca de los US$ 55 dólares. Esto es positivo para Estados Unidos y para el consumidor norteamericano porque significaría una reducción de la inflación”, agrega. Por otro lado, las acciones de las grandes petroleras, como Chevron y Conoco Phillips, “subieron más de un 12 % la semana pasada en el mercado”, apunta Vega. Y lo más importante políticamente, las elecciones de 2026 en EE. UU. cuando se renovarán los 435 asientos de la Cámara Baja y 33 de los 100 escaños del Senado, amén de 36 gobernadores, será un año decisivo para el posicionamiento político del presidente Donald Trump y para el legado final de su segundo mandato.

Sin embargo, al menos por el momento, la reactivación de la industria petrolera venezolana no parece despejada. El viernes 9 del corriente mes, Trump intentó seducir a los principales ejecutivos petroleros con la promesa de una nueva y amplia campaña de exploración en Venezuela, sin que  lograra conseguir ningún compromiso importante por parte de las empresas estadounidenses. “Es imposible invertir”, dijo el CEO de ExxonMobil, Darren Woods, a los funcionarios en una evaluación directa de los obstáculos para hacer negocios en Venezuela. A lo cual agregó: “Hay varios marcos legales y comerciales que tendrían que establecerse incluso para entender qué tipo de rendimientos obtendríamos de la inversión”. En el mismo sentido se expresaron varios otros ejecutivos, que advirtieron que la industria primero que todo necesitaría asegurar amplias garantías de seguridad y financieras en Venezuela, antes de comenzar un esfuerzo que tomará varios años para aumentar la producción petrolera.

“La irrupción de Venezuela como fuerte exportador es un dato para seguir por todo país productor de petróleo. Incluso Estados Unidos, hoy el principal productor de petróleo del mundo, porque el crudo no convencional que extrae, mediante fracking, requiere una sostenida inversión para mantener niveles productivos y es más sensible que el crudo convencional a la baja de precios”, sostiene el ya referido experto Daniel Montamat. Lo cierto es que “el crudo Brent se negociaba en torno a los US$ 60,8 por barril la mañana del 5 de enero, el mismo nivel que tenía antes de la intervención militar estadounidense en Venezuela”, sostiene un análisis de la consultora Oxford Economics. Una semana después, la cotización rondaba los US$ 62 por barril.

Aunque Venezuela tiene las reservas probadas más grandes del mundo, el tipo de petróleo que extrae es diferente al de otras latitudes del continente americano. Se trata de petróleo pesado, que tiene más azufre y que requiere de un tratamiento especial, diferente del convencional, producido por Brasil y Guyana, o al “oil shale” o no convencional, que representa gran parte de la producción de Estados Unidos y Argentina.

“Yo no creo que afecte mucho a la competencia con Brasil o Argentina porque cada uno tiene un tipo de petróleo distinto, con un mercado mundial cada vez más demandante de petróleo, a pesar de que algunos países vayan hacia energías limpias”, sostiene el ya citado analista Ezequiel Vega. “Hay un mercado internacional petrolero con cotizaciones que contemplan las variedades de crudos, nos recuerda Montamat, aunque advierte: “Cuando crece la oferta de crudo, de la variedad que sea, como sucedería en el caso de que Venezuela aumente su producción, si no hay nueva demanda que la absorba, todas las cotizaciones del crudo se resienten a la baja”.

lunes, 24 de noviembre de 2025

¿Será la COP30 la COP de la verdad?

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

La COP30, que concluirá este fin de semana en Belem de Pará-Brasil, ha sido denominada por el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, "la COP de la verdad", para enfatizar la necesidad de que los países pasen de las promesas a acciones concretas en la lucha contra el cambio climático: “La COP30 será la COP de la verdad, en la que se pondrá a prueba nuestra capacidad de dejar de lado las diferencias y enfrentar la crisis climática como la amenaza existencial que representa. La cooperación debe volver a emerger como el principio organizador de la respuesta global.”

La presidencia de la COP30, en manos del país organizador (Brasil), además insta a triplicar la financiación pública para “acciones de adaptación al cambio climático y menciona el desarrollo de hojas de ruta para superar los combustibles fósiles”. Todo esto hay que mirarlo como una declaración de buenas intenciones, que tropieza con la realidad geopolítica mundial, como veremos a continuación.

