Mostrando las entradas con la etiqueta Santander. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Santander. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de mayo de 2023

Por Santander

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

No me refiero a una apología del hombre de las leyes, a quien por historia patria siempre he admirado, sino que quiero contarles que esta semana estuve por el departamento que lleva su nombre, región de la que tengo los mejores recuerdos.

Por primera vez fui a Bucaramanga en el año 72, es decir, estoy celebrando 50 años de tan inolvidable acontecimiento. Llegué en una buseta de Berlinas del Fonce remitido por mi mamá y con destino al entonces llamado Instituto Tecnológico Santandereano, hoy Dámaso Zapata, que era regentado por los Hermanos de La Salle y donde era prefecto mi padrino Isidoro Cruz. Disfruté esos días porque, además de conocer sus bellas instalaciones, él se encargó de llevarnos a pasear a Cúcuta, junto con su mamá y un hermano menor suyo, y cruzar la frontera para ir a San Antonio del Tachira, también mi primera incursión internacional. Odisea inolvidable.

Para diciembre de 1976 lo hice en Copetran invitado por Urbano Duque, hermano jesuita a quien le debo mi vocación a la Compañía. Esta vez fuimos al colegio San Pedro Claver donde desayunamos rápidamente porque antes de seguir a Barrancabermeja, nuestro destino final, pude conocer al emblemático padre Antonio Upegui, el artífice de la casa de ejercicios de Villasunción, lugar fascinante, bello y espacioso, donde me hubiese quedado dichoso jugando en los rincones que en miniatura había recreado. Recuerdo dos que me encantaron: una selva espesa con león, jirafa y elefante incorporados, todos de juguete, por supuesto. Y la luna, blanca y rocosa ella, con astronautas y la araña del Apolo 11. Después comprendí que eran ayudas visuales para que los ejercitantes pudieran imaginar haciendo composición de lugar.

En el puerto petrolero casi me derrito con esas temperaturas de 40 grados, pero fue fascinante conocer a su obispo jesuita, Monseñor Arango, y una comunidad alegre y acogedora dónde estaban los padres Sánchez, Moreno, Misas, Ortiz y el viejo vasco hermano Arruti. Nuestra misión fue artística y consistía en repintar las viejas estatuas que adornaban la parroquia del Sagrado Corazón.

Ya adolescente volví camino a Ocaña. Para entonces era un intrépido adolescente que coordinaba la comisión de juventud del Consejo Nacional de Laicos e iba dizque de conferencista a un congreso diocesano. Me hospedé, ni más ni menos que en la casa episcopal y allí compartía con monseñor Ignacio Gómez Aristizábal, de quien supe luego que era sobrino de Jesús, un humilde y santo hermano jesuita con quien conviví en el noviciado. Al regresar, dos padrecitos me llevaron a conocer a un compañero, José Manuel, candidato a la Compañía y con quien entramos al año siguiente para ser jesuitas.

Me podía quedar haciendo memoria, pero no puedo obviar decir que en los años 88 y 89 hice allí mi etapa apostólica del magisterio. Aquel bienio ha sido de lo mejor y más grato que he vivido: las clases diurnas y nocturnas; la creación del curso taller de formación integral; la implementación por primera vez del programa de formación y acción social, FAS; ser el secretario del Consejo Directivo; aprender a dar ejercicios espirituales con mi maestro Julio Jiménez; participar en la mesa regional de diálogos de paz del gobierno Barco, y ser el delegado vocacional con tres lujosos frutos que hoy son presbíteros, uno diocesano y dos Jesuitas: Kike Delgado y Libardo Valderrama.

Y no me crean tan “pingo”, pero el que pisa tierra santandereana es santandereano, y por eso cuando voy me pongo “arrecho” y no perdono si no me dan arepa, carne oreada, pepitoria, cabro al horno y el mute. En estas tierras de comuneros se gestó la libertad. Con razón en su himno se canta: “Santandereanos, siempre adelante, santanderanos ni un paso atrás, con el coraje por estandarte y por escudo la libertad”. ¡Dígame! si no tengo razón… y algún día échense la rodadita porque la ciudad bonita, la ciudad de los parques, es un vividero muy sabroso.

jueves, 18 de julio de 2019

El corredor estratégico del norte


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
El corredor estratégico del Norte y sus ramificaciones es una franja territorial desde la frontera venezolana hasta Panamá. El comandante de la Séptima División lo describe: “arranca en Catatumbo y recorre Santander, sur de Bolívar, norte de Antioquia, Bajo Cauca, sur de Córdoba, Urabá y norte del Chocó. En toda esa región se da la lucha por el control ilegal para sacar las rentas ilícitas y de extracción ilícita de minerales hacia Venezuela, al mar Caribe por el golfo de Urabá o al Pacífico por el norte de Chocó”. Este espacio, agregó, se articula en Norte de Santander con el que controla el ELN en Venezuela y que va hasta las fronteras con Brasil y Guyana.

En este corredor del crimen, Medellín es la ciudad capital, el cerebro; el Bajo Cauca es el corazón, el motor, el núcleo dinamizador de narcotráfico: minería ilegal, extorsión y otros delitos, e Ituango es uno de varios puntos críticos. La desactivación de la Fuerza de Tarea Nudo de Paramillo, no fue lo más adecuado, según mi perspectiva.

El Clan del Golfo, principal actor en este escenario, confronta rivales como la manguala ELN-FARC, caparros, pelusos, etcétera, con los cuales habrá alianzas, desavenencias, arreglos, guerra a muerte, acuerdos, al vaivén de los apetitos de cada jefe de turno.

