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jueves, 4 de agosto de 2022

Vigía: “Respeto los símbolos” nuevo mindefensa colombiano

Coronel John Marulanda (R)
Por John Marulanda*

Durante el gobierno de César Gaviria, en 1991, Rafael Pardo fue el primer civil de los tiempos modernos en el Ministerio de Defensa, que incluyó la actual vicepresidente y canciller Marta Lucía Ramírez, en el 2002. Hace una semana, el gobierno entrante designó un nuevo ministro de Defensa civil, Iván Velásquez. Venezuela mantiene al general Vladimir Padrino López como ministro del ramo desde 2014.

Velásquez no la tiene fácil: 26 asesinatos por cada 100 mil habitantes, 210 hectáreas sembradas de coca y la inseguridad urbana disparada. Antier tuvimos otra masacre con cuatro indígenas aiwa muertos en Barbacoas, Nariño. Fue la masacre 58 en lo que va del año.

Pero el nombrado ministro se equivoca al reclamar que “Nuestro propósito es rescatar absolutamente esa buena imagen de las fuerzas militares…”, cuando las recientes estadísticas ubican a los militares como la institución de mayor credibilidad en la opinión pública, en una encuesta que pone a los grupos armados irregulares, al Congreso y a los partidos políticos, entre ellos el Pacto Histórico, en la parte más baja de la confiabilidad ciudadana.

Decir que el título de héroes no les pertenece a los soldados, que son simples cumplidores del deber, como él mismo, es ridículo: quisiera verlo empuñando un fusil hasta la muerte, para defender la seguridad ciudadana y la nacionalidad.

Rechaza el servicio militar obligatorio, el término “neutralización” y califica al Clan del Golfo como autodefensas gaitanistas, seguramente pavimentando el camino para una próxima negociación. Pero el problema persistirá: 300 mil hectáreas sembradas con hojas de coca se anuncian para un futuro inmediato de la “paz total” de Petro.

Que la policía salga del Ministerio de Defensa con destino a un nuevo Ministerio de la Paz, Convivencia y Seguridad, es una decisión tomada dijo el funcionario, quien no explicó cómo será el tren administrativo del nuevo cargo. Y añadió: “con seguridad, es que este Esmad, como se ha conocido, no puede continuar”. ¿Un nuevo escuadrón antivandálico? Pregunta en suspenso hasta nuevas indicaciones.

El pasado 29 de julio, el presidente electo en reunión con la Federación Nacional de Departamentos (FND) a la que asistieron 29 de los 32 gobernadores del país, aclaró que “el Ejército no debe perseguir a la oposición, el Ejército debe perseguir la corrupción y eso haremos”, aunque para luchar contra la corrupción están la Fiscalía General y la Policía. “Yo espero tener la confianza de que todos los miembros de fuerza pública van a actuar con absoluto respeto en estas labores de inteligencia y contrainteligencia. (…) “Cada persona encargada de la inteligencia, cada persona encargada de la información que permita esa filtración de inteligencia tendrá consecuencias” dijo Velásquez en su entrevista del pasado 30 de julio.

“Puedo asegurar es que estoy por la institucionalidad, estoy por la defensa y fortalecimiento de un Estado social y democrático de derecho. No hay enemigos en la fuerza pública. Las fuerzas militares no son enemigas, son garantes también de la estabilidad en el país”. No podemos menos que recordar, lo que sentenciosamente dijo El País, periódico español de izquierda: es “el hombre encargado por el presidente Gustavo Petro de desmontar uno de los ejércitos más poderosos de América Latina”. Y el principal problema del funcionario que pertenece al mayormente desconfiable de los sectores del país, es que como dijo que respeta los símbolos, mañana puede hacer lo contrario.

Coincidente con la entrevista del nuevo miembro del gabinete, la Comisión de la Verdad presentó su informe, “anacrónico y parcializado…” según uno de sus exmagistrados; el nombrado ministro de Educación, Alejandro Gaviria declaró que impondrá el estudio de ese informe en escuelas y colegios; la JEP llamó de nuevo al general Mario Montoya, supuestamente máximo responsable de las ejecuciones extrajudiciales y al coronel en retiro Iván Ramírez por la desapariciones del Palacio de Justicia; volvió a meter a la cárcel al General Arias Cabrales y un nuevo grupo de militares fueron llamados a responder ante la JEP por crímenes de guerra en Urabá. Y la pregunta es: ¿de la cúpula de 60 generales, se deberían excluir a 39 investigados por diversas causas? “El mensaje que quiero darles a todos los miembros de la fuerza pública es que no habrá tolerancia ni con la corrupción, ni con la violación de derechos humanos”, dijo Velásquez.