Brasil es el principal productor de petróleo de Latinoamérica y el octavo productor mundial, con una producción que en julio de 2025 superó por primera vez los 5 millones de barriles diarios de hidrocarburos, y que además está buscando incrementar su producción en la cuenca amazónica. Brasil también es un importante exportador de petróleo, siendo este su principal producto de exportación en 2024. Difícil creer que un país, que aspira a convertirse en una potencia mundial esté seriamente interesado en suprimir o en siquiera reducir la producción de su principal producto de exportación, mucho menos en liderar políticas para superar el consumo de combustibles fósiles, tarea esta que le compete como presidente de la COP30.

Como si esto fuera poco, durante el desarrollo de la COP30 se evidenció un ambiente de escepticismo ante la posibilidad real de alcanzar consensos vinculantes. Las delegaciones de países con economías basadas en la exportación de hidrocarburos manifestaron reservas, resaltando las dificultades para conciliar los compromisos climáticos con sus intereses económicos nacionales. Ante esta incertidumbre, las organizaciones de la sociedad civil exigieron mayor transparencia y mecanismos de rendición de cuentas, para que las decisiones no queden solo en declaraciones simbólicas. Cuando tengamos las conclusiones de la COP30, veremos qué podemos esperar de “la COP de la verdad”.

Tal como lo he sostenido en anteriores escritos. mientras el petróleo sea parte esencial de la geopolítica del poder capitalista seguirá siendo un obstáculo para la transición energética hacia las energías renovables no convencionales. Estados Unidos es el primer productor y exportador mundial de petróleo, seguido por Arabía Saudita y Rusia. El primero de ellos, de nuevo se acaba de retirar del Acuerdo de París y está buscando cómo aumentar la producción del hidrocarburo; en el caso de Arabia Saudita y Rusia es poco probable que en el futuro cercano dejen de producir y exportar petróleo, ya que sus economías siguen dependiendo en gran medida de los ingresos sus ingresos.

Por otro aspecto, sin los aportes de EE. UU la financiación del cambio climático dependería de Europa, por el momento más interesada en el rearme y de China. Solo este último país puede contribuir a la disminución del consumo de combustibles fósiles mediante su inversión masiva en energías renovables, como la solar y la eólica, la mejora de la eficiencia energética, la transformación industrial y el establecimiento de objetivos de reducción de emisiones.

La alternativa para América Latina y El Caribe (ALC)

Siendo realistas la única alternativa viable para ALC, como lo mostré en anterior columna, radica en la preservación de la biodiversidad, nuestro gran activo para enfrentar el cambio climático. Casualmente, la CAF (Corporación Andina de Fomento, ahora conocida como Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe) acaba de publicar un documento entregado a la COP30, autoría de Amir Lebdioui (director, Technology and Industrialisation for Development Centre of the University of Oxford), titulado Biodiversity and Productive Development: Extractivist traps and symbiotic innovation ecosystems in Latin America & the Caribbean (Biodiversidad y desarrollo productivo: trampas extractivistas y ecosistemas de innovación simbiótica en América Latina y el Caribe) [1], una verdadera guía para nuestra región, que refuerza mi tesis de que la transición energética que requiere nuestra región, en especial Colombia, debe centrarse en la preservación de nuestros ecosistemas, que conforman una de las biodiversidades más ricas del planeta.

Como premisa básica hay que establecer que ALC debe entender que el dilema entre biodiversidad y desarrollo depende en gran medida del tipo de financiación: por un lado, está el capital extractivo sin mayores preocupaciones por la preservación de los ecosistemas y por el otro, existe el capital paciente y a largo plazo, alineado con la contabilidad de capital natural, que sustenta una prosperidad sostenible e inclusiva a través de una economía del conocimiento centrada en la naturaleza.

Las políticas públicas en nuestros países han quedado atrapadas en el falso dilema: desarrollo o conservación. La lógica dominante con frecuencia sostiene que hay que elegir entre proteger nuestros bienes naturales (la Amazonia, los páramos andinos, los suelos orgánicos, los arrecifes del Caribe...) o crear empleo y prosperidad. Pero esa dicotomía es infundada: la protección de la biodiversidad no es un obstáculo al desarrollo, es un activo estratégico esencial en tiempos de transición energética y, además, fuente de desarrollo productivo. La biodiversidad es el gran acervo de conocimiento para rediseñar materiales, reinventar sistemas energéticos, desarrollar nuevos medicamentos y crear industrias competitivas y regenerativas.

