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martes, 27 de agosto de 2024

El mamatoco entre la autocracia y la plutocracia

Luis Guillermo Echeverri Vélez

El sedicioso y su telaraña de bandidos no son más que el producto de nuestra propia alcahuetería anárquica y libertina, dejando la conducción del partidismo político y del Estado en manos de quienes viven de la política y sus reiterados tratos con la insurgencia.

De toda la gente tan capaz, profesional y buena que tiene este país, deben surgir otro tipo de fuerzas políticas descontaminadas que no sean partícipes del festín y el desorden que por décadas se ha dado la clase dirigente, la política tradicional y la mamertería, al vivir amancebadas con la anarquía, la burocracia y el libertinaje.

La política importa. Y no podemos caer en una trampa ideológica más profunda, resultado del nuevo concubinato romántico que ya empezamos a presenciar entre la dictadura disfrazada de autocracia y la plutocracia, representada por la clase dirigente política tradicional, la actual y la directiva gremial del país, todas caracterizadas por el inmediatismo y un protagonismo individualista, dentro del marco demagógico de lo políticamente correcto.

El sano ejercicio de la política debe brotar de una actividad orgánica y natural para bien de las comunidades, fundamentada en el cumplimiento de las obligaciones cívicas, de un trabajo social mancomunado entre los diversos actores que compiten por el mandato popular y que, al recibir la responsabilidad de administrarlo, se deben por igual a toda la nación sin que medien excusas ideológicas para no hacer lo correcto.

Un 2026 sin un rumbo predefinido es una profundización de la precaria realidad actual. La injusticia, la ilegalidad y el empobrecimiento en que estamos sumidos no aguantan “la cura de un cáncer con mejorales”. Seamos serios y no pongamos en las encuestas mediáticas a competir más payasitos a ver cuál repunta sin tener ni idea, ni estar realmente preparado para lo que demanda la conducción de una nación en llamas.

El país, después de varios estupros electorales, no se merece más “reality shows” protagonizados por viciosos, por rumberitos, libertinos, gomelos inflados, ni viejos culebreros desgastados con una carreta caduca.

Anoten bien que este país y su democracia, si no es con una mano firme en todos los poderes del Estado bien apuntalada en la legalidad y con un pulso fuerte y constante, no tiene salida del hueco en que todos, con mayor o menor responsabilidad, lo metimos.

El país requiere más ingenieros y menos abogados y reemplazar ideologías por tecnologías, y un respeto por las agendas minoritarias, pero sin que tengan que politizarse y primar sobre las libertades de las mayorías.

Por igual, ricos y pobres tenemos que trabajar y estudiar seis días a la semana, con patriotismo y con el buche lleno para podernos desatrasar en materia de producción, crecimiento y desarrollo. No más paja legislativa, no más amarillismo mediático, no más vagancia subvencionada, nomás cobardía detrás de las cuentas de X, cuando tanto el Estado como el sector privado productivo caen en la obsolescencia absoluta, por no digitalizarse y no tecnificarse.

Colombia no necesita revoluciones ni revolucionarios, ni deforestación, ni drogas ni la ilegalidad y la violencia que todo eso genera. Hay que apuntar a erradicar esa cultura.

Colombia necesita ejecutorias transformacionales, hechos reales y tangibles, y mucha atención a los problemas del día a día de la gente. A ningún puerto seguro arriba una nación sin seguridad, nutrición infantil, salud y altos niveles de productividad que demandan educación e infraestructura física y transformación tecnológica y digital.

No podemos seguir consintiendo delincuentes amparados por los mismos abusivos delfines y filipichines de siempre ni por los sobornables leguleyos que jamás han presentado una ley beneficiosa, ni en manos de las críticas del pasado propias de las mismas sabiondas vedets económicas, que nunca han pagado una nómina ni pasado una angustia financiera.

Menos podemos seguirnos tragando las mentiras de quienes sin mérito propio, han sido graduados en medios como de profesión políticos, ni del mal remedo de los anteriores, representando por el progresismo que nos asfixia con la tóxica y desgastada dialéctica del populismo barato.