Aquí algunos conceptos de quien será el ministro de defensa en Colombia:

* “No hay enemigos en la Fuerza Pública”

* “No habrá revanchismo”.

* “Generar un ministerio del tamaño que se necesita”.

* “…vamos a actuar con responsabilidad y vamos a actuar con decisión”.

* “Yo respeto los símbolos”.

* “…nunca he marchado”.

El pasado martes, Petro dejó plantados 190 alcaldes municipales, quienes lo esperaron infructuosamente. La razón: dizque estaba definiendo la nueva cúpula militar junto a su nombrado ministro de defensa y otros asesores.

jueves, 17 de junio de 2021

Vigía: odisea policial

Por John Marulanda*

Con un 80% de los habitantes de Latinoamérica viviendo en ciudades, es entendible que la perturbación actual se esté desarrollando en las calles y que un objetivo prioritario de las organizaciones revoltosas de la izquierda regional sea sacar a la policía de allí. Cuando los gobiernos ceden a esta pretensión, apoyada por burocracias internacionales de marcado tinte mamerto, la transformación o la destrucción del aparato policial del Estado, conlleva graves consecuencias para la seguridad del ciudadano. Que lo digan la severa violencia y la alta inseguridad de Caracas, especialmente en aquellas zonas que engañosamente se llamaron zonas de paz, de las cuales se sustrajo la policía, con el argumento de que, sin el respaldo de la fuerza, la bondad natural humana permitiría la convivencia y el cumplimiento de la ley. Otra de las falacias del comunismo: la eterna felicidad.

Capeando el temporal

En Colombia, la reforma a la policía anunciada por el presidente Duque, no obedece a un proyecto programático del Gobierno sino a la coyuntura de perturbación social que después de cinco semanas deja una veintena de muertos, cerca de 2.000 heridos, ciudades vandalizadas, pérdidas por más de 15 billones de pesos, medio millón de desempleados y el mayor descrédito político de los jefes gremiales de tres sindicatos que no suman ni el 2% de la población colombiana.

La presentación al Congreso del proyecto de ley con la reforma propuesta a una institución crítica para la supervivencia del país, justo en momentos de zozobra, garantiza una discusión polarizada, poco racional, con resultados que pasarán cuenta de cobro más adelante. Es precario intentar la reforma de una institución al calor de incendios, denuestos y una virtualidad de redes sociales que han logrado estigmatizarla con opiniones engañosas que tienen como objetivo, finalmente, la desestabilización del país.

En medio de esta desastrosa pandemia, picando en 600 muertos diarios, y nuevos carros bomba en la frontera por cuenta del ELN, la reforma policial luce inadecuada y a su inoportunidad se abonarán la lentitud proverbial del Estado, las severas limitaciones presupuestales y las urgencias del orden público que no cederán a corto plazo. Todos estos factores pueden hacer que la reforma se transforme en un maquillaje que no podrá, en ningún caso, cambiar la esencia institucional que ha permitido que la Policía Nacional se adecúe a los cambiantes, pero repetitivos contextos de seguridad ciudadana del país.

Horizonte poco agradable

Las jerarquías, la disciplina y la subordinación, son pilares sobre los cuales no hay nada que discutir. Ellos garantizan la supervivencia de una institución armada de seguridad como la policía y son las condiciones mínimas, sin las cuales, se puede terminar en un desastre de consecuencias irreparables. La creación de un viceministerio parece señalar la mitad del camino hacia un Ministerio de la Seguridad Pública, una aspiración de vieja data de la izquierda política, que contempla un mayor control político de la policía para convertirla, como a los militares, en una guardia pretoriana contra los inefables “ataques del imperialismo y la burguesía criolla”, manido coro de los fanáticos de esta tendencia ideológica. Tal dependencia luce inconveniente.