En mi opinión, para que pueda ser llamada la “COP de la verdad” la prioridad de la COP30, en lo que atañe a la preservación de los ecosistemas, debe orientarse a acelerar la restauración y conservación de los ecosistemas marinos y terrestres. Si esto se logra, la COP30 será un punto de inflexión para los ecosistemas naturales, destacando su rol en la mitigación del cambio climático. Para este propósito se requieren soluciones basadas en la naturaleza como herramienta de adaptación y mitigación, integrando a las comunidades indígenas y locales en la protección de sus territorios.

A continuación, un escueto resumen de las principales recomendaciones del documento de la CAF, atrás referido:

Transformación de la agricultura y los sistemas alimentarios

A través de un enfoque centrado en la agricultura regenerativa y la economía circular, es necesario promover soluciones agrícolas eficientes que contribuyan a la restauración de ecosistemas y a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Para este propósito se deben implementar sistemas alimentarios resilientes, enfocados en la seguridad alimentaria y el acceso equitativo a alimentos sostenibles para toda la población. En particular, se explorarán prácticas agrícolas sostenibles, como la recuperación de tierras degradadas y la adaptación de los cultivos para mitigar el impacto del cambio climático. La transición hacia la agroecología y la promoción de tecnologías verdes en la agricultura, serán puntos clave para apoyar la sostenibilidad del sector alimentario.

Gestión sostenible de bosques, océanos y biodiversidad

Acelerar la restauración y conservación de los ecosistemas marinos y terrestres. Brasil y demás países amazónicos, se encuentran en el centro de debate debido a la deforestación y la pérdida de biodiversidad. En la COP30 se deben implementar medidas urgentes para frenarla, debido a que la pérdida de biodiversidad está profundamente ligada a la deforestación, que aumenta las emisiones de gases de efecto invernadero.

La COP30 deberá ser un punto de inflexión para los ecosistemas naturales, destacando su rol en la mitigación del cambio climático. Para este propósito se deben adoptar soluciones basadas en la naturaleza como herramienta de adaptación y mitigación, integrando a las comunidades indígenas y locales en la protección del bioma amazónico.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Biodiversidad: nuestro gran activo para enfrentar el cambio climático

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

El pasado 30 de octubre El País de España publicó un interesante artículo de Amir Lebdioui y Alicia Montalvo, titulado “América Latina y el Caribe, el banco de ideas más valioso del mundo”[1]. Dicho artículo refuerza la tesis incluida en mi libro “Cambio climático e impacto global, un marco viable de transición energética para Colombia” (Fondo Editorial EIA, 2024), donde sostengo que la transición energética que requiere Colombia debe centrarse en la preservación de nuestros ecosistemas, que conforman una de las biodiversidades más ricas del planeta.

En nuestro país como en toda la región, sobre todo a partir del Consenso de Washington, las economías de América Latina y del Caribe (ALC) se han convertido en exportadores de materias primas con poco o ningún valor industrial agregado e importadores de mercancías y tecnologías, principalmente provenientes del gran país del norte. Como afirman los autores del articulo atrás referenciado “Durante décadas, el modelo de desarrollo regional se ha apoyado más en extraer lo que hay bajo tierra o en sus aguas que en aprender de lo que florece sobre ella o nada en sus océanos”. A lo que habría que agregar que este modelo de desarrollo, basado en maximizar utilidades mediante la sobreexplotación de nuestros recursos del suelo y subsuelo (que prefiero llamar bienes naturales), sin ningún miramiento por la preservación de los ecosistemas, nada o casi nada aporta al desarrollo.

Todos los avances tecnológicos de la humanidad se basan en el aprovechamiento de la biodiversidad y bienes naturales, que ofrece la naturaleza. Sin embargo ALC, la región que alberga la mitad de la biodiversidad del planeta, apenas ha empezado a traducir esa riqueza en innovación y en oportunidades para la prosperidad y aporte a la transición energética. La conservación de nuestros bosques tropicales, en especial del bioma amazónico y de la biodiversidad del suelo orgánico, así como la adopción de buenas prácticas de uso del suelo en las labores agrícolas y pecuarias es nuestro gran aporte a la transición energética, que además puede ser impulsor del desarrollo.

