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viernes, 8 de agosto de 2025

Un Metro que avanza

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

A propósito del cumpleaños de Bogotá el pasado 6 de agosto, escribo con alegría y esperanza estas líneas al observar que el deseado metro para la capital del país es, por fin, una realidad que avanza.

Ver lo que estamos viendo se tomó décadas. Aunque hay quienes se remontan a los años 40 es solo hasta los 60 cuando comenzó a hablarse seriamente de esta posibilidad, de este sueño. Vimos muchas veces titulares en los periódicos capitalinos anunciando con bombos y platillos que ahora sí el consorcio tal del país cual adelantaría las obras. Puro blof, mucha carreta, solo cuento. Eso sí, multimillonarios gastos en estudios, factibilidades, propuestas. Vana ilusión. Así que cuando hablaron de que ahora sí y que lo harían los chinos, no lo creímos. Cuento chino, pensamos. Y pasó lo del pastorcito mentiroso que cuando fue cierto nadie creyó, o lo del apóstol Tomás: que hasta cuando no vio no creyó.

Londres tiene Metro desde 1863 y por estos lares latinoamericanos Buenos Aires desde 1913. Increíble. Medellín, gracias al empuje paisa, lo disfruta desde 1995. Y aquí en rololandia un alcalde dejaba listos los estudios y llegaba otro para botarlos a la basura y contratar los propios. Los inflados egos no podían permitir que otros tuviesen el honor y la gloria. Cada cual quería ser el nuevo Adán. Que si subterráneo, que sí elevado, discusiones interminables. Mucho tilín tilín y nada de paletas. Ya en obra y no faltan los oportunistas politiqueros que no hacen nada, pero todo lo critican, quieren atravesar palos en la rueda y buscan sabotear su progreso. La envidia es enorme.

Mas el Metro avanza con un porcentaje de ejecución del 60%. Los chinos han tomado en serio el encargo y con eficiencia y disciplina, además de juiciosa organización, vienen demostrando con hechos que la obra evoluciona. Personalmente creo que, aunque estéticamente un Metro elevado no es lo más bello paisajísticamente hablando, por los impactos que genera, si lo hubiesen querido hacer subterráneo, quizás los bisnietos de nuestros hijos podrían disfrutarlos. Esa construcción sí que hubiese sido demorada y traumática, además de muy costosa, porque el subsuelo de Bogotá es realmente complejo.

El Metro elevado avanza a buen ritmo y va a cambiar en mucho la calidad de vida de nuestra gente.

En contraste con el Metro de Medellín, me preocupa seriamente que a estas alturas no se esté promoviendo una "cultura Metro". Eso toma años de pedagógica motivación y los resultados son admirables. Podrán decir lo que quieran, pero el Metro de Medellín, de lejos, es un Metro modelo. Sus estaciones bellas y siempre aseadas. Sus vagones relucientes como nuevos. Su gente respetuosa del ingreso y acceso a las estaciones y a los coches mismos. Si esto no se promueve a tiempo el metro será un caos. Lo qué vergonzosamente vemos en Transmilenio todos los días, nunca debería darse en el nuevo sistema de transporte masivo y esa formación de la cultura ciudadana sí que les corresponde a las autoridades locales. Tenemos menos de tres años para hacerlo.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Caos capitalino

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

La diatriba no es contra la alcaldesa, porque manejar un monstruo de ciudad como esta no es ni será fácil para quien aspire a ganarse tamaño dolor de cabeza. Un solo funcionario, por más bueno que sea, nunca podrá hacer mayor cosa si no es de la mano de la cooperación ciudadana.

Bogotá, como capital del país, es y debe ser una ciudad abierta a todos. No es el pueblo de los rolos, es la capital de la República, es el centro de la nación entera. Esa es su fortaleza, pero también es su mayor debilidad: ser de todos y ser de nadie. Porque aquí todo el mundo se siente con derechos, pero pocos quieren cumplir con sus deberes y así no debe ser.

He vivido y conocido bastante otras ciudades y la gente quiere lo suyo. Lo siente como propio, lo cuida y lo defiende. Bucaramanga y Pasto, por ejemplo, son vivideros muy agradables. Cali era el modelo de ciudad cívica y desde hace algún tiempo comenzó a dejar de serlo, particularmente después del paro es un auténtico caos. Medellín, otro ejemplo, a pesar de su desbordante crecimiento en un valle que ya no aguanta más edificios (el 75% vive en propiedad horizontal) y cuyas estrechas vías no soportan un vehículo más es, sin embargo, todavía, una ciudad con alto nivel de civismo. Ejemplar la cultura Metro: la limpieza y organización de sus estaciones, los vagones impecables, el celo que hay en todos por cuidar este bien común. Hay cultura ciudadana, hay sentido cívico.