Perdón si piso algún callo inflamado, pero lo que está en juego no es sólo el poder, es el futuro de todo un país.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Evaluación de la Alianza Reconstrucción Colombia

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

El cese de actividades electorales anunciado por la Alianza Reconstrucción Colombia indica hasta qué punto se ha hecho difícil hacer política en nuestro país. La Constitución de 1991 desarticuló y socavó los partidos históricos, haciendo trizas el bipartidismo que tanto conviene al sistema democrático representativo. So pretexto de edificar una democracia dizque “participativa”, se estimularon mecanismos alternativos, circunstanciales, personalistas, fluctuantes y oportunistas, que, por carecer de base ideológica y arraigo popular, dependen precisamente de financiación dudosa y creciente. Esto ha transformado la actividad electoral, que ha pasado de controversia cívica a enfrentamiento de empresas de astronómico costo, con lamentable frecuencia al servicio de intereses ocultos o protervos.

Contra esta manera plutocrática y oclocrática de hacer política se levantó Luis Alfonso García Carmona, acompañado por un grupo de generosos activistas. Carentes de dinero, de bodegas, de medios fletados y de apoyo burocrático, a través de las redes sociales lograron que millares de colombianos tomaran conciencia de los peligros que amenazan nuestra asediada democracia. Pero, después de dos años de titánicos esfuerzos, han tenido que suspenderlos.

Desde luego que lo que han estudiado, analizado y propuesto, no se ha perdido, y como Centro de Pensamiento seguirán sin doblegarse, alertando al país.

El perspicaz editorialista de La Linterna Azul afirma que con el retiro de Luis Alfonso es Colombia la que pierde. No puedo estar más de acuerdo, porque con el lema de “Reconstrucción o catástrofe”, a través de un libro sorprendente, de conferencias y videos, artículos e incesante actividad en las redes, el doctor García Carmona llegó a ser considerado justamente como idóneo candidato presidencial, y en los distintos foros en los que participó en esa condición demostró un conocimiento completo de los problemas nacionales y nunca dejó de ofrecer soluciones posibles y razonables para ellos.

Su discurso, centrado en lo esencial, exige el retorno al estado de derecho, vulnerado por el desconocimiento de la voluntad soberana. Sin esa posición legitimista y fundamental la democracia no puede sobrevivir. Aceptar el golpe de Estado permanente, la impunidad de los peores delincuentes de lesa humanidad, la usurpación de los poderes públicos por una judicatura dictatorial al servicio de la subversión, el abandono de los principios cristianos en la vida política y la apoteosis diaria del despilfarro clientelista, conduce inevitablemente al abismo. Ha llegado la hora de decir NO a tanta insensatez y emprender el camino de la reconstrucción moral y jurídica del país.

Se nos dirá que esa posición, basada en el deber ser, es anacrónica e inútil, porque hay que acomodarse a los nuevos poderes fácticos, que surgen del poder económico mafioso y de sus aliados narcoterroristas, proclives al socialismo del siglo xxi.

Frente a ese pragmatismo derrotista, que apenas ofrece un respiro, una caída menos rápida en el caos, hay que reaccionar con la máxima energía. La lección de Luis Alfonso tiene que ser recogida por quienes estén en capacidad de salvar el país. El apaciguamiento claudicante no lleva a buen puerto. El peligro es aterrador y no podemos seguir ignorándolo, ni tampoco tranquilizar al país diciendo que aquí no va a pasar nada y que es imposible que la locura, la irresponsabilidad y la deshonestidad puedan imponerse en las urnas.

Ante el retiro del combatiente debo expresar mi personal satisfacción por haberlo seguido en estos meses de arduo batallar. Moral, intelectual y personalmente, Luis Alfonso García está exactamente en las antípodas del personaje siniestro que avanza, auxiliado por la indiferencia de muchos y la generalizada carencia de voluntad de poder en el establecimiento político nacional.