Las políticas públicas en nuestros países han quedado atrapadas en el falso dilema: desarrollo o conservación. La lógica dominante con frecuencia sostiene que hay que elegir entre proteger nuestros bienes naturales (la Amazonia, los páramos andinos, los suelos orgánicos, los arrecifes del Caribe.), o crear empleo y prosperidad. Pero esa dicotomía es infundada: la protección de la biodiversidad no es un obstáculo al desarrollo, es un activo estratégico esencial en tiempos de transición energética y, además, fuente de desarrollo productivo. La biodiversidad es el gran acervo de conocimiento para rediseñar materiales, reinventar sistemas energéticos, desarrollar nuevos medicamentos y crear industrias competitivas y regenerativas.

La próxima revolución tecnológica dependerá de la biodiversidad, y ninguna otra región del mundo fuera de ALC, en particular nuestro país, ofrece el potencial. He ahí nuestra responsabilidad y compromiso. Un llamado a la academia, centros de investigación y al empresariado comprometido con la innovación y el desarrollo.

La naturaleza, a través del proceso evolutivo conocido como selección natural, tiene el beneficio de millones de años de ensayo y error, perfeccionando su diseño. Por eso es apenas lógico que los humanos recurran a ella para diseñar tecnologías. La innovación que emula a la naturaleza se llama diseño biomimético y ha inspirado muchas de nuestras mejores creaciones, desde trenes hasta edificios.

Antes de entrar a mencionar los avances y posibilidades en la biomimétíca, destaquemos la importancia de las plantas en la medicina tradicional, así como en las modernas fitoterapia y farmacología. Desde el descubrimiento de principios activos como la digoxina para el corazón hasta el paclitaxel para el cáncer, la botánica ha sido una fuente vital para el desarrollo de medicamentos. Colombia con vegetación en todos los pisos térmicos, desde las cálidas llanuras hasta los páramos, está en mora de desarrollar tecnologías para el aprovechamiento de su rica y variada vegetación.

Algunos inventos inspirados en la naturaleza incluyen el velcro, basado en los ganchos de las semillas de cardo; el tren bala, cuyo diseño imita al martín pescador para reducir el ruido y la resistencia del aire y el nailon, que se inspira en la resistencia y elasticidad de la tela de araña. Otras innovaciones notables son las pinturas auto limpiantes inspiradas en la hoja de loto y los sistemas de fijación quirúrgica que imitan a los gusanos parásitos. Y qué decir del helicóptero, que imita el vuelo del colibrí.

Las tecnologías que ayudan a la preservación de los ecosistemas van desde energías limpias como la solar y eólica hasta innovaciones en transporte, agricultura, reciclaje y captura de carbono. Estas incluyen vehículos eléctricos, técnicas de agricultura sostenible, soluciones para la gestión de residuos, digitalización para optimizar el uso de recursos y sistemas para la captura de carbono del aire.

Cuando el famoso tren bala comenzó a circular en Japón, se dieron cuenta de que había un enorme problema: con su velocidad de 300 km/h, cada vez que emergía de un túnel generaba un estruendo que podía escucharse a 400 metros de distancia. El tren comprimía el aire en el túnel de tal forma que, al salir, producía un gran estruendo, lo que llevó a que las poblaciones asentadas en las vecindades protestaran por la contaminación sonora. Para solucionar esta situación, el tren de Nakatsu (Japón), inaugurado en 1997, incluyó un rediseño de la parte frontal inspirada en el pico aerodinámico del martín pescador. Además, implementó mejoras inspiradas en las plumas de las lechuzas, aves conocidas por su vuelo silencioso, así como en el abdomen del pingüino Adelaida, que se desliza con un mínimo de resistencia en el agua.

El Centro Eastgate en Harare, capital de Zimbabue, es el mayor ejemplo del biomimetismo a gran escala. Eastgate, el centro comercial y de oficinas más grande del país, utiliza sistemas de calefacción y enfriamiento no convencionales que regulan la temperatura durante todo el año. Para ello el arquitecto Mick Pearce se inspiró en la ingeniosa estructura de los montículos de las termitas. Estos montículos se mantienen frescos porque tienen un sistema de ventilación compuesto por conductos que se abren y cierran, regulando así las corrientes de aire. El referido edificio utiliza un proceso similar, lo que le permite usar apenas un 10 % de la energía que emplean otros edificios de similar tamaño.