Un viceministro a cargo de estructurar la política de seguridad ciudadana y guiar la policía por ese camino, ofrece el grave riesgo de una politización institucional, de lo cual ya Colombia tiene amargas experiencias en su pasado histórico, como en la llamada "Violencia" de los años 50. En 1993, durante el gobierno de César Gaviria, cuando se dio otra reforma circunstancial, la Ley 62 de agosto de ese año creó el cargo de Comisionado Nacional para la Policía, oficina que concentró un zaperoco de influencias políticas clientelistas que terminaron por opacar y desaparecer tal figura.

Reformas policiales, más políticas que técnicas, a cargo de gobiernos socialistas como Cuba, Venezuela y Nicaragua, son ejemplos dramáticos. En este último país, durante las protestas estudiantiles del 2018 fueron asesinados más de 300 estudiantes por la policía orteguista. Y no mencionamos aquí al FAES. Si definitivamente Colombia decide crear ese Viceministerio, se deberá ubicar allí a un conocedor en la materia y no a un político en ascenso o a un burócrata “de toda la vida” o a un miembro de la corte de lambones que siempre acompaña al poder. Como fuere, el camino hacia una institución policial inscrita en el Ministerio del Interior parece haberse iniciado.

Por otra parte, cambiarles el uniforme a los policías, no es significativo y si es costoso; la asignación de un código QR a cada uniformado, plantea serios riesgos a la seguridad de los policías más aún en esta época de ingeniería cibernética disruptiva y la profesionalización es un empeño de vieja data que ha permitido a la policía colombiana sobrevivir con un prestigio reconocido internacionalmente.

Hace poco, algunos legisladores de la bancada de izquierda echaron de manera humillante a policías encargados de la vigilancia de los recintos parlamentarios y dentro de unos días con seguridad que el informe de la CIDH no será nada benigno con la policía de Colombia, varios de cuyos miembros fueron asesinados durante los pasados disturbios. Ojalá y en el estudio del proyecto de ley se entienda el papel vital que juega la institución policial en la estabilidad del país y que el Gobierno, a pesar de los apuros por los que está pasando, tome decisiones bien pensadas con perspectiva de nación y no le haga el juego a la estrategia de desestabilización en desarrollo.

viernes, 12 de junio de 2020

Policía contra la pared

José Leonardo Rincón, S. J.* 

José Leonardo Rincón Contreras
Los asesinatos de George Floyd en Estados Unidos y de Anderson Arboleda aquí en Colombia a manos de policías, nos han consternado por la brutallidad de los actos y el abuso de la fuerza. Hace pocos días también un anciano vendedor ambulante, necesitado de sobrevivir en medio de esta pandemia cruel, fue igualmente maltratado por agentes del orden y el propio presidente Duque tuvo que salir a decir que una cosa es el cumplimiento del deber y otra el desproporcionado uso de la fuerza. Las dramáticas escenas nos recordaron los nada justificados excesos de agentes del ESMAD durante el tiempo de las manifestaciones públicas.

Tengo que decirlo claramente: me duele que estas cosas pasen y que le pasen a una institución que de verdad aprecio, de quien he recibido tres reconocimientos y en donde he contado desde hace muchos años con excelentes amistades. Soy consciente de que en todas las instituciones hay personas de todo tipo y que, por las vergonzosas equivocaciones de algunos, no se puede juzgar a todos.

Pero en estos días hubo una noticia que me alegró enormemente y que me hace sentir orgulloso. Se trata del patrullero Ángel Zúñiga quien en un acto de admirable libertad de conciencia se negó a participar en el desalojo por la fuerza de unas familias en Cali, argumentando inteligentemente que por la crítica situación que vivimos no era el momento para hacerlo. Me encantó escucharlo en su entrevista con Gustavo Gómez profesando su amor por su uniforme e institución, pero ratificándose en su posición, sin mostrar arrepentimiento: la Policía está para defender a los ciudadanos, no para atacarlos. Hay que obrar siempre el bien y si se ordena algo en contra del bien, no se debe obedecer.

Las palabras de Zúñiga me evocaron inmediatamente al obispo mártir, ya santo, Óscar Romero, quien en su última homilia dominical, que resultó ser su sentencia de muerte, les dijo a policías y militares que no asesinaran a su pueblo y los invitó a desobedecer a sus comandantes cuando ordenaran hacerlo. Y les recordó: por encima de estas órdenes, está la ley de Dios que ordena: ¡No matarás! Zúñiga obró en conciencia y prefirió entregar su placa y abocarse a una sanción disciplinaria, antes de obrar en contravía de sus convicciones. Se necesita tener muchos cojones para hacerlo, y lo hizo, dándonos a todos la mejor lección de ética de los últimos tiempos.

