José Hilario López Agudelo
El pasado 30 de octubre El País de España publicó un
interesante artículo de Amir Lebdioui y Alicia Montalvo, titulado
“América Latina y el Caribe, el banco de ideas más valioso del mundo”[1]. Dicho
artículo refuerza la tesis incluida en mi libro “Cambio climático e impacto global,
un marco viable de transición
energética para Colombia” (Fondo Editorial
EIA, 2024), donde sostengo que la transición energética que requiere
Colombia debe centrarse en la preservación de nuestros ecosistemas, que conforman
una de las biodiversidades más ricas del planeta.
En nuestro país como en toda
la región, sobre todo a partir del Consenso de Washington, las economías de América
Latina y del Caribe (ALC) se han convertido en exportadores de materias primas con
poco o ningún valor industrial agregado e importadores de mercancías y tecnologías,
principalmente provenientes del gran país del norte. Como afirman los autores del
articulo atrás referenciado “Durante décadas, el modelo de desarrollo regional
se ha apoyado más en extraer lo que hay bajo tierra o en sus aguas que en aprender
de lo que florece sobre ella o nada en sus océanos”. A lo que habría que agregar
que este modelo de desarrollo, basado en maximizar utilidades mediante la sobreexplotación
de nuestros recursos del suelo y subsuelo (que prefiero llamar bienes naturales),
sin ningún miramiento por la preservación de los ecosistemas, nada o casi nada aporta
al desarrollo.
Todos los
avances tecnológicos de la humanidad se basan en el aprovechamiento de la biodiversidad
y bienes naturales, que ofrece la naturaleza. Sin embargo ALC, la región que alberga la mitad de la biodiversidad del planeta, apenas ha empezado a traducir esa riqueza en innovación y en
oportunidades para la prosperidad y aporte a la transición energética. La conservación
de nuestros bosques tropicales, en especial del bioma amazónico y de la biodiversidad
del suelo orgánico, así como la adopción de buenas prácticas de uso del suelo en
las labores agrícolas y pecuarias es nuestro gran aporte a la transición energética,
que además puede ser impulsor del desarrollo.
Las políticas públicas en nuestros países han quedado
atrapadas en el falso dilema: desarrollo o conservación. La lógica dominante con
frecuencia sostiene que hay que elegir entre proteger nuestros bienes naturales
(la Amazonia, los páramos andinos, los suelos orgánicos, los arrecifes del Caribe.),
o crear empleo y prosperidad. Pero esa dicotomía es infundada: la protección de
la biodiversidad no es un obstáculo al desarrollo, es un activo estratégico esencial
en tiempos de transición energética y, además, fuente de desarrollo productivo.
La biodiversidad es el gran acervo de conocimiento para rediseñar materiales, reinventar
sistemas energéticos, desarrollar nuevos medicamentos y crear industrias competitivas
y regenerativas.
La próxima revolución tecnológica dependerá de la biodiversidad,
y ninguna otra región del mundo fuera de ALC, en particular nuestro país, ofrece
el potencial. He ahí nuestra responsabilidad y compromiso. Un llamado a la academia,
centros de investigación y al empresariado comprometido con la innovación y el desarrollo.
La naturaleza, a través del proceso evolutivo conocido como selección
natural, tiene el beneficio de millones de años de ensayo y error, perfeccionando
su diseño. Por eso es apenas lógico que los humanos recurran a ella para diseñar
tecnologías. La innovación que emula a la naturaleza se llama diseño biomimético
y ha inspirado muchas de nuestras mejores creaciones, desde trenes hasta edificios.
Antes de entrar a mencionar los avances y posibilidades en la biomimétíca,
destaquemos la importancia de las plantas en la medicina tradicional, así como en
las modernas fitoterapia y farmacología. Desde el descubrimiento de principios activos
como la digoxina para el corazón hasta el paclitaxel para el cáncer, la botánica
ha sido una fuente vital para el desarrollo de medicamentos. Colombia con vegetación
en todos los pisos térmicos, desde las cálidas llanuras hasta los páramos, está
en mora de desarrollar tecnologías para el aprovechamiento de su rica y variada
vegetación.
Algunos inventos inspirados en la naturaleza incluyen
el velcro, basado en los ganchos de las semillas de cardo; el tren bala, cuyo diseño
imita al martín pescador para reducir el ruido y la resistencia del aire y el nailon,
que se inspira en la resistencia y elasticidad de la tela de araña. Otras innovaciones
notables son las pinturas auto limpiantes inspiradas en la hoja de loto y los sistemas
de fijación quirúrgica que imitan a los gusanos parásitos. Y qué decir del helicóptero,
que imita el vuelo del colibrí.
Las tecnologías que ayudan a la preservación de los
ecosistemas van desde energías limpias como la solar y eólica hasta innovaciones
en transporte, agricultura, reciclaje y captura de carbono. Estas incluyen vehículos
eléctricos, técnicas de agricultura sostenible, soluciones para la gestión de residuos,
digitalización para optimizar el uso de recursos y sistemas para la captura de carbono
del aire.
Cuando el famoso tren bala comenzó a circular en Japón,
se dieron cuenta de que había un enorme problema: con su velocidad de 300 km/h,
cada vez que emergía de un túnel generaba un estruendo que podía escucharse a 400
metros de distancia. El tren comprimía el aire en el túnel de tal forma que, al
salir, producía un gran estruendo, lo que llevó a que las poblaciones asentadas
en las vecindades protestaran por la contaminación sonora. Para solucionar esta
situación, el tren de Nakatsu (Japón), inaugurado en 1997, incluyó un rediseño de
la parte frontal inspirada en el pico aerodinámico del martín pescador. Además,
implementó mejoras inspiradas en las plumas de las lechuzas, aves conocidas por
su vuelo silencioso, así como en el abdomen del pingüino Adelaida, que se desliza
con un mínimo de resistencia en el agua.
El Centro Eastgate en Harare, capital de Zimbabue, es el mayor ejemplo
del biomimetismo a gran escala. Eastgate, el centro comercial y de oficinas más
grande del país, utiliza sistemas de calefacción y enfriamiento no convencionales
que regulan la temperatura durante todo el año. Para ello el arquitecto Mick Pearce
se inspiró en la ingeniosa estructura de los montículos de las termitas. Estos montículos
se mantienen frescos porque tienen un sistema de ventilación compuesto por conductos
que se abren y cierran, regulando así las corrientes de aire. El referido edificio
utiliza un proceso similar, lo que le permite usar apenas un 10 % de la energía
que emplean otros edificios de similar tamaño.
El salto del extractivismo a la innovación no ocurrirá
por accidente. Exige compromiso y dirección de política, financiamiento y cooperación
científica. América Latina ya es líder en conservación, con más del 22 % del territorio
beneficiado de algún estatus de protección, pero solo con cercamientos no habrá
transformación estructural.
Una investigación de CAF, Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, junto con la Universidad de Oxford, que se lanzará en la COP30 de Cambio Climático en Belém de Pará, muestra que muchas políticas de bioeconomía en la región, pese a su relevancia, corren el riesgo de reproducir lógicas extractivas, mientras que los esfuerzos investigativos en biodiversidad siguen aislados de la política industrial y financiera. El resultado: economías que protegen la naturaleza, pero aprenden poco de ella. Ecoturismo y pagos por servicios ambientales son importantes, sí, pero no sustituyen el aprendizaje industrial ni la escalada tecnológica. Sin un canal de innovación, que conecte el conocimiento biológico con el diseño de productos, patentes, desarrollo industrial y exportaciones, la región seguirá siendo proveedora de muestras, pero no modeladora de mercados.