El salto del extractivismo a la innovación no ocurrirá por accidente. Exige compromiso y dirección de política, financiamiento y cooperación científica. América Latina ya es líder en conservación, con más del 22 % del territorio beneficiado de algún estatus de protección, pero solo con cercamientos no habrá transformación estructural.

Una investigación de CAF, Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, junto con la Universidad de Oxford, que se lanzará en la COP30 de Cambio Climático en Belém de Pará, muestra que muchas políticas de bioeconomía en la región, pese a su relevancia, corren el riesgo de reproducir lógicas extractivas, mientras que los esfuerzos investigativos en biodiversidad siguen aislados de la política industrial y financiera. El resultado: economías que protegen la naturaleza, pero aprenden poco de ella. Ecoturismo y pagos por servicios ambientales son importantes, sí, pero no sustituyen el aprendizaje industrial ni la escalada tecnológica. Sin un canal de innovación, que conecte el conocimiento biológico con el diseño de productos, patentes, desarrollo industrial y exportaciones, la región seguirá siendo proveedora de muestras, pero no modeladora de mercados.

viernes, 10 de octubre de 2025

Estados Unidos, un imperio en decadencia

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

Vladimir Gessen, politólogo y periodista venezolano, acaba de publicar en El Nacional de Caracas un interesante artículo donde analiza las causas de la decadencia del imperio norteamericano, situación ésta que marcará la geopolítica mundial durante el presente siglo[1]. A continuación, me propongo analizar aspectos del referido artículo de Gessen.

Desde el final de la Gran Depresión de los años treinta y la II Guerra Mundial, Estados Unidos no sólo emergió como potencia vencedora, sino como el eje del nuevo orden mundial. Con una economía en expansión, una gran capacidad militar y una estructura de valores basada en democracia y libre mercado, el país del norte se convirtió en el líder del mundo libre, frente al bloque soviético. Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS en la década de los 80 del siglo pasado, la hegemonía global estadounidense se consolidó.

En la actualidad Estados Unidos tiene un poder militar global sin precedentes. Posee más de 750 bases militares en 80 países, con presencia en todos los continentes. Su influencia económica y financiera es mundial. El dólar estadounidense es la principal moneda universal. La Reserva Federal y Wall Street influyen de forma determinante en los mercados globales. Las más grandes empresas multinacionales son estadounidenses. Su fortaleza cultural y tecnológica es definitiva y el estilo de vida estadounidense –The American Way of Life– se impuso globalmente. El dominio institucional y diplomático le permitió a Estados Unidos fundar la ONU, el FMI, el Banco Mundial, y la OTAN. Interviene política y militarmente en los países europeos, así como en Vietnam, Laos, Camboya, el Medio Oriente, Irak, Afganistán, Yemen, así como en varios países de Latinoamérica y África.

Por más de 75 años Estados Unidos ha ejercido un liderazgo global basado en una hegemonía consensuada. Es decir, su poder ha sido aceptado –y en muchos casos solicitado– por otras naciones debido a su prestigio, influencia, protección o capacidad inversora. Pero, por otro lado, ha sido cuestionado y resistido por quienes lo ven como un nuevo tipo de dominio a través de normas, instituciones, cultura y poder económico. Algunos lo llaman “imperio liberal”, otros “imperio de consentimiento”, o incluso “imperio hegemónico”. Como sea, ejerce una forma moderna de poder imperial y la historia dirá si logra mantenerse como tal, o si, como todos los imperios antes que él, comenzará una paulatina decadencia. Hoy, frente a las profundas transformaciones del siglo XXI, cabe preguntarse si estamos presenciando el inicio del declive del imperio norteamericano.

En los últimos años Estados Unidos ha estado enfrentando una serie de crisis interconectadas que han debilitado su poderosa estructura económica y social. El aumento de la pobreza, la epidemia de opioides, el colapso del sistema de salud pública, la violencia interna y el masivo endeudamiento, han significado que el país viva una etapa de creciente desigualdad y descontento social, el sustrato que explica el surgimiento de la actual polarización política e ideológico-cultural. Trump es un emergente de esa frustración y descontento y, paradójicamente, puede acentuar todos los problemas que atraviesa el tejido social estadounidense, que muestra indicadores más propios de un país en desarrollo que de una gran potencia.