Y es que el debate es ético porque, en tanto unos quieren un castigo ejemplarmente severo por desobedecer órdenes superiores, la tal obediencia debida que llaman, otros, yo entre ellos, consideramos que ningún ser humano está obligado a actuar en contra de sus principios y valores, en contra de su propia conciencia. Eso lo sabemos todos, pero nos encanta hacernos los tontos ante esta verdad de a puño. Pues bien, la policía está contra la pared y de la forma como maneje el caso Zúñiga empeorará su maltrecha imagen salpicada también por la corrupción y otras vergüenzas en altos oficiales, o recuperará la credibilidad y estima del pueblo a quien sirve y que nunca debió afectarse.


lunes, 5 de agosto de 2019

Indignante


Por Antonio Montoya H.*


Antonio Montoya H.
Realmente en Colombia no hay semana, ni día en el que no suceda algo nuevo, lo lamentable es que no se trata de noticias positivas sobre las que valga la pena enorgullecernos, por el contrario, son sucesos cotidianos lamentables que minan la confianza de la gente, que van en contravía del país que queremos construir y que sin duda alguna nos afectan como ciudadanos. Aunado a ello las consecuencias sobre esos actos, con excepciones contadas en los dedos de la mano, se quedan en la impunidad, durmiendo el sueño del tiempo en los anaqueles de los juzgados cuando está bien o tirado, arrumado a otros múltiples expedientes que hablan de nuestra pronta y eficaz justicia.

Específicamente vimos, en las noticias y sobre todo a través de WhatsApp, ese hecho bochornoso, que produce dolor de patria, el vejamen que cometieron unos bandidos contra un soldado del ejército de Colombia, al que insultaron, empujaron, le tiraron ladrillos y él, con su fusil en la mano, tuvo la paciencia para sortear ese momento con tranquilidad. Pienso yo, que seguramente tuvo muchas ganas de reaccionar y actuar en defensa propia contra la agresión infame de dos vándalos que no merecen ser parte de la sociedad.

Este hecho no puede ser parte de una noticia aislada, sin consecuencias para quienes actúan de esa forma; allí, no solo se estaba atacando a un hombre sino más allá, a la institución, a las Fuerzas Armadas de Colombia, que tiene como función principal defender al ciudadano de agresiones internacionales, pero también, al interior del país, de quienes quieren a toda costa y de cualquier manera crear el caos minando la institucionalidad y la dignidad de todo un pueblo.

Daban ganas de llorar observando al soldado inerme, enfrentando solo el embate de esos dos enemigos de la sociedad, que deberían estar pagando hoy con toda la fuerza de la ley sus delitos, porque no es solo uno, son varios, más la afectación moral de la nación que sin duda alguna es más grave que los demás.

Esta escena dantesca, por el entorno en que sucedió, por la forma en que violentamente atacaron y por lo sucedido después, hace pensar que estamos muy mal, que estamos tocando fondo, que la sociedad no actúa ante estos atropellos de terceros que, amparados en la imposibilidad de una reacción fuerte e inmediata, llevan hasta su máxima expresión a un hombre al límite para abstenerse y no generar más conflictos.

Me pregunto yo si un soldado de la patria, entendiendo que es el que da su vida por nosotros, tiene que aguantar inmerecidamente golpes, insultos y ofensas; qué no tendrá entonces que soportar cualquier civil indefenso ante el ataque de los cobardes en su cotidianidad, esa violencia que tiene que vivir a diario, para ir a trabajar, en los buses, calles y empresas.

Esto no está bien, es indignante que no reaccionemos, que no tengamos como norte la disciplina y el orden. Pronto todos seremos objeto y presa de los bandidos que amparados en sus armas, palos y violencia irán contra todo lo que sea institucionalidad y el orden social se revertirá y vendrá una época de crisis. Actuemos ya, defendamos con ahínco la democracia, dejemos de ser pusilánimes, sentados esperando que el gobierno actúe, porque nos llegará la muerte a la puerta y nada pasó.

Con fortaleza, con gobiernos fuertes, fuerza militar y de policía motivadas, orgullosas de portar el uniforme, defenderemos del caos a la sociedad y tendrán futuro nuestras familias.