Las dirigencias políticas regionales se han quedado cortas en el entendimiento y necesaria coordinación para apoyar el esfuerzo de la Fuerza Pública para desvertebrar esa avenida que no trae progreso, pero sí mucho dinero, no construye país, pero sí alcabalas, y aplica la doctrina narco marxista-leninista de plata o plomo, a discreción.

Antioquia y Medellín registran preocupantes estadísticas en seguridad: homicidios aumentando en un 13.48%, el mayor número de desaparecidos del país, cultivos ilícitos, minería ilegal, extorsión generalizada. Los planes de seguridad del futuro alcalde de Medellín, deberán ser armonizados con los del área metropolitana y con los de Antioquia, que a su vez deberá coordinar los suyos con los de los departamentos que integran este corredor del norte.

Las apuestas por una Medellín “smart city” 24 horas, por un departamento interconectado y turístico, y tantos otros proyectos de progreso y bienestar, se desarrollarán con éxito solamente si se consolida la seguridad. Y esto pasa por participación ciudadana y académica en los asuntos de la seguridad pública, por tecnologías de “security” interconectadas a través de diversas fronteras internas y externas, y lideradas por expertos. Esperamos las propuestas de los candidatos.

martes, 28 de mayo de 2019

De cara al porvenir: 200 años de frustraciones


Por Pedro Juan González Carvajal*

Pedro Juan González Carvajal
En el año del Bicentenario, la reflexión debería centrarse en sí hemos aprovechado o no estos 200 años para construir la sociedad que queremos en todos los órdenes, valorar lo alcanzado, y reconocer los fracasos para no volverlos a cometer.

Sea lo primero, aceptar que cuando dimos el Grito de Independencia por allá en 1810, no teníamos ninguna propuesta concreta de qué hacer con la presumida independencia alcanzada, y como era obvio, la Monarquía nos cogió con los calzones en la mano, y en medio de 6 años de “Patria Boba”, nos reconquistaron Sámano y Morillo, y nos dejaron peor de como estábamos.

Esto sirvió para que Bolívar iniciara la Campaña Libertadora, respaldada en su propia cosmovisión y después de derrotas y victorias, logramos la tan anhelada Independencia el 7 de agosto de 1819, fecha en la que se hicieron evidentes las posturas divergentes de Bolívar y Santander, de cómo organizar la nueva República, lo que nos impidió tener un proyecto nacional único que nos sirviera de punto de partida, hecho que, entre otras cosas, no ha sido superado hasta el presente.

Otro hecho frustrante es haber tenido en estos 200 años cerca de docena y media de Constituciones Políticas, sin que ninguna haya podido cimentar las bases de convivencia y de ciudadanía que se requieren para poder vivir en comunidad.

El hecho de que hayamos tenido caudillos más que verdaderos líderes, es una circunstancia frustrante y desafortunada.

La pérdida de Panamá y de cerca de 300.000 kilómetros cuadrados de territorio nacional con los vecinos, en este período, producto de la acción, de la omisión o de la corruptela, es otro hecho que no solo resulta frustrante, sino, además, imperdonable.

Nuestra relación consuetudinariamente sumisa hacia los Estados Unidos es otra actitud frustrante y vergonzosa.

El hecho de tener registrados 63 conflictos entre internos y externos en estos 200 años, habla muy mal y por sí solo, de nuestro espíritu pendenciero y proclive al conflicto.

El no haber podido construir en estos 200 años una cultura de la paz, de la tolerancia, de la equidad, de la solidaridad, de la justicia y de la previsión, es un hecho que habla muy mal del inadecuadamente llamado sistema educativo colombiano.

Los varios intentos fallidos por lograr la paz, con todos sus costos colaterales, son una realidad histórica frustrante que nos alerta sobre el futuro del proceso que en la actualidad queremos consolidar.

El haber tratado de integrarnos económica y comercialmente con los vecinos con proyectos incompletos o fallidos como la ALALC, el Pacto Andino, el ALCA, entre otros, es otro elemento de frustración.

La muerte de millones de compatriotas producto de las luchas internas y el asesinato casi sistemático de personajes ilustres, han privado a Colombia de un importante patrimonio humano, llenándonos de rabia, impotencia y frustración.

El aborto del Mundial de Fútbol de 1986, las especulaciones de Belisario con su tradicional retórica y/o verborrea alrededor de la hipotética ciudad llanera de Marandúa, comparable solamente con la Ciudad Atlante, habla a las claras de nuestros sueños fallidos y de cómo una frustración va seguida de otra frustración.

Obras que superan por cronograma a la construcción de las pirámides egipcias como la reconstrucción de los ferrocarriles, el Túnel de la Línea, la carretera Buenaventura-Bogotá, la recuperación de la navegabilidad del río Magdalena, la terminación de la carretera Marginal de la Selva, por solo mencionar algunas, nos hacen incrédulos con respecto a cronogramas y presupuestos que nunca se cumplen y que dejan muy mal paradas a las instituciones de educación superior que venden programas alrededor del diseño y la gerencia de proyectos.

A lo anterior hay que sumarle la corruptela y la corrupción creciente que nos ha acompañado durante toda nuestra vida republicana, haciendo que ya casi la veamos como un hecho normal en el quehacer de la administración de los recursos públicos y privados. ¡Qué gran frustración!

La falta de conciencia geográfica e histórica, el abandono tradicional de la Colombia insular, del Chocó, de la Guajira y de los anteriormente denominados Territorios Nacionales, es otro gran estigma de frustración.

No haber podido erradicar la aftosa, no cuidar el agua, ni los páramos, ni los bosques, ni  las selvas, ni a nuestros niños, es el complemento final de nuestra histórica cadena de frustraciones.

Ojalá este bicentenario nos sirva para reflexionar y para enderezar el rumbo.