El presente siglo ha traído nuevas dinámicas. La globalización, los avances tecnológicos, la revolución digital, el ascenso de Asia y las tensiones internas dentro de las democracias occidentales han transformado profundamente el tablero geopolítico. Ante este panorama, surgen interrogantes legítimos: ¿Está Estados Unidos en decadencia? ¿Será desplazado por potencias emergentes como China, India o incluso Brasil? ¿O será capaz de reinventarse, como lo ha hecho en el pasado, y reafirmar su liderazgo global?

A primera vista, los indicadores invitan a la cautela. Aunque Estados Unidos sigue siendo la economía más grande del mundo, China lo ha alcanzado en paridad de poder adquisitivo, y se proyecta que lo superará en PIB nominal antes de 2030. Y para 2049, centenario de la fundación de la República Popular China, aspira a ser la primera potencia mundial.

La polarización en EE. UU., preludio de su decadencia como potencia mundial

Durante décadas, la fortaleza institucional y política de los Estados Unidos no ha descansado únicamente en su poderío económico, militar o tecnológico, sino en su capacidad de alcanzar acuerdos bajo un sistema bipartidista funcional. Demócratas y republicanos, aun con diferencias ideológicas, habían sabido coincidir históricamente en asuntos fundamentales como la defensa de la Constitución, la política exterior, la economía de mercado y los valores cívicos compartidos. Esta cultura del consenso permitió el crecimiento sostenido del país y su consolidación como potencia global, tras la II Guerra Mundial.

Sin embargo, esta dinámica comenzó a erosionarse de forma acelerada tras la elección en 2008 de Barack Obama como presidente de Estados Unidos. A partir de ese momento, ambos partidos comenzaron a radicalizarse y a distanciarse del centro político y social. El discurso político se endureció, los acuerdos se convirtieron en traiciones para las bases más ideologizadas, y el Congreso se transformó en un campo de batalla permanente. El poder judicial, históricamente visto como un árbitro imparcial, ha sido arrastrado al torbellino de la politización. Hoy, las decisiones de la Corte Suprema son interpretadas según la afiliación de sus jueces, y no por su apego al derecho.

Más preocupante aún es el efecto de esta polarización en la sociedad estadounidense. Ya no se trata de debates sobre políticas públicas, sino de narrativas antagónicas sobre la legitimidad del adversario político. Se acusa al otro no de estar equivocado, sino de ser inmoral, corrupto, traidor o incluso criminal. Cuando ambos bandos lanzan estas acusaciones con igual vehemencia, el ciudadano común –el soberano en una democracia– termina creyendo que todos son culpables. Este es, históricamente, uno de los síntomas de decadencia de los grandes imperios: la pérdida de fe en las instituciones, en la unidad nacional, y en la posibilidad de diálogo.

Los imperios no colapsan en un día

La larga agonía del imperio romano comenzó cuando el consenso político se fracturó, y las facciones comenzaron a disputarse el poder como enemigos irreconciliables. El imperio español, el británico, incluso el soviético, mostraron patrones similares: cuando las élites dejaron de dialogar y comenzaron a destruirse mutuamente, el declive fue inevitable.

Estados Unidos aún tiene los recursos y la vitalidad para evitar ese destino. Pero para lograrlo, sus líderes y ciudadanos deben reencontrarse con el espíritu que fundó esa gran nación, la cuna de la democracia liberal: la convivencia entre opuestos, el respeto mutuo, así como la construcción de acuerdos en el centro. Si esto no ocurre, la historia podría repetir su curso y seremos testigos no del colapso inmediato, sino del lento pero profundo desgaste del experimento democrático más influyente del mundo hasta el presente.

P.S. La era Trump ha significado, entre otros, conflictos por imposición de aranceles de EE. UU a sus aliados tradicionales, lo que le puede agravar el proceso decadente. La reciente desertificación a Colombia por sus ejecuciones en la lucha contra el cultivo y tráfico de drogas ilícitas, sólo se entiende en el contexto de la política maniquea, que está imponiendo el presidente Trump en su política antidrogas: los malos son los otros, en nuestro caso desconociendo los ingentes esfuerzos de nuestras fuerzas armadas y las innumerables víctimas que ha puesto Colombia en esta larga y dolorosa guerra contra los grupos criminales vinculados al negocio de las drogas ilícitas.