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jueves, 17 de junio de 2021

Vigía: odisea policial

Por John Marulanda*

Con un 80% de los habitantes de Latinoamérica viviendo en ciudades, es entendible que la perturbación actual se esté desarrollando en las calles y que un objetivo prioritario de las organizaciones revoltosas de la izquierda regional sea sacar a la policía de allí. Cuando los gobiernos ceden a esta pretensión, apoyada por burocracias internacionales de marcado tinte mamerto, la transformación o la destrucción del aparato policial del Estado, conlleva graves consecuencias para la seguridad del ciudadano. Que lo digan la severa violencia y la alta inseguridad de Caracas, especialmente en aquellas zonas que engañosamente se llamaron zonas de paz, de las cuales se sustrajo la policía, con el argumento de que, sin el respaldo de la fuerza, la bondad natural humana permitiría la convivencia y el cumplimiento de la ley. Otra de las falacias del comunismo: la eterna felicidad.

Capeando el temporal

En Colombia, la reforma a la policía anunciada por el presidente Duque, no obedece a un proyecto programático del Gobierno sino a la coyuntura de perturbación social que después de cinco semanas deja una veintena de muertos, cerca de 2.000 heridos, ciudades vandalizadas, pérdidas por más de 15 billones de pesos, medio millón de desempleados y el mayor descrédito político de los jefes gremiales de tres sindicatos que no suman ni el 2% de la población colombiana.

La presentación al Congreso del proyecto de ley con la reforma propuesta a una institución crítica para la supervivencia del país, justo en momentos de zozobra, garantiza una discusión polarizada, poco racional, con resultados que pasarán cuenta de cobro más adelante. Es precario intentar la reforma de una institución al calor de incendios, denuestos y una virtualidad de redes sociales que han logrado estigmatizarla con opiniones engañosas que tienen como objetivo, finalmente, la desestabilización del país.

En medio de esta desastrosa pandemia, picando en 600 muertos diarios, y nuevos carros bomba en la frontera por cuenta del ELN, la reforma policial luce inadecuada y a su inoportunidad se abonarán la lentitud proverbial del Estado, las severas limitaciones presupuestales y las urgencias del orden público que no cederán a corto plazo. Todos estos factores pueden hacer que la reforma se transforme en un maquillaje que no podrá, en ningún caso, cambiar la esencia institucional que ha permitido que la Policía Nacional se adecúe a los cambiantes, pero repetitivos contextos de seguridad ciudadana del país.

Horizonte poco agradable

Las jerarquías, la disciplina y la subordinación, son pilares sobre los cuales no hay nada que discutir. Ellos garantizan la supervivencia de una institución armada de seguridad como la policía y son las condiciones mínimas, sin las cuales, se puede terminar en un desastre de consecuencias irreparables. La creación de un viceministerio parece señalar la mitad del camino hacia un Ministerio de la Seguridad Pública, una aspiración de vieja data de la izquierda política, que contempla un mayor control político de la policía para convertirla, como a los militares, en una guardia pretoriana contra los inefables “ataques del imperialismo y la burguesía criolla”, manido coro de los fanáticos de esta tendencia ideológica. Tal dependencia luce inconveniente.

Un viceministro a cargo de estructurar la política de seguridad ciudadana y guiar la policía por ese camino, ofrece el grave riesgo de una politización institucional, de lo cual ya Colombia tiene amargas experiencias en su pasado histórico, como en la llamada "Violencia" de los años 50. En 1993, durante el gobierno de César Gaviria, cuando se dio otra reforma circunstancial, la Ley 62 de agosto de ese año creó el cargo de Comisionado Nacional para la Policía, oficina que concentró un zaperoco de influencias políticas clientelistas que terminaron por opacar y desaparecer tal figura.