Ad portas de entrar en los 60 y debe ser por eso, porque me voy volviendo viejo, no dejo de lamentar que hayan suprimido en el currículo escolar las clases de urbanidad y cívica, comportamiento y salud, educación moral y religiosa y que esté en crisis la de ética y valores. No nos digamos mentiras, ni seamos políticamente correctos, una población maleducada como la que hoy tenemos es germen de muchos males sociales.

La experiencia que yo tengo a diario es que aquí la gente hace lo que se le da la gana. La agresividad de quienes conducen un vehículo es su nota característica pues impera la ley del más fuerte. Así los otros se perjudiquen, se trata de imponerse y hacer sentir su fuerza y poderío. Motociclistas, ciclistas y peatones, literalmente, se lanzan a los carros en actitud retadora y hasta grosera. Se atraviesan, cierran el paso, invaden el carril de velocidad para imponer su ritmo lento, nadie quiere ceder el paso al otro y si pone las direccionales pidiendo cambio de carril más rápido aceleran la marcha para impedirlo. La malla vial da grima y evidencia lo chambones que han sido muchos de los contratistas que la han “arreglado”. Por haber querido desestimular el uso del vehículo con un restrictivo pico y placa, lograron duplicar las ventas de automóviles para tener en casa la otra placa y poder movilizarse.

La inseguridad aumenta y la delincuencia rampante se pasea oronda. El 77 % de los capturados en flagrancia quedan en libertad para seguir haciendo de las suyas. Se sabe que estamos en un país de impunidad, donde desde el ladrón de barrio y el de cuello blanco, hagan lo que hagan, no les pasa nada y, si les pasa, al poco tiempo quedan libres para disfrutar lo robado y seguir cometiendo fechorías.

Desde hace muchos años, no tengo noción de que el pueblo capitalino asegure haber tenido un buen alcalde, todos son juzgados duramente y hay descontento, pero la fiebre no está en las sábanas, tenemos un pueblo inculto y carente de mínimos modales, agresivo y violento, sin sentido de pertenencia y de lo cívico, que exige todo y no aporta nada. Y vamos a estar peor si no hacemos algo pronto para cambiar este panorama. El caos capitalino es evidente. 

martes, 18 de agosto de 2020

De cara al porvenir: y todos tan contentos

Pedro Juan González Carvajal

Pedro Juan González Carvajal*

Resultados recientes de la Encuesta Mundial de Valores nos ratifican una realidad que hemos construido por generaciones y que de alguna manera explica y justifica por qué somos lo que somos y cómo somos.

Comencemos por la conclusión: los colombianos vivimos satisfechos, en algunos casos felices, pero somos absolutamente desconfiados.

El que estemos satisfechos y en algunos casos felices, implica un amplio recorrido del péndulo que pasa de un desconocimiento absoluto de la realidad que nos rodea, hasta llegar a concluir que definitivamente no nos importa, lo cual explica el egoísmo, la indolencia, la falta de interés en conocer de dónde venimos y por qué estamos aquí. Nos contentamos con satisfacer ciertas necesidades primarias y nos entretenemos con cosas baladíes, debido a una pésima educación que definitivamente, al menos en los últimos 200 años, no ha permitido una adecuada formación ciudadana. De pronto la falta de cultura ciudadana y de civilidad, es lo que nos permite contentarnos con lo que cada cual recibe o consigue de cualquier manera, sin importar el concepto ni la realidad del otro, y la consolidación de aquella postura de “sálvese quien pueda”.

También permitiría inferir que somos un grupo de resignados, para quienes la figura del “Gran Pater o del Pater familia” sigue siendo un referente como en los antiguos clanes medioevales, lo cual explica por qué somos proclives a seguir esperando mesías y mientras tanto, aceptamos a los caudillos de turno que entretienen y reparten migajas a quienes no valoran el verdadero sentido de lo que sucede a su alrededor.

Un segundo elemento es que somos absolutamente desconfiados, lo cual implica que somos unos cusumbosolos, que vivimos a la defensiva y que no sabemos vivir en sociedad. Partimos del anti-principio de la “mala fe” y esperamos el zarpazo por parte de los otros, lo cual tiene mucho que ver con un sistema de justicia inoperante alrededor del cual la impunidad ha permitido que muchos individuos y organizaciones de todo tipo vivan al borde de la ley. Si no se respeta la ley, o se respeta, pero no se cumple, estamos en medio de una manada de salvajes para quienes el concepto de sociedad, y más aún el de sociedad política es desconocido, o es inalcanzable.

Se desconfía del desconocido, del distinto, del otro. No tenemos confianza en ninguna de las instituciones representativas de una sociedad: no se cree en el gobierno, ni en las fuerzas armadas, ni en las grandes empresas, ni en las iglesias, ni en el congreso, ni en la policía, ni en los jueces, y mucho menos en los políticos (Fuente: World Values Survey Association).

El tradicional concepto de familia que nos ha acompañado por milenios hoy se recompone y el cuarteto maestro-sacerdote policía-juez, ya no se reconoce ni se respeta y obviamente, no pesa.

Dejamos de creer en ideologías de cualquier tipo y de tener referentes, pero no los cambiamos ni los remplazamos por nada, lo cual nos lleva a no tener ni ideales, ni formas, ni esquemas que nos guíen.

Dejamos de respetarnos a nosotros mismos y de esta manera es imposible e impensable que podamos respetar a los demás.

Las muestras de incivilidad dadas en esta pandemia por personas de los estratos bajos que salen a trabajar a pleno riesgo y que juegan futbol y hacen fiestas callejeras, no distan mucho de los comportamientos de personajes de estratos altos que hacen fiestas en lugares privados y que tratan de esquivar los retenes para poder ir a pasar los puentes festivos en sus fincas o en las casas de campo  de los amigos, lo cual para un analista frio, da mucho para pensar y no deja que quede títere con cabeza.

Qué pesar, que nuestra rica y exuberante Colombia, tradicionalmente, mal querida y mal administrada, está llena de colombianos promedio, que distan mucho de ser los elementos básicos que se requieren para construir una sociedad moderna. Claro que hay excepciones, pero aquel estribillo de que “los buenos somos más”, no deja de ser un estribillo también mediocre que, a la hora de la verdad, tampoco se ve y mucho menos impacta.

NOTA: Mi absoluta solidaridad con el señor gobernador Aníbal Gaviria Correa y su distinguida familia.

viernes, 17 de julio de 2020

Tres comentarios puntuales

José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras

Cuarentenas: visto el panorama global y particularmente el comportamiento humano después de 120 días, estos encierros resultan realmente inútiles porque, si bien detienen temporalmente los contagios y muertes masivas, en realidad lo que evidencian es una carencia dramática de infraestructura hospitalaria que los gobiernos no quieren ver colapsada. La solución no es parar la actividad humana sino ordenarla, en tanto aparece la dichosa vacuna inmunizadora. Si la gente sigue disciplinadamente los protocolos de bioseguridad: protección, aseo, distanciamiento, etc., no hay razón para seguir aumentando la crisis económica y los índices de miseria. Vivir encerrados es un enmascaramiento postizo que lejos de solucionar, agrava los problemas. Conciencia de orden, cuidado y disciplina social es lo que realmente necesitamos.

Polarización: se ha recrudecido encegueciendo a todos como si la realidad fuese sola blanca o negra, y no cargada de matices multicolores. Los odios viscerales alentados por sus más enconados rivales, cabecillas siniestras por lo enfermas, acolitadas por lugartenientes de baja estofa, apelan a toda clase de estrategias mentirosas y señalamientos públicos para desacreditarse en los albores de la campaña electoral. Y el pueblo borrego, en análogo espectáculo romano-circense, se deleita con el desangre patrio, mientras le toca el turno de saltar a la arena para ser destrozado por las fieras. La justicia por propia mano se da cuando no hay una justicia igualmente equitativa para todos, cuando viendo no se quiere ver y sistemáticamente se niega la verdad, cuando se quiere imponer la autoridad de modo dominante sobre los demás, cuando la voracidad económica quiere lucrarse a como dé lugar, cuando la maldita corrupción hace su agosto saqueando las arcas comunes, cuando se es intolerante ante la diferencia y la diversidad, cuando se es incapaz de buscar una sociedad más justa y más humana.

Congreso de la República: su desprestigio lo acompaña desde que me conozco.  Se necesita ser muy cínicos para seguir procediendo mal a sabiendas de la animadversión popular. No son todos, es verdad, pero sí la mayoría. Son tantos, que logran anular, eclipsar, echar al suelo, las mejores propuestas, los mejores proyectos. Incapaces de auto reformarse, bajarse el sueldo, sacar adelante las leyes anticorrupción… Este 20 de julio inician sesiones pero mientras el pueblo humilde no ha dejado de exponerse todos los días al covid-19, ellos siguen discutiendo si tienen validez sus sesiones virtuales, y por eso, ni van presenciamente, ni trabajan remotamente. ¡Vagos! Por eso eligen de líder a uno de sus más cuestionados miembros, el campeón del ausentismo y de las excusas médicas no creíbles. En tiempos difíciles, cuando se requiere renovarse, reinventarse, recrearse, ellos siguen lo mismo, por la senda de sus inveteradas mañas y vicios. Sinvergüenzas irredentos, descarados. Su indolencia clama al cielo, ese cielo que ignoran deliberadamente porque disfrutan vivir en su propio infierno.