Reformas policiales, más políticas que técnicas, a cargo de gobiernos socialistas como Cuba, Venezuela y Nicaragua, son ejemplos dramáticos. En este último país, durante las protestas estudiantiles del 2018 fueron asesinados más de 300 estudiantes por la policía orteguista. Y no mencionamos aquí al FAES. Si definitivamente Colombia decide crear ese Viceministerio, se deberá ubicar allí a un conocedor en la materia y no a un político en ascenso o a un burócrata “de toda la vida” o a un miembro de la corte de lambones que siempre acompaña al poder. Como fuere, el camino hacia una institución policial inscrita en el Ministerio del Interior parece haberse iniciado.

Por otra parte, cambiarles el uniforme a los policías, no es significativo y si es costoso; la asignación de un código QR a cada uniformado, plantea serios riesgos a la seguridad de los policías más aún en esta época de ingeniería cibernética disruptiva y la profesionalización es un empeño de vieja data que ha permitido a la policía colombiana sobrevivir con un prestigio reconocido internacionalmente.

Hace poco, algunos legisladores de la bancada de izquierda echaron de manera humillante a policías encargados de la vigilancia de los recintos parlamentarios y dentro de unos días con seguridad que el informe de la CIDH no será nada benigno con la policía de Colombia, varios de cuyos miembros fueron asesinados durante los pasados disturbios. Ojalá y en el estudio del proyecto de ley se entienda el papel vital que juega la institución policial en la estabilidad del país y que el Gobierno, a pesar de los apuros por los que está pasando, tome decisiones bien pensadas con perspectiva de nación y no le haga el juego a la estrategia de desestabilización en desarrollo.

sábado, 9 de febrero de 2019

El pueblo en armas o narco-republiquetas


Por John Marulanda*

John Marulanda
Mientras Venezuela se derrumba, miremos para adentro.

Una de las proclamas más fervorosa de los comunistas es la del pueblo en armas, con el pueblo con las armas. Los tiranos marxistas-leninistas, desconfiados de los militares ¾“al servicio de la burguesía y el imperialismo”¾, crean grupos de civiles armados, con el nombre genérico de milicias, que son cuerpos pretorianos bajo la directa comandancia del supremo, para enfrentar cualquier insubordinación o rebeldía de los soldados profesionales.

La renovación estratégica diseñada por el foro de Sao Paulo, enfatizó esta técnica, ejemplarizada por Cuba y sus Comités de la Defensa de la Revolución. Ortega, ideó las “turbas”, organizaciones paramilitares vinculadas a organismos policiales que asesinaron más de 300 estudiantes durante las protestas de hace ocho meses. Maduro ordenó 50 mil unidades de defensa y activó el FAES, organismo policial ligado a los “colectivos”, señalado de ejecuciones extrajudiciales. Correa y Morales intentaron conformarlos y durante el gobierno Santos algo se mencionó, y AMLO en México está en la ruta de establecer una guardia nacional.

Cuidado que, en Colombia, en un nuevo embate por deslegitimar la fuerza legal y legítima del Estado, los indígenas del Cauca han rechazado la presencia de nuestros soldados y policías en sus territorios mientras operan unas organizaciones tipo paramilitar llamadas guardias indígenas, campesinas y cimarronas, descritas en el capítulo 3.4.9 de los infaustos acuerdos de La Habana, que están a cargo de organizar en sus jurisdicciones Comités Territoriales de Alerta para la Reacción Inmediata y de diseñar mecanismos de defensa cívica, en “resistencia”, según el manual castro-chavista. Son milicias disciplinadas que reclutan e ideologizan a niños indígenas y campesinos desde los ocho años, los paramilitarizan, arman de bastones y adoctrinan con motivos de odio contra soldados y policías. Presentes principalmente en Nariño, Cauca, Chocó y Catatumbo, las regiones con mayores cultivos ilícitos, la organización y financiamiento de estas eco-estructuras se pueden oler.

Son la versión comunista de las Convivir, legales pero demonizadas por la izquierda, solo que ahora actuarán sin supervisión del Estado: “Dicho sistema emitirá alertas tempranas de forma autónoma sin tener que consultar o someter sus decisiones a ninguna otra institución” (Pags. 83 y 84 de los acuerdos) Los indígenas, pues, ya tienen su territorio, su ley, su economía y ahora su seguridad. ¿Narco-republiquetas?